Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Hidden Truths" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia.
Capítulo 16
Jane
Abro la bolsa de comida para perros y busco el cuenco de Mimi mientras unos brazos rodean mi cintura y un beso se posa en mi cabeza.
—¿Por qué no me has despertado? —pregunta Felix y apoya su barbilla en mi hombro, observando cómo vierto comida para perros en el cuenco.
—Apenas eres capaz de dormir. —Lo miro de reojo—. ¿Cuándo piensas empezar a dormir en la cama?
Hace casi un mes que dormimos juntos por primera vez. Desde entonces, cada noche nos acurrucamos juntos en la cama, pero cuando me despierto, Felix está dormitando en el suelo. Intenté convencerlo que se quedara conmigo, pero se limitó a negar con la cabeza, esperar a que me durmiera y trasladarse a su saco de dormir en el suelo, junto a la cama.
—¿Está Sirius por aquí? —Siempre cambia de tema cuando empiezo a hablar de esto.
—No lo he visto —respondo.
—Seguramente está en casa de Marlene. Vamos a pasear a Mimi antes del desayuno.
Felix silba y Mimi viene corriendo por la esquina. Levanta la cabeza para que Felix le rasque el cuello, luego se vuelve hacia mí y me lame la palma de la mano. Todavía me cuesta creer que un perro de aspecto tan temible tenga una personalidad tan suave. Sirius dijo una vez que Mimi puede matar a un hombre en menos de un minuto, pero al mirarla mientras corre alrededor de nosotros, primero dando un empujoncito a Felix y luego a mí con su hocico, me pregunto si solo me estaba tomando el pelo.
—Sé lo que hacían Sirius y tú antes de unirse a la Bratva —digo mientras caminamos por la acera, haciendo que Felix se detenga en seco.
—¿Te lo ha dicho? —pregunta entre dientes—. ¿Cuándo?
—Hace tiempo. —No menciono que la mayor parte la obtuve del Pakhan, y Sirius solo rellenó los huecos.
—Voy a matarlo.
Aprieto su mano.
—¿Cómo fue? El entrenamiento, quiero decir. Sé que no puedes hablar de las misiones.
Felix respira hondo, me rodea con el brazo por la cintura y nos encamina hacia el parque.
—Lo creas o no, me gustó —dice—. No estaba en una buena situación cuando me introdujeron, y me ofrecieron un objetivo. Un sentido de pertenencia, en cierto modo. Me sentí bien. Al menos al principio.
—Cómo eran los otros chicos del grupo. ¿Eran amigos?
—No puedo decir que fuéramos amigos, exactamente. —Se encoge de hombros—. Pero estábamos juntos en esto, por lo que se creó una sensación de camaradería.
—¿Sabes dónde están ahora?
—Uno murió en una misión al principio. David. Era un buen chico. El otro, Marcus, lo maté yo —dice y me mira, esperando mi reacción. Seguramente fue el chico que mencionó Sirius, el que lo atacó mientras Felix estaba desconectado. Lo miro fijamente a los ojos sin parpadear.
—¿Y los demás? —pregunto.
Felix me observa durante unos segundos, luego desvía la mirada y continúa caminando.
—Eleazar y Warner. Eleazar era un tipo extremadamente trastornado. Violento. Agresivo. Cuando se obsesionaba con algo, nadie era capaz de sacarle lo que fuera de la cabeza. Tuvieron que sujetarlo un par de veces. Warner era todo lo contrario. Reservado. Un retraído. En todos los años que pasamos juntos, creo que habló menos de veinte frases con el resto. —Sonríe—. Sin embargo, jugaba muy bien al póker. Ni siquiera Sirius, con todas sus trampas, podía ganarle.
—¿Warner? —pregunto—. Ese es un nombre inusual.
—Es un apodo. Nadie sabía cuál era su verdadero nombre. Él no lo dijo. Kruger, el tipo que dirigía la unidad, intentó sacárselo a golpes. Lo recogió de la calle sin documentos, y cuando buscaron las huellas de Warner, no consiguieron nada. Incluso cuando Kruger le rompió el brazo, Warner no quiso decir su nombre ni nada. Así que acabó siendo solo Warner—Se ríe—. Loco hijo de puta.
—¿Qué pasó con ellos?
—Supongo que Eleazar sigue trabajando para el gobierno. Warner desapareció seis meses antes que Sirius y yo nos fuéramos.
—¿Como perdido en una misión?
—No. Solo desapareció. —Felix mira hacia Mimi, quien está corriendo entre unos árboles, y silba—. Hubo un accidente de tráfico. La mujer de Warner murió a manos de un conductor borracho. Al día siguiente, encontraron su casa reducida a cenizas. Ni rastro de Warner.
—Jesús. ¿Alguien quemó su casa?
—La incendió él mismo.
—¿Cómo puedes estar seguro?
—Todos en la unidad tenían una especialidad. Normalmente me enviaban cuando había que limpiar un lugar de múltiples hostiles. Warner se encargaba de las misiones encubiertas, y cuando necesitaban a alguien muerto sin levantar sospechas era un éxito. Su técnica favorita era quemar las cosas tan a fondo que el equipo forense no pudiera encontrar una mierda.
—¿Crees que sigue vivo?
Felix sonríe.
—Warner es extremadamente difícil de matar. Sigue vivo.
Estamos entrando en la casa cuando suena el teléfono de James. En el momento en que mira la pantalla y ve el número de la persona que llama, su postura cambia de relajada a rígida. Me rodea la cintura con el brazo y me aprieta contra su costado mientras se lleva el teléfono al oído.
—Diego —dice, y me pongo rígida—. ¿Qué puedo hacer por ti?
No puedo oír la respuesta de Diego, pero por la forma en que el brazo de Felix alrededor de mi cintura se relaja, no es algo malo. Exhalo. Por un momento, temo que haya descubierto de algún modo dónde estoy.
—De acuerdo. Esta noche, a las diez. Te enviaré las coordenadas. —Felix corta la llamada—. Esta noche me reuniré con los hombres de Diego. Lástima que no venga.
—Nunca se arriesgaría a venir a los Estados Unidos personalmente —digo—. ¿Crees que sabe que estoy aquí?
—Lo dudo. Habría insinuado algo si lo supiera. —Baja la cabeza y deposita un beso en mi mejilla—. No te preocupes, acabaré con ese hijo de puta tan pronto se presente la oportunidad.
—Felix, no. —Agarro su mano y lo hago girar hacia mí—. Tiene demasiados aliados. Si le haces algo a Diego, uno de ellos te matará.
—Pueden intentarlo. —Sonríe, pero no es una sonrisa a la que esté acostumbrada a ver en él. Es calculada y escalofriante. La sonrisa de un depredador quien tiene a su presa en la mira.
Cada vez que veo a Felix con un traje, me sorprende la transformación. Ya no es el tipo de aspecto aterrador, con el cabello revuelto y cubierto de tinta. En su lugar, se encuentra un hombre de negocios, alguien que podría pasar por director general de una empresa o por político.
Cepillo la inexistente mota de polvo de su chaqueta.
—¿Dónde has quedado con los hombres de Diego?
—En uno de los almacenes. Emmett ya no me deja usar los clubs.
—¿Por qué no?
—La última vez hice un poco de lío.
—¿Qué? ¿Te has emborrachado o algo así?
Se ríe.
—Nunca bebo, cariño. Ya estoy loco de por sí.
—No. —Presiono la punta de mi dedo sobre sus labios—. No estás loco. Y quiero que dejes de decir eso —reprendo, y las comisuras de sus labios se levantan como si hubiera dicho algo gracioso—. Despiértame cuando vuelvas, ¿de acuerdo?
—No volveré antes de las dos o las tres. A los hombres de Diego les gusta hablar.
—No importa. —Me pongo de puntillas para besar ligeramente sus labios, pero él me rodea la espalda con una mano y me aprieta contra su cuerpo, y luego ataca mi boca.
Detrás de mí, Sirius se aclara la garganta.
—Felix. Vas a llegar tarde —dice.
—Que te den, Albert —murmura Felix en mi boca, y luego vuelve a devorar mis labios durante cinco minutos más. Roza mi mejilla con el dorso de la mano antes de irse.
—¿Hubo más episodios? —pregunta Sirius en el momento en que Sergei cierra la puerta tras de sí.
—No. No durante el último par de semanas.
—Bien. —Se dirige al armario que hay junto a la nevera y saca su portátil. Lo lleva a la mesa del comedor y empieza a conectar los cables.
—¿Piensas ver la reunión?
—Sí. —Asiente con la cabeza—. Hay dos cámaras en el almacén norte.
—¿Siempre haces eso?
—No. Pero tengo un mal presentimiento sobre esta reunión.
—¿Por qué?
—No lo sé. Simplemente lo sé. —Enciende el portátil—. ¿Puedes llevar a Mimi a hacer sus necesidades? Tengo que establecer la conexión.
—Seguro.
En el momento en que saco la correa de la percha de la pared, Mimi se precipita a mi lado y empieza a darme codazos en la mano. Agarro la correa a su collar, sabiendo que no serviría de mucho si decidiera salir corriendo. Pesa más que yo, por lo menos veinte kilos. Menos mal que se comporta bien, a no ser que haya flores. Tendré que asegurarme de mantenerme alejada del jardín de la anciana Meggie.
Inicialmente había planeado dar un pequeño paseo, pero es una noche hermosa. En lugar de quedarme cerca de casa, llevo a Mimi hacia un matorral de árboles a unas pocas manzanas de distancia. Estamos casi en el límite cuando veo a una mujer que camina por la acera y mirando hacia nosotros. Me resulta vagamente familiar, probablemente una vecina con la que nos hayamos cruzado antes. Levanto la mano para saludarla. La mujer me observa un segundo, mira a Mimi, luego me devuelve el saludo y continúa por el camino.
Doy un paso hacia los árboles, pero Mimi se queda clavada en el sitio, observando los alrededores y soltando un extraño gruñido en voz baja. No se mueve, ni siquiera cuando tiro de la correa, hasta que la mujer desaparece al doblar la esquina.
—No te gustan las pelirrojas, ¿eh? —murmuro.
Paso casi una hora paseando por el barrio con Mimi. Cuando subo los escalones hasta la puerta de la casa de Felix, ya estoy lista para dormir. Sin embargo, en el momento en que abro la puerta, la voz elevada de Sirius me despeja de inmediato. Está sentado frente a su portátil, hablando con alguien por teléfono, pero cuando me ve, levanta la cabeza.
—¡Ven aquí! —Hace un gesto con la mano y sigue hablando por teléfono—. Intenta acercarte a él por detrás y ponle el teléfono en la oreja. Ten cuidado, Aro. Puede que no te reconozca.
Me apresuro a entrar en la cocina, rodeando la mesa para situarme junto a Sirius. Abro la boca para preguntar qué está pasando, pero cuando mis ojos se posan en la pantalla del portátil, las palabras mueren en mis labios. El vídeo muestra a Felix de pie junto a un hombre tirado en el capó de un coche. La mano derecha de Felix rodea la garganta del hombre mientras golpea su cabeza contra el vehículo. A su derecha, hay otros dos hombres tendidos en el suelo, ninguno de los cuales se mueve. El más cercano a Felix tiene la cabeza girada en un ángulo antinatural, mientras que el otro está boca abajo, y un charco de sangre a ambos lados. Mientras observo, un hombre de cabello oscuro con camisa blanca se acerca a Felix por detrás, con un teléfono en la mano extendida.
—Habla con él. —Sirius me pone el teléfono en la mano.
Me acerco el móvil a la oreja, pero tardo unos instantes en recomponerme lo suficiente para formar las palabras.
—¿Felix? —exclamo, sin apartar los ojos de la pantalla. Él no reacciona—. ¡Felix! —grito al teléfono.
La cabeza de Felix se inclina hacia un lado. Se queda mirando el teléfono que sostiene Aro durante uno o dos latidos, y luego lo acerca a su oído.
—¿Lisichka? —pregunta, con la voz perfectamente calmada, como si le hubiera pillado mientras se tomaba el café de la mañana —. ¿Pasa algo?
Miro a Sirius, que asiente y me hace un gesto para que continúe. Lo miro fijamente. ¿De qué espera que hable?
—Yo . . . Estaba paseando a Mimi y ella comió algo. No vi qué. Empezó a toser y luego vomitó.
Sirius cierra los ojos y asiente.
—Tal vez deberíamos llevarla al veterinario —continúo—. ¿Puedes venir a casa?
—¿Sigue vomitando?
Miro a Mimi, que está tumbada en el sofá del salón, roncando, y luego vuelvo a mirar la pantalla. Felix todavía tiene la mano izquierda rodeando la garganta del tipo—. Sí. ¿Puedes venir, por favor?
—Estaré allí en media hora. —Suelta al hombre y comienza a caminar hacia el otro extremo del almacén, donde está aparcado su coche—. Ve a buscar a Albert para que pueda ayudar hasta que yo llegue, por si acaso. El viejo murciélago debe estar dormido, despiértalo.
Le lanza el teléfono a Aro, se sube a su coche y unos instantes después sale del almacén. Bajo el teléfono a la mesa y me vuelvo hacia Sirius, que está desplomado en su asiento, sacudiendo la cabeza.
—¿Qué ha pasado? —pregunto y me dejo caer en la silla frente a él.
—Diego Rivera envió a sus hombres a entregar el mensaje que subirá los precios un veinte por ciento.
—¿Felix se puso furioso por eso?
—No. Simplemente les informó que ya no íbamos a adquirir más producto de ellos. —Suspira—. Pero cuando le dijeron que Diego tiene ahora una importante cuota de mercado tras matar a Manny Sandoval y llevarse a su hija, Felix estalló.
—Jesús. —Pongo los codos sobre la mesa y presiono mis manos sobre mis ojos—. ¿Sucede esto a menudo?
—No. Creo que la mención de Rivera reteniéndote lo desencadenó. ¿Cuánto duerme?
—No lo sé. Cuatro horas, quizá cinco. —Me encojo de hombros —. Normalmente se va a dormir después de mí, así que no puedo estar segura.
—¿Duermen en la misma cama?
—Espera a que me duerma, coge su saco de dormir y pasa la noche en el suelo.
—Bien. Mantenlo así.
—Claro que no lo mantendré así —digo—. Llevo semanas intentando convencerlo que duerma en la cama conmigo.
—¿Qué? ¿Estás loca?
Cruzo los brazos delante de mí y clavo la mirada en Sirius.
—¿No se te ha ocurrido que, tal vez, si todo el mundo dejara de tratarlo como si fuera un animal salvaje, podría mejorar?
—¿Has visto lo que ha pasado ahí, Jane? —Señala la pantalla del portátil—. ¿Sabes cuánto tiempo necesitó para dominar a tres hombres armados? ¡Quince segundos! —ladra—. Creo que Jasper y yo nos equivocamos al echarte todo esto encima. Una chica tan protegida como tú no puede entender de lo que son capaces algunas personas.
Inclino la cabeza hacia un lado y lo fulmino con la mirada.
—¿Sabes cómo tratan a los soplones en el cártel, Sirius? ¿O a los ladrones?
—No.
—Entonces deja que te explique lo protegida que he estado. —Me recuesto en la silla y miro por la ventana hacia el jardín—. Había un gran árbol no muy lejos de nuestra casa, justo detrás del parterre en el que me gustaba jugar. No sé qué tipo de árbol era, pero tenía ramas muy largas y gruesas. Resistente —digo—. Cuando pillaban a alguien dando información a las autoridades o a otros cárteles, lo colgaban de una de las ramas más bajas. Colgar a la gente era la forma de castigo favorita de mi padre. Normalmente me aconsejaban que no fuera a esa parte del jardín cuando el árbol estaba ocupado.
—Jesús, joder. —Sirius me mira fijamente, con los ojos muy abiertos—. ¿Hacían eso con niños alrededor? ¿Y si algunos de ellos veían los cuerpos?
—Oh, seguro que vimos los cuerpos. Todo el mundo estaba presente cuando se ahorcaba a alguien. Era obligatorio. Una especie de advertencia. Mi Nana no quería que fuera allí por el olor.
—¿El olor?
—Sí, a veces dejaban los cuerpos durante uno o dos días. El hedor era tan fuerte, que incluso después que retiraran los cadáveres, el olor permanecía en mi nariz durante días. —Me encojo de hombros —. Luego, estaba la caza. Eso se usaba para los ladrones, sobre todo.
Me resulta bastante divertido ver cómo Sirius se queda boquiabierto, como si me viera por primera vez. Estoy bastante segura que sabe qué tipo de caza era, pero continúo de todos modos.
—La gente de mi padre ataba las manos de los ladrones a la espalda y los enviaba descalzos al bosque. Normalmente les daban veinte minutos de ventaja. Luego, cogían las armas y salían a cazar. A veces, cuando se cazaba a varios ladrones, la caza duraba toda la noche. Me tumbaba en mi cama y escuchaba algún disparo ocasional, preguntándome si era un acierto o un error. —Pongo las manos sobre la mesa y me inclino hacia delante—. Así que no te atrevas a sacar conclusiones sobre lo que puedo o no puedo afrontar, Sirius.
Me levanto y voy a la nevera, cojo una lata de Coca-Cola y me dirijo al salón para esperar a Felix.
—Cuando venga Felix, haremos como si no hubiera pasado nada —digo de pasada.
—¿Jane?
Me detengo y miro a Sirius por encima del hombro.
—¿Sí?
—¿Significa esto que te vas a quedar?
—Sí, así es.
NOTA:
Gracias por sus reviews, mañana subo los capitulos que le faltan a esta historia.
