Disclaimer: "GATE: thus the JSDF fought there!" es una obra de Yakumi Yanai. Esta es una obra de un fan que no busca fin monetario alguno. Las posturas de los personajes no reflejan necesariamente la del autor.
Agradecimientos especiales a los historiadores que apoyaron la realización del proyecto.
Weimar Projekt
Prólogo
Berlín, 1919
"Lo viejo y podrido, la monarquía, ha colapsado. ¡Viva lo nuevo! ¡Larga vida a la República Alemana!"
—Philipp Scheidemann, líder del partido socialdemócrata, noviembre de 1918.
La primera vez que vio al Major, su mente solo tuvo un pensamiento:
"Una reliquia de otra era."
La opinión del resto era similar: la encarnación de un oficial imperial. Se inclinaba a darles la razón. Las señales eran claras: la forma en que se movía, las instrucciones precisas o cómo siempre daba importancia a su presentación personal, todo apuntaba a la imagen de un representante de un ejército real en el que no importaba la persona, si no el uniforme que portaba.
Para muchos era como volver a antaño, cuando todavía había un káiser al mando. Para él, era un recordatorio de todo lo perdido. Sin importar sus ideas, el Major seguía mostrándose igual: inmutable ante el peligro, desbordaba un aire de seguridad que motivaba a los hombres a seguir adelante.
Afirmó el casco sobre su cabeza y se acercó a paso rápido, cruzando la calle. Un subalterno acaba de abandonar la barricada, dejando al oficial, rodilla hincada, observando el edificio al final de la calle. Estaba sacando el papel de su bolsillo cuando…
¡BANG!
Se tambaleó sobre sus pies y cayó al suelo. Sintió como lo arrastraban. Cuando recobró la consciencia, estaba apoyado en la barricada. Otro landser lo revisaba. El Major seguía observando el edificio.
—Segundo nivel —fue todo lo que dijo. El landser asintió, retirándose tras cerciorar que no tenía heridas. Encontró su casco junto a él, una hendidura provocada por la bala.
—H-Herr Major… —extendió una mano temblorosa, el papel estrujado en la mano apretada—. M-mensaje del cuartel general…
El oficial apenas despegó el rostro de sus binoculares de campaña para leer el mensaje en cuestión. Le agradeció con voz queda, guardó el papel, y se dirigió al costado de la calle. Aún nervioso, recogió su casco y lo siguió, su instinto gritándole que aquella figura calmada era la mejor oportunidad de seguir con vida. Lo alcanzó entrando a un pequeño almacén, donde encontró un disimulado puesto de mando. El Major estaba al teléfono.
—Major von Rehfeldt al habla.
—Major, habla con Gustav Noske.
Enderezó su postura por reflejo.
—A sus órdenes, Reichsminister.
—Major, el gobierno de Prusia declaró estado de sitio sobre Berlín. Se habla de al menos treinta estaciones de policía saqueadas por revolucionarios, y el Polizeiprädidium se ha convertido en su centro de mando. La Alexanderplatz es una zona de guerra.
—¿Tendremos refuerzos?
—El general Walther von Lüttwitz fue nombrado comandante de Berlín y entrará con más tropas mañana. Usted, Mengele y Stahler están exentos: seguirán solo mis órdenes directas.
—Entendido. ¿Procedemos con la misión?
—Los policías de Ernst cercarán la zona para evitar intrusos. La orden de actuar llegará pronto por esta misma línea: destruyan ese nido de víboras. Una vez termine sus órdenes, repórtese a Spandau.
—¿Cuánta fuerza podemos utilizar, Herr Minister?
—La que estime necesaria. Libertad total. No cometeremos los errores de Lequis en diciembre.
—A la orden.
—Suerte, Major.
El oficial colgó el teléfono. Aunque el mensajero no podía estar seguro, juraría que vio un atisbo de emoción en su otrora impasible semblante.
"¡Actúen! ¡Actúen! Con valentía, decisión y constancia… desarmen la contrarrevolución, armen a las masas, ocupen todas las posiciones de poder. ¡Actúen rápido!"
—Rosa Luxemburgo, activista comunista, enero de 1919.
El solitario teléfono sonó apenas se puso el sol.
—¿Major von Rehfeldt?
—Al habla, Reichsminister.
—Roma locuta.
—Causa finita.
El oficial colgó el teléfono y salió a la calle. Dio una simple observación a sus hombres parapetados tras las barricadas, todos ansiosos, su objetivo a varios metros al frente.
—Schützen.
—Mande, Herr Major —respondió un subordinado, apareciendo junto al oficial.
—Mensaje a Hauptmann Stahler: que inicie el asalto ahora. Repita el mensaje a Hauptmann Mengele.
—Jawohl!
Se dio la vuelta y desapareció por los callejones. El oficial sacó un silbato y:
¡PIIIIIIIIII!
—Truppen, angriff!
La quietud de la calle se vio destruida por decenas, cientos, miles de disparos simultáneos. Rifles rugieron, gritos se alzaron, ametralladoras escupieron incontables proyectiles y hombres saltaron obstáculos, arrojándose en una carrera desesperada por alcanzar su objetivo al otro lado. Municiones y obscenidades respondieron al ataque, los defensores igual de obstinados en su propósito, todos sabiendo muy bien qué estaba en juego en ese momento.
Y entre medio de todos ellos, rodeado de un caos que crisparía los nervios a cualquier otro, el Major dirigía a los suyos como un director a su orquesta, sin inmutarse a las eventualidades que depararan del destino.
—Vizefeldwebel! —decía, su voz firme sobre el ruido pese a no forzar sus cuerdas vocales. El subordinado aparecía a su lado, no cuadrándose para no llamar la atención.
—¡Mande, Herr Major!
—Que nuestras ametralladoras supriman del segundo nivel hacia arriba. Cese el fuego cuando la tropa entre.
—Jawohl!
Y con una venia, el subalterno desapareció, camino a las máquinas de muerte instaladas en parapetos dispersos por la calle. No tomó mucho tiempo para que la orden hiciera efecto: la cortina de plomo se trasladó del suelo a los niveles superiores, y cualquier intento serio de oposición cesó unos segundos después. Ya libre del problema más grave, la masa de infantes cerró la distancia entre ellos y las murallas del edificio, protegidos por cualquier cobertura que lograran encontrar en la calle. El Major observó tranquilo el desarrollo, entregando instrucciones cuando lo encontrara preciso:
—Apunten con calma —indicó a sus jefes de escuadrón, una mirada estoica en el rostro—. Están rodeados. Avancen a paso constante y procuren tomar prisione-
¡BANG! Un disparo resonó entre el pandemonio que era la calle. El combate entero pareció paralizarse, todos atentos al gorro de oficial cayendo de su cabeza, rozado por la bala. El Major apenas reaccionó, pero los más cercanos lograron detectar un leve movimiento en su ceja derecha.
—Primera ventana, tercer nivel. —Hincó una rodilla para recoger el implemento, devolviéndolo a su ordenado cabello castaño claro—. Traigan al desgraciado que hizo esto.
—Jawohl, mein Herr!
Cinco fusiles más dispararon desde las ventanas. Veinte les respondieron. Con instrucciones mil veces practicadas y mil veces más ejecutadas tras arduos años de guerra, los escuadrones se intercalaban en las labores de disparar y avanzar, cubriéndose entre sí y comunicándose por gestos que poca evidencia dejaban a sus opositores. La diferencia entre asediadores y asediados era abismal. No tomó mucho más para que un par de soldados abandonara su escondite frente al edificio, cruzara la calle a la carrera, y arrojara granadas de mano adentro.
¡BUUUM!
—¡Adentro, aniquílenlos!
—¡Calar bayonetas!
—¡Si no se rinden, tírenlos por la ventana!
—¡Sin piedad con las lacras! ¡Fuego a discreción!
Las luces prendidas dentro permitían hacerse una buena idea del desorden que había al interior de la sede del periódico Die Rote Fahne. Balas e insultos se sucedían uno tras otro en lo que los soldados luchaban cuesta arriba y a las entrañas del establecimiento, y el ruido alertaba que la destrucción causada no se limitaba solo a las vidas perdidas dentro.
Como ordenara el ministro, iban a destruir esa fuente de comunismo.
Más ruido alertó al Major. Acercándose a la entrada, sus ojos trazaron la calle hasta el lateral del edificio, por donde entraban en ese momento los hombres de Stahler. El capitán le hizo un breve saludo a la distancia que contestó de la misma forma, buscando más allá de las difusas formas de la soldadesca. Le tomó unos segundos, pero distinguió a los hombres del capitán Mengele detrás de Stahler, uniéndose a la refriega con apremio. Satisfecho, volvió a centrarse en su zona.
Un objeto cayó frente a él. Por instinto un soldado llegó frente a él, dispuesto a protegerlo de cualquier daño. La precaución se mostró innecesaria: el ofensor en cuestión no era más un cuerpo, uno cuya vida escapaba junto a la sangre que su caída desparramó en la acera. Como una pronta inspección no revelara manchas sobre su uniforme, el oficial asintió y dio un paso atrás, so pena de recibir otro objetivo cayendo.
La zona se iluminó tenuemente. Un rápido vistazo reveló antorchas traídas por soldados. Agradeció con un asentimiento, devolviendo la mirada a su objetivo. El combate se había movido al segundo nivel, y no quedaba mucho para que acabara.
—Sergeant.
—Mande, Herr Major.
—Prepare los explosivos. Volaremos todo lo que no podamos sacar esta noche.
—A la orden.
Otro cuerpo cayó por la ventana. Pronto le siguió un tercero. Un cuarto impactó sobre su costado, herido pero vivo. Un musketier se acercó y apuntó su rifle, ultimando al enemigo.
El Major asintió satisfecho. Sin drama, sin conflictos, solo haciendo lo que debía hacerse. Pronto la banda roja en el brazo del repasado se confundió, en la oscuridad, con la sangre.
Sus hombres luchaban ya en el tercer y cuarto nivel. El sargento llegó con tres soldados más, todos cargados de explosivos visibles a la luz del fuego. Con un asentimiento, se internaron en las entrañas del destrozado edificio, donde otro escuadrón ya estaba desmantelando todo lo que era posible llevarse. Faltaba poco para terminar.
El cese de los disparos fue su primera señal. La procesión de luces acompañadas del sonido de incontables pares de botas fue la segunda. Retrocedió unos pasos más para contemplar mejor la escena: pronto aparecieron por la puerta sus hombres, rifle cruzado por la espalda y cargando botín en sus manos. Entre ellos, a patadas y empujones, iban los escasos prisioneros.
Uno destacaba entre todos ellos. Un hombre joven, que probablemente no llegara a la veintena, llevado firmemente por dos de sus hombres y llevando una de las mayores expresiones de furia que hubiera visto en su vida. Intuyendo la causa de tal anomalía, empezó a acercarse en lo que desenfundaba su siempre confiable pistola Luger.
—Herr Major! —Se cuadró ante él uno de sus suboficiales. Detrás suyo se detuvieron los dos que portaban al prisionero—. Él fue quien intentó dispararle cuando atacamos. Le estaba apuntando de nuevo cuando lo capturamos.
Asintió, dejando atrás al Gefreiter. El prisionero, iluminado por las antorchas que aproximaron los soldados, miró arriba hacia el oficial que se acercaba, su rostro deformado por la ira y su boca escupiendo al hablar cual perro con rabia.
—¡No podrás detenernos, lacra del imperio! ¡Una nueva era se acerca! ¡Las ruedas del destino ya están andando, y no hay nada que tú o los Hohenzollern puedan hacer para impedirlo! ¡El proletariado no cejará en su empeño hasta que la justicia sea verdadera y la igualdad una realidad!
Aceleró el paso. Como poseído, el prisionero no cesó en sus palabras.
—¡Alto! ¡No te refugies en el lado equivocado de la historia! —Su mirada vagó, alarmada, al comandante, a sus compañeros prisioneros, a sus captores, y, finalmente, de nuevo al oficial—. ¡Camaradas! ¡Aún están a tiempo! ¡Recapaciten! ¡Vean más allá de las mentiras de la burguesía! ¡Están del lado equivocado de la historia!
Se detuvo frente al prisionero. Este, en un último esfuerzo, llenó sus pulmones de aire.
—¡¿No lo ven?! ¡ESTAMOS HACIENDO DEMOCRACIA!
Tiró del cañón de su Luger, apoyándolo en la frente del socialista.
—No en mi monarquía.
¡BANG!
"El pueblo alemán es libre, sigue siendo libre y se gobierna a sí mismo en el futuro. Este es el único consuelo que le queda al pueblo alemán, el único apoyo con el que puede salir del pantano ensangrentado de la guerra y la derrota para rehacerse."
—Friedrich Ebert, presidente de Alemania, febrero de 1919.
Berlín amaneció una ciudad muerta, o eso parecería al ojo inexperimentado. El transporte público estaba detenido, los almacenes, cerrados, y las fábricas, paradas. Apenas se veía gente por las calles, y, salvo el distrito de periódicos, la actividad urbana se había prácticamente detenido.
Pero ellos no eran ni de lejos un grupo inexperto. No, habían pasado por sangre y barro, ido al infierno y de vuelta, y sobrevivido a cientos de enfrentamientos donde en cada segundo se jugaban el ver el mañana. Ciertamente, si alguien se atrevía a llamarlos novatos, entonces ese alguien no pasaría un buen rato cuando lograran tenerlo en sus manos.
Y si ellos eran expertos, su líder no era menos que un maestro. Un veterano forjado por la más pura y profunda de las pruebas, la guerra, y que sabía todos los trucos habidos y por haber, aprendidos con errores y sangre en las trincheras. Al principio un burgués de los que tanto odiaban, ahora sería un error llamarlo cualquier otra cosa que un Freikorpskämpfer.
Y él lo sabía tan bien como ellos. Hauptmann Mengele era cualquier cosa excepto un perro burgués.
—Herr Hauptmann! —Le llamaban desde el frente de la columna. Como acto de reflejo se llevó la mano a la pistolera: nunca eran buenas noticias cuando el mensajero estaba así de urgido—. ¡Tenemos problemas!
—¿Qué ocurre? —preguntó apenas el soldado llegara hasta él. Juzgando por la falta de ruido y su estado presentable, no parecía haber tenido combate.
—Hay una multitud bloqueando el camino. Dificultan el paso de los vehículos.
Mengele se irguió sobre el asiento de su auto. Efectivamente, los camiones con tropas que dirigían la columna estaban lentamente abriéndose paso por entre la multitud, y no era difícil ver lo difícil que resultaba la actividad.
—¿Por qué no se mueve la gente?
—No estamos seguros, Herr Hauptmann… —aventuró el mensajero, habiendo recuperado el aliento—. Pero parece que no todos están aquí por voluntad propia.
—¿No todos? —Quitó la funda de sus binoculares de campaña y enfocó a la muchedumbre, sus ojos saltando de lugar en lugar hasta detenerse en un punto específico—. Bingo.
—Herr Hauptmann?
—Gefreiter! Desmonte a su escuadrón y conmigo. Schützen, vuelva a su unidad y dígales que se preparen para cualquier cosa.
—¡Cómo ordene!
El suboficial en el camión detrás de él bajó a la calle con su escuadrón. Mengele ya estaba en el pavimento, acercándose a paso rápido a la multitud tras guardar sus lentes de campaña.
La gente que rodeaba los primeros dos camiones observó con curiosidad el fenómeno, no reaccionando hasta que el oficial en cuestión estuviera ya frente a ellos, apartándose de inmediato cuando este desenfundó su pistola. El escuadrón le alcanzó poco después. Sin inmutarse ante la presión a su alrededor, el capitán no frenó la marcha hasta alcanzar un punto específico de la aglomeración, donde un numeroso grupo que sostenía pancartas continuaba azuzando a los habitantes de Berlín.
—¡Camaradas! ¡Ciudadanos! ¡No cejen en su lucha contra la opresión de los burgueses sobre el proletariado! —Furia desencadenada encaró a la furia controlada acercaba, desafiando a esta última con cada palabra a medida que los pasos se acercaban—. ¡Los Hohenzollern jamás volverán a gobernar estas tierras! ¡La burguesía que los apoyó caerá pronto después!
La gente se apartaba cada vez menos a medida que acortaban la distancia. Mengele se encontró abriéndose paso a la fuerza ante los últimos, pero nada que una buena vista de su pistola no arreglara.
—¡Los Junkers perderán las tierras que explotamos con nuestro sudor y trabajo, y finalmente iremos por los traidores que vendieron la revolución a los jerarcas del viejo ejército!
Mengele llegó frente al hombre que sostenía el megáfono, que seguía arengando a la multitud, como desafiándolo.
—¡Adelante! ¡Álcense! ¡Hoy conquistaremos Berlín, mañana Alemania! ¡Los consejos de obreros y soldados derrocarán el orden burgués y traerán por fin la revolución…!
¡BANG!
El portavoz cayó al suelo, un perfecto agujero en su frente. El hombre atrás se desmayó, su rostro rojo de sangre y vísceras. Mengele bajó el cañón de su arma, observando satisfecho como un silencio espectral impregnaba la escena. Asintió para sí mismo, satisfecho, y se dio la vuelta.
Tomó varios segundos que hubiera una reacción, pero cuando esta llegó, fue tan violenta como era de esperarse.
—¡Camaradas! ¡Miren! ¡Esto es lo que quiere la burguesía! —Se alzó una nueva voz, independiente del grupo que acabara de dejar atrás—. ¡Velan solo por sus intereses, y no temerán ejecutarnos si no hacemos lo que quieren! ¡Esto es lo que depara al pueblo si dejamos que gane la contrarrevolución!
Mengele gruñó por lo bajo: eran como cucarachas. Mata a uno, aparecen veinte. Pronto una masa de gente indignada intentó lanzársele encima, pero en cosa de segundos sus hombres formaron un anillo a su alrededor, fusiles cargados y bayonetas caladas manteniendo a sus hostigadores fuera. Este espacio seguro fue lo que le permitió continuar con su tarea: identificó al cabecilla que hablaba, alineó la mira de su pistola, y disparó.
El ruido disminuyó, pero no cesó del todo. Otro grupo parecía haber surgido para ocupar el lugar del caído, y la gente a su alrededor no frenaba en el intento de invadir su espacio personal. Mengele ya se estaba hastiando. Analizando sus alrededores, dio con la vista de que el resto de su columna, viendo lo que ocurría, ya había bajado de los vehículos e instalado sus ametralladoras. Detrás de ellos, su auto blindado esperaba órdenes, los artilleros esperando inquietos con sus dedos en los gatillos.
No pudo evitar una sonrisa.
Asegurándose de que sus suboficiales lo vieran, asintió. Luego se dio la vuelta, llamó la atención de su escolta al levantar su pistola, dijo simplemente:
—Feuer.
Y disparó sobre el siguiente cabecilla.
Sus hombres dispararon a todo lo demás.
"Les traeré libertad con un joven ejército republicano."
—Gustav Noske, ministro de defensa, enero de 1919.
—Alea iacta est.
—Jawohl.
Hauptmann Stahler colgó el teléfono y se llevó el silbato a los labios. Esperó pacientemente a que su reloj de bolsillo marcara la nueva hora, momento en que:
¡PIIIIIIIIII!
Con un grito de violencia pura, las ametralladoras abrieron fuego y los soldados se arrojaron al ataque, uniéndose a la masa de uniformes grises que asaltaba la plaza central de Berlín. Soldados aparecían de todas direcciones, y las barricadas respondían con disparos indiscriminados. Como dijera el Reichsminister hace unos días, era una de guerra total.
No tomó mucho que el asalto se enlodara, metafóricamente hablando. Las ametralladoras revolucionarias representaban, de lejos, la mayor amenaza, no solo para sus hombres, sino para todos los militares y paramilitares que avanzaban sobre la Alexanderplatz. No contentos con eso, cualquier intento de utilizar las propias maschinengewehr resultaba en fracaso gracias a los francotiradores enemigos, que tomaban especial cuidado de eliminar a sus artilleros lo antes posible.
—Herr Hauptmann! —Escuchó un grito lejano. No estaba tan lejos, pero el ruido y el caos del combate bien podían hacer que la distancia efectiva fuera diez veces la real. Esperó a que el mensajero llegara hasta su parapeto, desde el cual observaba el asalto de sus hombres—. M-men…
—Tome aire, cálmese y luego hable —le aconsejó, sin quitar los ojos de la calle enfrente suyo—. Sin energía, solo gasta aliento.
—G… gracias… —Lo escuchó inhalar un par de veces, las suficientes para volver a tener su respiración bajo control—. Herr Hauptmann, mensaje del coronel Reinhard. Avisa que contenga el avance de sus hombres por veinte minutos.
Stahler bajó sus binoculares por el único propósito de interrogar al soldado con la mirada. Vestía igual a sus propios soldados, pero con parches del regimiento del coronel en lugar de los reglamentarios del ejército imperial. Y, juzgando por cómo desvió la mirada, estaba bastante incómodo por la actitud inquisidora del oficial.
—E-el coronel planea ablandar la resistencia con cañones… —ofreció como excusa. Eso, Stahler lo podía aceptar.
—¿Le envió el mismo mensaje a la Deutsche Schutzdivision?
—Afirmativo. El coronel indica que no continuará el avance hasta encargarse de que la tropa pueda avanzar.
—Entendido. Dile a tu coronel que estaremos expectantes a su iniciativa para continuar el avance.
—Jawohl!
Con un corto saludo, el soldado se perdió entre el laberinto de parapetos y barricadas que adornaban las calles hacia la plaza, camino de su unidad. Apenas había desaparecido de vista cuando Staher se encontró con otro visitante en su refugio, aunque este era más un "local" que un "extranjero."
—Schonherr —reconoció a su segundo al mando, volviendo a sus binoculares.
—Herr Hauptmann —lo saludó el Oberleutnant, haciendo un corto saludo—. ¿Tenemos noticias?
—Mensajero de Reinhard —mencionó, intentando trazar el camino de las balas. Terminó observando las ventanas del presidio de policía, para su molestia—. Quiere que pausemos el asalto por media hora.
—¿El coronel quiere llevarse la gloria?
—Probablemente, pero por ahora cañoneará la plaza. Alerta a la tropa para que se limiten a suprimir las defensas, y mueve las ametralladoras a nuevos parapetos.
—¿Volveremos a atacar?
—Definitivamente. —Continuó observando las ventanas del edificio, notando las sombras y los fogonazos en estas—. Pero esperaremos a que Reinhard y la Schutzendivision los distraigan. No tenemos los números para imponernos por nuestra cuenta, sobre todo cuando los defensores son soldados entrenados.
—¿No se enojará Herr Oberst?
—Puede llevar sus quejas al Reichsminister Noske. Nadie mandó a la Schutzendivision a disparar a los marinos y sumarlos al alzamiento. —Stahler bajó sus binoculares, sacando una copia del mapa de la plaza—. Separa un escuadrón para suprimir francotiradores y retira al resto a nuestro punto de reunión.
—¿Pensé que el coronel quería atacar en media hora?
—Nosotros no obedecemos al coronel —dijo por toda respuesta, guardando sus prismáticos—. Además, cañones ligeros no bastarán para romper esas barricadas. Ya envié un mensaje a Noske, pronto tendremos la potencia de fuego necesaria.
Las palabras de Stahler fueron proféticas. El asalto se renovó horas más tarde de forma mucho más violenta que antes: carros blindados, aviones, tanques, obuses, ametralladoras y morteros se usaron indiscriminadamente contra las barricadas en las calles, cuyos ocupantes, reforzados por la Volksmarinedivision, la Republikanischen Soldatenwehr y la Roten Soldatenbundes, se mostraron incapaces de hacer frente a tamaño poderío militar en campo abierto y debieron abandonar el lugar, no sin antes dejar docenas de muertos en la plaza cuyos supervivientes fueron prontamente repasados por los soldados de Reinhard. De la misma forma cayó el metro urbano y la Rotes Rathaus, sede del gobierno municipal, liberada por el mismo Stahler al caer el sol.
El día estaba lejos de ser tranquilo para el resto de la ciudad, pese a la actividad en la plaza. Stahler recibió noticia de que Freikorps Mengele, aliado con Freikorps von Hülsen, recapturaron los establos reales poco después de despejada la plaza, y que von Rehfeldt terminaba de erradicar la oposición en Spandau e iba de camino a reagruparse con ellos. Oberst Reinhard, por su lado, felicitó a su tropa, pero el tiro fallido de un francotirador a su persona le hizo perder los estribos e intentar un fallido asalto al Polizeipräsidium.
El día siguiente vio un asalto conjunto contra el presidio de policía al mismo tiempo que todos los dirigentes socialdemócratas restaban su apoyo al paro general. Las mismas armas del día anterior se utilizaron, quizás más intensamente que antes. Tras suprimir todas las ventanas con ametralladoras y volar con artillería las posiciones de francotirador identificadas, soldados forzaron la entrada y masacraron a los ocupantes hasta los niveles superiores, solo salvándose un puñado de prisioneros producto de la intervención personal de von Rehfeldt y Stahler, los primeros comandantes en liberar el cuartel.
La lucha no terminó después de eso. Francotiradores espartaquistas impedían el libre paso por la Alexanderstrasse, y los combates por la ciudad seguían sucediéndose uno tras otro. Tras un breve descanso, Hauptmann Stahler no hizo más que armar a su tropa y volver al combate.
No había sobrevivido a la guerra para ver la capital caer ante comunistas.
"Todo depende de que logremos hacer firme al gobierno y mantenerlo firme; nos guste o no, no queda más y quien pueda, que ayude. Quien no pueda hacerlo, o no se atreva a hacerlo, debiera al menos no estorbar."
—Hans von Seeckt, general alemán, febrero de 1919.
—Achtung, truppen!
Llamó la atención Schonherr a la soldadesca. Los miembros de su unidad, descansando tras una ardua mañana de despejar una avenida berlinesa, no demoraron en tomar sus armas y formarse enfrente del pedestal donde se encontraba Stahler, una expresión sombría adornando su rostro.
—Schützen —comenzó, sosteniendo un papel en su mano—. Les pido que no reaccionen hasta que haya terminado de leer.
La tropa asintió, confundida. ¿Qué podía ser tan importante que su líder les ordenara no hacer nada en una zona de guerra?
—Mensaje del Reichsminister Gustav Noske.
Extendió el papel frente a él, leyendo con voz firme, pero de todo menos serena:
—"Las reglas del mundo civilizado me obligan a no poder calificar las acciones llevadas a cabo por los revolucionarios en la estación de policía de Lichtenberg de cualquier otra forma que no sea la más pura barbarie. Esta atrocidad no conoce límites ni perdón, y no ha hecho sino manifestar el profundo odio que estos sublevados tienen por todo lo que hace grande a Alemania…"
El mal presentimiento que los soldados y suboficiales sentían solo aumentaba a medida que las palabras se sucedían. Era un sentimiento común, de expectativa, que vaticinaba malas noticias. Era, además, un sentimiento que compartían todos los soldados:
—"Tras ocupar una estación del servicio postal, los revolucionarios asaltaron a sangre fría la estación de policía de Lichtenberg, donde cometieron su acto con total desapego a la dignidad humana." —Leía también el Major von Rehfeldt, su semblante tranquilo como siempre, solo la firmeza con que sujetaba el comunicado traicionando cualquier muestra de emoción en su postura—. "Al menos 60 policías fueron capturados y luego asesinados a sangre fría por estos espartaquistas. No es de sorprender que la cifra real pueda superar fácilmente el centenar. No podemos, soldados, en buena consciencia dejar esta acción impune."
Y a medida que los sentimientos pasaban de la expectativa y ansiedad a la rabia y la furia, todas las formaciones en Berlín tenían un solo pensamiento en sus cabezas. Era uno que, como comunicara otro oficial a sus hombres, era ahora la nueva ley:
—"La brutalidad y bestialidad de los espartaquistas que luchan contra nosotros me obligan a dar la siguiente orden: cualquier persona atrapada con armas en sus manos en lucha contra el gobierno será ejecutada en el lugar. Firmado, Reichsminister Gustav Noske."
Hauptmann Mengele plegó el papel en su forma original, devolviéndolo al bolsillo de su chaqueta. Veía el odio en los ojos de sus hombres. Lo compartía plenamente.
—Truppen! —Los llamó. Decenas de cabezas le prestaron atención—. ¡Acopiad agua y municiones! ¡Vamos a Lichtenberg!
—Jawohl!
Así como hiciera Freikorps Mengele, todas las unidades militares y paramilitares leales al gobierno en Berlín convergieron sobre la ciudad de Lichtenberg a la vez. No hubo escapatoria: Reinhard cubrió las salidas norte y este, von Hülsen y von Rehfeldt, este último con Mengele y Stahler bajo su mando, cubrieron el oeste, y los marineros de Ehrhardt ocuparon el sur. Con el anillo de acero cerrado sobre la localidad simpatética a los sublevados, los Freikorps empezaron su marcha de la muerte. Mientras tanto, en la cúpula de gobierno, la ciudad era ordenaba bajo ley marcial.
Tomó siete días que se levantara la orden de disparar a la vista. Para entonces, Lichtenberg había sido arrasada bajo el peso de las bombas, los proyectiles de los obuses, el plomo de las ametralladoras y las bayonetas de los fusiles.
Al finalizar los combates, el ministro de defensa, el socialdemócrata Gustav Noske, anotó mil doscientos muertos y más de cuatro mil quinientos prisioneros. Tras anotar indicaciones generales, terminó su orden del día con una simple felicitación a las tropas.
Luego se fue a almorzar.
"—¿Qué espera de nosotros?
—El Mariscal de Campo espera que el gobierno apoye al Cuerpo de Oficiales, mantenga la disciplina y preserve la regulación de castigos del Ejército. Espera que se hagan disposiciones satisfactorias para el mantenimiento del Ejército.
—¿Qué más?
—El Cuerpo de Oficiales espera que el gobierno luche contra el bolchevismo, y se pone a disposición del gobierno para tal fin.
—… Envíele el agradecimiento del gobierno al Mariscal de Campo."
—Pacto Ebert-Groener, noviembre de 1918.
N/A: ¡Al fin! Después de prácticamente un año de preparación (con lagunas bastante grandes de por medio por motivos varios) y una demora de al menos cuatro meses, por fin tenemos aquí el prólogo de Weimar Projekt.
No pensé que publicaría este prólogo tan tardíamente dentro de mi carrera universitaria, pero en fin, así son las cosas. Ya va quedando poco tiempo (espero) para salir, así que trataré de darle todo el empujón que pueda a este proyecto hasta entonces. Podría decirse que es el proyecto al que más esfuerzo le he dedicado individualmente, rivalizado solo por GATE 1940s. Sin embargo, son dos historias muy distintas. Será divertido ver como se desarrolla una historia que recopile en una sola todas las lecciones de escritura aprendidas a lo largo de los ya once años que llevo escribiendo. Espero les guste tanto como me gustará a mí.
Como podrán observar, este prólogo no tiene más motivo que establecer el contexto en que se moverá esta historia, aunque bueno, considerando el salto temporal que habrá en el capítulo 1 (que adelanto tomará meses en llegar), es más bien referencial. Para una lista de traducciones y anacronías, ver el final de la nota de autor.
Weimar Projekt contempla tres elementos paralelos que se publicarán en conjunto:
- Freikorps, Weimar und Neue Welt: es la historia narrativa propiamente tal.
- Freikorps und Paramilitärische Gruppen: pequeños informes que hablan sobre las distintas formaciones de la época que aparecerán o serán referenciadas en la historia, tanto reales como ficticias.
- Erbe des Weltkrieges: historias cortas, noticias del universo e informes que hablan sobre el estado del mundo de la historia, sirven tanto para dar contexto general (que se asume que los personajes tienen, pero no necesariamente el lector).
En fin, sin más que decir porque me quedé sin palabras, nos leemos,
RedSS.
P.D: anotaciones varias.
Traducciones: "Roma locuta, causa finita" (Roma ha hablado, la causa está cerrada); "Alea Iacta Est" (la suerte está echada).
Anacronías del capítulo:
Pese a que tomé inspiración y datos de varias fuentes, especialmente del libro del profesor Robert Waite "Vanguard of Nazism: The Free Corps Movement in Postwar Germany 1918-1923", aún así hay ciertas diferencias históricas que se tomaron por falta de información o por libertad artística
En este capítulo, eso incluye la presencia de Mengele, von Rehfeldt y Stahler (los tres son OCs), sus respectivos Freikorps, y algunas de las disposiciones de las unidades reales en la batalla. Los combates, si bien escritos según el orden real, son dramatizaciones y tienen poca base en la realidad. La última anacronía destacable es la alta intervención del ministro Noske, que si bien controló la batalla, delegó casi toda su dirección en el general von Lüttwitz.
