Reflejos o espejismos
Capítulo 11. Nada cambia
Nota del autor: Sólo una escena aumentada esta vez, el resto son de mi propia cosecha pero, como siempre, tratando de mantenerlas en canon, como escenas perdidas de la serie.
Mi agradecimiento a los que han mandado kudos a mis historias últimamente. Muchas gracias también a Isobel_Maggie_Wanda24 por las ideas que en su día me dio para este capítulo, y a Gogo_25 por sus sugerencias.
=Durante y tras FBI S04E16 "Protective Detail"=
—Bueno, ya estamos aquí —dijo Jubal poniendo el intermitente y reduciendo velocidad.
Aprovechó un vado cercano para detener el vehículo apartándolo del tráfico, aunque era cerca de la medianoche y no estaban pasando coches en ese momento.
Isobel suspiró. Todavía se sentía frustrada porque Jubal hubiera insistido en llevarla a casa. O tal vez, más bien porque le había agradado demasiado que se ofreciera.
—Gracias. Sigo diciendo que no era necesario que lo hicieras.
Él hizo un gesto muy suyo con la cabeza.
—Y yo sigo diciendo que, teniendo un francotirador atacando a funcionarios federales, yo me quedo más tranquilo.
Aquella misma mañana, cuatro agentes de la DEA y la ICE habían resultado heridos. Uno de ellos y, más tarde, una jueza de inmigración habían perdido la vida bajo balas bien apuntadas.
Ahora Jubal lo había expresado con serenidad, pero no había sido así en la oficina. De hecho, la reluctancia de Isobel le había hecho levantar la voz, algo que ella achacó al cansancio de aquella larga jornada. Isobel argumentó que no tenían ninguna razón para pensar que ella pudiera ser un objetivo. Con ojos atormentados, Jubal terminó gruñendo que no iba a permitir que le pegaran un tiro en mitad de la calle. Se hizo un silencio espeso y fúnebre. Un nudo en la garganta le impidió a Isobel replicar, y tuvo que transigir, el recuerdo del atentado contra Rina, de la muerte de Jess, dolorosamente presentes para los dos.
El corazón aún se le encogía a Isobel cada vez que pensaba en ellos.
—¿Estás bien? —preguntó Jubal con voz queda ante su largo silencio.
—Sí... sólo estoy cansada —mintió ella.
Aunque no es que faltara completamente a la verdad. Con el francotirador suelto y un Congresista presente en el tiroteo atrayendo la atención de Washington y de los jefazos del bureau, ninguno de los miembros de su equipo había podido permitirse el lujo de cenar en casa. Además, Hawkins acababa de asumir el puesto vacante de ADIC y no parecía contento de haber empezado encontrándose con aquella situación, y mucho menos, de que no hubiera sido resuelta para el final día.
La boca frustrada de Jubal dijo que no se lo tragó. Pareció que iba a insistir, pero Isobel no le dio la oportunidad; abrió la puerta del copiloto. Entonces vio que Jubal ponía las luces de alarma y también abría la del conductor.
—¿No irás a acompañarme hasta la puerta?
Sus miradas chocaron de nuevo en abierta confrontación. Pero, de pronto, la expresión de él cambió; entrecerró los ojos y torció el morro con malicia.
—Intenta impedírmelo, Castille.
Y salió del coche, apresurándose a rodearlo para reunirse al otro lado con ella. Aquello le arrancó a Isobel una risa entre dientes. Negó con la cabeza mientras salía del coche.
Jubal no llegó a tiempo de abrirle la puerta, por supuesto, pero ya estaba a su lado cuando Isobel terminó de ponerse en pie. La siguió hasta la puerta de su edificio mirando a su alrededor, vigilando cada ventana de la calle. Isobel tuvo que reconocer que ella no lo habría hecho, más por dignidad que por falta de prudencia.
Aun sin llegar a tocarla, Jubal caminaba mucho más cerca de ella que normalmente, colocándose de modo que la escudaba con su cuerpo. Isobel no pudo evitar que su proximidad le acelerara el pulso. Se dijo irritada que sólo era porque la estaba agobiando. Aunque la noción de que, si realmente atentaban contra ella terminarían dándole a él, no ayudaba tampoco.
Mientras Isobel buscaba sus llaves, Jubal seguía mirando sobre su propio hombro.
—Mmm... Gracias, Jubal... —murmuró cuando ya estaba entrando.
—No hay porque darlas —respondió él negando con la cabeza.
Los ojos de Jubal parecían darle las gracias a su vez. Isobel se preguntó si él la habría traído a casa en aquellas circunstancias de haber Rina sobrevivido. ¿O la incomodidad entre los dos, la mala relación de Isobel con "su novia" habrían pesado más que la preocupación de Jubal por ella...?
Era tarde, pero se quedó dudando si sería adecuado invitarlo a pasar, a comer algo o al menos a tomar un té como agradecimiento. Antes de que el silencio se volviera incómodo o de que pudiera decidirse, Jubal empezó a retroceder.
—Estaré aquí mañana a las 7 am para buscarte —dijo ya regresando al coche.
Isobel hizo un gesto contrariado.
—Jubal, no hace f-
—A las 7 —insistió él señalándola con el dedo y se metió en el coche, zanjando la discusión.
Pero esperó a que Isobel cerrara la puerta antes de ponerse en marcha.
·~·~·
—¿Quién demonios me está disparando? —preguntó el Congresista Curtis Grange una vez que tomó asiento a la mesa en la sala de visitas junto con Isobel y Tiffany.
OA permaneció de pie, obviamente tenso. Isobel cruzó los dedos delante de ella, en un gesto inconsciente para mantenerse bajo control. La radical línea política antiinmigración de Grange no lo hacía una persona agradable de tratar para ninguno de los dos.
—El nombre del sospechoso es Oscar Rodríguez —informó Isobel con serenidad—. Sus padres fueron deportados por la ICE y asesinados seis semanas después en El Salvador.
Grange se tomó aquello con cierta indignación. Descartó el expediente que le había entregado OA.
—¿Y de alguna manera me culpa por esto? ¿No a sus padres que vinieron aquí ilegalmente para empezar?
No es que a Isobel le sorprendiera aquella pregunta viniendo de alguien que incluía en sus anuncios de campaña frases refiriéndose a los inmigrantes como "hasta que América saque la basura". Pero la implicación de que aquellas dos personas inocentes hubieran muerto por sus propios errores era simplemente ofensiva. Tuvo que tomar aire para apartar su propia irritación. No le salió bien del todo. Isobel llevaba toda la vida lidiando con personas como Grange, pero era un tema que seguía afectándole. Terminó sonando algo impertinente cuando le contestó.
—Bueno, tal vez pueda preguntarle una vez que lo encontremos, pero por ahora, necesitamos centrarnos.
—No saben dónde está Oscar Rodríguez —afirmó el Congresista con cierto sarcasmo, cogiéndola al vuelo.
De acuerdo, el tipo podría ser un xenófobo, pero no era tonto.
—No, por eso nos gustaría proporcionarle protección mientras continuamos nuestra cacería —ofreció Isobel, diplomática, porque en realidad no tenía la autoridad de obligarlo a aceptarla.
—¿Y quiere que aquí Zidan sea mi guardaespaldas?
Isobel hizo lo que pudo por hacer caso omiso del tono despectivo de Grange -y que podía haber evitado perfectamente si hubiera querido- al formular esa pregunta.
—El agente Zidan se hará cargo, sí.
—Eso está bien— respondió el Congresista. La verdad es que a Isobel le sorprendió que no discutiera más a OA; estaba convencida que iba a ser un problema—, pero no voy a esconderme como un beta que le teme a la pelea.
—¿Eso qué significa? —preguntó Tiffany vocalizando el desconcierto de los tres agentes allí presentes.
—Tengo que dar un discurso en una reunión VIP esta tarde en Tribeca en la azotea de Holland Terrace, llena de grandes donantes de dinero, y no lo voy a cancelar —dijo Grange llanamente.
Isobel suspiró en silencio. Por supuesto, aquel fanático no iba a ponérselo fácil, ni siquiera aunque acababa de estar en mitad de un tiroteo en el que su propio hijo había estado en peligro y una bala le había rozado su propio brazo.
—Usted no pone las reglas aquí, Congresista —discutió OA, más brusco de lo que a Isobel le habría gustado—. Estamos tratando de mantenerlo a salvo.
—Lo cual agradezco pero, con el debido respeto, soy un miembro de la Cámara de Representantes de .
Ahí estaba. Isobel había estado temiendo que se agarrara a eso.
—¿Está dispuesto a arriesgarse a otro tiroteo público para recaudar fondos? —Esta vez OA prácticamente interrumpió a Grange, e Isobel se giró con disimulo intentando controlar a su agente con la mirada. OA bajó el tono un punto—. Señor, eso es imprudente.
El Congresista siguió en sus trece.
—Puede ser, pero tengo unas elecciones en seis meses contra un multimillonario liberal, así que voy a salir y recaudar algo de dinero con o sin la ayuda del FBI.
—Mandaremos un equipo de avanzada a Tribeca lo antes posible —se apresuró a intervenir Isobel antes de que OA diera más respuestas ásperas—. Sólo denos un minuto para resolver la logística.
Grange estuvo conforme; se levantó y abandonó la sala.
—Jugando a la ruleta rusa con un peligroso tirador vengativo —dijo OA abiertamente disgustado con el Congresista—. No podemos dejar que esta recaudación de fondos siga adelante.
—Obviamente, la primera llamada que haré será a D.C. para ver si podemos detenerlo —intentó tranquilizarlo Isobel.
—Bueno, el FBI pisoteando los derechos de la primera enmienda nunca queda bien en la prensa —observó Tiff, demostrando su perspicacia.
Isobel tuvo que estar de acuerdo.
—Cierto. Con suerte, podremos encontrar el rastro de Oscar pero, hasta entonces —dirigió su mirada a OA con intensidad—, necesito que mantengas a ese congresista a salvo, aunque piense que nuestras dos familias no pertenecen a nuestro país.
Su agente asintió con frustración, pero comprendiendo perfectamente lo que Isobel quería decir.
—Ah, OA —la SAC lo llamó, cuando Tiffany y él y ya iban a salir por la puerta. Tiff se fue y OA se quedó—. ¿Estás en condiciones de hacer este trabajo?
—¿Señora?
La comisura de la boca de Isobel se curvó ligeramente al reconocer el familiar recurso militar para preguntar "¿De qué estás hablando?". Alargó la mano y cerró el expediente que Grange había dejado abierto sobre la mesa.
—Te he notado algo... pendenciero, con el Congresista —dijo mientras cogía la carpeta, sin levantar la mirada.
OA suspiró.
—Su señoría no ha sido precisamente sutil en su manera de tratarme, no.
—Ya, ya he visto que no contiene su lengua, precisamente... —Isobel se acercó y bajó la voz—. Pero voy a tener que pedirte que intentes controlarte y bajar el tono. Lo último que queremos es darle a escusas a Grange para que presente una queja haciendo tu ascendencia el centro de la cuestión.
Al principio, él pareció simplemente harto.
—Ya sabes cómo es esto, OA —añadió Isobel con suavidad, encogiéndose levemente de hombros.
OA captó el tono conciliador, cómplice de Isobel y asintió. Los dos sabían muy bien lo que a veces significaba ser de origen inmigrante.
—Sí, tienes razón. Me esforzaré.
Isobel le dirigió una breve sonrisa de ánimo antes de que los dos abandonaran la sala.
·~·~·
Jubal se había encargado de guiar al Congresista a la sala de visitas cuando llegó, así que estuvo pendiente de ver cuándo salía, y se reunió con él con un gesto amable para acompañarlo de nuevo hasta el ascensor.
Mientras los dos esperaban, Isobel fue a doblar la esquina.
—Dios, tener que estar a las órdenes de alguien como ella. Lo siento por usted.
—¿Alguien como ella? —oyó preguntar a Jubal, que sonó confundido.
—Vamos, mujer y mejicana. Es evidente que la SAC Castille está en su puesto para cumplir la cuota de diversidad.
Apretando el puño sobre el expediente que tenía en la mano, Isobel controló con mano férrea su irritación y se paró en seco. Decidió que era mejor esperar a que Grange se marchara antes que poner el pie en aquella parte del pasillo y provocar una situación incómoda. Podía verlos a ambos reflejados en la cristalera que tenía delante. El Congresista le dirigía a Jubal un gesto cómplice y petulante.
—Sospecho que probablemente le dieron el puesto a ella cuando usted estaba mejor cualificado, agente Valentine —añadió Grange mientras se subía al ascensor, sin duda tratando de ganar un simpatizante para su causa política.
La expresión de Jubal se volvió muy seria, echó los hombros hacia atrás. La tensión en su cuerpo se hizo manifiesta bajo su camisa. Tanto, que Isobel temió gravemente que fuera a cometer una estupidez.
Iba a adelantarse para intervenir cuando, de pronto, Jubal se relajó y sus labios trazaron una sonrisa felina. Con un vuelco al corazón, el temor de Isobel se alteró de repente.
—De hecho, señoría, como una persona que trabaja con Isobel Castille todos los días —dijo Jubal con una extraña suavidad—, le puedo asegurar que yo personalmente... —La respiración de Isobel se agarró a su garganta— ...no serviría tan a gusto bajo el mando de casi nadie. —Jubal no lo dejó ahí—. Objetivamente, la inteligencia y capacidad de la SAC Castille son extraordinarias. No ha llegado donde está para cumplir ninguna cuota. Si está en su puesto, es porque no había nadie mejor —afirmó categóricamente mientras miraba al otro hombre por debajo de sus cejas y puntualizaba sus palabras con un vehemente movimiento con la cabeza.
Grange no respondió. Hizo un gesto levemente desdeñoso y dejó que las puertas se cerraran.
Exhalando en silencio, aliviada, Isobel no le prestó demasiada atención. Estaba muy ocupada con la agradable ola de satisfacción que la inundaba. No sabía qué se había temido que fuera a decir Jubal. Dana le había contado que efectivamente él opositó al puesto de SAC tanto cuando se lo dieron a ella misma, como cuando se lo dieron a Isobel. Sin embargo, no había habido ni rastro de amargura, ni pizca de rencor, en aquella réplica suya a Grange. Sólo lealtad incondicional.
Había cosas que nunca cambiarían. Isobel seguramente volvería a sentirse discriminada, y siempre por razones que escapaban a su control, a cosas que ella a su vez no podía cambiar; como ser mujer o ser de un origen diferente... De todos modos, incluso a pesar de todo lo ocurrido aquellos últimos meses, la lealtad de Jubal también parecía inamovible.
Seguramente, Isobel no debería sentirse tan bien por oír a su ASAC diciendo todo eso para callar nada menos que a un Congresista. Pero el caso es que lo hizo.
·~·~·
Jubal entró en el despacho de Isobel justo cuando ella colgaba el teléfono con una expresión frustrada que no auguraba nada bueno.
—El equipo ya está en Tribeca, desplegándose —informó él.
Se las había arreglado para organizar la operación en tiempo record.
—He hablado hasta con el Director, pero no ha servido de nada. Desde Washington no van a impedir el evento —dijo Isobel irritada mientras él cerraba la puerta.
Como había dicho Tiffany, nadie en DC iba a arriesgarse a enredar con la Primera Enmienda.
Jubal asintió.
—Seguimos tras la pista de Rodríguez, entonces.
—Sí. Necesito que lo encontréis como sea antes del evento, Jubal —la intensidad de su tono, de la confianza depositada, reverberó con fuerza dentro de él.
—Sí, señora —respondió con determinación.
Se giró para marcharse y hacer todo lo humanamente posible para conseguirlo, pero entonces se detuvo. Aquel "no" no era lo único que Isobel había recibido en sus llamadas a Washington. Se podía ver la presión que habían aplicado sobre ella en lo hundido de sus hombros. Sin embargo, el matiz de su pesadumbre decía que se trataba de algo más...
—¿Está todo bien?
—Sí. Sí, claro —respondió ella automáticamente.
Jubal mandó un rápido mensaje de texto a sus analistas del JOC dándoles instrucciones, antes de dedicarle de nuevo a Isobel toda su atención.
—¿Seguro?
Ella alzó la mirada, que hasta hace un momento seguía perdida.
—Aaam...
Y no contestó. Se lamió levemente los labios, como hacía cuando estaba tensa.
—El Congresista... —Jubal se acercó a su mesa hasta que estuvo de pie frente a ella—, ¿te ha alterado con algún comentario? —preguntó con suavidad.
Isobel suspiró. Su mirada se volvió hacia tantas ocasiones del pasado y se hizo amarga, triste.
—No es agradable que te recuerden que no eres bienvenido —admitió.
—No todos pensamos así —se apresuró a replicar él.
—Lo sé —dijo Isobel con firme certeza. Sorprendió además a Jubal con una mirada más cálida de lo habitual que le aceleró el pulso. Ella sacudió la cabeza—. No debería afectarme. Ya debería estar acostumbrada.
—Es muy comprensible si lo hace. Sentirse desplazado es un sentimiento muy desagradable y muy primal. —Se tomó un momento mientras se decidía a contarle aquello—. Cuando yo tenía doce años, destinaron a mi padre a la embajada americana en Moscú y nos mudamos allí. En mi entorno no había casi niños americanos, y ninguno de mi edad. Además, mis padres querían que aprendiera el idioma y me enviaron a un colegio local. No todos mis compañeros rusos fueron crueles, pero los que sí... —dijo aquello haciendo una leve mueca, recordando las humillaciones y burlas, los velados insultos y pequeñas -y no tan pequeñas- agresiones.
Isobel sabía lo que Jubal intentaba decir. Los que fueron crueles dejaron marcas profundas.
—Sí, en realidad, uno puede sentirse rechazado en cualquier sitio —reflexionó Isobel—. De todas formas... —tragó con dificultad— es muy duro que te hagan sentir como un extraño en tu propio país.
·~·~·
Al final del día, después de que Tiff se marchara a casa, OA levantó la cabeza y vio la luz encendida en el despacho de Isobel. Arrastrando levemente los pies, se acercó hasta la puerta y se asomó, la consternación por lo ocurrido todavía lastrando su corazón.
Isobel tecleaba furiosamente, las mejillas ruborizadas y una expresión indignada. OA sabía que estaba enfadada. La había oído discutir con Hawkins por teléfono hacía un rato, incluso aunque la puerta del despacho había estado cerrada.
—¿Puedo pasar? —preguntó OA.
Su SAC parpadeó y lo miró sorprendida; sus dedos siguieron escribiendo durante unos segundos aunque sus ojos ya no miraban la pantalla, si no hacia él, por encima de sus gafas—. Claro, adelante.
Isobel grabó los cambios sobre el extenso informe que el ADIC le había exigido sobre lo sucedido a Curtis Grange. Había tenido una fuerte discusión con él porque Hawkins le había pedido que señalara "en todo este puto desastre" a los responsables por la muerte del Congresista, y ella le había contestado cortante que no se podía culpar más que al propio Grange.
—Voy a pasarme a ver a Ethan —dijo OA levantando el sobre en el que había metido la copia impresa del formulario de solicitud de ingreso para el hijo del Congresista—. Antes de irme, sólo quería decir que... siento mucho no haber estado hoy a la altura.
No era el único. Todo el equipo se sentía fatal porque un miembro del Congreso hubiera caído abatido por una bala estando ellos de guardia.
Con un suspiro, Isobel se quitó las gafas. Un extremadamente sombrío Jubal le había dicho algo parecido. En el JOC el desolado sentimiento general era que habían fallado al no lograr localizar a Rodríguez a tiempo, antes de que pudiera hacer aquel solitario y mortal disparo. La terrible culpa en los ojos de Jubal todavía pesaba sobre el pecho de Isobel.
—Por supuesto que has estado a la altura, OA. Hoy hemos hecho todos nuestro trabajo lo mejor que hemos podido, incluso a pesar de la imprudencia del Congresista Grange.
OA sacudió la cabeza, descorazonado.
—No estaba de acuerdo con él pero no era tan mal tipo, ¿sabes? Perdió a su mujer en una situación terrible. Sólo intentaba impedir que sigan ocurriendo cosas así...
—No la mejor manera.
Los dos intercambiaron una breve mirada consciente.
—Ya... —OA suspiró—. Acabo de hablarlo con Tiff que resulta irónico.
—¿Qué quieres decir?
—El Congresista y Óscar Rodríguez... ambos culpaban a nuestro sistema de inmigración por la muerte de su esposa y sus padres respectivamente pero por razones completamente opuestas.
Isobel frunció levemente el ceño.
—¿Estás diciendo... que es imposible que el sistema funcione?
—No, no es eso —negó OA con la cabeza—. Simplemente... no puedo dejar de preguntarme por qué ninguno fue tras los realmente responsables de aquellas muertes. El criminal que mató a la esposa de Grange, la guerrilla que disparó a los padres de Óscar. Quiero decir, ¿en lugar de atacar a víctimas inocentes? ¿En vez de perseguir a inmigrantes que sólo son gente trabajadora y decente, en vez de disparar a personas que sólo hacían su trabajo y que no habían matado a nadie?
Isobel entrecerró los ojos reflexionando.
—Creo que necesitaban hacer algo pero, desgraciadamente, eso que dices quedaba fuera de su control. Quizás... —Tomó aire y lo dejó escapar en forma de lenta exhalación—. Quizás por eso nuestro trabajo es tan importante, OA. —Lo miró a la cara—. Porque nosotros, en la medida que nos lo permite nuestra jurisdicción, nos centramos en salvar vidas. Y en llevar ante la justicia a los verdaderos culpables.
OA asintió, comprendiendo aquello, interiorizándolo.
—Y a nadie más.
Sus ojos conectaron.
—Exacto.
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—¿Vamos? —dijo Jubal apareciendo de la nada para caminar a su altura por el pasillo hacia el ascensor.
Llevaba su bolsa de mensajero en la mano mientras se ponía la chaqueta.
A Isobel se le había hecho tarde acabando el informe para Hawkins. No esperaba que Jubal siguiera por allí a esas horas. Le echó una mirada entre divertida y suspicaz. ¿La había estado esperando?
Se sentía malhumorada y vapuleada como si la hubieran sacudido como a una alfombra. Aún así, se sorprendió de que, de hecho, una parte de ella agradecía la compañía. Él también parecía cansado, derrotado. Había sido un día muy duro para todos. Sin embargo, a Isobel le resultó extrañamente reconfortante el silencio que los envolvió. No necesitaban decirse nada, porque los dos sabían por lo que el otro estaba pasando.
—Ya no hay ninguna amenaza, Jubal —dijo adivinando sus intenciones, mientras entraba en el ascensor—. No hay necesidad de que me lleves hoy también a casa.
Él la siguió adentro con las manos en los bolsillos, asintiendo.
—Lo sé, lo sé.
Ella levantó una ceja, esperando algo más. Por toda respuesta, Jubal sonrió de medio lado mirándola de soslayo, y encogió un hombro. Reprimiendo apenas la risa que le subió a la garganta, Isobel transigió. Permitió que él volviera a llevarla a casa.
No sería la última vez.
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