Era una fría y oscura noche donde se llevaban a cabo los siguientes eventos en la mansión del Archiduque Leon Fou Bartford.

Era una gran habitación pobremente iluminada solo por la chimenea y unas pocas lámparas. Hacía tan solo unos minutos que allí se había llevado a cabo un parto con muchas dificultades, los médicos revisaban el estado de la paciente mientras las sirvientas limpiaban el lugar y llevaban consigo toallas y sábanas con múltiples manchas de sangre.

Angelica Rapha Redgrave se hallaba tendida boca arriba sobre la cama, aquella misma cama que compartió por varios años con el hombre del que se había enamorado en su adolescencia y con quién tuvo la dicha de casarse y formar una familia. Aquel hombre que se hizo a sí mismo y llegó a convertirse en Archiduque del Reino de Holfort.

Unas horas atrás pudo escucharse en toda la mansión los gritos de dolor de la señora de la casa, ahora el silencio reinaba la habitación y solo era audible el sonido de las respiraciones y suspiros de todos los presentes. Angélica estaba muy pálida, su largo cabello extendido caía por el borde la cama acariciando el frío suelo.

Antoine van Lavoisier, el amante de Angelica y enemigo jurado de Leon se encontraba presente sentado en una silla al fondo de la habitación con la cabeza entre sus brazos contemplando el suelo. A su lado se encontraba el viejo mayordomo Arthur, leal sirviente de Leon.

Antoine sollozaba débilmente y ocasionalmente dejaba caer amargas lágrimas de sus ojos, Arthur al igual que su señor despreciaba al joven amante de la señora pero en esa situación tuvo que dejar de lado su odio para compadecerse por lo que estaba sufriendo el desdichado hombre. Arthur se había comunicado varias horas antes con su señor quién se hallaba en la República de Teramhea en compañía de la Condesa Clarice Fia Atlee.

Hubo complicaciones con el parto y Angelica pidió por Leon. Ella necesitaba verlo a sabiendas de que podría morir aquella noche. Arthur se dirigió a la habitación contigua que fungía como armario de los vestidos de la señora. La habitación había sido despejada por las sirvientas para fungir como habitación improvisada para el bebe.

Ahí había una elegante cuna la cual había sido ordenada a un importante fabricante de muebles por Angelica. Pero de allí no salía ningún sonido, no se oía el llanto ni los gritos típicos de los recién nacidos… porque ahí, dentro de la cuna… yacía una criatura sin vida.

Una tempestuosa tormenta acompañada de relámpagos que se oían a lo lejos y podían divisarse en el horizonte se desató cubriendo todo el lugar. Un escenario lúgubre y melancólico, perfecto para acompañar la trágica historia que se desarrollaba puertas adentro.

Tiempo después la aeronave personal de Leon aterrizó en medio de los jardines, él descendió acompañado de Clarice.

Hace varias horas Leon recibió el llamado de Arthur comunicándole la situación, a pesar de su negativa finalmente fue persuadido por Clarice quien a pesar de su odio por Angelica se compadeció por ella.

Clarice amaba profundamente a Leon y era su intención alejarlo de Angelica lo antes posible pero comprendió que ambos debían reunirse en esa situación donde la vida de uno de los dos corría peligro.

Leon se detuvo en medio de la lluvia y levantó la mirada para contemplar la ventana de su antigua habitación, aquella que compartía con su esposa. A su mente vinieron varios recuerdos de todos los momentos de felicidad que pasó junto a aquella mujer. Había tantos recuerdos y memorias que por unos momentos el tiempo a su alrededor se detuvo.

-Leon ¿Qué te sucede?- interrogó Clarice.

Leon volvió en sí al escuchar las palabras de Clarice.

-No es nada. No te preocupes.

Ambos continuaron su camino hacia la mansión donde fueron recibidos por algunos de los sirvientes de Leon.

Grettel, la sirvienta principal del Archiduque los recibió en la entrada para tomar sus abrigos empapados por la lluvia.

-¡Mi señor! ¡Agradezco que haya regresado tan pronto!

-¿Qué fué lo que sucedió?

- ¡La señora Angelica está… quiero decir que el parto no salió como los médicos esperaban… hubo complicaciones y…

Había mucha preocupación y miedo en las palabras de la mujer lo cual alertó a Leon.

-Tranquilízate. Mantén la calma y cuéntame que sucedió.

-La señora Angelica… tuvo un parto muy difícil. Ahora se encuentra muy débil y los médicos temen por su vida… y hay algo más.

-¿Qué más sucedió?

-Por desgracia… debido a las complicaciones durante el parto… la criatura no sobrevivió.

Tanto Leon como Clarice quedaron congelados al oír esta desgarradora noticia.

-Por favor suba. Ella necesita verlo.

Se podía sentir la preocupación en las palabras de Grettel. Después de todo ella había sido como una madre para Angelica, la vieja sirvienta había servido como criada personal de la hija del Duque Vincent Rapha Redgrave desde que era una niña y cuando contrajo matrimonio con Leon se alegró profundamente.

Su alegría aumentó aún más cuando se le comunicó que el Archiduque Bartford había llegado a un acuerdo con el Duque Redgrave para que ella prestara sus servicios como sirvienta principal en su mansión y de esa forma seguir estando al servicio de Angelica.

Ahora la mujer a la que amaba como si fuera su hija podría morir, esto fue suficiente para que la mujer dejara de lado toda la decepción que sentía hacia ella por cometer adulterio contra su esposo.

Leon subió las escaleras de forma lenta y silenciosa, casi como si tuviera miedo. Detrás de él venía Clarice.

Ingresó a la habitación donde se encontró con la escena, su esposa tendida en la cama acompañada de los médicos y Antoine van Lavoisier, su enemigo jurado sobre una silla en el fondo de la habitación acompañado de Arthur.

Leon se acercó toscamente a la cama para observar el estado de su esposa, Angelica estaba muy pálida y con la mirada fija en el techo de la habitación.

Ella movió los labios y dejó salir algunas palabras de forma dubitativa, casi delirando.

-¿Por qué no viene? El es bueno. Me perdonaría.

Uno de los médicos se acercó a Angelica para comprobar su temperatura.

-¡Tiene fiebre muy alta! ¡Demasiada!

-Quiero a Leon ¿Por qué no viene?

Arthur se aproximó rápidamente a Angelica.

-¡Dame un poco de vino!

-Mi señora…

Angelica habló nuevamente interrumpiendo al viejo mayordomo.

-¡No! ¡No debo! ¡No es bueno para mi bebé!

-Mi señora…

Nuevamente ella interrumpió.

-¡Que la tenga la nodriza! ¡Si, no la traigan… porque Leon vendrá y lo dañara verla!

Leon dirigió la mirada hacia la habitación contigua donde se encontraba la cuna.

-Ya llegó mi señora. Mire ahí- le dijo Arthur señalando a Leon.

Uno de los médicos se acercó a Leon.

-Hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance. Su salvación dependerá del destino.

Los demás doctores se inclinaron ante el Archiduque y procedieron a retirarse.

Angelica continuó hablando con la mirada fija en el techo.

-¡Tú crees que no me perdonará pero no lo conoces! ¡Nadie lo conoce excepto yo!... ¡Ya no le tengo miedo… solo temo a la muerte!

Leon se arrodilló a un costado de la cama con el rostro lleno de tristeza y preocupación. Angelica volteo a verlo y cuando sus mirada se encontraron una sonrisa se dibujó en su rostro y pequeñas lágrimas se deslizaron por sus mejillas.

-Shhhhh. Shhhhh. Tranquila.

Leon tomó su mano para reconfortarla mientras él también dejaba salir sus lágrimas.

-¡Pobre hombre! ¡Te he hecho sufrir tanto!

Angelica ahora dirigió su mirada a Antoine.

-¡Por favor! ¡Permite que se acerque! ¡Los necesito a ambos!

Leon se giró para observar al amante de su esposa con una mirada cargada de odio.

-Antoine… ven…- habló Angelica.

El joven que seguía postrado en la silla separó su rostro de sus manos y dirigió la mirada hacia su amada que lo llamaba. También se permitió ver a su rival que lo fulminaba con su mirada llena de ira. Aún no podía olvidar el duelo que se llevó a cabo en su mansión y que culminó con la muerte de su hermano Joseph.

Aquel día comprendió de lo era capaz el Archiduque y eso lo aterraba. Su arrogancia y banalidad tuvieron un precio muy alto.

-Ven… por favor- una vez más ella lo llamó.

Antoine se irguió sobre sus pies adoptando una postura encorvada y temerosa mientras se cubría la boca con una de sus manos. La mujer llamó por tercera vez y él accedió a su demanda. El letárgico y oscuro silencio fue interrumpido para dar paso al sonido de sus zapatos mientras avanzaba hacia la cama.

Se postró en el suelo y apoyó ambos codos en un costado de la cama para quedar frente a Leon y ocultar su rostro nuevamente detrás de sus manos. Su respiración era agitada y los sollozos de tristeza y melancolía no se hicieron esperar.

Angelica gesticuló una pequeña sonrisa antes de hablarle.

-Por favor… mira a mi esposo… no te ocultes.

Antoine lentamente y con suavidad apartó sus manos de su rostro y levantó la cabeza para observar cara a cara al Archiduque Leon Fou Bartford.

-Míralo bien… él es un santo.

La expresión de Leon se suavizó y dejó de expresar su odio hacia él. No era el momento ni el lugar para dejar salir viejos rencores.

-No guardes rencor… no es propio de ti y no va contigo- le dijo Angelica a Leon- Toma su mano por favor… hazlo por mí.

Leon accedió a esto y ambos hombres unieron sus manos en un apretón. Angelica tomó la mano de ambos hombres para luego sonreír tiernamente.

-Gracias… gracias… gracias- Angelica repetía una y otra vez, y cada vez su voz era más baja y tenue.

La mujer sentía que ahora podía marcharse sin temor alguno. Tenía a los dos hombres que había amado a su lado y había intentado procurar que hicieran a un lado sus rencillas. Los necesitaba a ambos en sus últimos momentos. Ya no tenía nada por lo que seguir viviendo, solo debía esperar a la muerte… sería el único castigo adecuado para una mujer como ella.

Transcurrieron dos horas más.

Ahora Clarice se hallaba presente en la habitación cuidando de Angelica. Su fiebre había empeorado y su estado se había vuelto más crítico. Clarice colocó un paño frío en su frente mientras ella respiraba agitadamente.

Leon se encontraba observando a través de la ventana mientras caía la lluvia con una mano apoyada en el frío cristal. Antoine una vez más se hallaba sentado en la silla carente de toda expresión o emoción, sus ojos ya no tenía ningún brillo como si fuera un muerto en vida.

Leon se acercó hasta él y se arrodilló frente a él para quedar frente a frente.

-Escúchame bien. Mi alma ahora está llena ya no alberga mal alguno. Te perdono.

-¿Que?- cuestionó Antoine quién no podía concebir las palabras que acababa de escuchar.

-Te perdono. Y perdono a Angelica. Ahora debes irte, porque no soportarás verla cuando parta.

Leon apoyó su mano en el hombro del joven para reconfortar. Antoine empezó a llorar amargamente. Hundió su rostro en el pecho de Leon para desahogar sus penas y este no lo apartó de su lado. Todo lo contrario, lo rodeó con su brazo como si estuviera protegiéndolo y acarició su cabello.

Dos enemigos que se juraron la muerte para el otro, ahora compartían un momento cálido y fugaz. Leon había odiado a aquel hombre como nunca creyó posible, pero dejó a un lado todo su rencor para apoyar a un hombre devastado.

Quién se encontraba llorando en su hombro no era sinó un padre que perdió a su hijo y ahora perdería a la mujer que amaba.

-Debes irte.

Antoine se aferró a Leon mientras dejaba salir su dolor y pena que se esforzó para contener. El hombre al que había causado tanto daño y a quién le deseó la muerte tantas veces ahora era su único apoyo en ese momento de desesperación. Incluso había obtenido su perdón.

Las palabras de Angelica resonaban con fuerza en su cabeza, Leon era un santo. ¿Cómo podía perdonarlo después de todo lo que había hecho?

Clarice había sido testigo de toda la escena. El círculo se había completado y el ciclo de odio que se había generado había llegado a su fin.

Angelica intentó redimirse al final, si debía irse procuró que ambos hombres dejaran a un lado su rencor. Ella fue la culpable y su castigo seguramente sería la muerte, pero no podía irse dejando las cosas en ese estado.

Lentamente la luz proporcionada por la chimenea se fue apagando y el frío empezaba a apoderarse de la habitación.

Antoine se marchó dejando solos a Leon y Clarice.

Leon caminó hasta la pequeña habitación contigua donde se hallaba la cuna, se detuvo en la puerta para respirar profundamente antes de continuar. Observó a la criatura sin vida dentro de la cuna para luego taparse la boca con una de sus manos.

Se dió la vuelta para evitar seguir observando a la criatura muerta y sacó de su bolsillo un pañuelo de fina tela en un intento por secar sus lágrimas.

-¿Leon?- Clarice también había ingresado para constatar el estado de su amado.

-Lamento que tengas que verme así.

-No necesitas ocultarte de mí. Yo fuí quien insistió en que vinieras.

-No puedo entenderlo.

- ¿El hecho de que sufras por causa de ella?

-¡Yo la odiaba! ¡Quería verla destruida! ¡Quería verla arruinada! ¡Pero ahora no siento gozo alguno! ¡Cuando la ví tan débil y tan frágil no pude evitar derramar lágrimas amargas! ¡Me duele… y me quema!

-¡La amas… por eso te duele!

-¡No! ¡De ninguna forma puede ser así! ¡Yo te quiero a tí!

-¡Hay muchas formas de amor! ¡Y puedes amar a más de una persona!

Clarice caminó hasta él para abrazarlo y hundió su rostro en su pecho.

-¡Eres el hombre que amo! ¡Me enamoré de ti por quién eres! ¡Y eso nunca cambiará! ¡Aún cuando te casaste con otra te seguí amando! ¡Ahora al fin estás entre mis brazos!

-Te hice esperar mucho.

-Ahora tengo un lugar en tu corazón al igual que Angelica. Ella siempre ocupará un lugar especial en tu corazón… un amor y un matrimonio como el que tuvieron no se olvida fácil.

Clarice besó delicadamente a Leon.

-Has dejado atrás el odio. Otorgaste tu perdón a quienes te lastimaron. Dejemos atrás el pasado y vivamos el mañana juntos. Ahora y por siempre yo estaré a tu lado.

Leon rodeó con sus brazos la cintura de Clarice.

Antigua residencia de la familia Lavoisier (Al día siguiente)

Ya era de día. La tormenta se había disipado para dejar paso al brillante sol que bañó con sus rayos toda la propiedad. Los charcos del suelo pronto se evaporarían y de la terrible lluvia no quedaría rastro alguno.

Antoine se encontraba recostado en su cama con los ojos rojos y sus párpados entrecerrados. Había llegado tan solo un par de horas atrás y a pesar de su cansancio no pudo conciliar el sueño.

La puerta de la habitación fué abierta abruptamente. El joven se levantó de la cama disgustado para confrontar a quién osaba interrumpir su descanso.

Grande fue su sorpresa al ver frente a él a su hermana menor Lenna.

Unos minutos después Lenna junto con Antoine se encontraban en la sala principal sentados frente a frente en los sillones mientras los sirvientes servían el té y traían aperitivos.

Antoine se encontraba cabizbajo y sin poder mirar a los ojos a su hermana.

-¡Mírate! ¡En lo que te convertiste! ¡Un hazmerreír!

-¿A qué has venido?

-¡No pienses equivocadamente que me importas! ¡Tus siervos se contactaron con nuestra madre el día de ayer para darnos la noticia de que esa mujer probablemente muera y espero que así sea!

-No hables así de ella- exigió Antoine con un tono de voz apagado.

-¡No me dirás lo que debo decir! ¡Nuestra querida madre aún se preocupa por tí y me ha envíado a buscarte! ¡Viajé toda la noche en una aeronave privada para llegar hasta aquí!

-Quisiera quedarme.

-¡No estás en posición de exigir nada! ¡Una aventura con una mujer casada le pone el fin a años de educación por esa obsesión morbosa! ¡Haz humillado públicamente a nuestra familia y deshonrado a un hombre que dedicó su vida al Reino de Holfort.

Antoine no pudo replicar nada ni decir una palabra en su defensa.

-¡Desertarás del ejército de su majestad y regresarás conmigo a Kazadur! ¡Has terminado aquí!

Tres meses después.

La aeronave personal de Leon aterrizó en la pista de aterrizaje de su mansión ubicada en los jardines.

Leon descendió vestido con su uniforme militar puesto que durante el último mes había estado fuera combatiendo contra el ejército de Harakán para defender las fronteras de los Reinos del Norte.

En esos momentos Angélica estaba recibiendo la visita de Elizabeth Federovnia, una de las pocas amigas que aún le guardaba simpatía. Elizabeth se encontraba sentada en un sillón junto a la cama de Angelica.

-Y ahí estaba él, usando su mejor traje y con el rostro lleno de rubor. Querida, qué escándalo.

Angelica rió junto a Elizabeth.

-Escucha cariño. También tengo noticias del regimiento relacionadas con Antoine. Él le encargó a mi esposo que te diera su mensaje.

Mientras esto sucedía Arthur recibió a su señor en la entrada para tomar su abrigo. Leon pudo escuchar las risas provenientes del segundo piso.

-¿Quién está aquí?

-La Condesa Elizabeth Federovnia, mi señor.

Leon subió las escaleras y caminó hasta la puerta de la habitación de Angelica.

-¡No quiero verlo!

-Pero seguro tu esposo no…

En ese momento Leon abrió las puertas interrumpiendo a la condesa. Elizabeth se puso de pié en cuanto Leon ingresó.

-¡Cuanto me alegra verlo, mi lord!

-Luces nerviosa. Que mi presencia no te incomode, puedes continuar.

-¡Ya hablamos demasiado! ¡Ya me iba a casa y…

Angelica interrumpió a Elizabeth.

-La condesa vino a decirme… no quiero ocultarte nada. El capitán Antoine pide venir a despedirse. Se va lejos, regresará a Kazadur… le dije que no puedo recibirlo.

Se produjo un silencio incómodo entre los tres presentes durante unos segundos hasta que Elizabeth rompió el hielo.

-Bueno… ya debo irme. Adios mi tesoro.

Elizabeth besó en la mejilla a Angélica y luego se inclinó ante Leon para después caminar hasta la salida. Leon la acompañó y una vez que ella estuvo fuera cerró las puertas. Ahora que estaban solos Angelica se echó hacia atrás y hundió su rostro en la almohada para largarse a sollozar.

Sus lamentos podían oírse y resonaban por toda la habitación.

-Estoy de acuerdo… ya que se va, no hay necesidad de que el Capitán Lavoisier venga- habló Leon mientras se acercaba a la cama.

-Ya lo dije, no necesitas repetirlo.

-Pero es tu decisión.

-¡Si! ¡Yo lo decidí!

Leon se sentó en una esquina de la cama.

-Pues me alegra que…

-Estamos de acuerdo y quizá podamos hablar de otro asunto.

-Claro ¿Hay algo que pueda hacer por tí?

-No. Ya no hay nada. Soy una mala mujer…no puedo respirar… tu amabilidad no la puedo pagar y tu perdón…

-¡Tú me rogaste mi perdón en tu lecho de muerte!

-¡Pero no morí y debo vivir con eso! ¡Debía ser yo quién pagara las consecuencias, no mi hijo!

-¿Entonces qué? ¿Qué es lo que quieres? ¿Acaso sabes qué es lo que quieres? ¿Acaso quieres ver al Capitán Lavoisier?

-¡Pero no despedirlo!

-Estás perdida. Irremediablemente perdida. Permití que te quedaras en mi casa mientras agonizabas. Cuidé de tí… di marcha atrás con nuestro divorcio para que no quedaras en la nada y mi hijo no perdiera a su madre. He sido demasiado tolerante contigo.

-¡Y nunca podré pagarte por todo eso!

-¡No necesitas retribuirmelo! ¡Pero aún eres importante para mí! ¡Quiero que pienses bien lo que harás a continuación! ¡Si nos divorciamos, tú serás la parte culpable! ¡Significa que tu unión con él sería ilegítima, no podrás casarte legalmente! ¿Eso es lo que quieres? ¿Estás lista para aceptar todo ese peso sobre tus hombros?

-¡Si!

Angelica estaba decidida y no había vuelta atrás.

-¿Y qué hay de nuestro hijo? ¿Qué pasará con Alexander?

-Cuando crezca, cuando conozca y sepa acerca de amor me perdonará.

Leon se levantó de la cama y se dirigió a la puerta. Antes de cruzar el umbral se detuvo para dedicarle unas últimas palabras a aquella mujer con quién compartió tantos años de su vida.

-Antoine van Lavoisier robó mi manto… y ahora le daré mi abrigo.

Leon abandonó la habitación mientras Angelica derramaba unas últimas lágrimas por todo el dolor que aún le seguía causando al hombre que le entregó su vida y siempre procuró por ella.

Castillo del Reino de Holfort.

Algunos días más tarde Leon solicitó una audiencia con la Reina Erica y el consejo de ministros para dar el siguiente paso en cuanto al divorcio, aunque de una forma totalmente diferente a como todos esperaban.

Leon habló ante todos los presentes. Erica se indignó al escuchar las intenciones de su tío, los ministros dudaron de las serias intenciones del Archiduque.

-¿Realmente quieres hacer esto? ¿Te das cuenta de lo que vas a hacer?- Erica habló furiosa.

-Soy consciente. Y aceptaré las consecuencias.

Erica se levantó de su trono y caminó raudamente hasta su tío para sujetarlo de los hombros.

-¡Tú eres un buen hombre! ¿Y planeas cargar con toda la culpa de esa sinvergüenza?

-Por favor no digas eso.

-¿Qué esperas que diga? ¿Esperas que acepte que tú te eches la culpa?

-Ya todos han oído mi confesión.

-¡Pero tu confesión es falsa! ¡Nadie lo creerá!

-Mi decisión está tomada. Y no cambiaré de parecer.

Erica se cubrió el rostro con ambas manos y cayó de rodillas al suelo preocupando a todos los presentes. Los ministros llamaron a los sirvientes personales de la reina quienes se la llevaron a sus aposentos.

El ministro principal preparó los documentos de acuerdo a la petición de Leon.

Mansión del Archiduque Leon Fou Bartford.

Angelica se encontraba sentada en el sofá de su habitación observando a través de la ventana. La inteligencia artificial conocida como Cleare flotaba encima de ella puesto que Leon había dispuesto que mantuviera vigilada a Angelica.

La mujer se giró y alzó la vista para encarar a Cleare.

-Cleare.

-Dime.

-Tú también me odias ¿Verdad?

-Soy un ser artificial. Poseo información y datos. Pero no puedo expresar emociones. No puedo odiar si no soy capaz de ello.

-Entonces dime si hice mal.

-Hiciste mal. Master no ha hecho sino más que sufrir por todas tus acciones. Master te lo otorgó todo y tú lo traicionaste. La definición de zorra se adecua a tu persona y…

-Por favor ya no sigas…

-Tu me lo pediste. Si no puedes tolerar la realidad, es un tema aparte.

-Sé muy bien lo que he hecho… es solo que… no deja de ser doloroso que te lo digan directamente.

-La realidad es dura. Este mundo es cruel. Aunque pueda procesar gran cantidad de datos sigo sin comprender tus motivaciones para dejar de lado un hombre que siempre estuvo para ti y que siempre te procuró.

Angelica bajó la mirada.

-¿Acaso ya olvidaste que él renunció a Olivia y Noelle para estar contigo?

Angelica empezó a derramar lágrimas.

-¿Acaso olvidaste que él te defendió del Principe Julius cuando todos tus seguidores y tus amigos te abandonaron?

Angelica seguía sin responder.

-¿Acaso ya olvidaste que…

Ella no pudo soportarlo más y golpeó a Cleare con su mano. Cleare solo retrocedió un poco debido al golpe.

-Mi cuerpo está construido de un material muy resistente. Necesitarás hacer más si quieres dañarme.

-¡Callate!- replicó Angelica mientras se sujetaba la mano que había usado.

Cleare analizó la herida antes de responder.

-Sugiero que apliques hielo de forma inmediata.

Dos horas después.

Leon regresó a la mansión acompañado de uno de los ministros de la Reina Erica. Ambos se dirigieron a la habitación donde se encontraba Angelica.

-¿Sucede algo?- preguntó ella al verlos.

El ministro procedió a hablar mientras sacaba de su portafolio varios papeles.

-El Archiduque Leon Fou Bartford ha solicitado el divorcio nuevamente. Aquí le traigo todos los documentos correspondientes. Solo debe firmar.

Angelica recibió los papeles y a continuación buscó un bolígrafo en el escritorio. En este punto ya estaba resignada, Leon había hecho demasiado por ella y otorgarle pacíficamente el divorcio era la única cosa que podía hacer por él.

Ella firmó los papeles sin detenerse a leer el contenido de los documentos y se los devolvió al ministro.

-Muy bien. Ya todo está hecho. Oficialmente usted ya no es la esposa del Archiduque. Debe abandonar esta casa de inmediato.

-Lo sé muy bien.

Angelica se dispuso a recoger algunas de sus pertenencias.

-Además usted recibirá una importante compensación monetaria por parte del Archiduque.

-¿A qué se debe eso?

-El Archiduque se ha declarado culpable de cometer adulterio en su contra. Mientras estaban unidos en matrimonio él asevera haber estado con otras mujeres. El Archiduque será degradado públicamente a Duque y de acuerdo a nuestras leyes ya no podrá contraer matrimonio. Usted queda libre de toda responsabilidad y recibirá una considerable suma de dinero como compensación por haber sido agraviada.

Angelica no podía creerlo. Corrió hasta Leon y lo sujetó por los hombros.

-¡Leon! ¿Por qué lo hiciste? ¡Yo soy la culpable!

Leon apartó sus manos antes de responder.

-Quiero que me escuches. Es mi forma de agradecerte por todo el tiempo que estuviste a mi lado. Pero ahora quiero que salgas de mi vida, ya me he comunicado con el Capitán Antoine van Lavoisier. Vete con él y ya no vuelvas nunca.

-Pero ¿Qué hay de Alexander?

-El se quedará conmigo. Te permitiré que te despidas del niño y luego te irás. Ahora recoge tus cosas.

Mansión de la familia Bartford.

Leon y Angelica viajaron en la aeronave privada hasta la propiedad de los padres de Leon.

Alexander había sido envíado a vivir con sus abuelos por Leon desde hacía varios meses cuando su madre aún estaba embarazada.

En esos momentos Nicks junto con Dorothea también estaban presentes cuando la nave personal de Leon llegó a la bahía de aterrizaje.

Nicks corrió impetuoso hasta la bahía para saludar a su hermano a quién no veía desde hacía tiempo. Leon descendió primero y su hermano habló.

-¡Leon! ¡No sabes cuanto te esperábamos! ¡Alexander también pregunta por ti y…

Nicks se quedó callado al ver a Angelica quién descendía detrás de él.

-¿Qué está haciendo ella aquí?- preguntó cambiando su expresión de alegría por una de enfado.

Leon no respondió y continuó su camino hasta la mansión seguido de Angelica. Ninguno de los dos dijo una sola palabra durante todo el trayecto ni prestaron atención a todas las interrogantes de los padres de Leon. Subieron las escaleras hasta la habitación que ocupaba Alexander.

El abrió la puerta y ella ingresó.

Caminó despacio y con cuidado puesto que su hijo aún dormía en su cama. Se sentó en la cama y besó la mejilla del pequeño.

-Alexander- dijo suavemente.

-¿Mamá?- preguntó mientras se despertaba lentamente y se frotaba los ojos con su puño.

Ella lo abrazó fuertemente.

-Mi pequeño amado.

-Sabía que vendrías.

Ella comenzó a sollozar y su voz se tornó temblorosa.

-¿Estás llorando?

-No. No lloro- trató de negar.

-¿Dónde estuviste mama?

-No lo sé. Pero pensé en ti cada día.

-Y yo pensé en tí todos los días mamá.

Leon ingresó en la habitación indicándole que ya era tiempo.

Angelica besó en la frente a su hijo.

-Escúchame. Ama mucho a tu padre. El es mejor que yo.

-Nadie en todo el mundo es mejor que tú mamá.

Ella liberó a su hijo de su abrazo y se levantó de la cama. Avanzó despacio pero firme sin detenerse a voltear para ver a su hijo por última vez.

-¡No!- gritó Alexander.

Angelica atravesó la puerta y procedió a abandonar la propiedad.

Mientras todo esto sucedía puertas adentro el Capitán Antoine van Lavoisier había llegado a la residencia a bordo de una pequeña aeronave privada.

Leon acompañó a su ex-esposa hasta la bahía de aterrizaje. La puerta de la aeronave privada se abrió y Antoine se asomó desde el interior aguardando que ella abordara. Ella miró atrás por última vez, tenía tanto que decir y al mismo tiempo era imposible decir nada.

-Leon… yo… yo a ti…

-No digas nada. Guarda silencio porque no quiero nada de lo tengas que decir. He terminado contigo para siempre. Vete con él, empieza una nueva familia y nunca aparezcas delante de mí… porque tú solo sabes hacerme daño.

Angelica guardó silencio y abordó la nave. Recibió un suave abrazo de su amante antes de escuchar las últimas palabras de Leon.

-Y no te preocupes por el dinero. Una vez que te asientes en un nuevo hogar los ministros de la reina enviarán lo que te corresponde.

Tan solo algunos minutos después Leon se encontraba sentado en el jardín con una taza de té en la mano observando cómo la aeronave del Capitán desaparecía en el horizonte. Dorothea se acercó a él.

-¿Esto es lo que querías?

Dió un sorbo a su té antes de responder.

-Esto fué lo mejor. Nuestros caminos se cruzaron pero nunca estuvieron unidos.

Un mes después.

Leon perdió su estatus y fué degradado a Duque en un asamblea pública con toda la nobleza del reino presente. El aceptó su castigo por su supuesto crimen a pesar de que todos lo apoyaban y nadie creía en su culpabilidad.

Gran parte de sus conocidos y sus amigos se alzaron en protestas contra los ministros de la reina por su accionar y reclamaban que se diera marcha atrás con el castigo.

Hubo disturbios en la capital por varios días hasta que Leon apaciguó las olas iracundas y todo el asunto prosiguió de acuerdo a la ley.

Oficialmente ya no podría casarse legalmente y cualquier relación sería considerada ilegítima.

Clarice no volvió a contactarse con Leon en todo ese tiempo.

Mansión del Duque Leon Fou Bartford.

Alexander, el único hijo de Leon aún no se hacía a la idea de que había perdido a su madre. Su padre se mantuvo distante, algo había cambiado en él. Era un niño necesitado de amor y ahora ninguno de sus padres podría entregárselo.

Hace algunos días regresó a vivir en esa casa, la casa donde nació y creció. Ya no salía a jugar a los jardines, ya no iba de paseo a la ciudad. Algo dentro de él había muerto. Perdió el brillo en su rostro. Ahora esa casa era un lugar desconocido.

El muchacho se hallaba observando a través de la ventana de su habitación cuando Grettel, la sirvienta principal de la casa ingresó al cuarto.

-En un momento serviré la cena joven amo.

El niño no volteó ni respondió.

Grettel procedió a retirarse, pero antes de cruzar la puerta Alexander habló.

-Grettel.

-¿Sí, joven amo?

-Fué mi culpa Grettel- dijo mientras empezaba a llorar.

-No.

-Por mí nos abandonó.

Grettel lo acarició en la mejilla intentando tranquilizarlo.

-No fué su culpa. Fue de ella… y solo de ella. ¿Entiende?

El pequeño se aferró a la cintura de la mujer y ella lo rodeó con sus brazos.

-Me hace falta. La extraño mucho.

-Yo también joven amo… yo también.

Dos meses después.

El invierno ya había llegado y toda la capital se tiñó de blanco debido a la nieve. Aquel día Leon había sido citado por su cuñada Dorothea Fou Roseblade en su casa. Nicks había salido a atender algunas diligencias.

Ambos se encontraban sentados en el jardín acompañados de una taza de té.

-¿Aún te sientes culpable por cómo resultaron las cosas?

-Mi ira sobrepasa mi culpa.

-Ultimamente las tropas de Harakán han retrocedido ¿Verdad?

-Eso es lo único bueno que ha sucedido en todo este tiempo.

Dorothea llamó a uno de sus sirvientes quién trajo consigo varios documentos.

-No estás de ánimo para conversar. Iré directo al grano- dijo tendiéndole los documentos.

Leon revisó el contenido de los papeles.

-¿Qué significa esto?

-Es una proclama iniciada e impulsada por mi persona. Me reuní con todas las familias de nobles del reino en este tiempo y conseguí su apoyo para llevar tu caso ante la la reina misma para rectificar la ley. Puntualmente tu caso.

-¡No puedo entenderte!

-¡Piensa un poco tonto! ¡Gracias a mí y al apoyo de todos tus seguidores se ha tomado la decisión de hacer una excepción extraordinaria para librarte de toda culpabilidad! ¡Algo inédito en la historia!

-Eso significa…

-Significa que puedes puedes volver a casarte.

Leon se levantó de su asiento por la emoción.

-Antes de que hagas cualquier cosa, hay alguien a quién debes ver.

En ese momento Clarice salió del interior de la residencia, con su cabello suelto y cubierta con un elegante abrigo blanco. Ella caminó hasta Leon quién permaneció inmóvil y sujetó sus manos.

-Leon… ¿Te casarías conmigo?

-¿Es enserio?

Clarice rió.

-Si… he tenido miedo, he sido obstinada y estoy enamorada, y el matrimonio te haría muy feliz… te amo. Quiero que seas mi esposo… me gustaría pasar el resto de mi vida contigo…

Leon se quedó callado varios segundos.

-Dime algo.

-Si… claro que sí.

Ambos unieron sus labios en un cálido beso mientras Dorothea aplaudía suavemente.

-Muy bien. Felicidades a ambos pero querido cuñado… espero que recuerdes nuestro acuerdo. Si te ayudaba harías lo que te pidiera ¿Verdad?

-Claro que lo recuerdo.

-Sabes lo que te voy a pedir ¿Verdad?

-Tengo una idea en mente.

Reino de Lázulis.

Transcurrió una semana desde aquel día, aquel cuando Leon recuperó su felicidad y se comprometió con Clarice. Tal como ella había dicho, existen diferentes tipos de amor y es posible amar a varias personas.

Leon fué obligado por su cuñada a comprometerse con su hermana menor Deirdre Fou Roseblade. Ella siempre estuvo enamorada de Leon desde su época en la academia y siempre esperó por él incluso después de que contrajera matrimonio con Angelica. Gracias a su hermana pudo cumplir con su anhelo y al igual que Clarice se casaría con su amado.

Leon no pudo dar marcha atrás, no después de todo lo que su cuñada hizo por él y se resignó a aceptar a Deirdre en su casa. Después se trasladó hasta el Reino de Lázulis en su aeronave privada para encontrarse con cierta persona.

Olivia, una de las consejeras del Rey Utgar Valerian se encontraba en su oficina revisando el itinerario del consejo cuando alguien llamó a su puerta.

-Adelante.

La puerta se abrió y Leon ingresó a la habitación con un ramo de rosas en la mano. Olivia sonrió gentilmente al verlo. Ninguno de los dos dijo una sola palabra y la puerta se cerró detrás de él.

6 años después.

El tiempo transcurrió, primero el día y luego la noche, luego el día y después la noche y así durante más de dos mil días. Llegó la primavera y las flores se alzaron iluminando y llenando de color los jardines de Leon. El verano baño toda la residencia con sus rayos cálidos.

Llegó el otoño y las hojas cayeron inundando el suelo, y luego el invierno donde la mansión y los jardines se cubrieron de blanco. Así se repitió varias veces. Ahora la mansión estaba mucho más animada, Leon seguía siendo Duque pero alguien como él no tardaría en recuperar su estatus como Archiduque con sus logros militares. El reino de Harakán extrañamente había retrocedido en varios frentes y la mayoría de sus fuerzas habían dado marcha atrás para regresar a su nación.

Alexander ahora era un adolescente que actualmente asistía a la Academia Holfort, al igual que su padre en su juventud, era osado y salvaje.

La situación en los Reinos del Norte era estable, al menos de momento. Recientemente el Reino de Lázulis se encontraba en dificultades debido a la amenaza de una guerra civil llevada a cabo por un grupo de extremistas liderados por un desconocido pero poderoso hombre. El Rey Utgar Valerian solicitó la ayuda del Duque Leon Fou Bartford quién ahora era esposo de una de sus antiguas consejeras.

La nave personal de Leon descendió en la pista de aterrizaje ubicada en los jardines de la mansión. El Duque regresaba de una audiencia con la Reina Erica, en breve Leon quién ya contaba con 42 años partiría al Reino de Lázulis para sofocar la revuelta que allí se estaba produciendo.

El hombre bajó de su nave y fué recibido por su fiel mayordomo Arthur. Ambos caminaron hasta la mansión e ingresaron al salón.

Allí frente a la chimenea en los sillones se encontraban tres hermosas mujeres que le dieron la bienvenida.

-Bienvenido cariño ¿Cómo estuvo tu día?- dijo Clarice con un bebé de dos años en brazos que tenía el mismo color de cabello.

-Oye. Cuando me desperté ya te habías ido. ¿Cómo te atreves a irte sin darnos un beso a mí y a tu hija?- Exclamó Deirdre mientras tenía en sus rodillas a una niña de cuatro años rubia con el mismo peinado con rulos.

-Leon. Ven y siente cómo se mueve nuestro hijo- habló Olivia mientras se sujetaba su abultado vientre.

Leon sonrió y caminó hasta sus esposas.

Epílogo.

Un grupo de hombres con trajes y armaduras de combate se encontraban reunidos en una cabaña oculta en los bosques a las afueras de la capital del Reino de Lázulis.

Allí había un hombre enmascarado de pie frente a un gran mapa detallado del reino pegado en la pared.

Uno de estos hombres se dirigió al enmascarado.

-Parece que el Duque Bartford llegará en unos días. ¿Cómo va a manejar esto?

-Bueno. El Duque llegará antes de lo planeado. Parece que tendremos que adelantar nuestros planes.

Fin de la primera parte.

Bueno. Esta historia ha llegado a su fin. Solamente la primera parte de la historia ha concluido. Antes de empezar a escribir el primer capítulo tuve la idea de dividir la totalidad de la historia en tres grandes partes y hemos llegado a la conclusión de la primera.

Quiero decir que mi objetivo siempre fue escribir una historia que se diferenciara del resto y creo que cumplí mi objetivo. Hay bastantes historias donde Leon ya conocía a Angelica u Olivia de niños y otras historias donde la historia se desarrolla sin la presencia de Marie.

Creo que hay espacio para otro tipo de narrativas y nadie debería tratar de limitarse a seguir el canon al cien por ciento cuidando de no contradecirse con cada detalle de la novela original. Esto es un fic.

Agradecimientos a quienes siguieron esta historia hasta el final y disculpas por la tardanza.

Si algún día escribiré la segunda y tercera parte queda en duda. Todo dependería de mi estado de ánimo. Aunque tengo varias ideas, la segunda parte mostraría a Leon enfrentándose a este enmascarado que ha llevado el caos y la anarquía al Reino de Lázulis y la tercera parte nos mostraría el regreso de Angelica quién intenta regresar a la vida de Leon mientras el Reino de Harakán vuelve al ataque más poderoso que nunca.

Eso a sido todo y gracias por leer The Heart Within.