Transcurrieron siete días desde la boda, y cada uno de ellos había sido un infierno. Sakura se había refugiado en la habitación de huéspedes de la mansión Shimura, rechazando la insistencia de la servidumbre de instalar sus pertenencias en la habitación principal junto a su esposo. Se sentía incapaz de soportar la cercanía de ese hombre.

Su piel estaba pálida, casi traslúcida, y sus ojos hinchados del constante llanto. El dolor era su única compañía; su padre, quien la había entregado a Danzo, se negaba a hablar con ella. La soledad se había convertido en su única compañera, un vacío que la devoraba desde dentro.

Una mañana, Chiyo, el ama de llaves, tocó suavemente a la puerta, perturbando la densa quietud.

—Señora, el señor Danzo ha regresado. Y no está de buen humor —anunció con voz apagada, como si el aire mismo temiera a su amo.

Sakura sintió un nudo en el estómago. Chiyo continuó explicándole que Danzo había preguntado por ella al notar que no estaba en la habitación principal. Ahora, no tenían más remedio que llevarla ante él. La esperaba para el desayuno.

El simple pensamiento de compartir el mismo espacio con Danzo la llenaba de repulsión, pero sabía que no tenía opción. Se obligó a ducharse, a vestirse, a presentarse como la esposa que ahora era.

No podía cambiar su destino, pero tampoco se rendiría tan fácilmente. Decidió que lo mejor era continuar con su vida como si todo siguiera igual. Al menos, podría encontrar algo de consuelo en su rutina. Como cada jueves, iría a la casa hogar. Ese lugar le brindaba la paz que tanto necesitaba en su oscura existencia.

Cuando finalmente llegó al comedor, encontró a Danzo sentado, leyendo el periódico con una indiferencia que cortaba el aire. No levantó la vista cuando ella se acercó. Chiyo, con una mirada de apoyo, le indicó que se sentara y le colocó un jugo de naranja enfrente.

El silencio que reinaba en la habitación era casi tangible, un muro invisible que la sofocaba.

—¿Saldrás? —preguntó Danzo de repente, sin molestarse en desviar su atención del periódico.

—Voy a la casa hogar cada jueves. Mi madre me llevaba desde que era una niña... —empezó a explicar, tratando de mantener la calma en su voz.

—No me hables de sentimentalismos, no me interesa tu vida —la interrumpió Danzo con frialdad—. Solo compórtate. ¿Está claro?

Sakura asintió en silencio, sintiendo cómo sus palabras la golpeaban como una fría brisa de invierno.

Desayunaron en un silencio absoluto, un silencio que arañaba sus nervios. Cuando Danzo terminó, se levantó de la mesa y se acercó a ella. Su presencia la envolvió en una sombra helada.

—Las donaciones deben ir a mi nombre. Si deseas seguir visitando esa clase de lugares, lo harás bajo mi autoridad. No es correcto que una mujer tome decisiones por su cuenta. No me hagas quedar en ridículo, ¿entendiste?

Sakura volvió a asentir, sintiéndose cada vez más pequeña bajo su mirada.

—Buena chica —murmuró Danzo, inclinándose peligrosamente hacia ella. La tomó del mentón, su agarre era firme, casi doloroso. Con un gesto brusco, acercó sus labios a los de ella y la besó con una dureza que la hizo estremecer.

La soltó con la misma frialdad con la que la había tomado y se alejó, dejando un vacío helado a su paso.

—Tu única obligación es con tu esposo —sentenció antes de salir del comedor, dejándola sola con su propio reflejo quebrado.

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—Vamos, amigo, tienes que ayudar a tu socio —exclamó Naruto, con esa mezcla de urgencia y camaradería que siempre lo caracterizaba.

—Acepta que eres un inútil —respondió Sasuke con una sonrisa ladeada, y su tono lleno de ironía. Naruto era la única persona con la que se permitía relajarse y bromear, una pequeña chispa de luz en su vida teñida de sombras.

—Lo siento por haberme roto la muñeca jugando con Boruto —dijo Naruto, levantando su brazo enyesado con un gesto de impotencia.

Sasuke rodó los ojos, descontento mientras observaba el GPS de su teléfono móvil. La señal parecía empeñada en perderse, al igual que su paciencia.

—Boruto aún es un bebé, no debería ser tan complicado jugar con él.

—¡Créeme, lo es! Especialmente cuando llevas más de tres meses sin dormir ni una sola noche completa —replicó Naruto, con una mezcla de exasperación y humor en su voz.

Finalmente, Sasuke estacionó el auto, pero su incomodidad era palpable. Habían llegado a una zona que apenas reconocía, un rincón olvidado en las afueras de la ciudad. Las calles desiertas y el aspecto descuidado del lugar lo hacían sentir inseguro. La modernidad que definía su vida cotidiana parecía haber quedado muy atrás.

—Deja de mirar a esa chatarra y ayúdame a bajar las cajas —dijo Naruto, rompiendo el tenso silencio.

—No es una chatarra, es un clásico. Y vale más que tu casa y tu auto juntos —replicó Sasuke con calma.

Con un suspiro resignado, abrió la cajuela y sacó un par de cajas. Dentro de ellas, las donaciones que Naruto había preparado para el orfanato donde había crecido.

—Regreso a casa —anunció.

Sasuke no tuvo más opción que seguir a su amigo hacia el interior del edificio. El orfanato, un lugar que alguna vez debió haber sido alegre y vibrante, ahora se mostraba desgastado por el tiempo. Las paredes, pintadas de un azul cielo que apenas se mantenía, estaban agrietadas, y algunas ventanas tenían los vidrios rotos, dejando entrar ráfagas de aire frío. A pesar de todo, decenas de niños corrían y reían, llenando el lugar con una energía que parecía desafiar la tristeza inherente en su situación.

De repente, se vio rodeado por un grupo de niños de todas las edades, todos mirándolo con ojos llenos de curiosidad.

—¡Naruto! ¡Hermano, tienes que venir, ella está aquí! —gritó niño, con una mezcla de emoción y urgencia.

Sasuke no esperaba nada de lo que vería a continuación.

En medio de aquel edificio deslucido, Sasuke la vio: Sakura, la esposa de Danzo. Su figura, esbelta y grácil, destacaba en un vestido rosa que se ceñía a su cuerpo, con un escote, discreto pero insinuante, dejaba al descubierto unos hombros delicados, sostenidos por finas tiras. Sus piernas, fuertes y bien torneadas, se mostraban con elegancia bajo el borde del vestido. Su cabello caía libre, resplandeciendo bajo la tenue luz, y sus ojos, que él recordaba vacíos, ahora brillaban con una felicidad que le resultaba dolorosa de contemplar.

Cuando Sakura se dio la vuelta, un estremecimiento recorrió el cuerpo de Sasuke. No pudo evitar fijar la vista en la curva de su trasero, redondeado y firme, acentuado por el vestido ajustado. Era una visión que lo perturbaba en formas que no quería admitir.

—Sakura —llamó Naruto, su voz rompiendo el hechizo en el que Sasuke había caído sin darse cuenta.

Ella se giró al oír su nombre, y una sonrisa cálida se dibujó en su rostro al ver a Naruto. Había algo en esa sonrisa, en la familiaridad con la que lo miraba, que encendió una furia inexplicable en el pecho de Sasuke. ¿Desde cuándo conocían Naruto y Sakura? ¿Por qué él jamás la había visto antes?

—Llegas tarde, Naruto. La sesión de cuentos ya terminó —dijo Sakura con una voz suave, pero firme, cargada de una ternura que solo alimentó la ira de Sasuke.

—Me hubiese encantado escucharte, pero el imbécil de Sasuke llegó tarde —respondió Naruto con una risa nerviosa, ajeno a la tensión que crecía en su amigo.

Sakura entonces se percató de la presencia de Sasuke, y sus ojos se encontraron. La intensidad de su mirada lo hizo sentir incómodo, pero se negó a apartar la vista.

—¿Señor Uchiha? —dijo ella, con una mezcla de sorpresa y nerviosismo.

—Sakura —respondió Sasuke, su voz baja y cargada de una emoción que no alcanzaba a comprender.

El simple sonido de su nombre pronunciado por él hizo que a Sakura se le erizara la piel. Había algo en Sasuke que la desconcertaba, una intensidad que la atraía y aterrorizaba a partes iguales.

—¡Un momento! ¿Ustedes se conocen? —preguntó Naruto, mirando a ambos con asombro.

—Estuve en su boda —contestó Sasuke, sin apartar la vista de ella, su voz tan fría como el acero.

—Jamás habría ido —refutó Naruto, con el ceño fruncido, su tono lleno de indignación.

—Naruto, por favor... —suplicó Sakura, su voz temblando ligeramente, revelando una fragilidad que intentaba ocultar.

—Sabes lo que pienso de ello... —insistió Naruto, sin querer dejar el tema.

—No lo digas... —respondió Sakura en un susurro, su mirada implorante.

La conversación se tornaba cada vez más íntima, más dolorosa, y Sasuke empezó a sentirse como un intruso en un momento que no le pertenecía.

La tensión se rompió cuando un niño pequeño se aferró a las piernas de Sakura, mirándola con ojos suplicantes.

—Sakura, ¿nos trajiste lo que te pedimos? —preguntó el niño, con una mezcla de esperanza y expectación.

Pronto, más niños comenzaron a rodearla, todos hablando al mismo tiempo, llenando el aire con sus risas y voces ansiosas.

—Claro que sí —respondió ella, sonriendo con cariño—. Pero lo dejé en el auto. Le pediría a Naruto que me acompañara, pero parece que tendré que hacerlo sola.

—Sasuke te ayudará —intervino Naruto antes de que su amigo pudiera protestar.

Sasuke lo miró con una mezcla de molestia y resignación, pero antes de que pudiera objetar, Sakura intervino.

—Iré sola. Solo serán un par de vueltas —dijo, intentando evitar más tensiones.

Sakura se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida. Sasuke la siguió, incapaz de apartar la vista del sutil vaivén de sus caderas. Había una fragilidad en ella, una vulnerabilidad que lo hizo sentir una inexplicable necesidad de protegerla... Pero enseguida rechazó ese pensamiento. Ella era la esposa de Danzo, su enemigo, y debería odiarla.

Se detuvieron frente a un Bentley. Sakura abrió el maletero y sacó varios tarros de helado y bolsas de caramelos. A duras penas podía sostener todo, y Sasuke, a pesar de sí mismo, se acercó para ayudarla. Sin embargo, cuando ella intentó moverse, sus tacones se doblaron y perdió el equilibrio. Sasuke reaccionó al instante, sujetándola por la cintura, pero el suelo, aún húmedo por la lluvia, los traicionó, y ambos cayeron.

El helado que Sakura sostenía se derramó sobre su pecho, y Sasuke, sin poder evitarlo, sintió un impulso primal de lamerlo. Sus rostros quedaron peligrosamente cerca, tan cerca que podía sentir el aliento cálido de ella rozando su piel.

—No puedo respirar —susurró Sakura, su voz entrecortada, apenas audible por la cercanía de sus cuerpos.

Sasuke se dio cuenta de que estaba sobre ella, su peso aplastándola ligeramente. Algo en esa posición, en el contacto de sus cuerpos, lo hacía querer permanecer allí, prolongar ese momento de intimidad que no debería existir. Con un esfuerzo, se levantó rápidamente, ayudándola a ponerse de pie. Notó que el vestido de Sakura se había rasgado en el costado, revelando una porción de su muslo. La vista era impresionante, pero Sasuke apartó la mirada, intentando no mostrar su reacción.

—Amaba este vestido —murmuró Sakura, más para sí misma que para él.

Sasuke sacó un pañuelo de su bolsillo y lo extendió hacia ella. Cuando Sakura lo tomó, sus dedos se rozaron apenas, pero la chispa que saltó entre ellos fue innegable, una corriente eléctrica que parecía encender algo profundo y primitivo en ambos.

Sakura, con una mezcla de torpeza y gracia, comenzó a limpiar su pecho manchado de helado de chocolate. Cada movimiento suyo, lento y meticuloso, atrajo la atención de Sasuke de manera hipnótica. Cuando ella terminó, llevó sus dedos a los labios y los lamió con suavidad, un gesto tan íntimo y natural que Sasuke sintió un deseo arrollador de ser él quien la besara, quien probara ese dulce rastro.

Pero se contuvo, la realidad de quién era ella golpeándolo como un balde de agua fría.

—Siempre que vengo aquí acabo llena de barro o quién sabe qué cosa que estén haciendo los niños —comentó Sakura con una risa suave, casi para romper el silencio cargado entre ambos—. Quizá no me vendría mal unirme a ellos y jugar al baloncesto con este vestido roto. Al menos tendría más movilidad.

Con un suspiro resignado, se inclinó para quitarse los altos tacones, y Sasuke, sorprendido por la sencillez del gesto, se dio cuenta de lo pequeña que era a su lado. Sin los tacones, Sakura parecía aún más pequeña y frágil, como una muñeca de porcelana a punto de romperse.

Ella guardó con cuidado sus Manolo Blahnik en el maletero, luego, sin más preámbulos, comenzó a caminar descalza hacia la entrada del orfanato. Cada paso que daba, Sasuke la seguía de cerca, incapaz de apartar la vista de su silueta, de la delicada curva de su espalda, del suave vaivén de sus caderas. Era como si algo invisible tirara de él, un lazo que no entendía pero que lo mantenía atado a ella.

Y en ese momento, entre el barro y el helado, Sasuke comprendió algo: Sakura era más que la esposa de su enemigo, era un enigma que comenzaba a querer descifrar, aunque sabía que hacerlo podría costarle todo.

Allí, en medio de aquel edificio deslucido, estaba Sakura. La esposa de Danzo. Su figura, esbelta y grácil, estaba enfundada en un vestido rosa que se ajustaba perfectamente a su cuerpo.

El escote, discreto pero sugerente, dejaba al descubierto unos hombros delicados sostenidos por finas tiras. Sus piernas, fuertes y bien torneadas, se mostraban con elegancia bajo el borde del vestido. Su cabello caía libre, brillando bajo la tenue luz, y sus ojos, aquellos ojos que él había visto apagados, ahora irradiaban luz y felicidad.

Cuando Sakura se dio la vuelta, un estremecimiento recorrió el cuerpo de Sasuke. No pudo evitar fijarse en la curva de su trasero, redondeado y firme, resaltado por el ajustado vestido.

—Sakura —llamó Naruto, su voz rompiendo el hechizo en el que Sasuke parecía haber caído.

Ella se giró al oír su nombre, y una sonrisa cálida se extendió por su rostro al ver a Naruto. Había algo en esa sonrisa que hizo que el pecho de Sasuke se llenara de una rabia inexplicable. ¿De dónde conocían Naruto y Sakura? ¿Por qué él jamás la había visto antes?

—Llegas tarde, Naruto. La sesión de cuentos ya terminó —dijo Sakura con una voz suave, pero firme, llena de una ternura que solo hizo que la furia de Sasuke creciera.

—Me hubiese encantado escucharte, pero el imbécil de Sasuke llegó tarde —respondió Naruto con una risa nerviosa, sin percatarse de la tensión creciente de Sasuke.

Sakura entonces se percató de la presencia de Sasuke, y sus ojos se encontraron. La intensidad de su mirada lo hizo sentirse incómodo, pero no desvió la vista.

—¿Señor Uchiha? —dijo ella, con una mezcla de sorpresa y nerviosismo.

—Sakura —respondió Sasuke, su voz baja y cargada de una emoción que ni él mismo entendía.

El simple sonido de su nombre pronunciado por Sasuke hizo que a Sakura se le erizara la piel. Había algo en él que la desconcertaba, una intensidad que la atraía y la aterrorizaba al mismo tiempo.

—¡Un momento! ¿Ustedes se conocen? —preguntó Naruto, mirando a ambos con asombro.

—Estuve en su boda —respondió Sasuke, sin apartar la vista de ella, su voz fría como el acero.

—Jamás habría ido —refutó Naruto, con el ceño fruncido, su tono lleno de indignación.

—Naruto, por favor... —suplicó Sakura, su voz temblando ligeramente, revelando la fragilidad que intentaba ocultar.

—Sabes lo que pienso de ello... —insistió Naruto, sin querer dejar el tema.

—No lo digas... —respondió Sakura, casi en un susurro, su mirada suplicante.

La conversación se tornaba cada vez más íntima, más dolorosa, y Sasuke comenzó a sentirse como un intruso en un momento que no le pertenecía.

La tensión se rompió cuando un niño pequeño se aferró a las piernas de Sakura, mirándola con ojos suplicantes.

—Sakura, ¿nos trajiste lo que te pedimos? —preguntó el niño, con una mezcla de esperanza y expectación.

Pronto, más niños comenzaron a rodearla, todos hablando al mismo tiempo, llenando el aire con sus risas y voces ansiosas.

—Claro que sí —respondió ella, sonriendo con cariño—. Pero lo dejé en el auto. Le pediría a Naruto que me acompañara, pero parece que tendré que hacerlo sola.

—Sasuke te ayudará —intervino Naruto antes de que su amigo pudiera protestar.

Sasuke lo miró con una mezcla de molestia y resignación, pero antes de que pudiera decir algo, Sakura intervino.

—Iré sola. Solo serán un par de vueltas —dijo, intentando evitar más tensión.

Sakura se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida. Sasuke la siguió, sus ojos atrapados en el sutil vaivén de sus caderas. Había una fragilidad en ella, una vulnerabilidad que lo hizo sentir una inexplicable necesidad de protegerla... Pero enseguida rechazó ese pensamiento. Ella era la esposa de Danzo, su enemigo, y debería odiarla.

Se detuvieron frente a un Bentley. Sakura abrió el maletero y sacó varios tarros de helado y bolsas de caramelos. A duras penas podía sostener todo, y Sasuke, a pesar de sí mismo, se acercó para ayudarla. Sin embargo, cuando ella intentó moverse, sus tacones se doblaron y perdió el equilibrio. Sasuke reaccionó al instante, sujetándola por la cintura, pero el suelo, aún húmedo por la lluvia, los traicionó y ambos cayeron.

El helado que Sakura sostenía se derramó sobre su pecho, y Sasuke, sin poder evitarlo, sintió un impulso primal de lamerlo. Sus rostros quedaron peligrosamente cerca, tan cerca que podía sentir el aliento cálido de ella rozando su piel.

—No puedo respirar —susurró Sakura, su voz entrecortada, apenas audible por la cercanía de sus cuerpos.

Sasuke se dio cuenta de que estaba sobre ella, su peso aplastándola ligeramente. Algo en esa posición, en el contacto de sus cuerpos, lo hacía querer permanecer allí, prolongar ese momento de intimidad que no debería existir. Con un esfuerzo, se levantó rápidamente, ayudándola a ponerse de pie. Notó que el vestido de Sakura se había rasgado en el costado, revelando una porción de su muslo. La vista era impresionante, pero Sasuke apartó la mirada, intentando no mostrar su reacción.

—Amaba este vestido —murmuró Sakura, más para sí misma que para él, con una tristeza que hizo eco en el corazón de Sasuke.

Sasuke sacó un pañuelo de su bolsillo y lo extendió hacia ella. Cuando Sakura lo tomó, sus dedos se rozaron apenas, pero la chispa que saltó entre ellos fue innegable, una corriente eléctrica que parecía encender algo profundo y primitivo en ambos.

Sakura, con una mezcla de torpeza y gracia, comenzó a limpiar su pecho manchado de helado de chocolate. Cada movimiento suyo, lento y meticuloso, atrajo la atención de Sasuke de manera hipnótica. Cuando ella terminó, llevó sus dedos a los labios y los lamió con suavidad, un gesto tan íntimo y natural que Sasuke sintió un deseo arrollador de ser él quien la besara, quien probara ese dulce rastro.

Pero se contuvo, la realidad de quién era ella golpeándolo como un balde de agua fría.

—Siempre que vengo aquí acabo llena de barro o quién sabe qué cosa que estén haciendo los niños —comentó Sakura con una risa suave, casi para romper el silencio cargado entre ambos—. Quizá no me vendría mal unirme a ellos y jugar al baloncesto con este vestido roto. Al menos tendría más movilidad.

Con un suspiro resignado, se inclinó para quitarse los altos tacones, y Sasuke, sorprendido por la sencillez del gesto, se dio cuenta de lo pequeña que era a su lado. Sin los tacones, Sakura parecía aún más pequeña y frágil, como una muñeca de porcelana a punto de romperse.

Ella guardó con cuidado sus Manolo Blahnik en el maletero, luego, sin más preámbulos, comenzó a caminar descalza hacia la entrada del orfanato. Cada paso que daba, Sasuke la seguía de cerca, incapaz de apartar la vista de su silueta, de la delicada curva de su espalda, del suave vaivén de sus caderas. Era como si algo invisible tirara de él, un lazo que no entendía pero que lo mantenía atado a ella.

Y en ese momento, entre el barro y el helado, entre la sencillez y la complejidad de lo que sentían, Sasuke comprendió algo: Sakura era más que la esposa de su enemigo, era una enigma que comenzaba a querer descifrar, aunque sabía que hacerlo podría costarle todo.