La cenicienta equivocada

5

Nadie está enamorado

POV: CANDY

Disfruté tanto el tiempo que pasé al lado de Anthony en la cafetería que olvidé que debía entregar una propuesta de diseño a mi jefa. Estaba trabajando en un librero pero, antes del café, no tenía ideas lógicas para el boceto. Al volver a mi escritorio empecé a trabajar como hormiga. Era claro que ese día no crearía el mejor librero de la nueva línea, pero avancé satisfactoriamente con mis borradores.

—Me gusta —dijo mi jefa.

—Pero aún no está completo —añadí porque sabía que era lo que siempre decía.

—Correcto —asintió—, sigue trabajando.

Era casi la hora de salida e igual que en la escuela, como había terminado antes mi propuesta, tomé mis cosas antes que todos y fui hasta el piso de Contabilidad. Conocía a unos cuantos ejecutivos y busqué a Stear para que me ayudara a buscar en el archivo del departamento la información de los orfanatos a los que la empresa había subsidiado durante los últimos siete años.

—Para abrir los archivos relacionados con Benson necesitas un código especial de acceso —dijo Stear tecleando en la computadora.

Lo miré con ironía.

—Claro —puso los ojos en blanco y se hizo a un lado para dejarme teclear. Como Andley, mi contraseña funcionaba para acceder a todo el sistema. Busqué la información de los orfanatos que Benson había excluido, leí por encima sus razones y quise golpearlo. Pulsé el comando para imprimir y esperamos a que la impresora hiciera su trabajo.

—¿Cómo te va con Patty? —le pregunté mientras esperábamos.

—Bien, creo… —Stear se llevó una mano al cuello, nervioso—. ¿Te ha dicho algo?

Resoplé. —Sabes que es muy reservada, creo que ni bajo tortura me contaría algo de su vida privada.

Stear asintió y esbozó una sonrisa en alta calidad.

—Tuve suerte esa noche —murmuró mientras tomaba los papeles que expulsaba la impresora para dármelos—. El antifaz le dio seguridad —aclaró.

—Ya…

Mientras yo me quejaba por lo que había causado la fiesta de disfraces en mi vida, para otros había sido el empuje que necesitaban para hacer lo que por mucho tiempo habían deseado.

Stear y yo salimos del piso de Contabilidad y le prometí pagarle el favor con una ronda de cervezas en el bar de Tom, pero no pronto porque tenía mucho trabajo por delante.


El primer orfanato excluido por el imbécil de Benson nos respondió pronto. Su directora se mostró amable y aceptó vernos pronto. Parecía no saber lo que había ocurrido con nuestro director de Finanzas y Anthony y yo nos tranquilizamos un poco.

—Son tres horas y media de trayecto —dijo Anthony mirando la pantalla del GPS.

Estábamos en la barra de la cafetería donde le compartí mi anécdota de la pistola de clavos, planeando nuestro viaje al orfanato San Pablo.

Las semanas que habíamos pasado juntos me sirvieron para conocer a Anthony. Había notado que era quisquilloso con la comida y juzgaba cuando los alimentos no estaban en su punto, odiaba las zanahorias, el atún le daba asco y era un adicto al café. También noté que padecía de migraña y siempre llevaba un par de analgésicos en el bolsillo.

Ese día no dejaba de mirarlo, pues había llegado a la cafetería usando gafas de aviador y el hombre se veía más guapo que de costumbre. Usaba pantalón de vestir y camisa negra, los dos primeros botones estaban desabrochados y se podía notar a la perfección el inicio de sus pectorales.

Agradecí estar sentada cuando me saludó con un beso en la mejilla y se quitó las gafas con ambas manos; las puso sobre la mesa y encontré su mirada azul, aderezada con una sonrisa.

Había estado fuera de la oficina todo el día, arreglando no sé qué asunto con una compañía de transporte, pero llegó puntual a nuestra cita. Aún así, se disculpó por hacerme esperar.

Se sentó a mi lado y apoyó su mano en el respaldo de mi silla, lo tenía bastante cerca y pude oler su perfume cítrico. Crucé las piernas e hice una seña al camarero para que le sirviera su café.

Le di control de mi laptop para que él trazara la ruta que debíamos seguir para llegar al orfanato, después de todo, era su trabajo hacer que todos los camiones llegaran a tiempo y conocía todas las carreteras del país.

—Nuestra cita es a las cinco de la tarde —señalé para que él hiciera el itinerario. Al parecer sí teníamos que salir muy temprano por una desviación que debíamos tomar en no sé qué punto de la carretera.

Anthony me explicó la ruta y propuso usar su automóvil, como habíamos estado haciendo desde la primera salida.

—Por mí no hay problema —dije dando un sorbo a mi café, que ya estaba frío—. ¿Estás bien? —pregunté al verlo sujetarse el puente de la nariz con los dedos y cerrar los ojos.

—Sí, es… migraña —contestó—. Me quedé sin analgésicos.

—¡Yo tengo! —Busqué en el interior de mi bolsa y saqué un frasco de los analgésicos que sabía que Anthony consumía.

Me miró agradecido y extrañado antes de tomar dos pastillas y metérselas a la boca. Dio un largo trago a su café y noté cómo su manzana de Adán se movía. Mi lengua se movió dentro de mi boca.

¡Qué te pasa, Candy!

—Gracias —dijo Anthony tras beber—. No he tenido tiempo de comprar más.

—¿Has pensado en buscar el origen de tu migraña?

—Sé cuál es —respondió despreocupado—. Necesito anteojos 👓 —señaló sus ojos.

—¿Y por qué no has conseguido unos?

—Ya los tengo, pero no me gusta usarlos.

Rodé los ojos ante su necedad de lastimarse más la vista a usar lentes para ver mejor.

—Espero que ya tengas el nombre de tu lazarillo —dije molesta y no supe por qué me preocupaba el daño que se hacía con su decisión. Después de todo, a mí qué me importaba lo que Anthony Brower hiciera o no con su vida.

Anthony agachó la mirada, cual niño regañado y guardó silencio.

—No los necesito para todo, solo para lectura, ya sabes —dijo al cabo de un rato.

Un "mmm", que se traducía en un incrédulo "¡no me digas! Salió de mi boca. En serio, ¿por qué me molestaba?

—Son incómodos —se quejó en voz baja y me reí ante su justificación.

—Eso no cambiará hasta que te acostumbres a usarlos.

Me miró de reojo y sonrió de manera imperceptible.

—Lo intentaré —prometió.

—Hazlo, si vas a ser el conductor en nuestros viajes, necesito que estés al cien por ciento —ordené.

Se giró en su silla para mirarme mejor. Apoyó de nuevo la mano en mi respaldo y giré la cabeza para verlo.

—No te pondría en peligro —dijo con una tremenda seriedad en su voz, que se volvió más grave, y sus pupilas azules clavándose en mí, como si me traspasaran el cuerpo.

Sentí su mirada recorrer mi rostro y un calor que no tenía nada que ver con la hora del día, me inundó de pies a cabeza. Sus ojos se detuvieron en mi boca y apreté los labios para que mi lengua no hiciera o dijera nada indebido.

Fue un instante, pero el momento se me hizo eterno.

—Te creo —dije al fin y Anthony frunció el ceño, como si apenas recordara de lo que hablábamos. Parpadeó un par de veces y echó el cuerpo para atrás, percatándose de lo cerca que estábamos—. Solo… cuídate —añadí con una sonrisa.

Anthony pidió la cuenta de la cafetería y pagó mientras yo guardaba mis cosas. Volvimos a Andley Decoration hablando de nuestro proyecto y nada más que eso.

—Te veo el viernes —dijo Anthony antes de que yo bajara del ascensor en el piso de Diseño.

—Adiós —Me despedí con un gesto y en cuanto se cerraron las puertas, corrí al baño a mojarme la cara.

"No te puede gustar, no te puede gustar"

Me repetí hasta que el agua consumió mi maquillaje y ahora parecía un payaso de circo abandonado, pero eso era lo de menos.

Lo importante, lo peligroso, lo que no debía pasar era que cada día que pasaba al lado de Anthony me gustaba más.

Me gustaba físicamente. Anthony era un hombre hecho a mano por artistas. Me gustaba su voz grave y profunda; me gustaba cuando me hablaba por lo bajo en las reuniones con los orfanatos solo para que yo lo escuchara. Me gustaba la risa que compartía con los niños cuando nos tocaba conocerlos.

Anthony tenía un carácter gentil, pero firme. Me gustaba cuando se apasionaba con temas del trabajo y me explicaba cosas que yo ni siquiera sabía que pasaban en la empresa ni en su área.

En el tiempo que llevábamos trabajando juntos, lo había oído un par de veces regañar a algún subalterno y esos eran los momentos en los que su carácter se transformaba.

—Nunca hagas enojar a Brower —oí decir alguna vez en los pasillos. Tras conocerlo, creí que la frase era porque nadie quería ver enojada a una persona que siempre respondía con amabilidad, pero en realidad era porque no querían ver a la bestia en la que se transformaba.

—No, tú escúchame bien, Morgan. Quiero que sigas día y noche ese camión; si se detiene a cargar gasolina, me lo reportas, si se detiene al baño, me lo reportas, si se detiene con una prostituta, quiero saber la denominación de cada billete con el que pague, ¿me entiendes?

Ese día tuvimos que detenernos en medio de la carretera para que Anthony bajara y hablara por teléfono con el área de Monitoreo de transporte. La primera parte de la conversación la tuvo en el auto y oí cómo el hombre, al que llamaba Morgan, decía que el GPS de uno de los camiones de carga en ruta no servía y que el conductor no respondía.

Anthony bajó del auto y se recargó en la parte trasera. Yo me quedé adentro, pero las ventanillas abajo me permitieron escuchar todo lo que decía.

Al parecer, según me explicó después, un cargamento había salido rumbo a Florida y tenía que atravesar una de las autopistas más peligrosas del país y, a eso se sumaba que, de un tiempo a la fecha, el robo a camiones de carga había aumentado. Andley Decoration no había sido víctima del crimen, todavía, y Anthony no iba a arriesgarse a cambiar esa suerte; así que creó un estricto protocolo se seguridad que seguía los pasos de cada camión de carga desde que salían de nuestras instalaciones hasta que entraban con el cliente.

—Un error, Morgan, un error y te vas. Lo sabes —sentenció poco antes de cortar la llamada.

"Un error"

Anthony no perdonaba errores, eso me quedó claro con esa llamada y yo… yo ya había cometido un error muy grande al mentirle con tanto descaro, no solo al iniciar nuestro trato, sino con muchos detalles a lo largo de las semanas cuando en medio de nuestras conversaciones salían a relucir recuerdos de la fiesta de disfraces y yo tenía que inventar una mentira tras otra.

—El alcohol me relaja tanto que de inmediato me duermo —dije una vez en un restaurante cuando me ofreció una cerveza para acompañar la carne que estábamos por devorar y yo la rechacé.

Enarcó una ceja, confundido, pues él había bailado con una Cenicienta, si bien, no ebria, sí "achispada", como solía decir mi madre.

—No siempre, claro —me adelanté a decir cuando imaginé lo que pasaba por su mente—. A veces me da por bailar.

Terminé de lavarme la cara y busqué en mi bolsa la manera de arreglar el desastre que había hecho con mi maquillaje. Tenía lo necesario, pero no era suficiente.

SOS

Escribí a Susana.

¿Dónde? 👩 🚒

Agregó el emoji de un bombero.

En el baño de mi piso.

Contesté.

Ya voy.

Mientras esperaba a Susana me puse un poco de crema hidratante en la cara. Vi mis pecas en el espejo…

—Solo mi abuelo me llamaba "pecosa" —le conté a Anthony una semana atrás, al dejar un orfanato y defender a una pequeña a quien sus compañeros le hacían burla por tener pecas—. A los niños que intentaban burlarse de mí por tener pecas, los mordía o pateaba hasta que dejaban de hacerlo.

—Ahora que lo pienso, no es fácil pasarlas por alto —me respondió tras reírse de mi salvajismo infantil—. No sé cómo no las vi antes…

Me mordí el labio y tragué saliva.

"En serio, Candy, tienes que dejar de hablar"

—Las cubro con maquillaje para eventos especiales —tartamudeé mi respuesta, mi mentira.

Susana entró al baño con su bolsa al hombro y una botella de agua en las manos.

—¡Qué te pasó! —preguntó horrorizada por mi aspecto.

Hice un puchero en el espejo y ella miró mi reflejo. Me abrazó y apoyó la cabeza en mi hombro.

Mientras Susana me maquillaba, yo le le contaba la clase de insecto rastrero que me sentía por mentirle a Anthony. Ella escuchaba y su rostro era una gama de emociones que iban desde la ternura hasta la angustia. Sus labios temblaron cuando intentó hablar.

—Lo siento mucho, Candy. Te juro que no creí que esto llegaría a tanto. Si hubiera sabido que se iban a enamorar basados en una mentira…

—¡Wow, wow! Detente, Susana, ¿quién dijo que estamos enamorados? —La detuve de su intento de delineado en mi ojo derecho.

—Eso es lo que pasa, ¿no? —me miró confundida y yo hice otro tanto.

—No, nadie está enamorado de nadie —negué muchas veces, pues, aunque no negaba que Anthony me atraía como nunca lo había hecho un hombre, no podía decir que lo que sentía era amor.

No, no estaba enamorada de Anthony.


Queridas lectoras, muchas gracias por sus comentarios en esta historia. Me alegra mucho que les esté gustando.

Gracias a:

Julie-Andley-00: hola, bienvenida a esta historia, ojalá te siga gustando. Saludos.

Marina777: Hola, en definitiva, Anthony se enceló y no tiene reparos en aceptarlo. En México tenemos un dicho: crea fama y échate a dormir y a Susana le está pasando en este fic. No creo que quiera iniciar algo con Anthony, hasta ahora sólo es una chica bastante nerviosa, pero esperemos a ver qué pasa. Ojalá te guste la continuación. Saludos.

Mayely Leon: hola, gracias por tus comentarios. Necesitaba usar la carta de Terry para darle una dosis de celos a Anthony, pero esperemos que no vuelva a salir porque tiene las de perder. Saludos.

GeoMtzR: Hola, Candy terminará con una nariz de Pinocho que ¡para qué te cuento!, a ver cómo sale de esta y qué hace Anthony cuando se entere de la verdad o si se entera. A mí también me gustó la idea de que Candy sea la rica, para variarle un poquito, pero como dices, Anthony no es un donnadie y la futura nuera de Rosemary es su súper fan. Espero que estos capítulos te hayan gustado porque yo sigo desestresándome con esta historia. Te mando un fuerte abrazo y espero que estés muy bien.

Lemh2001: Hola y bienvenida a esta historia. Gracias por comentar, me alegra que te gustara. Tienes razón en que a ninguno de los les interesa su estatus social, pero sí me gustó jugar la idea de que esta vez sea Candy la de la familia rica, pero la relación con los niños huérfanos persiste y ese el objetivo que unió a esta parejita. Gracias por tu atenta lectura a los detalles, espero que estos capítulos te hayan gustado. Te mando un saludo.

Mia Brower Graham de Andrew: Hola y bienvenida. Qué bueno que te gustara la historia y el giro que le hemos dado a Cenicienta. Espero que te guste la continuación. Saludos.

Nos leemos pronto

Luna