Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Hidden Truths" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia.


Capítulo 14

Jane

Palabras susurradas en ruso. Un movimiento a mi lado. Más palabras, más rápidas y ligeramente más fuertes. Abro los ojos, todavía un poco aturdida porque el sueño se niega a liberar su poder, y tardo unos segundos en darme cuenta dónde estoy. La luz de la mañana baña la habitación con un suave resplandor, y lo único que escucho es el murmullo de Felix. Me doy la vuelta y lo encuentro tumbado de espaldas a mí, su mandíbula rígida y sus ojos cerrados fuertemente. Me siento en la cama y presiono ligeramente la palma de la mano sobre su mejilla.

—¿Felix?

Sus ojos se abren al mismo tiempo que su mano se dispara y rodea mi garganta. Jadeo, agarro su muñeca con las dos manos y tiro, pero no consigo nada.

—¡Dasha! —se burla Felix, su rostro es una imagen de odio.

No hay tiempo para pensar en quién es Dasha, porque incluso con la escasa luz, puedo ver que sus ojos están vacíos. Respiro y obligo a mi cuerpo a quedarse quieto. No me hace daño, pero mentiría si dijera que tener su enorme mano alrededor de mi cuello no es ligeramente alarmante.

—Felix, soy yo. Soy Jane —digo con voz tranquila.

Suelto su muñeca, vuelvo a poner la palma de la mano en su mejilla y, muy lentamente, empiezo a mover la mano hacia el centro de su cara.

—Felix. Por favor, vuelve, grandulón. —Paso un dedo por su nariz—. Me fascina tu nariz, ¿lo sabías?

Parpadea.

—Eso está bien —digo, y vuelvo a deslizar la punta de mi dedo por su nariz—. Vuelve, Felix.

—¿Lisichka? —susurra.

—Sí. Tu secuestradora de camas.

Observo cómo respira profundamente, traslada su mirada a la mano que sigue sujetando mi cuello y se tensa.

—Jesús, joder. —Suelta mi cuello como si se hubiera quemado y salta de la cama. Se tambalea hacia atrás hasta chocar con la pared, y luego se desliza hasta el suelo, mirándome todo el tiempo.

—Me quedé dormido. —Por la forma en que lo dice, parece que es lo más atroz que pudo haber hecho—. No puedo creer que me haya quedado dormido a tu lado.

—Felix...

—Podría haberte matado. —Entierra sus manos en su cabello, cierra los ojos y se golpea la nuca contra la pared—. Lo siento mucho, nena.

Me envuelvo en la manta, salgo de la cama y me arrodillo en el suelo frente a él.

—¡No! —Acaricio su rostro con mis manos—. Es culpa mía. Sirius me advirtió que no te tocara cuando estuvieras dormido. Lo olvidé.

—No es tu culpa que yo esté jodido —dice—. Te voy a llevar a un hotel hoy. No estás segura conmigo cerca.

—No voy a ir a un hotel.

—Bien. Entonces, me iré yo.

Aprieto los labios.

—Tú tampoco vas a ir a ninguna parte.

—Jane...

—No. Los dos nos quedamos aquí. Y encontraremos una manera de solucionar esto.

Levanta la cabeza y me mira con los ojos muy abiertos.

—¿Estás loca? Casi te ahogo, por el amor de Dios.

—Solo me estabas alejando de ti. La próxima vez, esperaré a que estés despierto antes de tocarte.

—No habrá una próxima vez, Jane. No voy a cometer el mismo error y ponerte en peligro nunca más.

—Te desperté en medio de una pesadilla, Felix. Pensaste que era una amenaza. Y aun así, no me hiciste daño.

—Podría haberlo hecho. —Sacude la cabeza—. Tienes que alejarte de mí.

Me inclino hacia delante hasta que mi nariz toca la suya.

—No pasa nada. Volvamos a la cama.

—No. Me voy a la otra habitación. No hay manera que pueda dormir después de lo que pasó, por si acaso.

—Bien. —Asiento—. Me llevo la almohada y me voy contigo. Y para que lo sepas, odio dormir en el suelo. Una vez me fui de campamento cuando estaba en tercer grado. Una de las peores experiencias de mi vida, y esa es una lista muy concurrida.

—No vas a dormir en el suelo, Jane.

—La cama será, entonces. Me alegro que estemos de acuerdo. — Tomo su mano y me levanto—. Ven. Por favor.

Deja que lo levante y me sigue con desgana por la habitación. Me meto en la cama, me muevo para hacerle sitio y doy una palmadita a la almohada junto a mi cabeza. Felix me observa, con el rostro sombrío, y luego se sienta en la cama de espaldas a mí e inclina la cabeza, mirando el suelo entre sus pies. Es evidente que no piensa acostarse. Me muevo para sentarme detrás de él con las piernas a ambos lados de sus caderas, rodeando su pecho con los brazos. Apoyando la mano izquierda sobre su corazón, pongo mi mejilla en su espalda.

Felix respira profundamente y cubre mi mano con la suya. —Estoy jodido, Jane. Muy jodido.

—Está bien. Me gustas tal y como eres. —Cierro los ojos y acaricio su espalda con la nariz.

—¿Quién es Dasha?

Su cuerpo se queda quieto, pero los latidos del corazón bajo mi mano se aceleran. Durante mucho tiempo, no dice nada. No mueve ni un músculo, y estoy segura que mi pregunta quedará sin respuesta.

Pero entonces, empieza a hablar.

—Dasha era mi esposa —susurra, y mis ojos se abren de golpe.

—Nos conocimos por accidente —continúa—, o eso es lo que yo creí en ese momento. Hace seis años. Ella era unos años mayor que yo, camarera en una cafetería que frecuentaba. Tímida. Un poco insegura de sí misma. Era rusa. Vino con un visado de trabajo, intentando conseguir sus papeles. —Se burla—. Era joven. Estúpido. Me creí la farsa. Y, me gustaba ella. Sirius comprobó sus antecedentes, por supuesto. Parecía sólido. Cuando le dije que me casaría con ella para que pudiera obtener su tarjeta de residencia, se puso furioso. Al menos al principio, pero luego dijo que podría ser bueno para mí tener a alguien. Entonces no me encontraba en un buen momento.

—Entonces, ¿te casaste con ella?

—Sí. Se mudó conmigo. Fue agradable durante los primeros meses. —Me aprieta los dedos—. Luego, comenzó a preguntarme por el trabajo. Pequeñas cosas, al principio. Dónde estaba. Qué hacía exactamente. Le dije que trabajaba para el gobierno y que no podía compartir ninguna información relacionada con el trabajo. Empezó a presionar más y más, y se frustró cuando no dije nada.

Respira profundamente.

—Una noche, llegué a casa después de una larga misión. Estaba cansado y sin dormir. Llevábamos seis meses juntos en ese momento, pero había dejado de dormir en nuestra cama dos semanas antes, y pensaba pedirle que se mudara. Me quedé dormido en el sofá. Algo me despertó después. No fue un ruido ni nada similar. Dasha estaba demasiado bien entrenada para dejarse notar.

Tal vez fue por instinto. En un segundo, estaba profundamente dormido, y al siguiente, mis ojos se abrieron bruscamente para encontrarla cerniéndose sobre mí con uno de mis cuchillos en la garganta.

Levanta la mano y la coloca en el lado derecho del cuello, sobre la cicatriz horizontal que noté mientras nos duchábamos.

—Dudé solo un momento, lo suficiente para que ella empezara a rebanar mi piel, en ese momento mi entrenamiento entró en acción. La agarré y le rompí el cuello. —Sacude la cabeza—. A la mañana siguiente, Sirius movió algunos hilos y consiguió buscar sus huellas en la base de datos internacional. Era una agente del gobierno ruso. Encontramos una cuenta de correo electrónico secreta en su teléfono donde recibía sus órdenes. El último hilo de comunicación la mostraba informando que yo no quería hablar y pidiendo permiso para retirarse. La respuesta decía que me matara para no descubrir su tapadera.

Querido Dios—. ¿La amaste?

—No lo sé. Tal vez. —Mira hacia la puerta. No me ha mirado ni una sola vez desde que empezó a hablarme de su mujer—. ¿Entiendes lo que podría haber pasado antes?

Le beso la espalda. —Sí.

—Bien.

Asiente y empieza a levantarse, pero aprieto mis brazos y cierro las piernas en torno a él—. No significa que vayas a la otra habitación.

—Cariño...

—Te vas a quedar —beso su hombro izquierdo—, aquí —otro beso en su brazo—, conmigo.

Dejo que mis manos se desplacen hacia arriba, enganchándolo por debajo de los brazos, y luego desplazo todo mi peso hacia un lado. Él se inclina conmigo hasta que ambos estamos tumbados en la cama.

—Tus demonios no me asustan —susurro en su oído—. Te olvidas que me he criado en la guarida de una hiena, Felix. Puede que sea culta. Mi padre se aseguró que recibiera la mejor educación, pero aun así pasé la mayor parte de mi vida rodeada de hombres malvados o locos.

Tomo su mano y coloco su palma en el costado de mi muslo, sobre la cicatriz por la que una vez me preguntó.

—No me caí de un árbol. Me secuestraron cuando tenía siete años. Una bala me alcanzó cuando uno de los hombres de mi padre me sacaba de un cobertizo donde mi secuestrador me retenía para pedir un rescate.

Aspira y le doy un beso en la nuca. Luego, levanto la mano derecha y extiendo los dedos frente a su cara para mostrarle la larga cicatriz descolorida que cruza mi palma—. Uno de los hombres del complejo intentó violarme cuando tenía trece años. Me corté la mano cuando intentaba quitarle el cuchillo.

—¿Lo hizo? —pregunta Felix, su voz apenas audible—. ¿Te violó?

—No. Estaba demasiado borracho. Cogí su arma, que dejó en la mesita de noche, y le disparé en su asqueroso pene. Gritó como un cerdo siendo sacrificado.

Felix se da la vuelta para quedar frente a mí, y entierra su mano en mi cabello, con el asombro evidente en sus ojos.

—¿Sabes disparar un arma?

Me río.

—Todo el mundo en el complejo sabe cómo usar un arma.

—Está usted llena de sorpresas, señorita Sandoval.

—Es supervivencia, supongo. —Me encojo de hombros—. Hasta mi Nana sabe disparar.

Sonrío, pero me entristece. Me duele pensar en ella, preguntarme si sigue viva—. ¿Puedes recordarle a tu Pakhan su promesa?

—¿Qué promesa?

—Dijo que tratará de conseguir información sobre ella. No estoy seguro si Diego la hirió cuando descubrió que me ayudó a escapar.

—Lo haré, cariño. —Se inclina hacia delante y me da un beso en la frente—. Vuelve a dormir.

—¿Te quedarás?

Siento que su pecho se levanta bajo mi mano mientras respira profundamente.

—Me quedaré.

Sonriendo, entierro la cara en su cuello e, inhalando su aroma salvaje, familiar y reconfortante, cierro los ojos y me deleito con la sensación de sus brazos envolviéndome, y su aliento en mi cabello. Tiene miedo de hacerme daño sin querer, pero lo cierto es que no recuerdo la última vez que me sentí tan protegida como con el abrazo de Felix.

—No te atrevas a dejar esta cama —murmuro y me dejo llevar por el sueño.


Felix

Espero a que Jane se duerma, me levanto, me dirijo al armario para ponerme algo de ropa y rebusco en los cajones hasta encontrar mi alijo de cigarrillos. Tomando el paquete medio lleno y recogiendo mi teléfono por el camino, salgo de la habitación y llamo con un silbido a Mimi, que sube corriendo las escaleras un par de segundos después. Señalo la puerta de la habitación y le doy la orden de vigilar, luego bajo las escaleras y salgo. Pesco el cenicero escondido bajo el primer escalón, tomo asiento en el porche y llamo a Jasper.

—¿Cómo está el chico? —pregunto.

—¡Cristo, Felix! —susurra—grita al teléfono—. Son las cinco de la mañana.

Se escuchan algunos ruidos, probablemente él dirigiéndose a otra habitación, y luego una puerta, cerrándose—. Se pondrá bien. Olga y Valentina han estado ocupadas siendo sus niñeras toda la noche.

—¿Saben que se ha acostado con las dos?

—Bueno, a tenor de la escena a la que me enfrenté cuando fui a verle antes, lo cierto es que sí. Lo encontré tumbado en la cama, con Valentina a su derecha y Olga a su izquierda. Los tres estaban acurrucados.

—Bien.

—Sabes, a veces me pregunto si hay alguien que no esté loco bajo este techo. —Resopla—. ¿Cómo estás?

—Estoy bien. —Enciendo un cigarrillo y doy una gran calada—. ¿Qué vamos a hacer con los irlandeses?

—Hice que Aro y Dolohov quemaran ese bar suyo. Y, envié un mensaje a Patrick, ya que asumo que es él quien se hará cargo ahora.

—¿Oh? ¿Cuál era el mensaje?

—Tienen dos días para abandonar Chicago. Todos los que se queden acabarán muertos.

—¿Crees que lo hará?

—Fitzgerald es un cobarde. Se irán.

—Bien. —Apoyo mi espalda en la barandilla y doy otra calada—. ¿Jasper?

—¿Si?

—Gracias —digo—. Por aguantarme.

Hay unos instantes de silencio desde el otro lado antes que responda.

—No tienes que agradecerme nada, Felix. Eres bueno en lo que haces para la Bratva.

—Sí. Cuando no vuelo cosas o mato a gente que no debería. — Resoplo.

—Bueno, ahí está eso. —Bosteza—. Varya siempre pone demasiada sal en la sopa. Ron destroza coches todos los meses. Supongo que nadie es perfecto.

Me echo a reír. Deja que Jasper haga un paralelismo entre mi caso y la cocina de Varya—. Llámame mañana para contarme cómo te fue con los irlandeses.

Corto la llamada y dejo caer la cabeza sobre el poste que tengo detrás, cerrando los ojos. Esperaba que llamar a Jasper me distrajera de lo sucedido antes con Jane. No lo hizo. Y no tengo idea qué hacer con ella. Aunque sé que sería lo mejor, el mero hecho de pensar en mandarla lejos, hace que quiera montar en cólera.

—¿Felix?

Abro los ojos y encuentro a Jane de pie en la puerta principal, envuelta en una manta, y observándome con preocupación. Tiene los pies descalzos, el cabello enmarañado y en todas direcciones, y tiene marcas del sueño en la mejilla izquierda. Mimi está a dos metros detrás de ella, pero cuando se da cuenta de mi presencia, ladra y se da la vuelta, probablemente dirigiéndose a la sala de estar para dormir.

—Te vas a resfriar —digo yo.

Jane se encoge de hombros, cubre la distancia que nos separa en unos pasos rápidos y se sienta entre mis piernas, apoyándose en mi pecho.

—Es un hábito horrible. —Señala con la cabeza mi mano que sostiene un cigarrillo.

—¿Te molesta?

—No. Solo lo digo.

Apago el cigarrillo y alejo el cenicero.

—¿Está todo bien?

—Sí. —La rodeo con mis brazos y entierro mi nariz en su cabello, inhalando su aroma floral—. ¿Y tú?

—Echo de menos a mi padre —susurra, mirando el cielo del amanecer—. Es extraño. Nunca pasamos mucho tiempo juntos, especialmente en los últimos dos años. Solo iba a México durante las vacaciones de verano, y normalmente era solo por una o dos semanas. Traté de alejarme de esa locura lo más posible. Aun así, lo echo de menos.

—¿No estaban unidos?

—No diría que no estábamos unidos. —Se encoge de hombros—. No nos veíamos a menudo, pero me llamaba todos los domingos por la noche como un reloj. Estaba muy orgulloso que fuera a la universidad. Nadie en mi familia tenía estudios superiores.

—¿Fue tu padre quien insistió en que te mudaras a Estados Unidos?

—Sí. Su principal objetivo era alejarme del cártel, y no quería que volviera a México cada verano, pero necesitaba verlos a él y a mi Nana al menos una vez al año. Eran mi única familia.

Muevo la cabeza hacia el lado de su cuello y la acaricio con la nariz, amando la forma en que se inclina para darme más acceso—. ¿Y tu madre?

—Murió cuando yo era pequeña. Cáncer. Ni siquiera la recuerdo. Siempre fueron solo mi papá y Nana Guadalupe.

—La sacaremos —digo y aprieto mi brazo alrededor de su cintura —. Te lo prometo.

Jane exhala y apoya su cabeza en mi hombro. No creo que me crea, pero me juro a mí mismo que traeré a su Nana aquí, sin importar las consecuencias.

—¿Felix? —susurra—. ¿A dónde vas cuando te desconectas?

Me quedo quieto un momento, sorprendido por su pregunta, y luego apoyo la barbilla en su hombro y miro el horizonte.

—No sé cómo explicarlo —digo—. Es como si estuviera aquí, pero solo parcialmente. Puedo oír y ver lo que ocurre a mi alrededor, pero no puedo controlar mis acciones. Deberías alejarte de mí cuando estoy en ese estado. No quiero hacerte daño, ni siquiera sin querer.

Jane se gira para mirarme, sus ojos encuentran los míos y me sostienen la mirada mientras pone su mano en un lado de mi cara.

—No creo que puedas hacerme daño, Felix. Intencionadamente o no. —Inclina su cabeza hacia arriba hasta que sus labios presionan suavemente contra los míos—. No te tengo miedo, grandulón.

—Deberías tenerlo, Jane —respondo en su boca—. Nunca me viste perderla por completo, nena. Si lo hubieras hecho, habrías salido corriendo y no habrías mirado atrás.

—¿Es eso lo que hace la gente cuando la pierdes? ¿Huir?

—Si son inteligentes, sí.

Jane sonríe y coloca la punta de su dedo en mi nariz, trazando la línea por la cresta hasta llegar a mi boca.

—Bueno, no pienso huir, Felix. De hecho, pienso acercarme aún más y abrazarte hasta que vuelvas de donde sea que vayas. —Su boca encuentra la mía, y mientras sus labios exploran, me olvido por un momento tanto de la sangre como asesinatos. La rabia con la que he vivido constantemente durante tanto tiempo retrocede.