NED STARK

Ned Stark recordaba con claridad los días en que, en su forma de hombre lobo, había viajado de regreso a Invernalia. Aquella era una experiencia tan nueva como aterradora para él. Se había convertido en algo que solo había conocido a través de las leyendas, una bestia que caminaba en la frontera entre lo humano y lo salvaje. Su transformación, aunque poderosa, también lo llenaba de incertidumbre y miedo a lo que podría hacer.

Durante su viaje, había cruzado caminos con varios grupos de campesinos. Estos eran hombres y mujeres pobres, familias que intentaban sobrevivir en las duras tierras del Norte, donde el invierno nunca parecía estar demasiado lejos. A menudo, se encontraban con peligros que superaban su capacidad de defensa: bandidos, violadores, e incluso otros salvajes. Y Ned, en su forma de Lycan, había intervenido.

Su velocidad, su fuerza, su instinto depredador... todo lo que había ganado con la maldición de Fenrir lo convertía en un protector formidable, más allá de lo que cualquier hombre podría ser. Los bandidos y violadores caían rápidamente bajo sus garras y colmillos, sin tener oportunidad de defenderse ante la furia de la bestia. Sin embargo, aunque Ned siempre había luchado para proteger a los inocentes, los campesinos que salvaba no lo veían como un héroe.

Los recuerdos eran vívidos: el pánico en sus ojos, el temblor en sus cuerpos, las súplicas apresuradas por sus vidas cuando lo veían. No le agradecían su intervención, sino que le temían más que a los mismos bandidos que había matado. Para ellos, él era un monstruo, una criatura que desafiaba las leyes de la naturaleza. Y aunque Ned nunca los había atacado, el miedo en sus rostros le recordaba constantemente que, a sus ojos, no era diferente de las bestias que los atormentaban.

El viaje a Invernalia había sido solitario. A medida que se acercaba a su hogar, se dio cuenta de que, a pesar de sus buenas intenciones, siempre habría una parte de él que sería vista con miedo, una parte que no podría borrar.

Al llegar finalmente a Invernalia, Ned dejó atrás su forma de Lycan y regresó a su humanidad. El peso de la maldición aún pendía sobre él, pero debía continuar. Necesitaba respuestas, necesitaba entender lo que le había sucedido, y sabía que había un lugar en su hogar donde podría encontrar las respuestas que buscaba.

Después de un largo baño para limpiar la suciedad y la sangre de su viaje, y de vestirse con ropas apropiadas para su posición, Ned se dirigió a la torre de la biblioteca de Invernalia. Era un lugar antiguo, lleno de historia y conocimiento. Mientras ascendía las escaleras de piedra, su mente estaba fija en lo que necesitaba encontrar.

Una vez dentro de la biblioteca, comenzó a buscar entre los tomos y pergaminos que habían sido guardados allí por generaciones. Los textos sobre los Caminantes Blancos fueron lo primero que llamó su atención. Había oído las historias desde niño, relatos sobre esos seres de hielo y muerte que acechaban en las largas noches de invierno. Lo que leyó en esos textos antiguos era una mezcla de mitos y hechos, pero nada que pudiera darle respuestas claras sobre cómo enfrentarlos, si alguna vez se encontrara con ellos de nuevo.

Los libros sobre gigantes y Niños del Bosque ofrecían información similar. Eran más relatos de las leyendas que él ya conocía, relatos que hablaban de criaturas poderosas, pero no necesariamente malvadas, seres que compartían la tierra con los hombres antes de que los reinos fueran establecidos.

Sin embargo, cuando llegó a los textos sobre hombres lobo, encontró algo que lo inquietó profundamente. Las descripciones de los hombres lobo eran consistentemente oscuras. En todos los relatos, eran retratados como seres malditos, criaturas condenadas a perder su humanidad en la furia de la transformación. Eran bestias sin control, incapaces de distinguir entre aliados y enemigos, hombres, mujeres o niños. Los relatos hablaban de hombres que se habían transformado en monstruos que no podían ser detenidos, monstruos que eventualmente devoraban todo a su paso, incluso a aquellos que intentaban ayudarlos.

Ned sintió un escalofrío mientras leía. ¿Era eso en lo que se estaba convirtiendo? Los textos parecían confirmar sus peores temores. A pesar de que había logrado mantener el control hasta ahora, ¿qué pasaría si un día perdía ese control? ¿Podría convertirse en la bestia que estos libros describían? El miedo de los campesinos con los que se había encontrado comenzó a tener un nuevo sentido. Ellos intuían la amenaza, percibían el peligro que él mismo apenas podía comprender.

En ese momento, la puerta de la biblioteca se abrió, y su hermano Benjen entró. Había estado asumiendo las responsabilidades de Invernalia durante la ausencia de Ned, y era evidente que la carga pesaba sobre él. Sin embargo, al ver a su hermano mayor en la biblioteca, Benjen se acercó con una mezcla de alivio y preocupación.

"Ned," dijo Benjen suavemente, notando la seriedad en el rostro de su hermano. "¿Qué estás buscando aquí? Si necesitas algo, puedo ayudarte."

Ned levantó la vista de los textos que había estado revisando, dándose cuenta de que no podía compartir con su hermano lo que estaba investigando. Benjen ya había pasado por suficiente, y las respuestas que Ned buscaba eran demasiado oscuras y peligrosas para ser compartidas con él. Necesitaba tiempo para procesar lo que había leído, para entender lo que significaba para él y para su familia.

"Buscaba algo que pueda ayudarnos en lo que está por venir," dijo Ned, desviando la conversación de la verdad. "Técnicas de combate que los sureños no esperarían. Si la guerra llega al Norte, debemos estar preparados."

Benjen asintió, aceptando la explicación sin cuestionarla. "Entiendo. Cualquier cosa que necesites, solo dímelo. Estoy aquí para ayudar."

Ned sonrió débilmente, agradecido por la lealtad de su hermano, pero sabiendo que había cosas que debía enfrentar solo. "Gracias, Benjen. Pero por ahora, creo que necesito algo de tiempo para pensar. Hay muchas decisiones que deben tomarse."

Con eso, Ned cerró el libro que estaba leyendo y se despidió de su hermano, dejando la biblioteca atrás. Sabía que no encontraría todas las respuestas en los libros antiguos de Invernalia, pero necesitaba claridad. Necesitaba un lugar donde pudiera reflexionar sobre lo que había descubierto, sobre lo que significaba para él y para su familia.

Se dirigió al Bosque de los Dioses, el lugar donde los Stark siempre habían buscado consuelo y consejo. Mientras caminaba entre los antiguos árboles, sintió el peso de su transformación, la realidad de lo que se había convertido. Se arrodilló frente al árbol corazón, el rostro del arciano mirándolo con ojos rojos y sabios, y cerró los ojos, buscando en su interior la fuerza que necesitaría para enfrentar lo que estaba por venir.

Sabía que, aunque había vuelto a Invernalia, la verdadera batalla estaba por comenzar, y no solo contra los enemigos externos, sino contra la bestia que ahora residía dentro de él.

TORMUND / OSHA:

Tormund Giantsbane y Osha caminaban entre la nieve densa y traicionera del Norte, liderando a su grupo de Freefolk a través del vasto y desolado paisaje. La misión de reunir a las distintas tribus y clanes para unirse bajo la bandera de Mance Rayder estaba en marcha, y el viaje los había llevado hasta un punto de encuentro en una de las muchas y remotas llanuras del Norte. Allí, bajo el cielo gris y plomizo, comenzaba a formarse una alianza entre los pueblos libres.

Al llegar al lugar designado, Tormund y Osha notaron la presencia de varias decenas de personas, líderes de diversos clanes de Freefolk que ya habían acudido al llamado de Mance Rayder. Caras familiares y desconocidas se mezclaban en un mar de pieles y armas improvisadas, cada grupo tratando de mantener su propia identidad en medio del caos controlado. Pero el ambiente era tenso, cargado con la urgencia de la situación y la desconfianza que siempre había existido entre las tribus.

Tormund, con su imponente estatura y su característica melena roja, destacó de inmediato al entrar en el círculo de líderes. A su lado, Osha, astuta y siempre atenta, lo seguía de cerca, su mirada fija en los rostros de aquellos que los rodeaban. Sabían que las noticias que traían eran importantes, y que su relato podría ser clave para lo que estaba por venir.

Mance Rayder, el Rey Más Allá del Muro, se encontraba en el centro de la asamblea. Su presencia era inconfundible: un hombre que alguna vez había sido de la Guardia de la Noche, pero que ahora lideraba a los Freefolk en su intento por sobrevivir al invierno que se avecinaba y a la amenaza de los Caminantes Blancos. Cuando Tormund y Osha llegaron, Mance alzó la vista, invitándolos a unirse al círculo.

"Bien, Tormund," dijo Mance con voz grave, mientras las conversaciones en el círculo se apagaban. "Cuéntanos lo que has visto. Todos aquí saben que algo oscuro está moviéndose en las sombras, pero necesitamos saber más."

Tormund asintió y dio un paso adelante, con Osha a su lado. "Hace poco, nos encontramos con los muertos," comenzó, su voz resonando en el aire frío. "Un grupo de Caminantes Blancos nos atacó en medio de la noche, y estábamos casi acabados. Si no fuera por el fuego y las antorchas, habríamos terminado como ellos, parte de su maldito ejército."

Osha asintió, sus ojos reflejando el horror de lo que habían enfrentado. "Pero eso no es todo," añadió. "Hubo algo más. Algo que no esperábamos… un Lycan, una bestia como nunca habíamos visto antes. Saltó de entre los árboles y se lanzó sobre los muertos, masacrándolos uno por uno con una furia y una fuerza que ningún hombre podría igualar."

Hubo murmullos entre los líderes reunidos, sus rostros endurecidos por las palabras de Tormund y Osha. Algunos parecían interesados, otros escépticos. Pero antes de que Mance pudiera hablar, uno de los líderes, un hombre robusto y de rostro curtido por el viento llamado Rattleshirt, conocido como el Lord de los Huesos, tomó la palabra.

"Ese mismo Lycan del que habláis," dijo con voz áspera, "ha atacado a los nuestros también. Uno de mis grupos fue enviado a una incursión cerca del Muro, y esa maldita bestia los encontró. No dejó a nadie con vida. Los cuerpos estaban despedazados, como si una manada de lobos se hubiera ensañado con ellos."

Otro líder, una mujer de mirada dura y cabello blanco como la nieve llamada Harma Dogshead, añadió su propia historia. "Mis hombres estaban preparando barcas para cruzar hacia el sur, pero esa bestia apareció y las destrozó antes de que pudiéramos huir. Es rápida, implacable, y no distingue entre amigos y enemigos."

Las palabras de ambos líderes sumieron al grupo en un tenso silencio. Tormund y Osha se miraron entre sí, sabiendo que, aunque el Lycan los había salvado, su naturaleza impredecible y su brutalidad lo convertían en un ser temible, incluso para los Freefolk. Habían visto de lo que era capaz, y ahora escuchaban de los otros cómo esa misma fuerza podía volverse contra cualquiera.

La discusión comenzó a estallar entre los líderes. Algunos argumentaban que el Lycan podría ser una amenaza mayor que los mismos Caminantes Blancos, una criatura que atacaría sin importar si eran Freefolk o enemigos. Otros, en cambio, pensaban que la bestia era un aliado potencial, una fuerza que podría ser utilizada en su lucha, aunque nadie sabía cómo controlar a una criatura tan salvaje.

"No importa si esa bestia es amigo o enemigo," dijo Harma con su voz llena de veneno. "Es un peligro para todos nosotros. No podemos confiar en algo que podría volverse contra nosotros en cualquier momento."

"Y si se une a los muertos," agregó Rattleshirt, su tono provocador. "¿Qué haremos entonces? No podemos enfrentarnos a los Caminantes Blancos y a un Lycan al mismo tiempo."

La asamblea se llenó de voces enojadas, cada líder defendiendo su postura, y la situación comenzó a salirse de control. Pero entonces, Mance Rayder levantó la mano, pidiendo silencio. Su presencia imponente y su voz autoritaria lograron calmar la marea de discusiones.

"Escuchadme bien," dijo Mance, su mirada recorriendo el círculo. "La bestia de la que habláis, sea lo que sea, es peligrosa, sí. Pero no olvidéis quién es nuestro verdadero enemigo. Los muertos son nuestra amenaza principal. Los Caminantes Blancos no se detendrán hasta que todos seamos parte de su ejército, y si no nos unimos ahora, no quedará nadie para luchar."

Hubo un silencio sepulcral mientras las palabras de Mance se asentaban en las mentes de los líderes. Tenía razón, y todos lo sabían. Por muy aterrador que fuera el Lycan, por mucho que pudieran temerlo o querer vengarse de él, la amenaza de los muertos era infinitamente mayor. Eran un peligro que no conocía fronteras, que no distinguía entre clanes o tribus.

Finalmente, Harma fue la primera en asentir, su expresión endurecida por la aceptación. "Mance tiene razón. No podemos permitir que los muertos nos dividan. Si enfrentamos al Lycan, será después de que hayamos derrotado a los Caminantes Blancos."

Rattleshirt gruñó, pero no pudo encontrar una réplica. "De acuerdo," dijo, aunque su tono mostraba claramente que no estaba convencido del todo. "Pero si esa bestia nos ataca de nuevo, no dudaré en enfrentarla."

Mance asintió, satisfecho de que se hubiera alcanzado un consenso, aunque fuera temporal. "Entonces, seguimos adelante. Nos unimos, y juntos enfrentamos a los muertos. Si el Lycan aparece de nuevo, lidiaremos con él entonces. Pero no debemos perder de vista lo que realmente importa."

Tormund y Osha intercambiaron miradas mientras la asamblea comenzaba a dispersarse. Sabían que la amenaza del Lycan seguía latente, pero al menos por ahora, habían logrado centrar la atención en el verdadero enemigo. El tiempo diría si la bestia sería un aliado o una amenaza en su lucha por la supervivencia. Pero por ahora, lo que importaba era que los Freefolk estaban más cerca de unirse en la batalla contra los Caminantes Blancos, y eso, en sí mismo, ya era una pequeña victoria.