Nuevos descubrimientos, nuevas misiones.

Durante las primeras semanas como profesora de Hogwarts Erin había comenzado con veinte aspirantes a Auror, pero al final de tan solo del mes, solo diez permanecían en pie. La intensidad de su instrucción había eliminado rápidamente a aquellos que no estaban a la altura, dejando claro que no toleraría la mediocridad.

Por su lado Severus Snape, en su primer mes como profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, se encontró enfrentando una realidad inesperada. Siempre había creído que su presencia infundiría el miedo en los estudiantes, tal como lo había hecho en sus años previos como maestro de Pociones. Sin embargo, para su sorpresa, la atmósfera en el aula era diferente. Los estudiantes no lo miraban con temor ni con desdén, sino con una atención silenciosa y profunda. La guerra había dejado una marca indeleble en ellos; ya no eran los alumnos despreocupados y rebeldes que solía conocer. En cambio, se habían transformado en jóvenes endurecidos por el conflicto, sus ojos cargados de una madurez prematura.

Este cambio en los estudiantes alteró la dinámica de la clase. Ya no había la tensión habitual que solía presidir sus lecciones, ese nerviosismo palpable que solía alimentar su control sobre el aula. En su lugar, había una calma extraña, casi inquietante. Era como si la experiencia de la guerra hubiera arrasado con sus miedos superficiales, dejándolos ansiosos por absorber todo el conocimiento que pudieran para enfrentar un mundo peligroso. Snape, acostumbrado a la resistencia y el miedo, se encontró impartiendo sus lecciones con una claridad y enfoque renovados, sorprendiéndose a sí mismo al sentirse menos como el maestro intimidante que había sido,si no como la persona de la que buscarán aprender cada detalle.

Al solo cubrir una clase y no tener que lidiar con la carga habitual de ser el maestro de Pociones, Severus Snape se encontró, por primera vez en mucho tiempo, con una cantidad inesperada de tiempo libre. Con la pesada carga de ser un doble agente ya detrás de él, Snape experimentó una sensación extraña de alivio. Sin las constantes exigencias y peligros que solían acecharle, podía permitirse momentos de tranquilidad que antes le parecían un lujo inalcanzable.

Una noche, aprovechando ese tiempo libre, decidió ir al Gran Comedor a cenar. Mientras comía en silencio, los murmullos de los estudiantes comenzaron a llegar a sus oídos. Los rumores sobre las nuevas clases especiales de Auror eran el tema del momento, y entre esos comentarios, las palabras de admiración hacia las clases de Herbología, ahora dirigidas por Erin Dune, destacaban. Snape escuchó cómo los estudiantes hablaban maravillas de ella, impresionados por la dedicación y la intensidad con la que manejaba sus lecciones.

-Severus, ¡qué alegría verte! Únete a nosotros para la cena, por favor.- Dumbledore lo saludó con una sonrisa afable, haciendo un gesto hacia el asiento vacío junto a él.

Snape se limitó a inclinar ligeramente la cabeza en señal de reconocimiento y tomó asiento, notando que Horace Slughorn estaba ya inmerso en una conversación con Dumbledore.

-Albus, debo decir que estas nuevas clases de Auror son bastante exigentes-comentaba Slughorn, su tono era amistoso, pero con una clara nota de queja. -He estado ayudando a la profesora Dunne con algunas lecciones, pero no puedo evitar pensar que me estoy convirtiendo en un esclavo de mi propia buena voluntad. ¿Realmente es necesario todo este trabajo?-

Snape observó a Dumbledore por el rabillo del ojo, captando la intención detrás de la charla casual. Era evidente que Dumbledore deseaba involucrarlo en la conversación, quizás esperando que él ofreciera su ayuda o al menos se interesara en las actividades de Dune. Pero Snape, detectando la manipulación, simplemente siguió cortando su carne, sin mostrar el menor interés en el tema.

-Horace, tu ayuda es inestimable- dijo Dumbledore con tono conciliador. -Erin está haciendo un trabajo excepcional, pero ciertamente se ha cargado de responsabilidades y que le ayudes realmente es un gran respiro para pobre-

Poppy Pomfrey se unió a la conversación desde su lugar en la mesa. -Es cierto que la profesora Dune es maravillosa en su labor, pero, Albus, debo señalar que su dedicación está dejando huella en mis propios aprendices, aunque agradecen la oportunidad de poder practica pero veo a al menos cuatro de sus aprendices cada día en la enfermería-

Snape alzó una ceja ¿Lesiona a sus estudiantes,? Eso no parece propio de alguien que tiene tanto 'trabajo excepcional', como dicen." pensó sardónico.

Snape disfrutaba en silencio con una copa de vino, observando con disimulo las idas y venidas en el Gran Comedor. Al poco tiempo, Lupin y Black hicieron su entrada, saludando a los demás profesores. Sirius, siempre elocuente y sin demasiada preocupación por las normas, se dejó caer en su asiento con un suspiro exagerado y, sin más preámbulos, subió los pies a la mesa.

-¡Sirius Black!-exclamo McGonagall, frunciendo el ceño ante la evidente falta de decoro.

-Ha sido un día largo, Minerva,- replicó Black con un tono que intentaba ser apaciguador, aunque no bajó los pies de inmediato. Sólo después de un gesto insistente de McGonagall, suspiró y los retiró, volviendo a acomodarse en su silla.

Mientras el resto de los profesores charlaban sobre las novedades, Snape se percató de que Sirius y Remus hablaban más bajo en un extremo de la mesa, creyendo que nadie los escuchaba.

-Ahora entiendo por qué solo ella aguantó el entrenamiento de Ojo Loco,- dijo Sirius con una risa baja, casi para sí mismo. -Esa mujer es implacable. Pero, sinceramente, creo que sería la madre perfecta para mis hijos.-

Remus, siempre más sensato, replicó en un tono más serio: -Déjala en paz, Sirius. Dunne no es alguien con quien deberías jugar. No es como tus típicas conquistas, y sabes tan bien como yo que no soportará tus tonterías-

Sirius, sin embargo, no se dejó disuadir. -Tal vez sea el momento, Remus. Después de todo, ambos hemos estado en Azkaban. Quizás ella lo entienda. Mírate a ti y a Tonks, ¿quién habría apostado por ustedes? Y mira cómo les va.-

Antes de que Remus pudiera responder, las puertas del Gran Comedor se abrieron, y un grupo de estudiantes entró, agotados y sudorosos. Harry Potter, Hermione Granger, Ron Ginny Weasley, y Draco Malfoy, entre otros, mostraban claramente los signos de un día extenuante, a tal grado de encontrarlos para variar peleando. Sus expresiones lo decían todo: habían sido llevados al límite. Snape observó con interés cómo los alumnos, normalmente enérgicos, ahora parecían arrastrarse hasta sus asientos, exhaustos por el día, mirando al vacío, apenas teniendo energía para servirse algo de comer. Los cuchicheos en el comedor se apagaron momentáneamente al ver el estado en que llegaban los nuevos aprendices de Auror. Incluso algunos de los alumnos más jóvenes miraban con una mezcla de curiosidad y aprehensión.

No había una razón aparente para su desagrado, pero la idea de que Black, con sus habituales artimañas, pudiera estar planeando seducir a su compañera de guardias le resultaba profundamente desagradable.

Últimamente, había notado que Dunne estaba más desganada durante las rondas nocturnas. Aunque no era algo que fuera a mencionar a Dumbledore—quien seguramente ya lo había notado, o lo ignoraba deliberadamente—era evidente que, a ojos de todos, ella seguía siendo una figura imponente, un "plomo" para muchos debido a su implacable dedicación. Pero en las noches, durante las guardias, Snape había visto cómo esa fachada se desmoronaba, cómo bajaba la guardia, mostrando una vulnerabilidad que pocos, si acaso alguno, habían notado.

Esa vulnerabilidad era precisamente lo que Sirius usaría para acercarse a ella, algo que Snape no tenía intención de mencionar. Aunque quería convencerse de que le era indiferente si Black la perseguía, algo en su interior lo encontraba sumamente desagradable. Quizás no era más que un reflejo de su aversión natural hacia Sirius, pero, fuera lo que fuera, la idea de que Black intentara conquistarla le provocaba una incomodidad que no podía ignorar.


Erin Dunne se miró en el espejo del baño de profesores, su rostro cansado reflejaba el peso de la jornada. Había estado acumulando trabajo intencionadamente, llenando cada momento de su día con tareas, entrenamientos y clases agotadoras. No era solo una necesidad de cumplir con sus deberes como profesora y ex-Auror; era una forma de lidiar con el estrés que la acosaba desde el final de la guerra. En los días de conflicto, el alcohol había sido su refugio, una manera de ahogar las pesadillas y las voces de los caídos. Pero ahora, rodeada de estudiantes jóvenes y vulnerables, no podía permitirse esos vicios.

Se inclinó sobre el lavabo y se lavó el rostro con agua fría, intentando despejarse, pero el alivio era efímero. Mientras el agua goteaba desde su cabello mojado, los recuerdos seguían asaltándola en oleadas. Cerró los ojos un instante, pero todo lo que vio fue muerte y destrucción: los gritos de las víctimas, los rostros deformados por el odio de los Mortífagos, y el cuerpo inerte de su ex-prometido, que había sido obligada a matar. Su corazón se aceleró, y tuvo que apoyarse en el borde del lavabo para no perder el equilibrio.

El día había sido largo, sí, pero lo que realmente la agotaba no era solo el trabajo físico, sino la constante batalla mental para mantener a raya esos fantasmas. Había llevado a sus estudiantes al límite, presionándolos hasta que no pudieran más, en parte porque sabía que debían estar preparados para un mundo cruel y peligroso, pero también porque necesitaba distraerse, perderse en la enseñanza para no enfrentar la oscuridad que la seguía a cada paso.

Mientras mojaba su cabello nuevamente, intentando enfriar el calor que parecía emanar de su propio cuerpo, se preguntó cuánto más podría soportar antes de quebrarse. Las guardias nocturnas, que antes habían sido una tarea tediosa, ahora eran lo único que la mantenía conectada con la realidad. Allí, en la oscuridad, podía bajar la guardia, al menos un poco, y permitirse sentir la soledad que durante el día negaba con tanto fervor.


Snape notó la hora, sabiendo que faltaba poco para las rondas nocturnas. Los comentarios de Black y los otros profesores seguían rondando en su mente, haciéndolo reflexionar más de lo que le gustaría sobre Erin Dunne. Sin embargo, no lo interpretó como preocupación por ella, sino como una señal de que su presencia podría convertirse en una carga durante las guardias.

Decidido a mantener su rutina intacta, Snape salió del Gran Comedor con la intención de encontrar a Erin y sugerirle que descansara esa noche. Después de todo, él estaba más que acostumbrado a hacer las rondas solo, y no creía que la compañía de Dunne fuera a marcar alguna diferencia. Al encontrarla en uno de los corredores vacíos, notó el cansancio en su rostro, pero también su obstinada determinación.


Erin salió del baño, secándose el rostro con una toalla, cuando se topó de frente con Snape. El pasillo estaba desierto, y la luz tenue de las antorchas parpadeaba en las paredes de piedra. Snape la observó en silencio por un momento.

-Me estás siguiendo, Snape?-Erin le preguntó con una sonrisa burlona, su tono insinuante. -No sabía que tenías tanto interés en mí.-

Snape la miró con su habitual expresión seria, pero esta vez había un brillo de irritación en sus ojos. -No, Dune. No tengo ningún interés particular en tus... arduas actividades del día. Solo pensé que tal vez deberías considerar quedarte a descansar. No quiero que tu agotamiento me estorbe durante las guardias,- replicó con un sarcasmo afilado. -He oído algunos comentarios sobre tus clases.-

Erin entrecerró los ojos, su mirada se endureció al percibir la crítica en sus palabras. -¿Arduo? Esto ha sido como un día de vacaciones comparado con lo que solía hacer como Auror. Pero si tienes tanta curiosidad sobre mis métodos, siempre puedes venir a observar,-respondió, su tono lleno de desafío.

Snape cruzó los brazos, su semblante permaneció impasible, aunque sus palabras no lograron ocultar el leve rastro de malestar que sentía. -No tengo la más mínima necesidad de observar tus clases, Dunne. Solo te sugerí descansar para evitar que te conviertas en un estorbo, no porque me interese lo más mínimo lo que haces en tus horas de trabajo.-

-Eso suena a una excusa bastante pobre, Snape,- replicó Erin, su tono más frío ahora. -No soy del tipo que se cansa fácilmente, asi que no te preocupes hare mis guardias como siempre, a menos que quieras que me ausente para que tu puedas irte a descansar-

Snape, sintiendo cómo su temperamento comenzaba a hervir, estaba listo para soltar una réplica mordaz. Sin embargo, antes de que pudiera pronunciar palabra, su mirada se desvió involuntariamente hacia el escote de Erin, visible bajo la camisa que, tras un largo día, estaba ligeramente mojada por el sudor y un botón más abierto de lo normal. Sus ojos, sin quererlo, recorrieron la piel expuesta, y en ese breve instante, su concentración se quebró.

Fue entonces cuando notó algo que no había esperado: una cicatriz fina, apenas visible, que cruzaba su piel justo donde su mirada había caído. La marca, sutil pero presente, le hizo recordar que Erin no era solo una colega o una presencia molesta; era una bruja que había pasado por su propia batalla, que llevaba sus propias cicatrices.

Ese detalle, insignificante para muchos, le devolvió a la realidad. Aún así, Snape no pudo evitar sentir una mezcla de incomodidad y algo más que no estaba dispuesto a identificar. Apretó la mandíbula, volviendo a enfocarse en sus ojos con una expresión severa, tratando de recuperar el control que había perdido momentáneamente

Erin, con su aguda percepción, no tardó en captar la dirección de la mirada de Snape. La sorpresa fue breve, y en lugar de sentirse incómoda o apartarse, esbozó una ligera sonrisa, arqueando una ceja con una mezcla de diversión y desafío. Sabía que, al final del día, Snape era tan mortal como cualquier otro hombre, sujeto a los mismos impulsos y distracciones. Para ella, no había nada de qué preocuparse; había enfrentado miradas similares en el Ministerio, no solo de colegas, sino también de superiores, hombres que intentaban esconder sus deseos detrás de una máscara de profesionalismo.

La atracción, el deseo... todo eso para Erin no era más que una parte natural de la vida, algo que podía manejar con la misma destreza con la que manejaba su varita. No era una novata en esas cuestiones, y para ella, el sexo o la atracción física no representaban más que una válvula de escape, una manera eficiente de soltar energía acumulada después de días de presión y estrés. No era del tipo que se amedrentaba o se dejaba llevar por los sentimientos; prefería mantener todo bajo control, tal como había aprendido a hacer durante la guerra.

Así que cuando Snape, con su usual seriedad, cayó en un momento de distracción, Erin lo tomó con una mezcla de despreocupación y entendimiento. No iba a permitir que un simple vistazo la desestabilizara, mucho menos de alguien como Snape, a quien veía como una mente aguda y reservada Para Erin, aquello no era más que una breve interrupción en su rutina, una señal de que incluso el inflexible Severus Snape tenía sus debilidades, algo que ella catalogó mentalmente con una sonrisa interior mientras se preparaba para seguir adelante.

Snape dio un paso atrás, aclaró la garganta, y con una voz tajante que no dejaba espacio para más, respondió: -Te veré más tarde, entonces-Sin esperar respuesta, giró sobre sus talones y siguió su camino, sintiendo una irritación que no estaba dispuesto a analizar en profundidad. Erin solo asintió, observando cómo se alejaba antes de darse la vuelta y dirigirse a sus propios aposentos, con la esperanza de poder cambiarse de ropa antes de que comenzara su turno de guardia.


Mientras caminaba, Snape se maldecía internamente, esperando que Erin no malinterpretara su desliz. ¿Cómo había dejado que un momento tan trivial lo desconcertara de esa manera? Mientras ajustaba los pliegues de su túnica, tratando de recuperar su habitual compostura, una presencia inesperada lo sacó de sus pensamientos.

Narcisa Malfoy estaba de pie en la puerta de sus aposentos. Su apariencia estaba notablemente desgastada, con profundas ojeras que marcaban un rostro que antes irradiaba fría elegancia. Ahora, sin embargo, esa elegancia parecía haber sido reemplazada por un abatimiento visible. Snape notó al instante que algo grave la preocupaba, algo que la había obligado a buscarlo a una hora tan intempestiva arqueó una ceja y, con un suspiro casi imperceptible, dijo: -Cissy,-su voz cargada de cansancio mientras dejaba que ella entrara en sus aposentos. A medida que la puerta se cerraba detrás de ellos, la tensión en el aire se hacía palpable.

No había hablado con los Malfoy desde antes de la caída de Voldemort, desde el momento en que se había distanciado tras la liberación de Lucius y su posterior aprehensión. El alejamiento había sido intencional; después de todo lo que había ocurrido, Snape necesitaba cortar lazos, incluso con aquellos que, en algún momento, habían sido sus aliados más cercanos. Por lo tanto, ver a Narcisa allí, a pesar de todo lo que había sucedido, le resultaba extraño, incluso perturbador.

Sabía que, a esas alturas, Narcisa probablemente ya conocía la verdad sobre su doble vida. El estúpido Profeta Diario no había perdido tiempo en publicar detalles de su traición, del engaño que había mantenido durante tantos años. El hecho de que ella hubiera acudido a él, sabiendo todo eso, solo añadía una capa más de incertidumbre a la situación.

Mientras caminaba lentamente hacia la pequeña sala de estar de sus aposentos, Snape no podía evitar preguntarse cuál sería el motivo de su visita. -No esperaba verte, Cissy,-comentó, su tono neutro mientras tomaba asiento en una de las sillas. -Dado todo lo que ha ocurrido, me sorprende que hayas decidido venir a verme-

Narcisa, que se había quedado de pie en medio de la habitación, dejó escapar un suspiro tembloroso antes de responder. -Severus, no vengo a juzgarte ni a hablar del pasado. Estoy aquí porque no sé a dónde más acudir... es Draco- repitió, su voz cargada de una angustia que Snape rara vez había oído de ella y solo ocupaba en especial cuando se refería a su único hijo.

El nombre de Draco hizo que Snape enderezara su postura ligeramente, su atención completamente capturada, sabiendo incluso la relación que mantenía con Erin Dune. -¿Qué sucede con Draco?- preguntó, sus palabras ahora más firmes, conscientes de que cualquier problema relacionado con el podían arrojar un poco de información sobre Dune

Narcisa bajó la mirada, como si encontrar las palabras correctas fuera un esfuerzo agotador. -Desde el final de la guerra, no ha sido el mismo. Se ha vuelto... distante, perdido. Incluso su regreso a Hogwarts, tan radicalmente cuando me aseguro se haria cargo de los negocios de Lucius. Y ahora... con la aparición de esa mujer que ya debiste conocer Erin Dune-

La mención de Dune hizo que Snape frunciera el ceño. Había sabido que Draco regresaría, como muchos otros, para completar su educación pero pensaba que Narcisa habría sido una de las razones de tomar esa decisión

-¿qué es lo que temes, Cissy? creí que al estar siendo instruido por su propia madrina te mantendria en calma- indago

Narcisa levantó la vista, sus ojos brillando con una mezcla de tristeza y desesperación. -Temo que esté perdiendo a mi hijo, Severus. Que el peso de todo lo que ha pasado lo esté aplastando... y no sé cómo hablar con él ya, y menos desde que volvió Dune a su vida tras marcharse por casi diez años..- aseguró

-Cissy, para entender mejor todo, quisiera que me dijeras quien es Dune para tu familia porque hace no menos de un mes no tenia idea de su existencia- aseguro Snape removiendo en su lugar.

Narcisa continuó, consciente de que sus palabras estaban teniendo un impacto en Snape. -Erin apareció en nuestras vidas en un momento de gran confusión. Bellatrix estaba ya en Azkaban, y Lucius comenzaba a involucrarse cada vez más en las actividades del Señor Tenebroso. Yo... me encontraba sola en muchos aspectos, y Draco era tan pequeño. No sabía a quién recurrir para algo tan importante como los padrinos de mi hijo. Tú, Severus, estabas demasiado ocupado con tus propias responsabilidades, y Lucius insistía en que los padrinos de Draco debían ser de sangre pura, alguien que comprendiera la importancia de nuestras tradiciones.-

Snape asintió ligeramente, recordando aquellos días oscuros en los que la familia Malfoy comenzaba a hundirse más profundamente en la órbita de Voldemort y él estaba tan inmiscuido en sus propios asuntos como ya agente doble que así la misma reina de inglaterra se hubiera presentado en su casa él lo hubiera olvidado, sin olvidar que para ese tiempo la casa de los Malfoy iban y venían personalidades, y apenas el visitaba de manera social obligatoria a los Malfoy.

-Fue Bellatrix quien mencionó a Erin. Me habló de la chica con la que Rabastan salía. Decía que era diferente... que tenía potencial. Erin había logrado convertirse en Auror, y aunque Lucius la veía como una amenaza por su posición, no podía negar que Draco la adoraba desde el primer momento. Decidimos entonces que ella sería una buena elección para madrina.-

Narcisa dejó escapar un suspiro, cargado de ironía. -Era dulce con Draco, Severus. No lo habrías creído. Pero luego... luego todo cambió. Ella descubrió la verdad sobre Rabastan, sobre sus actividades con los Mortífagos, y sin dudarlo, lo mató. Fue como si una parte de su alma se hubiera endurecido para siempre después de eso. Se alejó, y no la volvimos a ver. Hasta ahora.-

La sorpresa de Snape era palpable, aunque su rostro permanecía impasible. La historia que Narcisa contaba dibujaba un cuadro de Erin Dunne completamente diferente al que él había conocido. Una mujer que había mostrado ternura hacia Draco, pero que también había sido capaz de actos de violencia decisivos y fríos cuando la situación lo requería.

-Es extraño pensar,- continuó Narcisa, -que la misma mujer que una vez fue tan dulce ahora sea la que influencia a Draco para que siga una carrera como Auror. Y ahora, con Lucius... ella parece estar decidida a mantenerlo preso.-

El tono fastidiado de Narcisa reflejaba su frustración. Para ella, Erin Dunne era un enigma, una figura que había tenido un impacto profundo en su familia, pero que también representaba una amenaza latente.

Snape procesó todo lo que acababa de escuchar, su mente trabajando rápidamente para juntar las piezas del rompecabezas. Erin Dune, ¿como una figura dulce? y ahora como una mujer tajante que, había regresado a la vida de su abandonado Ahijado pero, ¿con qué propósito?

Narcisa, percibiendo el silencio de Snape, lo observó con una mirada inquisitiva. -Severus, ¿cuál es tu impresión de Erin Dune? comentó con sutileza, intentando leer su expresión.

Snape se tensó ligeramente, pero mantuvo su rostro neutral. -Mi impresión es puramente profesional, Narcisa. Nada más. Esta mujer ha salido de la nada, y me intriga cómo alguien que estuvo ausente tanto tiempo puede tener un impacto tan fuerte ahora. Solo eso.-

Pero, en su interior, Snape sabía que había algo más. La situación lo desconcertaba, y las piezas de este rompecabezas parecían no encajar del todo. Erin Dunne no era una figura cualquiera; su conexión con Draco, su historia con Rabastan, y su repentina reaparición en Hogwarts la convertían en alguien que no podía ser ignorado.

Narcisa, sin embargo, no pareció convencida del todo. Con una leve inclinación de cabeza, aceptó su respuesta, pero Snape podía ver que sus pensamientos continuaban girando en torno a la figura de Erin. Él también tenía preguntas, pero en ese momento, decidió que las respuestas tendrían que esperar.

Snape observó a Narcisa supo que lo que ella iba a decir sería difícil de rechazar. -Sé por qué has hecho todo lo que hiciste, Severus. Siempre supe que no eras como Lucius. Es por eso que siempre te he confiado a Draco. Ahora más que nunca sé que eres el indicado. Esa mujer... Erin Dune... no sé qué tiene entre manos. Aboga en contra de Lucius, pero quiere ayudar a Draco. Estoy segura de que Dumbledore está involucrado en todo esto, y no puedo confiar en ella. Aunque sea la madrina de Draco, tú siempre fuiste mi primera opción.-

Su voz se quebró, y Snape vio cómo las lágrimas comenzaban a acumularse en los ojos de Narcisa. Era raro ver a la orgullosa y elegante Narcisa Malfoy tan expuesta, tan desesperada. -Te lo ruego, Severus, cuida de él este año. No puedo soportar la idea de que algo le suceda.-

Snape sintió una mezcla de culpa y resignación. Sabía que no podía decir que no, no después de todo lo que había pasado y de las decisiones que había tomado a lo largo de los años. Pero también sabía que estaba cansado, agotado por las interminables luchas, las traiciones y la carga de mantener una fachada que ya no tenía fuerzas para sostener.

Con un suspiro, finalmente habló. -Está bien, Narcisa. Lo haré, pero solo este año. Después de eso, quiero alejarme de todo esto. De Hogwarts, de la magia oscura... de todo.-

Narcisa asintió, las lágrimas aún presentes en sus ojos, pero con un destello de alivio visible en su rostro. -Gracias, Severus. Sé que harás lo correcto.-

Snape se volvió, incapaz de sostener su mirada por más tiempo, y comenzó a ajustar los pliegues de su túnica, como si eso pudiera ordenar también los pensamientos que giraban en su mente. Sentía que estaba atrapado en un ciclo del que no podía escapar, pero por el momento, no tenía más remedio que seguir adelante.

Narcisa, aliviada por su respuesta, sonrió a través de sus lágrimas y lo abrazó con una intensidad inesperada. Snape permaneció rígido por un momento, sin entender por qué siempre se dejaba llevar por las súplicas de esta mujer, igual que aquella noche cuando se presentó en su casa, desesperada y llena de miedo.

Mientras escoltaba a Narcisa hacia la salida del castillo, decidido a no prolongar más el encuentro, Narcisa se detuvo de repente. Se volvió hacia Snape, y sin previo aviso, lo besó en los labios. El gesto fue inesperado y chocante para Snape, quien se quedó paralizado por la sorpresa. El beso, aunque breve

Narcisa se apartó suavemente, sus ojos brillando con una mezcla de gratitud y algo más que Snape no pudo descifrar. La expresión en su rostro era una amalgama de alivio y desesperación, un reflejo de años de soledad y una idealización reciente que la había llevado a este gesto impulsivo.

—Gracias, Severus —murmuró Narcisa, su voz temblando ligeramente. Luego, con una última mirada hacia él, se dirigió hacia las grandes puertas del castillo, desapareciendo en la noche.

Snape permaneció en el pasillo vacío, inmóvil, sintiendo el peso de la confusión y el desasosiego. La calidez del beso aún persistía en sus labios, y no podía evitar preguntarse qué significaba realmente ese gesto. Recordó la noche en que Narcisa había llegado a su casa, desesperada y llena de miedo, y cómo siempre parecía encontrar en él una fuente de consuelo.

Mientras el eco de los pasos de Narcisa se desvanecía, Snape se quedó solo, atrapado entre la culpa y el desconcierto. El abrazo inesperado y el beso le habían dejado una sensación de desasosiego, una mezcla de emociones que no sabía cómo procesar Para él, ese gesto solo confirmaba la desesperación y la soledad de Narcisa, algo que ella había manifestado claramente en su búsqueda de apoyo. Aunque había sentido la calidez del beso, lo interpretó como una prueba de la situación desesperada en la que ella se encontraba, no como una expresión de interés romántico. Su mente estaba demasiado enfadada con la intrincada red de lealtades y expectativas para dejarse llevar por sentimientos románticos. Había dejado de esperar algo sentimental en su vida hace mucho tiempo; sus interacciones con las mujeres, y con las personas en general, eran puramente funcionales y distantes. La realidad era que Snape, a pesar de sus necesidades físicas ocasionales, no buscaba complicarse con relaciones personales que pudieran poner en peligro su enfoque en sus deberes y su seguridad.


Erin Dunne, por su parte, estaba lista para su turno de guardia nocturna. Caminaba con pasos firmes y decididos por los pasillos de Hogwarts, su mente ya formulando respuestas mordaces para cuando se encontrara con Snape, quien hace algunos minutos le reprochaba por su cansancio y ser un estorbo para la guardia, cuando el mismo se había demorado ya por lo menos media hora. No esperaba encontrar nada fuera de lo común, pero su andar se detuvo cuando, en la distancia, vio una silueta familiar. Snape estaba caminando junto a una mujer rubia, cuya elegancia y porte le eran inconfundibles. Erin reconoció al instante a Narcisa Malfoy.

Curiosa, Erin decidió seguirlos con discreción, sus pasos se volvieron más silenciosos mientras mantenía una distancia prudente. Observó cómo Narcisa, con una expresión que combinaba alivio y preocupación, se alejaba del castillo.

Erin notó que la interacción entre Snape y Narcisa parecía cargada de una tensión no verbal. Aunque no pudo oír sus palabras, la postura de Narcisa y el gesto del beso le dieron suficiente información para hacer sus propias conjeturas. Los dos parecían haber compartido un momento cargado de emociones, aunque el significado de ese gesto le escapaba.

Una vez que Narcisa se había ido, Erin se acercó a Snape, que aún estaba en el pasillo, claramente perturbado. La manera en que Snape se ajustaba la túnica y la expresión tensa en su rostro no pasaron desapercibidas para Erin.

—¿Interrumpo, Snape? —preguntó Erin con una sonrisa irónica mientras se acercaba. —Parece que alguien ha estado buscando consuelo en ti.

Erin no pudo evitar preguntarse por qué la situación la había descolocado tanto. ¿Era el contraste entre la imagen fría de Snape y el presuntuoso de Narcisa lo que la perturbaba? O tal vez era el hecho de que ver a alguien con un control tan firme perder ese control, aunque fuera solo por un instante, era una experiencia inquietante. Erin sabía que no era una persona sentimental, pero el nudo en su estómago parecía desafiar esa autopercepción.

Cuando finalmente Snape se volvió hacia ella, Erin dio un paso adelante, sus pasos resonando en el pasillo vacío.

Snape aclaró la garganta, intentando recomponerse de lo que acababa de suceder. Erin, sin perder la oportunidad, decidió jugar con él, sus palabras cargadas de una ironía calculada.

—No sabía que tenías un trato tan cercano con la esposa de Lucius —comentó Erin, su tono aparentemente despreocupado pero con un toque mordaz.

Snape la miró con una mezcla de irritación y cautela, su paciencia empezando a agotarse.

—Estás equivocada —replicó Snape con firmeza—. Cissy ha pasado por mucho en los últimos años. Solo vino por ayuda con su hijo porque parece que no confía en ti pese a ser su madrina ¿peculiar no te parece?- dijo soltó una risa breve, sin alegría, y sus palabras cargaron un matiz de desafío.

—Cissy, ¿eh? Parece que estás bastante cercano como para usar apodos. —Su sonrisa era maliciosa y Snape sintió cómo su paciencia se desvanecía rápidamente y Erin continuo—Ella no necesita confiar en mí, Draco merece una oportunidad lejos de sus problemas familiares —replicó Erin, su tono cargado de una sinceridad inusual.

—¿Qué estás insinuando, Dune? —Snape la miró con dureza, su postura endurecida por el tono burlón de Erin.

—Solo digo que entiendo si tienes... afecto por ella. Después de todo, es difícil resistirse a una mujer como Narcisa —dijo Erin, su tono cortante.

Narcisa Malfoy, desde mi perspectiva, ha sido una pieza en un juego de poder que nunca pidió jugar —afirmó Snape, su voz cargada de una mezcla de desdén y resignación—. No es que me sienta particularmente cercano a ella o a su familia, pero entiendo que las circunstancias han sido duras para ella. Ha sido tratada como una pieza de valor estratégico dentro de su familia, y a menudo, las decisiones que toma no son realmente suyas.

Snape hizo una pausa, su expresión endureciéndose mientras continuaba.

—La realidad es que, a pesar de sus conexiones familiares, he visto lo suficiente como para reconocer que, en medio de todo esto, ella también ha sufrido las consecuencias. Aunque no comparto sus valores ni mi lealtad hacia su familia, eso no me impide ofrecer ayuda cuando veo a alguien en necesidad, especialmente si esa necesidad afecta a Draco, a quien considero más inocente en todo esto.

Erin observó la mezcla de dureza y empatía en la expresión de Snape, manteniendo su mirada fija. El desafío en sus ojos no se desvaneció; había tocado un nervio, y a pesar de la frialdad de Snape, sentía la creciente tensión entre ellos. La conversación había dejado de ser un simple comentario irónico para convertirse en una discusión sobre temas que preferiría evitar. Su interés no era involucrarse en los asuntos personales de Snape ni en la dinámica con Narcisa; su objetivo principal era simplemente seguir adelante con su trabajo y no dejarse arrastrar por distracciones emocionales.

. —no es de mi importancia lo que hagas con una Malfoy o el como justificas tus... conexiones— La burla en su voz era evidente.

Snape, furioso, decidió contraatacar. Su voz se cargó de veneno. —¿Y qué hay de ti, Dune? ¿Qué justificación das por involucrarte en el pasado con Rabastan Lestrange? Un Mortífago, un asesino. No me vengas con lecciones de moralidad.

Erin no retrocedió; al contrario, su expresión se volvió más fría. —Rabastan era diferente. Al menos eso creí en su momento. Me mostró una cara que no esperaba de un Lestrange.

Snape soltó una risa amarga, cargada de escepticismo. —Diferente. Todos son iguales, Dune. Los Black, los Lestrange... Es sorprendente que te hayas involucrado con un Lestrange. Aunque, quién sabe, tal vez ahora tienes la oportunidad de convertirte en una Black.

Erin lo miró con desdén, su paciencia al límite. —Si vas a chismear con tu 'amiga íntima' sobre mi vida personal, podrías ahorrarte el esfuerzo y simplemente preguntarme. No tengo nada que ocultar. Y en cuanto a lo de Black, no sé de qué hablas.

Snape cruzó los brazos, su expresión endurecida por el desdén. —No te hagas la ingenua, Dune. Todos han notado cómo Sirius Black te ronda, cortejándote como si fueras la última oportunidad de redención en su patética vida.

Erin lo miró con una mezcla de enfado y desafío, pero también con una chispa de cansancio. —No tengo intención de involucrarme en juegos de poder o en la vida personal de los demás. Mi objetivo es cumplir con mi deber aquí y no dejarme arrastrar por las intrigas de Hogwarts o las relaciones del pasado. Así que, si tienes algo más que decir, que sea relevante para el trabajo. — Su tono era firme, desafiando la discusión a regresar al ámbito profesional.

Snape estaba a punto de responderle algo más cuando, de repente, sintió un dolor punzante en el cuello que se había intensificado. Las mordidas de Nagini aún estaban cicatrizando, y el malestar se hacía cada vez más intenso. Sin pensarlo dos veces, Erin se acercó impulsivamente, moviéndose con una precisión y firmeza adquiridas a lo largo de su carrera como Auror.

—¿Qué estás haciendo? —murmuró Snape, tenso, mientras Erin colocaba sus manos en su cuello con una familiaridad inesperada.

—Relájate —respondió Erin con brusquedad, su voz firme y decidida—. Has estado tensando el cuello toda la noche, y es evidente que el estrés te está afectando, especialmente con esas heridas.

A pesar de su tono áspero, sus movimientos eran cuidadosos y precisos, aplicando presión en los lugares correctos para aliviar la tensión. Snape se quedó en silencio, luchando contra la incomodidad que le producía la cercanía inesperada. Podía sentir la calidez de sus manos en su piel, y lentamente, la tensión en su cuello comenzó a aflojarse bajo su toque.

Snape intentó apartarla con brusquedad, pero al hacerlo, notó que una herida en su cuello comenzaba a sangrar nuevamente. Erin lo observó con una mirada que no admitía discusión.

—Vamos a la enfermería. Poppy puede encargarse de esto —dijo, su tono firme y autoritario. Snape negó con un gesto rápido.

—Es demasiado tarde para molestarla por algo tan trivial —respondió, con la mandíbula apretada e intentando minimizar el dolor que lo debilitaba.

Erin no estaba dispuesta a ceder. —Si no quieres ir con Poppy, entonces me encargaré yo —insistió, su tono firme e inquebrantable.

Snape bufó en un intento de desdén, pero una punzada de dolor lo hizo inclinarse ligeramente, lo que finalmente lo llevó a aceptar su ofrecimiento.

Con un gesto hacia la puerta, Snape la invitó a seguirlo hasta sus aposentos privados. Erin caminó a su lado, su expresión mostrando una confianza inquebrantable mientras entraban en su santuario privado. Una vez dentro, Erin se movió con seguridad, como si hubiera estado allí antes, aunque era la primera vez que cruzaba ese umbral. Sin perder tiempo, comenzó a desabotonar la levita de Snape, lo que lo hizo tensarse instintivamente.

—Parece que sabes lo que haces —comentó Snape, mezclando sarcasmo y cautela, tratando de mantener la situación bajo su control.

Erin le lanzó una mirada seria mientras continuaba con su tarea. —Mi experiencia no es algo de lo que me enorgullezca, pero sé cómo tratar una herida —dijo con frialdad-

Erin sabía curar heridas de ese tipo porque había asistido a muchas víctimas de los ataques de Voldemort, incluyendo a aquellos que habían sufrido mordeduras de la serpiente Nagini. Durante la guerra, su experiencia como Auror la llevó a tratar a muchos heridos, y el veneno de Nagini no era desconocido para ella. La serpiente era una herramienta de terror y control, utilizada para someter a aquellos que se oponían a Voldemort. No era raro encontrarse con heridas semejantes, y aunque el conocimiento de cómo tratar estas heridas no era común, Erin había tenido suficiente experiencia para hacerlo de manera efectiva.

Lo que sorprendía a Erin era que Snape estuviera aún vivo, considerando el peligro asociado con las mordeduras de Nagini.

Mientras aplicaba un ungüento sobre la herida, sus movimientos eran precisos y metódicos, casi clínicos. El ungüento tenía propiedades específicas para neutralizar el veneno y acelerar el proceso de curación.

—Esto aliviará el dolor, pero necesitarás descansar —dijo Erin finalmente, su voz más suave a pesar de mantener su tono autoritario. La suavidad en su voz era una excepción a su habitual frialdad, mostrando una faceta más compasiva se puso de pie y lo miró con una mezcla de determinación y paciencia. —Te sugiero que te acuestes y descanses. No es una sugerencia, Snape. Es una orden —dijo con firmeza, Luego, con un toque de ironía, añadió—Quizás ciertas actividades con Cissy hayan contribuido a reabrir esa herida, que ya era difícil de curar. No es sorprendente que algo tan trivial te haya afectado tanto-

Snape, aún incómodo y con el dolor persistente, la miró con una expresión de desdén y preocupación. —¿Por qué estás aquí, Dune? ¿Qué te ha traído de vuelta a Draco y a esta situación? —preguntó con voz áspera, su frustración evidente.

Erin, al borde de la puerta, se volvió hacia él con una mirada decidida. —No te debo explicaciones, Severus. Pero te diré que he hecho una promesa a alguien muy importante, y es por eso que estoy aquí. Aunque no comparto todos tus sentimientos sobre Draco y su familia, mi compromiso es con esa promesa, no con tus juicios —afirmó con frialdad antes de dar la vuelta y marcharse, dejando a Snape solo en su habitación, sumido en una mezcla de confusión y dolor.