Capítulo 22
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La tranquilidad volvió a adueñarse de la noche.
Sasuke sentía el viento mecerle el cabello mientras sus ojos observaban la casa, iluminada por unas cuantas luces aquí y allá. Por alguna razón, el escozor de los pocos rasguños que había recibido no lo sentía tan fuerte como la sensación que le quedó de las manos de Hinata aferradas a su camisa. Y al intentar racionalizar aquello, había tenido una epifanía.
Antes de que empezara ese entrenamiento, Ino y él habían tenido una seria conversación sobre Hinata. Ino estaba preocupada por los efectos secundarios que su jutsu podía tener, confiaba en que su régimen de entrenamiento mental minimizaría las repercusiones, pero no podía dejar de prevenirlo. Incluso después de terminar el tratamiento, había recuerdos que requerirían estímulos externos específicos y no podía pronosticarlos todos; golpearían a Hinata en cualquier momento, confundiéndola y desorientándola.
Todo eso lo había experimentado ya durante los entrenamientos, conocía la súbita ausencia mental, la mirada velada, el gesto de confusión y dolor y la postura defensiva que adoptaba la muchacha para no caer por completo en la inutilidad.
Pero había otro detalle que había pasado por alto, porque realmente ese era un ámbito en la vida de Hinata que no le importaba y en el que no tenía interés de participar. Hinata había caído en un abismo y tardaría en salir de él, estaba siempre de la mano de Ino, pero la luz llegaba a sus ojos por incrementos. Recordó las pupilas vacías que había visto cuando Natsu lograra soltar los dedos de sus ropas y no pudo evitar mirar hacia la dirección en la que se encontraba la habitación de la muchacha.
De pronto estaba terriblemente consciente de todas las tribulaciones que Hinata había enfrentado y las que aún estaba por encarar, de la severa depresión, la desconfianza y la confusión que la habían atacado y quizá aún lo hacían… y también estaba consciente de haberlo ignorado deliberadamente, hasta ese momento, en que la piel de su pecho parecía quemar.
Recordó la manera en que se había aferrado a él y no pudo evitar pensar que era como un gatito al que le has tirado un trozo de carne o le has ofrecido cobijo de la lluvia y ahora se rehúsa a apartarse. Y no pudo evitar volver a aquella mañana fría de finales de diciembre, con su luz plateada y tenue gracias a las nubes.
Ino estaba recargada en la puerta, rehusándose, con un intento infantil, a dejarlo salir e ignorarla.
—Hinata necesitará aferrarse a alguien, Sasuke-kun.
—Te tiene a ti, ese no es mi problema.
—… ese soporte no podrá encontrarlo en casa, ni en mí. El clan está amenazando con mantenerla en una burbuja, con el contacto más mínimo, hasta que termine el tratamiento. La única persona con la que Hinata tendrá una convivencia que le permita construir cierta sensación de confianza y seguridad, en lo que recupera su vida, serás tú… No la rechaces como nos rechazas a nosotros, por favor. No tienes que alimentar esa relación, ni cambiar tu actitud, solo no seas cruel. Hinata irá recobrando sus amistades poco a poco y te soltará, tarde o temprano… solo deja que lo haga por sí misma.
En aquel momento había desencajado ligeramente la quijada y volvía a hacerlo en esos momentos.
Al principio había sacudido la advertencia de Ino, Hinata se escondía detrás su hermana y la había visto por ahí, casi aferrada a la chaqueta de Kiba, pero hasta ese día no habían tenido la oportunidad de deshacerse de todos esos otros factores y la realidad lo estaba golpeando con una fuerza que le revolvió el estómago. Imaginaba que de encontrarse Kiba o Shino ahí, él habría sido ignorado… pero esa solo era una conjetura basada en su propio rechazo.
¿Qué tan profundo era el abismo en el que pendía Hinata para que él fuera uno de sus soportes emocionales? Observó los brillos de las luces. No estaba acostumbrado a eso… ni siquiera era fácil con Naruto y Sakura.
Exhaló, luego de distraerse de aquella realidad. Había estado observando cada detalle del terreno para no pensar más en el tema, no era un monstruo, pero tampoco tenía intenciones de alimentar accidentalmente un apego que terminaría abandonando una vez volviera al exilio.
No pudo evitar apretar ligeramente los dientes, ni la arruga que se formó a lado de su nariz.
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Hinata hipaba aún y no dejaba de remover el té con una cucharilla.
Natsu la observaba de reojo, fingiéndose más interesada en el vapor de su taza. No tenía por qué preocuparse sobremanera por una estúpida pesadilla, pero los detalles que Hinata le había dado habían pintado una imagen desagradable en su cabeza y no podía dejar de lado que aquella era una posibilidad que el clan entero temía.
Recordó lo que Hanabi le había dicho en el vagón y cerró los ojos unos momentos.
"Mañana estaré en mi destino, sana y salva. No me hagas decirte que esto es una orden. Vuelve a casa, cuida a mi hermana por mí. Hay algo que no me gusta."
―Fue solo un mal sueño, Hinata-sama ―repitió, levantando la mirada y sonriéndole, aunque eso lo había dicho para tranquilizarse a sí misma.
Hanabi no había respondido ninguna de sus cartas aún y la única que había recibido de Hiashi, en la que le informaba sobre una posible extensión a su estancia, era más parca de lo normal.
―… lo sé ―asintió, respirando profundo.
―Ya están cambiando la ventana ―anunció Kō, entrando tranquilamente.
Hinata asintió de nuevo, pero no contestó.
―Si no quiere dormir en su habitación, puedo preparar una-
―Estoy bien ―apresuró, observando su reflejo en el té, pero lo único que veía eran las cuencas vacías de Hanabi. ―… ¿Y Sasuke-sensei?
―Volvió a su puesto, Hinata-sama.
Le dedicó un corto vistazo a Kō y asintió. ―… quiero disculparme con él también.
―No es necesario-
―Lo mejor será que lo haga mañana ―propuso Natsu.
Asintió. ―¿Hanabi se ha comunicado?
Levantó el rostro y se encontró con la sonrisa que Natsu solía poner en sus labios cuando no tenía respuestas favorables. La vio negar con movimientos suaves y agachó la mirada a su reflejo de nuevo.
―Si algo malo hubiera pasado, ya lo sabríamos, Hinata-sama ―aseguró Kō, ante el inusual mutismo de Natsu. ―Akino, Kimi y Takako están con ella.
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Días atrás
Luego de un día de viaje, Hanabi Respiró el viento fresco con gusto, a pesar de que estuviera cargado del olor metálico que solía acompañar a la locomotora. Por un momento se preguntó cómo hacían Kiba y Akamaru para soportarlo, pero los sacudió de sus pensamientos fácilmente. La mano de su padre, en su hombro, se sintió pesada, pero lo soportó.
Se miraron y asintieron.
Ninguno quería estar ahí. Ninguno estaba de acuerdo con la decisión del consejo de continuar con su proceso. No habían hablado más que de lo estrictamente necesario y, aunque conocían la aversión que el otro sentía por ese arreglo, desconocían por completo sus mutuas intenciones de rechazar sutilmente a Yasahiro y convencerlo de desistir.
Salieron de la estación y fueron recibidos por una pequeña comitiva, conformada por solo dos personas de la familia Hasegawa. Se saludaron y, luego de una conversación llena de formalidades, los siguieron por las calles de aquella pequeña comunidad, asentada casi en la frontera con el país del viento. Hanabi observaba en silencio. Cuando era aún una niña mimada por el clan, había acompañado a su padre a casi todos los viajes que realizaba; conocía a la mayoría de las familias, tanto o más que a sus pocas amistades de Konoha. Había mantenido una fluida correspondencia con algunas de las hijas de las casas y ahora que estaba a punto de convertirse en la cabeza de clan, sus relaciones se habían extendido a las matriarcas y patriarcas de las familias.
Pero de la familia Hasegawa solo tenía un vago recuerdo que no la ayudaba a calmar sus ansiedades.
Miró la espalda de Hiashi, que en esos momentos platicaba con una mujer que parecía llevar el mando en aquella comitiva. Imaginó que se trataba de la matriarca y alejó la mirada para no ofenderla.
Rodeados del sonido de sus pasos sobre la grava, y la conversación formal que mantenían los jefes de las familias, entraron al camino que los guiaría a la enorme casa que descansaba al centro de un jardín bien diseñado y poblado de altos árboles que protegían la estructura del calor habitual de aquellos lares. La selección de plantas en el jardín demostraba el conocimiento que tenía aquella familia sobre la vegetación y el clima del área, todas las plantas preferían cantidades indiscriminadas de sol y sobrevivían a la falta de agua.
Hanabi pasó saliva con algo de dificultad, el aire ahí era más seco que en Konoha y aún no se habituaba. Observó la gran variedad de suculentas que descansaba alrededor de la veranda de la casa y luego los arbustos y árboles que se esparcían por el perímetro, trazando caminos, claros y más jardines.
Distraída, su mano fue a parar a su estómago, sintió por debajo de la ropa el dije que pendía de la cadena de oro que se escondía en los pliegues de su ropa y que mantenía oculta de la vista de todos. Su mano se apretó sobre la tela, encerrando en un puño su blusa y el dije; tragó saliva de nuevo y se detuvo de pronto, sintiendo que alguien chocaba contra su espalda. Dio un paso a un lado y se disculpó con una reverencia, dudando que las palabras que salieron de sus labios tuvieran sentido alguno.
—Seguro estaba distraída viendo el jardín —la excusó Hiashi de inmediato. —Es muy hermoso, no me sorprendería que estuvieras admirada.
Asintió y sonrió, luego buscó con la mirada a Natsu, en una costumbre que tenía arraigada desde la infancia. Se encontró con el gesto amable de Akino, que se había adelantado a ella y la obligaba a seguir caminando. Se aferró a la manga de la mujer y se inclinó hacia ella, mirándola fijamente a los ojos mientras susurraba.
—No quiero estar aquí.
Akino parpadeó.
—Algo está mal —insistió. —No sé qué es…
Su voz murió y disimuló su agitación, soltando la manga de Akino. Miró alrededor. Las dos personas que llevaban su equipaje y el de su padre subieron los escalones, al tiempo que la puerta se abría y los recibía un muchacho bien parecido, que les dedicó una reverencia respetuosa.
Hanabi observaba el alrededor, desesperada. Las luces estaban encendidas en el camino, en el exterior e incluso en el interior, podía observar el genkan y un pasillo, que los guiaría a la sala común o a algún comedor y luego a sus habitaciones. Luchó contra la fuerza que quería plantarla en el sitio, sin dejar de apretar el dije con su mano derecha.
—Él es mi hijo, Yasahiro —les indicó la mujer, con una sonrisa en el rostro y el pecho hinchado de orgullo.
Los Hyūga hicieron una respetuosa reverencia y pronto fueron presentados.
Entraron a la casa. El olor de la comida llegaba apenas a la entrada. Hanabi observó cada detalle del interior, sin encontrar la fuente de su inquietud; el lugar estaba impecable, fresco y ventilado, la actividad ahí dentro era tranquila e invisible, como solía ser en su casa. Quien se encargaba de mantener las habitaciones bien ventiladas no permitía, ni por error, que pudieran ver, aunque fuera, el vuelo de su pantalón e imaginaba que lo mismo sucedía con la gente en la cocina.
Hicieron el recorrido habitual, les mostraron la sala, el comedor, la salida a los jardines y el camino a sus habitaciones. Dos mujeres estarían a disposición de Hanabi y Hiashi y una más lo estaría con el resto de la comitiva. Hanabi observó su habitación en silencio, escuchando la explicación que le daba la doncella sobre donde podría encontrar algunas cosas que podría necesitar. Había yukata, limpias y frescas, en uno de los cajones, en el closet podría encontrar un futón, si lo prefería a dormir en la cama, y más cobijas en caso de que el frío del desierto la despertara.
Su maleta fue acomodada dentro de un closet, con la vista hacia afuera, para que tuviera más fácil acceso a sus pertenencias. La puerta se cerró y se sentó en la orilla de la cama, con el oído aguzado; imaginaba que activar el Byakugan, o cualquier alteración en el chakra de alguien, sería notado.
Escuchó la puerta contraria a la suya cerrarse y unos suaves pasos alejarse por el pasillo. Esperó unos segundos antes de ponerse en pie y un sonido sordo la obligó a salir disparada y entrar a la habitación de su padre; lo encontró arrodillado junto a la cómoda, con una mano presionada contra la cabeza y un gesto de confusión.
—¡Papá!
—Estoy bien, solo fue un mareo —la tranquilizó, poniéndose en pie con su ayuda.
—¿Está seguro? —insistió, para susurrar después. —¿Ha bebido algo que le han ofrecido?
—No, justo iba a tomar la jarra —aseguró, extrañado, señalando la jarra que había en la cómoda.
El agua ahí dentro seguía meciéndose por culpa del impacto de su padre contra el mueble. Unos suaves golpes a la puerta les indicaron la presencia de la doncella en el pasillo y ambos la miraron, Hanabi con desconfianza disimulada.
—¿Sucedió algo? Escuché un ruido —comenzó a explicar, con inocencia y preocupación.
—Solo un mareo —sonrió Hiashi.
Hanabi se alejó hacia la cómoda y tomó la jarra de agua y un vaso, con los que volvió a lado de su padre, sin dejar de estar pendiente de aquella doncella.
—¿Necesita un doctor?
—No hay necesidad de molestarse con esas cosas —aseguró. —Solo estoy cansado por el viaje…
—Puede retirarse —ordenó Hanabi.
La mujer asintió, hizo una reverencia, cerró la puerta y se alejó. Hanabi se quedó mirando la puerta y luego volvió su atención al vaso de agua que aún tenía en las manos; la observó unos momentos, agitó el vaso y observó el movimiento del agua, luego la acercó a su nariz.
—¿Qué haces, Hanabi? —preguntó Hiashi, asombrado. —¿Desconfías de ellos?
—No me agrada este lugar —murmuró, entregándole el vaso, a pesar de sus reservas.
—Ah, sí… recuerdo que dijiste algo parecido cuando eras niña —rememoró, llevándose el vaso a los labios. —Se te pasó a los dos días.
Sonrió y observó a su padre beber, buscando en su memoria, escarbando.
Nada.
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Los primeros días habían pasado terriblemente lentos. A Hanabi no le ayudaba que se había estado quedando despierta hasta la medianoche, en que la vencía el sueño, pero al más mínimo ruidillo despertaba, alerta y tensa. Aquella casa comenzaba a crujir, como cualquier otra lo haría, cuando la noche traía las bajas temperaturas y la estructura comenzaba a enfriarse. El amanecer la sorprendía sentada en la orilla de la cama, con la mirada clavada en la ventana, sin haber descansado.
El primer día había logrado sobrevivir, gracias a esas 24 horas sentada en el tren, pero terminó por agotarse.
Las mañanas corrían como cualquier otra, luego del desayuno perdía algo de tiempo entrenando en los jardines de la casa, su papá le había prohibido, terminantemente, activar el Byakugan durante sus entrenamientos y aquello le había cortado un poco las alas, pero no la detenía.
Sin darse cuenta, comenzó a imitar la rutina que su hermana tuviera en diciembre y enero. Recorrió aquella casa, husmeando con disimulo, abría todas las puertas que se le presentaban, revisaba hasta el más ordinario rincón sin saber qué buscaba, sin saber qué podría encontrar e ignorando por completo qué podría lograr con lo que llegara a descubrir. No tardó en confirmar que las doncellas a cargo de su familia le habían estado siguiendo la pista, aparecían por coincidencia en el pasillo cuando ella salía de una habitación o entraba de los jardines.
Llegó a desesperarse, pero no lo demostró. Estaba dispuesta a encontrar el secreto de aquella familia y si comenzaban a increparle, utilizaría la curiosidad de una muchacha joven e ingenua de dieciocho años a su favor.
Su padre la respaldaría, la regañaría al volver a casa, pero no la dejaría caer en vergüenza.
Aquella tarde se detuvo en un pasillo, luego de cruzarlo por milésima vez esa semana, y miró la oscuridad que se adueñaba de aquella angosta escalera que guiaba hacia el segundo piso, donde dormía el personal. Meditó unos momentos lo que estaba a punto de hacer, había evitado esa parte de la casa, por la misma razón que se había llenado de ansiedad al llegar. Dio un paso al frente, plantando con cuidado su pie y cargando su peso en él, luego dio otro paso y otro y entonces lo escuchó, la madera había dejado salir su canto. Movió el pie rápidamente, presionando las tablas a los lados y pronto encontró una segunda traicionera.
Uguisubari[1], pensó victoriosa.
Dio un par de pasos atrás y observó el suelo en silencio, grabándose en su memoria el patrón en el que estaban dispuestas las tablas en el suelo, se dio la media vuelta y se alejó, tarareando una canción y jugando con un mechón de cabello.
Como había esperado, una de las doncellas apareció en el pasillo, cargando sábanas limpias.
—Hanabi-sama —saludó, haciendo una reverencia.
Inclinó la cabeza y siguió caminando. Salió a la veranda y se sacó una hoja de un escondite en su pantalón y dibujó el patrón del suelo en ella… Esos suelos no se usaban en su casa, pero Neji los odiaba desde que una de sus primeras misiones fracasara por culpa de un "inocente" rechinido, dentro de un palacio al que se había infiltrado. Repasó en su mente las marcas de las líneas, siguiéndolas con la punta del lápiz sin recargarla sobre la hoja, intentando pensar en la manera en que aquella familia hubiera diseñado ese suelo y así no volver a caer en la trampa.
—Hanabi, te estaba buscando.
Con disimulo escondió el papel con su manga y miró a su padre. —¿Qué pasó?
—Yasahiro quiere hablar con nosotros.
Miró detrás de su padre. —¿Dónde está?
—En la sala de té.
La desconfianza le trepó por la espalda, pero supuso que había llegado al momento de rechazarlo. —… iré en un momento.
Hiashi la miró fijo apenas un segundo y, luego de asentir, entró y se perdió en el pasillo.
Esperó unos segundos y luego tomó el papel, lo dobló y volvió a esconderlo en su pantalón. Se acomodó la blusa con cuidado y miró el jardín en silencio, el aire estaba seco y era, unos cuantos grados, más caliente que en Konoha. Observó el cielo, libre de nubes y aves… era un manto uniforme del habitual azul brillante. Se giró para entrar a la casa y volvió a mirar el cielo, luego observó los árboles.
No he visto un solo animal desde que llegué, pensó, encontrándole pies a su alarma.
En la sala de té, su padre y Yasahiro hablaban animadamente. Se disculpó con una reverencia y tomó su lugar, en uno de los costados de la mesa cuadrada. El muchacho no tardó en servirle té, observando la etiqueta.
—Su padre me comentaba que su hermana estará ocupada con su entrenamiento y misiones estos meses —dijo el muchacho, con un gesto afable.
—Sí ―asintió, no le extrañaba que Hinata fuera el tema de conversación, ahora que su regreso se había ventilado. ―Por desgracia no tenemos ningún control en ese aspecto de su vida.
Yasahiro asintió. —Sí, comprendo… una lástima. Mi madre estaba muy interesada en volver a verla.
—Ya veo ―sonrió, dando un sorbo al té y aprovechando para leer el semblante de su padre.
―Lo siento, iré directo al grano… La verdad es que he mantenido una correspondencia fluida con sus ancianos y… están al tanto de ello, ¿cierto?
Aquello la había tomado en curva y se había traducido en su rostro. Miró a Yasahiro de lleno y luego miró a su padre, que lucía confundido a su vez. Ambos negaron con movimientos suaves y el muchacho asintió una sola vez, sumiéndose en un corto silencio contemplativo.
―¿Qué han estado discutiendo? ―preguntó, mirando de reojo a su padre.
―Mantenemos correspondencia con otra familia… Es un tema sensible, hace años se acercaron a ustedes, buscando la posibilidad, pero sucedió lo que sucedió…
―Cuando dice, que "sucedió, lo que sucedió", está hablando de la desaparición de mi hermana.
―Sí ―aseguró. ―Entiendo que es un tema sensible, pero no lo estaría hablando con ustedes si los ancianos no hubieran tocado el tema. Hemos comentado con ellos la existencia de este posible… pretendiente, dejaron claro que están interesados en el futuro de Hinata-sama, así que mis padres querían que aprovechara esta visita y la ocasión, para comentarlo con ustedes.
Hanabi se quedó helada en su sitio. Sus manos se mantenían, suavemente, rodeando la taza, pero las puntas de sus dedos amenazaban con temblar del enojo que sentía. Carraspeó y agachó la mirada, buscando las palabras adecuadas, el temple necesario para hacerle frente a aquella revelación.
―Bueno… ―comenzó a decir, mirando a su padre.
Hiashi tenía las arrugas de la frente más marcadas. ―Hinata no está lista.
Yasahiro asintió. ―Lo entiendo completamente, verán, no se ha formalizado nada, precisamente por… la situación.
Hanabi tragó saliva con dificultad y tomó la taza de té, dando un trago diminuto. Tenía mal sabor de boca y no precisamente las golosinas que se había traído a escondidas; miró al muchacho luego de acomodar la taza en su lugar.
—Mi hermana es un ninja, está afiliada a la aldea de Konoha, por el momento no tiene intenciones de abandonar la sede, está concentrada en su carrera.
—Bueno, no estoy al tanto de las posibles exigencias, nosotros solo queremos estrechar la relación… estamos conscientes de la desconexión que sufrieron estos años, solo los más allegados sobrevivimos. Pero existe una persona, razonable, interesada en su hermana. Están dispuestos a esperar. Se me ocurría que una vez llegáramos nosotros a un acuerdo, podríamos invitarlos aquí, a ustedes y a ellos, podrían conocerse… su hermana parece ser una persona razonable. No quiero decir que ustedes no lo sean —apresuró.
Hanabi extendió una pequeña sonrisa que no le alcanzó los ojos, no estaba impresionada. —Descuide. Lo que quería decir —continuó, adoptando una postura más rígida e ignorando que su respuesta parecía haberse dado por sentada y creían que aceptaría el compromiso —, es que Hinata no tiene intenciones de abandonar su carrera como ninja. ¿Estaría esa persona dispuesta a considerar… cambiar de residencia?
El muchacho enarcó apenas una ceja. —Esto no es inesperado, pero considerando la situación de su hermana-
—¿Qué situación?
—Sabemos que están rehabilitándola, su carrera como ninja pende de un periodo de prueba de dos años, ¿no es así? La carrera de su hermana podría acabarse cualquiera de estos días.
Aquello no desarmó a Hanabi, recibió el golpe, pero se mantuvo firme. —Disculpe, no sé de qué habla.
—Oh, por favor no se ofenda —pidió, adoptando una actitud benevolente. Sacó una carta de su bolsillo. —Estamos al tanto de la situación. Confiamos en las habilidades de Hinata-sama y le deseamos los mejores resultados, pero seamos realistas, la aldea no la necesita y su pérdida ya está considerada desde hace mucho tiempo.
Hizo uso de toda su fuerza de voluntad para no juntar las cejas. Mantuvo la mirada clavada en Yasahiro, pero prestó atención a su padre también, que no parecía afectado por ese conocimiento.
—Mi hermana volverá a ser lo que era a los dieciséis, en menos de cinco meses. Su rehabilitación durará un año, su habilidad solo irá en aumento y, le reitero, no tiene intención de abandonar su carrera pronto. Solía ser un ninja formida, era una de las kunoichi más activas y confiamos en que volverá a serlo. Será una esposa ausente, una esposa que estará siempre en la línea de peligro. ¿Esa persona en verdad está dispuesta a aceptar esas condiciones?
Yasahiro miraba a Hanabi. —La correspondencia no ha sido sincera o usted me está mintiendo.
—Mi hija no le está mintiendo —aseguró Hiashi. —El periodo de prueba de Hinata es de un año, quizá los ancianos se confundieran al compartir ese dato con usted.
Hanabi elevó ligeramente el mentón. —O quizá el consejo de la aldea confundiera un poco las cosas al explicarlas, no se moleste, y le pido que no culpe a nuestros ancianos, no están al tanto de todos los detalles.
—No hay malos sentimientos —aseguró.
La mirada blanca de la heredera estaba clavada en él. Observó cada detalle del muchacho y lo grabó en su memoria; si lo comparaba un poco, parecía una variante menos estilizada de Neji. Sus vestimentas eran similares, aunque Yasahiro usaba tonos otoñales y llevaba el cabello más corto, apenas por debajo de los hombros. Bajó la mirada a sus manos, que se mantenían cruzadas sobre sus muslos y miró en silencio el brillo que había aplicado a sus uñas durante el aburrimiento del viaje en tren.
—Las intenciones de Kakashi-sama son de reintegrar por completo a Hinata al programa —terminó de explicar Hiashi.
—Bien, creo que eso podría cambiar las cosas —admitió el muchacho, frotándose el mentón.
Hanabi asintió y apretó un poco los labios para no dejar que un gesto de satisfacción se escurriera por ellos.
—Supongo —resonó una cuarta voz.
La ventana de la sala de té estalló vuelta añicos y Hanabi rodó por el jardín, perdiéndose entre los arbustos. Maldijo no llevar encima más de unos cuantos kunai y shuriken, tendría que apañárselas; se arrastró por el suelo, sin activar su Byakugan para no delatarse, y se alejó lentamente del punto al que había ido a caer.
No reconocía la voz, pero reconocía aquel escalofrío… era el mismo que había sentido durante el festival de invierno y días atrás, en la estación de tren.
El sonido de pasos se escuchó luego de unos instantes, acompañado de un castañeteo. Hanabi apretó los dientes al reconocer aquel repetitivo sonido, la primera vez que lo escuchara sería durante aquellos exámenes chunin en los que Neji casi se convirtiera en un asesino, cuando Kankuro había andado de bravucón en las calles, atormentando a los estudiantes de la academia… pero esta vez era mil veces peor y no por el destiempo, sino por el estruendo que generaba.
Suponía que estaba rodeada por un centenar.
Empuñó dos kunai y buscó con la mirada al dueño de aquella voz, que no había escuchado en ningún habitante de aquella casa antes; mantenía el oído atento a los sonidos de lucha que se llevaban dentro de la casa, pero no le dieron oportunidad de evaluar la situación por completo, las marionetas comenzaron a volar a una velocidad increíble hacia los arbustos y ella tuvo que salir de su escondite y perderse en los árboles.
Activó el Byakugan y buscó alrededor, encontrando en el centro de aquel pelotón de muñecos a la persona que imaginaba los estaba controlando.
Aterrizó en lo alto de un tronco y un escalofrío le recorrió el cuerpo al notar los muñecos que había almacenados en la segunda planta, los que se escondían entre los árboles y los que la rodeaban. Los castañeteos llegaron a sus oídos, estaban demasiado cerca, y bajó la mirada, no le sorprendió encontrarse con un montón de rostros vacíos, mirándola.
Un brillo le indicó demasiado tarde que había caído en la trampa.
—Bruta —masculló, cubriéndose el rostro con los brazos, para protegérselo de la explosión.
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Vagó en el limbo de la inconsciencia, despertando por cortos y confusos periodos de tiempo. Las pocas imágenes que logró retener su cerebro eran confusas y atemorizantes. Recordaba ver a su padre tendido en el suelo a lado de ella y a Akino, Miki y Takako de pie a lo largo de la pared, con la mirada vacía. En algún otro momento había un rostro pálido justo sobre el suyo, lo único que recordaba de aquel semblante era la sonrisa satisfecha… lo demás eran ecos de una conversación que no entendía.
Un sobresalto la sacudió hacia la consciencia y observó sus brazos al sentir las oleadas de dolor; las astillas y la explosión le habían lastimado la piel, que ahora estaba protegida por un ungüento y una capa ligera de gaza. Hizo un ligero gesto de dolor e intentó levantarse de la cama, pero su cuerpo estaba débil; gruñó y llamó a su padre, sin recibir respuesta alguna.
—Muévete —gruñó, arrastrándose a la orilla de la cama y cayendo pesadamente al suelo.
Volvió a girar su cuerpo y quedó mirando el techo de la habitación. El dolor en la piel le agitó la respiración y logró marearla lo suficiente para postrarla de nuevo.
—¡Hanabi-sama, no debe moverse!
Un gemido escapó de sus labios cuando Miki intentó levantarla del suelo. Se recargó en la cama y observó a la mujer, que le revisaba preocupada las heridas en los brazos, el cuello y el pecho.
—Miki…
—Tranquila, fue un accidente horrible, pero todo estará bien… pronto volverá el doctor y quedará como nueva —aseguró, pasándole los brazos por las axilas, desde la espalda, con cuidado de no tocarle las heridas y ayudándola a sentarse en la cama.
Miró confundida a la mujer. —De qué hablas —balbuceó. —¿Qué accidente?
—La caldera —lamentó.
—¿Qué? N-No-
Una mano le meció el cabello suavemente. —Andaba curioseando en el sótano y no se fijó que rompió el regulador cuando…
Miró a la persona que estaba hablándole, boquiabierta. Era el dueño de esa voz desconocida… lo conocía de algún lado. Buscó a su padre y lo encontró de pie en el umbral de la puerta; el rostro estaba ajado por la preocupación. Asintió, viendo una extraña oscuridad formar un túnel, por el que pudo ver un recorrido por el sótano.
—… cuando mi manga se atoró —susurró.
—Pudo pasarle a cualquiera —aseguró el muchacho.
Su mano buscó el dije que llevaba por debajo de la blusa, sin encontrarlo. Las lágrimas se juntaron en sus ojos.
—Ay, no… —balbuceó, antes de perder el conocimiento de nuevo.
—Fue un accidente —insistió el muchacho, recostándola con cuidado en la cama.
Un par de lágrimas escurrieron por las mejillas de Hanabi y la almohada se las tragó de inmediato; aun podía escuchar y sentir lo que sucedía a su alrededor, aunque su vista fuera un túnel oscuro.
Nee-sama.
Hinata despertaba gritando en ese momento.
Referencias:
1.- Uguisubari (Los suelos del ruiseñor): Son suelos de madera que rechinan emitiendo un sonido "similar" al del ruiseñor. Esto sucede cuando, al ejercer presión sobre la madera, los clavos rechinan al golpear contra los soportes o el revestimiento inferior.
Se cree que este defecto de instalación comenzó a usarse como trampa en los corredores, se creaban patrones de tablas que rechinaban y así impedían que los intrusos pudieran recorrer los interiores sin ser detectados.
El ejemplo más famoso de estos suelos se encuentra en el castillo Nijō en Kyoto.
Lunes, 10 de abril de 2023
