"Sin mirar atrás"

Lady Supernova


Capítulo 19


Chicago, Illinois, 17 de agosto de 1922.

Uno, dos y varios, fueron los besos que Terry, traviesamente le robó a Candy, mientras un vehículo los transportaba hasta la propiedad de los Andrew.

Al final, su esperado viaje por carretera, no había sido posible, pues, aunque Terry se negaba a aceptarlo, no se encontraba en condiciones óptimas para manejar un automóvil, al menos no, en una distancia tan larga. El actor se encontraba tan desvelado que, Candy optó por trasladarse a Chicago en un tren. Terry decía que no era necesario, pero ella no quiso exponerlo a conducir en ese estado. Él necesitaba descansar.

—Terry...deja de hacer eso...—susurró Candy, obligándolo a mantener las manos quietas. Adoraba que él la tocara de esa forma, sentir que se colaba por debajo de su vestido, para acariciarla con descaro, era algo que la volvía loca... sin embargo, no era posible continuar con ese juego porque ya estaban por llegar a la mansión.

—Está bien... —respondió, inconforme—. Ya te dejo en paz.

—Estamos llegando, Terruce...

—Lo sé, pero deseo continuar con esto, después... ¿De acuerdo?

—Eres como un niño travieso... —le dijo con cierta ternura mientras lo besaba sobre los labios, sorprendiéndolo una vez más. Él bien sabía que estaba siendo empalagoso y posesivo con ella, no la dejaba ni un solo momento, la besaba y la tocaba a su antojo... la quería suya todo el tiempo y por fortuna, Candy estaba siendo muy benévola al respecto, pues, en vez de molestarse con él, le consentía su caprichoso comportamiento. La sonrisa y el dulce beso que le dio, se lo demostraron... Candy era puro amor.

«Me amas, Pecosa... me amas mucho», admitió para sí mismo, mientras la observaba con admiración.

Cuando por fin bajaron del transporte, la mansión de los Andrew se dibujó imponente, frente a ellos. La pomposa construcción, lucía esplendorosa e intimidante, tanto así, que logró impresionar al joven actor.

—Santo Cielo... ¿Esta es la mansión de Albert? —cuestionó Terry con asombro.

—Sí, es muy bonita ¿Verdad? —interrogó Candy jalando la correa de Titán, quién parecía interesarse en seguir a un par de pajarillos, que revoloteaban con naturalidad a su alrededor.

Terry la observó fijamente y luego no tuvo más remedio que acercarse hasta ella para tomar el control. Si Titán se decidía, terminaría por arrastrarla. El cachorro se estaba volviendo muy fuerte, crecía muy rápido y en ocasiones se comportaba un poco intransigente, a la hora en que se despertaba su instinto cazador. Solo él lograba calmarlo.

—Yo lo llevaré... —anunció Terry, mientras Candy volteaba y aliviada, le sonreía.

—Gracias... —contestó, acercándose más a él para poder besarlo—. Sabes que lo adoro, pero, no quiero hacer un espectáculo con los Andrew, al menos no tan pronto, Titán es capaz de arrastrarme frente a todos.

—Una Mona Pecosa tratando de dominar a un Fila Brasileiro... definitivamente sería todo un show —comentó Terry con una sonrisa burlona.

Ella le dio un golpecito y luego tomó su maleta. El portón que daba acceso a la lujosa propiedad, estaba siendo abierto.

«La hora de la verdad ha llegado», pensó Candy, un tanto temerosa por lo que pasaría.

—Te amo, Candy... —le recordó Terry antes de entrar—. Y quiero que sepas, que no dejaré que nada malo te suceda.

—Yo también te amo —afirmó, decidida afrontar lo que viniera—. Y de igual manera, quiero que sepas que yo haré lo mismo contigo, te protegeré sin dudarlo.

Pecas Preciosa ¿Me quieres matar verdad? —le preguntó con seriedad.

—Terry... —Ella lo miró con enojo y luego quiso saber...—. ¿Por qué dices esas cosas?

—Porque con esa declaración que hiciste, me estoy muriendo de amor, por ti...

Ella le sonrió y respondió con entereza.

—Entonces prepárate, porque yo voy a seguir atacándote, tengo mucho amor para ti.

Él también sonrió.

Sinceramente, podía escuchar esas declaraciones amorosas todo el día y no se cansaría de hacerlo. Jamás creyó que viviría para caer en ese «ridículo» círculo en el que caían las parejas enamoradas. En esos momentos ya podía decir, con toda seguridad, que él adoraba la cursilería y el romanticismo, y más, porque las declaraciones venían de la boca de su querida Candy White.

George Johnson los esperaba en la puerta de entrada de la casa; al ver que el portón se abría y tanto la pareja como el cachorro ingresaban, no dudó en acercarse para darles la bienvenida. De inmediato se dirigió hasta ellos y les saludó:

—Buenos días, señora Candy, señor Grandchester... Bienvenidos a Chicago.

—Gracias, señor Johnson —respondió Terry, mientras veía a su Tarzán Pecosa acercándose hasta el hombre para enredarlo en un cariñoso abrazo. No era que a Terry le dieran celos, porque él sabía que George era como un papá para Candy. Pero sí le causaba mucha gracia, la forma en la que su mujer, hacía sonreír al «acartonado» señor Johnson.

—Señora Candy... —dijo él con timidez—. ¿Cómo está?

—Muy bien, George, ¿y tú? ¡Cuánto me alegro de verte!

—Me encuentro bien, señora y yo también me alegro mucho de verla... —George sonrió contento y les dijo—. El auto esta disponible, ¿desean descansar un rato o quieren marcharse ahora?

—Pues... sería prudente ver a la tía abuela Elroy, primero —indicó la chica.

—La tía abuela, ya se ha ido a Lakewood... —anunció George—. Debía atender algunos asuntos allá. Ella decidió partir hace algunas horas.

—En ese caso, será mejor que nos vayamos a Lakewood cuanto antes ¿No lo crees Candy? —preguntó Terry.

—Sí eso será lo mejor.

—Iré por el auto si me lo permiten.

—Por supuesto Gorge, muchas gracias.

George se retiró y entonces para Terry, fue inevitable, hacer una reflexión en voz alta.

—Espero que los asuntos de tu tía abuela Elroy, no sean parte de un ritual extraño para darnos la bienvenida... —apuntó Terry con cara de miedo.

Candy rió divertida, pero de inmediato dijo:

—Eres muy malo...

—¿Qué quieres que piense? —interrogó el guapo castaño—. A tu tía solo le falta la escoba para volar... la mala es ella... es un pedazo de Satán que anda por ahí caminando y no trates de decir nada para disculparla, porque aunque no la conozca en persona, he escuchado suficiente sobre ella —Candy rió con ganas y luego se dejó abrazar por un serio Terry—. No es para que te rías, pero, está bien... me gusta hacerte reír, Candy.

—Y a mí me gusta que lo hagas.

—¿Aun cuando me burle de Elroy?

—Aun así... —respondió Candy, antes de que George llegara con el auto y entonces, pudieran dirigirse a su gran aventura.


Lakewood.

Sus ojos marrones brillaron furiosos, al notar que Annie no pretendía mover un solo dedo para irse junto a él. Eso le molestaba de sobremanera, pues no creía justo que su esposa no lo apoyara. Se suponía que la mujer debía hacer lo que decía su marido, así era con todos sus conocidos, sin embargo, Archie no estaba percibiendo nada de apoyo, Annie no tenía la mínima intención de obedecerle.

—Sinceramente no te comprendo. Actúas como aquel chico, del Colegio San Pablo.

—¿Y cómo no hacerlo? ¡Si de nuevo viene ese imbécil, a jodernos la vida a todos!

Annie no estuvo de acuerdo y por ello tuvo que ser valiente y decir:

—No, no te equivoques, Archie... —expresó la muchacha—. Terruce no viene a joder la vida de todos, al único a quién se la está jodiendo, es a ti... y eso es porque tú mismo así lo has decidido.

Archie abrió los ojos con asombro, jamás vio a Annie tan molesta, mucho menos la había escuchado decir malas palabras. Ella nunca se comportó de esa manera...

En el fondo él sabía que estaba exagerando. Pero de ninguna forma admitiría su error... ¡Jamás lo haría!

—¿Esa es su última palabra señora Cornwell? —le preguntó el muchacho con decisión.

—Sí, esa es mi última palabra, señor... —respondió, igual de decidida—. Será mejor que te marches ahora, porque Candy ya va llegar... George se comunicó hace una hora y media, para avisarnos que ya venían.

—Así será, no te preocupes. Yo me voy ahora.

Archie tomó su maleta, salió de la habitación azotando la puerta y simplemente, se marchó. Caminaba como alma que lleva el demonio, olvidándose de la familia, dispuesto a saciar sus inmaduros caprichos.

Albert, quién miraba desde su estudio, no hizo más que reírse del absurdo comportamiento de su sobrino. Algo en su corazón le decía que, muy pronto, Archie volvería arrepentido y por eso, ya no se preocupaba por él.

—Se ha ido... —anunció la voz de Annie, quien ingresó al despacho sin que él se diera cuenta.

Albert volteó para ver a la esposa de su sobrino y con una sonrisa en su rostro, le respondió:

—Es lo mejor que puede hacer, necesita tiempo a solas, para tranquilizarse.

—Yo también creo que es positivo, definitivamente, es mejor que se vaya por un rato.

—Archie siempre ha sido muy hostil con Terry, pero me preocupa que esta vez no solo Terry se lleve su odio.

—Es lo que a mí me tiene intranquila... —admitió Annie—. Es con Candy la molestia y él nunca hizo tal cosa. A Candy siempre le ha mostrado respeto.

—Él piensa que Candy se está apresurando.

—Pobre Candy... esto es lo que siempre ha querido... ¿Cómo juzgarla? —cuestionó Annie—. Además, Kieran, deseaba que ella rehiciera su vida pronto.

—Incluso la tía abuela Elroy lo entiende. No lo aprueba, pero es evidente que no armará un escándalo por ello —Albert le sonrió a Annie y le animó—. Archie regresará. Después de que reflexione, se va dar cuenta de la tontería que está cometiendo y entonces, volverá por su propio pie.

—Gracias por escucharme, tío Albert.

—De nada, sobrina. Por favor no te preocupes y cambia esa cara, porque Candy puede darse cuenta de todo —le recomendó él, mientras Annie le sonreía alegremente, confiando en que todo saldría bien y que su adorado Archie regresaría junto a ella, para seguir siendo el mismo chico bondadoso que siempre había sido.


«Lo que me faltaba»

Eso pensó Archie, al tiempo que golpeaba fuerte contra el volante.

Furioso, salió del vehículo y de inmediato, observó el desperfecto que se había presentado: «¡Demonios!», gritó en sus adentros ¿Cómo iba arreglar eso? Él no sabía nada sobre neumáticos, siempre ignoró las enseñanzas que su hermano, le dio en diversas ocasiones... «¿Por qué no le puse atención?», se preguntó inútilmente, mientras veía de nueva cuenta, el neumático destrozado.

Ante el negro panorama que se dibujaba frente a él, Archibald quería echarse a llorar. Supuso que quizás, ese era el castigo divino que había recibido, por comportarse como un patán.

Sí... seguramente Dios mismo, deseaba hacerle ver lo idiota que se había comportado.

Un sonoro pitido lo hizo recobrar la confianza, sin embargo, al ver al conductor del auto supo que la ayuda probablemente no llegaría.

—¿Cómo te va Archie? —cuestionó una burlona voz.

—Mal, como tú mismo puedes ver...

—Un neumático hecho trizas siempre es un problema, lo comprendo perfectamente.

—Sí...

—Supongo que necesitas ayuda, ¿no?

Archie respiró hondo y eligió muy bien sus palabras, pues ese burlón y detestable muchacho, era el único que le podía sacar del apuro.

—Es correcto. Necesito ayuda, Neil.

Neil Leagan sonrió y luego de mirarlo le dijo:

—La venganza siempre es dulce... —apuntó mientras encendía de nuevo su automóvil—. ¿Ayudarte? ¿A ti, que siempre me has tratado como basura? ¡Jajaja! De ninguna forma, primo... ¡Arréglate tú solo! —le gritó al tiempo que arrancaba el vehículo con energía y cubría de polvo, el incrédulo rostro de Archie.

—¡Maldito imbécil! —exclamó el chico Cornwell, sintiéndose el ser más desgraciado del planeta.

Solo le quedaban dos opciones: seguir esperando a que alguien le ayudara o dejar el auto a media carretera, mientras, él caminaba hasta el pueblo para pedir ayuda... Archie, con toda sinceridad, no sabía cuál era la mejor opción. Su día estaba completamente arruinado y lo peor era que, el culpable de todo ese drama, era él mismo.


Sus ojos adoraban observarlo, mientras él lucía concentrado.

Terry, se veía demasiado guapo cuando centraba su atención en cualquier cosa, y la carretera no era la excepción.

Candy sonrió traviesamente al percatarse de sus pensamientos... era increíble la forma en la que ese hombre ocupaba su mente. Día y noche, ese guapo y perfecto ser, se adueñaba de su cabeza. Estaba convertida en la Candy de los tiempos del San Pablo, tiempo el que, hasta en la sopa, veía a su amado.

La rubia sonrió de nuevo, a sus veinticuatro años parecía de catorce...

Terry, sin perder la concentración en el camino, se atrevió a decir:

—El que se ríe solo, de sus maldades se acuerda —aseveró en tono alegre—. ¿De qué travesuras te estás acordando eh, Pecas?

Ella se encogió de hombros y luego le respondió:

—No me he acordado de ninguna travesura. Me rio, porque creo que, luces tremendamente chistoso, cuando te encuentras conduciendo —mintió la muchacha.

—¿Chistoso?

—Pues sí... te ves bastante chistoso, Terry.

—Lo chistoso, Tarzán Pecosa, ¡es pariente de lo feo! —exclamó Terry con fingido malestar—. ¿Estás diciendo que me veo feo cuando conduzco?

—Digamos que, más o menos... —le contestó Candy.

—Dale gracias a Dios que voy al volante, porque de lo contrario, estarías sufriendo las consecuencias de esa confesión.

Candy rio sonoramente y le hizo saber:

—Suena amenazador, señor Grandchester.

—No me obligues a orillar el auto y hacer validas esas amenazas, Pecosa... Porque entonces, llegaremos con Albert, hasta mañana. —advirtió él—. Pienso hacerte pagar cada una de tus palabras y eso llevará tiempo...

Candy no pudo hacer nada más que reírse, luego posó sus ojos en el camino. El pueblo ya podía verse a lo lejos y aquello la llenó de melancolía.

—Ya casi llegamos al pueblo, ¿qué tan lejos esta la mansión? — preguntó Terry, sin dejar de mirar la carretera.

—Nada lejos. Pasando el pueblo, solo nos quedan unos cuántos kilómetros por recorrer.

—Entonces... ¿La hora de la verdad de acerca? —cuestionó Terry seriedad y Candy respondió en el mismo tono.

—Definitivamente.

—Elroy Andrew, en realidad no es una bruja, ¿o sí? —preguntó Terry, bromeando—. No debemos preocuparnos.

Candy asintió y de nuevo, dibujó una sonrisa en su rostro. En verdad, él tenia toda la razón, no había de que preocuparse. La tía abuela no era ningún monstruo.

Al atravesar el pueblo, Candy sintió que oficialmente, estaba en casa. Sin duda, el pintoresco lugar, le alegraba el corazón por completo.

—Tal vez al rato, deje que me lleves de paseo... —advirtió Terry con una sonrisa.

—Y tal vez yo permita que me invites un helado.

—Ya veremos si me convences.

—Le aseguro que lo haré, milord... —expresó ella con aquella lujuriosa y traviesa voz que Terry tanto amaba—. Tengo muchos métodos para convencerlo, lo sabe —afirmó ella, decidida.

—No me acuerdo de dichos métodos... —respondió él con coquetería—. Pero me pondré en sus manos y ya veremos si lo recuerdo. Apenas lleguemos a Lakewood, buscaré la forma de que usted me convenza con sus métodos, milady...

Ambos sonrieron y luego siguieron concentrados en el camino, ignorando que al salir del pueblo, se encontrarían con su primera sorpresa.


Después de Neil Leagan, nadie más pasó por aquel camino... era increíble la suerte que tenía, pero Archie, sabía que era normal lo que sucedía. La carretera solo lo usaban los automóviles, casi todos los hombres y sus carretas solían tomar atajos para llegar directamente al pueblo, muchos evitaban el contacto con los autos, debido a que conductores impertinentes, terminaban por espantar a los caballos.

Mientras estaba ahí, varado, sin absolutamente nada que hacer, no pudo evitar pensar en Candy y en lo molesto que estaba con ella...

No le molestaba el hecho de que rehiciera su vida, estaba muy claro en eso, Candy era una mujer hermosa que tenía muchas cosas por vivir, definitivamente se merecía encontrar un hombre que la amara, la protegiera y que le diera hijos, pero, la gran pregunta que siempre terminaba haciéndose, era: ¿Por qué tenía que ser Terruce Grandchester?

«¡Ese hombre la humilló! ¡Se había casado con otra mujer!» ¿Por qué lo amaba tanto? ¿Y si él volvía hacerle lo mismo?

«No me quiero convertir en un asesino», reflexionó mirando al cielo, «Stear... yo no quiero convertirme en un matón, pero si ese maldito aristócrata se atreve hacerle algo, no voy a dudar en perseguirlo, no importa si lo hago hasta el al fin del mundo, ten por seguro que voy a acabar con él»

Archie realmente estaba temeroso del futuro, era por eso que actuaba de esa forma tan rara, amaba a Candy pero ya no lo hacía como la amaba en el pasado... A Candy White, había aprendido amarla como se ama a una hermana. Y a causa de ello, su instinto protector se había disparado y yacía sin control.

Cuando al fin, se decidió a regresar a la mansión y dejar su auto en aquel lugar, la luz en el camino, finalmente apareció. Un auto muy conocido para él se detuvo, y de inmediato supo de quiénes se trataba.

Apenas se detuvieron, la rubia bajó del coche y corrió hasta él, para enredarlo en un abrazo.

—¿Qué pasó Archie? —le preguntó mientras acariciaba su rostro, mostrándose muy preocupada—. ¿Estás bien? ¿No te hiciste daño?

Archie se sintió terriblemente culpable. Él no merecía ni siquiera mirarla... ahí estaba la Dulce Candy, su ángel, deseando poder reconfortarlo, mientras él había pensado lo peor de ella.

Los ladridos del imponente Titán, taladraron sus oídos e instintivamente, volvió su vista para verlo, pero sus ojos no se encontraron con el cachorro, sino con Terruce Grandchester, quien «como si le interesara» se acercaba hacia ellos para ver el desperfecto del auto.

—Hola, Archie.

El muchacho no pudo ni contestar, se limitó a hacer una seña, en forma de saludo.

—¿Cómo estás? —le preguntó preocupado.

—Estoy bien... solo un poco asustado.

—No es para menos, tu auto pudo salirse del camino... —señaló Terry, mirando la curva y el desfiladero que tenían a tan solo unos metros.

Archie estaba tan molesto por las tonterías que lo aquejaban, que jamás, se percató de eso. Era cierto, había corrido con suerte, algunos metros más y el accidente hubiera sido terrible... no solo era un neumático destrozado, en realidad, pudo tratarse de algo mucho peor. Él estuvo a punto de morir.

—¿Tienes el neumático de repuesto? —preguntó Terry y Archie asintió—. De acuerdo... dámelo y lo cambiaré.

Candy no pudo evitar sentirse algo alarmada ante tal suceso, estaba muy preocupada por el chico Cornwell. Ella no dudó en acompañarle a sacar el neumático y las herramientas que yacían en la parte trasera del auto.

—Bendito Dios que todo está bien... ¿De verdad no te lastimaste Archie? —preguntó la rubia.

—No me lastimé, Gatita... —le dijo él, abrazándola fuerte y posando un beso sobre su mejilla—. No te preocupes.

La mirada del castaño, se cruzó con la de él, pero ninguno de los dos dijo nada. Archie le acercó el neumático de repuesto y luego se dedicó a observar su trabajo.

Candy por su parte, se retiró un momento, para sacar del auto al caprichoso Titán, quién estaba más que interesado en bajarse e ir a donde estaban ellos. Al bajar al cachorro, Candy camino de nuevo hasta el auto de Archie y miró a Terry con infinito amor. Su Terry, se veía hermoso con aquella camisa remangada, él no le tomaba importancia al hecho de que tal vez se iba a ensuciar el resto de la ropa, lo único que le interesaba era ayudar... «Lo amo tanto», pensó la rubia con orgullo al percatarse de que Terry, sabía perfectamente lo que hacía. Notar su fuerza al destornillar aquel neumático la dejó sin habla y también puso a volar su imaginación...

Sin embargo, no pudo apreciarlo por mucho tiempo, pues Titán estaba tan inquieto que optó por pasearlo un rato.

—Nunca fuimos amigos —dijo Archie refiriéndose a Titán—. Desde pequeño me odia, así que no me sorprende que ahora me quiera comer...

—A mí tampoco me aceptaba, pero he tenido que valerme de algunos trucos... —dijo Terry preparándose para cambiar el neumático—. Seguro que también te funcionarán a ti.

Archie se sintió muy estúpido. Comprendió de golpe que, tanto odio para Terry, al final no servía de nada. Había salido de su casa, dejando solas a su esposa e hija, para huir del actor... ¡Todo para que hubiera terminado siendo asistido por él!

Eso definitivamente había sido una bofetada que, el destino, le propinaba de forma muy elegante. No dudaba que allá arriba, Stear estuviera revolcándose de la risa.

—Ya está... —dijo Terry.

—Gracias... yo... no tenía la menor idea de cómo hacerlo —admitió sonrojándose.

—¡Wow! Sin una sola mancha...—le dijo Candy a Terry, haciendo que éste sonriera con satisfacción—. ¿Y a dónde ibas Archie? —preguntó Candy, sorprendiéndolo y dedicándole una de sus lindas sonrisas.

—Al pueblo... iba a... a comprar algunas cosas... —mintió miserablemente.

—Entonces... ¿Te veremos al rato? —le preguntó ella con emoción.

Archie no pudo negarse, cuando ella lo veía y le sonreía de esa manera, simplemente se encontraba perdido. Siempre que ella hacía eso, él solo deseaba poder seguir haciéndola feliz.

—Me regresaré con ustedes. Annie debe estar preocupada, me tardé mucho ya...

—Sí... será mejor que vengas con nosotros, ¡vamos Archie!

Ella y Titán, corrieron hacia el auto. Archie y Terry se quedaron observándolos con diversión, para luego regresar sus miradas y observarse de frente.

—Gracias, Terry... —dijo Archie extendiendo su mano.

—De nada, Archie —respondió Terry, estrechándola con firmeza.

—Bienvenido a Lakewood, sígueme. Yo te encaminaré hasta la mansión —anunció el elegante muchacho con una sonrisa el rostro, misma a la que Terry correspondió con el mismo entusiasmo.


Al ver que Archie llegaba a casa, al lado de Candy y Terry... Annie se sintió muy dichosa. Lo recibió con un enorme abrazo y con amor posó un beso sobre sus labios.

Candy los miró por algunos segundos y sintió cómo su corazón se llenaba de infinita ternura. Siempre le gustó verlos juntos, aunque, claro, ella ignoraba que esos dos se estaban reconciliando. Ni siquiera imaginaba lo acontecido horas antes, lo único que ella podía ver, era una hermosa familia unida, Annie, Archie y la bebé Daisy, los tres eran parte de un perfecto cuadro. Estaba tan contenta...

—¿Pequeña? —preguntó Albert, sacándola de su ensueño.

—Sí, dime...

—La tía abuela y Terry ya te esperan en el estudio —dijo con toda naturalidad.

Los ojos de Candy se abrieron con espanto y presurosa se dispuso a preguntar:

—¿Dices que me esperan? ¿Para qué?

—Tendrán una pequeña reunión antes de la comida.

—¿Tú no vas estar ahí?

—Oh no... yo estoy excluido. Esto es cosa de ellos... parece ser que tu novio, fue quien le pidió que hablaran.

«¿Qué le pasa a Terry? ¡Él mismo nos ha echado al caldero de la bruja!», pensó Candy con espanto. Apenas habían llegado y ya estaban en apuros... no le gustaba la idea de tener una plática con su tía, sin embargo, no había más salida que atender dicha petición.

—Entre más te tardes, peor será el regaño... —advirtió Albert.

—¡Ya voy, ya voy! Deséame suerte.

—Hmmm... está bien... ¡Suerte!

Respondió el guapo rubio, riendo sonoramente mientras veía a su adorada Candy, corriendo presurosa a través del pasillo.

Elroy Andrew se encontraba impaciente, no sabía ni por qué, pues Candice ya la tenía muy acostumbrada a esos desaires... la rubia siempre llegaba tarde a donde se le citaba, incluso también se daba el lujo de faltar a sus llamados. No era ninguna novedad para ella, que la «chiquilla» resultara ser una irresponsable.

Quizá, su incomodidad radicaba en la inquietante presencia del muchacho que se encontraba sentado frente a ella... Kieran Livingston, era una maravilla andando, pero, Terruce... el joven Grandchester, no era la excepción. Elroy no podía negar que Candice, tenía un gusto exquisito a la hora de elegir a los hombres, y definitivamente, poseía un tino admirable, pues estar al lado de un Grandchester, seguro era lo mejor que podía hacer, ni ella lo hubiera hecho mejor, ese apellido representaba seguridad en todos los aspectos.

—Iré a ver por que razón no llega Candy... —dijo Terry con tranquilidad.

—Siéntese, señor Grandchester... —le pidió la tía con seriedad—. La impuntualidad de Candice, no es algo nuevo para mí y supongo que para usted, tampoco —agregó la vieja tía, precisamente, en el instante en el que la chica ingresaba al estudio, haciendo su espectacular aparición... derrapando y sosteniéndose en el respaldo de la silla, para evitar caerse.

—Perdón... yo... me entretuve saludando a Annie y a la niña.

—Toma asiento, Candice —dijo Elroy, esperando a que la joven por fin se sentara—. Les pedí que nos reuniéramos ahora, porque, más tarde debo atender algunos asuntos con los Leagan y tendré que estar en aquella casa, toda la tarde. Así que, soy toda oídos, señor Grandchester... me gustaría que comenzáramos a tratar el motivo de nuestra reunión.

Terry aclaró la garganta y en seguida se dispuso hablar. No le agradaba nada el tono en el que les hablaba la mandona mujer, pero, pondría todo de su parte para llegar a un entendimiento.

—Antes que nada. Es un gusto enorme, que me reciba aquí en su casa, muchas gracias señora Andrew... —dijo Terry con calma—. Le he pedido esta audiencia, por una sencilla razón: tengo la obligación de comunicarle que su sobrina y yo, hemos retomado nuestra relación... como usted ya sabe, Candy y yo fuimos novios hace algunos años... — El actor hizo una pausa y después continuó—. Sé que esto que estamos haciendo, no es lo que se acostumbra... pero...

—Pero, usted está dispuesto a cumplir con su palabra de caballero — interrumpió Elroy, al tiempo que Terry afirmaba—. Kieran Livingston, también me escribió a mí. Lo hizo con la finalidad de que no les pusiera obstáculos a ustedes —aclaró la vieja matriarca—. Sinceramente, aplaudo su iniciativa de venir aquí, para enterarme sobre sus planes, eso habla muy bien de usted, señor Grandchester.

—Eso quiere decir, ¿que no hay impedimento de parte de usted, tía abuela? —preguntó Candy, haciendo que Terry carcajeara por dentro, la honestidad y la impertinencia de su mujer le resultaban adorables.

—Así es, Candice, de mi parte no hay impedimento —Elroy suspiró hondo y agregó—. No comulgo con la idea tan liberal de tu difunto esposo, no obstante, la ultima voluntad de un hombre, es algo sagrado para mí, por lo tanto, no voy a oponerme. Solo les pido discreción... ¿de acuerdo? —rogó la matriarca de los Andrew, no sin después añadir—. Y por supuesto, espero que se sigan las reglas y que dicho noviazgo, concluya en matrimonio.

Candy se ruborizó al escuchar aquello, hablar de matrimonio era muy pronto. Terry y ella no habían platicado sobre eso y que, la tía lo dijera de esa forma, sonaba a imposición. Candy no deseaba que a Terry le fuera impuesta tal cosa.

—Así será, señora Elroy. Por favor no se preocupe, que yo lo tengo bajo control —se apresuró a decir Terry.

—Notifíqueme cuando haga su propuesta.

—Por supuesto, será notificada en cuanto eso suceda —repuso, mientras la mujer asentía.

El corazón de Candy, se llenó de una inexplicable satisfacción al escucharlo decir aquellas palabras. Incluso se atrevió a voltear para mirarlo. Terry no dejaba de sonreírle y de hacerle saber que, estaba más que dispuesto, a que su relación pasara a ese nivel.

—Espero que disfrute su estancia en Lakewood, señor Grandchester, pero si no le importa, me gustaría hablar a solas con mi sobrina... ¿Nos permite un momento?

—Por supuesto, muchas gracias por la bienvenida... Candy, estaré esperándote... —avisó, antes de acercarse a ella y besarla con devoción sobre la frente—. Nos vemos... —agregó antes de darse la media vuelta y salir del estudio.


—No pareces asustado... —dijo Archie al ver a Terry saliendo del estudio—. Supongo que todo salió bien, ¿verdad?

—Más que bien... aunque no te voy a negar que, me siento intranquilo, porque Candy sigue ahí...

—Seguramente mi tía tiene algunas indicaciones para ella, no debes preocuparte.

Archie lo estudió por un momento, y entonces recordó lo mucho que Terry protegía a Candy en el colegio. Sí, muy a su pesar, tuvo que reconocer que Terry siempre la protegió. Lo hizo a tal grado, que se sacrificó al abandonar todo lo que poseía, para que ella pudiera seguir estudiando.

—Terry —le llamó Archie, tranquilamente—. Pienso que ahora ha llegado la hora de que tú y yo también hablemos... ven, caminemos por el jardín —pidió el muchacho, al tiempo que Terry lo seguía.

La mansión de los Andrew era algo espectacular. Estaba considerada como una casa de campo, sin embargo, no era menos ostentosa que la propiedad que tenían en Chicago. Terry se puso algo nervioso al ser consciente de eso... los Andrew eran millonarios, los Livingston también y la realidad se reducía a que él no lo era. Su patrimonio, de ninguna forma, podía considerarse como una fortuna.

Tenía la posibilidad de darle una vida muy decente a Candy, y a sus futuros hijos, pero dicha vida no sería tan ostentosa. Sabía que la rubia no le daba importancia a esas cosas, sin embargo, él no podía dejar de sentirse raro al respecto.

—Cuando me enteré de que estabas de nuevo con Candy, prácticamente, me dio un infarto por el coraje que sentí —admitió Archie con pena—. Estaba muy molesto con ella, por la decisión que tomó... pues, yo no confiaba mucho en ti...

—No confiabas... ¿Quiere decir que ahora lo haces?

Archie asintió.

—Bastó con verte a su lado para creer en ti.

—¿Por qué estabas molesto con ella?

—Porque soy estúpidamente conservador y porque... ya sabes... no me gustó el hecho de que te casaras con aquella muchacha —Archie respiró hondo y continuó—. Sé que tu separación con Candy fue de mutuo acuerdo, pero, no puedo evitar ser un idiota protector.

—Tus sentimientos por Candy... ¿Ya cambiaron? —preguntó Terry, con paciencia.

—¿Por qué preguntas eso?

—Por lo que escuché alguna vez, en los jardines del colegio —Terry miró al cielo, rememorando aquél momento y luego prosiguió—. Ese día, Candy me regaló una armónica... y tú... tú le reclamaste por estar acercándose a mí. Ella no aceptó tus reclamos y después apareció Annie... Al final, todo se volvió muy dramático... —Terry volvió a preguntar—. ¿Tus sentimientos hacia Candy, ya cambiaron?

—Por supuesto. Cambiaron desde entonces... no te voy a negar que en aquel tiempo no amaba a mi esposa, porque no me gusta mentir, pero hace años que ya todo es distinto... en un inicio me costó trabajo renunciar a Candy, sin embargo, al final lo logré.

—Archie, tus temores son entendibles, pero, quiero que sepas que yo amo a Candy y que, por nada del mundo, voy a lastimarla.

Archie asintió, mostrándose complacido con lo que escuchaba.

—Lo comprendo y te doy las gracias por escucharme. Sé que tú y yo, nunca hemos sido amigos, no obstante, yo espero que con el tiempo, podamos serlo.

—Yo también, Archie —respondió Terry con sinceridad—. Debo reconocer que parte de mi hostilidad hacia tu persona, radicaba en el hecho de que te veía muy interesado en Candy —confesó el castaño—. La vi contigo cuando bajamos del Mauritania, luego en el hotel y después en el colegio... la verdad, es que representabas una amenaza para mí.

Archie lo miró con asombro y luego le preguntó:

—¿Por eso me golpeaste ese día que me equivoqué de cuarto?

Terry asintió.

—Fue por eso... y estoy preparado para admitir que, todas aquellas veces que nos peleamos a muerte, fue por la misma razón.

—Ya que estamos siendo tan honestos... —dijo Archie con cierta pena—. Yo también me declaro culpable. Te detestaba y cualquier oportunidad, era buena para ponerte en tu lugar.

—Bien, es un alivio saber que esas peleas ya no se darán —aceptó el castaño con una sonrisa.

De pronto, silencio invadió a los dos muchachos. Por un largo rato reflexionaron las palabras dichas, aceptando que el pasado había quedado atrás.

—Será mejor que libremos a Candy de las garras de la tía...

—¿Cómo haremos eso?

—Apurando a la cocinera. La tía abuela quiere su comida recién hecha, las mucamas tienen la orden de avisarle cuando la comida esté lista para servir.

—Pues, vamos entonces... —dijo Terry, apurando al chico Cornwell, quien se dirigía rápidamente a la cocina.


Después de comer y de pedirle a Albert que cuidara a su adorado Titán. Candy le ofreció a su novio dar un paseo por los alrededores de la mansión de Lakewood, paseo que Terry, no dudo en aceptar.

—Albert se lleva muy bien con Titán, él le va enseñar algunos trucos a Archie, para que el cachorro y él puedan convivir... así que, señor Grandchester, tenemos mucho tiempo.

Candy lo llevó a caminar por todos los rincones de la casa, contándole como había sido su vida ahí y lo bello que fue cuando ella y Clint llegaron a ese lugar.

—¿Fue aquí, donde conociste a Anthony? —preguntó Terry valientemente, al observar el portal de las rosas.

—Fue justo aquí.

—¿Estas rosas son las que él cultivaba?

—Sí... cuando el murió los jardineros se hicieron cargo de las rosas —Candy suspiró con tristeza y a Terry le contó—. La tía, deseaba deshacerse de todo lo que le recordaba a Anthony, incluso de estas rosas, Elisa la engatusó y por poco logra que se las llevaran todas a los jardines de los Leagan, pero, afortunadamente todo paró y olvidaron aquel saqueo.

—Tu tía es algo... especial... ¿No?

—Sí. Mucho, en realidad.

—¿Qué te dijo cuando se quedaron a solas? —quiso saber Terry, mientras deslizaba sus dedos hasta donde se encontraba la mano de Candy, para tomarla con suavidad.

—Nada malo, solo me hizo saber algo que yo ya sabía.

—¿Qué cosa? —insistió con curiosidad.

—Ella me dijo que soy muy afortunada por tenerte... —confesó Candy con timidez—. Piensa que tu forma de amarme es única.

—Parece que Elroy, no es tan mala como se ve...

—¡Engreído! Dices eso, porque sabes que le agradas y mucho...

Terry la acercó hacia él en un solo movimiento y luego la besó con ternura. Tomó sus labios de forma tan suave y tranquila, que Candy no dudó en dejarse llevar... aún sabiendo que podían ser observados.

—Me gusta el aroma de las rosas... —aceptó al despegar sus labios de los de Candy—. En especial, me gusta el aroma de estas... —Terry señaló las rosas blancas. Candy sonrió con alegría y con orgullo dijo:

—Esas rosas son mías...

—¿Ah sí? —cuestionó él con suspicacia.

—Se llaman Dulce Candy —Terry la miró con atención, como no creyendo lo que ella decía—. Anthony la creó para mí...

«Santo Dios... ¿Cómo puede, un simple mortal, competir con eso? ¿Cómo puedo yo superar ese regalo?», se preguntó Terry, ocultando su infantil descontento. Aunque él era experto en ocultar emociones negativas, en esa ocasión, Candy sí pudo percibir su tierno enojo y aquello la hizo reír por dentro, esos celos tan irracionales, terminaban por halagarla.

—¿Quieres conocer la cabaña de Albert? —preguntó, deseando que Terry saliera de su mutismo y volviera a sonreír.

—¿Esa cabaña está lejos de aquí?

—Tan lejos, que es preferible que vayamos a caballo.

Terry sonrió con perversidad y susurrando en el oído de la Pecosa, quiso saber una cosa más...

—¿Tu hermano-padre sabe que vamos a estar ahí?

—No...

Ambos rebeldes se dirigieron a los establos y luego de tomar un caballo, se dirigieron a la cabaña que Albert tenía en el bosque.

—Lakewood, es exactamente como lo describiste... —mencionó Terry, mirando a su alrededor, dejándose envolver por el verde paisaje y el agradable aroma a hierba fresca.

—¿Eso quiere decir que te gusta? —interrogó Candy.

—Eso quiere decir que me encanta... —contestó él, mientras seguían montando—. ¿Esa casa de allá, es la de los Leagan?

—Sí.

—¿Qué asuntos tiene tu tía con ellos? ¿Será que nos los vamos a encontrar en la mansión cuando regresemos? —preguntó el muchacho, con cierto disgusto.

—No lo creo... por lo que sé, están tratando el divorcio de Elisa... y eso no la tiene contenta, los Leagan no pisarán la mansión en estos meses, o quizá nunca.

—¿Elisa divorciada? ¿Quién lo creería? —dijo Terry, abriendo desmesuradamente los ojos—. ¡Cielos! Lo que de verdad me sorprende es que alguien haya querido casarse con ella —culminó con una gran carcajada.

—Su matrimonio no fue lo que ella esperaba, su esposo no tenía dinero y ahora se hará rico a costa de sus chantajes.

—¿Cómo que chantajes?

—Parece ser que Elisa tiene un amorío con su chofer, él los descubrió y ahora amenaza con hacerlo público. La tía abuela le dará el dinero que pide para que los Andrew, no se vean manchados con las acciones de Elisa.

—En esta vida todo se paga, no hay duda de eso. Elisa es un ser realmente despreciable y en algún momento, el destino le cobraría todas sus maldades —Terry miró a Candy, ella sentía pena por Elisa, pero, sinceramente, él no la iba sentir. Ya había admitido que la pobre Nina estaba loca, en eso estuvo de acuerdo estaba aliviado de que estuviera en el manicomio, sin embargo, Elisa era una loca que seguía suelta, por ella, no iba tener pena alguna—. El que a hierro mata, a hierro muere... ¿No le gustaban mucho las trampas y chantajes? Pues ni modo Candy, ahí tiene lo que le corresponde... ¿Estamos muy lejos de la cabaña? —preguntó con el afán de terminar la conversación ahí.

—No... la cabaña está justo allá, mira...

A lo lejos, se alcanzaba a ver la hermosa construcción que por ellos esperaba. De nuevo, no era lo que Terry imaginó, aquella parecía otra casa y no una simple cabaña. Se rio en sus adentros... ¿Los Andrew era ostentosos por naturaleza? Alguna vez, el vivó así, junto al duque quien tenía casas para todas las estaciones del año, pero después de vivir como un simple mortal lo hacía, todo eso le parecía exagerado.

—¿En dónde dejaremos a los caballos? —preguntó el castaño, ansioso por bajar de una buena vez.

—Albert construyó un pequeño establo. Dejemos que los caballos se relajen un momento ahí...

Así lo hicieron, bajaron de los caballos y los pusieron en el establo, para resguardarlos de los calurosos rayos del sol.

—¿Segura que nadie vendrá acá?

—Todos tienen sus ocupaciones, no vendrá nadie... ¿Por qué lo preguntas?

—Porque tengo muchas ganas de ti... y quiero que concluyamos eso que dejamos pendiente en el tren.

—No dejamos nada pendiente, querido...

—¡Por supuesto que sí!

—Mi mente no lo recuerda con claridad... —fingió Candy.

Terry la tomó por la cintura y lentamente la acercó a él, para pegarla a su cuerpo y hacer que ella sintiera su erección.

—¿Tu mente está más clara ahora?

Candy lo miró con los ojos llenos de deseo y negó enérgicamente con la cabeza.

—Para nada, en realidad, ahora estoy más confundida... tiene razón, entremos para que me lo explique con más detalle... milord...

«Milord» ... aquel sobrenombre, era el que detonaba la pasión en Candy, Terry lo sabía y por ello supo que su sed de ella sería saciada.

—Sus deseos, son órdenes para mí, milady...

Expresó Terry, antes de sorprenderla y alzarla en sus brazos, listo para llevarla a la cabaña y hacerla suya, nuevamente.

La cabaña de Albert, había sido remodelada por completo, Candy contaba con su propio cuarto, incluso Annie y Archie también tenían el suyo, aquella casa era un refugio para cuando alguien deseaba pasar algún momento de paz o esconderse un rato cuando en la mansión había visitas indeseables.

—¿Cuál es su habitación señora?

—Aquella... —señaló Candy, embriagada por el deseo.

Terry no necesitaba más información. Rápidamente se dirigió al cuarto y una vez ahí, cumplió los deseos de su adorada Candy. Le entregó toda la pasión que guardaba y es que, no importaba cuántas veces ya habían hecho el amor, cada encuentro les resultaba más apasionado. Estaban maravillados, porque, antes, ninguno de los dos sintió tal cosa. En el pasado jamás se comportaron de aquella insaciable manera.

—Te amo... —le recordó Candy, en cuanto sintió que él se derramaba dentro de ella—. Te amo mucho Terry... —reafirmó al tiempo que él le sonreía y se acomodaba sobre su pecho, mostrándose exhausto.

—Te amo también, preciosa... —respondió con el poco aliento que le quedaba, cambiando de posición para poder tener a Candy entre sus brazos.

Ella lo entendió y con rapidez se acomodó sobre él, permitiendo que la abrazara, mientras ella acariciaba con suavidad su bien torneado torso, intentando reconfortarlo y disminuir su cansancio.

No dijeron nada más, se dedicaron a reflexionar por unos momentos y a disfrutarse en silencio. Ella, no dejaba de pensar en lo grandiosa y completa que se sentía; él pensaba en lo afortunado que era y en lo dichoso que sería cuando, por fin, Candy se convirtiera en su esposa... no más tiempo contado, ni prisas para amarla... tener a Candy junto a él, para siempre, era lo que más deseaba en la vida.

Al notar que Candy se quedaba dormida, Terry no pudo hacer más que sonreír, posó un beso sobre sus rizos y la dejó que se perdiera entre sus sueños.

Mientras la observaba durmiendo, un inexplicable sentimiento se apoderó de su ser. Parecía que por fin, las posibles consecuencias de lo que habían hecho, llegaban a su cabeza. Tenía que convencerla de aceptar casarse pronto y es que él no estaba siendo cuidadoso con ella, fácilmente se olvidó de tomar precauciones, mismas que siempre tomó con otras mujeres.

«Quizás, ya estés embarazada, Pecosa...», se dijo Terry, sintiéndose dichoso al imaginar esa posibilidad... «Si es así, seré el hombre más feliz del mundo...» pensó con auténtica alegría... «Y si no lo estás. El intento le seguiremos haciendo...», amenazó con una amplia sonrisa, al tiempo que abrazaba más fuerte, a la mujer que tanto amaba.