Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Fractured Souls" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia
Capítulo 7
Rose
Estoy de pie en medio de la ducha, mirando las dos botellas que hay en la repisa de la esquina. La negra es el jabón líquido para hombres que llevo usando desde que llegué. Tiene un aroma amaderado con un toque de cítricos y salvia. Estaba ahí desde el principio, y era el único. Ahora, hay un gel de ducha diferente a su lado. Una botella rosa con flores. Em debe haberla traído y dejado aquí para mí. Respiro profundamente y me estiro para tomarla, pero en el momento en que mis dedos se acercan a la botella, la ansiedad se apodera de mi pecho. Vuelvo a mirar la botella negra y muevo la mano hacia ella. La ansiedad se intensifica. Dejo caer mi mano. Paso más de quince minutos observando las estúpidas botellas de jabón y apretando los dientes hasta el punto en que me duele la mandíbula. Finalmente agarro ambas y las envío volando a través del baño, donde chocan contra la pared y caen al suelo.
Se escucha un golpe en la puerta.
—¡Rose!
Apoyo mi espalda contra la pared de azulejos mientras respiro entrecortadamente. Es la primera vez que intento ducharme sin que Em esté en el baño conmigo. Me sentí tan orgullosa de mí misma cuando le dije que no tenía que entrar conmigo. Sonrió un poco y dijo que se quedaría al otro lado de la puerta por si acaso.
—¿Rose? —Otro golpe—. ¡Voy a entrar!
La puerta se abre de golpe y Em entra corriendo, mirando a su alrededor. Sus ojos se posan en las botellas tiradas en el suelo y luego me mira a mí. Su mirada gris metálico, y no azul claro como pensé en un principio, me recorre de pies a cabeza, interrogante, examinadora... preocupada. Su intensidad me atrae y me ancla de un modo que alivia mi ansiedad.
—No pude elegir qué maldito gel de ducha usar —contesto y cierro los ojos, sintiéndome completamente derrotada.
—¡Mierda! —murmura Em. Unos segundos después, su palma áspera acaricia mi mejilla—. Lo siento. No lo pensé.
—No es culpa tuya que sea un caso perdido —suspiro.
—No eres un caso perdido, Mishka.
—Sí, claro —resoplo—. Deberías llevarme al psiquiátrico más cercano y dejarme allí.
—Rosie, mírame.
Abro los ojos y lo encuentro de pie frente a mí, con su mano aún en mi mejilla y la otra en la pared junto a mi cabeza.
—Todo va a mejorar —asegura—. Te lo prometo.
—No lo sabes.
—Lo sé. Eres una luchadora. Llevará tiempo, pero mejorarás. Vamos, vamos a asearte. ¿De acuerdo? —Asiento a regañadientes—. Bien. Traeré el gel de ducha.
Lo veo caminar hacia el otro extremo del baño y recoger las botellas del suelo. Luego, vuelve al interior del espacio de la ducha.
—Este es mío —indica mientras vuelve a colocar el negro en la repisa—, y el rosa es tuyo. Usarás ese.
¿Cómo puede estar tan tranquilo? Es como si mi berrinche no le molestara en absoluto.
—Ahora, ¿cuál es el problema? —Me mira. Me muerdo el labio inferior.
—Las toallas.
—¿Las toallas?
—Las toallas de baño. Tienes azules y blancas. —Sigo usando las toallas de mano después de ducharme porque esas son todas blancas.
—Yo usaré las azules. Tú las blancas. ¿Te parece bien? —Asiento con la cabeza, sintiéndome como una completa idiota. Los dedos de Em agarran ligeramente mi barbilla, inclinando mi cabeza hacia arriba—. ¿Algún otro problema con el baño?
—No —musito.
—De acuerdo. ¿Debería esperar aquí?
No quiero que se vaya, no obstante, sacudo la cabeza de todos modos. No es fácil, pero después de sus instrucciones, puedo ducharme sola porque sé que él seguirá cerca.
Sonríe.
—Dúchate. Vístete. Estaré esperando afuera y desayunaremos cuando termines.
El pulgar de Em roza ligeramente mi mandíbula antes de apartar su mano de mi cara. Se da la vuelta y sale del baño. Lentamente, levanto la mano y recorro el camino de sus caricias.
Emmett
Coloco una caja de cereal en el mostrador frente a Rose y me dirijo a la nevera por la leche. Cuando pongo el cartón junto al cereal, ella intenta tomarlo, pero yo tomo su mano entre las mías.
—Todavía no —ordeno.
Con la mano que tengo libre, abro la alacena y saco un tarro de mermelada. Lo coloco junto a la caja de cereal, agarro la mantequilla de cacahuate y el pan, y lo pongo todo sobre el mostrador. Rose inclina la cabeza hacia un lado, mirándome.
Me coloco detrás de ella y señalo con la cabeza lo que hay sobre el mostrador.
—¿Qué quieres desayunar?
Rose mira el surtido de comida y aprieta los labios.
Lleva aquí dos semanas. Todas las mañanas le he dado leche y elegido un cereal, asegurándome de que cada vez fuera de un sabor diferente. Rose siempre nos preparaba un tazón a ambos y desayunábamos en el comedor. Se angustia cuando tiene que tomar la decisión más simple, así que me he esforzado por hacérselo más fácil. Sin embargo, ya es hora de que salga de su zona de confort, aunque sea un poquito.
—¿Por qué haces esto? —indaga entre dientes. —¿Qué?
—Pedirme que elija.
—Si no puedes hacerlo, te ayudaré. —Intento ponerle la mano en la cintura, pero me detengo y en vez de eso apoyo la mano en el mostrador frío—. Pero quizá puedas intentarlo. Solo es comida. No puedes equivocarte, así que no te preocupes.
Se agarra al borde del mostrador que tiene enfrente y se queda observando fijamente las cosas. Pasa un minuto. Luego cinco más.
—Está bien —aseguro—. Tómate tu tiempo.
La necesidad de acariciarle la espalda o darle un beso en el cabello me está matando. Una vez me olvidé de mí mismo y la besé en la nuca. Con suerte, ya estaba dormida y no se dio cuenta. Probablemente se sentiría asqueada si descubriera que me siento atraído por ella. Es malo en muchos sentidos. Cuando mencionó el otro día que solo tiene veinte años, solo empeoró la situación. Es quince años más joven que yo. Necesito mantener mi distancia tanto como sea posible.
—No puedo. —Las uñas de Rose arañan el mostrador mientras aprieta con más fuerza, con la mirada fija en la caja de cereal.
—Claro que puedes —insisto mientras lucho contra la necesidad de tocarla.
Me destroza cada vez que la veo sufrir por tomar una decisión, aunque sea la más simple. Sigue sin querer hablar con la psicóloga, así que la he llamado cada dos días para pedirle asesoramiento. La psicóloga me recomendó crear una situación en la que Rose tuviera que tomar una pequeña decisión, pero se supone que no debo presionar si eso la hace sentir demasiado incómoda. La doctora me dice siempre que, para que Rose mejore, necesita ayuda profesional. Sin embargo, eso solamente puede ser posible si Rose está dispuesta a aceptarla.
Unos segundos después, veo que la mano derecha de Rose avanza hacia el cereal y luego se detiene. Acerco la caja, pero me aseguro de que aún está lo bastante lejos como para que ella tenga que alcanzarla.
—Dijiste que te gustaba comer cereal en casa —le recuerdo—. ¿Crees que tus preferencias han cambiado?
—No.
—Entonces es seguro decir que elegirías el cereal. Vamos, unos centímetros más.
Rose frunce los labios y, al instante siguiente, su mano acorta la distancia que la separa de la caja. La agarra y la aprieta contra su pecho como si fuera algo absolutamente valioso.
—Lo logré —murmura.
—¿Ves? Todo mejorará.
Gira y me rodea la muñeca con la mano que tiene libre mientras su mirada se clava en la mía. Su mano se mueve hacia arriba, a lo largo de mi antebrazo.
—Gracias —pronuncia y se inclina un poco hacia mí.
—Cuando quieras, Mishka. —Doy un paso atrás renuentemente—. Vamos a comer. Me muero de hambre.
Una expresión extraña se dibuja en el rostro de Rose y su mano se suelta de mi brazo. Se da la vuelta y se ocupa de servir la leche y el cereal en tazones negros iguales. Creo que nunca los había usado antes de que ella llegara. De hecho, más de la mitad de los utensilios de cocina estaban sin usar, ordenados en cajones y armarios. De todo lo que tengo, solamente he usado dos platos, algunos vasos y algunas tazas de café. No estoy seguro, pero puede que haya usado la estufa únicamente una o dos veces.
Cuando Rose termina de servir el cereal, llevo los tazones al comedor. Ella me sigue un paso detrás, agarrando el dobladillo de mi camiseta con su mano, algo que sigue haciendo casi siempre. Solo cuando llego a la mesa me suelta y se sienta a mi derecha.
Siempre está muy callada. Cuando come. Cuando camina por mi casa. Incluso cuando cocina. No hay ruido de ollas o cubiertos, ningún ruido en absoluto a menos que esté tarareando para sí misma. No puedo descifrar la canción, aunque la melodía me suena familiar.
Me pregunto si antes era tan callada o si es una consecuencia de todo lo que le ha pasado. Pero aún queda fuego en ella. Puede que esté reprimido en lo más profundo, sin embargo, está ahí. Quienquiera que la haya lastimado, no lo extinguió por completo.
