Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Fractured Souls" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia
Capítulo 8
Emmett
—¿Lista? —pregunto.
Rose está de pie en medio de la habitación con sus brazos envueltos alrededor de su abdomen.
—No.
—Tenemos que conseguirte algo de ropa. Nada de lo que compré te queda bien. —Señalo con la cabeza la camiseta que tiene puesta, al menos dos tallas más grande. Los jeans que tiene puestos también están remangados. ¿Cómo pude meter tanto la pata? Cuando compré la ropa, me parecía pequeña. Puede que Rose se quede poco tiempo conmigo, pero no dejaré que ande por ahí doblándose las mangas de las camisetas sin parar. Quiero que se sienta cómoda—. La tienda está cerca y seremos los únicos allí.
Rose mira al suelo, mordiéndose el labio inferior.
—Rosie. Mírame, nena —pido, y ella levanta la cabeza renuentemente—. No te soltaré la mano pase lo que pase. Estarás a salvo.
—Dijiste: a salvo —murmura—. No dijiste: todo estará bien. ¿Por qué?
—Porque probablemente no será así. Puede que te asustes porque es la primera vez que sales a la calle después de casi tres semanas. Puede que incluso te pongas histérica. —Le aprieto la mano—. Pero estarás a salvo todo el tiempo. ¿Entiendes lo que te digo, Mishka?
Los ojos de Rose encuentran los míos y, por un momento, me sorprende la confianza que veo en sus profundidades. Jasper me confió sus clubes cuando me asignó su administración. Sin embargo, nadie me había confiado su vida antes. Sentirse seguro es una de las necesidades humanas más básicas, y ella acaba de depositar su fe en mí.
—¿Quieres ir en auto o caminando? —pregunto—. Solo está a dos calles.
Me mira con los labios apretados. Parece que aún le cuesta tomar decisiones por sí misma, sin embargo, está mejorando. Esta mañana abrió la nevera y sacó la leche para prepararse cereal para desayunar, probablemente lo hizo sin pensarlo. Antes de hoy, se quedaba mirando dentro de la nevera hasta que yo venía y sacaba la leche para ella. Nunca lo admitiría, porque es absolutamente egoísta, pero en secreto disfruto haciéndolo.
Nunca he necesitado a nadie, o, mejor dicho, nunca me he permitido necesitar a nadie. Y nadie me ha necesitado jamás. Ese concepto me era completamente desconocido hasta ahora. La idea de que Rose me necesite alimenta un sentimiento de anhelo que antes no podía nombrar.
Seguimos compartiendo mi cama. Durante las dos primeras noches, pensé en quedarme en una de las otras habitaciones, más veía el miedo en sus ojos cuando intentaba irme y volvía a tumbarme a su lado. En algún momento, dejé de intentarlo. Me encanta cómo se acurruca contra mí cuando se despierta de una pesadilla, como si estar cerca de mi persona bastara para ahuyentar a los monstruos.
—Entonces, iremos caminando —afirmo y salgo de la habitación con ella siguiéndome, con su mano fuertemente agarrada a la mía.
Somos los únicos clientes de la pequeña boutique que elegí. Hace un rato llamé al dueño y le pedí que no dejara entrar a nadie más hasta que termináramos. También le pedí que desalojara la tienda de todo el personal, excepto la empleada de la caja registradora, a la que se le dijo que no abandonara su puesto.
Rose se detiene en medio de la tienda y mira a su alrededor, recorriendo con la mirada los largos percheros de ropa y las repisas con zapatos. Lo asimila todo, inhala profundamente y me aprieta la mano.
—Empecemos por la ropa interior —señalo y la conduzco a la esquina más alejada de la tienda.
Rose echa un vistazo a las prendas en exhibición, pero no hace ningún movimiento para tomar algo. Sus ojos recorren la ropa interior y se detienen en algunas prendas unos segundos más que en otras. Normalmente son los colores brillantes los que llaman su atención. Pasa por alto las prendas blancas como si no existieran.
Presto atención a su mirada mientras observa la lencería en exhibición, fijándome en cada artículo en el que sus ojos se posan durante una fracción de segundo más que en el resto. Cuando termina, tomo la talla más pequeña de cada prenda que le llamó la atención.
—¿Está todo bien? —La miro y veo que me está observando. Tiene los ojos llenos de lágrimas. Le rozo la mejilla con el dorso de la mano y señalo el perchero a mi izquierda—. Ahora vamos con las camisetas.
Repetimos el proceso en todas las secciones de la tienda y, como mis manos acaban llenas de ropa, Rose pasa a sujetarme la manga de la chaqueta. Cuando llegamos al probador, entro y dejo el montón de ropa, junto con el abrigo amarillo que estuvo mirando durante casi un minuto y dos pares de zapatos, en el banco junto al espejo.
—Puedes soltarme la chaqueta y probarte todo —ordeno.
Ella asiente, pero no la suelta.
Tomo la primera camiseta del montón y se la ofrezco.
—Estás a salvo, Mishka. Nadie puede hacerte daño mientras yo esté aquí.
Rose levanta un poco las comisuras de sus labios y me suelta lentamente.
Tarda más de media hora en probárselo todo, y unas pocas prendas acaban siendo demasiado grandes. Recojo la ropa que le queda bajo el brazo y, tomándola de la mano, salimos del probador. Mientras pago en la caja registradora, el tintineo de las campanas sobre la puerta suena detrás de nosotros. Me doy la vuelta justo a tiempo para ver a un hombre mayor vestido con un traje gris que entra en la tienda.
—¡Señor McCarthy! —Sonríe, caminando hacia nosotros—. Espero que su experiencia en la tienda haya sido como esperaba.
Rose se tensa y su mano aprieta la mía con fuerza. La miro y veo que está observando horrorizada al gerente de la tienda.
—Ven, nena. —Insto, pasándole el brazo por la cintura. Ella brinca y envuelve con fuerza sus brazos y piernas a mi alrededor en una pose familiar.
—¿Todo fue de su agrado? —El idiota continúa divagando mientras se acerca a nosotros—. Yo específicamente...
Agarro al gerente de la tienda por el cuello de su camisa de vestir con la mano que me queda libre mientras sostengo a Rose con la otra. Lo sacudo y lo estampo contra el pilar de concreto que hay junto a la caja registradora.
—¿Qué demonios te dije? —le bramo a la cara.
—Yo... Yo... ¡por favor!
—Dije que solamente una persona, una mujer, podía estar aquí hasta que nos fuéramos. —Lo empujo contra el pilar otra vez, y una vez más—. ¿Eres una mujer, carajo?
—No... por favor...
—No. ¡No lo eres! —reviro.
Unos dedos recorren mi cabello. Una vez. Dos veces. Giro ligeramente la cabeza hacia un lado y mi mejilla se apoya en la de Rose.
—No lo hizo con mala intención —me susurra al oído.
—El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones — pronuncio—. ¿Conoces esa frase?
—Sí. —Me acaricia de nuevo el cabello—. Es tan cierta como estúpida. Deja que el hombre se vaya.
—Nadie te asusta y se va sin castigo. —Suelto la camisa del gerente de la tienda y le doy una bofetada antes de girarme hacia el mostrador para recoger nuestras bolsas.
Salgo de la tienda con Rose en brazos y la cargo por las dos calles hasta mi edificio. Algunas personas con las que nos cruzamos nos observan estupefactas, pero enseguida apartan la mirada cuando ven el ceño fruncido que tengo en la cara. La mayor parte de la tensión de Rose se calmó poco después de salir de la boutique, sin embargo, sigue con su cara acurrucada en el pliegue de mi cuello, y sus brazos y piernas aferrándose a mí con todas sus fuerzas. Estúpido hijo de puta, debería haberle roto el cuello por asustarla. Todavía estoy tan jodidamente furioso que tengo que resistir las ganas de darme la vuelta y hacer exactamente eso.
Cuando llegamos a mi edificio, ni siquiera saludo al guardia de seguridad del vestíbulo, sino que me dirijo directamente al ascensor y presiono el botón del tercer piso con el codo. En cuanto estamos en mi apartamento, dejo caer las bolsas al suelo y me dirijo a la sala. Rose sigue pegada a mi cuerpo mientras me siento en el sofá.
—Ya puedes soltarme, Mishka —declaro mientras le acaricio el cabello con la mano.
Ella niega con la cabeza y aprieta más su cara contra mi cuello. Se le escapa un suave suspiro y siento algo húmedo en mi piel.
—Por favor, no estés triste, nena.
Rose respira profundamente y se aleja, mirándome. Le caen lágrimas por las mejillas y tiene los ojos enrojecidos e hinchados. Pero no parece estar triste. Parece estar furiosa.
—¡Estoy harta de esto! —brama entre dientes y me agarra de la chaqueta—. Tan. Jodidamente. Harta.
—Lo sé.
Me suelta la chaqueta y toma mi cara entre sus manos, mirándome fijamente a los ojos.
—Quiero ir al centro comercial.
Nos miramos intensamente. Siento como si pudiera ahogarme en las profundidades de sus ojos, me cuesta pensar con claridad.
—Rosie, no creo que sea una buena idea.
—No puedo vivir así. Entrando en pánico por las cosas más básicas. Escondiéndome aquí, en tu casa. —Sus manos se mueven hacia mi nuca, entrelazando los mechones entre sus dedos—. Quiero recuperar mi vida. Quiero volver a ser yo.
Su última frase apenas se escucha. Levanto la mano y le quito las lágrimas de las mejillas con mi pulgar.
—De acuerdo.
Ella asiente y sus ojos se posan en mis labios. Sus manos siguen acariciando mi cabello. Mientras la observo, respira profundamente y se inclina hacia delante. Va a besarme. Dios, llevo días pensando en besarla, odiándome por tener esa idea en la cabeza. Es demasiado joven y le han hecho mucho daño. Dejar que me bese no sería mejor que intentar algo con una chica traumatizada.
—Rosie—susurro—. Por favor, no, nena.
Rose
Mi cuerpo se pone rígido al escuchar las palabras de Em. Levanto la vista y veo que sus ojos me miran con preocupación. Solamente un par de centímetros separan mi boca de la suya. Si me apresuro, quizá pueda robarle un beso rápido, aunque él no lo quiera.
Sin embargo, tan rápido como ese pensamiento entra en mi mente, otro le sigue. No, sé lo que es que te quiten algo contra tu voluntad. No puedo hacérselo a él.
—¿Por qué no? —pregunto—. No quieres a una basura, ¿ese es el problema?
Los ojos de Em se abren de par en par y en el instante siguiente su mano se dispara hacia arriba, agarrándome la barbilla.
—No vuelvas a decir eso —demanda entre dientes—. Jamás.
—¿Entonces por qué, Em? ¿Es malo que quiera besarte? —Me inclino hacia su mano, con la intención de acortar la distancia entre nosotros, pero él no me lo permite.
No dice nada, simplemente me mira fijamente, con la nariz dilatada. Me pregunto si es consciente de que, mientras me aparta de él con la mano izquierda, la derecha sigue acariciándome la mejilla. Suspiro y me enderezo, soltando su cabello.
El teléfono en su bolsillo suena. Lo toma y se lo acerca a la oreja, escuchando lo que dice la persona que está al otro lado. Puedo escuchar la débil voz del auricular. Es masculina y suena agitada, pero no entiendo lo que dice porque habla en ruso.
—Voy para allá —responde Em en español, y luego baja el teléfono.
—¿Tienes que ir a trabajar?
—Sí. Me encargo de los asuntos de los clubes de la Bratva. Volveré en un par de horas —informa—. ¿Estarás bien?
No quiero que se vaya, pero asiento con la cabeza de todas formas.
—Ordené los alimentos del supermercado, los dejarán en la puerta principal. Si estás cansada de cocinar, pediré algo para ti del restaurante de enfrente. —Me roza la barbilla con la punta del dedo—. Pero si quieres preparar algo para cenar y no puedes decidir qué, hay una laptop en la mesita de noche de la habitación. Busca en Google recetas rápidas y elige la primera que sepas hacer. ¿Está bien?
Vuelvo a asentir. No me suelta la barbilla. En su lugar, sus dedos recorren mi mandíbula hasta la nuca, donde los entierra en mi cabello.
—Vacié la cómoda de la habitación, puedes poner tu ropa nueva allí.
Así que se dio cuenta de que me sobresalté al ver los trajes en su armario.
—¿De verdad tienes que irte?
—No tardaré. —Echa un vistazo al reloj de la pared—. Tengo que repasar unos papeles con Ron antes de que el club abra a las diez. Volveré a las diez y media.
—¿Puedes bajar el reloj?
Em me mira, y puedo ver la pregunta en sus ojos.
—Soy miope —suelto.
Su mano en mi nuca se mueve hacia mi barbilla y me levanta la cabeza.
—¿Por qué no me lo dijiste? —Me encojo de hombros—. ¿Usas anteojos o lentes de contacto?
—Anteojos. Los lentes de contacto me irritan los ojos.
Su otra mano me acaricia la cara y desliza la palma hacia arriba, pasándome los pulgares por las cejas y luego por la piel sensible debajo de mis ojos.
—Te compraremos unos anteojos mañana, cuando vayamos al centro comercial. —Me suelta la cara y se quita el reloj—. ¿Te sirve? — pregunta.
Miro el costoso reloj de oro que me puso en la mano. Todavía está caliente por el contacto con su piel.
—Sí —expreso ahogadamente.
—De acuerdo —asiente—. Date una ducha. Tienes tres pares de pijamas, todas son iguales para que no tengas que elegir. Guarda tu ropa nueva. Come. Espérame. En la cama, no en el suelo frente a la puerta.
Me bajo de su regazo y observo cómo se marcha, luego me dirijo al baño para darme una ducha.
Agarro el reloj con la mano. Las once y media. Llevo dos horas y media sentada en la cama, mirando esta cosa, y con cada minuto que pasa, el pánico en la boca de mi estómago se intensifica.
Hice todo lo que Em me ordenó que hiciera en una hora, incluyendo preparar risotto con pollo. Fue la primera receta que apareció en mi búsqueda en Google. Hacer la comida solía ser mi labor en casa. Me gusta bastante cocinar, así que puedo preparar casi cualquier cosa excepto mariscos. La sensación resbaladiza de tenerlos en mis manos siempre me daba escalofríos, así que Alec se encargaba de eso. Mi hermano es un excelente cocinero y fue él quien me enseñó todo. También intentó convencer a Tanya para que aprendiera, pero mi hermana quemaba todo. Supongo que no podía cocinar y, al mismo tiempo, publicar docenas de fotos en las redes sociales.
Vuelvo a mirar el reloj. Faltan veinte minutos para la medianoche. ¿Dónde estará?
