Capítulo 28

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Luego de dar un rondín, que no liberó a Kiba de sus ansiedades y solo lo volvió preso de un sinfín más, volvieron a la habitación en la que habían dejado a Chachamaru a solas. El ninken se había quedado plácidamente dormido y Kiba no pudo evitar sentir pena por él, imaginaba que haberse sentido mudo e ignorado todo ese tiempo no le había permitido descansar.

―Llamaré a Hanabi-sama ―anunció Neji.

Asintió. ―¿Me puedes dejar a solas con ella? ―aclaró.

La mirada blanca de Neji brilló con perspicacia y se enarcó, pero asintió una sola vez y salió en busca de su prima. Hanabi renegó al escuchar que Natsu la estaba esperando y que no admitiría su ausencia o retraso. Dejó la taza de té de la que había estado bebiendo y le pidió a Hikari que le guardara la golosina que apenas comenzaba a comer.

―No tardo… Gracias, Neji-niisan ―renegó, mirando a Neji con un mohín antes de salir.

Cruzó la casa y al abrir la puerta le sorprendió que Natsu no se encontrara ahí, sosteniendo alguna tela estropeada por culpa de un dulce olvidado. Kiba le saludó, con un gesto más afable que el que le había dedicado cuando recién lo encontrará ahí dentro. Miró hacia el pasillo, encontrándolo vacío, pero no pudo evitar mascullar y pensar en el escurridizo de Neji.

―No te esperaba aquí ―se sinceró, caminando hacia una de las sillas.

―Dudaba que quisieras venir, de saber la verdad.

Kiba la siguió con la mirada y no pasó desapercibido el gesto de satisfacción que adornó el rostro de la muchacha, luego de echarle un vistazo a Chachamaru y que este no reaccionara.

―Ah, no seas tan cruel contigo mismo ―murmuró, alizando su pantalón luego de sentarse. ―¿En qué puedo ayudarte? No tengo mucho tiempo

Carraspeó y sacó una libretilla, con la que cubriría aquel teatro. ―Tengo algunas preguntas sobre el comportamiento de Chachamaru.

Hanabi le miró solemne y asintió.

―Recibí el reporte el día...

Trajinaron unos momentos con los detalles, Hanabi no perdía esa histeria perfeccionista que él había presenciado en todos esos años. Lo que ella decía iba de acuerdo con lo que ella y el resto de su comitiva habían reportado sobre el comportamiento del ninken; él no tuvo que disimular su fastidio al escucharla asegurar que el perro no estaba bien entrenado, pero aquellas palabras iban a caer en un saco roto. De no ser por el reporte del Chachamaru y el rondín que diera más temprano, habría caído en la trampa de Hanabi… o de quien quiera que fuera que se encontraba detrás de todo eso.

Golpeó la libreta con la pluma y asintió. ―Todo está en orden, no sé si Neji te comento, pero traje a Yukimaru conmigo.

―¿Entonces nos dejaste un perro mal entrenado?

Desencajó la quijada. ―Velo como quieras.

Ladeó un poco la cabeza, sin quitar un gesto satisfecho de su rostro. ―¿Hay algo más en lo que pueda ayudarte?

―No, es todo ―apresuró, guardándose la libreta.

―Bien ―exhaló, levantándose. ―Muchas gracias por su esfuerzo.

Aceptó la burla y la miró pasar. Tomó aquella oportunidad para atrapar el cuello de la blusa de la muchacha y tirar ligeramente de él. Aquello le ganó un palmetazo en la mano que ardió más de lo que admitiría.

—Lo siento —apresuró, luchando contra una sonrisa nerviosa.

—¡Quién demonios crees que eres, tocándome con tanta confianza! —espetó, arreglándose el cuello. —¿Cómo te atreves?

Aquello había despertado violentamente a Chachamaru, que se solo soltó un ladrido y luego gruñó, agachando el rostro al reconocer a Hanabi. Miraba a Kiba con culpabilidad, pero un gesto de la mano lo tranquilizó y le ordenó que saliera. El ninken pasó entre ellos y se escurrió luego de abrir una rendija en la puerta, dejandoles como despedida una sacudida de su cola.

A Hanabi no se le había pasado el malhumor cuando pudo desviar la mirada del perro y devolverla al motivo de su enojo.

―¿Qué le pasó a tu collar?

Un gesto de confusión le adornó el rostro. ―¿Collar?

―Sí, el que siempre llevabas escondido ―alegó, señalándole el cuello.

Aquello dejó a la muchacha plantada, mirándolo con extrañeza. ―Solo uso collares en las fiestas…

―Huh ―exclamó, fingiéndose desinteresado. ―Supongo que vi mal, aunque juraría que siempre llevabas uno escondido.

Volvió a acomodarse el cuello, en un intento por disimular el escalofrío que le recorrió el cuerpo. —Eso no te da derecho a andar tocando a otras personas…

Una extraña sensación descarriló sus palabras. Carraspeó, sintiendo como si el interior de su cabeza estuviese hecho de vidrio; aquella sensación incómoda la descolocó y volvió a acomodarse el cuello para disimular su situación una vez más. Se acomodó el mechón de cabello que se le escurría entre los ojos, sujetándolo detrás de su oreja, y miró al muchacho con fastidio de nuevo.

—No volverá a pasar —aseguró, ocultando su preocupación, había visto aquel titubeo.

Asintió, sintiendo que el aire le faltaba de pronto. —Ya me voy, no puedo perder más tiempo.

—Claro, claro —asintió, adelantándose para abrir la puerta y cediéndole el paso.

Hanabi volvió a pasar frente a él, pero esta vez él caminó trás ella. Observó la nuca de la muchacha, que lo estaba guiando hacia el exterior de la casa. El silencio los rodeaba y, aunque no era extraño en aquella casa, ni por parte de Hanabi, Kiba no podía evitar sentir que debería estarle prestando atención a algo. Dejó que su mirada viajara por la nuca de la muchacha de nuevo, antes había habido un broche ahí atrás, asegurando una fina cadena que se perdía en los dobleces de la ropa, de eso estaba completamente seguro, pero también estaba seguro de que Hanabi decía la verdad al negar la existencia de algún collar.

Se detuvieron en el genkan y Hanabi le miró satisfecha de haberlo despachado.

—Es un honor haber sido escoltado por la heredera, con Natsu hubiera bastado —se burló, sin bajar el escalón.

Pudo ver una chispa en la mirada de Hanabi, que a pesar de ello tenía un gesto de molestia.

—¿No tienes una aldea que vigilar? —le urgió.

Asintió y desvió la mirada al suelo. Se llevó las manos a los bolsillos y exhaló pesadamente. —Hay algo de lo que quiero hablar contigo, no tiene que ser ahora. —Sacó una de sus manos de su bolsillo y le mostró un trozo de papel. —¿Reconoces esto?

Hanabi negó. Kiba asintió.

Le miró guardarse aquello en el bolsillo, bajar el escalón y comenzar a calzarse, dejando detrás las zapatillas para visitantes y acomodándolas cuidadosamente en el zapatero.

—¿Qué es eso? ¿Es sobre Hinata?

—No, descuida —apresuró, aún sentado en el escalón, dándole la espalda.

Observó los hombros del muchacho y un gesto de dolor le atravesó el rostro al sentir de nuevo aquella curiosa sensación de cristal dentro de su cabeza, pero esta vez se sentía como si algo lo hubiera hecho fracturarse. Se llevó una mano a uno de sus ojos y presionó unos momentos, agradeciendo que Kiba se tomara su tiempo en asegurarse que las botas y la orilla de su pantalón quedaran bien acomodadas. Inspiró profundo y con cuidado de no hacer ruido, recomponiéndose antes de que Kiba se incorporara.

—¿Se puede saber de qué asunto quieres hablar?

—De ti —aseguró, girándose para mirarla, a pesar de que la costumbre dictaba que saliera y no mirara al interior.

Se contuvo de dar un paso atrás y enfrentó la mirada del muchacho. —¿De mí?

Asintió y con mucho cuidado le estrechó el brazo. —No debería sorprenderme …pero lo que hiciste no estuvo bien.

—¿De qué hablas? —balbuceó, con gesto de confusión.

Deslizó la mano por el brazo de la muchacha, rozándole la mano casi por accidente. Había esperado una reacción de rechazo, como la de momentos antes, pero lo único que obtuvo fue un gesto que se iba fastidiando cada vez más.

—Inuzuka, de que- ¡ah!

La mano de Hanabi se estampó contra la madera del zapatero y éste se agitó. Kiba reaccionó a tiempo para evitar que la muchacha se cayera con todo y mueble, sujetando bien la madera para que ella pudiera apoyarse. La miró, alarmado, sin entender qué le pasaba.

—¿Estás bien?

Hanabi apretaba una de sus manos contra su ojo izquierdo, no emitía sonido alguno, pero su respiración la delataba. Kiba se apresuró a tomarla y la muchacha terminó colapsando a sus pies, quedando de rodillas, con una mano crispada sobre la madera del suelo y la otra apretada contra su ojo.

Aquella sensación de cristal estrellándose se extendió por su cabeza y la doblegó. No entendía lo que Kiba le decía, no entendía tampoco qué estaba pasando. La casa daba vueltas alrededor de ella y ya no sabía si arriba y abajo significaban lo que ella pensaba y tampoco podía identificarlos. En su cabeza había ruido, del cristal rozando entre sí, revolviéndose con palabras que no lograba comprender; cada trozo de cristal le mostraba una escena distorsionada por las vetas de la fractura y no comprendía lo que sus ojos veían.

Solo podía sentir.

—¡Ah!

Se desplomó en el suelo, jadeante, sin poder cerrar el ojo descubierto y sin poder liberar el que apretaba con su mano. Luz, dolor, humo, fuego, miedo, confusión, gritos; todo se mezclaba en su cabeza y se traducía en desesperación… en una desesperación que se había mantenido en segundo plano, encerrada con su propia consciencia, y ahora aprovechaban esa oportunidad y luchaban por salir y hacer estallar su cabeza. El sudor escurría por su piel y la saliva por su mejilla hasta el suelo.

Los ecos que contenía su cabeza se mezclaron con el retumbar de los pasos acelerados de Natsu y Neji, los gritos por ayuda de Kiba y sus gemidos y jadeos.

—Iré a buscar al doctor —anunció Natsu.

Kiba observó a Natsu alejarse y sintió las manos de Neji en su cuello. —¿Qué pasó?

—¡No lo sé! —espetó, sacudiéndose al muchacho de encima.

Recuperó su autonomía de manera violeta y vio las venas hinchadas alrededor de los ojos del muchacho, pero él no era el objetivo de aquella violencia.

—Hay que llevar a Hanabi-sama a su habitación —murmuró, desactivando el Byakugan. —Ayúdame.

Tomaron a la muchacha, cada quien por uno de los brazos, y con cuidado la levantaron del suelo. La muchacha temblaba y no podía caminar, así que sus pies arrastraban mientras ellos la llevaban por los pasillos. De sus labios escapaban balbuceos que remontaron a Neji a la noche más reciente en la que Hinata se había encontrado en su estado febril. Apretó los dientes por un momento y se detuvo al llegar a la habitación de Hanabi, abrió la puerta con cuidado y miró a Kiba.

—Tranquila, Hanabi-sama, ya estamos en su habitación.

—Ya casi, Hanabi —la animó Kiba, sin saber qué más decir.

La puerta rechinó ligeramente al terminar de abrirse y entraron con cuidado a la habitación. El primero en liberarse del brazo de Hanabi fue Neji y, apenas se sintió libre, la muchacha se aferró a Kiba con una fuerza sorprendente para el estado tan lamentable en el que se encontraba. Tenía la frente apretada contra el pecho de Kiba y jadeaba con fuerza, ante sus ojos aún pasaban imágenes, pero se mantenía bien impresa en sus pupilas aquel último rostro que viera antes de despertar en aquel estado de confusión del que no había podido librarse a pesar de encontrarse de vuelta en casa.

—T-Toneri —jadeó.

Kiba y Neji se miraron.

—¿Qué? —balbuceó Kiba, sin romper el contacto visual con Neji.

Hanabi levantó la cabeza con dificultad y lo miró, tenía los ojos llenos de lágrimas. —Toneri… su nombre es Toneri. ¡Toneri!

Kiba miró entonces a Hanabi. —¿Ese es el nombre del malnacido que te hizo esto?

Un sollozo escapó de los labios de la muchacha, seguido de un grito de dolor y una nueva flaqueza. Kiba la estrechó a tiempo para evitar que se le escurriera y miró a Neji, que lucía tan contrariado y exaltado como él. Solo duraron dentro de aquella confusión unos segundos, en silencio llegaron a un acuerdo y Kiba comenzó a desembarazarse de la muchacha, pero las manos de ella se aferraron con fuerza a su brazo y los ojos lo miraron suplicantes a pesar del dolor que amenazaba con cerrarlos y las lágrimas que escurrían de ellos.

—… no te vayas —suplicó, aferrándose a él. —N-No…

—Ay —se quejó, intentando soltarse.

—Hanabi-sama, Kiba tiene trabajo que hacer —le recordó Neji, con voz tranquila, intentando alejarla del muchacho.

—¡N-No! Por favor, no te vayas —suplicó, sintiendo que el brazo del muchacho se le escurría de entre las manos. —No quiero quedarme sola…

—No estás sola —balbuceó, sintiendo las nuevas fuerzas con las que se aferraba a él.

—Hanabi-sama, no tenemos tiempo…

—¡Ah! —sollozó, amenázando con caer de rodillas, pero sin soltar a Kiba.

Había un pequeño destello en su memoria, apenas lo suficientemente brillante para poder entender un poco de qué iba… recordaba el collar, recordaba el rostro pálido, los labios crueles, la sonrisa y las pestañas blancas que ocultaban unas cuencas vacías.

harás lo que yo te diga y te encargarás de que nadie en el clan o en Konoha sospeche lo que ha sucedido estos días o tu padre y la persona que te ha obsequiado esto perderán la vida.

Un gruñido escapó de sus labios y se llevó las manos a la cabeza. Neji aprovechó para tomarla en brazos y terminar con aquel lamentable tira y afloja de una vez.

Hanabi se había aferrado con fuerza a lo único que tenía de aquel extraño, lo había oído ir y venir desde su inconsciencia, lo había escuchado de los mismos labios del verdadero Yasahiro.

Toneri. Su nombre es Toneri. Toneri. ¡Toneri! Había repetido, una y otra vez, y seguía repitiendo en su encierro.

—¡Toneri! —repitió una vez más, viendo a Kiba salir por la puerta. —¡Ah, no! ¡No otra vez!

Neji estaba esperando otro grito de dolor, pero en lugar de eso Hanabi fue perdiendo aquella batalla. Pronto se encontró en la cama, debajo de las cobijas, esperando al doctor en un estado de sopor del que iba y venía, balbuceando sinsentidos a los que Neji les estaba prestando completa atención. Miraba a la muchacha removerse con fuerzas diminutas e intentar abrir los ojos sin lograrlo.

Hanabi cedía, poco a poco y mientras que Neji se sentía aliviado, ella se esforzaba por aferrarse a ese estado de consciencia alterada. La extraña niebla volvía a adueñarse de ella y encerrarla en aquella prisión de la que no lograba salir por más que se esforzara. Los ruidos que le llegaban del exterior eran claros, como siempre, y aquello no solo la desesperaba, la llenaba de rabia saber que alguien jugaba con su cuerpo y su familia de aquella manera. Batió sus manos dentro de aquel abismo, viendo niebla y nada más, y maldijo su debilidad mental.

Y todo aquello solo se tradujo a un suspiro y un balbuceo que terminó con la letra a.

Neji se permitió un momento de debilidad para poder hacer uso de toda la fuerza que necesitaba y que imaginaba podría necesitar. Se recargó en la pared y se llevó ambas manos a la cabeza unos momentos, esperaría a que llegara el doctor y después se largaría a dar su reporte con Kakashi-sensei.

No le quedaban dudas de que sacar a Hinata de ahí había sido la mejor decisión y al menos, en ese sentido, podía permitirse quedarse tranquilo.

—… Kiba…

Levantó la mirada y observó a Hanabi, la muchacha lucía un poco más pálida, comparada con el tono rojizo que había logrado teñirle la piel mientras la atacaba aquel dolor.

Exhaló y se acercó a la cama, le quitó el cabello que se le pegaba al rostro y le estrechó el hombro con suavidad; aquello pareció tener un efecto calmante en el malestar de la muchacha y se quedó a su lado los minutos que tardaron Natsu y el doctor en entrar. Durante todo ese tiempo la muchacha no había vuelto a balbucear y él había tenido tiempo para pensar un poco más en lo que acaba de suceder.

Y lo que acababa de confirmar.

Relegándose hacia una esquina de la habitación, observaba a Natsu y el doctor pulular alrededor de la muchacha e intercambiar comentarios. Había escuchado la conversación entre Kiba y Hanabi con atención, y había algo de lo que se había quedado prendado y no sabía si debía regañarse o no por haber dejado pasar aquello por alto. El detalle con el collar podría ser superficial o profundo, pero no lo sabría hasta que pudiera hablar con Hanabi; no se atrevía aún a sacar conjeturas, pero si la memoria no le fallaba, ese collar había sido una adquisición reciente, de tan solo unos meses atrás y había desaparecido de la indumentaria de la heredera luego de aquel accidentado viaje.

Sabía de la existencia de aquella pieza de joyería por casualidad, solía asomarse por el cuello de la muchacha y en ocasiones la había encontrado jugando con el dije en sus momentos de ocio o abstracción.

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Ino miraba fijamente a Kiba, sin saber qué decir.

Luego de que él rindiera un informe a Kakashi, había ido a caer a aquella oficina, que en esos momentos se le antojaba lúgubre y fría. El silencio ahí pesaba, el espacio estaba tan reducido que amenazaba con darle claustrofobia, pero no había encontrado a dónde más ir; irónicamente, había ido a parar con una persona a la que no toleraba en lo personal, porque solo podía confiar en ella en esos momentos.

—… ¿crees que me llamen pronto?

Kiba se encogió de hombros. —Creo que ya se tardaron.

—Esto se está complicando demasiado —renegó, dejando caer los brazos y mirando de nuevo al muchacho. —Lo más probable es que me pidan que la analice.

Asintió.

—¿Cómo es que no te diste cuenta antes? —interrumpió.

—Ya te expliqué —espetó, bajando la mirada de nuevo.

Asintió una sola vez y agachó la mirada también. —… ¿Qué vamos a hacer?

—No podemos decidir hasta saber qué encontraste.

—Si es un caso como el de Hinata, quizá no encuentre nada —murmuró.

—Tiene que haber algo, no recordaría su nombre si no fuera así.

—Toneri, ¿eh? —exhaló.

Aquel nombre no le sonaba, ese hombre era un completo misterio… aunque aún existía la posibilidad de que la persona que Hinata y Hanabi parecían recordar no fuera real o la misma persona. Se mordió una uña unos momentos, observando a Kiba repasar sus notas en un intento por encontrarle sentido a todo aquello.

Desvió la mirada hacia su reloj y apretó los labios unos momentos, Sasuke y Hinata tenían poco más de una hora de haber partido de Konoha y ahora se enfrentaban con eso.

—¿Qué piensas? —preguntó Kiba de pronto, poniéndose en pie.

Lo miró, casi recelosa. —… no sé si lo que estamos haciendo está bien.

Aquello no afectó a Kiba, porque era algo que ya lo atormentaba desde antes de entrar ahí. La miró unos segundos y asintió.

—Debo volver a la oficina, necesito pensar —tomó su chaqueta de la silla. — Si Kakashi te dice algo, me lo dirás, ¿cierto?

Asintió con movimientos cortísimos, aún no tenía permitido comentarle a Kiba la misión de Hinata y al no saber qué hacer, optó por acatar las órdenes de Kakashi y esperar a que él le anunciara a Kiba y el resto sobre su decisión. Solo esperaba que aquello no fuera a generar algún resentimiento que pudiera afectarlos después, ellos dos jamás habían podido congeniar del todo.

—¿Qué harías tu? —soltó, antes de que Kiba se despidiera. —… con Hinata, después de todo esto, ¿qué harías tu?

Exhaló y negó unos momentos. —No lo sé, Ino… lo único que se me ocurre es esconderla.

—¿Dónde?

—No lo sé —soltó, encogiéndose de hombros. —Donde sea, pero lejos de su casa.

Asintió, un tanto nerviosa, y Kiba salió de la oficina, dejándola sumida en un silencio contemplativo; se frotaba el pecho y el cuello distraídamente, convenciéndose de que Hinata estaría bien.

—… Sasuke-kun está con ella —susurró, sintiéndose un poco más segura.

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La madrugada encontraría a Kakashi despierto, como venía sucediendo las últimas semanas, y en compañía de los ancianos del consejo.

Ante él se extendían los reportes de Ino, Kiba, Neji y Temari.

Las líneas de expresión, que ya eran habituales en los rostros marchitos, estaban remarcadas, se había vuelto profundas grietas en aquella piel apergaminada… Kakashi, por otra parte, comenzaba a sentir que su frente dejaba atrás la tez jovial y comenzaba a mostrar una edad avanzada que aún no le correspondía.

―Ino y Shikamaru se están coordinando con los equipos de barrera del resto de las aldeas, llevaremos a cabo un rastreo simultáneo.

―Bien ―murmuró Homura.

—Esa sabandija no podrá escabullirse de un rastreo simultáneo —celebró Koharu.

Aquello era lo que más los había amargado, tener que mostrar tanta vulnerabilidad frente al resto de los países. Luego de hablar con el Daimio el peso de la situación les había caído encima y estaban tolerándolo, pero a Kakashi le parecía que habían perdido la gracia que los había caracterizado en los periodos anteriores.

—Lo que me preocupa es el clan Hyūga…

Kakashi asintió, aquello se había tenido que mantener en secreto incluso de la misma familia, el único al tanto de lo que sucedía era Neji.

—¿Qué haremos al respecto? —insistió Koharu.

—Nada, por el momento —les recordó. —Debemos dejarle creer que tiene aún la ventaja sobre nosotros.

—¿Ni siquiera piensas cambiar a los perros? —exclamó.

—Es lo más inteligente, Koharu —lamentó Homura.

Ino no había podido corroborar el reporte de Kiba, pero al parecer, tanto los perros como Hanabi, Hiashi y su comitiva, habían sido manipulados por, quien ellos suponían, era Toneri. Los perros habían sido manipulados para ignorar la firma del chakra de Toneri y querían mantener las mentes enajenadas al mínimo y la situación a raya; ya que no sabían en qué consistía, ni qué tan lejos llegaba la técnica de aquella persona, lo mejor sería mantener ese ambiente tal y como estaba. Aprovechaban que Hanabi aún no había despertado de su episodio y que el resto de los miembros no parecían tener consciencia de lo que había sucedido, pero Neji tenía la bonita tarea de asegurarse que no hubiera señales de alarma y reportar en caso de que sospechara alguna jugada.

El Hokage se sentía acorralado en esos momentos, la única maniobra que había resultado eficaz, hasta ese momento, había sido la de sacar a Hinata de Konoha, pero tenía miedo de cantar victoria demasiado pronto.

―¿Has considerado alargar la estancia de Hinata y Sasuke en el exterior? ―preguntó Koharu.

―Todo dependerá de lo que suceda estos días, si damos con el paradero de ese tal Toneri, quizá lo mejor sea mantenerla lejos el tiempo que tardemos en solucionar esto.

—¿Y si no? —hizo eco la voz de Homura.

—Todo dependerá de lo que suceda estos días —repitió, ansioso.

―¿Cuándo recibirás ese reporte del equipo que enviaste? ―inquirió Koharu, cambiando el tema con fastidio. ―Necesitamos hacernos cargo de los Hasegawa, no los podemos dejar en libertad.

―El equipo de Temari ya debe estar ahí, no debería tardar mucho el reporte.

Unos golpes a la puerta los interrumpieron. Iruka entró, con noticias enviadas por parte del equipo de Temari; luego de las reverencias de rutina, se paró al frente de sus superiores y recitó el contenido del pergamino.

―La casa está abandonada, hay señales de lucha y de una explosión.

―No fue la caldera ―inquirió Kakashi, recordando la historia del accidente de Hanabi.

―No, lo que haya estallado, estalló en el exterior, cerca de un bosque artificial de árboles de alcanfor. Entrevistaron a los vecinos y la fecha del accidente de Hanabi coincide con la de la explosión.

―¿Qué hay de los Hasegawa?

―Nadie ha vuelto a ver a la familia desde el mes pasado. Se fueron de aquí, pero no volvieron a casa.

―Esto es malo, que revisen las cintas de vigilancia de las estaciones de tren. Quiero los registros de las fronteras con el país del viento lo más pronto posible y los de todas las ciudades circunvecinas ―ordenó. ―Neji cotejó la correspondencia, que confirme cuándo fue la última vez que Hanabi y Yasahiro se comunicaron. Y cuando el equipo de grafología tenga los resultados me los envías.

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Tal como Sasuke había planeado, llegaron a la costa temprano por la mañana.

El puerto había estado estallando de gente, pero no fue difícil encontrarse con el contacto; una muchacha de cabellos grises y ojos morados se había acercado a ellos, haciendo la pregunta clave. Recibieron de ella una segunda bolsa y un sobre, con los boletos para el ferri que los llevaría a las costas del país del agua.

La muchacha había trabajado antes con Sasuke, así que la comunicación resultó un poco confusa para Hinata, pero había comprendido los detalles generales: tenían que presentarse ante la Mizukage tan pronto como les fuera posible, ella les daría por completo los detalles de la misión que les esperaba en aquel lado del mundo. Lo que sabían en esos momentos era que tendrían que hacer uso de identidades y documentación falsa desde que abordaran el ferri que los llevaría y hasta que recibieran la orden expresa de la Mizukage de abandonar el disfraz o regresaran a Konoha.

Se estimaba que aquella misión duraría dos semanas, a partir de su arribo al destino.

La muchacha desapareció entre la gente, así como había aparecido, y ellos se dieron a la tarea de cambiar su apariencia de acuerdo con la personalidad que acababa de serles entregada. Dentro del bolso estaban sus nuevos atuendos e identificaciones.

Para colmo de males, aquella tapadera los convertía, por un corto periodo de tiempo, en marido y mujer.

―¿Está nervioso? ―preguntó, al encontrarse con él al salir del baño, en un intento por hacer todo eso menos incómodo de lo que ya era.

Por primera vez lo vio hacer una mueca, de obvio disgusto. Observó aquel gesto, maravillada, no sabía si por haber podido quebrar la inexpresividad del muchacho o simplemente porque no se acostumbraba a aquel semblante moreno.

Sasuke no contestó de inmediato, aquello lo había ofendido por alguna razón. ―¿Por qué me hablas en keigo[1]? ―la regañó. ―Vámonos, perderemos el ferri… mi vida.

A pesar de la inflexión que Sasuke le había dado a esas últimas dos palabras, Hinata enrojeció violentamente y no pudo contestar. Lo siguió, luego de acomodar una sonrisa tensa en su rostro y asentir.

El trayecto en el ferri duraría unas cuántas.

Una vez dejaron detrás cualquier rastro de tierra firme, Hinata había quedado completamente hipnotizada por la vasta nada que los rodeaba. Pero en lugar de sentir miedo o ansiedad, una extraña calma la embargó y pudo sentirse tranquila, por primera vez desde que despertara aquella confusa mañana en la que no recordaba más que su nombre y a su hermana. Por un momento, por unas horas, era como si su vida no existiera; aquel ferri se convirtió en todo su mundo. No había urgencias, no había posibles prometidos, ni hermanas comprometidas, ni memorias vacías. Y se aferraba a aquella sensación, casi con su vida, consciente de que terminaría en cuanto volviera a pisar la tierra y que solo empeoraría al volver a Konoha; pero se distrajo pronto observando el firmamento. Los brillos de los colores de la luz y el cielo sobre el agua parecían incandescentes espejismos robados de caleidoscopios.

Aquella calma contrastaba contra el tumultuoso torbellino que había en la cabeza de Sasuke. No solo tenía que manejarse con cuidado para que Hinata no se enterara aún del verdadero peligro que la rodeaba y que rodeaba a su familia, tampoco podía dejar de pensar en la reacción que había tenido la noche anterior… aunque las cosas no habían cambiado, Hinata seguía siendo respetuosa y mantenía su distancia, no podía dejar de pensar en eso y sentir unos extraños latidos cada que lo recordaba.

Quería, necesitaba, que las cosas se mantuvieran de ese modo, al menos hasta terminar la misión y de preferencia hasta que él pudiera terminar de entrenarla y largarse de una vez y por todas al exterior.

Tenía que convertirla en un ninja independiente en tres meses y terminar con todo eso.

―Kaede.

Hinata escuchó el llamado, pero se había olvidado por completo de la tapadera.

―Kaede.

Pegó un respingo y se giró, el sol le golpeó la cara y se tuvo que cubrir con un mano. Miró unos momentos el rostro transformado de Sasuke, no se acostumbraba a verlo como Ryutaro; se acercó a él, haciendo un gran esfuerzo por ocultar su renuencia. Como único contacto, se atrevió a palmearle el brazo al encontrarse a su lado y se tensó al sentir la mano de él descansar sobre su hombro.

Quedaba menos de una hora de viaje y habían acordado pasarla sentados dentro, para evitar un golpe de calor, ahorrar energías y comer algo; viajarían tres horas hacia una ciudad pequeña, donde les esperaba un ninja estacionado del país del agua, con las indicaciones que seguirían hasta llegar a Kiri.


Referencias:

1.- El keigo es una modalidad formal del japonés.


PD: Es fanfiction, me vale 3 rebanadas de nopal si Toneri no puede borrar memorias xD

Domingo, 14 de abril de 2024