CATELYN TULLY:

Catelyn Stark, antes Catelyn Tully, se encontraba de pie junto a la ventana de su habitación en Aguasdulces, observando en silencio cómo Eddard Stark, su esposo, se alejaba junto a sus hombres para regresar a la guerra. El sol apenas comenzaba a elevarse sobre el horizonte, bañando el paisaje en una suave luz dorada. Desde su posición elevada, podía ver cómo Ned montaba su caballo con la serenidad que lo caracterizaba, dirigiendo a sus hombres con una calma que parecía imperturbable, incluso mientras se encaminaba hacia un futuro incierto y peligroso.

A medida que las figuras se volvían más pequeñas en la distancia, Catelyn no pudo evitar que su mente viajara de regreso a la noche en que se habían casado. La doble boda. Ella y su hermana Lysa se habían casado con hombres que no conocían bien, hombres que no habían elegido y que, en ese momento, no deseaban. Lysa con Jon Arryn, un hombre mucho mayor que ella, y Catelyn con Eddard, el hermano menor del hombre con el que había sido prometida originalmente, Brandon Stark.

Esa noche estaba marcada por una mezcla de miedo y resignación. Ambas hermanas habían compartido miradas nerviosas antes de las ceremonias, sabiendo que sus vidas cambiarían irrevocablemente. La ceremonia de cama había sido especialmente humillante para Catelyn. La tradición la desnudaba no solo físicamente, sino también emocionalmente, arrancándole la ropa frente a extraños y dejándola vulnerable ante un hombre que, aunque no era un desconocido, no era quien ella había esperado como esposo.

Las palabras de Eddard Stark en esa primera noche aún resonaban en su mente. "Sé que no me amas," le había dicho, su voz baja y contenida, una mezcla de comprensión y obligación. "Y lo entiendo, pero también espero que entiendas que ahora este es nuestro deber." Catelyn había esperado que su nueva vida comenzara con una brutalidad que correspondiera a la dureza del Norte, con la que tantas veces le habían advertido. Se había preparado mentalmente para ser tomada sin piedad, por un hombre que pudiera ser tan frío como la tierra de donde provenía.

Pero Ned la había sorprendido.

Había sido cuidadoso, casi gentil, mientras la tomaba. No había apresuramiento, ni rudeza, sino una delicadeza inesperada que la desarmó. Catelyn, con los ojos cerrados y el cuerpo tenso, había sentido cómo Ned la trataba con un respeto que no había anticipado. Fue un acto que, aunque nacido del deber, no estuvo exento de humanidad. Y en ese momento, a pesar de todo lo que había sucedido, a pesar de la tristeza por la muerte de Brandon, se sintió aliviada de estar casada con un hombre que, aunque distante, era bueno.

Sin embargo, en medio de esa primera noche juntos, mientras Ned la sostenía con cuidado, Catelyn había cometido un error. Perdida en sus pensamientos y emociones, había susurrado el nombre de Brandon. Un nombre que no pertenecía a la situación, un nombre que no debía haberse pronunciado. Tan pronto como lo dijo, sintió una ola de culpa y miedo. ¿Lo había escuchado Ned?

A la mañana siguiente, Catelyn despertó sola en la habitación. Ned ya se había levantado, como si la cercanía de la noche anterior no hubiera sido más que un sueño. Cuando se asomó a la ventana, lo vio en el patio, supervisando a sus hombres, su semblante serio y enfocado en los deberes que lo llamaban. No hubo palabras sobre lo que había sucedido entre ellos, ni sobre lo que ella había susurrado. La vida continuaba, y las obligaciones de la guerra no esperaban por nadie.

Ahora, mientras lo veía partir una vez más, Catelyn sabía que su matrimonio sería difícil. No era solo la distancia física que la guerra imponía, sino la distancia emocional que aún existía entre ellos. Eddard Stark era un hombre honorable, un hombre que cumpliría con su deber, pero la conexión que alguna vez había imaginado en un matrimonio se sentía como un objetivo lejano e inalcanzable.

Sabía que su vida como Señora de Invernalia estaría llena de desafíos. Tendría que adaptarse a una tierra que no comprendía del todo, a una familia que aún lloraba la pérdida de su heredero, y a un esposo que, aunque no era cruel, estaba tan inmerso en la guerra y el deber que parecía no tener espacio para nada más.

Catelyn suspiró profundamente, sintiendo el peso de su nuevo rol, de su nueva vida. Mientras las figuras de Ned y sus hombres desaparecían finalmente de su vista, cerró los ojos y se prometió a sí misma que, pase lo que pase, cumpliría con su deber como Stark de Invernalia. Era una promesa que le hacía a su familia, a sus ancestros, y quizás, más importante aún, a sí misma.

Pero en el fondo de su corazón, no podía sacudirse la sensación de que su vida, al igual que su matrimonio, sería una batalla constante, una lucha por encontrar su lugar en un mundo que le era ajeno y en un matrimonio que había comenzado con la sombra de otro hombre entre ellos.

BARRISTAN SELMY

Barristan Selmy, el legendario miembro de la Guardia Real, estaba de pie junto a la puerta del salón del trono, vigilando con su habitual calma y disciplina. Junto a él estaba Jaime Lannister, el joven León de la Roca, cuyo desdén por la política y la intriga era tan palpable como su habilidad con la espada. Ambos se encontraban en su puesto, atentos a cualquier amenaza, mientras el Rey Aerys II, el Rey Loco, se reclinaba en su trono, absorto en su propio mundo de paranoia y crueldad.

El ambiente en el salón del trono era pesado, cargado de tensión y expectativas. Varis, el eunuco y maestro de los susurros, se encontraba a un lado, su rostro enigmático mientras escuchaba los susurros que llegaban de todos los rincones del reino. La Reina Rhaella estaba presente también, su rostro pálido y preocupado, como siempre, intentando mantener una fachada de serenidad en medio de la locura que la rodeaba.

Fue en ese momento que Jon Connington, la Mano del Rey, irrumpió en el salón, tambaleándose ligeramente mientras avanzaba, seguido de un pequeño grupo de hombres. Todos los ojos se volvieron hacia él, y un murmullo de sorpresa recorrió la sala. El rostro de Connington estaba desfigurado, cubierto de vendas, y uno de sus ojos faltaba, reemplazado por una herida grotesca. Las profundas cicatrices en su rostro contaban una historia de sufrimiento y dolor.

Barristan Selmy observó al hombre con una mezcla de respeto y precaución. Había conocido a Connington como un líder decidido y un guerrero formidable, pero ahora el hombre parecía roto, tanto física como mentalmente. Jaime Lannister, a su lado, levantó una ceja, claramente intrigado por el estado de la Mano del Rey.

El Rey Aerys, siempre ávido de sangre y caos, se inclinó hacia adelante en su trono, sus ojos enloquecidos brillando con una morbosa curiosidad. "¿Qué es esto?" demandó, su voz cortante y llena de impaciencia. "¿Dónde está Robert Baratheon? ¿Dónde está su cabeza que me prometiste, Connington?"

Jon Connington cayó de rodillas ante el Rey, su respiración entrecortada mientras intentaba encontrar las palabras adecuadas. El miedo y la desesperación eran evidentes en cada línea de su cuerpo.

"Mi rey… hemos sido… diezmados," comenzó, su voz rasposa por el dolor. "El ejército del Norte y los hombres de las Tierras de los Ríos nos emboscaron en Septon de Piedra. Robert Baratheon escapó, y nuestros hombres fueron masacrados…"

Un murmullo de desaprobación recorrió la sala. Para la mayoría, esto era otro fracaso en una serie de derrotas que habían erosionado la confianza del Rey en sus subordinados. Pero lo que Connington dijo a continuación captó la atención de todos, incluidos Barristan y Jaime.

"Fue Lord Eddard Stark," continuó Connington, su voz temblando ligeramente, no solo por el dolor, sino también por el terror que lo invadía al recordar lo que había visto. "Pero no era un hombre… no, no era solo un hombre. Él… él se ha convertido en un monstruo, un demonio. Mis hombres fueron cazados, uno por uno, en la oscuridad… Por un lobo gigantesco, pero cuando lo vi… cuando lo vi transformarse… era él. Era Eddard Stark."

La sala quedó en un silencio mortal. Barristan sintió un escalofrío recorrer su columna. Las palabras de Connington eran difíciles de creer, pero el estado en que se encontraba la Mano del Rey, las cicatrices en su rostro, y la desesperación en su voz, plantaron una semilla de duda en su mente.

Jaime Lannister, con su habitual arrogancia, soltó una risa seca. "¿Ahora Lord Stark es un hombre lobo? Esto suena más a una excusa para justificar tu fracaso, Connington."

El Rey Aerys, sin embargo, estaba fascinado. Los delirios de un rey loco se alimentaban de historias como esta. "¿Un monstruo, dices?" susurró, su voz casi temblando de anticipación. "¿Un demonio? ¡Esto es lo que nos envían los Stark! ¡Qué maravilla!"

Varis, siempre observador, dio un paso adelante, su voz suave pero cargada de significado. "Mi señor, Jon Connington ha sido un servidor leal, y las heridas que ha sufrido son reales. Debemos considerar la posibilidad de que lo que ha visto no sea solo una invención."

Barristan Selmy, siempre racional y cuidadoso en su juicio, quería desestimar lo que acababa de escuchar como un simple relato nacido del miedo y la desesperación. Pero las cicatrices en el rostro de Connington eran prueba de algo, y el terror que reflejaban sus ojos era palpable. Había algo más en la historia, algo que no encajaba en el mundo racional que él conocía.

"Jon Connington," dijo Barristan, su voz profunda y calmada, "estás diciendo que un hombre, Eddard Stark, se transformó en un lobo gigantesco y diezmó a tus hombres. Esto… esto no tiene precedentes. ¿Estás seguro de lo que viste?"

Connington, que apenas se mantenía en pie, asintió débilmente. "Lo vi con mis propios ojos, Ser Barristan. Se transformó delante de mí… y luego… me dejó con vida, para traer un mensaje al Rey."

El Rey Aerys, ahora completamente fascinado, se inclinó aún más hacia adelante. "¿Un mensaje?" susurró, sus ojos brillando con una mezcla de locura y curiosidad. "¿Qué mensaje?"

Connington tragó saliva, su voz quebrándose mientras pronunciaba las palabras que tanto lo aterraban. "El Norte recuerda… Y vendrá por ti."

El silencio que siguió fue absoluto. Incluso Jaime Lannister, que había estado burlándose momentos antes, permaneció en silencio, su rostro pálido al contemplar las implicaciones de esas palabras.

Para Barristan Selmy, la duda se había convertido en algo más. Un mal presentimiento lo invadía. Si Eddard Stark realmente había hecho lo que Connington afirmaba, entonces estaban lidiando con algo más que una simple rebelión. Estaban enfrentándose a fuerzas que ningún hombre podía controlar.

El Rey Aerys, con su mente perturbada, se echó a reír, una risa aguda y desquiciada que resonó en las paredes del salón del trono. "¡Que vengan!" gritó, levantándose de su trono. "Que vengan todos los monstruos del Norte. ¡Yo seré el Rey de los Demonios!"

Pero Barristan, siempre prudente, sintió un nudo en el estómago. Las cicatrices en el rostro de Connington, el terror en su voz… Había algo en esta historia que no podía ser ignorado, algo que lo preocupaba profundamente. Y mientras el Rey se deleitaba en su locura, Barristan sabía que la verdadera amenaza, aquella que podría destruirlos a todos, estaba acercándose lentamente desde el Norte, envuelta en la fría furia de los Stark.

VARIS:

Varis, conocido en los pasillos del poder como la Araña, se encontraba en la privacidad de sus cámaras, rodeado de sombras y secretos. La pequeña habitación estaba iluminada únicamente por la luz parpadeante de algunas velas dispersas, cuyas llamas proyectaban sombras danzantes sobre las paredes de piedra. Frente a él, en una mesa baja, había un despliegue de pergaminos, cartas y notas, cada una de ellas un hilo en la vasta red de información que había tejido a lo largo de los años. Sus pajaritos, dispersos por todo Westeros, habían comenzado a enviar sus informes, y Varis estaba inmerso en la tarea de descifrar la verdad entre las palabras, buscando cualquier indicio que confirmara o desmintiera la increíble historia que Jon Connington había relatado en el salón del trono.

La historia de un hombre transformado en un monstruo, de Eddard Stark convertido en una bestia, lo inquietaba. Varis era un hombre que creía en el poder de la información, en la lógica y la razón, pero también sabía que en Westeros había secretos oscuros y antiguos, fuerzas que escapaban a la comprensión común. Aun así, no podía permitirse creer en algo tan fantasioso sin pruebas concretas. ¿Era posible que la fiebre y el dolor hubieran distorsionado la percepción de Connington? ¿O había algo más, algo real y peligroso, acechando en el Norte?

Sumido en sus pensamientos, Varis pasó los dedos por un pergamino que describía avistamientos inusuales en el Norte: relatos de viajeros que hablaban de una criatura gigantesca, un lobo monstruoso que se movía como una sombra entre los árboles. No eran más que rumores, pero en conjunto, comenzaban a formar una imagen inquietante. Justo cuando estaba a punto de abrir otro pergamino, un golpe en la puerta lo hizo alzar la cabeza.

Con movimientos rápidos y calculados, Varis ocultó algunos de los mensajes más interesantes en un compartimento secreto bajo la mesa, su rostro volviendo a adoptar la expresión imperturbable que lo caracterizaba. No pasó mucho tiempo antes de que la puerta se abriera, revelando la figura imponente del Maestre Pycelle, quien llevaba un tomo pesado bajo el brazo.

Varis esbozó una sonrisa cortesana y extendió una mano hacia la mesa. "Maestre Pycelle," dijo con voz suave, sus palabras untadas con miel, "¿cómo puedo ayudarlo esta noche? Por favor, tome asiento."

Pycelle, siempre consciente de las formalidades, asintió y se dejó caer en una silla frente a Varis, colocando el pesado tomo sobre la mesa con un suspiro. "El Rey ha solicitado que investigue los mitos sobre monstruos del Norte," comenzó, con una voz cargada de cansancio y cierta irritación. "Esas historias que Connington trajo a la corte han despertado la imaginación del Rey Aerys, y él ha insistido en saber más sobre estas… criaturas."

Varis asintió lentamente, su rostro mostrando una mezcla de interés y cautela. "Por supuesto, Maestre. El Rey es siempre curioso sobre lo inusual… ¿Qué ha encontrado en sus investigaciones?"

Pycelle abrió el tomo con un gesto que denotaba su familiaridad con los textos antiguos, pasando las páginas amarillentas con una reverencia casi religiosa. "Este libro es una recopilación de relatos y leyendas del Norte, algunas que datan de los tiempos de los Primeros Hombres. Mitos sobre criaturas que cambian de forma, hombres que se convierten en bestias. La mayoría son historias para asustar a los niños, pero…"

El Maestre se detuvo, como si las palabras que iba a pronunciar lo incomodaran. Varis notó la tensión en su voz y aprovechó el momento para inclinarse ligeramente hacia adelante, mostrando un interés genuino.

"Pero," continuó Pycelle, "hay algunas menciones en textos más serios, escritos por maestres de la Ciudadela que viajaron al Norte en siglos pasados. Describen a hombres que podían tomar la forma de lobos, criaturas salvajes y peligrosas, que según la leyenda, fueron extintas por los primeros Stark, pero hay quien dice que algunos sobrevivieron. Y lo que es más intrigante," Pycelle hizo una pausa significativa, "hay menciones de que estas criaturas, si es que existen, tienen una debilidad: la plata. Se dice que las armas de plata pueden herirlos gravemente, incluso matarlos."

Varis dejó escapar un leve suspiro, su mente ya trabajando a toda velocidad. La idea de que Eddard Stark pudiera estar ligado a estos antiguos mitos, a las leyendas de los cambiantes, era perturbadora. No podía simplemente ignorar esta información, pero tampoco podía tomarla al pie de la letra sin más pruebas. El Rey Aerys podría obsesionarse con esta idea, y eso podría llevar a decisiones peligrosas.

"Interesante, muy interesante," dijo Varis, con un tono que denotaba una mezcla de asombro y prudencia. "Entonces, Maestre Pycelle, ¿cree usted que estas leyendas podrían tener algo de verdad? ¿Podría ser posible que Lord Eddard Stark…?"

Pycelle, aunque escéptico por naturaleza, se encogió de hombros con un aire de resignación. "Es difícil decirlo, Araña. Las leyendas son sólo eso, leyendas. Pero la manera en que Connington describió los eventos, y las heridas que sufrió… podrían dar crédito a estas historias. La plata, si esto es cierto, podría ser una herramienta efectiva, si se confirma que enfrentamos una amenaza de esa naturaleza."

Varis asintió, aunque su mente seguía dándole vueltas a la situación. La información debía ser manejada con cuidado. Si bien el Rey Aerys podría encontrar fascinación en la idea de cazar monstruos, Varis sabía que la prudencia era crucial. No podían arriesgarse a provocar al Norte sin una certeza.

"Le agradezco por su tiempo y por compartir esta información conmigo, Maestre Pycelle," dijo Varis, inclinando ligeramente la cabeza en un gesto de respeto. "Es evidente que debemos proceder con cautela, pero también con un ojo vigilante. Si hay algo más que necesite, por favor, no dude en acudir a mí."

Pycelle asintió, cerrando el tomo con un golpe sordo, antes de levantarse con cierta dificultad. "Por supuesto, Lord Varis. Seguiré investigando en los archivos de la Ciudadela, y le mantendré informado."

Cuando el Maestre finalmente salió de la habitación, Varis se permitió un momento para reflexionar, sus dedos tamborileando suavemente sobre la mesa. La conversación había planteado más preguntas que respuestas, y la incertidumbre solo se había profundizado.

El Rey Loco era inestable, eso lo sabía bien Varis, y la última cosa que necesitaban era darle más motivos para actuar de forma impredecible. Pero si había una posibilidad, incluso remota, de que estas leyendas fueran reales, de que Eddard Stark se hubiera convertido en algo más que un hombre, entonces la situación era aún más grave de lo que había previsto.

Varis se levantó lentamente, dirigiéndose hacia la ventana de su cámara y mirando hacia la noche. La red de información que había construido era vasta, pero aún tenía mucho que descubrir. Con una resolución renovada, Varis decidió que debía seguir tirando de estos hilos, debía saber más, antes de que la Corte se sumiera en el caos.

Porque si las leyendas eran ciertas, si la plata realmente era tóxica para estos seres, entonces el juego de poder en Westeros estaba a punto de volverse aún más peligroso, y la Araña necesitaba estar preparada para cualquier eventualidad.