Advertencia: El siguiente texto incluye descripciones de violencia física, abuso y lenguaje ofensivo. Si se es sensible a estos temas, se recomienda discreción. Atentamente, la autora.
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-Ya sabes lo que tienes que hacer, comparte algo con tus compañeros y mantén lejos a los perros-ordenó aquel hombre de hombros anchos, al tiempo que arrojaba al desgarbado sujeto frente a él, un grueso fajo de billetes de alta denominación
Gosunkugi se apresuró a recogerlo, apretando la mochila, que siempre llevaba con él, fuertemente contra su huesudo pecho y con un enérgico asentimiento de cabeza de su parte se dio por terminada la improvisada reunión bajo aquel olvidado puente a las afueras de Tokio.
Los dos hombres dentro del auto se marcharon de aquel sitio dejando solo una nube de polvo tras de ellos.
Con su miserable sueldo, Gosunkugi, de quien todos se burlaban siempre, no podría financiar nunca aquella costosa cirugía que haría de él un apuesto hombre. Y no solo eso, al estar de parte de Taro, sus jugosas comisiones le darían también la estabilidad financiera que siempre soñó.
Las mujeres, en especial aquellas que se estimaban hermosas, harían fila para estar con él y los desgraciados de sus compañeros no volverían a mofarse de él, ¡nunca jamás en la vida!
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Kasumi siguió aquella camioneta, manteniendo la distancia, con las luces apagadas y extremando la cautela, tanto como le era posible. No mucho después, sin embargo, perdió de vista el vehículo, pero decidió seguir en su busca, después de todo, esa era una vía que llevaba a un punto muerto de la ciudad, delimitado por viejos edificios que pronto serían demolidos para crear otros más acordes con la modernidad.
Deambuló lentamente, durante algunos minutos, en busca de alguna señal hasta que pasó frente a un enorme depósito de chatarras, un edificio de dos pisos, en el cual distinguió a su objetivo. Aparcó el auto a dos calles y tomó el celular para informar a su prometido con manos tan temblorosas como gelatina, resumiendo malamente en una nota de voz los acontecimientos que había presenciado. La respuesta tardó apenas lo justo en llegar.
-Lo tengo, ahora retírate de inmediato de ahí. Llamaré a su padre, la ayuda no tardará. - leyó en la pantalla del dispositivo.
¿Retirarse? ¿Retirarse y dejar ahí, sola y a su suerte a la única hermana que le quedaba, a su única familia?
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Cuando eran adolescentes, tenían una amistad marcada por la competitividad. En los festivales deportivos, en los torneos escolares y, desde luego, en la cantidad de chicas que estaban tras de ellos. Pero, al cumplir 17 años, sus caminos se habían separado para siempre.
Taro había estado obsesionado por una chica de largo cabello negro y ojos oscuros, piel pálida y labios color cereza, tan hermosa como huraña, que evitaba el contacto con cualquiera dentro o fuera del instituto.
Los demás la consideraban un bicho raro, pero para él era la más hermosa de las criaturas y la deseaba, la deseaba de una forma poco sana e inadecuada.
Pero cada vez que intentó acercarse a ella de buena manera, la chica huía. Como si él le provocara nada más que asco.
-Déjala en paz, es así con todos, su razón tendrá-había sugerido Ranma durante el almuerzo aquel día, sin despegar siquiera el rostro del plato de tallarines.
Ranma no creía haberla escuchado hablar alguna vez, pero tampoco le daba importancia. Era solo una chica y Taro tenía cientos de fans en el instituto, no entendía por qué la obsesión.
Taro lo miró por un instante y luego devolvió su atención a la recién llegada, que apenas entraba al comedor. Cuando ella lo distinguió, echó a correr en sentido contrario, tropezando con otros chicos y causando un alboroto en pleno comedor.
-Tal vez lo haga, pero antes pienso divertirme un poco más con ella- murmuró para sí mismo.
-De qué estás hablando? - lo cuestionó entonces Ranma, ahora sí prestándole atención.
Él se limitó a sonreír en respuesta. Qué iba a saber un afeminado como Saotome, que rechazaba a todas las chicas, lo que era desear con tal intensidad.
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-Eres muy parecida a ella-volvió a repetir aquel tipejo
Akane reprimió el miedo que sentía y se obligó a sostenerle la mirada.
-No lo crees, Saotome? La recuerdas, verdad.
Siendo sostenido por dos corpulentos sujetos, Ranma forcejeó intentando llegar hasta ella, pero le fue imposible. Otro golpe en el estómago lo hizo caer de rodillas, la sangre nublándole la visión cada vez más.
Esta vez sí que le habían dado una paliza, pero lo peor era la herida en su cabeza. Ese imbécil de Gosunkugi se las pagaría.
Taro sonrió, lleno de la más completa satisfacción de ver mermado a su enemigo y de paso, tener finalmente a una buena réplica de la original.
Lo mejor de todo es que había sido de forma inesperada. Era el destino, dándole su merecida revancha.
Tomó con poca delicadeza el mentón femenino y acercó el rostro de la chica al suyo, inclinándose sobre ella para evaluarla más a detalle.
-Lo que no me gusta es ese cabello corto-reflexionó para sí mismo-Pero, aun así-continuó diciendo mientras le rasgaba la blusa a la chica, con los gritos e insultos de Ranma como coro de aquella escena. -Bésame-ordenó entonces
-No me toques, ¡me das asco! -gritó Akane y con un valor que no sabía que poseía, escupió la cara de aquel delincuente.
Taro se limpió con el dedo pulgar la mejilla que había resultado impactada por la saliva de la chica y se lo llevó a la boca, saboreándolo como si fuera el más dulce de los manjares. Luego, la abofeteó dos veces con todas sus fuerzas, por un momento dejándola inconsciente.
-Ella dijo lo mismo, al principio- respondió luciendo una sonrisa de medio lado, mientras se arreglaba el cabello con una mano.
Justo en ese momento, Ranma, aún con las manos atadas, aprovechó un descuido y con un rápido movimiento logró neutralizar a uno de sus guardias. A pesar de la dificultad de estar atado, usó su agilidad para derribar al primero. El segundo, se lanzó con fuerza sobre él, pero Ranma, con la destreza de sus piernas, casi lo somete también.
Antes de poder finalizar la maniobra, un disparo resonó en la habitación. Ranma sintió un ardor en su muslo derecho, y al mirar vio la sangre empezar a manar de la herida. La bala había penetrado su pierna, enviando un dolor punzante que lo obligó a aflojar la presa sobre su enemigo. A pesar del intenso dolor, Ranma apretó los dientes, con su mirada aún desafiante.
-Par de idiotas, inútiles. Espósenlo a esa viga, que no pierda detalle-ordenó Taro, devolviendo el arma al escritorio de donde la había tomado, luego soltó el cinturón de su pantalón oscuro.
-Señor?-cuestionó uno de ellos
- ¡Lárguense! -ordenó a los dos hombres-Voy a disfrutar esto yo solo-añadió y besando la piel expuesta de la aturdida joven de cabello corto, se dispuso a cumplir con sus planes.
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-Buenas noches, caballero, ¡disculpe! -habló en un tono ligeramente más alto al que utilizaba generalmente, para llamar la atención del hombre que se encontraba en la entrada de aquel sitio.
Confundido, el sujeto se acercó unos pasos a la reja.
-Podría ayudarme? -preguntó a cierta distancia- mi auto se averió a un par de calles-explicó con su dulce voz
Tras unos momentos de duda, decidió ayudar a la joven de largo cabello castaño, que le indicó en donde se encontraba su vehículo. El hombre avisó por radio que se ausentaba de la puerta unos minutos.
Kasumi le sonrió y ya de camino, ofreció un poco de té caliente del termo, que casualmente, llevaba en su bolso. Aunque dudó, viendo la cándida e inocente imagen de la mujer, decidió aceptar la oferta. Después de todo, la noche ya era demasiado fría.
-Veamos- dijo abriendo la tapa del motor del auto-Qué tenemos aquí
Apenas unos minutos después se encontraba inconsciente y Kasumi, como mejor pudo, lo arrastro a un lado del camino, luego se aventuró dentro de las instalaciones, agradeciendo haber tomado las pastillas para Akane antes de salir de casa.
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Taro sostuvo el agarre del cuello con determinación, sintiendo cómo los puños de la menuda chica, ya despierta y cuyas manos había liberado, golpeaban su pecho. Ella gritaba, se retorcía, tratando de rechazarlo. Daba patadas a la nada, intentando encontrar un punto de apoyo, pero él la sujetaba igual que una tenaza.
Había olvidado lo excitante que era que se resistieran. Cada gesto de oposición lo ponía más y más duro. Ya casi podía saborear la gloriosa sensación de enterrarse en ella.
- ¡Suéltame! -exigió, furiosa, su voz quebrada por la desesperación.
Por toda respuesta recibió otra bofetada, enrojeciendo aún más su mejilla.
Era igual a aquella vez. No, era mejor. Él lo haría mejor, solo debía contener su fuerza.
Los ojos de Akane se anegaron en llanto, sintiendo como su cuerpo era mancillado por las asquerosas manos de ese monstruo que con impunidad la tocaban. Su blusa había sido desgarrada y su pantalón iba sin duda a seguir el mismo destino. La castidad, que por tanto tiempo había cuidado, terminaría de una forma tan grotesca. Quería llorar, prefería morirse a soportar algo así.
Se quedó quieta, con mil pensamientos fluyendo todos a la vez. Volteó el rostro en dirección a Ranma y vio la desesperación en sus ojos, así como el estado de su pobre cuerpo tan mal herido con tal de defenderla.
Taro intentó besarla, esta vez en los labios, pero en un movimiento inesperado, ella logró escurrirse lo suficiente para hundir su rodilla en el estómago del delincuente. Él dejó escapar un gruñido de dolor y su agarre se debilitó por un segundo, el suficiente para que ella se zafara e intentara huir a gatas de él.
Taro se incorporó, tan molesto como emocionado ante el reto, y tomándola por el corto cabello, la lanzó sobre el sofá con brusquedad.
—¡Perra! —gritó, acercándose a ella con el puño en alto-Sigue resistiéndote, voy a matarte y después voy a hacer contigo lo que me venga en gana!.
Pero antes de que pudiera reaccionar, la chica, con una rapidez que no esperaba, le propinó una patada en la entrepierna. Taro se dobló en el acto, dejando escapar un gemido agudo, mientras ella aprovechaba para alejarse de él.
Casi al mismo tiempo sintió otro ataque, esta vez destinado a su cuello. Sentía como el oxígeno se escapaba de su cuerpo. Saotome, recordó, y antes de que las fuerzas lo abandonaran, se propuso arrojar al malherido agente contra el piso.
Una mujer desconocida apareció en escena, distrayéndolo, su visión empezaba a nublarse, por la llave que Saotome le aplicaba, cuando la desconocida caminó hacia él llevando un cilindro rojo en sus manos.
- ¡No toques a mi hermana, tú...-dudó como si no tuviera idea de insulto alguno-hombre horrible! -gritó
Y de un solo golpe le rompió la nariz. Después de eso, perdió la conciencia.
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-Pero al menos le quito la memory card a la chica-balbuceó Gosunkugi mientras lo ayudaba a levantarse. –Sin eso no tiene nada, limpiaremos el desastre en unos minutos
-Qué memoria? -lo cuestionó, fastidiado-qué memoria, estúpido, remedo de hombre! -gritó tomándolo por el cuello y estrellándolo contra la pared.
Gosunkugi chilló por la brusca sacudida. Su adolorido hombro se resintió aun más.
-Habla, a menos que quieras una de estas en medio de los ojos-lo amenazó poniendo el arma en la huesuda frente.
-La, la chica-balbuceó el informático- lleva una memory card en su sostén...ella lo grabó cuando, cuando usted, cuando usted disparó.
El rostro del delincuente transmutó casi en el de un monstruo al escuchar aquello.
