Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Fractured Souls" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia
Capítulo 14
Rose
Apretando el abrigo a mi alrededor, miro fijamente hacia la puerta principal.
Llevo al menos una hora observándola. Primero, durante diez minutos seguidos desde en medio de la sala y luego di dos pasos hacia ella y seguí mirándola. Me llevó una hora de este ciclo de mirar, dar un paso y mirar para finalmente alcanzarla. Mientras agarro el picaporte, me tiembla la mano. Me muerdo el labio inferior, abro la puerta y salgo del apartamento.
El apartamento de Em está en el tercer piso, pero como la mayoría de los inquilinos usan el ascensor, la escalera está vacía. Poco a poco, desciendo. Es toda una hazaña, teniendo en cuenta lo mucho que me tiemblan las piernas.
Emmett fue a una reunión con su Pakhan hace dos horas, así que debería volver pronto. Podría haberlo esperado, pero ya no soporto esta sensación de impotencia. Llevo más de un mes escondiéndome en su apartamento como si fuera una delincuente, y por fin decidí que no lo haré ni un segundo más. Voy a salir del edificio y voy a dar una vuelta alrededor de la calle. Sola. Son las tres de la tarde, ¿qué podría pasar? Un pequeño paseo, algo completamente normal, y volveré. He salido varias veces con Em. Estaré bien.
Cuando llego al vestíbulo, saludo con la mano al guardia de seguridad que está sentado detrás de su escritorio y me dirijo hacia la salida. Una gran puerta corrediza de vidrio me permite ver a la gente que pasa por la acera. Al acercarme a la puerta, me invade una oleada de náuseas que empeora gradualmente a medida que me acerco. La puerta se desliza hacia un lado. Me trago la bilis y doy los últimos pasos.
Mis pies llegan a la acera. Me detengo y miro al cielo, sintiendo los rayos del sol en mi cara. No fue tan difícil.
Alguien pasa a mi lado rozándome el hombro con su brazo. Me sobresalto y miro a un lado para ver a una mujer mayor que se aleja. Da la vuelta a la esquina y desaparece de mi vista. Tengo náuseas y aún me tiemblan ligeramente las manos y las piernas, aunque ahora que finalmente he cruzado el umbral me siento mejor.
Al otro lado de la calle se escuchan risas mientras un grupo de chicos corre hacia el interior de un edificio. A la izquierda hay un supermercado con mucha gente entrando y saliendo, así que decido girar a la derecha. Casi llego a la esquina cuando un taxi se detiene justo adelante y un hombre sale de él. Me detengo y observo cómo toma un bolso para laptop del asiento trasero. Viste un traje negro con camisa blanca y corbata gris oscuro bajo su abrigo desabrochado. Mi corazón late al doble de su velocidad normal. Se me entrecorta la respiración. El taxi se marcha y el hombre se coloca la correa del bolso al hombro y se dirige hacia mí. Doy un paso hacia atrás. Luego otro. El hombre sigue caminando y, con cada uno de sus pasos, mi respiración se vuelve más errática. Me doy la vuelta y corro.
Gente. Demasiada gente. Todos me miran. Choco contra el pecho de alguien. Dos manos me agarran los brazos, probablemente para sostenerme, pero siento como si me clavaran garras en la piel. Grito y, en cuanto las manos me sueltan, vuelvo a correr.
Emmett
—¿Averiguó algo la mesera que se acuesta con Dushku? —indaga Jasper.
—No —respondo—. Al parecer, habló de algún cargamento confiscado y se quejó de que su mujer gastaba demasiado dinero en zapatos. Pero eso es todo.
—Conozco a Dushku desde hace quince años. Es un conspirador experto y despiadado cuando se trata de negocios. Sin embargo, nunca se involucraría en el tráfico de personas. Si hay una conexión aquí, no la estamos viendo. —Se dirige a Dolohov—. ¿Qué hay de los hombres que tienes siguiendo al yerno de Dushku?
—Nada.
Jasper golpea la superficie de su escritorio con su mano.
—¿Cómo se llama el tipo al que Julian envía a hacer sus encargos? ¿Besim?
—Bekim —corrige Dolohov.
—Ese. Quiero que Ben tenga una charla con él. Alguien se atrevió a enviar mercenarios al club de la Bratva y matar a nuestros hombres solo para callar a un aparente don nadie. Significa que hay mucho en juego. Averiguaremos quién es el responsable de la muerte de Aro, y lo masacraré personalmente.
—¿Y si fue Dushku quien orquestó todo después de todo? — inquiero.
—Entonces morirá. Y no será ni rápido ni agradable. ¿La chica que se está quedando contigo ha dicho algo?
—Expresó que el hombre que la secuestró no tenía acento. Le dijo que se llamaba Robert, aunque podría ser un nombre falso.
—Haré que Paul consiga fotos de los hombres de Dushku. ¿Sería capaz de reconocerlo?
—Probablemente.
—Bien. ¿Cuándo planeas llevarla con su familia? Lleva un mes en tu casa.
Mi cuerpo se pone rígido. Siempre he sido honesto con Jasper. Excepto hoy.
—No quiere decirme su apellido ni darme su teléfono —miento—. No tengo forma de encontrarlos hasta que ella lo haga.
—¡Perfecto! —brama—. ¿Y cuánto tiempo esperas permanecer en estas vacaciones imprevistas? Los clubes no funcionarán por sí solos.
—Me llevé todo lo que necesitaba de la oficina y he estado trabajando desde casa. Ron se ha estado encargando personalmente de todo lo que no puedo hacer remotamente.
—De acuerdo. Pero el próximo sábado te necesito en Baykal. Tengo una reunión con los ucranianos. Quieren trabajar con nosotros.
—¿Ya superaron todo el problema con Shevchenko?
—Todos saben que Shevchenko era un idiota. Felix les hizo un favor matándolo. —Jasper se encoge de hombros—. Enviarán a un tipo nuevo para que se encargue de las negociaciones. Viene con otros dos hombres.
—De acuerdo. Doblaré la seguridad.
Se reclina en su silla y señala con la mano mi atuendo de jeans y camiseta.
—¿A qué se debe este nuevo estilo de moda?
—Necesitaba un cambio —contesto y veo que levanta una ceja—. ¿Algo más?
—No. Puedes irte. Dolohov y yo nos ocuparemos del resto.
Asiento y salgo de la oficina del Pakhan.
Cuando estoy caminando por el pasillo, la puerta de la cocina se abre de golpe y una mujer delgada y de cabello oscuro, con un vestido manchado de pintura, sale corriendo. Tiene las manos cargadas de piroshki y se esfuerza por qué no se le caiga ninguno. En la parte de arriba de la escalera, una niñita de cabello oscuro empieza a saltar y a aplaudir. Su dulce risita resuena en las altas paredes del pasillo. La esposa y la hija de Jasper. Alice Hale sube corriendo las escaleras y casi llega arriba cuando la puerta de la cocina vuelve a abrirse de golpe e Igor, el cocinero, sale tambaleándose y gritando obscenidades en ruso. Si Jasper lo atrapa maldiciendo delante de su pequeña, el viejo cocinero estará muerto. Sacudo la cabeza y me dirijo hacia la puerta principal mientras el coro de gritos de Igor y risas femeninas resuena detrás de mí.
—Señor McCarthy. —Asiente con la cabeza el guardia de seguridad del vestíbulo de mi edificio cuando entro—. ¿Qué tal su día?
—Estuvo bien, Bobby. Gracias.
—Oh, su novia no ha regresado, todavía.
Me detengo en seco.
—¿Qué?
—Se fue hace media hora. Pensé que le gustaría saberlo.
—¿Se fue? —pregunto mientras el pánico inunda mi sistema—. ¿Adónde?
—No estoy seguro. Simplemente caminó hacia afuera. No vi hacia dónde se fue.
Corro hacia el mostrador de seguridad y me acerco por el otro lado.
—Muéstrame la grabación de las cámaras de ese momento.
Pasa el vídeo al momento en que Rose sale. Se queda parada en la acera, a la vista de la cámara durante un par de instantes, y luego se va hacia la derecha. Unos minutos después, pasa corriendo por delante de la entrada a una velocidad frenética. No puedo ver su rostro, pero por la velocidad a la que se mueve, estaba muerta de miedo.
—¡Llámame si regresa! —exclamo y me apresuro hacia la salida.
Corro por la acera, mirando frenéticamente hacia todos lados, pero no veo a Rose por ninguna parte. Hay un supermercado cerca. Entro y le inquiero al cajero si vio a una chica con la descripción de Rose, aunque no hace más que negar con la cabeza. Salgo de la tienda y sigo calle abajo, preguntándole a la gente si la han visto, entrando en otros negocios, pero nadie ha visto a la chica fugitiva. Cuando llego al cruce que hay al final de la calle, doy la vuelta y regreso. Aquí hay demasiadas personas. Dudo que se metiera entre una gran multitud.
El miedo y la ansiedad crecen en mi interior a cada minuto que pasa. No pudo haber ido muy lejos, así que, ¿por qué no puedo encontrarla? Debería haberle comprado un teléfono para que me llamara si me necesitaba. Ni siquiera se me había ocurrido hasta ahora, ya que casi siempre estábamos juntos. ¡Idiota!
Veo a un grupo de chicos riéndose en los escalones de un edificio al otro lado de la calle, así que corro hacia ellos.
—¿Vieron a una chica pasar corriendo hace unos cinco minutos? — indago.
—¿Abrigo amarillo. Cabello rubio largo? —pregunta un niño de unos nueve años.
—Sí. —Asiento con la cabeza.
—Creo que la vi corriendo por allí. —Señala hacia el callejón detrás del supermercado—. Parecía asustada.
Me doy la vuelta y atravieso la calle corriendo, por poco me atropella un taxi, y me meto en el estrecho callejón. A simple vista parece desértico, pero sigo adentrándome y paso junto al contenedor de basura que hay junto a la puerta trasera de la tienda. El olor a fruta podrida que sale de los contenedores de basura me invade, recordándome una época en la que lo único que podía oler era el hedor de la comida podrida. Aprieto los puños y doblo la esquina, moviéndome entre los edificios.
Es culpa mía. Debería haber sacado a Rose afuera más a menudo, un poco más cada día, para que se hubiera acostumbrado de nuevo a estar rodeada de otras personas. Debería haber insistido en que fuera al psiquiatra o haberme esforzado más por convencerla de que llamara a su hermano. Necesita volver a su vida, a su familia. No hice nada de eso. En cambio, la dejé esconderse en mi casa. Conmigo.
Me gusta despertarme con ella acurrucada a mi lado, con su pequeño cuerpo pegado al mío, como si incluso dormida buscara inconscientemente mi presencia. O cómo se sube a mi regazo cuando nos sentamos a ver la televisión por las tardes y apoya su cabeza en mi hombro. Normalmente se duerme después de diez minutos, pero yo me quedo en el sofá durante horas, y únicamente cuando está bien entrada la noche la llevo a la cama. Eso alimenta el anhelo que se ha despertado en mí, mi necesidad interna de tenerla siempre en mis brazos, de saber que está a salvo donde nadie pueda volver a lastimarla. Lleva más de cuatro semanas quedándose conmigo, no obstante, continúa siguiéndome por todo el departamento, agarrándome de la mano o del dobladillo de mi camiseta. Se siente bien que me necesiten. Así que dejé de intentar convencerla de que llamara a su familia. El hijo de puta egoísta en el que me he transformado quiere quedarse con ella.
El callejón se desvía hacia la derecha y termina en un gran muro de concreto. Una camioneta está estacionada junto a él. No hay nadie. Casi me doy la vuelta para regresar cuando veo algo amarillo debajo del vehículo. Me acerco corriendo y me detengo en seco. Allí, entre la camioneta y el muro, está Rose, tumbada de lado, con su cara hacia la pared y sus brazos apretados alrededor de su cintura.
—Dios. —Me arrodillo y la recojo entre mis brazos. Está temblando. En cuanto la tengo abrazada, sus brazos me envuelven el cuello y sus piernas me rodean la cintura. Le pongo la palma de la mano en la nuca y arrimo su cara a mi cuello.
—Está bien, Mishka —susurro—. Te tengo.
Rose
Patética.
Débil.
Así es como me siento mientras Em me lleva de vuelta a su apartamento. No tengo valor ni para levantar la cabeza y mirar hacia arriba porque temo volver a asustarme. En lugar de eso, mantengo la cara hundida en su cuello.
No entiendo por qué sigue preocupándose por mí. Lo único que hice fue irrumpir en su vida y crearle un lío. He estado temiendo el momento en que me siente y me diga que es hora de que me vaya. Está destinado a suceder, y probablemente sea pronto. No soy nada para él. No puedo seguir perturbando su vida. Pero la sola idea de separarme de él me hace estremecer del terror que desata en mi interior.
—Vamos a ducharte —indica Emmett mientras me lleva dentro del apartamento. En el baño, se detiene junto a la ducha, esperando a que lo suelte. Pero yo me aferro más a él—Rosie, nena. Mírame.
Muy a mi pesar, levanto la cabeza de su cuello y lo miro a los ojos. Creo que nunca he conocido a alguien con unos ojos como los de Em, son de un color gris metálico muy llamativo.
—Tienes que lavarte el cabello —agrega con su voz profunda, y parece que puedo sentirla hasta los huesos—. Tienes aceite de motor por todas partes.
—¿Puedes hacerlo tú? —suelto y me arrepiento en cuanto las palabras salen de mi boca. Como si no estuviera ya bastante agobiado conmigo.
Emmett me observa por unos momentos, levanta su mano como si quisiera ponérmela en la cara, pero cambia de opinión y lo único que hace es quitarme los anteojos.
—Está bien. —Deja las gafas junto al lavado y me baja lentamente.
Me quito el abrigo y el suéter, luego los zapatos y mis jeans. Em espera pacientemente frente a mí, con sus ojos clavados en los míos. Incluso cuando me quito el sostén y las bragas, su mirada no baja más.
Debería incomodarme estar desnuda delante de él. No es así. La sola idea de que un hombre mire mi cuerpo desnudo suele hacer que la bilis suba por mi garganta. Cualquier hombre excepto él. Desearía que me mirara más abajo. Que me toque. Que me bese.
Entro en la ducha y abro el grifo. El agua me golpea desde arriba, el líquido cae directamente sobre mi cabeza, haciendo que los riachuelos recorran mi cuerpo. Permanezco inmóvil bajo el chorro y veo cómo Emmett se quita la chaqueta, los zapatos y los calcetines y entra en la ducha completamente vestido. Toma el champú del estante, vierte una cantidad tres veces mayor de la necesaria en la palma de su mano y me mira.
—Date la vuelta —ordena con voz más ronca que de costumbre.
Le doy la espalda y estiro la mano para cerrar el grifo de la ducha. Cuando el sonido del agua cesa, lo único que puedo escuchar es la respiración profunda de Emmett. Me toca primero la parte superior de la cabeza y me masajea el cuero cabelludo. Los latidos de mi corazón se aceleran. Por error, tomó su champú, no el mío. Pero no lo detuve. Cierro los ojos e inhalo, dejando que el aroma a salvia y cítricos llene mi nariz. Creo que nunca podré relacionar esos dos aromas con otra cosa que no sea quedarme dormida junto a Em.
Su mano se aparta de mi cabello. Vuelvo a abrir el agua de la ducha y me doy la vuelta lentamente.
El agua cae en cascada por mi rostro, nublándome la vista, pero no lo suficiente como para ocultar la visión de su enorme pecho frente a mí. Su camiseta blanca está completamente mojada y pegada al cuerpo, revelando las imágenes tatuadas en su piel. Rara vez se quita la camiseta delante de mí. Creo que piensa que sus tatuajes me asustan. No es así. Nada de Emmett me asusta, sino todo lo contrario. El único momento en el que me siento absolutamente segura es cuando él está conmigo.
Levanto la cabeza y me encuentro con sus ojos grises observándome fijamente. Dios, tengo tantas ganas de besarlo. Llevo semanas pensando en ello, aunque no puedo decidir si debería hacerlo o no. Sin embargo, ahora que lo miro, mojado de pies a cabeza porque le pedí que me lavara el cabello, no tengo que decidir. No hay duda de si quiero o no, solo la necesidad de sentir sus labios en los míos. Levanto mis manos para tocar su cara con ellas y atraigo su cabeza hacia abajo.
—Rosie. —Se inclina lentamente, mirándome a los ojos.
—Me encanta cómo dices mi nombre. —Sonrío. Lo pronuncia con un acento ruso. Me pongo de puntitas, levanto la cabeza y rozo ligeramente su boca—. Di mi nombre otra vez. Quiero saber cómo sabe en tus labios. — La mano de Emmett se posa en mi nuca, acariciando la piel sensible, mientras sus ojos se clavan en los míos—. Por favor —susurro sobre sus labios.
Apoya su frente contra la mía y cierra los ojos. —Te hicieron daño.
—Lo sé. —Muevo mi mano a lo largo de su mandíbula y entierro mis dedos en sus mechones húmedos.
—Tienes veinte años —dice—. Soy demasiado viejo para ti, Mishka.
Muerdo ligeramente su labio inferior.
—Tonterías.
Su mano en mi nuca aprieta mi cabello. Su aliento me acaricia la cara al exhalar y abre los ojos para mirarme.
—Rose —susurra en mis labios y luego los aprisiona con los suyos. Agarro la tela de su camiseta mojada para mantenerme quieta mientras dejo que me devore con su boca—. Rose —repite entre besos, moviendo sus labios hacia mi barbilla y a lo largo de mi cuello—. Mi pequeña Rosie.
Agarro el dobladillo de su camiseta y la subo por encima de su cabeza. Las manos de Emmett se deslizan por mi cuerpo, deteniéndose bajo mis muslos mientras me levanta. Lo rodeo con los brazos y las piernas al mismo tiempo, como tantas otras veces. El movimiento es tan natural que parece que lo hubiera hecho toda la vida. Me carga fuera del baño y hacia la cama, besándome durante todo el camino.
—No haremos nada, Mishka —asegura y me baja hasta colocarme junto a la cama—. Solo te besaré. ¿De acuerdo?
Asiento con la cabeza y rozo su mejilla con la palma de mi mano. —Está bien.
—Tengo que cambiarme de ropa. Espérame aquí.
Oh, eso no pasará. Salto de nuevo a sus brazos.
—Rosie. —Me mira—. Necesito ir al clóset, nena.
Sé lo que quiere decir. Sus trajes están ahí.
—No miraré —replico.
Em aprieta su brazo alrededor de mi espalda. —Bien. Seré rápido.
Se apresura. Ni siquiera me fijo en los trajes porque él entra corriendo, toma unos bóxers, pantalones de pijama y una camiseta, y sale en menos de cinco segundos.
Cuando me deja de nuevo en la cama, vuelvo a mi sitio junto a la pared y cubro mi cuerpo desnudo con las sábanas. Mi cabello aún está mojado y empapará la almohada, pero no me importa. Em me da la espalda y, con un par de movimientos rápidos, se quita los jeans y la ropa interior mojada y se pone bóxers secos y el pantalón de pijama.
—No —suelto cuando intenta ponerse la camiseta.
Mira por encima de su hombro y luego a la camiseta que tiene en la mano.
—¿Mishka?
—Por favor —musito.
Em asiente con la cabeza y arroja la camiseta sobre el sillón reclinable. El colchón se hunde cuando se mete en la cama. En cuanto está a mi lado, me inclino hacia delante y beso su pecho desnudo. Su mano pasa por debajo de mi barbilla y me levanta la cabeza.
—No pasará nada esta noche. Solo besos y nos abrazaremos. Pero si quieres que paremos, tienes que decírmelo. Inmediatamente, Rose.
Al oír esas palabras me entran ganas de llorar, pero las reprimo. Rodeo su cuello con mis brazos y aprieto mis labios contra los suyos. Su mano me acaricia la espalda por encima de la manta. Me la quito de encima y continúo besándolo. La palma de la mano de Em presiona la parte baja de mi espalda y, por un breve instante, me quedo paralizada. Retira rápidamente la mano y se queda totalmente inmóvil.
—No pasa nada —pronuncio en sus labios—. Sé que eres tú. — Vuelve a poner su mano lentamente, sin embargo, apenas me toca. Suspiro, paso una pierna por encima de su cintura y me subo encima de él—. Por favor, deja de tratarme como si fuera a romperme cuando el viento sopla en mi dirección.
La mano de Emmett me acaricia la mejilla, rozándome la piel bajo el ojo con el pulgar.
—Me temo que así será.
—No puedes romper algo que ya se ha roto irreparablemente, Em. —Aprieto mi mejilla contra su mano. Su mandíbula se pone rígida y la vena de su sien palpita.
—Te arreglaremos, Mishka —jura apretando los dientes y acercándome la cara—. Te prometo que uniremos todas las piezas rotas. Y luego aniquilaremos a los bastardos que te hicieron daño.
Presiono mi boca contra la suya. No creo que vuelva a ser quien era antes, pero no se lo digo. Solamente lo beso.
El brazo de Em rodea mi cintura y nos hace rodar hasta que estoy boca arriba con su cuerpo sobre el mío.
—¿Está bien? —pregunta, y yo asiento con la cabeza.
—Solamente nos besaremos, y nada más, Rosie. ¿Recuerdas?
Cuando vuelvo a asentir, Em se desliza hacia abajo, su boca se posa en mi clavícula y recorre el centro de mi pecho hasta mi estómago. Sus manos recorren mis brazos, mis costados, sus caricias lentas y suaves como plumas.
—Nadie volverá a lastimarte, Mishka —susurra mientras desciende por mi cuerpo y sus labios recorren cada centímetro de mi piel, desde mi pierna derecha hasta mis pies, pasando por la izquierda. Cuando vuelve a subir, dejando un rastro de besos en el interior de mis muslos, esa voz espantosa susurra dentro de mi cabeza.
«Eres repugnante. No sé cómo puede soportar poner su boca en algo tan asqueroso como tú. Para lo único que sirves es para que te follen sin piedad. No te mereces nada mejor».
Aprieto los ojos y muevo las manos por mi cuerpo, ocultando mi sexo con ellas. La boca de Em se detiene en el hueso de mi cadera.
—¿Nena? ¿Quieres que me detenga?
Sacudo la cabeza.
—Por favor, no —suplico—. Pero no allí.
—De acuerdo. No haré nada que te haga sentir incómoda.
—No es eso —comento.
Emmett sube por mi cuerpo y toma mi cara entre sus manos.
—Dame tus ojos, Rosie.
Abro los ojos y lo veo mirándome con preocupación. No me merezco esto. Ni lo merezco a él.
—¿Qué fue lo que hice mal? —inquiere, y siento que las lágrimas se me acumulan en las comisuras de los ojos.
—No hiciste nada malo. —Me atraganto—. Solo que no quiero tus labios ahí.
—¿Por qué, nena?
—Porque... —Vuelvo a cerrar los ojos y aprieto las piernas—. Porque estoy sucia.
Siento el beso posarse en mis labios.
—No hay nada sucio en ti —asegura—. Eres la cosa más hermosa y pura que he conocido, Rosie. —Otro beso—. Y borraré todos tus malos recuerdos, si me lo permites.
La punta de su dedo recorre mi ceja.
—¿Por favor?
—Está bien. —Asiento con la cabeza.
Em toma mi mano y la coloca en su nuca.
—Agárralo y jala.
Entierro los dedos en su cabello y agarro sus sedosos mechones.
—Más fuerte, Mishka —ordena y asiente cuando lo hago—. Bien. Quiero que hagas eso en cuanto quieras que pare. ¿Trato hecho?
—Sí.
Vuelve a besarme los labios antes de deslizar su boca hacia mi barbilla, mi cuello, mi clavícula, mis pechos y mi estómago y después se detiene. Como no hago nada, desciende aún más hasta que sus labios alcanzan mi pelvis, y espera de nuevo, observándome. Hace una pausa para darme la oportunidad de detenerlo, sin embargo, no lo hago. Respiro profundamente y asiento con la cabeza.
Un beso se posa en el centro de mis pliegues. Luego otro. Una pausa. Dos besos más y me estremezco.
—¿Rosie?
—Estoy bien —murmuro.
Otro beso. Lame tentativamente. Las manos de Em empujan el interior de mis muslos, abriendo más mis piernas. Al siguiente instante, su lengua presiona mi clítoris. Inhalo y vuelvo a estremecerme al sentir un hormigueo en mi interior. Varias lamidas más y otro beso. Sus labios se amoldan a mi coño y succionan. Suelto un gemido y aprieto su cabello sin pensarlo.
Em levanta rápidamente la cabeza.
—¿Nena?
—Lo siento. —Le suelto el cabello y vuelvo a empujar su cabeza entre mis piernas—. Más.
Vuelve a lamerme, primero despacio, luego más deprisa. La presión entre mis piernas aumenta, pero necesito más. La boca de Emmett se desliza hacia abajo, su lengua entra en mí, y jadeo ante la sensación. Mi cuerpo comienza a temblar.
—Necesito... —musito, arqueando la espalda—. Necesito más.
—Por hoy, solo mi boca, Mishka —declara Em y vuelve a chuparme el clítoris. Mi cuerpo tiembla, anhelante.
—¡Más! —grito y agarro su cabello con todas mis fuerzas.
Sigue jugueteando con mi clítoris, pasando de lamerlo a chuparlo, mientras su mano recorre el interior de mi muslo y se acerca a mi centro. Mi respiración se acelera en cuanto siento su dedo en la entrada, estoy a punto de estallar. Lentamente, su dedo se desliza en mi interior, con tanto cuidado que me dan ganas de llorar. Actúa como si fuera mi primera vez. Como si no hubiera docenas de hombres que ya me penetraron a la fuerza. Echo la cabeza hacia atrás y gimo, disfrutando de la sensación extraña de flotar que me invade mientras la humedad se acumula entre mis piernas.
Cuando tiene su dedo completamente dentro, presiona sus labios sobre mi clítoris y chupa, con fuerza, y siento como si estallara en un millón de mariposas diminutas. Nunca imaginé que sentir un orgasmo fuera tan placentero.
Mi cuerpo sigue temblando cuando Em se tumba a mi lado. Me rodea por delante con el brazo, me pone la mano en la nuca y hunde mi cara en el hueco de su cuello.
—Desearía que mi primera vez hubiera sido contigo —agrego en un susurro.
—Lo será.
—Em, sabes muy bien...
Su mano me cubre los labios.
—Tu primera vez será conmigo —me asegura al oído—. Todo lo de antes, no cuenta. ¿Lo entiendes?
Aprieto los labios, intentando no llorar mientras algo cálido me invade el pecho, uniendo un par de pedazos rotos de mi alma.
