Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Fractured Souls" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia


Capítulo 10

Rose

La puerta del ascensor se cierne ante mí y trato desesperadamente de controlar el pánico que se apodera de mi mente. Estoy fracasando miserablemente.

—No me sueltes la mano —susurro mientras la bilis me sube por la garganta.

—No lo haré —asegura Emmett a mi lado.

Se escucha un tintineo que indica que hemos llegado a la planta baja del centro comercial. Las puertas se abren. En cuanto veo que hay gente alrededor, doy un paso atrás. La mano de Em sale disparada hacia un lado, pulsando el botón para cerrar la puerta.

—Puedes hacerlo, Mishka —anima—. Pero si no estás lista, lo intentaremos la próxima semana.

No, no estoy lista. Creo que nunca lo estaré. No obstante, lo haré de todos modos. Y lo haré hoy.

—Abre la puerta, por favor. —Me atraganto con las palabras y aprieto la mano de Em.

El primer minuto es el peor. Es temprano, así que el centro comercial no está abarrotado, pero aun así siento que me voy a asfixiar solo por estar aquí. Ver a la gente en un espacio tan cerrado, los sonidos que hacen, sus miradas... todo me parece demasiado. Emmett me aprieta la mano y da un paso adelante.

Alguien se está riendo. Están más lejos, al final del pasillo, aunque pareciera que están justo a mi lado. El sonido de pisadas en el suelo y charlas aleatorias resuenan en mis oídos. Cierro los ojos y contengo la respiración. Siento un ligero toque en la cara, la punta del dedo de Em recorriendo la línea de mi mandíbula. Respiro de nuevo y abro los ojos.

Está de pie frente a mí, bloqueando la vista de la multitud con su gran cuerpo.

—No pasa nada, nena —asegura—. Nadie puede hacerte daño cuando estoy aquí. Solo mírame a los ojos.

Coloca su mano en mi nuca y da un paso atrás, arrastrándome con él. Sin dejar de mirarlo, doy un paso adelante. Sus labios se curvan hacia arriba. Da otro paso, y luego uno más. Lo sigo. Aún puedo escuchar a la gente, pero los sonidos ya no me molestan tanto porque toda mi atención se concentra en el hombre que tengo frente a mí.

No creo que alguien pueda decir que Em es hermoso. Las líneas de su rostro son demasiado toscas. Su ceja derecha está partida en dos por una fina cicatriz. Su nariz es demasiado grande y está ligeramente torcida. No parece un hombre al que querrías invitar a una cita, sino más bien alguien a quien querrías tener a tu lado cuando caminas por un callejón oscuro. Aunque, si alguien me preguntara cómo debería verse el hombre perfecto, señalaría al que tengo enfrente.

Dos pasos más. Igualo su ritmo. De reojo, veo que la gente nos mira con cara de asombro. Varios pasos más y Em se detiene.

—Llegamos. —Emmett señala con la cabeza la tienda de su derecha. Echo un vistazo rápido a un lado. Es la óptica—. ¿Quieres entrar ahora o prefieres que volvamos más tarde? —inquiere.

—Ahora. —Asiento con la cabeza y doy otro paso hacia él, amoldando mi frente al suyo.

Su mano se desliza desde mi cuello hasta mi cabello y puedo sentir el calor de su cuerpo filtrándose en el mío. Quiero más, necesito más. Levanto la palma de mi mano y la coloco en el centro de su pecho. La gente pasa a nuestro lado, algunos refunfuñan porque estorbamos, sin embargo, ninguno de los dos nos movemos. Em inclina ligeramente la cabeza y yo contengo la respiración, preguntándome si me besará. Pero no lo hace. En lugar de eso, me suelta el cabello y se aleja un paso.

—Vamos a buscarte unos lentes —indica y se dirige al interior de la tienda.

Estoy junto a Em, que le da su dirección a la empleada de la tienda para que envíe mis gafas nuevas ya que estén listas, cuando un hombre entra a la tienda y se dirige al escaparate de los lentes de sol. Lleva un teléfono pegado a la oreja, hablando con alguien. Mis ojos recorren sus pantalones de vestir y su camisa blanca y se detienen en su corbata roja brillante.

Debería apartar la mirada. Darme la vuelta y enfocarme en otra cosa. Sin embargo, no puedo. Es como si tuviera los ojos pegados a la tela roja que le rodea el cuello. La corbata que el cliente usó conmigo era roja. Me muerdo el labio inferior hasta que me duele y aprieto la mano de Em.

—¿Mishka? ¿Estás bien?

Cierro los ojos, intentando suprimir el recuerdo de mi cuerpo siendo presionado contra la cama mientras araño desesperadamente la corbata que me rodea el cuello. Mi respiración se vuelve más rápida. Más superficial. No puedo respirar lo suficiente. Siento que me ahogo.

—¿Rosie? —Em me rodea la cintura con el brazo y se da la vuelta, siguiendo mi mirada. El tipo de la corbata sigue parado junto a la vitrina de lentes de sol, mirando los artículos.

—Espera aquí, nena —murmura Emmett junto a mi oído y, soltándome, camina hacia el hombre.

Pensé que le pediría al tipo que se fuera. En lugar de eso, Emmett agarra al hombre por detrás de la camisa y lo empuja hacia la puerta. El hombre se agita y grita. Em no le hace caso, le tuerce el brazo por detrás de la espalda y continúa empujándolo hacia la salida. La empleada de la tienda que está detrás de mí suelta un grito y agarra el teléfono, probablemente para llamar a seguridad. Aprieto las manos, odiándome por ser tan débil, luego respiro profundamente y salgo de la tienda hacia donde Em sigue agarrando al hombre por la camisa.

—Em—susurro y le rodeo el antebrazo con la mano—. Por favor.

Me mira, suelta al hombre y lo empuja. El hombre tropieza y se da la vuelta, gritando obscenidades hacia nosotros. Em da un paso hacia él, más yo le agarro el brazo.

—Por favor, no —le pido—. Volvamos.

Mira al hombre de la corbata durante unos segundos más antes de tomar mi mano entre las suyas y guiarnos por el pasillo hacia los ascensores.

Cuando pasamos por delante de un restaurante, mis ojos se posan en el pequeño objeto que hay sobre la plataforma elevada más allá de la entrada del establecimiento. Me detengo en seco, con los pies clavados en el suelo, y miro fijamente el instrumento.


Emmett

Echo un vistazo a lo que ha llamado la atención de Rose y mis ojos se posan en el piano que hay junto a la pared. Es una versión diminuta de un piano de cola de madera blanca. Tiene la tapa abierta y sobre el atril, encima de las teclas, hay algunas partituras. El banquillo que hay delante está desocupado.

Rose da un tímido paso hacia la plataforma y se detiene un segundo. Un segundo después se precipita hacia adelante, arrastrándome con ella. Cuando llega al piano, me suelta la mano y se sienta en el banco frente al instrumento. Permanece allí sentada durante al menos cinco minutos con los ojos pegados a las teclas. Yo permanezco cerca de ella, girado de forma que pueda vigilarla sin perder de vista el entorno, por si acaso a alguien se le ocurre la estúpida idea de acercarse y pedirle que se vaya. Uno de los camareros levanta la vista y da un paso hacia nosotros. Cruzo los brazos y volteo hacia él, retándolo con la mirada a que diga algo. El hombre me examina, y rápidamente vuelve a lo que estaba haciendo. Bien por él.

Una sola nota grave suena a mis espaldas. Le sigue otra. Unos segundos de silencio y luego comienza una melodía. Mi cuerpo se queda inmóvil mientras una combinación de tonos graves se desarrolla a mis espaldas a un ritmo lento. La melodía me parece conocida. Es una pieza clásica popular, aunque no recuerdo cuál. Quiero darme la vuelta y verla tocar, pero temo distraerla. En lugar de eso, permanezco en guardia, observando a la gente de las mesas que nos rodean. Todos han dejado lo que estaban haciendo, han abandonado sus alimentos y miran hacia Rose. La melodía termina, sin embargo, ella continúa con otra. Esta me la sé. Es The Flight of the Bumblebee. Increíblemente rápida. Incluso para un oído inexperto, está claro que no es una principiante.

No puedo luchar contra el impulso por más tiempo. La necesidad de verla tocar es demasiado fuerte, así que me doy la vuelta y la observo. Puede que solo vista unos simples jeans azules y una blusa azul marino, no obstante, siento como si estuviera en una maldita sala de conciertos, viendo a la pianista estelar dando un espectáculo. La forma en que sostiene su cuerpo, los movimientos de sus manos volando con elegancia sobre las teclas y la seguridad de su postura son impresionantes. Pero lo que más me sorprende es la expresión de su rostro. Alegría. Júbilo. Felicidad. Sonríe tanto que parece que todo su ser resplandece. No puedo moverme. Apenas puedo respirar. Contemplarla así es como si la estuviera viendo por primera vez. No hay nada en común entre esta gran artista y la chica asustada a la que dejé quedarse en mi casa, la que todavía me sigue por el departamento, agarrando el dobladillo de mi camisa con su mano.

La rabia me hierve por dentro al pensar que esta faceta de ella quedará sofocada. Voy a hacer que las personas que rompieron su espíritu paguen. Con sangre.

Rose termina la melodía y levanta la vista, su mirada encuentra la mía. Los aplausos estallan a nuestro alrededor. La gente grita, pide más. Ella ignora el ruido, se levanta lentamente y camina hacia mí sin romper el contacto visual.

—No me habías dicho que sabías tocar el piano. —Estiro la mano y le aparto unos mechones de la cara. Ella sigue de pie en la plataforma, lo que hace que estemos casi a la misma altura.

Rose solamente se encoge de hombros y da otro paso hacia delante, pegando su torso contra el mío. Nuestras caras apenas se separan unos centímetros.

—¿Qué pieza era? —inquiero—. La que tocaste primero.

—Beethoven. —Levanta la mano y traza la línea de mi mandíbula con la punta de su dedo—. Se llama Moonlight Sonata. Me recuerda a ti.

La luz que entra por la ventana a nuestra derecha hace brillar su cabello. Una pequeña sonrisa se dibuja en sus labios. Lucho contra el impulso de enterrar mis manos en su oscuro cabello y pegar mi boca contra la suya.

—Deberíamos irnos —declaro, pero no hago ademán de apartarme —. Es casi mediodía. Se llenará de gente.

La mano de Rose se desliza desde mi cara, rozando la manga de mi chaqueta hasta que sus dedos envuelven los míos. Su piel es tan suave comparada con la aspereza de mi mano.

—¿Podemos volver mañana? —pregunta mirándome a los ojos—. Echaba de menos tocar.

Como si pudiera decirle que no cuando me mira así.

—Claro, Mishka.

Una enorme sonrisa se dibuja en su rostro, haciéndome sentir como si me bañara en su calidez. Quiero más de esa sonrisa. Más de ella. Estiro el brazo y coloco mis manos en sus caderas—. ¿Quieres montarte?

Ladea su cabeza, observándome.

—Parece que acaba de llegar un grupo de hombres de negocios — miento, y luego hago un gesto con la cabeza hacia el lado izquierdo del pasillo—. Acaban de entrar en una de las tiendas.

La mano de Rose aprieta la mía y un momento después salta a mis brazos. Sus piernas me rodean la cintura y hunde su nariz en el pliegue de mi cuello. Ignoro las miradas de la gente que nos rodea, me doy la vuelta y me dirijo hacia los ascensores, sosteniendo a Rose con una mano bajo sus muslos y el otro brazo alrededor de su cintura, estrechándola contra mi cuerpo.