Disclaimer: Bleach no me pertenece.

Díganme qué opinan, se agradece.


La concubina


Seguramente, ocurrían cosas extraordinarias todos los días alrededor del mundo. Siempre tuvo la esperanza de que así fuera, deseando lo mejor para todos los demás. Hasta ese día, había reservado tantos buenos deseos para el resto, que no pudo ver las señales con claridad cuando las tuvo en frente.

Vivía en Valador desde los tres años y tenía pocos recuerdos claros de aquella época. Podría reírse con alguna anécdota de Sora intentando subirse al lomo de Coronel, el danés que pertenecía al conde, pero en su cabeza estaría dudando de la veracidad de la escena. Eventualmente, a medida que transcurrían los años, había aprendido a sobrellevar su falta de pertenencia y la sensación de que era una olvidada muñeca de porcelana en un estante.

Había sido afortunada en otros aspectos, en cualquier caso. Desde temprana edad, el conde había dispuesto para ella a una sirvienta solo unos años mayor que ella. Esa diferencia de edad, también era una diferencia abismal en las cosas que sabía, en comparación. Momo era atenta, sabía coser sin pincharse los dedos más de una vez, también tenía una flexibilidad que le permitía vestirse a sí misma. Siempre se veía presentable, con los zapatos perfectamente pulidos y aceitados, la sutil cofia en su coronilla milimétricamente posicionada y a su rostro lo adornaba una sonrisa tierna. Creía que algo tenía que ver la forma curiosa de sus dientes más puntiagudos, según su hermano eran colmillos, pero era extraño pensar que ella tenía colmillos igual que Coronel.

Desde entonces había tenido el mismo día durante años.

Su madre decía que debía agradecerlo y no dejar de sonreír, ya que solo habría bastado de un aleteo de mariposa para que ella estuviera en el lugar de Momo, o en el peor de los casos, trabajando como granjera o acompañante. Ella lo interpretaba como un impulso a que valorara haber nacido como la hija del conde, y estaba de acuerdo. No podía ser menos.

Aún así, repetir cada día la misma rutina llegaba a ser agotador. Durante un tiempo la rutina podía mantenerla ensimismada, demasiado pendiente como para percatarse, pero entonces se miraba al espejo y era cada vez menos ella. En algún momento, su cabello había crecido hasta su cintura, sus pestañas se habían convertido en un abanico delicado, sus labios habían tomado la tinta del labial que Momo le aplicaba como propia. Si se miraba de costado, vería la costura que Momo había hecho para añadir tela a su vestido. Ya no era una niña menuda y pequeña. Pronto los arreglos de Momo no iban a ser suficiente y tendría que cambiar todos sus vestidos por algunos que llevaran más tela en el pecho, al igual que sus corsés.

Así se vio a sí misma cambiar.

Enfrascada en sus obligaciones, Orihime habría dicho que el tiempo había transcurrido tortuosamente lento. Sin embargo, no fue capaz de creérselo cuando se tuvo que mirar al espejo otra vez, ataviada en el vestido que la condesa había preparado personalmente para ese día. No más vuelos o accesorios innecesarios e infantiles. Un simple vestido crema con detalles de encaje blanco.

Su madre dijo que iba a encantar al rey, con su sencillez pero belleza sin igual.

Cuando ella se fue, tuvo que preguntarle a Momo, demasiado intrigada con las palabras de su madre.

—¿Es posible que el rey venga?

Momo le dedicó su tierna sonrisa.

—El rey es un hombre ocupado. De estos asuntos suelen encargarse sus súbditos de confianza.

—Y... ¿Cree que el vestido agradará a quién venga?

Momo se inclinó sobre su hombro, admirando la misma imagen que ella apreciaba por el espejo. Ni rastros quedaban de la niña que había sido, el tiempo había transcurrido tan lento, y sin embargo, ella había crecido sin parar. Sintió las manos de Momo deslizarse cerca de su cuello y notó el brillo del collar que hizo cosquillas en su piel. Tenía una perla de gota en un delgado marco de oro.

—La condesa fue sabia escogiendo este vestido. Sus ropas no son la protagonista, usted lo es, señorita Orihime.

Solían ocurrir cosas extraordinarias alrededor del mundo, y por primera vez Orihime sintió que esa podía ser su oportunidad de vivir algo sin igual. Era una esperanza que tenía, pero no pudo evitar preguntarse qué iba a hacer si su deseo se cumplía. ¿Cómo se sentiría? ¿Qué haría para vivir consigo misma si acababa siendo decepcionante? Ver más allá de lo que la ventana de su habitación le permitía durante las noches... ¿Sería ese su lugar en el mundo?

—Es afortunada, señorita Orihime. En serio lo es.

Si su padre, su madre, su hermano y Momo lo decían, entonces probablemente verdad.


Orihime tenía algo de lo que no se arrepentía con total seguridad; haberle solicitado al capitán general llevar a Momo junto a ella.

Con su sonrisa, atenciones y cuidados, Orihime sentía que podía seguir viviendo plenamente. Habría sido un grave problema estar a la deriva en Karakura, sin siquiera la persona que había considerado su amiga desde que era una niña.

No consideraba que tenía una mala vida, no podías vivir en el castillo de Karakura, en la capital del reino, como la concubina del mismo rey Ichigo Kurosaki, El Justo; y pretender quejarse de esa situación. Tenía más comodidades que cualquier otro civil, que cualquier otro noble. Quejarse de aquellas facilidades y capacidad de obtener todo lo que deseaba, habría sido un insulto para las personas más pobres o las trabajadoras del reino.

Debió saberlo cuando el rey se casó con la reina. Debió escuchar y guardar las palabras que el capitán Grimmjow le había dedicado en ese momento.

Las nobles y sus esposos la creían una tonta, lo sabía, incluso lo supo en cuanto le dieron la espalda y comenzaron a cotillear en el oído de las demás. Creyó que no le había importado y creyó que pasar el tiempo intentando llegar al centro del laberinto sería más provechoso que cualquier otra actividad. Ni siquiera deseaba mirar a los ojos a su familia, aún podía ver el enfado que el conde guardaba con el capitán y con ella, seguramente por abrir la boca de forma indiscreta y confesarle al instrumento de la realeza que tenía un pasatiempo mundano y altamente criticado.

Así que, de la forma más indigna posible, quiso esconderse.

Ahora que había pasado el tiempo, y que había invertido varias horas a admirar la inmensidad del laberinto cultivado para la reina Masaki, su deseo de esconderse era más fuerte, claro e incansable que nunca. El capitán Grimmjow lo había sabido desde el primer momento y aconsejó que regresara cuando sus problemas se hubieran acabado.

Al menos quería ser positiva y verlo como un consejo, porque con lo que había oído y visto de él, ahora era consciente de que había estado lejos de serlo.

Tras un año, al menos estaba satisfecha de que se había quitado la venda de los ojos, incluso si seguía de pie en el mismo lugar.

—Alteza —La voz de Momo la sacó de sus cavilaciones, acompañada del suave ruido que hizo con sus nudillos en la puerta—. La reina la espera en el salón.

Le dio un último vistazo al laberinto y cerró el libro que había servido como adorno, dejándolo sobre su tocador. De camino a la puerta evalúo su apariencia y alisó un doblez casi imaginario en la tela de su brazo.

—¿Alteza?

—Un segundo, Momo.

Dejó de mirar su vestido y se centró en su rostro. Solo había pasado un año, pero no se reconocía. Estaba segura de que, físicamente, era la misma que había llegado y había hecho cada cosa por primera vez en ese castillo, y la gente aún seguía admirándola por su belleza deslumbrante. Sus ojos, sin embargo, solo le mostraban motivos infundados para sentirse indigna de ese lugar.

Pronto se reunió con Momo y siguieron su camino hasta el salón, donde Rukia esperaba por ella. Cuando entró hizo la reverencia cotidiana frente a ella y aceptó su invitación cuando le indicó que se sentara con ella, en el largo sillón que enfrentaba a la mesa de té.

—Orihime, gracias por venir —Le sonrió—. Estaba desesperada por un tiempo de ocio, lejos de la noble deshonesta de turno.

—Es un placer, Rukia. Lo sabes.

La idea de dejar las formalidades de lado, había sido de ella. Estaba cansada de tener que oír la manera impersonal e incómoda de Rukia de llamarla todo el tiempo con un tono y título que todo el día, todos, le recordaban que tenía. El alivio fue inmediato para las dos, ambas lejos de sus familias y lo que habían conocido desde niñas. Tratarse de una manera tan frívola solo había conseguido aumentar el malestar en ellas, y Rukia agradeció que ella fuera quien lo ofreciera.

—Le pedí a Shino que trajera tu infusión preferida —dijo con emoción, inclinándose para servir una taza para cada una.

—Te lo agradezco, eres muy detallista.

Orihime había aprendido a olvidar sus dilemas junto a Rukia, y en otras ocasiones, que eran menos por claros motivos; con Ichigo. Era una medida temporal que le permitía relajarse y dejar de lado que no estaba jugando a la casita de la familia feliz. Al menos, era ese el tema en el que su madre insistía constantemente en la correspondencia y cuando decidía visitarla. Como concubina, aunque Grimmjow aclarara que su estatus era inamovible desde la boda de los reyes; al parecer debía hacer todo lo posible para engendrar un heredero y evitar que Rukia cumpliera con ello.

De esa forma, el linaje del conde estaría a la cabeza del reino.

Ella jamás haría algún tipo de daño a Rukia, eso lo había decidido y se lo había prometido a sí misma frente al espejo. La angustia que la condesa le provocaba cada vez que decidía recordárselo, no iba a ser un motivo para perjudicar a la que consideraba su amiga, y al hombre que yacía con ambas y les movía el corazón.

—Cualquier cosa que haga, Orihime, no tiene comparación a lo que haces por mí. Has sido una luz en un castillo que percibía demasiado tenebroso —Tras acomodar la taza cerca de Orihime, se volteó a mirarla y tomó su mano con cariño.

—Es lo que haría cualquiera.

Rukia río y ella también. Esa era de las pocas mentiras que Orihime decía de manera tan abierta, su sinceridad era solo superada por la manera optimista en que veía el mundo.

—En realidad, hay un motivo especial por el que quise tomar el té hoy, con tan poca anticipación. Espero no haber alborotado tus planes —dijo, tomando su taza entre sus manos y dando un breve sorbo.

Orihime la imitó, consciente de que también necesitaba algo dulce y caliente en su sistema.

—No te preocupes, ningún plan es tan importante.

—Gracias por tu tiempo, de todas maneras —Dejó descansar el platillo sobre su regazo y, antes de seguir, se tomó un par de segundos—. Sé que vas a verlo como la gran amiga que eres, pero no puedo evitar tener remordimientos, aunque no esté en mi poder.

Su sexto sentido le dijo que sabía lo que iba a decir. Habían pocas cosas que podrían causar remordimientos en Rukia, que no estuviera en su poder controlarlas, y aún más considerando que sabía gran parte de lo que la condesa esperaba. Orihime, tal vez demasiado ingenua, había decidido hacerle saber de las cartas y su contenido. Orihime confiaba en Rukia, tanto como para hablarle de las intenciones de su madre. Cualquier otra persona habría sentido obligación de hacer todo lo que su madre le indicaba, pero ella sabía que no podría vivir con esas acciones pesando en su espalda.

—Estoy encinta.

Solo un segundo le tomó para reaccionar. Justo después estaba dejando su taza a parte y echando sus brazos alrededor de Rukia, con cuidado de no hacer un accidente con el té que mantenía en su regazo.

—¡Felicidades! —Sollozó— Estoy tan feliz por ti.

Se alejó de ella y le tomó el rostro con ambas manos. En los maravillosos ojos de Rukia pudo ver la emoción que le había generado también el comunicar la noticia, y le limpió una lágrima cuando se le escaparon.

—Sé que vas a ser una gran madre, Rukia.

Sus palabras, esta vez, causaron el efecto contrario.

—En realidad... ¿lo crees? Nunca he sido buena con los niños. Cuando me enteré, no pude evitar preocuparme sobre cómo conseguiré mantener a un ser vivo tan pequeño y frágil. ¿Alguna vez, cuando estuviste intentándolo con el rey, pensaste en eso?

La miró con una creciente desesperación, intentando encontrar en ella una sabiduría que no tenía. Ella era incluso menor que Rukia por un año, simplemente le gustaban los niños, pero habría sido una mentira decir que tenía la respuesta a esa pregunta. No se lo había planteado, aunque debió. La experiencia con la condesa, por más que se mostrara como una madre encantadora en sociedad, no había sido ni de cerca lo que todos creían. El gesto de encargarse del vestido con el que se presentaría al capitán Grimmjow, el collar que le había dado a Momo para que se lo pusiera de accesorio, no eran más que acciones que se esperaban de ella como madre y le habían permitido mantener todo bajo su control. Había evitado exitosamente que ella usara un vestido al que estuviera acostumbrada, que se ajustara a sus gustos y deseos.

Y no se había dado cuenta hasta hace poco, pero el vestido que su madre le había ordenado usar aquel día, había marcado su forma de vestir desde que había llegado al castillo. Siempre creyó que se esperaba de ella que visitera de esa forma.

—Creo que no hay una forma correcta de hacerlo, Rukia —Dijo finalmente, pensativa—. Solo hay que dar lo mejor de una... Y darle todo lo que quisieras recibir. Pienso que tú podrías ser tan dulce como justa para criarlos bien.

Rukia asintió y le dedicó una sonrisa agradecida.

—¿El rey lo sabe?

Ella estaba por responder cuando la puerta del salón se abrió, dando el paso a Ichigo.

—¿Llego a tiempo?

Ambas se pusieron de pie, Rukia dejando su taza sobre la mesa.

—Alteza, no esperábamos su visita.

—Lo imaginaba. No anuncié mi presencia tampoco, no se les puede culpar —dijo de manera cálida.

Bajo sus ojos tenía bolsas y se veía cansado, había estado trabajando con mucho más dedicación desde que el capitán Grimmjow había marchado hacia el reino vecino. El tiempo que solía estar junto a ellas, era durante la noche, donde se esforzaba por mantener una conexión que ellas apreciaran. Orihime lo agradecía, considerando que alguna vez su madre había mencionado que debía hacer todo lo que su esposo indicara. Si eso implicaba tiempo de calidad —como ella lo llamaba—, entonces ella tendría que ceder aún si no lo deseaba.

El rey se había esforzado desde el día uno por hacer que se sintieran cómodas con él, a pesar de que su mente pudiera divagar de vez en cuando con asuntos del reino y papeleos infinitos. Pedía disculpas incluso cuando, por accidente, se dormía en medio de una conversación tras cumplir sus deberes en la cama. Todo el mundo sabía que los reyes no pedían perdón, pero Ichigo no seguía esa regla para nada.

—¿Ocurre algo? —preguntó cuando las observó atentamente a las dos.

Rukia carraspeó suavemente, pretendiendo mirar a Orihime para secarse la otra mejilla. Volvió a mirarlo y le indicó el espacio entre las dos.

—No, alteza, por favor, hónrenos con su compañía.

Sin dudar, Ichigo se acercó, dejando un ligero apretón en el brazo de Rukia como un gesto sutil y cariñoso. A ella le dedicó una sonrisa, y se dispuso a sentarse.

Exhaló, acomodándose en el sillón de la misma forma en que había caído. Cerró los ojos mientras ellas se sentaban nuevamente, y guardó silencio un momento, disfrutando de poder estar tranquilo unos valiosos minutos.

—¿Han tenido un lindo día?

—Oh, sin dudas —Rukia sonrió—. Estar con Orihime siempre puede hacer que el día mejore.

—Es cierto —coincidió él—. Es como tomar aire fresco.

—Me halagan —respondió ella, sin poder evitar sentirse un poco avergonzada.

—¿Qué estaban conversando?

Ambas se miraron, Orihime un poco desconcertada. Rukia no había tenido oportunidad de responderle, así que ella no podía simplemente abrir la boca de manera impulsiva. Por la forma preocupada en que Rukia le devolvió la mirada, estaba en una encrucijada sobre si informar de su nuevo estado al rey. No tenía demasiadas opciones tampoco, probablemente ocultar un embarazo al mismo rey podía considerarse como el principio de una traición, según a quién se preguntara. En cualquier caso, Rukia no tenía motivos para ocultarlo.

Así que tomó aire, notablemente nerviosa, pero dispuesta a decírselo en ese preciso momento.

Orihime se preguntó si debía marcharse en ese momento, pero Rukia lo evitó, solicitando su mano bajo la atenta mirada de Ichigo.

Sin dudar, Orihime se la dio.

—Alteza, en realidad... Hay algo que me gustaría decirle.

Ichigo se acomodó, esta vez tomando una postura atenta y respetuosa.

—Adelante.

—Estoy... —Su lengua la traicionó—. Estoy esperando a su hijo, su alteza.

Orihime pudo reconocer la felicidad en los ojos de Ichigo, la felicidad en los de Rukia cuando él se puso de pie y la levantó, en un efusivo abrazo que pocas personas creerían que era posible ver de su parte. Su actitud reservada había quedado atrás en el momento en que la intimidad, más como el hecho de conocerse de manera personal, hizo efecto en sus relaciones y conexiones como seres humanos.

Pudo reconocer la felicidad en su pecho, agitando su corazón, cuando los vio celebrar juntos.

Aún si Ichigo cumplía su deber con ella y era amable y cariñoso, sentía que la conexión que habían creado, a comparación de la de ellos dos; distaba en ciertos aspectos. Suponía que no podía ser igual para todos, pero había diferencia, lo sentía.

Se preguntó si Ichigo habría reaccionado de la misma forma si ella le decía que estaba embarazada, o si lo haría en un futuro.

Cuando regresó a su habitación, teniendo en mente que el rey organizaría una pequeña cena con su familia, la reina y ella, con el fin de celebrar; volvió a darle un vistazo al laberinto. ¿En qué momento vería acabados sus problemas, para poder cruzar el laberinto? Tal vez recordar las palabras del capitán Grimmjow era un error, tal vez tenerlo en mente ahora, después de tanto tiempo, ya no tenía sentido. Aún así, él había marcado un pequeño camino de migajas, haciéndole notar qué era lo que esperaban de ella. Lo confirmó con la primera carta de la condesa, con sus regaños cuando había tardado más de tres semanas en quedar embarazada.

Se preguntó qué habría cambiado si, cuando sintió aquella sensación en su vientre meses atrás, se lo hubiera informado al rey. Pero no tenía sentido. Pronto dejó de ser una preocupación, la fiebre y un dolor punzante, predecesor de la sangre derramada más tarde, le confirmaron que incluso si existió algún atisbo de vida en su vientre; ya no existía más.

Le pidió a Momo guardar el secreto, máxima discreción e informar que era una gripe que se había encargado de controlar con el médico de la ciudad.

Ichigo le dijo que estaba el médico real, que no necesitaba llamar a otro médico, pero sabía que el médico que él había elegido sería tan leal hasta el punto de informarle su verdadero estado.

Abrió la ventana, inhalando la refrescante brisa.

Todas esas cosas... ¿la convertían acaso en una traidora a la corona?


Orihime bebió de su copa de vino, recién servida por uno de los sirvientes. Cuando todos llegaron a la cena, los alimentos estaban dispuestos, y Yuzu y Karin se sentaron en las posiciones que seguían la de ella. La posición en la mesa no tenía mayor trascendencia para Orihime, así que sintiéndose mucho menos emocionada que Yuzu por distintos motivos, le ofreció tomar lugar que Ichigo había dispuesto desde hace tiempo para ella.

Isshin miró de manera cansada a Yuzu, negando con la cabeza, y Karin rodó los ojos, pero no mencionó nada y se sentó entre las dos. Mientras Yuzu batía su lengua junto a Ichigo y Rukia, Karin le hacía conversación a ella que no tenía que ver con el futuro heredero de su hermano. Un pedacito de ella lo agradecía.

Sus sentimientos tan contradictorios la carcomían por dentro, y algunos le recordaban que en cuanto fuera un anuncio oficial, tendría una semana hasta que su madre se apareciera por ahí o le enviara una carta más larga que los mismos decretos del parlamento. Si tenía suerte, la condesa le haría la ley del hielo, permitiéndole sostener sus propios dilemas en vez de cargarla con más.

La conversación se extendió pronto a Isshin, sentado junto a Rukia, del otro lado de la mesa.

—¿Qué se decidió finalmente? El capitán envió su último informe hace quince días. ¿Será Barragan quién se mantenga con la corona?

—Demasiados conflictos y exigencias inadecuadas enfriaron las relaciones con el rey Barragan. Nuestro rey decidió negociar con su enemigo, y por fortuna son gente mucho más civilizada. Atienden a razones, por lo menos —dijo Isshin con tono decepcionado—. No era muy católico para mi.

—Sin embargo, pudo mantener la relación con él por mucho tiempo, padre —dijo Karin, un poco divertida por su apreciación sobre Barragan.

—Trabajo es trabajo —sonrió—. Supongo que el rey Barragan quiso aprovecharse erróneamente de la inexperiencia de nuestro rey. No lo culpo por hacer el intento.

—¿Qué hay de los negocios? —preguntó Orihime— El reino de Uldamar nos comerciaba alimentos de mar y productos relacionados. ¿El nuevo personaje aceptó las mismas condiciones?

—Lo que ellos tienen de productos de mar, nosotros lo tenemos en madera, alteza —indicó—. Usted bien sabe eso, ha visto lo grande que es el negocio de su padre. Las condiciones del ambiente en Uldamar son claramente diferentes en comparación a Karakura, así que sus muebles no se mantienen ni la mitad del tiempo que nosotros podemos disfrutarlos. Si en un hogar de Karakura se cambian por mero capricho, en ese lugar es por necesidad —Explicó, usando sus manos para hacer hincapié en sus palabras. Orihime disfrutaba de ver a Isshin hablar, era casi como ver a un maestro de orquesta, jamás dejaba las manos quietas—. Las nuevas condiciones del contrato, aún por establecerse de manera definitiva, es que hagamos venta de muebles que puedan superar este tiempo de vida limitado que sufren los muebles normales. Tendremos que hacer un estudio del clima, con los mejores investigadores, científicos o alquimistas, si fuera necesario, para encontrar una manera de que el producto sea duradero y resistente contra la brisa marina y la humedad.

—Entonces, está sujeto a cambios —Orihime volvió a beber de su vino.

—Esperamos que no, considerando que esta investigación permitirá que Uldamar nos venda sus productos a menos de la mitad de precio.

—¿Planean hacer el mismo procedimiento con las telas?

Isshin sonrió, asintiendo.

—Claro, la madera es delicada en esas condiciones, pero la tela lo es todavía más. Pierde sus propiedades de brillo, firmeza y capacidad de ser estilizada, así que tendremos que esforzarnos para mejorar todos los materiales que se requieren para los muebles.

Orihime había demostrado un gran interés en los negocios que se estaban efectuando cerca de la costa durante todo ese tiempo. En un principio, no había sido capaz de comprender todos los tecnicismos o procedimientos que Isshin y Karin, principalmente, mencionaban. Con su constancia, sin embargo, había conseguido ser capaz de comprender sus conversaciones y seguir el ritmo sin mucho problema. Lo complicado de llevar esos temas, caía en el hecho de que un reino era como una telaraña. Todos los aspectos y negocios que estaban establecidos, dependían en mayor o menor medida de los demás. Se requería un equilibrio impecable en cada área de producción, y cuando uno caía, otro debía compensarlo hasta que pudiera recuperarse. Como bien indicaba Isshin, hacer un mueble requería de muchos más componentes que la madera, así que pretender mejorar solo su esqueleto no iba a ser efectivo. Asimismo, comprender cómo funcionaba requería entenderlo como una generalidad al igual que de forma justamente detallada.

Era un contrato que sería cumplido a largo plazo, así que la baja en la cuota de los productos de mar no se vería realmente reflejada hasta que ellos como reino pudieran entregar una solución eficiente y satisfactoria en la vida cotidiana, que cubriera las solicitudes de los nuevos regentes de Uldamar.

La amena conversación transcurrió durante unos minutos más, con Karin halagando la adquirida comprensión de Orihime sobre el tema e Isshin riendo, igualmente orgulloso.

Orihime vio al mayordomo ingresando en la sala y dirigiéndose directamente hacia el rey. Se inclinó en cuanto estuvo a su lado, solicitando el permiso correspondiente para interrumpirlo, y murmuró cerca de su oído.

Ichigo lo escuchó atentamente, bajo la mirada curiosa de todos los participantes de la cena. Cuando el mayordomo se irguió, Ichigo sonrió a todos en la mesa. Le dirigió una breve mirada al hombre y asintió, indicándole con un gesto de la mano que procediera.

El mayordomo se dirigió al portero, del otro lado del salón e hizo un gesto con la cabeza.

Justo después, Orihime escuchó los pasos pesados y calculados del mismo hombre que había ido en su búsqueda. El capitán general Grimmjow se veía diferente. Su ceño estaba más fruncido que la última vez que lo vio, llevaba una barba corta que hacía contraste con su tono de piel, había una división en su ceja derecha, signo de alguna cicatriz que había quedado. Pero sus ojos seguían siendo tan brillantes y temibles como cuando lo conoció.

A pesar del aire pesado que dejaba a su paso, todos parecían contentos con su llegada. A excepción de Rukia, que estaba en una situación similar a la suya.

En cuanto llegó junto a Ichigo, hizo una reverencia.

—Me disculpo por interrumpir su cena en familia, mi señor. Simplemente venía a informar de mi llegada.

—No es problema, capitán. Me alegra verlo, después de tanto tiempo, espero que traiga buenas noticias.

—Eso espero —Se enderezó. Acto siguiente, dedicó una nueva reverencia para todos quienes estaban en la mesa.

A Orihime le parecía curiosa la forma de actuar del capitán. Parecía ser un hombre libre, que actuaba a sus maneras siempre, sin embargo, sabía tanto de cómo actuar de acuerdo a la etiqueta, que chocaba con la personalidad que demostraba su apariencia y sus acciones con cualquier persona fuera de la familia real.

—Por favor —Ichigo indicó con su mano el asiento junto a su padre, Isshin—. Acompáñanos en esta magnífica noche.

—No es necesario...

—Lo es. Cumple mi capricho —pidió.

Grimmjow asintió y se dirigió sin más objeciones hasta la silla frente a ella.

—Buenas noches, señor Isshin —Lo saludó mientras tomaba asiento junto a él.

Con una gran sonrisa, Isshin correspondió el saludo y se movió para darle una palmada en la espalda. Luego le ofreció vino en su copa, al mismo tiempo en que le negaba la posibilidad de hacerlo a un sirviente dispuesto que iba de camino.

—Ha coleccionado una nueva cicatriz, capitán —dijo Karin con tono burlón.

—Quien la hizo quedó peor.

Karin asintió, riendo, satisfecha con esa tétrica respuesta.

—Haz llegado en un buen momento, Grimmjow —Dijo Ichigo—. Hoy estamos celebrando.

—Me muero por saber cuál es el motivo. No creo que sea por mi llegada.

—Ah, te aseguro que si lo hubieras mencionado en tu último informe, habríamos intentado adivinar qué día nos honrarías con tu presencia —Le siguió el juego—. Lamentablemente no. En realidad, estamos celebrando el diagnostico del médico. Nos ha dicho que en unos meses, el heredero, primero en la línea de sucesión, llenará este castillo de alegría.

Grimmjow dirigió su mirada a ella.

Orihime entendió a la perfección lo que su mirada quiso decir, o creyó entenderlo. Si consideraba esas palabras que le habían recordado quién era ahora, tenía un poco de sentido sentirse aludida por sus ojos, pero considerando los hechos, no podía hacer más que sentirse apenada. Se esforzó por mantener sus ojos en los de él, tal como todos estaban haciendo en ese momento.

—Claro —Carraspeó Ichigo con tono espabilado—. Me refiero a la reina, en esta ocasión.

Grimmjow apartó los ojos de ella y miró a Ichigo, solo por un segundo.

—Por supuesto —Tomó su copa y la alzó hacia el rey—. Felicidades, rey Ichigo, reina Rukia. Les deseo lo mejor.

—Gracias, Grimmjow.

La cena transcurrió sin mayores percances. Todos parecían absortos en el agradable ambiente que nuevamente se había instalado. Karin regañaba por lo bajo a Yuzu, quien se había pasado toda la cena en un éxtasis divino, a raíz de la noticia de su sobrino. Isshin se informó al instante de cada detalle de la cruzada del capitán, que respondía sin preámbulos a cada detalle que el hombre le solicitaba.

Orihime bebió de su cuarta copa de vino, sintiendo sus mejillas acaloradas y su vientre tibio. Cuando la última gota recorrió su garganta, alzó la copa con sutileza hacia uno de los sirvientes. El más cercano se apresuró a servirle nuevamente. Él le dedicó una reverencia y ella una sonrisa, como agradecimiento.

Cuando volvió a enderezarse y se disponía a beber, otra vez, la mirada de Grimmjow la atrapó. Olvidó cómo respirar por un momento y tuvo que hacer un esfuerzo para tragar el sorbo de vino que ya estaba en su boca. Sus ojos la llevaron de vuelta a aquella noche en el laberinto, incluso pudo sentir su mano quemando su brazo otra vez. No había rastro de ese enojo chispeante que había visto, ni su expresión mientras le decía que estaba perdiendo su tiempo con la voz más controlada que nunca. En esta ocasión, había nada.

Eso la perturbó más de lo que hubiera querido admitir.