Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Fractured Souls" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia
Capítulo 15
Emmett
—Em, ma che fai?
—¿Qué estás haciendo?
Levanto la vista del espagueti que estaba a punto de poner en la olla. Rose está parada al otro lado de la isla de la cocina, mirando mis manos horrorizada.
—¡Los espaguetis no se rompen! —Camina alrededor de la isla, sacudiendo la cabeza.
—Son demasiado largos. No caben en la olla —replico.
—No, no, no, eso jamás se hace. —Me quita la pasta de las manos y la tira en el cesto de basura del rincón. Luego, se dirige a la alacena, probablemente para sacar otro paquete. Se tensa en cuanto abre la puerta del mueble, aprieta el asa con la mano mientras mira las bolsas de pasta alineadas en el estante superior. Todas son de marcas diferentes. Me acerco y levanto la mano que tiene libre hasta que la tiene justo frente a las bolsas.
—Tómate tu tiempo —le comento al oído y le suelto la mano.
Rose se queda mirando el estante. Con su mano aún en el aire, se muerde el labio inferior y agarra la bolsa de en medio.
—Lo hice —pronuncia, apretando la bolsa.
—Lo hiciste. —Sonrío y le doy un beso en el cuello.
Ella ladea la cabeza, dándome más acceso.
—Estoy muy orgulloso de ti, nena.
—Nunca lo habría logrado sin ti. —Voltea a verme—. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo habrías hecho.
—No. Probablemente no. —Me pone la mano en la nuca y me atrae hacia ella para darme un beso rápido—. Gracias.
Se apresura por la cocina, poniendo la pasta en la olla y sacando el queso de la nevera. Tiene una pequeña sonrisa en los labios, y siento una calidez en el pecho al verla. Estoy tan jodidamente orgulloso de ella. Tomó semanas de práctica llegar a este punto, y está mejorando considerablemente. Puede que tardemos un poco más en llegar a un punto en el que no necesite que la guíe hacia la decisión, pero al final lo conseguiremos. De pronto, el pánico sustituye a la calidez en mi pecho. ¿Se marchará cuando mejore? Probablemente sí.
Rose
—Volveré enseguida —comenta Em mientras entra al clóset—. Tengo que firmar algunos contratos y revisar si Ron hizo otro desastre con los pedidos. Si me lleva más de dos horas, te llamaré.
Miro el teléfono que tengo en la mano. Ayer salió, diciendo que tenía que hacer un mandado, y volvió media hora después con una bolsa de papel blanca. Dentro había un teléfono nuevo y un par de audífonos. Dijo que eran por si quería escuchar música.
Dejo el móvil en la mesita de noche, atravieso la habitación y me detengo en el umbral del armario. Em está de pie frente a la repisa de la izquierda, buscando entre un montón de camisetas. Dejo que mi mirada se dirija al perchero de la derecha, donde cuelgan docenas de sus trajes y camisas de vestir en perfecto orden cromático, del negro al gris claro. Mordiéndome el labio inferior, entro y me acerco. Lentamente, estiro la mano hacia el gancho con un traje gris oscuro. Me tiembla la mano al tocar la tela elegante, sacando la prenda del gancho.
—Creo que deberías ponerte este hoy —sugiero y volteo para mirarlo.
Los ojos de Em se fijan en el traje que sostengo contra mi pecho y luego suben hasta que nuestras miradas se conectan.
—Nena... Yo no...
—Por favor. —Extiendo la mano y le ofrezco el traje—. Eres tú. Nunca te tendría miedo, Em.
Me mira con preocupación, no obstante, extiende la mano y toma el traje. Le ofrezco una pequeña sonrisa y me dirijo hacia el extremo del perchero donde cuelgan sus camisas. Deslizo los dedos por los ganchos hasta llegar a una de las camisas blancas, la quito y vuelvo junto a Emmett. Deja el traje sobre la repisa y toma la camisa de mi mano.
Se la pone despacio, con su mirada clavada en mi rostro todo el tiempo, como si estuviera esperando a que me asuste. Estoy segura de que, si detecta el más mínimo rastro de miedo en mi rostro, se quitará la camisa en un segundo. Pero no lo verá. Siempre será mi Em, se ponga lo que se ponga.
Una vez abotonada la camisa, espera unos instantes antes de tomar los pantalones y ponérselos. Finalmente, agarra la chaqueta.
—¿Está bien? —pregunta.
Asiento con la cabeza y sonrío. Cuando se pone la chaqueta, estiro la mano y le enderezo las solapas.
—Una cosa más —indico y volteo para abrir el cajón detrás de mí.
Hay una gran variedad de corbatas de seda de varios colores enrolladas y metidas en pequeños compartimentos dentro del cajón. Mis ojos las recorren hasta que encuentro una del mismo tono que su traje. Al estirar la mano para sacarla, me viene a la mente una imagen mía atada en la cama. Mi mano vacila por encima de la corbata. Alejo el recuerdo y lo sustituyo por pensamientos sobre Em. Em abrazándome en la cama, acariciándome la espalda. Em acercándome la caja de cereal a la mano, animándome a tomar una decisión. Em cargándome sana y salva hasta la casa, a pesar de que estaba sucia y cubierta de aceite. Em lavándome el cabello. Em besándome. Envuelvo con mis dedos la tela sedosa, saco la corbata y me doy la vuelta.
—¿Puedo... puedo ponértela? —balbuceo.
Él no dice nada, solo se inclina y toma mi cara entre sus manos. Tiene una mirada extraña que sostiene la mía, una mezcla de preocupación y cautela, pero también de asombro. Y orgullo.
Le pongo la corbata alrededor del cuello y empiezo a hacer el nudo, pasando la parte ancha por encima de la delgada. Me tiemblan los dedos y la tela se me resbala. Respiro profundamente, recojo el cabo suelto y reanudo mi trabajo. Cuando por fin termino, suelto la corbata y miro hacia arriba. Es entonces cuando me doy cuenta de que Em sigue sujetándome la cara.
—Eres la persona más fuerte que conozco —halaga y acerca su boca a la mía.
El beso es suave, como si temiera que me asuste. Puede que esté rota, no obstante, lo que queda de mí está perdidamente enamorada de él. No quiero que se contenga. No quiero que sea delicado. Quiero todo de él. Le rodeo el cuello con los brazos y salto, aferrándome a él como si fuera un árbol. Su agarre en mí es instantáneo, me sostiene mientras bajo su cara y le muerdo el labio. Con fuerza.
—Quiero que me hagas el amor —pido contra su boca—. Y no quiero que te contengas.
—Está bien, Mishka —afirma entre besos. Siguen siendo delicados.
—Em. —Le aprieto el cabello de la nuca—. No te contengas.
Necesito que no te contengas. Prométemelo. —Rose, nena, no quiero...
Presiono mi dedo sobre sus labios.
—No quiero sentirme rota cuando estoy contigo. Así que necesito que me trates como si no lo estuviera. Dame todo lo que tienes. Por favor. Prométemelo.
Los brazos de Em se aprietan alrededor de mi cintura.
—Te lo prometo —pronuncia y choca su boca contra la mía.
Es un torbellino de besos y mordiscos duros y rápidos. Dientes que chocan y lenguas que se baten en duelo. Somos un enredo de labios y extremidades. Me aprieta tan fuerte contra su cuerpo que estoy segura de que ninguna fuerza del universo podría separarnos. Y me deleito con cada segundo.
Una melodía surge en mi mente y suena en el fondo mientras atacamos nuestros labios con frenesí. In the Hall of the Mountain King de Grieg. Mis brazos alrededor de su cuello se aprietan. No dejamos de besarnos mientras me lleva a la habitación hasta que llegamos a la cama.
—Tengo que quitarme la ropa —añade contra mi boca y me baja hasta la cama.
Asiento con la cabeza y lo suelto renuentemente. Primero se quita la chaqueta y la deja caer al suelo. Le sigue la corbata. Veo la preocupación en sus ojos cuando la agarra. Me inclino hacia delante y le rozo la mejilla con el dorso de mis dedos.
—Lo prometiste.
La corbata cae también. Le siguen la camisa y los pantalones y, enseguida, está frente a mí completamente desnudo. Mi rey de la montaña. Me acerco y presiono mis labios contra los suyos.
—Ahora, por favor, ayúdame a quitarme la mía.
Emmett
Respiro profundamente y rodeo la cintura de Rose con las manos. No importa lo que le prometí. No puedo hacer algo que pueda desencadenar su trauma, aunque eso signifique faltar a mi palabra. Concentrándome en su cara, agarro la cintura de sus pantalones deportivos y empiezo a bajárselos, centímetro a centímetro, con una lentitud agonizante. Si noto una pizca de incomodidad, nos detendremos. Luego, deslizo mis manos por sus piernas, por encima de sus bragas, y tiro del dobladillo de su top. Ella sonríe y levanta los brazos, sacudiendo su cabello oscuro mientras la camiseta se desprende de su cuerpo. Se desabrocha el sostén, lo tira al suelo y se queda en bragas frente a mí. Intenta parecer tranquila, pero veo el terror contenido en sus ojos. Y también la feroz determinación de demostrarme que no cederá, diga lo que diga. Le acaricio la cara y me inclino hacia delante hasta que estamos nariz con nariz.
—Eres lo más puro que he tocado en mi vida —declaro sosteniéndole la mirada—, y nunca, jamás te haré daño.
—Lo sé —confirma, después pone sus manos sobre las mías y se tumba en la cama, arrastrándome con ella.
—Agarra mi cabello, Mishka.
Su mano derecha se mueve hacia mi nuca y sus dedos se enredan entre los mechones.
—Bien. Ahora necesito que me prometas algo —ordeno.
—¿Qué?
—Incluso a la más mínima molestia, jala y me detendré.
—Te lo prometo.
Beso sus labios, su barbilla y su cuello. Mi polla está tan dura que duele, pero la ignoro y sigo llenando su cuerpo de besos. Su pequeña mano, su brazo, su hombro, a través de su clavícula hasta el otro brazo. Voy a borrar con mis labios todos y cada uno de los malévolos manoseos que recibió en su piel. Cuando llego a sus bragas, me detengo un momento, esperando a ver si me detiene. No lo hace. Recorro su vientre con una línea de besos que baja hasta su coño, aún cubierto, y vuelve a subir hasta su vientre. La mano libre de Rose se desliza hasta el encaje y lo empuja hacia abajo. Le doy un beso en el dorso de su mano, luego tomo los lados de sus bragas y se las quito lentamente.
—Nunca te lastimaré. —Me inclino hacia delante y atrapo sus labios ligeramente temblorosos con los míos—. El cabello, nena. —Respira profundamente y vuelve a agarrármelo—. Nunca —repito, dejando un camino de besos desde su cuello hasta su sexo.
Cuando deslizo mi lengua por su coño, la respiración de Rose se acelera. Sigo lamiendo, luego añado el pulgar y empiezo a masajear su clítoris. Un pequeño sonido de placer sale de sus labios y noto su humedad en mi cara. Acelero mis lamidas y sigo provocándola con el dedo hasta que estoy seguro de que está muy cerca, y entonces le chupo el clítoris.
Rose arquea la espalda y gime mientras se estremece. Con cuidado, bajo hasta colocarme sobre ella, pero mantengo la mayor parte de mi peso sobre mis codos. Abre los ojos y nuestras miradas se cruzan.
—Sí —responde a mi pregunta silenciosa y abre un poco más las piernas.
Coloco mi polla en su entrada y comienzo a deslizarme lentamente. Me cuesta contenerme porque la necesidad de perderme dentro de ella es abrumadora, no obstante, mantengo un ritmo constante, un centímetro a la vez. Y no dejo de mirarla a los ojos en ningún momento.
Respira agitadamente y tiene los ojos muy abiertos, aunque no me suelta el cabello. Cuando estoy completamente dentro de ella, jadea y sus labios se dibujan en una sonrisa. Y entonces, su agarre en mi cabello se afloja y desaparece por completo.
—¡Ahora necesito que cumplas tu promesa! —exige y me besa la mandíbula—. Necesito que me trates como si no estuviera rota.
—Tú eres tú, Mishka. —Salgo, hago una pausa y vuelvo a entrar lentamente—. Absolutamente perfecta... —Retrocedo y vuelvo a deslizarme dentro, pero un poco más rápido—. Tal y como eres.
Es casi imposible dominar mis impulsos, pero me controlo y ajusto el ritmo para que aumente lentamente, haciendo que cada embestida sea un poco más rápida y fuerte que la anterior. Rose me abraza con las piernas, levanta la barbilla y me mira fijamente a los ojos.
—Demuéstramelo. —Me clava las uñas en los brazos—. Dámelo todo.
Mi control se rompe en un instante. Me entierro en ella hasta el fondo. Su cuerpo comienza a temblar debajo de mí.
—Más —gime entrecortado. Salgo e inmediatamente vuelvo a penetrarla, tocando su calor hasta el fondo—. ¡Más rápido!
La agarro por la nuca y me abalanzo sobre ella, rápido y con fuerza, con la imagen de su cara sonrojada grabada para siempre en mi memoria. El marco de la cama cruje bajo nosotros. Engancho mis dedos detrás de su rodilla, levantando su pierna y abriéndola más para poder deslizarme más adentro. Las manos de Rose me aprietan los brazos y suben hasta envolverme el cuello, bajando mi cabeza para besarme. Consumo sus labios como un hambriento, tomando más y más mientras me muevo dentro de ella.
Un gemido se escapa de la delicada garganta de Rose. Me retiro completamente y me quedo observándola un instante antes de volver a penetrarla con fuerza. Su coño se estremece alrededor de mi polla mientras su aliento caliente me abanica la cara. Grita mientras se corre. Escuchar los sonidos de su placer y verla correrse debajo de mí me produce una descarga que me hace estallar con un gemido al instante siguiente.
Rose
Estoy de nuevo en la habitación de las cortinas rojas. El fuerte olor a colonia de hombre impregna el aire. Tengo las manos atadas a la cabecera y un enorme cuerpo masculino se cierne sobre mí. Gotas de sudor apestoso caen de su frente sobre mis pechos. El dolor se extiende por todo mi ser cuando me penetra una y otra vez. Grito.
—Shhh. Solo es un sueño. —Me tranquiliza al oído la profunda voz de Em—. Estás a salvo.
El pánico retrocede y se apaga por completo cuando me acerca a él y me rodea la cintura fuertemente con su brazo. Ya no tengo pesadillas tan a menudo, pero cuando las tengo, son malas.
—¿Estás bien? —pregunta y me da un beso en el hombro.
Me doy la vuelta para quedar frente a su pecho desnudo y tatuado. La lámpara de la mesita de noche está encendida, aunque muy tenue, arrojando una suave luz amarilla sobre las formas negras y rojas. Estiro la mano para acariciar la línea de un cráneo bañado en sangre. Es uno de tantos. Debe de haber por lo menos diez cráneos diferentes solamente en su pecho. El resto de los tatuajes son escenas igualmente perturbadoras.
La mayoría de los hombres de la Cosa Nostra tienen algún tatuaje. Incluso mi hermano tiene una manga entera tatuada. Pero creo que no conozco a nadie que tenga toda la parte superior del cuerpo tatuado como Em.
—¿Por qué tantos? —Curioseo.
—Todo el mundo tiene una forma diferente de enfrentarse a la mierda que la vida les arroja. Esta fue la mía.
—¿Qué clase de mierda?
Em me mira y coloca la punta de su dedo en la comisura de mis labios.
—Abandono. Baja autoestima. Soledad —responde, y luego aparta la mirada—. Humillación. Hambre.
Parpadeo confundida. Es evidente que tiene dinero. Su reloj cuesta al menos veinte grandes.
—No siempre fue así para mí —comenta, adivinando mis pensamientos. Me mira de nuevo y me pasa el dedo por la ceja—. Me dejaron en la puerta de una iglesia cuando tenía tres años. El primer recuerdo que tengo es el de una mujer que me llevó por los escalones hasta una gran puerta de madera color marrón y me dijo que me quedara allí. Luego se fue. Probablemente era mi madre, aunque no estoy seguro. No recuerdo cómo era. No recuerdo nada anterior a esos cinco escalones de piedra y la puerta marrón.
Deslizo mi mano por su pecho y examino el diseño de su pectoral izquierdo. Muestra una puerta doble oscura. Unas gruesas enredaderas negras la rodean varias veces, como si quisieran mantenerla cerrada. Los detalles son asombrosos; las imágenes tienen casi calidad fotográfica.
—¿Tú lo hiciste? —Señalo el diseño.
—Sí, así como casi todos los demás. Excepto los de mi espalda y otros lugares que no pude alcanzar.
—¿Puedo verlos?
Voltea para darme la espalda. Más cráneos. Serpientes. Mucho rojo. Arañas. Algunas extrañas criaturas con alas. El estilo es similar al de las de la parte de enfrente y brazos, pero no se ven tan bien como las que hizo él mismo.
—Me los hizo un compañero de la cárcel —añade y vuelve a voltearse para verme.
Levanto la cabeza y lo miro fijamente.
—¿Estuviste en la cárcel?
—Un par de veces.
—¿Por qué?
—La policía solía hacer redadas frecuentes en los clubes donde se organizaban las peleas clandestinas. Los cargos iban desde alterar el orden público hasta agresión. Estuve cuatro meses por esto último.
—Pero eres tan centrado. Hasta organizas tus camisetas por colores.
Me sonríe.
—Organizo todo por colores, Mishka.
Estiro la mano y le rozo un lado de la cara con la punta del dedo. Un hombre de aspecto tan duro. Sí, las apariencias engañan, porque su áspero exterior esconde un alma increíblemente bella. ¿Cómo puede alguien que vivió las cosas que él experimentó tener un corazón tan grande como el suyo? ¿Será tan grande como para incluirme a mí también? Me inclino hacia delante y lo beso. En el momento en que nuestros labios se tocan, mi alma empieza a cantar.
Desde que tengo uso de razón, asocio la música con un sentimiento de alegría. Cuando me sentía triste o asustada, tocaba el piano que Alec me compró. A veces, tocaba durante horas hasta que la tristeza o el miedo eran sustituidos por alegría. Ahora parece que mi relación con la música se ha transformado. Ya no necesito tocar para sentirme mejor. Solo necesito estar cerca de él, de mi Em, y la melodía me llena.
—¿Cuántos años tenías cuando empezaste a pelear? —inquiero.
—Dieciocho.
—¿Eras bueno?
Em se ríe sobre mis labios.
—Al principio no. Los primeros meses me dieron una tremenda paliza.
—¿Pero seguiste haciéndolo?
—La paga era buena. Y a medida que mejoré, gané grandes cantidades. Así que practicaba todos los días y me aseguraba de ser el mejor de todos.
—¿Así que todo era por el dinero?
—Al principio, sí —replica mientras traza mi barbilla con su dedo —, pero había algo... primitivo que surgía dentro de mí cuando escuchaba a la gente animarme y gritar mi nombre. En cierto modo, me volví adicto a ello. Era muy satisfactorio. Al menos durante un tiempo. Tenía veintitrés años cuando me uní a la Bratva. No puedo creer que hayan pasado más de diez años.
—Así que pasaste de un cuadrilátero de combate a un club de lujo. Es un gran cambio.
—Empecé como soldado. A veces haciendo encargos, aunque la mayoría de las veces me enviaban a cobrar deudas. Ni siquiera había empuñado un arma en aquel entonces, así que Aro tuvo que enseñarme a disparar antes de que me dieran encargos más serios.
—¿Te gusta? ¿Dirigir un club nocturno?
—En realidad, dos clubes. Estoy en Ural la mayor parte del tiempo. Es el más grande. El segundo club, Baykal, sirve principalmente para lavar dinero. Pero sí, me gusta.
Apoyo la cabeza en su pecho y acaricio la piel tatuada de su estómago.
—Nunca he ido a un club. La Familia de New York no está involucrada en el negocio del entretenimiento, así que Alec únicamente nos dejaba a mí y a Tanya ir a bares que pertenecieran a alguien de la Cosa Nostra. E incluso eso era muy poco frecuente.
—¿Por qué?
—Tenía miedo de que nos pasara algo. Nya siempre se quejaba de lo paranoico que era. Supongo que tenía razón en estarlo.
Em me sujeta con más fuerza y me acaricia la espalda.
—¿Qué se siente? —Su voz es suave, casi como una reverencia.
—¿Qué?
—Tener una familia. Alguien que se quedará contigo, pase lo que pase. Incluso si cometes un error. Incluso cuando estás enojado. Alguien que estará de tu lado incluso cuando sepa que estás equivocado. ¿Tener a alguien que sea... tuyo?
La mirada en sus ojos... No puedo describirla. Anhelo. Hambre. Y tanta tristeza.
—Es como una calidez —susurro.
—¿Calidez?
—Sí. Cuando te encuentras en una tormenta helada y violenta, son las personas que harán lo que sea para que no pases frío. Te rodearán con sus brazos, te protegerán, te envolverán en su propio calor mientras el viento helado golpea sus espaldas.
—¿Tu familia es así?
—A veces, Nya y Alec son difíciles de manejar. Los tres tenemos personalidades muy diferentes. Pero sí. Los dos son así.
—¿Me puedes hablar de ellos?
—Tanya es... una fuerza de la naturaleza. Es ruidosa. Extrovertida. Un momento se ríe a carcajadas y al siguiente está llorando desconsoladamente. —Una sonrisa nostálgica se dibuja en mis labios—. A Nya le encanta fingir que es superficial. Publica montones de fotos en las redes sociales, usando ropa ridícula que suele hacer que la gente piense que está un poco chiflada. A veces, les da la impresión de que no es muy inteligente.
—¿Por qué?
—No tengo la menor idea. —Estiro la mano y trazo la línea de su ceja con el dedo—. Mi hermana es la persona más inteligente que conozco, pero en vez de hacer algo con su asombrosa mente, simplemente... se entretiene con tonterías. Lo único que realmente le interesa es escribir.
—¿Qué escribe?
—Nunca me lo ha mostrado. —Sonrío—. Pero le eché un vistazo a algunos de sus cuadernos cuando éramos más jóvenes. Estaban escondidos en una caja debajo de su cama. Escribe novelas de romance.
—¿Novelas de romance? —Em levanta una ceja—. ¿Es buena?
—Sí. Muy buena. Nya tiene un don para las palabras. Además de inglés e italiano, puede hablar otros cuatro idiomas. Y los aprendió por capricho.
—Creo que nunca escuché de alguien que aprendiera un idioma por capricho.
—Mi hermana aprendió japonés básico en un mes, ella sola, porque un chico de la escuela le dijo estúpida. —Me río—. Ella tenía catorce años en aquel entonces.
Em sonríe, pero sus ojos permanecen tristes.
—Es todo un talento. A la mayoría de la gente le costaría mucho aprender y hablar otro idioma, por no hablar de cinco. No me gusta hablar ruso. Lo entiendo perfectamente, pero casi nunca lo hablo.
—Me di cuenta. —Me inclino hacia delante y aprieto mis labios contra los suyos—. ¿Por qué?
—Porque tengo un acento inglés si lo hago. Ninguno de los niños de los hogares temporales o de las escuelas hablaba ruso, así que durante ese tiempo yo... lo olvidé, supongo. —Me pellizca el labio—. ¿Qué hay de tu hermano?
—Alec es como todos los hermanos mayores. Solo que cien veces peor.
—¿Protector?
—Hasta el punto de volverme loca. Tenía veinte años cuando murieron nuestros padres, así que asumió ese papel.
—¿No tuvieron otros familiares?
—Teníamos una tía. La media hermana de papá. Se ofreció a llevarnos a Nya y a mí a vivir con ella. Alec dijo que no. —Sacudo la cabeza—. Estoy preocupada por él. Creo que algo cambió en su cabeza cuando mataron a nuestros padres y centró toda su atención, aparte de su trabajo, en nosotras dos. Tiene treinta y tres años, pero nunca ha llevado a una mujer a nuestra casa. Sé que tuvo varias relaciones; incluso conocimos a algunas de sus novias. Sin embargo, ninguna de ellas ha puesto un pie en nuestra casa. Creo que se concentró tanto en criarnos que en realidad olvidó que no es nuestro padre.
—¿Por qué no quieres llamarlo? Es obvio que te am.
—Porque yo también lo amo —susurro—. Al principio, pensé que no sería capaz de superar lo que me pasó. Así que no quise llamarlo.
—¿Y ahora?
—Ahora, no quiero hacerlo porque sé cuánto le dolerá si se entera de la verdad. Alec lo sabrá, aunque no se lo cuente todo. Se culpará a sí mismo. No puedo permitirlo. Ya tiene bastantes problemas y me ha protegido de bastantes tormentas en mi vida. —Mientras digo esto, algo más me viene a la mente—. Había una chica. En casa de Dolly. Creo que era rusa. La trajeron un mes después de que me secuestraran, pero desapareció unos días antes de que yo escapara.
Su mano se detiene en mi espalda.
—¿Recuerdas su nombre?
—Rada, o algo así. No estoy segura. ¿Por qué?
—¿Podría haber sido Ruslana?
Levanto rápidamente la cabeza.
—Sí. Era Ruslana. ¿La conoces?
—Era la hija de uno de los soldados de la Bratva.
—¿Era?
—Encontraron su cadáver más o menos al mismo tiempo que tú escapaste. Uno o dos días antes, creo.
Me estremezco y entierro mi cara en el pliegue de su cuello. No podía ser más de un año o dos mayor que yo.
—¿Estarás en problemas por no haber ido al club esta noche? — indago, intentando no pensar en la chica con la trenza larga y rubia y en cómo fácilmente podría haber sido yo.
—Iré mañana.
—¿Puedo ir contigo? —pregunto.
Me besa en la cabeza.
—Claro que sí.
