La cenicienta equivocada

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Había una vez…

POV: Candy

El día del que todos habían estado hablando por semanas había llegado. Los trabajadores de todas las áreas nos reunimos en el patio de Andley Decoration para conocer a la misteriosa cenicienta que había huido de la fiesta antes de que se anunciara a los ganadores del concurso de disfraces. Al príncipe ya lo conocíamos, era Anthony Brower, subdirector del departamento de Logística, el encargado de todos los envíos nacionales y que había sido plantado por su cenicienta en medio de la noche.

—¡Su atención, por favor! —dijo a todos los presentes Karen Claise a través del micrófono que sostenía. ¡Oh, no! Karen con un micrófono en la mano era un peligro seguro—. ¡El plazo se ha vencido, Cenicienta! —dijo refiriéndose a una sola persona.

Sentí cómo una fría mano se entrelazaba con la mía y me sostenía con fuerza. Volteé a mirar a mi prima Susana que me veía con el rostro lleno de preocupación, como si quien la buscara fuera la policía. Apreté su mano y le sonreí mientras Karen seguía hablando de cómo Cenicienta, una vez que se presentara, y Anthony Brower trabajarían juntos los próximos meses para distribuir lo recaudado en la pasada fiesta de disfraces entre los orfanatos que la compañía auspiciaba. Sí, la cosa no era tan sencilla como Susana había dicho. No se trataba de entregar un cheque y tomarse la foto; había todo un proceso de investigación y trabajo que no se podía tomar a la ligera.

El momento había llegado, estaba por convertirme en la comidilla de la empresa por los próximos días y todo por la mujer que tenía colgada del brazo y que temblaba como una maraca. Susana siempre había sido muy nerviosa, sobrepensaba las cosas y creaba escenarios catastróficos en su mente que nunca pasaban. El escenario actual era que Neal, su prometido, se enteraba de que había coqueteado con otro hombre en una fiesta, a la que él no había querido asistir, y la abandonaba. Yo no veía el problema en que terminaran su relación, pues Neal me cayó mal desde que lo conocí, pero parecían enamorados y lo que yo menos quería era ver sufrir a Susana.

Karen dijo algo gracioso que no escuché, pero que hizo reír a todos los presentes y Anthony Brower subió al escenario hecho de tarimas de madera sólo para la ocasión. Se me hizo un nudo en el estómago al verlo. Era un hombre alto, rubio, de espalda ancha y brazos fuertes; se notaba que hacía ejercicio. Los gustos de mi prima habían mejorado si comparábamos a su prometido con este hombre que era realmente guapo. Yo lo había visto pocas veces entre los pasillos, alguna junta o fiesta de fin de año, pero nunca habíamos hablado. Éramos dos perfectos desconocidos.

En cuanto pisó el escenario el público le aplaudió como si se tratara de una estrella de televisión y él sonrió, siguiendo el juego del momento. Tenía una bonita sonrisa y todos decían que su carácter era muy relajado. Sentí pena por la enorme mentira que iba a tragarse las próximas semanas.

—Anthony —dijo Karen—, has esperado semanas para reencontrarte con tu princesa, ¿estás emocionado? —preguntó.

Empecé a caminar entre la gente para llegar al escenario, pero sentía el cuerpo tan pesado que creí que no me estaba moviendo.

—Sí —dijo y levanté la mirada para escuchar lo que diría. ¡Demonios! Su voz también era bonita, fuerte y grave—. Ansío conocerla y trabajar con ella para que los niños de los orfanatos vivan en mejores condiciones.

Un coro de "¡Ah!" que demostraba ternura resonó en el patio y yo sentí que la tierra se abría lentamente y no me dejaba avanzar. Faltaban sólo dos filas de personas para que llegara al escenario y de repente me sentí del tamaño de una hormiga. "Hazlo por los niños", me dije apretando los puños.

Pasé entre un par de personas más, una pelirroja que miraba con seriedad hacia el escenario y un hombre moreno que negaba con la cabeza por el espectáculo. A él lo reconocí, era el director del departamento de Logística, el jefe de Anthony y supuse que la pelirroja era de la misma área.

Rodeé el escenario y me detuve frente a los escalones de madera. Tan pronto como puse el pie en el primero se hizo un silencio terrible y sentí un vacío en el estómago. ¿Era muy tarde para salir corriendo y vomitar?

—¡No puede ser! —gritó Karen y su voz se escuchó todavía más fuerte gracias al micrófono.

"¡Gracias, Karen! En la calle se acaban de enterar de lo que pasa aquí", pensé.

Esbocé una de mis mejores sonrisas y me encogí de hombros. Debía mostrarme igual de relajada que ella y Anthony, tenía un papel que cumplir y aunque no ganara el premio Tony a mejor actuación, todos debían tragarse la idea de que yo era Cenicienta.

—¡Sorpresa! —dije cuando estuve al lado de Karen.

No quería ni mirar a Anthony Brower, pero lo hice y sentí mis orejas arder, mis mejillas debían parecer una botella de salsa de tomate con exceso de colorante. Su sonrisa era de revista, reservada, discreta, diplomática pero sensual. ¡En qué estaba pensando!

Anthony dio unos pasos hacia mí y no escuché lo que la multitud decía.

—Señorita Andley —me dijo con cortesía mientras me tendía la mano. Se la estreché de inmediato. Su tacto era cálido y gentil.

—Hola —dije sin borrar la sonrisa actuada de mi cara.

—¡Damas y caballeros! —La voz de Karen me reventó los oídos y a Anthony también lo hizo brincar. ¿Por qué nadie le dijo que si tenía un micrófono en la mano ya no tenía que gritar? —¡Cenicienta apareció! —agregó más emocionada que antes—. ¡Te hiciste mucho de rogar! —me dijo mientras se colaba entre Anthony y yo. ¿Por qué era del departamento legal si era tan buena conductora? — Dinos, ¿por qué tardaste tanto? —me preguntó abrazándome por el hombro. Anthony me miró, también esperaba mi respuesta.

—Bueno… —El micrófono rozó mis labios—, ¿Qué es el cuento de Cenicienta sin el misterio, no lo creen? —bromeé y todos rieron. Susana apareció en mi campo de visión. Había avanzado detrás de mí y ahora estaba en primera fila, cubriéndose la boca con las manos—. Me han dicho que estos días de suspenso sirvieron para recibir más donaciones por parte de nuestros socios y eso sólo significa más recursos para ayudar a los niños, como dijo Anthony. —Lo señalé con la mano y él asintió, como si mi respuesta le complaciera o, tal vez sólo estaba siendo amable.

—En eso tienes razón —Karen sacó de su bolsillo trasero un sobre—. Compañeros, me complace informarles que lo recaudado durante la fiesta y las semanas previas con nuestros socios asciende a…

Un redoble de tambores que no sabía quién había contratado precedió a una exorbitante suma que apenas y pude escuchar porque la gente empezó a aplaudir y gritar como loca, pero en ese momento no importaba, ya vería después cuánto dinero tendríamos para repartir entre los orfanatos.

Karen había dado un paso al frente de nosotros y Anthony, en un discreto movimiento se había puesto a mi lado, con las manos en la espalda. Lo miré de reojo y cuando empezó a aplaudir, lo imité. El trago amargo había pasado, pero ahora yo estaba más nerviosa que antes. Esa era una característica mía, el miedo siempre me azotaba después de que había hecho las cosas más locas. Tal vez era un error evolutivo y debían estudiarme en el laboratorio más alejado de Chicago.

—Gracias por aparecer —me dijo Anthony al oído y su voz hizo que las piernas me temblaran. Sonaba varonil, sincero y yo le estaba mintiendo con descaro delante de todo el personal.

—Lamento haberte hecho esperar —contesté mirándolo a los ojos para demostrar confianza, pero no podía sostenerle por mucho tiempo la mirada.

—Valió la pena. —Su sonrisa de medio lado era contagiosa y de pronto me vi sonriéndole de vuelta.

El espectáculo terminó minutos después, cuando Karen agotó todas las bromas posibles sobre Anthony y sobre mí, y el patio se vació gradualmente.

—Eso salió bien, chicos —dijo Karen después de apagar el micrófono—. Pero todavía hay algo que necesitamos comprobar.

¡Ay no!

—Esto no es Cenicienta si no hay una prueba de que eres realmente ella y no una celosa impostora —dijo con diversión, pero para mí no era gracioso, pues aunque no fueron los celos los que me habían llevado a tomar el lugar de Susana, sí era una impostora—. Anthony, por favor. —Lo miró esperando que hiciera algo que, al parecer, ya tenían preparado.

—¿Disculpa? —preguntó Anthony como si no hubiera escuchado a Karen.

—La pregunta… para verificar que ella es tu Cenicienta.

—¡Ah, eso! —Anthony se frotó el cuello y yo me sentí la hermanastra mentirosa que se corta el talón para que la zapatilla encaje, pero que es delatada por las aves ante el príncipe—. No hay necesidad, Karen. La señorita Andley es Cenicienta —dijo mirándome fijamente—. Lo sé.

"¡No, no lo sabes!" Grité en mi cabeza, pero por fuera, sólo me reí.

Karen alternó la mirada entre Anthony y yo y después se encogió de hombros.

—¡Muy bien! —exclamó satisfecha—. Espero que la fiesta del próximo año sea tan interesante como esta, pero que no me corresponda ser anfitriona. —Un chico de los que habían instalado el escenario se acercó a nosotros y Karen le dio el micrófono para que lo guardara junto con el resto del equipo de sonido—. Les enviaré la información de lo recaudado y todo lo demás a sus correos. Adminístrenlo bien —nos dijo antes de dejarnos solos en el escenario. El modo "Karen, conductora de televisión" finalmente había sido apagado.

—La canción —dijo Anthony de pronto e incliné mi cabeza sin saber de qué iba a hablar—. La pregunta era: ¿qué canción bailamos antes de que nos nombraran ganadores del concurso? —especificó y yo asentí lentamente.

—¡Ah…! —musité y di un paso al frente para irme, pero la fija mirada de Anthony en mí me dijo que esperaba mi respuesta…

—Debes contarme todo y digo TODO lo que pasó en la fiesta —le dije a Susana—. No olvides ningún detalle.

—Pon atención —dijo mi prima y cruzó las piernas para contarme un bello cuento de hadas.

—¿La canción oficial o la verdadera? —le pregunté a Anthony. Él sonrió. Iba bien en mi respuesta—. Bailamos Perfect de Ed Sheeran y cuando acabó te dije que me encantaba la canción y volviste a ponerla en tu celular, dándome uno de tus audífonos. Los demás bailaban una versión de Can't Help Falling in Love. Me fui después de eso —contesté 97 por ciento segura de mi respuesta. Anthony volvió a sonreír y tras hacerme un gesto con la mano para que bajáramos del escenario aprobó mi examen.

Anthony bajó primero y me tendió la mano para ayudarme a bajar. Acepté su gesto, aunque sólo eran cuatro escalones.

—Gracias por prestarse a esto, señorita Andley —me dijo cuando estuvimos en el piso y noté cómo su voz cambiaba por completo, ahora sonaba serio y distante. ¿Era todo actuación y no estaba interesado en Susana? Crucé los dedos detrás de mi espalda, esperando que eso fuera cierto.

—Puedes llamarme Candy —dije—. Si vamos a trabajar juntos, creo que podemos dejar atrás las formalidades.

—Como gustes —asintió y su seriedad me confundió más todavía.

—Creo que no estás muy cómodo con esta situación —empecé a decir—, y entiendo. Las habladurías de las últimas semanas han sido muy incómodas, pero gracias por esperarme. Sé que, si no aparecía, el dinero sería destinado a cualquier cosa menos para lo que se propuso. Te prometo que me dedicaré en cuerpo y alma al proyecto y terminaremos pronto —dije un poco nerviosa ante su cambio de actitud—. Ni siquiera te molestaré, creo que puedo manejarlo sola —agregué y sí, eso ya sonaba desesperado, pero de repente tenía la necesidad de complacerlo y si él no quería dedicarse a revisar estados de cuenta y hacer visitas a orfanatos de todo el estado para ver sus necesidades, yo no iba a obligarlo.

Dio un paso hacia mí, acortando la distancia que nos separaba y tuve que levantar la cabeza para mirarlo a la cara. Olía bien.

—Estoy ansioso por trabajar a tu lado —me dijo serio y en voz baja.

Tiempo para la explosión: 5, 4, 3, 2, 1…

Mi cuerpo era un manojo de nervios. Las emociones me desbordaban y tenía un inquietante cosquilleo de pies a cabeza. Las últimas palabras de Anthony sonaron como una promesa y fueron la gota que derramó el vaso para que mis piernas flaquearan y mis manos fueran gelatina líquida.

—¿Me das tu número para ponernos en contacto? —me preguntó dando un paso atrás y sacando su celular del bolsillo.

—Sí —asentí con voz ronca e hice lo mismo. Intercambiamos números y nos propusimos reunirnos el lunes por la tarde para empezar a organizarnos. Era jueves.

—Nos vemos, Cenicienta —me dijo antes de dar media vuelta para irse a su oficina.

Pero yo no era Cenicienta…