Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Fractured Souls" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia


Capítulo 17

Rose

Me despierto al sentir unos dedos que recorren mi cabello. Em está tumbado en la cama a mi lado, todavía con la misma ropa que llevaba puesta la noche anterior.

—¿Cuándo volviste? —inquiero.

—Hace cinco minutos —pronuncia y sigue acariciándome el cabello —. Tengo que enseñarte una foto de alguien.

—Está bien. —Asiento con la cabeza. Ya me había mostrado fotos de más de una docena de hombres el otro día, preguntándome si identificaba alguno, pero ninguno me resultaba conocido.

Em suelta mi cabello y se estira detrás de él para tomar su teléfono de la mesita de noche. Tomo el receptor cuando me lo acerca y miro la pantalla. La imagen es la de un hombre suspendido boca abajo del techo. No distingo mucho su cara, así que amplío la imagen. El aparato casi se me resbala de las manos.

—¿Es él? ¿El que te secuestró? —pregunta Em. Su voz es tensa, como si hablara apretando los dientes.

Me trago la bilis que de repente me sube por la garganta.

—Sí.

Em asiente y me quita el teléfono de la mano. Me agarra la barbilla con los dedos y me levanta la cabeza hasta que nuestras miradas se encuentran.

—Tenemos todos los nombres. A todos los que estuvieron involucrados. La Bratva se encargará del resto de su organización, pero le dije al Pakhan que este es mío. —Se inclina hacia delante y presiona su frente contra la mía—. Dijiste que querías ver.

—¿Qué?

—A él, muriendo. Lentamente. Mientras lo corto en pedacitos.

Observo sus ojos grises mientras me devuelven la mirada y tomo su cara entre mis manos.

—Sí.

Em asiente.

—Voy a ducharme y a cambiarme. Y luego nos iremos.


Son dos horas de viaje al oeste de la ciudad hasta una casa destartalada que no es mucho más que un cobertizo. Em estaciona el auto y voltea hacia mí, tomando mi mano entre las suyas.

—Si cambiaste de opinión, te llevaré de vuelta —asegura—. Está bien si no puedes soportar volver a ver a ese hijo de puta. Volveré esta noche y me ocuparé de él.

Miro la casa a través del parabrisas. El hombre que destruyó mi vida y destrozó mi mente está al otro lado de esa puerta de madera. El pánico empezó a crecer en cuanto vi su imagen en el teléfono de Emmett y se multiplicó por diez durante el trayecto hasta aquí. La idea de verlo otra vez me enferma, sin embargo, necesito esto. Necesito venganza. Tal vez verlo morir me ayude a recuperarme.

—Estoy lista —declaro.

Lo primero que noto cuando Em abre la puerta de la casa es el hedor, una mezcla de vómito y orina. Es tan asqueroso que apenas consigo no vomitar inmediatamente el contenido de mi estómago. El interior está oscuro. Las ventanas están cubiertas con cortinas deshilachadas o tablas clavadas, y la única fuente de luz es el sol que entra por la puerta abierta. Sigo a Em mientras da dos pasos a la izquierda, apretando su mano con todas mis fuerzas. Se escucha un clic cuando enciende la luz. Es un sonido leve, apenas audible, pero en mi cabeza resuena como una explosión.

Quiero darme la vuelta y mirar a ese imbécil a la cara, mas no me atrevo a moverme.

—Está bien, Mishka. —Em me abraza y aprieta mi cara contra su pecho—. Ya no puede hacerte daño. Y me aseguraré de que no lastime a otra persona, nunca más.

Inhalo profundamente, saboreando el aroma de Emmett. Es la fragancia de la seguridad. Y del amor. Sería tan fácil pedirle que mate a ese imbécil por mí. Pero en el fondo, sé que necesito tocar esta melodía yo misma.

—¿Tienes un arma? —murmuro contra el pecho de Em y siento cómo se queda completamente quieto.

—Sí.

—¿Me la das? Por favor.

Su agarre en mí se afloja, y sus manos viajan por mis brazos hasta llegar a mi cara.

—No tienes que hacer esto. Me aseguraré de que sufra.

Levanto la mano y acaricio su mejilla. Mi Em. Siempre dispuesto a pelear mis batallas por mí.

—Por favor.

Cierra los ojos un segundo, mete la mano en su chaqueta y saca una pistola.

—¿Sabes disparar?

—No.

—De acuerdo. Sujétala así. —Coloca el arma en mi mano y mueve mis dedos a la posición correcta—. El seguro está puesto. Cuando estés lista, lo quitas. Así. Tienes que sujetar el arma con fuerza. Esta tiene un poco de retroceso.

Miro fijamente la pistola. Es pesada. Mucho más de lo que esperaba. Trago saliva y volteo para mirar al hombre que arruinó mi vida.

Sigue en la misma posición que en la foto. Tiene los pies atados a la viga y los brazos colgando. Sin embargo, algo les pasa. Cuelgan en un ángulo antinatural. Me cuesta creer que sea el mismo hombre que conocí en el bar. Su ropa sucia está desgarrada en varios lugares. Tiene sangre seca por las partes descubiertas del cuerpo, manchando su camisa y el suelo. Sus ojos están cerrados y un lado de su cara está hinchada. No se mueve. Podría pensar que ya está muerto, pero veo que su pecho sube y baja.

He imaginado este momento tantas veces. Soñé con hacerle pagar cada maldito segundo de mi dolor. Pensé que, si alguna vez tenía la oportunidad de vengarme, querría que sufriera tanto como yo. Pero ahora, viéndolo así, simplemente quiero que todo termine.

Recorro la distancia que nos separa con pasos rápidos hasta situarme frente a él. Su cabeza está a la altura de mi pecho, y el olor nauseabundo es aún peor de cerca.

—Espero que ardas en el infierno —declaro ahogadamente y escupo en su cara. Robert abre los ojos y se encuentra con los míos. Quito el seguro y presiono el cañón contra el puente de su nariz.

Y aprieto el gatillo.


Emmett

Un fuerte estruendo recorre la habitación.

Rodeo a Rose por la cintura con el brazo izquierdo y la aparto para que el cadáver no la golpee cuando se balancee hacia delante. Creo que ni siquiera se dio cuenta de que estaba detrás de ella. Le quito la pistola de la mano, le pongo el seguro y la cargo fuera de la casa.

Cuando llegamos al coche, lanzo la pistola al asiento trasero y bajo a Rose al suelo, volteándola hacia mí. Su mano y la manga de su abrigo amarillo están cubiertas de salpicaduras de sangre. Le desabrocho y le quito el abrigo, arrojándolo también al asiento trasero. Luego me quito mi propia chaqueta, consigo meter los brazos de Rose en las mangas y la envuelvo en su calidez. No dice nada mientras la visto. Sus ojos parecen vacíos mientras mira fijamente hacia delante. Creo que ni siquiera me ve.

No debería haberla dejado hacer esto. Cuando tomó la pistola y se dirigió hacia el hijo de puta, estaba seguro de que cambiaría de opinión. Creo que el sonido de un disparo nunca me había alterado tanto.

—Mishka —digo mientras limpio la sangre de su mano con la parte delantera de mi sudadera—. Por favor, di algo.

Rose simplemente parpadea. Su mirada sigue perdida.

Un pequeño copo blanco aterriza en su mejilla. Le sigue otro. Miro al cielo. Está nevando. Agarro rápidamente la capucha de la chaqueta y se la pongo por encima de la cabeza.

—Vamos a casa, nena.


Para cuando estaciono el vehículo frente a mi edificio, la nieve ligera se ha convertido en una auténtica nevada. Rose se pasó las dos horas de camino acurrucada en el asiento del pasajero con su cara pegada a mi hombro.

—Ya llegamos —señalo. Asiente y se endereza, pero mantiene los ojos cerrados. Salgo del vehículo y camino por delante. Sin embargo, cuando abro la puerta del pasajero, Rose no se mueve—. Vamos adentro. — Me agacho y la tomo en brazos.

El viento me golpea en la cara y me cae nieve en los ojos mientras la cargo hacia la entrada del edificio. El estacionamiento está apenas a unos doce metros, pero cuando llegamos a la puerta, ambos estamos cubiertos de nieve.

En cuanto entramos al apartamento, bajo a Rose y le quito la chaqueta. Después me deshago de mi sudadera. Es negra, como la chaqueta, y la nieve aún no se ha derretido. Arrojo la sudadera detrás de mí y me agacho para desatarle las botas. Tengo que llamarle otra vez a la amiga psicóloga del Doc y preguntarle qué hacer. No puedo decirle que dejé que Rose matara a un hombre, pero necesito algún tipo de consejo. ¿Y si tiene una regresión? Su silencio me está volviendo loco.

Mientras desato la otra bota de Rose, siento sus manos en mi cabello. Levanto despacio la vista y la veo observándome con una mirada extraña.

—Nunca debí darte esa pistola —susurro—. Lo siento mucho, nena.

Rose ladea la cabeza y desliza las manos por mi cuello hasta el centro de mi espalda. Agarra un puñado de tela con sus dedos, me quita la camiseta por encima de la cabeza y empieza a desabrocharse su blusa. La observo mientras se quita la prenda y el sostén, para comenzar a retirarse los jeans. Sigo agachado frente a ella cuando empuja la ropa a un lado y se queda desnuda frente a mí.

Toma mi mano entre las suyas, me levanta y desabrocha mis jeans. No puedo apartar mi mirada de ella mientras me quita los zapatos y el resto de la ropa, dejándonos a ambos desnudos el uno frente al otro.

—¿Rosie, nena? —Cuando estiro la mano para acariciarle la cara, salta sobre mí. Apenas alcanzo a atraparla a tiempo y consigo agarrarla por debajo de los muslos. Me rodea el cuello con los brazos, envuelve mi cintura con sus piernas e inclina la cabeza hasta que sus labios tocan mi oreja.

—¿Sí, Emmy? —musita.

Jadeo. Nadie me había llamado nunca así. El Pakhan y algunos otros usan mi nombre completo, pero el resto me llama Em, la forma abreviada de Emmett. Pero nadie ha utilizado nunca un nombre en diminutivo.

Sus labios se acercan a los míos y se quedan a un suspiro.

—Quiero que me folles, Emmy.

Mi polla se hincha al escucharla. Aprieto sus muslos y me doy la vuelta, clavándola contra la puerta principal. Puedo sentir su coño goteando contra mis abdominales, y me cuesta muchísimo contenerme para no enterrarle mi miembro adentro. Rose me muerde el labio inferior y pierdo el control. La coloco encima de mi longitud dura como una roca y comienzo a bajarla, inhalando su respiración entrecortada mientras la lleno. Gime contra mis labios y me agarra fuertemente el cabello cuando la saco.

—Más fuerte. —Su suave suspiro se transforma en un grito cuando vuelvo a penetrarla.

Mientras la penetro, noto su calor y me siento como en casa. Creo que no sabía lo que significaba esa frase antes de conocer a Rose. Pero esto... su cuerpo contra el mío, sus manos en mi cabello y sus labios presionando los míos... por fin me hace sentir como en casa. Ella es mi hogar. Apretando sus muslos, embisto con fuerza, queriendo imprimirme en ella. Marcarla como mía de alguna manera.

—Más fuerte —gime y hunde sus dientes en mi hombro.

Hace mucho que perdí la capacidad de pensar racionalmente. Por puro instinto, me doy la vuelta y la cargo por la habitación hasta la mesa del comedor. Ignorando los montones ordenados de documentos financieros sobre los que trabajé ayer y que ahora cubren la mesa, bajo a Rose directamente sobre uno de los contratos. Está tan mojada que el papel bajo su trasero se empapa al instante.

—Recuéstate, nena. —La agarro por detrás de las rodillas y la atraigo hacia mí, colocando sus pies en el borde de la mesa. Me mira a través de sus piernas abiertas, una pequeña sonrisa ilumina su rostro.

—Estoy esperando —indica.

Sonrío y me acerco un paso, dejando que únicamente la punta de mi polla encuentre su hogar, y presiono mi pulgar sobre su clítoris. Ella jadea. Froto su clítoris con pequeños círculos, provocándola, y luego voy introduciéndola poco a poco mientras aumento la presión con el pulgar. Antes de que esté completamente dentro, su cuerpo empieza a temblar. Me duele la polla de lo dura que está, pero sigo moviéndola lentamente, observando cómo su cuerpo se arquea sobre la mesa y deleitándome con cada sonido de placer que emite. Tras un último movimiento circular sobre su clítoris, le agarro los tobillos y enderezo lentamente sus piernas hasta formar una perfecta V. La penetro con fuerza, cerrando y abriendo sus piernas con cada embestida y cada retroceso.

—¡Más fuerte! —grita.

Apoyo sus pantorrillas en mis hombros, junto sus rodillas y vuelvo a penetrarla. Se viene y grita de placer mientras su cuerpo se estremece. Noto los espasmos de su coño alrededor de mi polla y siento como si una descarga eléctrica me corriera por la espalda. Rujo y exploto dentro de ella.

Acaricio el cabello de Rose y luego recorro su espalda con mi mano. Lleva dos horas durmiendo encima de mí. Yo también debería intentar dormir un poco. Pasé la noche anterior cazando y, una vez que lo atrapé, dándole una paliza al hijo de puta que le hizo daño a mi chica. Sin embargo, no puedo dormir. Sigo pensando en Rose cuando apretó el gatillo.

Se siente como si una cuenta regresiva hubiera comenzado con esa bala. El hombre que destrozó su vida está muerto. Jasper me aseguró que se encargarían del resto de la organización, así que estoy seguro de que mañana a esta hora todos estarán muertos.

Miro hacia abajo y veo la cara de Rose apoyada en el centro de mi pecho. Normalmente se mueve sin parar mientras duerme, pero no ha movido ni un músculo desde que se quedó dormida hace rato. Jalo la sábana que está a la altura de sus caderas y la cubro por completo.

¿Cuánto tiempo nos queda? Estas últimas semanas ha mejorado mucho y ya casi nunca tengo que ayudarla a tomar decisiones. Los hombres con traje siguen incomodándola, aunque también ha avanzado mucho en ese aspecto. Las pesadillas han cesado, y lo único que sigue perturbándola es la nieve. Joder, estoy tan orgulloso de ella.

Por muy bueno que sea su progreso, alimenta el pánico absoluto que crece dentro de mí. ¿Será hoy el día en el que me diga que es tiempo de que se vaya? ¿O será mañana? Hace semanas que dejé de insistirle para que se pusiera en contacto con su hermano. Me convencí a mí mismo de que lo hice para darle el tiempo y el espacio necesarios para sanar, pero me he estado mintiendo a mí mismo. Lo hice porque quiero que se quede. Para siempre.

Mientras observo cómo duerme, su presencia disminuye el vacío que tengo en el pecho, pero en mi mente retumba el tictac de un reloj. Contando los días, o tal vez meras horas, que me quedan con ella.

Tictac. Tictac