Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Fractured Souls" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia


Capítulo 16

Emmett

Al salir del ascensor escucho los suaves acordes de una delicada melodía. Me acerco a la puerta de mi apartamento y saco mis llaves del bolsillo. Últimamente finjo que olvidé mis llaves para poder tocar el timbre y escuchar los pasos apresurados de Rose cuando corre hacia la puerta para dejarme entrar. Cuando la abre, es como si me extrañara, a pesar de que solo me fui por poco tiempo. Es agradable volver a casa y saber que me está esperando. Así que sigo fingiendo que olvido mis llaves y toco el timbre cada vez.

Sin embargo, no quiero distraerla de lo que toca hoy. Abro la cerradura y entro. Rose está sentada frente al piano, con su teléfono en el pequeño soporte sobre las teclas. Probablemente encontró nuevas partituras en Internet y las descargó. Debería comprarle partituras de verdad. No puede ser fácil seguir la música en esa pequeña pantalla. Intento no hacer ningún ruido, dejo las bolsas del supermercado junto a la puerta y entro en la sala. Apoyo mi hombro en el librero de la derecha y la observo.

Tiene el cabello suelto y se balancea de izquierda a derecha cuando mueve la cabeza al ritmo de la melodía. No puedo ver su rostro desde mi lugar, pero estoy seguro de que está sonriendo.

Algo me oprime el pecho. ¿Se llevará el piano cuando se vaya? Porque se irá, en algún momento. No me haré ilusiones creyendo que querrá quedarse conmigo cuando tiene una casa, una familia, probablemente un montón de amigos y planes para asistir a un conservatorio de música. Puede que su vida se haya quedado en pausa por lo que le pasó, pero se recuperará. He visto su fuerza y determinación. Su valor. Todas esas cosas que la hacen ser ella, las mismas que hicieron que me enamorara perdidamente de ella, también me la arrebatarán.

Tenemos que irnos pronto al club si queremos llegar antes de que abran y evitar a la multitud, pero no me atrevo a pedirle que pare. La melodía se transforma cuando ella cambia a mi favorita, Moonlight Sonata. No sé por qué es la que más me gusta. Quizá sea por haber sido la primera vez que la escuché tocar. Incluso la puse como timbre de llamada en mi teléfono. Me agarro la nuca con frustración. Espero que se lleve el piano cuando se vaya. Porque si no, lo destrozaré hasta que no quede nada de él.


Rose

—Si te sientes incómoda, aunque sea un poco, házmelo saber y nos iremos. ¿De acuerdo?

Asiento con la cabeza y aprieto la mano de Em.

Mientras caminamos hacia la entrada del club, miro hacia el cielo oscuro, buscando los pequeños copos blancos. La temperatura ha bajado mucho y el aire se siente fresco. Se ha apoderado de mis sentidos desde el momento en que salimos de su edificio, junto con el pánico que ha estado aumentando en mi pecho. Casi le pedí a Em volver a su casa, temiendo que empezara a nevar. Pensé que estaba mejorando. En cierto modo, lo estaba. No obstante, la idea de ver el suelo cubierto de escarcha hace que mi corazón lata al doble de su ritmo normal.

Un hombre parado en la entrada nos abre la puerta cuando nos acercamos. Tiene un abrigo negro desabrochado que deja entrever un traje negro debajo. Agarro con fuerza la mano de Em y me decido a ofrecerle una pequeña sonrisa al portero cuando entramos.

Em me guía por la espaciosa zona decorada en tonos negros y grises. Unas mesas altas rodean una pista de baile actualmente vacía. A lo largo de la pared, una plataforma elevada alberga varias butacas grandes con lujosos asientos de cuero. El espacio está completamente vacío, salvo por una chica que está limpiando una de las butacas, lo que hace que el sonido de nuestros pasos resuene en las paredes.

Finalmente llegamos al lado opuesto de la planta y subimos por la escalera al piso superior. Este espacio ha sido diseñado como una especie de galería. La pared de cristal que va del suelo al techo se asoma sobre la pista de baile, dejando al descubierto todo el interior del club a cualquiera que se encuentre aquí arriba. Entramos a una sala donde un hombre de unos cuarenta años está sentado frente a un conjunto de monitores que muestran varios ángulos de cámara de distintas zonas del club. Em asiente al hombre y se dirige hacia otra puerta a la derecha.

Al entrar, veo a un hombre pelirrojo de unos veinte años sentado detrás de un escritorio lleno de papeles. Murmura algo entre dientes mientras mira la pantalla de la computadora que tiene enfrente. Su cabello largo está despeinado, aunque no oculta que es muy guapo. Hace unos meses, si lo hubiera visto, me habría ruborizado. Pero eso fue antes de conocer a Emmett. Puede que este tipo sea atractivo, sin embargo, su aspecto no tiene ningún impacto en mí.

—Veo que por fin decidiste arrastrar tu trasero hasta aquí — refunfuña el hombre, luego levanta la vista del monitor, sus ojos se centran en mí y se agrandan de forma imposible.

—Ron, esta es Rosalie —indica Em y me lleva alrededor del escritorio hasta que estamos de pie frente a su amigo—. ¿Dónde están los contratos que necesitan mi firma?

La mirada de Ron se dirige a mi mano entrelazada con la de Em antes de volver a dirigirse a mi cara. Sus cejas se disparan hasta el nacimiento de su cabello.

—¡Mírame a mí, Ronald! —brama Em.

—¡Joder, hombre! —Ron se estremece—. No hagas eso. Solo mi babushka me llama por mi nombre completo, y generalmente lo hace cuando hago algo mal.

—Contratos. Ahora.

—¿Qué demonios te pasa? ¿Cambiaste tu maldita personalidad junto con tu guardarropa? Por Dios. —Saca un paquete de papeles del cajón y los arroja sobre el escritorio frente a Em—. Toma.

Em empieza a firmar los contratos, pero su mano izquierda sigue agarrada a la mía durante todo el tiempo. Hoy está usando jeans y un suéter negro. Intenté convencerlo de que se pusiera un traje, pero se negó.

Ron finge estar ocupado con algo en el monitor de la computadora, no obstante, noto que me lanza una mirada rápida de vez en cuando.

Cuando Em termina de firmar, empuja los papeles hacia el centro del escritorio y se endereza.

—¿Eso es todo?

—Síp.

Emmett asiente con la cabeza y se dirige hacia la salida. Me despido de su amigo con un movimiento de mano y lo sigo. Estamos en el umbral cuando Ron grita:

—¡Oh, Em! Puede que quieras visitar el viejo almacén más tarde.

—¿Para qué?

—Capturamos a uno de los hombres de Julian. Bekim. Ben lo va a interrogar.

El cuerpo de Em se tensa. Gira lentamente y mira a su amigo.

—Llama a Ben. Dile que puede quedarse en casa con su familia esta noche.

—¿Qué? Entonces ¿quién va a tener esa charla con el tipo?

Em me mira.

—Yo lo haré.


Emmett

Cuando entro al almacén, Ron ya está allí, apoyado contra la pared y jugando con su teléfono. En la esquina opuesta, con la cara hacia el suelo, yace un hombre de unos treinta años. Sus piernas están atadas con cinta adhesiva plateada alrededor de los tobillos y las rodillas. Tiene las manos amarradas a la espalda. Un trapo sucio sobresale de su boca.

Incluso después de todos estos años, todavía flota en el aire un ligero olor a madera quemada. Este es uno de los almacenes que los italianos intentaron quemar antes de firmar la tregua. El sótano de la mansión del Pakhan ha estado fuera de servicio desde entonces... a su mujer no le gusta el olor a sangre en su casa, así que decidimos dejar este almacén como está y realizar aquí nuestros interrogatorios.

Miro al soldado que está a unos pasos de "nuestro invitado" y señalo con la cabeza hacia la salida.

—Vete. Te llamaré cuando haya terminado.

El hombre asiente y sale.

No pierdo el tiempo y agarro al hombre de Julian por detrás de la chaqueta, arrastrándolo lejos de la pared para permitirme más espacio. Se queja y empieza a retorcerse, luego gime cuando dejo que su cuerpo caiga de nuevo al suelo. Apoyo un pie en su espalda y le rodeo el pulgar con la mano. El sonido de los huesos rompiéndose va seguido de un gemido ahogado y de dolor. Aprieto el pie con más fuerza y agarro el siguiente dedo.

—Tienes que pedirle a Ben que te dé un curso rápido sobre tortura —señala Ron desde su lugar junto a la pared—. La regla es: primero haz preguntas. Luego empieza a romper huesos.

Otro crujido.

—Nuestros métodos difieren —expreso mientras continúo.

Una vez que le rompí los diez dedos, dejo al hombre llorando en el suelo y tomo un cuchillo de la mesa más cercana. Vuelvo a pisarle la espalda y le corto la cinta que le ata las muñecas. El hombre se sacude tratando de zafarse. Le agarro el antebrazo derecho y la mano de la misma extremidad, luego retuerzo en direcciones opuestas. El hombre grita contra el trapo mientras se rompe su muñeca. Repito la acción con el otro apéndice.

Considero la posibilidad de romperle los tobillos, pero decido que no quiero arriesgarme a que se desmaye. Muevo el pie a su lado, empujo su cuerpo hasta que queda boca arriba y le arranco el trapo de la boca.

—¿Dushku está distribuyendo la droga nueva? —pregunto.

—No. —Se atraganta el hombre—. Es Julian. Su yerno.

—¿Julian también está involucrado en la red de prostitución de lujo?

—Sí. Él la dirige.

—¿Dushku lo sabe?

Sacude la cabeza y gimotea. Coloco la suela de mi zapato sobre los dedos rotos de su mano derecha y hago presión al pisar.

—¡No lo sabe! ¡Todo es obra de Julian y algunos de sus amigos de la universidad!

—¿Qué sabes de la chica rusa que encontraron muerta hace unos meses? Tenía tu droga en su organismo.

—Fue un accidente —solloza—. Un cliente fue demasiado brusco y ella murió. Tuvimos que deshacernos del cuerpo, y asegurarnos de que no estuviera vinculada a nosotros a través de las drogas que usamos. Así que la llenamos de heroína.

Le aprieto la garganta con el talón, disfrutando del sonido ahogado que sale de su boca.

—Le darás a mi amigo aquí presente los nombres y direcciones de todos los que están involucrados en este asunto. Incluyendo a los clientes. Incluso hasta el puto conserje. Asegúrate de darle también los detalles de la mujer a cargo de las chicas, Dolly. Y la dirección de donde las tienen. — Asiente con la cabeza—. También necesito los nombres de los hombres que secuestran a las chicas.

—Robert se encarga de eso —chilla cuando aflojo un poco el pie.

Robert. El hijo de puta usa su verdadero nombre cuando engaña a las chicas.

—¿Americano? —indago.

—Sí. Trabaja para nosotros desde hace tres años. Julian lo reclutó.

—Apellido y dirección.

Me da la información y la memorizo.

—Ron—llamo—. Nuestro invitado está listo para hablar. Ven aquí a tomar notas e informa a Paul de todo lo que te diga.

Lanzo una última mirada al hombre que está en el suelo.

—Si por casualidad olvidas un nombre, volveré y terminaré lo que empecé. Y me aseguraré de que sigas vivo y consciente hasta que acabe por completo.

Al salir del almacén, llamo a Rose para avisarle que no volveré hasta dentro de un par de horas. Dentro del auto, introduzco la dirección que Bekim me dio en el sistema de navegación.

Parece que tendré otra charla esta noche.