Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Fractured Souls" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia
Capítulo 9
Emmett
Tres horas antes
Todo el mundo está mirando. Los dos guardias de seguridad de la entrada trasera del club. La señora de la limpieza que trapea alrededor de las mesas. El cantinero. Los ignoro y subo las estrechas escaleras que conducen a la galería que alberga nuestros espacios administrativos con vistas a la pista de baile.
Paso frente a la sala donde dos guardias de seguridad están encorvados frente a las pantallas, mirando las imágenes de las cámaras, y entro a mi oficina. Ron está sentado detrás de mi escritorio, mirando el monitor y presionando el mouse con irritación. Toda la superficie está cubierta de papeles. A un lado, hay dos tazas de café vacías y un sándwich comido a medias con migajas esparcidas por todas partes.
—Qué asqueroso. —Sacudo la cabeza.
—Elegiste el peor jodido momento para tomarte vacaciones — murmura y sigue golpeando el mouse—. Hay que renovar los contratos con los proveedores de licores. Dos meseras están enfermas y otra se tomará licencia por maternidad. El sistema de vigilancia se cayó dos veces ayer. Se me olvidó pedir... —Levanta la vista y me examina de pies a cabeza—. ¿Quién demonios eres y qué hiciste con Emmett?
Señalo con la cabeza al desorden del escritorio.
—Limpia esta mierda para que pueda sentarme y ver qué más jodiste.
—¿Jeans? ¿En serio? ¿Y una puta sudadera con capucha? — Levanta las cejas y luego suelta una carcajada—. Em, cariño, ¿estás bien?
—Qué gracioso. Levántate.
—Aro llamó —expone y recoge las tazas—. Encontraron al tipo que suministraba esas pastillas. Lo traerá aquí.
—Bien. —Me siento y ordeno los contratos esparcidos por el escritorio. Algunos tienen manchas marrones circulares—. Espéralos abajo y lleva al tipo a la habitación de atrás cuando lleguen.
—De acuerdo. ¿Seguro que no quieres que llame al Doc para que te revise la cabeza?
—¡Vete a la mierda, Ron!
Casi termino con el desastre que hizo Ron cuando estalla un tiroteo en el piso de abajo. Agarro mi arma del cajón y entro corriendo a la sala de vigilancia.
—¿Qué está pasando? —exclamo.
—Aro y dos soldados entraron hace dos minutos, arrastrando a un tipo con ellos. Esos vehículos llegaron después —indica el guardia de seguridad y señala la pantalla que muestra el callejón trasero. Dos coches con los cristales polarizados están estacionados a la vuelta de la esquina—. Ocho personas salieron, mataron a los guardias y entraron al club.
—Llama a Dolohov. Dile que necesitamos refuerzos y a Doc, Luego, ve abajo. ¡Ahora! —Corro hacia la puerta mientras los disparos siguen sonando abajo.
La pista de baile está cubierta de sangre. Tres agresores están tirados en el centro, y a medio metro, el cuerpo de un mesero está tendido con la cara hacia el suelo. Al otro lado de la habitación, hay dos cuerpos más, probablemente los soldados que llegaron con Aro. Ron está agachado detrás del bar, disparando a dos hombres cerca de la entrada. Apunto al primero y le disparo en la cabeza. El otro voltea hacia mí, pero cae cuando la bala de Ron impacta en su cuello.
—¿El resto? —grito mientras corro escaleras abajo.
—Se fueron por la parte trasera. — Ron salta por encima del bar y corre hacia el pasillo que lleva al almacén—. ¡Aro está solo ahí adentro!
No escucho ningún disparo mientras corro detrás de Ron. Eso no es bueno. Gira a la izquierda y yo lo sigo unos pasos atrás. Irrumpimos en la habitación trasera al mismo tiempo, con las armas en alto.
Uno de los matones está tumbado en el suelo, cerca del armario metálico donde se guardan los productos de limpieza. A la derecha, hay dos hombres más. Uno obviamente está muerto, con un agujero en la frente.
Hay una gran salpicadura roja en la pared sobre él. El que está a su lado sigue vivo, pero le dispararon en el muslo y el hombro. Camino hacia él y recojo su arma y la de su camarada. Otro hombre con pantalones cargo y camisa a cuadros está tirado en medio del suelo, tiene varias heridas de bala en la espalda. Sus manos están atadas. Probablemente sea el tipo que suministró las drogas.
—¡Aro! —llama Ron detrás de mí. Me doy la vuelta y siento un escalofrío.
Aro está sentado en el suelo con la espalda apoyada contra la pared. Tiene todo el torso cubierto de sangre. Corro a arrodillarme junto a Ron, que se arranca la camisa y la presiona sobre la herida de su estómago. Yo también me quito la sudadera, la enrollo y la aprieto contra la otra herida en medio del pecho de Aro. La camisa blanca de Ron sobre el estómago ya está empapada, y la sangre se filtra por sus dedos.
—¿Dónde diablos está el Doc? —ladro y agarro a Aro por la nuca —. ¡Aro! ¡Abre los ojos!
Sus ojos se abren lentamente, más su mirada está perdida.
—¡Quédate con nosotros! ¡Aro! ¡Ya viene el Doc! —grito. Intenta decirme algo, pero está demasiado débil—. No. —Le aprieto el cuello—. Hablaremos cuando el Doc te cure.
A mi lado, Ron saca su teléfono y marca. Santo Dios, hay mucha sangre. Paso con cuidado mis manos por el pecho y los costados de Aro y encuentro otra herida encima de su cadera.
—Maldición. —Me quito frenéticamente la camiseta, presionándola sobre la herida—. Aro, no. No cierres los ojos. Quédate con nosotros.
Respira entrecortadamente y levanta la mano para agarrarme del brazo, jalándome hacia él.
—Albaneses —musita junto a mi oreja, luego tose—. Los escuché... hablando entre ellos.
Se afloja el agarre en mi brazo y la mano de Aro cae al suelo. Sus ojos azul oscuro siguen fijos en mí, pero parecen vidriosos. Dos hileras de sangre caen por la comisura de sus labios.
—¡Aro! —exclamo en su cara—. ¡No te atrevas a morirte! ¡Aro!
—Em—pronuncia Ron—. Está muerto.
¡No! Aro es el responsable de darme la única familia que he conocido: la Bratva. No puede morir.
—¡Aro! —Lo sacudo.
—Emmett, detente —pide una voz áspera detrás de mí, y alzo la vista para encontrar al Doc allí parado.
—¡Llegas tarde! —le grito.
—No hay nada que nadie pudiera haber hecho —agrega Doc, señalando al suelo con la cabeza—. Perdió demasiada sangre.
Acuesto lentamente a Aro, me levanto y me dirijo hacia el extremo opuesto de la habitación. Agarro al único albanés vivo por el cuello y le doy un puñetazo en la cara con todas mis fuerzas.
—¿Por qué? —pregunto, y vuelvo a golpearlo—. ¿Por qué estabas aquí?
—Para deshacerme... de Davis —murmura. Vuelvo a golpearle la cabeza. Y otra vez más.
—¡Em! ¡Ya basta!
Ignoro los gritos de Ron y sigo golpeando al hijo de puta mientras el olor a sangre invade mi nariz. Alguien intenta apartarme de un empujón, no obstante, me los quito de encima y sigo clavando mis puños en la cara del albanés hasta que todo lo que queda de ella es una masa de sangre y carne roja.
Cuando acabo, dejo que el cuerpo caiga al suelo y me dirijo hacia uno de los armarios. Saco dos manteles de lino blanco y los llevo hasta donde el Doc está arrodillado junto al cuerpo de Aro. Utilizo uno para limpiar la sangre de la cara de mi amigo, luego cierro sus ojos y lo cubro cuidadosamente con el lino limpio.
—Proshchay, bratan —musito, me doy la vuelta y me dirijo hacia la puerta, pasando junto a Ron en el camino.
—¡Joder! —murmura él, mirando el cuerpo del hombre al que maté con mis propias manos—. Voy a vomitar.
Cuando vuelvo a mi oficina, agarro una botella de vodka del minibar y le doy un buen trago. Sabe aún peor de lo que recordaba. Me siento en el sillón junto al minibar y le doy otro trago. No recuerdo la última vez que me emborraché.
Alguien grita abajo. Parece que Jasper llegó. Levanto la botella y vuelvo a beber. Cinco minutos después, más ruido, algo se rompe. Parece que alguien está tirando muebles. Más gritos.
—¡Dolohov! —ruge Jasper—. Llama a Jane por teléfono. ¡Ahora, joder!
Parece que Felix también está aquí. Me levanto, con la botella en la mano, y me dirijo hacia la pared de cristal para contemplar la escena. Felix está parado en el centro de la pista de baile, agarrando con la mano un banco roto del bar. Jasper está frente a él, con su mano extendida hacia su hermano, y le dice algo a Felix, que parece que va a romperle el banco en la cabeza a Jasper en cualquier momento. Dolohov se acerca a ellos desde un lado, con un teléfono en su mano extendida. Felix gira la cabeza hacia el teléfono y fija la mirada en el aparato. El banco cae al suelo. Felix le quita el teléfono de la mano a Dolohov, se lo acerca al oído y escucha durante unos instantes. Le devuelve el teléfono a Dolohov y se marcha.
Debería quedarme a ver si necesitan mi ayuda, pero no puedo soportar la idea. Aro está muerto. La mirada que me dio durante los últimos segundos de su vida me perseguirá por el resto de mi vida. Sacudo la cabeza y me dirijo hacia la escalera de incendios.
Encuentro a Ron apoyado en la pared, cerca de la salida trasera. Me mira y luego mira la botella que tengo en la mano.
—¿Desde cuándo bebes alcohol? —pregunta.
—Desde hoy. —Inclino la cabeza hacia su auto—. Necesito que me lleves.
No hablamos durante la media hora que dura el trayecto hasta mi casa, con nuestras miradas fijas en la calle que tenemos ante nosotros. Ha empezado a nevar otra vez, y me encuentro absorto en los copos blancos que caen del cielo. Supongo que ahora a mí tampoco me gusta la nieve.
Cierro los ojos, me reclino en el asiento y bebo otro buen trago de la botella.
Rose
La puerta principal se abre de golpe y exhalo aliviada. Regresó. Un momento después, algo cae al suelo.
—¿Em? —grito.
Hay un par de segundos de silencio antes de escuchar su voz.
—Soy yo, Mishka. —Su voz suena extraña. Como ahogada.
Espero que entre a la habitación, pero no lo hace. Me quedo mirando la puerta abierta. Entonces, escucho el ruido de un cristal que se rompe y un ruido sordo.
—¿Em?
Nada. Me tenso. Algo pasó. Me quito las sábanas, con la intención de ir a buscarlo, sin embargo, no puedo moverme. Dijo que lo esperara en la cama. ¿Debería quedarme aquí? ¿O ir a ver qué pasó? No puedo decidirme.
—¿Em? —llamo de nuevo. No responde.
Mis manos empiezan a temblar. Algo malo sucedió. Lo sé porque esto no es típico de él. Me acerco al borde de la cama y los temblores de mis manos se intensifican mientras las náuseas me suben por la garganta. La sola idea de abandonar la cama me provoca ganas de llorar. Agarro un puñado de las sábanas con los dedos, aprieto e intento tragarme la bilis. Finalmente, atravieso la habitación a una velocidad frenética golpeándome el codo contra el marco de la puerta. Calculé mal la distancia. Ignorando el dolor, entro apresurada a la sala de estar.
—¿Emmett?
La lámpara de la esquina está encendida, iluminando la habitación con un tenue resplandor crepuscular. La puerta principal está abierta de par en par. La estrecha mesa cerca de la puerta donde Em deja sus llaves está volcada en el suelo. Él no está en ningún lado.
Me dirijo hacia la consola volcada y noto algo húmedo y pegajoso en el suelo bajo mis pies descalzos. Sé que el interruptor de la luz está cerca, así que empiezo a tantear la pared con la palma de mi mano. Mi vista empeora cuando no hay suficiente luz. Tanto el interruptor como la pared son blancos, lo que dificulta su localización. Cuando lo encuentro, enciendo las luces y miro a mi alrededor.
Em está sentado en el suelo de la cocina, con la espalda apoyada contra la puerta del horno. Tiene los ojos cerrados. Hay trozos de cristal por todas partes y el aire huele a alcohol.
—¿Em?
Abre los ojos y ladea la cabeza, mirándome.
—Siento llegar tarde.
Con cuidado de no pisar los vidrios, cruzo la cocina y me agacho entre sus piernas. No parece él mismo. Tiene el cabello despeinado y únicamente viste jeans. Tiene el pecho desnudo salpicado de lo que parece ser sangre seca. Y estoy bastante segura de que está borracho. Estiro mis manos y tomo su cara entre ellas.
—¿Qué pasó? —pregunto.
Cierra los ojos y se inclina hacia delante hasta que su frente toca la mía.
—Alguien murió, Mishka —susurra.
Muevo mis manos a través de su cabello castaño. Uno de los mechones sigue cayendo hacia delante, sobre su ojo.
—¿Quién? —Intento apartar ese mechón, pero acaba de nuevo sobre su cara.
—Aro. Uno de los ejecutores de la Bratva. Un amigo.
—¿Qué pasó?
—Hace tres semanas, atrapamos a un tipo traficando con drogas, píldoras, en nuestro club. Era la misma sustancia que se usó contigo. Aro encontró al hombre que suministraba las pastillas y lo trajo al club para interrogarlo.
—¿Obtuvieron algunas respuestas?
—No. Un grupo de hombres los siguió y entró disparando. Mataron a cinco de nuestros hombres y luego fueron a la parte de atrás, donde estaba Aro con el prisionero. —Sacude la cabeza—. Los mataron a ambos.
—Lo siento mucho —susurro y me inclino hacia delante, depositando un beso en el centro de su frente—. Lo siento muchísimo.
Entonces me mira, nuestros ojos están tan cerca, y cuando observo fijamente los suyos, el corazón me da un vuelco. Siento como si una mariposa estuviera atrapada en mi pecho. Quiero besarlo o consolarlo como pueda. Como él lo hizo conmigo. Sin embargo, no sé si lo aceptará. Así que, en vez de eso, le rozo la mejilla con el dorso de mis dedos.
—Vamos a la cama, Em.
Respira profundamente y se levanta lentamente, llevándome con él. Cuando ambos estamos de pie, mira el suelo de la cocina cubierto de trozos de vidrio.
—Mierda. Por favor, dime que no te cortaste.
—Estoy bien. Vamos.
La mirada de Em cae sobre mis pies descalzos.
—Pisa encima de mis pies.
—¿Por qué?
—No creo que sea prudente cargarte mientras estoy en este estado, Mishka.
Estoy a punto de decir que puedo volver por mi cuenta, pero cambio de opinión. Rodeando la cintura de Emmett con mis brazos, coloco mi pie derecho sobre su zapato, luego el izquierdo. Su mano izquierda se desliza hasta mi espalda, apretándome más contra su cuerpo.
—Iremos despacio —asegura—. Agárrate fuerte.
—Está bien —musito y aprieto mi mejilla contra su pecho. Probablemente acabaré con sangre en mi cara, pero no me importa.
Em se agarra del costado del mostrador con la mano que tiene libre y da un paso adelante. Luego uno más. Me mantengo pegada a su cuerpo mientras atraviesa la cocina. Los pedazos de vidrio se rompen bajo las suelas de sus zapatos a cada paso. Cuando llegamos a la sala apoya la palma de su mano en la pared y me mira. No hay vidrios más que en la cocina, pero no quito mis pies de encima de los suyos. En lugar de eso, le aprieto más la cintura. Algo pasa entre nosotros, como un intercambio sin palabras. Él me dice en silencio que es seguro soltarlo, más yo le respondo que no lo haré, aunque ya no haya necesidad de abrazarlo. Como si reconociera mi respuesta sin palabras, Emmett asiente y sigue acercándonos a la habitación.
Cuando llegamos a la cama, le suelto la cintura y me meto bajo las sábanas. Levanto una esquina del edredón y le doy unas palmaditas a la almohada que tengo junto a la cabeza. Emmett me observa durante unos instantes, luego se quita los zapatos y se mete bajo las sábanas a mi lado.
—Cuéntame de tu amigo —pido y me acurruco a su lado—. ¿Cómo era?
—Conocí a Aro hace diez años. Asistió a una de mis peleas. Cuando terminó el combate, se acercó a mí y me preguntó si me gustaría enfocar mi energía y mis habilidades en otro lugar.
—¿Peleas? —indago.
La pausa en silencio dura casi un minuto.
—Antes de unirme a la Bratva, ganaba dinero peleando en combates clandestinos —confiesa por fin. No puedo verle la cara, pero tiene la voz entrecortada. ¿Le preocupa que piense mal de él por su forma de ganarse la vida?
Apoyo mi mano en el centro de su pecho y entierro la cara en su cuello.
—¿Aro te reclutó para la Bratva?
—Sí. Estaba a cargo de los soldados. Tres años después, cuando mataron al tipo que dirigía los clubes, el Pakhan me ascendió al puesto, diciendo que mis trajes de tres piezas ponían nerviosos a los demás soldados. No obstante, Aro siempre estaba cerca, molestándome para que saliera con los chicos. Decía que tenía que relajarme.
—¿Y lo hiciste? ¿Seguiste su consejo?
—Nop. En realidad, no soy una persona sociable, Mishka.
Sí. Yo también tuve esa impresión. Subo la mano y le paso los dedos por el cabello de la nuca. Una melodía me viene a la mente. The Rain Must Fall, de Yanni. Lenta y triste. Tranquila. Tarareo la melodía mientras acaricio el cabello de Em.
—¿Por qué dejaste que me quedara aquí? —curioseo.
Em suspira y apoya su barbilla en la parte superior de mi cabeza.
—No lo sé. ¿Por qué quisiste quedarte?
Llevo semanas haciéndome esa interrogante.
—Yo tampoco lo sé.
