Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Fractured Souls" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia


Capítulo 13

Rose

—Espero que me dejen tocar de nuevo —comento mientras camino junto a Em hacia el coche.

Mi ansiedad se dispara cada vez que pienso en volver al centro comercial y estar entre toda esa gente, el ruido y rodeada de todos esos olores. Los recuerdos me hacían estremecer. Aunque también recuerdo la sensación de libertad absoluta que me invadió cuando coloqué mis dedos sobre las teclas después de tanto tiempo sin música. Toda la emoción, la alegría y la felicidad que creía que nunca volvería a sentir regresaron de golpe. Logré reprimir la necesidad de volver a tocar durante los últimos cinco días, pero ahora lo anhelo.

Finalmente cedí esta mañana y le pedí a Emmett que me llevara.

—¿Cuándo comenzaste a tocar? —pregunta mientras enciende el motor.

—A los cinco años. Alec buscaba una forma de distraernos a mí y a mi hermana de lo que les había pasado a nuestros padres, así que le pidió a un vecino, que tenía un piano, que nos diera lecciones. —Me cuesta pensar en mi hermano y mi hermana, sabiendo lo preocupados que deben de estar, no obstante, la idea de verlos todavía me deja con un pánico que me hiela los huesos.

—¿Qué pasó con tus padres? —cuestiona.

—Hubo una redada en uno de los casinos donde trabajaban. Alguien sacó un arma y le disparó a la policía. Entonces, todo se fue al infierno. Esa noche murió mucha gente.

—¿Ambos murieron?

—Sí. —Cierro mis ojos y me relajo en el asiento—. Ni siquiera puedo recordarlos bien. Claro que hay fotos, así que sé cómo eran. Pero no puedo recordar detalles sobre ellos, y si lo hago, son confusos. Recuerdo que mi mamá nos cantaba todas las noches antes de acostarnos, aunque no recuerdo la canción.

Emmett me roza la mejilla con el dorso de su mano y yo me inclino hacia él. Su leve caricia está ahí un momento y desaparece al siguiente. Cuando abro los ojos, está poniendo el vehículo en marcha.

—Sé a lo que te refieres —expresa mientras retrocede para salir del estacionamiento—. Yo tampoco recuerdo a mis padres.

—¿También murieron?

—Puede que sí. Puede que no.

Observo su perfil rígido, preguntándome si me dará más detalles. No lo hace, se limita a seguir conduciendo en silencio. Miro la mano que sujeta la palanca de cambios y veo que la agarra con fuerza. Le acaricio los nudillos blancos con la punta de mis dedos hasta que noto que se afloja.

—¿Tocabas de forma profesional? —inquiere al cabo de un rato.

—No, en realidad no. Toqué en la escuela un par de veces, normalmente cuando celebrábamos algo. La música siempre ha sido algo personal para mí. Decidí tomarme un año sabático después de la preparatoria para decidir qué quería hacer después. Pensé en matricularme en un conservatorio de música, pero eso fue... antes.

—¿Aún quieres hacerlo?

Miro la carretera más allá del parabrisas.

—No lo sé.

Suena el ascensor. Aprieto la mano de Em e intento controlar mi respiración. Las ganas de pedirle que regresemos chocan con la necesidad de volver a sentir las teclas bajo mis dedos. Las puertas se abren. Em sale, voltea hacia mí y toma mis dos manos entre la suya.

—Respira. Iremos despacio —asegura y da un pequeño paso hacia atrás—. Yo estoy aquí. Nadie se atreverá a tocarte, Mishka.

Asiento con la cabeza y salgo del ascensor.

Hay más gente alrededor que la vez anterior. Una multitud de imágenes y sonidos abruman mis sentidos: luces, risas, pasos, niños corriendo mientras sus padres intentan frenéticamente acorralarlos. Cierro los ojos.

La mano áspera de Em me acaricia la mejilla y su brazo grueso me rodea la cintura.

—No pasa nada, nena.

Abro los ojos y respiro profundamente. Engancho mis dedos en las presillas de sus jeans y lo miro. Tiene la cabeza inclinada, a escasos centímetros de la mía.

—Te gusta la música —señala—. Hagamos que esto sea un baile. Casi como un vals, ¿sí?

No puedo evitar sonreír un poco.

—La gente se reirá de nosotros, Em.

—Me importa un carajo.

Da un paso hacia atrás y yo lo sigo. Luego otro. Y otro más. Sí, parece un baile extraño, él abrazándome y caminando hacia atrás, y de pronto, me dan ganas de reír. Y lo hago. La gente a nuestro alrededor debe pensar que estamos locos, pero no me importa. Mantengo mi mirada clavada en la de Em mientras lo sigo, riendo. Es tan agradable volver a sentir alegría. Me observa con una pequeña sonrisa en su rostro y mueve su pulgar hacia mis labios, acariciándolos.

—Desearía que te rieras más a menudo —confiesa.

—Lo intentaré.

Cuando llegamos al restaurante con el piano, levanta lentamente su mano de mi cara. Volteo hacia la esquina donde debería estar el piano y se me borra la sonrisa. No está allí. En su lugar hay dos grandes macetas. Miro a mi alrededor, preguntándome si lo habrán puesto en otro lugar, pero no hay rastros de él.

—¿Podemos salir de aquí? —inquiero, mirando las macetas, haciendo todo lo posible por contener las lágrimas.


Em gira la llave en la cerradura, abre la puerta de su apartamento y la sostiene para mí. Entro y me dirijo directamente al baño para echarme agua en la cara. Al atravesar la sala me detengo a mitad de la misma. Allí, en la pared junto a la ventana, hay un pequeño piano blanco. Es el del centro comercial. Me cubro la boca para ahogar un sollozo.

—¡¿Cómo?! —exclamo con la mirada fija en el piano.

—Lo compré la semana pasada y lo guardé en un almacén cercano, listo para traerlo aquí cuando saliéramos —informa Emmett detrás de mí, y siento su mano en la parte baja de mi espalda—. Quería darte una sorpresa. Ni siquiera te diste cuenta de que tomamos el camino más largo para darle más tiempo al personal de entrega.

—Pero ¿por qué?

—Me di cuenta de que no te sentías cómoda en el centro comercial. Iremos otra vez, únicamente porque necesitas adaptarte a estar entre una multitud. Sin embargo, debes poder tocar donde puedas disfrutarlo.

—Gracias —susurro, apretando los labios con fuerza. Quiero darme la vuelta y besarlo, aunque no creo que me deje.

—¿Tocarías algo para mí? —pregunta.

—Sí.

Sujeto su mano y lo llevo al otro lado de la sala. Incluso compró el banco que había junto al piano. Tomo asiento en un extremo y lo jalo para que se siente a mi lado.

Inclinada hacia delante, paso las puntas de mis dedos por las teclas, coloco las manos y toco. Elijo una de mis piezas modernas favoritas, River Flows in You de Yiruma. Es relajante pero fuerte, seductora y llena de sentimiento. Me recuerda a Em.

Él no habla. No cuestiona qué estoy tocando. Solamente permanece sentado, enorme y silencioso, observando mis manos mientras paso de una pieza a otra. En algún momento, su mirada pasa de mis manos a mi cara y se queda ahí.


Emmett

Durante más de una hora, me siento en el banco junto a Rose, escuchándola tocar. O mejor dicho, la miro mientras toca. Me resulta imposible apartar los ojos de su cara y ver cada emoción que cruza en sus facciones. Cuando toca una pieza rápida y alegre, sonríe de oreja a oreja.

Cuando cambia a algo lento y triste, su sonrisa se desvanece. No se limita a tocar las notas; siente y experimenta cada emoción a medida que la melodía fluye a través de ella, iluminándola por dentro y por fuera.

Cuando por fin puedo apartar mi mirada de su rostro y miro el reloj, veo que son casi las dos. Solo desayunamos esta mañana y, aunque no me importa saltarme comidas, no quiero que Rose pase hambre.

Me levanto del banco y me dirijo a la cocina en busca del menú del restaurante de comida rápida que hay a una calle, pero cambio de idea y abro la nevera. Estoy acostumbrado a tenerla siempre casi vacía, así que es extraño ver todos los estantes repletos. Rose suele pedir lo que necesita por Internet con mi teléfono, así que no sé ni la mitad de lo que hay. Muevo un montón de verduras a un lado y saco un paquete de pollo. Bueno, al menos creo que es pollo. Rose nos ha estado preparando la comida todos los días, así que supongo que hoy puedo encargarme yo de esa tarea. Encuentro la sartén en el armario y volteo hacia la isla, donde guarda las especias en una gran cesta negra. Hay al menos veinte frascos pequeños. Saco uno y huelo su contenido. Está etiquetado como salvia. ¿No es un tipo de té? Dejo el frasco en su sitio y agarro otro. Este parece sal, pero tiene algunas cosas verdes.

—¿Necesitas ayuda? —La voz de Rose suena detrás de mí.

—Estabas tocando. Quería hacer algo para comer. Estoy buscando la sal. De la normal. —Me doy la vuelta y la encuentro sonriéndome.

—Entonces, ¿sabes cocinar?

—Sé calentar las sobras de comida para llevar. ¿Eso cuenta?

—Eso no cuenta. —Rose se ríe y yo absorbo el sonido. Me encanta cuando se ríe—. Vamos, te enseñaré a preparar algo sencillo.

Me quita el frasco de la mano y lo abre. Sin apartar su mirada de la mía, se lame la punta del dedo y lo mete dentro.

—Toma. Pruébalo. Es solo sal con hierbas. —Levanta su dedo y lo pone frente a mí.

La observo fijamente. Sigue sonriendo. Lentamente, tomo su mano y la acerco a mi boca. Sin apartar mi mirada, lamo la punta de su dedo, pero no puedo concentrarme en su sabor. Toda mi atención está puesta en la cara de Rose. Se muerde el labio inferior y me mira con los ojos muy abiertos. Avanzo un paso hasta que nuestros cuerpos se tocan. Noto cómo su pecho sube y baja mientras su respiración se acelera. Su mano libre se posa en la parte baja de mi espalda y se desliza bajo el dobladillo de mi camiseta. Noto el calor de su tacto. Me entran unas ganas tremendas de agarrarla, echármela al hombro y llevarla al dormitorio más cercano. La mano de Rose me recorre la espalda y me asaltan imágenes de ella desnuda debajo de mí mientras beso cada centímetro de su cuerpo. Tal y como he estado imaginando durante días. Mal. Muy mal.

Le suelto la mano y retrocedo rápidamente, girándome hacia la isla de la cocina.

—¿Qué más necesitamos para este almuerzo?

No me pierdo el suave suspiro cuando la escucho abrir el armario detrás de mí.

—Un sartén más grande.

Rose camina por la cocina, recogiendo todo lo que necesita y cortando los vegetales mientras mis ojos la siguen todo el tiempo. Me gusta tenerla aquí, en mi espacio, más de lo que debería. Al darse la vuelta, abre el cajón que está a mi lado y mete la mano, pero duda. Miro hacia abajo y veo que hay dos marcas distintas de harina.

—Es lo mismo. Solamente que son de marcas distintas —señalo.

—Lo sé —asiente, pero no hace ademán de tomar alguna.

Durante unos instantes, espero a ver si elige, sin embargo, cuando noto una expresión de frustración en su rostro, le tomo la muñeca y muevo su mano hacia el paquete de la izquierda.

—¿Qué te parece esta?

—Gracias —murmura, saca la harina y camina hacia la estufa.

Está enfadada conmigo, pero es mejor así. Aunque no fuera por la diferencia de edad, somos de orígenes muy distintos. Ceder a la tentación y dejar que pase algo entre nosotros es imposible. Ya estoy pisando una delgada línea, y cada día es más difícil contenerme. A veces, me gustaría que llamara a su hermano para que viniera a buscarla, porque tenerla tan cerca todo el tiempo me hace sentir que voy a estallar. Pero con la misma frecuencia, me entran ganas de encontrar a su hermano yo mismo... y deshacerme de él antes de que tenga la oportunidad de arrebatármela.