Capítulo 9

Nunca voy a olvidar el día en que conocí a Kikyou. Era un día lluvioso, de esos en los que el cielo parece que nunca va a despejarse. Mi viejo estaba más entusiasmado de lo normal con todo el asunto del museo de la Perla Shikon. Estaba trabajando junto al arqueólogo especialista y la familia que poseía la famosa perla. No paraba de hablar de lo importante que era, de lo que significaba para la ciudad. Pero para mí, todo eso eran solo palabras vacías, no me interesaba en lo más mínimo.

La verdad, no tenía ninguna intención de ir ese día. Pero mi viejo insistió, dijo algo sobre que era importante que "aprendiera de la historia de nuestra ciudad" y que "algún día tendría que encargarme de todo." La verdad, me parecía una pérdida de tiempo, pero para evitar otro sermón, acepté acompañarlo. Estábamos en la construcción aún inconclusa del Museo y me encontraba mirando la lluvia, esperando a que dejara de hablar de piedras y reliquias viejas. Todo lo que quería era salir de ahí lo más rápido posible.

Mientras mi padre y un trabajador hablaban interminablemente sobre planos y permisos, observé cómo el arqueólogo y su hija entraban al edificio. A primera vista, ella no parecía nada fuera de lo común, solo una chica guapa, pero sin nada especialmente interesante, cierto que tenía una presencia, pero en ese momento no me impresionó mucho.

El arqueólogo nos presentó. "Inuyasha, ella es mi hija, Kikyo. Kikyo, este es Inuyasha, hijo del señor Taisho." Kikyo me saludó con una leve inclinación de cabeza, con una mirada tranquila. Después de eso, los dos adultos se alejaron, dejándonos solos en esa sala vacía que olía a pintura fresca.

Por un momento, ninguno de los dos dijo nada. Ella se acercó a una de las enormes ventanas de cristal que daba al jardín encharcado. Apoyó su mano en el vidrio y miró hacia afuera, el agua deslizándose por el cristal como si trazara caminos invisibles. Yo solo observaba desinteresado la habitación, intentando entender por qué mi padre estaba tan empeñado en que me interesara por todo este asunto de la perla.

—Este sitio... parece extraño —dijo Kikyo, observando el lugar con indiferencia.

—A mí no me importa cómo se vea —respondí, cruzando los brazos sin interés.

—No te importan estas cosas, ¿verdad? Te da igual —comentó Kikyo, manteniendo su mirada fija en el paisaje.

—Solo me concentro en lo que es importante —dije, sin mirarla y con tono seco.

—¿Así que estás aquí solo por tu papá? —preguntó Kikyo sin girarse hacia mí, rompiendo el silencio. Su tono era un poco condescendiente, como si ya supiera todo sobre mí solo por mi actitud desinteresada.

—¿Y tú? ¿Estás aquí solo para hacer acto de presencia? —respondí, no con mucho interés, pero con una dosis de sarcasmo—. Parece que estamos en el mismo barco.

Kikyo se volvió lentamente para mirarme, su expresión era una mezcla de indiferencia y desdén.

—Aparentemente sí —dijo con una sonrisa apática—. Sólo que yo al menos intento aprender algo; supongo que cuando no tienes la vida resuelta de un junior debes esforzarte al menos un mínimo.

La conversación no había sido nada amable, más parecida competición de quién podía ser más frío y distante. Cada uno de nosotros parecía decidido a desestimar al otro, lo que sólo contribuyó a la incomodidad del encuentro. Ninguno de los dos dijo nada y quedamos en silencio hasta que Kykio fue solicitada por su padre, quien comentó que ella estaba estudiando arqueología en la Universidad de la ciudad y que estaba buscando una beca de movilidad al extrangero.

Un par de semanas después de nuestro primer encuentro, coincidimos otra vez en el museo, de nuevo yo había ido porque mi padre había insistido en que asistiera para mostrar mi apoyo a la causa. Yo me escabullí de la oficina con el pretexto de explorar las instalaciones aunque, en realidad, solo trataba de evitar las conversaciones obligatorias. Fue entonces que me encontré con Kikyo en la sala principal donde se mostraría la Perla Shikon. Ella estaba parada junto a la vitrina donde colocarían la Perla Shikon, observándola con una intensidad que parecía desmedida para mí.

—¿Qué tal, Kikyo? —la saludé, intentando sonar educado, pero no demasiado interesado.

Ella levantó la vista, y sus ojos se encontraron con los míos. Sin una sonrisa, respondió:

—Hola, Inuyasha. No pensé que te vería aquí.

—Yo tampoco pensé que vendría —dije, levantando una ceja—. No puedo decir que esté emocionado todo por esto.

Kikyo me miró con una expresión de ligera decepción.

—Entiendo que no todos apreciamos el mismo tipo de cultura.

Fue un comentario sutil, pero suficiente para dejar en claro que no solo no me valoraba, sino que me consideraba un ignorante. Decidí no responder y me alejé, me parecía una chica demasiado antipática.

Una semana después, decidí tomar un café en un pequeño lugar que solía visitar cuando necesitaba despejarme. Para mi sorpresa, Kikyo estaba allí también, sentada en una mesa, inmersa en un libro. Decidí acercarme a saludar, aunque no tenía muchas ganas de hacerlo.

—Hola, Kikyo —dije mientras me acercaba a su mesa—. ¿También vienes aquí a estudiar o algo por el estilo?

Ella levantó la vista, y su expresión no fue precisamente cálida.

—Hola, Inuyasha —respondió con una que a mi parecer tenía un tono diferente al que estaba acostumbrado, incluso me pareció amable—. No, simplemente vine a disfrutar de un poco de tranquilidad.

—¿Tranquilidad? —pregunté, escéptico

Kikyo hizo una pausa, observandome antes de responder y note sus ojos rojos y cristalinos y me pregunté si había estado llorando. Movido por algo me senté en su mesa y nos mantuvimos callados.

—Es absurdo —dijo, rompiendo finalmente el silencio—. Todo ese revuelo por nuestros padres sobre una simple joya, La Perla Shikon. La gente se siente importante por tenerla en la ciudad, como si su valor dependiera de esa gema, pero es una ironía, ¿no crees? Se aferran a esa piedra como si los hiciera especiales, cuando en realidad son horribles. Juzgan y critican a todos sin conocer lo que hay detrás de una persona. Son como cuervos, siempre buscando a quién devorar con sus palabras.

Su voz era suave, pero había una tristeza en sus palabras que no esperaba. Algo en mí se removió, algo que no había sentido nunca. No era solo lo que dijo, sino cómo lo dijo, como si supiera lo que era ser juzgada, relegada, estar siempre en segundo plano, a la sombra de algo más grande que uno mismo. En ese momento, me di cuenta de que Kikyo no era solo una chica cualquiera pretenciosa, había algo en ella, algo que no se veía a simple vista, y que me hizo querer saber más. Pero antes de que yo pudiera responder cualquier cosa, violentamente agarro sus cosas y partió.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que vi a Kikyo, tanto que casi había llegado a convencerme de que nuestro último encuentro no había sido suficientemente importante para ella, porque yo había ido, ahora si por mi cuenta, al museo con la intención de verla, pero ella no regresó.

Entonces, como si el universo hubiera decidido jugar conmigo, un día que estaba esperando el autobús, la vi al otro lado de la calle acercándose hacia la parada donde yo estaba.

Mi corazón se detuvo un segundo. Era ella, sin duda alguna. Kikyo, con esa misma serenidad que me dejaba sin palabras. Estaba parada allí, esperando el autobús, igual que yo. ¿Qué debía hacer? No estaba seguro si debía hablarle o no, pero algo en mí me impulsó a saludarla. Al principio, ella no reaccionó, y el nudo en mi pecho se hizo más fuerte, me sentí ridículo porque pensé que quizás me estaba ignorando, pero entonces noté que llevaba puestos unos audífonos. Suspiré, sintiéndome un aliviado y un poco tonto por haber pensado lo peor.

De repente, Kikyo se dio cuenta de mi presencia, me miró, y su sorpresa fue evidente. Era como si no hubiera esperado verme nunca más. Poco a poco, se quitó los audífonos y me sonrió, una sonrisa leve, pero que me atrapó.

—Inuyasha —dijo, su voz suave —. No esperaba verte aquí ¿no el chico Taisho andaría siempre en limusina?

Me acerqué un poco más, sintiendo que las palabras se me atoraban en la garganta.

—Yo tampoco esperaba verte —respondí, intentando mantener la calma. —La última vez que nos vimos... bueno, no esperaba volver a encontrarte.

Ella asintió, como si entendiera perfectamente lo que quería decir.

—¿Cómo has estado? —preguntó, mirándome con unos ojos que parecían ver a través de mí.

—He estado... bien, supongo —respondí, sin mucha convicción. ¿Cómo se suponía que debía responderle?—. ¿Y tú? ¿Qué has estado haciendo?

—Lo mismo de siempre —dijo ella, con una pequeña risa—. Ya sabes, estudiando.

Hubo un momento de silencio entre nosotros. Yo no podía apartar la mirada de ella, y cuando se dio cuenta, bajó la vista por un segundo antes de volver a mirarme.

—Es raro, ¿no? —dije finalmente—. Encontrarnos así, después de tanto tiempo.

Kikyo asintió de nuevo, y su sonrisa se hizo un poco más triste.

—Sí, lo es. Pero quizás es el destino.

No supe qué responder a eso, así que simplemente continúe mirándola. Había tanto que quería decirle, pero las palabras se quedaban atrapadas en mi garganta. Y justo cuando pensé que el silencio se volvería insoportable, llegó el autobús. Ambos nos giramos hacia la puerta que se abría, y por un segundo, dudé si debía subir. Me senté en el autobús y ella se sentó junto a mí, aún sintiendo la tensión entre nosotros. Mientras el vehículo arrancaba, nuestros brazos se rozaban y el contacto con su piel se sentía como electricidad. No había escapatoria; estábamos aquí, uno junto al otro, y las palabras que no me salían de la boca parecían flotar en el aire, esperando ser pronunciadas.

—Me enteré que fuiste campeona de tiro de arco de la escuela —dije, intentando sonar casual—. Supongo que eras muy popular en la escuela.

Kikyo me miró y asintió lentamente, su rostro se veía más pensativo que antes.

—Tal vez lo era —respondió, su voz apenas un susurro—. Aunque no era algo que disfrutara.

Fruncí el ceño, intrigado por sus palabras. Kikyo siempre había sido alguien difícil de leer, pero esta vez había algo diferente en su tono, algo más oscuro.

—¿A qué te refieres? —pregunté, esperando que me diera alguna pista.

Ella suspiró, su mirada se perdió por la ventana por un momento antes de volver a fijarse en mí.

—Mi padre, Inuyasha —comenzó—. Desde que era niña, siempre me cargó con sus expectativas, sus sueños, y sus... decepciones.

Sentí un nudo en el estómago. Sabía exactamente a lo que se refería. Mi padre siempre había sido un hombre poderoso y dominante, su sombra y la de mi hermano se cernían sobre mí como un peso del que no podía librarme. No importaba lo que hiciera, siempre había una sensación de que nunca estaría a la altura de lo que mi padre quería para mí.

—Te entiendo —murmuré—. Se lo que es vivir bajo la presión de ser algo que nunca pedí ser.

Kikyo asintió, sus ojos se llenaron de una tristeza que me dolió ver. No solía mostrar sus emociones tan abiertamente, pero esta vez era diferente.

—Hace poco descubrí algo sobre mi padre —continuó ella, su voz temblaba un poco—. Algo que... me asquea. Siempre lo vi como alguien fuerte, alguien en quien confiar. Pero ahora... no puedo verlo de la misma manera.

La miré, sorprendido por la intensidad de sus palabras.

—¿Qué fue lo que descubriste? —pregunté con cautela, sintiendo que estaba pisando terreno peligroso.

Kikyo cerró los ojos por un momento, como si necesitara reunir fuerzas para hablar.

—Secretos. Cosas que nunca imaginé que haría. Asuntos turbios, negocios que siempre se mantenían ocultos a la vista de todos. Todo lo que creí sobre él... era una mentira.

Sus palabras me golpearon con fuerza. Entendía su dolor, su confusión. Había experimentado algo similar cuando descubrí que era el hijo de la amante, las decisiones que habían tomado mis padres que afectaron a tantas personas, incluyéndome a mí. Pero escuchar esto de Kikyo, alguien a quien había visto como inquebrantable, me dejó sin palabras.

—Kikyo... —empecé, sin saber realmente qué decir. ¿Cómo consuelas a alguien que ha perdido la fe en la persona que más confiaba?

Ella me miró, y vi en sus ojos una mezcla de tristeza y resolución.

—No quiero ser como él, Inuyasha. No quiero vivir una vida de mentiras y sombras. Pero no sé cómo escapar de esto, de todo lo que él me ha dejado.

Quise decir algo, algo que pudiera aliviar su dolor, pero las palabras no salieron. En su lugar, simplemente asentí, intentando hacerle saber que estaba allí para ella, aunque no supiera cómo ayudarla.

—No estás sola en esto —le dije finalmente—. Tal vez no tenga todas las respuestas, pero estaré aquí para ti, si me dejas.

Kikyo esbozó una pequeña sonrisa, una que no alcanzó sus ojos, pero que aún así significaba mucho.

—Gracias, Inuyasha —dijo suavemente—. Eso es más de lo que puedo pedir.

Y con esas palabras, lentamente nos tomamos de las manos y ambos volvimos a quedar en silencio, pero esta vez, no era un silencio incómodo, era uno compartido, uno en el que entendíamos que, aunque nuestras vidas estaban llenas de sombras y secretos, al menos, en ese momento, teníamos a alguien en quien confiar.

Después de aquel encuentro en la parada del autobús, algo cambió entre nosotros. Lo que antes había sido una conexión tenue, comenzó a transformarse en algo más sólido, más real. Empezamos a vernos con frecuencia.

Una tarde, mientras caminábamos por un parque, Kikyo me miró de reojo y soltó una pequeña risa.

—¿Qué es tan gracioso? —pregunté.

—Nada, es solo que... —hizo una pausa, como si estuviera sopesando sus palabras—. Siempre me imaginé que, si alguna vez nos volvíamos a ver, sería diferente. No pensé que podríamos... no sé, estar así, tan tranquilos.

Le sonreí, sintiendo calidez en mi pecho.

—Supongo que el destino tenía otros planes para nosotros —dije, recordando su comentario cuando nos reencontramos.

—Tal vez —respondió ella, sonriendo un poco más abiertamente—. O tal vez simplemente hemos cambiado.

Seguimos caminando callados, uno al lado del otro. Tenía tiempo que nuestros silencios no eran incómodos; había algo en el aire, una ligereza que hacía que todo se sintiera más fácil, más natural sin necesidad de llenar el aire con palabras.

—Inuyasha —me llamó de repente, deteniéndose y girándose hacia mí—, ¿alguna vez pensaste que terminaríamos siendo amigos?

La pregunta me tomó por sorpresa, pero no lo mostré.

—¿Amigos? —respondí, fingiendo estar ofendido—. ¿Eso es lo que somos?

Ella me dio un pequeño empujón en el brazo, riéndose.

—¡No me hagas reír! —exclamó, pero su risa era contagiosa—. Sabes a lo que me refiero. Todo lo que pasó antes... parecía imposible que pudiéramos estar así, hablando como si nada.

La miré a los ojos, sintiendo esa conexión que se había fortalecido entre nosotros.

—Supongo que no me importa lo que somos, siempre y cuando pueda estar contigo —dije, en parte bromeando, pero también siendo sincero.

Kikyo pareció sorprenderse por mis palabras, pero no dijo nada. En su lugar, su sonrisa se suavizó y sus mejillas se sonrojaron ligeramente. Sentí un pequeño triunfo al ver esa reacción.

Unos días después, fuimos a la cafetería donde nos habíamos encontrado una vez. Era un lugar pequeño, pero acogedor, con un ambiente relajado que me gustaba. Nos sentamos en una mesa junto a la ventana, donde podíamos ver a la gente pasar mientras bebíamos café.

—¿Sabes? —dijo Kikyo, mientras revolvía su taza—. Nunca pensé que te gustaría este tipo de lugares. Siempre te imaginé más... no sé, rudo.

Me reí ante su comentario.

—¿Rudo? —dije, arqueando una ceja—. ¿Eso piensas de mí?

—Bueno, es la impresión que das —admitió ella, sonriendo de manera traviesa—. Pero ahora me doy cuenta de que hay más en ti de lo que se ve a simple vista.

—Oh, así que has estado observándome, ¿eh? —respondí, inclinándome un poco hacia ella—. ¿Qué más has notado, Kikyo?

Ella se sonrojó de nuevo, pero no apartó la mirada.

—Tal vez... tal vez yo también tengo prejuicios, pero gracias por ayudarme a no ser de esa forma—dijo en voz baja, pero con una sinceridad que me desarmó.

Sentí un calor en mi pecho al escuchar sus palabras. Había algo tan genuino en la forma en que hablaba, tan distinto a la Kikyo que solía conocer.

—¿Y yo? —le pregunté—. ¿Qué hay de ti? ¿Qué cosas estoy descubriendo sobre ti que no conocía antes?

Ella sonrió suavemente, mirando su taza como si de repente fuera lo más interesante del mundo.

—Supongo que también he cambiado —dijo, su voz era casi un susurro—. O tal vez siempre fui así, pero... Me toma tiempo dejar que alguien lo vea.

De nuevo nos quedamos en silencio, uno lleno de comprensión mutua. Había tanto que aún no habíamos dicho, pero no era necesario apresurarlo. Sabíamos que estábamos en un camino que nos llevaría a descubrirnos, a conectarnos de una manera más profunda de lo que hubiéramos podido imaginar.

En otro de nuestros encuentros, esta vez durante una caminata nocturna, Kikyo y yo nos encontramos hablando de cosas más triviales, pero que se sentían significativas en el momento.

—Siempre me ha gustado caminar por la noche —dijo, mirando las estrellas—. Todo se siente más tranquilo, más real.

—Sí —respondí, manteniendo mi ritmo junto al suyo—. Además, es cuando se tienen las mejores conversaciones.

—¿Así que te gusta hablar conmigo, eh?

—Bueno, digamos que lo disfruto más de lo que admitiría —respondí, sonriendo de lado.

Kikyo me miró con una expresión que mezclaba diversión y algo más profundo.

—Creo que también disfruto nuestras charlas —dijo ella—. Hay algo en ellas que me hace sentir... no sé, completa.

Sentí la misma calidez en mi pecho, una sensación que había estado creciendo cada vez que estaba cerca de ella. Para ese momento yo ya tenía claro que estaba enamorado de Kikyo; y aunque no sabía exactamente seguro de lo que ella sentía por mi, estaba dispuesto a descubrirlo.

Mientras caminábamos de regreso a su casa, se acercó un poco más a mí, lo suficiente como para que sus dedos rozaran los míos. Fue un gesto sutil, casi imperceptible, pero sentí su significado. Sin decir nada, entrelacé mis dedos con los suyos, y seguimos caminando.

A pesar de que presentíamos que iba a llover, nos sorprendió cuando comenzó a llover, primero muy suave pero en poco minutos ya a cántaros, empapandonos de pies a cabeza. Ambos estábamos riendo, tratando de encontrar refugio bajo un techo que apenas nos cubría.

En un gesto juguetón, aproveché la excusa de tocarla y la cargué, colocando ambas manos en su cintura. La ropa empapada dejaba que sintiera su piel a través de la tela mojada. La levanté con facilidad, y con una sonrisa, le dije:

—¡Vaya, Kikyo, estás más ligera de lo que pareces! ¿Qué andas haciendo, dieta de aire?

—Eres un infantil, Inuyasha. Ya bájame.— Ella rió un poco, pero su respuesta me tomó por sorpresa

De inmediato, sentí cómo mi sonrisa se desvanecía. Su comentario, aunque no tenía malicia, me dolió más de lo que esperaba. La bajé lentamente, y por primera vez me golpeó la realidad: Kikyo era cuatro años mayor que yo. Tal vez esa diferencia empezaba a importar más de lo que me daba cuenta.

Mis pensamientos se enredaban en la idea de que, tal vez, esos cuatro años de diferencia entre nosotros hacían que Kikyo no me tomara en serio. ¿Me veía solo como un chiquillo?

Kikyo, como adivinando mis pensamientos, soltó una carcajada, esa risa me tomó por completo.

—Eres un tonto, ¿sabes? — dijo, aún riendo, mientras posaba su manos en mis mejillas para colocar mi rostro hacia el de ella —Deberíamos irnos juntos de esta ciudad, empezar de cero juntos. ¿Qué te parece?"

La miré sorprendido, tratando de entender si lo que acababa de escuchar era real o si solo estaba imaginando cosas. Pero antes de que pudiera decir algo, Kikyo se inclinó hacia mí y, sin previo aviso, me besó. El mundo a nuestro alrededor se desvaneció; la lluvia, el ruido de la calle, todo se apagó, dejando solo el calor de sus labios sobre los míos. Fue un beso que lo cambió todo, y en ese instante supe que la amaba y que yo para ella no era solo un niño; éramos dos almas perdidas encontrándose en medio de una tormenta. Sentía que podía entregarme a ella por completo.

Más tarde, me enteré por Kikyo de su propia historia, no era una chica cualquiera. Yo ya sabía que había sido una estudiante excepcional y campeona en la misma escuela a la que yo asistía, de donde se había graduado un par de años antes de que yo ingresara. Los profesores la respetaban profundamente, la consideraban una alumna modelo, pero, me sorprendí y enfureció cuando me contó que muchos de sus compañeros la discriminaban, básicamente por su forma de ser.

También me contó que su madre la había abandonado cuando era solo una niña, dejándola al cuidado de su padre, un arqueólogo de renombre que siempre estaba ocupado con su trabajo. No había sido fácil para ella crecer en un hogar con esa ausencia, y aunque su abuela Kaede estaba con ella, la ausencia de sus padres la hicieron crecer un una tristeza enorme; sintiendo que ella era un ser insuficiente: insuficiente para hacer que su madre se quedara, insuficiente para que su padre la mirara.

Al mismo tiempo, ella creció con un profundo resentimiento hacia su madre, y esa emoción conectó conmigo, pues yo también había experimentado un odio similar hacia mi madre, que había sido amante de mi padre. La incomprensión y el dolor de ser abandonada y juzgada por una decisión que no entendía la habían marcado profundamente.

Un día, Kikyo me confesó que, en una conversación que escuchó por teléfono, descubrió que su padre no solo era un arqueólogo, sino que también estaba involucrado en el mercado negro de piezas históricas. Había descubierto que, mientras mantenía un perfil bajo como alguien de clase media, un humilde pero reconocido académico de la Universidad, su padre en realidad era muy rico, incluso con propiedades en Tokio y cuentas bancarias ocultas. Kikyo se dio cuenta de que su padre vendía piezas arqueológicas a coleccionistas ricos.

Escuchar la conversación por teléfono llevó a Kikyo a investigar más a fondo sobre su padre y fue entonces cuando descubrió las propiedades, el dinero y que basicamente su padre era parte de una mafia en el mecado negro de arte.

Sin embargo, fue entonces cuando también descubrió varias cartas de su madre y otra mujer dirigidas a su padre donde revelaba otra verdad, el porque su madre se había ido. Una carta, escrita por su madre, exponía la traición de su padre, que la había engañado con otra mujer y tenido otra hija. Toda esto se confirmó con las cartas de la otra mujer, la amante, quien esporádicamente parecía darle las novedades de la hija que habían tenido juntos, donde anexaba fotos de la niña. Kikyou me contó que este descubrimiento no solo desmoronó la imagen idealizada que Kikyo tenía de su padre, sino que también esclareció el dolor y el abandono que había sentido desde su niñez. Decidió que su madre junto a esa media hermana y amante de su padre, eran personas completamente ajenas a ella y no quiso saber más, así que no indagó más en ese tema.

Una noche que parecía como cualquier otra, Kikyo y yo estábamos sentados en su habitación. La lluvia golpeaba suavemente la ventana mientras leíamos. De repente, respiró hondo y me miró con una seriedad que hizo que mi corazón diera un vuelco, cerré mi libro y me acerque para darle un beso, sin embargo, ella colocó su mano sobre mis labios.

—Inuyasha, necesito contarte algo —su voz, normalmente suave y tranquila, temblaba ligeramente, lo que me puso nervioso.

—¿Qué sucede, Kikyo? —pregunté, tratando de mantenerme calmado, aunque sentía ansiedad creciendo en mi interior.

—Tú ya sabes todo lo que te conté sobre mi padre —comenzó, su mirada fija en mí, como si estuviera evaluando cada una de mis reacciones—. Todo esto de estar metido en el mercado negro de piezas arqueológicas.

—Kikyo... —murmuré, sin saber exactamente qué decir.

Ella continuó, interrumpiéndome, con una expresión de furia.

— Tiene un plan, Inuyasha. Lo descubrí hoy: va a robar la Perla de Shikon.

La revelación cayó sobre mí como un balde de agua fría. La Perla de Shikon no era solo una reliquia; era un objeto de leyenda. Aún contra mi voluntad, había aprendido lo suficiente para saber que era un tesoro invaluable que pertenecía a la historia, no a un alhajero de algún millonario. Me quedé frío, sabía lo de los negocios del padre de Kikyo, pero querer robar la Perla era demasiado.

—¿Qué? ¿Estás diciendo que...?

—Que mi padre está planeando un robo grande, planea sustituir la perla real con una réplica en el museo —dijo con una convicción que me asustó—. Y necesito que me ayudes.

Kikyo se levantó y comenzó a caminar por la habitación, nerviosa, como si las palabras que estaba a punto de decirle costaran. Yo estaba listo para escuchar una estrategia para advertir a mi padre y evitar este atraco. La seguí con la mirada, sintiendo una mezcla de temor y curiosidad.

—Inuyasha, estoy cansada de todo esto. De la mentira, de la hipocresía. —Sus ojos se llenaron de amargura—. Es un hombre horrible, que es capaz de engañar a su esposa, abandonar a su otra hija, quiero deslindarme de mi padre.

—¿Y qué piensas hacer? —le pregunté

Kikyo se detuvo frente a mí, sus ojos brillando con una mezcla de determinación y algo que no podía identificar.

—Voy a jugar mis cartas, Inuyasha. Voy a tomar la Perla, obtener ese dinero y largarme de aquí para siempre. Es perfecto, porque también me servirá como venganza por todo lo que ha hecho, por todo lo que me ha ocultado. Y para eso, necesito tu ayuda.

El aire en la habitación se volvió más denso, y una parte de mí quería decirle que no, que esto era una locura. Pero otra parte, la parte que la comprendía, la que había sufrido por la traición de mi padre, de mi propia madre, entendía su deseo de escapar, de encontrar una salida.

—Kikyo, esto es peligroso. —comencé a decir, pero ella me interrumpió.

—Lo sé, Inuyasha. Pero no estaremos completamente solos. Mi padre ha estado en contacto con un tipo que se llama Onigumo durante meses, planeando este robo. Pero yo también he estado hablando con Onigumo, él está en Tokio. Voy a hablar con él pronto, es peligroso hablar por teléfono, pero nos va ayudar a robarle la perla a mi padre. Con ese dinero podríamos irnos a cualquier lugar, vivir sin preocuparnos jamás por el dinero. Solo disfrutar de la vida.

Sus palabras eran tentadoras, pero había algo en ellas que me inquietaba profundamente. No era solo el peligro que implicaba, sino la frialdad con la que hablaba de traicionar a su padre y de involucrarme a mí en ese plan.

—Kikyo, no puedo hacer esto. No puedo ayudarte en algo así. —Mis palabras salieron con dificultad.

La expresión de Kikyo cambió de inmediato. Sus ojos, que habían estado llenos de esperanza, se nublaron de dolor y decepción.

—Si no estás conmigo, estás contra mí, Inuyasha —dijo con una voz cargada de una tristeza que me desgarró por dentro—. Pensé que me entenderías, que estarías a mi lado ¡Que me querías! Pero veo que estaba equivocada.

—Kikyo, no es que no te entienda, pero esto... esto es demasiado. —Intenté explicarle, pero ella ya no me escuchaba.

Sin decir nada más, se dio la vuelta y abrió la puerta de la habitación indicando que me fuera. Salí sin saber qué decir, de regreso a casa bajo la lluvia me sentí solo en la penumbra. Sentí como si una parte de mi alma se hubiera ido con ella, sabiendo que había algo irrevocable en nuestra despedida.

Después de aquella noche, Kikyo y yo no nos vimos durante semanas. La tensión que había quedado en el aire entre nosotros era palpable, y la distancia que se había creado me dejó con una sensación de vacío que no podía llenar con nada. Estaba inquieto, preocupado por lo que pudiera estar tramando, y al mismo tiempo, me odiaba por no haberle dado la ayuda que me había pedido.

Los días pasaron lentamente, y con cada día que se acercaba la inauguración del museo, mi ansiedad crecía. Sabía que algo terrible se avecinaba, pero no podía moverme sin poner en riesgo a Kikyo. ¿Cómo podía alertar a alguien sin traicionarla? Me debatía internamente, incapaz de encontrar una salida que no implicara ponerla en peligro o comprometer mis propios principios.

Finalmente, unos días antes de la inauguración, decidí ir a verla. Necesitaba hablar con ella, asegurarme de que no estaba metida en algo de lo que no pudiera salir. Llegué a su casa con el corazón en la garganta, pero su abuela me recibió con una expresión tranquila, aunque un tanto reservada.

—Kikyo no está aquí, Inuyasha —me dijo—. Se fue a Tokio a ver una universidad para una movilidad. No volverá hasta después de la inauguración del Museo.

Supe al instante que era una mentira, conocía a Kikyo lo suficiente como para saber que no se alejaría en un momento tan crucial, y mucho menos a ver una Universidad. Mi mente comenzó a trabajar a toda velocidad, intentando averiguar dónde podría estar y qué podría estar haciendo. Seguramente estaba con Onigumo, planeando el golpe final.

Desconcertado y sin saber qué hacer, me metí al cuarto de Kikyo, buscando alguna pista, algo que me dijera qué estaba pasando. No había mucho, pero al revisar su escritorio, encontré un teléfono en un cajón que no reconocí como el suyo.

Esa noche, me encerré en mi habitación con el teléfono. Lo encendí, y después de unos minutos de revisar mensajes y notas, encontré lo que temía: había planes para interceptar el transporte que llevaría la Perla de Shikon al museo. El mensaje era claro, con detalles precisos sobre la hora y la ubicación. Pero lo peor vino después: descubrí que el plan no solo involucraba a Onigumo y su gente, sino también a una banda llamada Wolf Pack, un grupo de punks que eran conocidos por su violencia y falta de escrúpulos. El plan era simple, pero devastador. En medio del caos que generarían al interceptar el transporte, los punks harían más caos para así dar oportunidad de robar la Perla al arqueólogo.

Me quedé helado al leerlo, con el corazón martillándome en el pecho. Ahora entendía por qué Kikyo se había distanciado, por qué no quería que la siguiera en su locura. Ella estaba dispuesta a todo, incluso a traicionar a su padre, a la ciudad, y a mí, solo para salir de aquella vida que tanto despreciaba. Pero, ¿qué debía hacer yo ahora? Sabía que no podía quedarme de brazos cruzados, pero tampoco quería que Kikyo pagara las consecuencias de sus decisiones.

La situación se volvía cada vez más insostenible. Tenía que actuar, pero cualquier movimiento que hiciera podría ponerla en peligro. Sentí una oleada de desesperación, sabiendo que estaba atrapado en un dilema imposible, donde cada opción parecía llevarme a una traición que no estaba dispuesto a cometer. Pero una cosa estaba clara: no permitiría que ese robo sucediera. De alguna manera, evitaría que todo se fuera al infierno, incluso si eso significaba perder a Kikyo para siempre, pero que pudiera salvarla de sí misma.

El día del atraco, mis sentidos estaban en alerta máxima. No podía permitirme ningún error. Seguí uno de los autos de mi padre, que tome en secreto, de cerca el transporte que, según toda la información que había recabado, llevaba la Perla de Shikon. Mi mente estaba a mil por hora, calculando cada movimiento, cada posible giro de los acontecimientos. De repente, algo me hizo frenar en seco: el transporte hizo un giro inesperado, desviándose de la ruta que, en teoría, debía seguir. Algo no cuadraba, y lo supe al instante. En el fondo, una sensación de inquietud me sacudió, pero decidí seguirlo. No podía permitir que me despistaran.

Conforme avanzaba, noté cómo otro vehículo, idéntico al que estaba siguiendo, continuaba por la ruta original. Fue entonces cuando supe que había una trampa, pero aún no podía estar seguro de cuál era el objetivo real. Tomé una decisión rápida, apostando todo a mi intuición, y seguí al transporte desviado.

El ambiente alrededor se tornaba cada vez más tenso. La carretera se volvía solitaria y, con cada kilómetro que recorría, la sensación de que algo estaba a punto de suceder se hacía más palpable. Entonces, como si surgieran de las sombras, una pandilla de como 10 motociclistas apareció rodeando el transporte. Era la banda Wolf Pack, conocidos por sus métodos brutales y su lealtad a Koga, su líder. La batalla estaba por comenzar, y no podía darme el lujo de fallar.

Aceleré, adelantándome a algunos de los motociclistas, pero antes de poder hacer cualquier cosa, un motociclista en un movimiento muy ágil, mientras saltaba a otra motocicleta lanzó la suya hacia el carro logrando que este saliera de control y se volcara. Yo apenas logré frenar pero también perdí el control del carro y terminé chocando contra un árbol.

Salí del auto y sin pensar me lancé a pelear contra quien se me parara enfrente. La pelea fue salvaje: golpes, patadas, el crujir de huesos y el sonido metálico de las armas al chocar llenaron el aire. No era la primera vez que me enfrentaba a algo así, pero esta vez era diferente. Estaba luchando no solo por la Perla, sino por alguien que, aunque me había dejado, no podía abandonarla a su suerte.

En medio de la lucha, lo vi: Koga. Su figura destacaba entre los demás, con una determinación feroz en sus ojos. Sabía que él también estaba buscando el portafolio que supuestamente contenía la Perla.

—Así que tú vienes aquí a entrometerte, ¿eh? —dijo Koga, con voz cargada de desprecio—. Esto no es asunto tuyo. Lárgate de aquí antes de que las cosas se pongan feas.

—No pienso moverme ni un centímetro,—respondí, manteniendo la mirada firme y decidida—. Sé lo que estás planeando, y no voy a dejar que te salgas con la tuya.

—¡No tienes idea de lo que estás diciendo! —Koga dio un paso adelante, enfurecido—. Este es un asunto pendiente entre nuestra familia y esa escoria que ha estado robándonos desde las sombras.

—¿Robar? ¿De qué hablas? —desafié, sin apartar la vista de él—. ¡Estás cruzando una línea peligrosa!

—¡Tú no lo entiendes! —gritó Koga, apretando los puños mientras su voz se llenaba de ira—. ¡Esa basura ha destruido vidas, ha saqueado nuestros recursos, y ahora pretendes defenderlo!

—No estoy defendiendo a nadie —repliqué con frialdad—, solo estoy aquí para evitar que comentan un crimen.

Koga dejó escapar una sonrisa amarga antes de responder:

—¿Y qué harías tú en mi lugar, eh? ¿Dejar que sigan pisoteando a los tuyos? No eres más que un cobarde. ¡Fuera de mi camino o lo lamentarás!

Nos enfrentamos sin palabras, solo con la violencia pura de nuestros golpes. Koga era fuerte, ágil, y cada movimiento suyo estaba diseñado para acabar conmigo. Pero yo también tenía mis propias razones para luchar, y no iba a ceder terreno. El enfrentamiento fue brutal, mi mente estaba nublada por la adrenalina y el deseo de proteger a Kikyo, aunque supiera que ella no lo quería. Pero entonces, algo cambió.

De repente, un hombre desconocido entró en escena. Alto, con una cabellera larga negra y una piel blanca, su presencia era imponente. Había algo en él que me heló la sangre, una frialdad y cálculo que lo diferenciaban de todos los demás. Sin previo aviso, sacó un arma y disparó. Koga cayó al suelo como un muñeco de trapo, y yo sentí el impacto abrasador de la bala en mi abdomen. Caí de rodillas, el dolor era insoportable, y la sangre comenzó a empapar mi ropa.

Mientras me desplomaba, vi cómo ese hombre caminaba hacia el portafolio. Cada paso que daba resonaba como un eco en mi cabeza, y sentí que todo estaba perdido. Pero entonces, la vi a ella: Kikyo, junto a ese hombre. Su rostro, que una vez había visto lleno de calidez, ahora estaba frío, distante. Se acercó a él, y su presencia, lejos de reconfortarme, me llenó de una desesperación que nunca antes había sentido.

—¡Kikyo! —mi voz era un susurro débil, apenas audible por el dolor que sentía.

Ella se detuvo, y por un momento, pensé que tal vez había algo de la chica que conocía en ella. Pero cuando se giró hacia mí, su expresión era una mezcla de ira y desprecio.

—¡Ah, Inuyasha! Ya sé lo que eres, Inuyasha —su voz era venenosa—. Un bastardo, igual que tu media hermana. Solo eres el resultado del pecado y la bajeza de tus padres.

Cada palabra era como un cuchillo clavándose en mi corazón. No podía creer lo que estaba escuchando, no podía creer que esa fuera la misma Kikyo que había conocido.

—Te conté todo, te di mi confianza, y tú no quisiste ayudarme. Claro, tienes tu vida resuelta, ¿verdad? No necesitas ensuciarte las manos por alguien como yo. Eres un ingenuo, Inuyasha, un maldito ingenuo, y no quiero volver a verte nunca más.

Intenté hablar, intenté levantarme, pero el dolor me tenía anclado al suelo. La suplicaba con la mirada, rogando que no se fuera, que no me dejara. Pero ella ya había tomado su decisión.

—¿Tú crees que no sé todo lo que dicen de ti? —me dijo, con una voz fría y dura—. Yo salí contigo sin conocerte, pero no vales nada. No tuviste el valor de decírmelo en la cara. No quiero verte nunca más.

Sentí como las lágrimas recorrían mi rostro, quería explicarle que era solo vergüenza, miedo precisamente a esta reacción, no por intención a engañarla.

—No, espera, Kikyou. No puedes...

Me dio la espalda, su figura alejándose de mí mientras el hombre de cabellera blanca, a quien llamó Naraku, se acercaba a ella.

—Ninguna es la Perla real —dijo Naraku, su voz cargada de cinismo.

—¿Qué? ¿Cómo que ninguna es la real? —el pánico y la furia se mezclaban en la voz de Kikyo, pero no había tiempo para nada más.

Debían huir antes de que llegara la policía, y así lo hicieron. Mientras los veía desaparecer, supe que todo había cambiado para siempre. La chica que una vez significó todo para mí se había convertido en alguien irreconocible, y yo había fallado en protegerla.

Allí, herido y solo, supe que la historia no había terminado. Naraku se llevó a Kikyo, pero la Perla de Shikon aún estaba en juego, y mi deseo de salvarla, de salvarnos, se había convertido en una misión que no podía abandonar, aunque me costara todo lo que me quedaba.

Cuando desperté, una semana después, me encontré en una cama de hospital, con el cuerpo adolorido y la mente hecha un caos. Las heridas físicas sanaban lentamente, pero el verdadero dolor estaba en mi pecho, latente y profundo. No tardé mucho en enterarme de lo que había sucedido durante mi inconsciencia: la familia que poseía la Perla Shikon había sido brutalmente asesinada. Un múltiple homicidio que sacudió la ciudad.

Cuando fui capaz de caminar, lo primero que hice fue ir a buscar a Kikyo. Me aferré a la esperanza de que podría encontrar alguna respuesta, alguna explicación que hiciera que todo tuviera sentido. Pero cuando llegué a su casa, la abuela de Kikyo me recibió con una mirada sombría y me dio la noticia que me heló la sangre: su hijo, el padre de Kikyo, había sido asesinado también, y Kikyo estaba desaparecida. No quedaba rastro alguno de ella, y por un tiempo, me sumí en la desesperación.

Durante meses, intenté buscar respuestas. Mis heridas físicas sanaron, pero a mí me pareció una eternidad. Las palabras de desprecio que Kikyo me había lanzado aquella noche resonaban en mi cabeza sin descanso, como un eco que no me dejaba en paz. No podía olvidarlas, ni tampoco su traición. Me sentía perdido, sin rumbo.

Una noche, mientras yacía en mi cama, algo hizo clic en mi mente. Recordé el teléfono con el que Kikyo solía comunicarse con su cómplice, así que lo utilice para comunicarme con ese contacto, esperando algo, cualquier cosa que me diera claridad. Después de un par de tonos, alguien respondió.

—¿Quién es?

Mi garganta se cerró por un instante, pero reuní el valor suficiente para hablar.

—Quiero hablar con Kikyo —dije, tratando de mantener la calma.

Hubo un silencio largo, incómodo, como si la persona al otro lado estuviera decidiendo si debía colgar o no. Finalmente, la voz respondió, más fría aún.

—Kikyo no tiene nada que decirte. Ya jugaste tu parte en esto, chico.

Una sensación de angustia me invadió, pero me negué a aceptar esas palabras. Necesitaba escucharla, entender por qué todo había sucedido de esa manera.

—Pásame con ella. Quiero escucharla decirlo.

El silencio se alargó de nuevo, y por un momento pensé que la llamada había terminado. Pero entonces, escuché un susurro al fondo. Reconocí su voz al instante, aunque había algo diferente en ella, algo distante.

—Inuyasha... —La voz de Kikyo se hizo más clara, y sentí que el suelo se desmoronaba bajo mis pies—. No deberías haber llamado.

—¿Kikyou? ¿Qué está pasando? —pregunté, desesperado, necesitando alguna explicación que le diera sentido a todo lo que había vivido.

Hubo otro silencio, y luego ella habló, su tono desprovisto de la calidez que alguna vez había conocido.

—Todo fue un plan, Inuyasha. Desde el principio. Nunca significaste nada para mí, solo fuiste... un instrumento, que resultó inutil al final.

Esas palabras me atravesaron como un cuchillo. No podía creer lo que estaba escuchando. La chica que creí conocer, la que pensé que compartía algo conmigo, me estaba diciendo que todo había sido una mentira.

—¿Útil? ¿Cómo puedes decir eso después de todo lo que pasamos? —mi voz se quebró, apenas podía contener las lágrimas—. ¿Qué pasó contigo, Kikyo? Esto no es real... no puede ser real.

Escuché un suspiro al otro lado, pero su tono no cambió. Seguía siendo distante, casi indiferente.

—Lo es, Inuyasha. Siempre lo fue. Todo fue parte de un plan, y tú solo fuiste una pieza más. Nada de lo que vivimos juntos fue auténtico. Era necesario para llegar a lo que queríamos... lo que yo quería.

Sentí que mi corazón se rompía en mil pedazos. La mujer a la que había amado, la que creía que compartía mis sentimientos, me había manipulado, utilizado sin ningún remordimiento. Intenté buscar alguna chispa de la Kikyo que conocí, algo que me dijera que esto era una mentira, que había alguna explicación.

—Kikyou, por favor... —susurré—. Dime que esto no es verdad. Dime que algo de lo que compartimos fue real.

Esta vez, su respuesta fue aún más devastadora, porque en su tono ya no había ni rastro de la chica que conocí.

—Inuyasha, lo único real es que ahora sabes la verdad.

La llamada terminó abruptamente, y me quedé allí, con el teléfono aún en la mano, completamente aturdido. El dolor en mi pecho era insoportable, como si un abismo se hubiera abierto dentro de mí.

Esa noche, mientras el dolor me consumía, tomé una decisión. Haría lo que Kikyo una vez me propuso: me iría de la ciudad, dejaría todo atrás y comenzaría de nuevo. Terminaría la escuela y me marcharía a un lugar nuevo, un lugar donde nadie me conociera, donde pudiera reconstruirme desde cero.

Pero esta vez, lo haría solo.

Continuará…

Hola ¿cómo están? Pues aquí la novena entrega de este fic con un capitulo laaaaarrrrrguiiiiisímo. No se si sea algo bueno o algo malo, espero que lo hayan disfrutado. Pensé en separarlo en dos partes, pero me inspiré y mejor escribí toda la historia de una. Aquí fue toda la historia de amor de Inuyasha y Kikyou. Para que sepan, nada de esto se lo contó a Kagome, solo es un flashback, el siguiente capítulo, ahora sí, Inuyasha va a responder las preguntas de Kagome. Pobre de mi Inuyasha, como sufre siempre

Muchas gracias por sus comentarios, he visto que en facebook varias personas reaccionan al post de Rosa, muchas gracias, si por ahí quieren dejar comentario, yo los leo y les respondo por aca el siguiente episodio.

Jalil: TQM, estoy muy cansada de escribir, me quedé sin energía para responder más elaboradamente, 7000 palabras en este episodio cuando el promedio son 4000, no puedo más jajaja.

Rosa: Hola amiga; si vi lo de la página que plagiaba tus post. Que chafa que la gente haga ese tipo de cosas, es patético y triste, pero todos sabemos quien es la original, muchas gracias por todo! gran contenido!

Espero te haya gustado esta historia, la historia que hubo entre Inu y Kykio, que explica mucho porque ahora es tan testarudo.

Conejita: Siii, aquí ya hay chispaaaa.