BARRISTAN SELMY:

Barristan Selmy, uno de los más grandes espadachines que jamás hubiera servido en la Guardia Real, se encontraba en medio de la batalla, rodeado por el caos y la muerte. Los gritos de los moribundos, el choque de espadas, y el constante zumbido de flechas que atravesaban el aire creaban una cacofonía que habría perturbado a cualquier hombre común, pero no a Barristan. Sin embargo, incluso él, un veterano de innumerables guerras, estaba profundamente perturbado por lo que veía.

Los rebeldes, aunque en menor número, estaban superando a las fuerzas leales al Trono de Hierro. A su alrededor, los soldados de Rhaegar caían uno tras otro, pero lo que verdaderamente inquietaba a Barristan no era solo la ferocidad de los enemigos humanos, sino la presencia de los lobos huargos que se movían entre ellos. Estos no eran simples animales; eran bestias gigantescas, salvajes, que diezmaban a los soldados leales con una precisión mortal. Sus ojos brillaban con un fulgor casi sobrenatural, y atacaban con una coordinación que sugería una inteligencia más allá de lo natural.

A pesar de todo, Barristan no podía permitir que el miedo lo dominara. Tenía una tarea, y esa tarea era proteger al príncipe Rhaegar Targaryen. Mientras avanzaba a través del campo de batalla, buscó a sus compañeros de la Guardia Real, Jon Darry y Lewyn Martell, pero las filas caóticas y los cuerpos amontonados dificultaban la búsqueda. Cuando finalmente los vio, fue testigo de una escena que lo dejó helado.

Eddard Stark, el Señor de Invernalia, no era el hombre reservado que había conocido brevemente en Harrenhal. Aquí, en el campo de batalla, Stark se había convertido en una fuerza de la naturaleza, un guerrero que se movía con una precisión letal. Con la espada bastarda de acero valyrio, "Hielo," en una mano, Stark cortaba a través de los hombres como si fueran de papel, sus movimientos eran rápidos y devastadores. El cabello desalineado caía sobre su rostro, y la sangre de sus enemigos manchaba su armadura, dándole un aspecto casi demoníaco.

Barristan vio cómo Jon Darry, un guerrero valiente y experimentado, intentaba atacar a Stark por la espalda. Pero antes de que Barristan pudiera advertirle, Stark se giró con una velocidad asombrosa, atrapando a Darry por el cuello con una mano. Darry intentó resistir, levantando su espada para apuñalar a Stark, pero el norteño lo desarmó con un giro rápido de su muñeca.

"¡Bastardo!" exclamó Darry, su voz ahogada por la presión que Stark ejercía sobre su garganta. "¡No eres más que una bestia, Stark!"

Pero Stark no respondió con palabras, sino con una fuerza brutal. Sosteniendo a Darry en el aire, con una mano aún en su cuello, Stark clavó su espada en el suelo y, sin un grito de esfuerzo, arrancó la garganta de Darry con sus propias manos. La sangre brotó en un torrente, cubriendo el rostro de Stark mientras el cuerpo de Darry se convulsionaba y luego quedaba inerte.

Los gritos de los norteños y los rebeldes resonaron en el campo de batalla, sus voces elevadas en una mezcla de miedo y admiración por la brutalidad de la escena. Los soldados de Rhaegar quedaron inmóviles, aterrorizados ante la ferocidad de Stark, y Barristan no podía culparlos. Incluso él, un guerrero endurecido por años de combate, se sintió atrapado en la horrorizada fascinación ante lo que acababa de presenciar.

Sacudiendo la conmoción, Barristan se reincorporó rápidamente. Sabía que no podía permitir que el miedo lo paralizara. Lewyn Martell se acercó a su lado, sus ojos fijos en Stark mientras limpiaba la sangre de su espada.

"Ve con el príncipe. Yo me ocuparé de Eddard Stark," ordenó Barristan, su voz firme.

Martell sacudió la cabeza, su expresión tensa. "¿Acaso no viste cómo peleaba? Sería una estupidez subestimarlo, Selmy. No podemos correr riesgos con él."

"Entonces lo haremos rápido," respondió Barristan, sus ojos nunca apartándose de Stark, que se giraba lentamente para enfrentarlos. "No podemos dejar al príncipe sin protección. Si Stark nos atrapa separados, caeremos uno por uno."

Stark los observaba, su espada aún clavada en el suelo, y durante un breve momento, el sol golpeó su rostro, haciendo que sus ojos brillaran de una manera extraña, casi inhumana. Barristan sintió un escalofrío cuando juró que los ojos de Stark habían cambiado de color, de gris a un intenso amarillo, como los de una bestia.

"No tiene que ser así," dijo Stark, su voz baja pero clara, resonando por encima del ruido del campo de batalla. "No quiero matarlos. Solo quiero a mi hermana."

Pero no había lugar para la conversación. Martell atacó primero, lanzándose hacia Stark con una serie de golpes rápidos y precisos. Stark reaccionó de inmediato, bloqueando el primer golpe con la guardia de su espada, y con una patada contundente, lanzó a Martell hacia atrás. El dorniense tropezó con uno de los muchos cadáveres esparcidos por el campo, cayendo al suelo.

Barristan aprovechó el momento para atacar, su espada dirigida con precisión hacia el torso de Stark. Pero Stark, a pesar de sus heridas, levantó el brazo y desvió el golpe lo suficiente para evitar que fuera mortal. El filo de la espada cortó profundamente en su brazo izquierdo, y Barristan retrocedió, esperando un contraataque que nunca llegó.

"No cederá," pensó Barristan, viendo cómo Stark, herido y sangrando, se mantenía en pie, negándose a caer. En ese momento, Barristan reconoció la tenacidad de Eddard Stark. Un hombre que, a pesar de estar agotado y gravemente herido, se negaba a rendirse. "En otras circunstancias, podría haber sido uno de los mejores de nosotros," pensó con amargura.

Martell se levantó, su rostro crispado de dolor, y se unió a Barristan mientras rodeaban a Stark, buscando una oportunidad para atacar desde diferentes direcciones.

"Es fuerte, pero su técnica es descuidada," dijo Martell, su respiración pesada. "Si lo abrumamos, lo debilitaremos."

Barristan asintió, sus ojos fijos en Stark. "Tiene buenos reflejos, pero no puede detener todos nuestros golpes. Lo acorralaremos."

"Cuando digas," respondió Martell, sus dedos ajustándose alrededor de la empuñadura de su espada.

Barristan fue el primero en moverse, lanzándose hacia Stark con un corte horizontal que obligó al norteño a levantar su guardia. Martell siguió rápidamente, atacando con una serie de golpes rápidos y ligeros, buscando desgastar la defensa de Stark. El joven Lord de Invernalia bloqueó la mayoría de los golpes, pero estaba siendo empujado hacia atrás, obligado a retroceder bajo la presión combinada de los dos guardias reales.

La batalla continuó en ese tenso intercambio de ataques, cada uno de los guardias reales buscando una apertura, una debilidad en la defensa de Stark. Los minutos parecían estirarse en horas, y ambos bandos sabían que el resultado de este duelo podría determinar el curso de la batalla.

En un momento, parecía que habían logrado acorralar a Stark, sus movimientos eran más lentos, y sus heridas comenzaban a pasar factura. Pero entonces, con una fuerza que no parecía posible para un hombre tan herido, Stark contraatacó con una furia desatada. Golpeó a ambos guardias reales, lanzándolos hacia atrás con una fuerza que los dejó momentáneamente aturdidos.

En ese instante de confusión, Barristan pisó un cadáver, resbalando y perdiendo el equilibrio. Martell, preocupado por su compañero, desvió la mirada de Stark, y esa fue la oportunidad que el norteño necesitó. Desarmó a Martell con un rápido movimiento de su espada y lo golpeó en la cabeza con el pomo, enviándolo al suelo.

"¡Maldito!" gritó Martell, aún aturdido por el golpe. Con una última acción desesperada, sacó una daga y la clavó en el hombro de Stark, forzándolo a soltar su espada. Stark dejó escapar un gruñido, un sonido tan profundo y salvaje que no podía haber salido de un hombre común.

Con un rugido que resonó por todo el campo de batalla, Stark se lanzó sobre Martell, llevándolo al suelo. Barristan, aún en el suelo, observó con horror cómo Stark rasgaba la armadura y la carne de Martell con sus propias manos, destrozando al guardia real con una furia indescriptible. La sangre de Lewyn Martell cubrió el rostro de Stark, quien, incluso en su agotamiento, seguía mostrando una ferocidad inhumana.

El campo de batalla se silenció mientras los soldados, tanto leales como rebeldes, miraban en silencio la masacre. Lo que antes era una lucha ahora se había convertido en una carnicería. Los gritos de los combatientes se desvanecieron, y todo lo que quedaba era el sonido de la respiración pesada de Eddard Stark, un hombre que se había convertido en una bestia en medio de la batalla.

Barristan, aún en el suelo, apenas podía reconocer a su compañero caído. Al levantar la vista, vio cómo Stark, con la respiración pesada y el rostro ensangrentado, se arrancaba la daga del hombro sin inmutarse. Stark se puso en pie una vez más, recuperando su espada de acero valyrio, y dirigió su mirada hacia Barristan.

Los ojos de Stark, que antes brillaban con un amarillo intenso, ahora eran de un gris frío, pero la ferocidad seguía allí. Barristan, sintiendo que este podría ser su final, hizo la única pregunta que le rondaba la mente:

"¿Qué eres?" preguntó, su voz apenas un susurro.

Stark no respondió de inmediato, su respiración era pesada, y por un momento, parecía que podría hablar. Pero antes de que pudiera hacerlo, se escucharon vítores a lo lejos.

"¡El príncipe Dragón está muerto a manos de Robert Baratheon!" gritó un soldado rebelde.

Esas palabras golpearon a Barristan como un martillo. Su príncipe, la esperanza del reino, había caído. El dolor y la desesperación lo invadieron, sabiendo que el reino ahora estaba en ruinas, que el Rey Loco quemaría todo a su paso, y que el futuro de los hijos de Rhaegar estaba en peligro.

Pero antes de que pudiera sumergirse completamente en sus pensamientos, el gruñido bestial de Eddard Stark lo devolvió a la realidad. Stark, el hombre que había masacrado a dos de sus compañeros, dirigió su mirada asesina hacia Barristan.

"¿Dónde está mi hermana?" rugió Stark, su voz cargada de una ira que parecía provenir de lo más profundo de su ser.

Barristan, aún en el suelo, se preparó para el golpe final, sabiendo que no podría detener a Stark, no después de todo lo que había visto. Los lobos continuaban su carnicería en el campo de batalla, pero ahora, todo lo que importaba era el enfrentamiento entre estos dos hombres, el último acto de una tragedia que cambiaría el destino de Westeros.

JON ARRYN:

Jon Arryn avanzaba con dificultad a través del campo de batalla, sus ojos recorriendo la devastación que se extendía ante él. Los cuerpos de los caídos yacían amontonados, mezclados con el barro y la sangre que cubrían el suelo, mientras el humo y el polvo se elevaban en el aire, creando una atmósfera sofocante. Su mente estaba dividida entre la preocupación por sus pupilos, Robert Baratheon y Eddard Stark, y la amarga satisfacción de saber que la batalla había terminado a su favor. Pero la victoria no traía consuelo, no cuando los hombres a los que había criado como hijos podían estar entre los muertos.

A medida que avanzaba, soldados y caballeros heridos, muchos de ellos apenas reconocibles, lo saludaban débilmente, y algunos trataban de guiarlo hacia el lugar donde habían visto a Robert por última vez. Jon sentía el peso del deber, no solo como líder, sino como mentor y protector de estos jóvenes que habían tomado la causa de la rebelión con una determinación feroz.

Finalmente, los hombres lo llevaron hasta la orilla del Tridente, donde vio a Robert Baratheon sentado en la orilla, mirando fijamente el agua mientras la sangre goteaba de sus heridas hacia el río. Los soldados a su alrededor estaban buscando en el lecho del río, recogiendo los rubíes que se habían desprendido de la armadura destrozada de Rhaegar Targaryen durante su duelo final.

Jon sintió un nudo en el estómago al ver a Robert en ese estado, pero se acercó con calma, intentando no mostrar la preocupación que lo consumía por dentro. Las heridas de Robert eran evidentes, cortes profundos en su costado y hombro, y un hematoma que se extendía por su rostro donde Rhaegar lo había golpeado. Robert estaba respirando pesadamente, pero sus ojos, normalmente llenos de fuego y vida, ahora estaban nublados, perdidos en la inmensidad de la victoria y el vacío que le seguía.

"Robert," dijo Jon, su voz firme pero cargada de preocupación, mientras colocaba una mano en el hombro del joven guerrero. "Debes recibir atención. No puedes quedarte aquí, no en este estado."

Robert levantó la vista, sus ojos encontrando los de Jon, pero no dijo nada. La furia que lo había impulsado hasta este momento ahora parecía haberse disipado, dejando solo un vacío que Jon temía que nunca pudiera llenarse.

"Llévenlo a un maestre," ordenó Jon a los hombres cercanos, con un tono que no admitía objeciones. "Cuidad bien de él. No quiero que lo pierdan de vista."

Mientras los soldados levantaban a Robert y comenzaban a llevarlo hacia el campamento, Jon se quedó un momento más junto al río, observando el agua que fluía lentamente, llevándose consigo los rastros de la batalla. La muerte de Rhaegar era un hecho, y con ella, una parte del destino de Westeros se había sellado, pero Jon no encontraba en esa muerte la paz que esperaba.

Todavía faltaba encontrar a Ned. Con cada paso que daba hacia el lugar donde los soldados decían haberlo visto por última vez, las historias que llegaban a sus oídos se volvían más inquietantes. Soldados rebeldes y leales por igual hablaban en susurros de cómo "El Lobo del Norte" había enfrentado a tres guardias reales y había matado a dos de ellos con una brutalidad que no era propia de un hombre, sino de una bestia. Jon quería descartar estas historias como meras exageraciones, relatos distorsionados por el miedo y la confusión del combate, pero una parte de él no podía evitar sentir una creciente ansiedad.

Jon continuo buscando a Ned, guiado por las miradas nerviosas de los soldados que no podían esconder su temor. Finalmente, llegó a un claro en el campo de batalla donde la escena que se desarrollaba delante de él lo dejó helado.

Eddard Stark estaba de pie, cubierto de sangre, tanto suya como de otros. Flechas sobresalían de su espalda, y su armadura estaba destrozada, abollada y manchada de rojo oscuro. A su alrededor, los cuerpos destrozados de Jon Darry y Lewyn Martell, dos miembros de la Guardia Real, yacían irreconocibles. Pero lo que más llamó la atención de Jon fue lo que estaba ocurriendo justo en ese momento.

Ned estaba inclinado sobre Barristan Selmy, el último de los guardias reales en pie. Selmy, el legendario caballero, estaba en el suelo, con la cara ensangrentada por los golpes repetidos que Ned le estaba propinando. Ned, con los ojos inyectados de furia, golpeaba a Selmy una y otra vez, exigiendo respuestas.

"¿Dónde está mi hermana, maldito seas?" rugió Ned, su voz desgarrada por la desesperación y la ira. Cada golpe que lanzaba era un intento desesperado de obtener la verdad que tanto ansiaba.

"No... no lo sé," jadeó Selmy, su voz débil pero aún digna. "No sé dónde está... ¡Por los dioses, Stark, no sé dónde está Lyanna!"

"¡Mientes!" gritó Ned, apretando los dientes mientras levantaba su puño nuevamente. "¡Eras su guardia, su protector! ¡Debes saberlo!" Golpeó nuevamente, y el sonido del impacto resonó en el aire pesado.

"No lo sé," repitió Selmy, escupiendo sangre mientras miraba a Ned con ojos que, a pesar del dolor, no mostraban miedo. "Te lo juro... no lo sé. El príncipe no me dijo nada... Solo obedecí órdenes, Stark. Nunca supe lo que planeaba."

Ned lo miró con una mezcla de furia y desesperación. Quería destrozar a Selmy, destrozar todo lo que se interpusiera entre él y la verdad. Pero, en el fondo, algo en los ojos del viejo caballero le dijo que estaba diciendo la verdad. La rabia que sentía por dentro era como un fuego imparable, pero por un breve momento, titubeó, su puño congelado en el aire.

"¡Ned!" Jon Arryn apareció de entre las sombras, su voz firme pero llena de una preocupación profunda. "¡Detente, Ned! ¡Ya basta! ¡No es así como encontraremos a Lyanna!"

Eddard levantó la vista hacia Jon, su rostro cubierto de sangre, sus ojos inyectados de una ira salvaje. Por un instante, no pareció reconocerlo, como si estuviera mirando a un extraño a través de una neblina de rabia.

"No sé dónde está," susurró Ned, su voz quebrada mientras la fuerza de sus brazos comenzaba a desvanecerse. "No puedo encontrarla, Jon... No sé dónde está..."

Jon se acercó con cuidado, colocando una mano en el hombro de Ned. "Lo sé, Ned," dijo suavemente, tratando de calmar al joven guerrero. "Lo sé... pero esto no te llevará a ella. No puedes dejar que el odio te consuma. Lyanna no querría esto."

Ned, con la respiración entrecortada, soltó finalmente a Barristan, dejando que el caballero cayera al suelo, exhausto y herido, pero vivo. La bestia feroz que había destrozado a sus enemigos en el campo de batalla se desvaneció en ese momento, dejando solo a un hombre quebrado por el dolor y la desesperación.

Jon lo abrazó, sintiendo el temblor en el cuerpo de Ned, como si toda la furia y la desesperanza estuvieran siendo liberadas al mismo tiempo. "La encontraremos, Ned," prometió Jon, su voz firme pero llena de compasión. "No estás solo en esto. Pero primero, debemos sobrevivir a esta guerra. Debes descansar, curar tus heridas, y entonces... entonces buscaremos a Lyanna."

Ned asintió débilmente, permitiendo que Jon lo guiara lejos del campo de batalla, sus pasos lentos y cansados. Mientras se alejaban, Jon miró una vez más a los cuerpos de los guardias reales y a Barristan, que luchaba por levantarse. La guerra había cobrado su precio, y aunque habían ganado la batalla, Jon sabía que el hombre que había entrenado, el niño que había sido como un hijo para él, nunca volvería a ser el mismo.

Barristan Selmy, desde el suelo, observó cómo Eddard Stark se alejaba con Jon Arryn, una mezcla de alivio y dolor en su interior. El hombre que había enfrentado era diferente a cualquier otro que hubiera conocido. Selmy sabía que la furia de Stark no era solo la de un hombre que había perdido a su hermana, sino la de un hombre que había sido arrastrado a las profundidades más oscuras por la guerra. Incluso mientras intentaba levantarse, sintiendo el dolor en cada rincón de su cuerpo, Barristan no podía dejar de pensar en lo que Stark se había convertido.

"Por los dioses," murmuró Selmy, apretando los dientes contra el dolor. "¿Qué clase de mundo estamos construyendo?"