CAPÍTULO I
Rememorar
Pese a los largos periodos fuera de Konohagakure, Itachi se las arregló para permanecer presente en la vida de su hermano menor.
No se perdió uno solo de sus cumpleaños, y fue el primero en darle la enhorabuena por su ascenso a chūnin a los catorce años y a jōnin a penas cinco años después. Por supuesto, todo esto por detrás de sus antiguos compañeros de equipo.
Aquella relación, imperfecta y a la vez funcional como pocas, había sido siempre objeto mimado de su curiosidad.
—No va a parar. —Naruto dijo, en espera de que, como tantas otras veces, el Uchiha refutara su afirmación.
Itachi observó la reacción de su hermano menor con el habitual interés.
Hubo un largo silencio que Sasuke aprovechó para inspeccionar una pequeña pero profunda herida en su brazo derecho. El vendaje se lo había retirado por la mañana después de la ducha, y la carne expuesta, hábilmente unida por hilo quirúrgico, le palpitaba al más mínimo roce.
—No, no va a parar. —Concedió, y el mayor de ellos Uchiha reconoció la angustia en la voz de su hermano.
—Han encontrado a otro más muy cerca del hospital. Sakura-chan ha insistido en pasar la noche otra vez… Sola … Por eso Kakashi-sensei… Chackra… ¿Por qué no hace lo que…?
Itachi rememoró las facciones de la kunoichi mientras las voces de los dos shinobi se convertían en murmullos ininteligibles a sus espaldas.
Sus ojos verdes solo podía recordarlos rebosantes de terror, y sus labios rosados curvados en una mueca que le desfiguraba el rostro. En su imaginario, Sakura siempre se presentaba de rodillas, con sus manos pequeñas y delicadas hurgando en la cavidad abdominal de un infortunado médico, como la mañana en que sus ojos la miraron por primera vez.
Ocurrió la tarde del primer ataque. Las incursiones nocturnas del entonces desconocido grupo no habían pasado desapercibidas para la golpeada Konohagakure, que ya había instruido a cinco miembros AMBU seguirles la pista. Sin embargo, pese a los esfuerzos de los cinco ninjas de élite, el objetivo de los intrusos no salió a la luz hasta que fue demasiado tarde.
—Itachi. —Llamó Mikoto, obligándolo a detenerse.
Itachi observó a su madre de pie frente al umbral de la puerta. La luz del sol a sus espaldas le confería un aire especialmente severo que se complementaba con su postura, casi desafiante.
Mikoto habría deseado con todas sus fuerzas que aquel encuentro no se produjera. Diez segundos más e Itachi se habría marchado sin rumbo conocido, y entonces la cena habría transcurrido con normalidad. Pero ¿qué caso tenía ahora lamentarse?
—Okasan. —Respondió, y sus ojos negros se posaron no en su madre, sino en la mujer que se acercaba con semblante cansado y las manos abrazadas a una bolsa de papel de la que se asomaban puerros y cebolletas.
«¡Sakura-chan!» La voz de Naruto le rezumbó en los oídos como un pitido.
Más vale tarde que nunca. ¡Gracias por la paciencia y por leer!
