Capítulo 10: Caminos que no deberían cruzarse
"A veces soñando también existe la posibilidad de reencontrarse"
A
Kushina Uzumaki vivió la peor noche de su vida en años. Como en un deja vuh, se había visto atrapada de nuevo en el estacionamiento de un edificio, huyéndole a la locura climática que parecía ensañada y decidida en causar estropicios sobre la ciudad y su población. Nada más ingresar al oscuro estacionamiento, llevando de la mano a Naruto, pudo percibir que no fue la única ciudadana ajena al edificio que buscó cobijo en el complejo; personas de diferentes edades ingresaban presurosas, sorprendidas con los terrones de hielo que golpeaban todo a su paso.
La administración del edificio, que resultó ser un modesto hotel con muy pocas habitaciones disponibles, hizo lo que pudo para compadecerse de los individuos que no tenían modo alguno de llegar a sus hogares y destinos luego de la inaudita tormenta de hielo que caía sobre ellos y que causaba millonarios destrozos. Kushina, que no quería pasar la noche en el vestíbulo como algunos de los sujetos que se contentaron con un espacio en el sillón y una delgada manta que la traspasaba hasta el aire, se apresuró a arruinar de nueva cuenta su bolsillo y tomar una habitación.
La noche, que de por sí había iniciado de la peor manera, fue empeorando gradualmente, conforme transcurrían los tensos segundos y minutos. Había ingresado en la habitación con Naruto, admirando por la ventana con barrotes la tormenta que levantaba hojas y basura y que rápidamente había convertido las animosas calles en desiertos de miedo.
La mujer organizó la habitación, se sentó en el colchón y sacó su celular. En el chat del grupo sus compañeros de trabajo informaban de la imposibilidad de llegar a la reunión de trabajo, algunos quedaron atrapados en calles cercanas, como ella, y esperaban oportunidad para volver con sus familias. Tres de sus compañeros, sin embargo, habían alcanzado a llegar al restaurante y en ese momento se encontraban encerrados en aquel lugar.
Kushina se limitó a informar que ella estaba bien y apagó la pantalla. Sintió un escalofrío en la espalda y, con suma lentitud, buscó a Naruto que se había detenido estático a un lado de la puerta. El niño abrazaba su bolso de nubes rojas y no parecía parpadear, tampoco sonreía o se veía preocupado. Kushina pensaba que cualquier otro chico en su posición, atrapado con una desconocida en medio de una tormenta, estuviera desesperado por volver con sus padres, pero este niño se limitaba a mirarla sin expresión.
La mujer se armó de valor, inspiró hondo y trató de hacer a un lado la sensación de inquietud que empezaba a consumirla. Se esforzó en sonreír, pero sus labios se negaron a formar el gesto. Se aclaró la garganta, intentando deshacer el nudo que no dejaba formar palabras, y se dirigió al niño.
—Debemos avisar a tus padres —dijo, impregnándole a su voz toda la autoridad que pudo—. Deben saber que estás aquí.
El niño no respondió, no parpadeó, ni siquiera se movió. Kushina insistió.
—Tus padres deben saber dónde y cómo estás —razonó, arqueando las cejas—. Debes darme un número de teléfono para llamarlos, deben estar muy preocupados…
—Mi padre no me quiere —la interrumpió, convirtiendo su voz en un airoso susurro—. No se preocupará.
Kushina pasó saliva, jugueteando con sus manos. Tuvo que luchar contra el halo de frío que reptó por su espalda, robándole el aliento. Tantas veces había escuchado esa misma frase, tantas veces la había pensado ella misma… Apretó los parpados, respirando hondo. Quizá el niño era huidizo, quizá le gustaba escaparse y preocupar a sus padres para que le prestaran atención. En su vida había dado con niños, incluso adultos, que, ante el desafecto y desatención de sus allegados, cometían actos imprudentes para ganar un batir de ojos en su dirección.
La joven mujer se levantó de la cama y se movió en dirección del niño.
—Debo hablar con ellos, puedo meterme en problemas por tenerte aquí y no informar —argumentó, intentando desarmar la negativa de Naruto. Este se limitó a mirarla con los ojos azules bien abiertos, tan quieto que parecía ni siquiera respirar.
—Naruto…
El niño se movió, esquivándola, y caminó hasta la cama. Kushina se armó de paciencia y se giró, pero el chiquillo se subió a la cama, hizo un ovillo con su cuerpo y le dio la espalda. Ella intentó acercarse, pero se contuvo y se dejó caer contra la pared a un lado de la puerta, hasta quedar sentada con las piernas recogidas contra su pecho.
La verdad era que empezaba a cansarse, se sentía confundida y sobre todo temerosa. La situación era de los más alarmante, encerrada en esa habitación con un niño de palabras extrañas que le erizaba la piel cada que abría la boca y dejaba salir frases cripticas que azuzaba pesadillas.
En su infancia, ella tenía tendencia a las pesadillas. Tenía una gran imaginación y ello se proyectaba en su subconsciente, tantas veces había despertado de pesados sueños, empapada en sudor y un grito atronador atorado en su garganta. Una niña que temía dormir, pues era cuando demonios de diferentes formas y tamaños acudían para atormentarla en su estado onírico en el que nada podía hacer para defenderse.
Kushina cerró los ojos y pasó una mano por su cara. Las luces parpadearon sobre su cabeza y el viento aumentó su violencia sobre las ventanas. Cuando abrió los ojos, las luces se apagaron por completo y el edificio se sumió en la oscuridad. La figura del niño apenas se recortaba ante la tenue iluminación del cielo nocturno sobre el cristal de la ventana, su espalda pequeña, la desprotección en su postura.
De pronto, la mujer fue muy consciente del bombeo frenético de su corazón, de la sangre que corría velozmente por sus venas, atronadora sobre sus muñecas. Kushina trató de tomar aire, pero la oscuridad se hizo densa, como si ejerciera fuerza gravitacional sobre sus pulmones. La figura del niño se hizo borrosa, su respiración se hizo hueca.
Las palabras del niño en su breve conversación horas antes dentro del auto, regresó a su mente, formando un torbellino de voces en su cabeza. Recordaba la noche en la que lo vio por primera vez, con su ropa mojada, agazapado en un helado estacionamiento. Sus ojos incrédulos, como si no terminara de entender por qué ella le estaba hablando. Kushina pasó de nuevo las manos sobre su rostro, esta vez temblando.
Era una mujer fuerte, su infancia restrictiva y juventud beligerante habían forjado su carácter retador, pero la inexplicable situación a la que se enfrentaba amenazaba con sobrepasar sus barreras personales. Volvieron a ella las innumerables pesadillas que la atormentaban desde que había conocido a Naruto, las voces que le gritaban, que la acusaban del dolor causado… recordó la nube negra que le urgía detener lo que fuera que estaba sucediendo, recordó la carretera con baches, la luz de la camioneta que se acercaba a gran velocidad por el camino de piedra… recordó la luz de luna cerrándose sobre la imagen de un niño con brillantes ojos rojos que aparecía ante ella de improviso…
…no fue la última vez que nos vimos…
…una noche, en la carretera. Sé que lograste verme…
…no me apartaré de ti…
Kushina se puso en pie, su corazón martilleando con locura. Sus alarmados ojos purpúreos miraron la estancia de esquina a esquina, como si el lugar se hubiera hecho más chico y apretado; carente de oxígeno, difícil de respirar. Tanteó con su mano, buscando el pomo de la puerta. Naruto parecía dormir sobre la cama, quieto, demasiado quieto… su respiración no hacía ruido, no había suspiros ni ronquidos, solo quietud. Tensa y asfixiante quietud.
Abrió la puerta y salió al pasillo. Se tambaleó en la oscuridad con sus zapatos de tacón, tratando de guiarse con su mano en la pared. Estaba en un tercer piso, el elevador en el pasillo a la izquierda y las escaleras por la derecha. Era una locura intentar bajar escaleras en penumbras y calzando tacón, pero sus pies solo obedecían a la inquietud que le urgía alejarse más y más de la habitación.
Siguió las luces fluorescentes de la salida de emergencia, escuchaba voces más adelante, quizá de inquilinos que comentaban sobre la falta de energía. La muchacha los ignoró, bajando escaleras tras escaleras. ¿A dónde iba?, no lo sabía, ¿de qué huía?, ¿Por qué? No se detuvo a responder las preguntas que acudían a su frenética mente.
Llegó a la segunda planta, agarró las faldas de su vestido e inspiró profundo, buscando el recodo para bajar a primer piso. En ese momento, sin embargo, cuando el aire ingresó a sus vías respiratorias altas, tuvo que encorvarse y toser; primero con torpeza, luego con auténtico desespero y necesidad. Había en el aire un profuso aroma de carne descompuesta avivada por el calor de un día soleado.
Kushina tosió dolorosa y profundamente, mientras corría con aturdimiento por las escaleras. Tapó su nariz, tratando de amilanar la nauseabunda nube que envolvía el edificio. No fue consciente de la distancia, cuando se dio cuenta se encontraba en la entrada del estacionamiento del hotel y buscaba entre lágrimas su automóvil. Sabía que no podía salir a las calles, no con la tormenta de hielo que caía sin control alguno sobre el asfalto, pero su sentido de huida la conducía hasta el único lugar seguro que tenía al alcance.
Llegó al vestíbulo, alejándose tanto de la habitación como del horrible aroma agrio y dulzón que la perseguía. Siguió la luces fluorescentes hasta las escaleras del estacionamiento, no importándole la oscuridad aún más densa que la recibió en el espacio colmado de ozono y humedad.
Corrió como pudo hasta su coche rojo, pero antes de llegar a él, su mirada enloquecida chocó con una camioneta blanca que le produjo un relámpago de dolorosa familiaridad. Se detuvo en seco frente a la camioneta, parpadeando con cautela. Miró entre las penumbras, buscando la llanta izquierda delantera; fácilmente podía imaginar el recorrido en la carretera, el polvo que levantaban las ruedas sobre los baches y piedras, el estruendo cuando giró su volante y los dos autos se encontraron de frente.
La camioneta emitió el pitido de seguro afuera y Kushina no pudo evitar pegar un respingo. Una figura se acercaba con linterna en mano y la muchacha casi olvidó que minutos antes corría buscando el refugio de su coche. Miró atentamente al individuo que se acercaba, entre curiosa e impresionada, ¿sería posible?
Realmente esperaba ver aparecer detrás de la linterna al hombre alto y atractivo en el que había pensado más de lo socialmente sano y aceptable, casi podía sentir el aroma de la colonia que había quedado encerrada en su coche después del corto trayecto que compartieron, casi podía percibir sus rasgos definidos y cordiales entre las sombras, el brillo de su mirada y la sonrisa encantadora en sus labios.
Se llevó una enorme decepción cuando quien se reveló tras las sombras era, en realidad, un chico muchísimo más joven, de postura apática y mirada aburrida, que frunció el entrecejo cuando la vio de pie frente a la camioneta. Debía aceptar que su mirada enfebrecida, el cabello rojo desordenado que escapaba a la descuidada coleta y los brazos cruzados que temblaban de frío no debían dar una buena imagen de sí misma.
—¿Acaba de llegar? —preguntó el chico, con un deje de extrañeza.
Kushina negó, dejó salir el aire con fría desilusión y se volvió en dirección a su auto, sin decir nada. Caminó con cuidado, escuchando el eco del tacón y admirando el vaho de su respiración. Hacía muchísimo frío, lamentó no tener un suéter bajo el que pudiera arrebujarse y hallar cobijo. Llegó a su auto, quitó el seguro y entró. Solo entonces, cuando se supo sola, rodeada de oscuridad y silencio, dejó fluir sus emociones.
Primero fue un intento de risa que tembló en el último instante, convirtiéndose en un sollozo. Sus manos taparon su rostro, sus ojos se cerraron y apenas pudo contener la oleada de incertidumbre que descolocaba su vida de un tiempo para acá. Las pesadillas, aquellas que desde niña la perseguían y le impedían dormir, volvían a su vida y parecían querer traspasar el plano de lo intangible y hacerse realidad.
—Son solo pesadillas —decía su madre en un intento por calmarla, cuando su padre no estaba alrededor. Él desaprobaba las atenciones que su gentil madre quería tener con su hija cuando despertaba con miedo en las noches sofocantes de Uzushio—. Cuando abres los ojos, los monstruos de tus sueños no podrán alcanzarte.
Los labios de Kushina temblaron, tratando de recordarse a sí misma que ya no tenía 5 ni 10 años. Era una mujer adulta e imperfectamente autosuficiente. Era una persona pragmática, que creía en lo que podía ver, oler y tocar. No creía en cuentos de hadas ni historias de terror, no se deshacía por palabras bonitas ni por paquetes con moños rojos. Trató de respirar profundo, de tranquilizarse, pero los latidos de su corazón no disminuyeron su desenfreno.
Una lágrima bajó, ella se apresuró a limpiarla. Los terrores nocturnos parecían alcanzarla; por algún motivo, después de años sin pesadillas, estas regresaban y querían adueñarse no solo de sus sueños, sino de su vida lúcida, del mundo tangible del que se creía tan dueña.
Otra lágrima bajó, esta vez no la limpió. Por eso quiso viajar al pueblo de sus padres, quería hablar con su madre, pero no se atrevió; que una niña esté asustada por pesadillas era esperable, molesto, pero dentro de la normalidad. Pero que ella, ya una adulta con una vida de responsabilidades de diferente índole acudiera a su madre por problemas para dormir y sueños lucidos cuando estaba despierta, ya era una cuestión diferente.
En su mundo había algo peor que temerles a los monstruos bajo la cama siendo adulto, incluso peor que ver sombras negras que le hablaban y niños de ojos rojos en una carretera en medio de la nada: terminar en un psiquiátrico por creer que esas sombras parlantes y esos demonios con formas humanas eran reales. Peor que ver lo que no debía ver, era decirlo a la persona equivocada y ganar miradas estupefactas en su dirección.
Antes de darse cuenta, Kushina apoyó la mejilla en el volante y se quedó dormida. Fue un sueño inquieto y violento, de sueños y pesadillas, de aromas nauseabundos y caminos calcinados, de la visión de cuerpos descomponiéndose a la luz del sol, de risas maquiavélicas y gritos tormentosos.
Cuando despertó, la luz de la mañana se filtraba en el estacionamiento. Enderezó la postura y el dolor punzante en su espalda le produjo un quejido entre dientes. Frotó su espalda, deseando estirar las piernas que empezaban a doler detrás de las rodillas. Antes de salir del coche, miró su reflejo en el espejo y no pudo evitar un gruñido de insatisfacción.
Profundas ojeras rodeaban sus ojos ligeramente hinchados. La noche anterior no había retirado su maquillaje, mismo que ahora embadurnaba su rostro de forma irregular, como una mancha quebradiza. La coleta de su cabello se había desecho, permitiendo a su cabello caer libre y salvajemente sobre su rostro y espalda.
Buscó en la guantera del coche y sacó la cosmetiquera que guardaba para sus contadas situaciones de emergencia, retiró el maquillaje como pudo, recogió de nuevo su cabello y salió del auto. Pasó frente a la camioneta blanca sin detenerse, aunque le fue imposible no mirar en su dirección y fruncir un poco las cejas.
Desanduvo el camino que transitó durante su apresurada huida, sintiéndose de repente tonta por haber corrido de la manera en que lo hizo. A la luz del día, los temores nocturnos perdían contundencia e importancia. En el camino intentó quitar las arrugas de su vestido, aunque ya sabía que sería imposible. Le quedaba la tranquilidad de que no era a única con mal aspecto recorriendo los pasillos del hotel.
No se sorprendió cuando llegó a la habitación y esta se encontraba desierta. Las sabanas de la cama estaban lisas y pulcras en las esquinas, sin rastro alguno de que alguien hubiese dormido sobre ella. Kushina buscó en el cuarto de baño, en la tina sin agua e incluso debajo de la cama; Naruto no se encontraba.
Sin saber realmente cómo actuar, lavó sus dientes, echó agua en su rostro y, sintiéndose tan enferma como su aspecto lamentable sugería, se dio la vuelta y se alejó por el pasillo. Debía buscar respuestas.
Las llantas del coche se deslizaron por las calles de la pequeña ciudad, con cuidado, muy lentamente. Desde su lugar como copiloto, Minato observó pasar por la ventana la imagen del desastre que la impresionante caída de granizo causó sobre el desprevenido poblado. Curioso e intentando ignorar el punzante dolor de cabeza que empezaba a extenderse por su cráneo, miró las tejas de una casa caídas y rotas sobre dunas de hielo, la rama de un viejo árbol quebrada sobre el viejo techo.
Una calle más adelante, un móvil de bomberos se aproximaba para atender la emergencia en una calle cercana rodeada por una tímida nube de humo. Minato elevó una ceja cuando vio pasar un helicóptero que sobrevolaba la zona, quizá evaluando desde las alturas el daño sobre la ciudad. Vio caminar personas por las calles, envueltas en gruesos abrigos de cuero, sus pasos lentos e inseguros. Admiraban, a su vez, los estragos que la enloquecida naturaleza había cometido sobre Hikiri.
Esta ciudad no tenía nada de especial para Minato. Un poblado en el que solo había puesto pie en contadas ocasiones y que además nunca se había detenido a valorar. Una ciudad pequeña, con solo dos autopistas, una sola institución de educación superior y un par de hospitales de nivel III. Ignoraba cuántos centros comerciales había, cuántas salas de cine, parques temáticos o zonas residenciales. En realidad, no era un lugar al que él mirara más de dos veces o si quiera contemplara para visitar.
El taxi siguió moviéndose por las accidentadas calles de la ciudad, en algunas ocasiones tuvieron que dar vuelta al toparse con calles cerradas u objetos atravesados en la vía. Se encontraron de frente con autos abandonados, golpeados y rayados por el granizo, en otra los equipos de emergencia habían cercado dos manzanas enteras por un escape de gas domiciliario a consecuencia de una avería en las redes del servicio.
—Tendremos que girar en contravía —advirtió el conductor cuando dos agentes de tránsito les indicó que esa calle también estaba cerrada.
Minato agradeció haber decidido tomar taxi, no podía imaginar al joven Kakashi conduciendo por el caos de una ciudad que no conocía y que se encontraba en ese estado tan lamentable. El conductor del taxi manipuló los canales de la radio, hasta que sintonizó una línea de música que Minato intentó ignorar.
Su sinuosa visita en el aeropuerto empezaba a pasarle factura. Le dolían las piernas tras tantas horas sentado, sin poder descansar o siquiera recostarse. La costillas también se habían resentido, tenía cierto malestar cada que inspiraba profundo o intentaba bostezar. Eso sin mencionar el dolor de cabeza que ya palpitaba en su sien.
Minato parpadeó, intentando apaciguar el dolor que minuto a minuto se incrementaba y extendía. Llegó al punto en el que, cuando pasaba frente a un solitario parque, tuvo que llevar sus manos a la frente y apretar los parpados con fuerza. Cuando el coche se detuvo frente a un edificio de pocos pisos, empezaba a sentir nauseas.
—Ten.
Pagó la carrera, sacó su maleta de la cajuela y caminó entre parpadeos hacia la puerta de entrada. En su camino, ignoró los trozos de hielo que se derretían en las cunetas de la calle, las ramas y hojas que salpicaban aquí y allá en la fachada del hotel que una mujer mayor empezaba a barrer.
Una figura conocida interceptó su camino nada más verlo. Minato asintió en respuesta al saludo de Kakashi, pero no permitió que el chico tomara la manija de la maleta. Siguió caminando, aunque su paso empezó hacerse inestable a medida que el dolor de cabeza lo cegaba.
—¿Se encuentra bien? —preguntó el chico. Su rostro usualmente relajado se mostraba ceñudo—. Se ve pálido…
—Necesito descansar.
No había dormido bien en días, tampoco se había sentido bien en semanas, quizá hasta meses. Había tenido que resolver tantos problemas e inconvenientes que, según él, era esperable sentir un poco de dolor y cansancio, esto último no solo físico sino también mental. Pensándolo así, no le vendría mal un plato de comida caliente, un poco de sopa de jengibre y pescado cocido.
—Viajaremos mañana, entonces —afirmó el joven con tono convencido y seguro.
Minato abrió la boca, quizá para descartar la muestra de consideración del chico, pero luego lo pensó mejor y asintió. Era mejor, dormiría un poco, se recuperaría y luego desaparecería unos días más en su pueblo natal hasta que sintiera renovadas sus fuerzas físicas y pudiera regresar a Konoha con la frente en alto. Las personas que llenaban su buzón de voz y que exigían su presencia en la ciudad podían esperar un poco más, quizá algunas semanas.
—Viajaremos mañana —asintió Minato, cuando entraron al elevador—. Puede ser a medio día.
—Pero llegaríamos en la noche a casa…
Minato sonrió, pese a la pulsión del dolor en su frente.
—¿Le tienes miedo a las calles oscuras, Kakashi?
El joven se cruzó de brazos y frunció las cejas, pero no respondió. Minato quiso reír, pero el dolor se intensificó y la sonrisa se convirtió en una mueca. La puerta se abrió en el tercer piso y ambos salieron, Kakashi aún ofendido y Minato parpadeando y a paso quizá menos enérgico que de costumbre.
Llevó una mano a su cabeza, siguiéndole el paso al joven que pronto se giró hacia él, con una ceja enarcada por su lentitud. El hombre mayor, sin embargo, no respondió a su muda pregunta, su atención había recaído en una figura que se acercaba en el pasillo.
Era una mujer joven, de rasgos suaves y rostro ligeramente redondeado. Su apariencia habría resultado dulce, de no ser por el ceño fruncido que atravesaba su expresión y su aspecto ligeramente descuidado.
Pero lo que dejó de piedra al listo Minato no fue los rasgos interesantes de la chica, ni el elegante pero arrugado vestido verde que rodeaba su joven figura, tampoco la mirada sorprendida que ella le devolvió, ni el brinco nervioso de su estómago cuando la reconoció, sino lo que vio -o creyó ver- al lado de ella.
Era una forma brumosa que se retorcía en tonos ónix, apareciendo y desapareciendo entre cada parpadeo. La estancia se hizo pesada, las paredes del pasillo parecieron cerrarse sobre él. Su corazón palpitó acelerado, después los latidos perdieron fuerza y su rostro se perló de sudor frio, su respiración convirtiéndose en un tembloroso suspiro, superficial y lento.
Llevó una mano a su cabeza, con la súbita sensación de que se desmayaría. Apretó los parpados, apoyándose en la pared. Sintió el agarre de Kakashi sobre su brazo, como si un cristal los separa. Cerró los ojos y apretó los dientes; el dolor de cabeza se incrementó, haciéndose insoportable.
Su mano soltó la manija de la maleta cuando un fogonazo de luz atravesó las brumas del dolor y creyó percibir el aroma del incienso en su nariz, el ruido de sollozos a su alrededor y el de un temor insano reptando por su pecho. Trató de apartar la inexplicable imagen en su cabeza, intentó abrir de nuevo los ojos y enfocar a la sombra.
No obstante, ante los ojos sorprendidos de Kakashi, el cuerpo de Minato perdió fuerza y quedó inconsciente.
—Hay que hacerlo —decía un voz, lejos, muy lejos, las palabras casi inaudibles.
—Debe haber otra manera —insistía una mujer, su angustia palpable.
—No la hay —se escuchaba decir, pero no era él, aunque podía percibirse como si lo fuera—. Lo has intentado todo…
—¡No voy a rendirme!
El ruido de una taza de barro rompiéndose en el piso, luego el de unos pasos corriendo sobre un charco de agua.
—Si intentas detener esto, me obligarás a tomar otras medidas que no quiero.
Voces acaloradas, risas alegres de un niño, el llanto de un bebé, gritos de horror.
Ya no se encontraba en la recepción de un hotel, ahora lo rodeaban paredes de shoji consumidas por el fuego. El aire azotaba en el interior de la estancia, a pesar de la ausencia de ventanas y puertas. Una figura con velas iluminaba el centro de la habitación, y él miraba a la criatura en el centro.
Era un niño, cubierto de cenizas, el cabello alborotado y sucio. Su rostro pequeño y redondeado trasmutaba entre expresiones de odio y locura, para luego transformarse en gestos de pánico e inocencia. Su mirada cursaba entre dos iris rojos que brillaban con presagios de dolor y muerte, para luego convertirse en una mirada azul de inocencia corrompida por el sentimiento de traición.
Minato apretó de nuevo los ojos, buscando borrar la escena de su mente; pero esta persistía, incluso más nítida que antes. Percibía la acusación del niño humano, el odio del demonio. El tormento del alma humana que se elevaba en el aire, el miedo que producía la criatura del mundo oculto.
El niño humano se sentía traicionado.
El demonio le odiaba.
Entonces en su mente resonó una promesa.
—Este no es el final —dijo, mitad sonrisa maligna, mitad mirada humana y asustada—. Me vengaré de ti, papá.
El hombre que no era Minato, pero a través del cual él miraba, cerraba los ojos, y se preguntaba quién de los dos hacía la promesa. ¿El demonio sediento de sangre?, ¿o el niño que lo amaba y que no entendía por qué sus padres buscaban una manera de deshacerse de él?
Un segundo era el bebé al que había cuidado, alimentado y vestido. Al que había enseñado a hablar, caminar, jugar y correr. Quien lo miraba con amor y admiración. El que estiraba los puños regordetes cuando lo veía llegar.
Luego era la criatura de las pesadillas, sedienta de sangre, hambrienta de muerte; impregnado en el hedor de los cadáveres y el miedo de los desdichados que lo último que veían era el pozo profundo y hiel de sus ojos rojos.
Dos almas, dos identidades, un mismo ser. Eliminar a uno, significaba eliminar al otro también. La peor maldición que podía caer sobre él y su familia. Él había aceptado el castigo de su rebeldía; se desharía de la criatura, aún si su hijo debía desaparecer con ella.
Cuando Minato volvió en sí, con el aroma del alcohol golpeando en su nariz desde una bola de algodón, no recordaba nada de lo que había visto inconsciente.
Disculpen la demora. A pesar de tener unos días sin trabajo presencial, me llené de trabajo de oficina y resultaba muy cansada de estar todo el día de cara al computador. Es imperdonable, lo siento.
Agradezco el apoyo que he recibido en este extraño fic, cada notificación me recordaba que tenía pendiente la actualización.
Este capítulo lo sentí un poco lento, no sé cómo lo perciban ustedes. En los siguientes habrá un poco más de interacción, en parte porque estamos por llegar al nudo y los protagonistas pasarán por acontecimientos que los llevarán a conocerse. Espero estar siendo clara con los detalles que dejo caer en cada capítulo.
¿Preguntas, criticas, tomatazos?
¡Hasta la próxima!
Pd: próximo capítulo el miércoles de esta semana, es una promesa.
Los personajes de Naruto no me pertenecen, son propiedad de Masashi Kishimoto.
