Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Fractured Souls" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia


Capítulo 19

Emmett

Una lenta y emotiva melodía suena en la sala. Abro los ojos y miro al techo. Hace un rato tocó Für Elise. Aunque desconozco el nombre de esta melodía en particular, rara vez le pregunto porque prefiero que Rose me lo diga sola. Su música es muy personal para ella, así que el hecho de que comparta algo que siente tan íntimo, sin que yo se lo pida, me conmueve hasta lo más profundo del alma. Al principio, me acostumbré a no pedir cosas en mi vida, y se convirtió en un hábito. ¿Para qué pedir cosas si la respuesta casi siempre va a ser no? Sí, existe la posibilidad de que el resultado sea diferente, pero supongo que prefiero no pedir antes que enfrentarme a la decepción.

En mis primeros años en hogares temporales, siempre hacía las mismas tres preguntas. ¿Llamó mi mamá? ¿Llamó alguien buscándome? ¿Mi mamá va a volver? La respuesta siempre fue no. Luego, las preguntas cambiaron. ¿Tengo más familia? ¿Me elegirá otra familia como a los otros chicos? Como aquel chico problemático que se peleaba con los otros chicos en una de las casas en las que viví. No recuerdo su nombre. ¿Era Eric? ¿O tal vez Eleazar? Dos de los otros chicos del orfanato acabaron en la sala de emergencias cuando se burlaron de él por su cabello largo. El maldito demente le arrancó un pedazo de oreja a uno y le clavó un tenedor en el cuello al otro. Ese chico desapareció después de eso, y todos pensamos que había terminado en un reformatorio o en un psiquiátrico. Pero unos meses después escuché a los trabajadores sociales decir que fue adoptado. Así que continué molestando a los padres sustitutos y a los trabajadores sociales día tras día, preguntando si alguien me adoptaría a mí también. Pregunté y pregunté hasta que mi padre de acogida se hartó y me gritó a la cara que dejara de hacer preguntas estúpidas. Seguí su consejo.

¿Es mi miedo al rechazo el motivo por el que me cuesta tanto pedirle a Rose que se quede conmigo? Anoche estuve a punto de hacerlo.

Tenía tantas ganas de pedírselo que apenas pude evitar que las palabras salieran de mi boca. Quizás hubiera dicho que sí. Sé que le gusta pasar tiempo conmigo. Creo que incluso le gusto, pero quedarse conmigo significaría no volver con su familia. ¿Le gusto lo suficiente como para elegirme a mí antes que a ellos?

La melodía en la sala cambia. La conozco. Es la versión de piano de la intro de Game of Thrones. A Rose le encanta. Salgo de la cama, con la intención de arrastrarla de vuelta conmigo, justo cuando suena mi teléfono sobre la mesita de noche. El nombre de Jasper se ilumina en la pantalla.

—¿Pakhan? —inquiero cuando contesto la llamada.

—Necesito hablar contigo, Emmett.

—De acuerdo. —Asiento con la cabeza y me siento en la cama.

—En persona —añade con un tono de voz siniestro—. Te espero en la mansión dentro de una hora.

La línea se desconecta.


Entro a la oficina del Pakhan y lo encuentro sentado detrás de su escritorio. Ben y Felix también están allí, descansando en los sillones junto al librero.

—Pakhan. —Cierro la puerta detrás de mí y me dirijo a su escritorio —. ¿Pasa algo en los clubes?

—No exactamente —responde—. Dime, Emmett, ¿hay algo que deba saber? ¿Quizás algo que se te haya olvidado mencionar?

—¿Sobre qué?

Ladea la cabeza, mirándome.

—¿Te suena el nombre Lombardo?

Un escalofrío me recorre la espalda. Jasper sonríe. No es una sonrisa agradable.

—Ya veo que sí. —Se inclina hacia delante y golpea el escritorio con la palma de su mano—. ¿En qué demonios estabas pensando al esconder a la hermana de Alec Lombardo en tu casa?

Tardo unos instantes en recuperarme. ¿Cómo demonios se enteró?

—No quiere que nadie lo sepa. Incluyendo a su hermano —admito entre dientes—. Cuando esté lista, lo llamará.

—¡Me importa una mierda lo que ella quiera! —gruñe Jasper—. ¡Su hermano lleva meses buscándola, pensando que está muerta! ¿Puedes al menos imaginar cómo ha sido eso para él? Su hermana menor, desaparecida, sin saber si está viva o muerta.

Aprieto las manos y rechino los dientes.

—Rose no quiere llamarlo, Jasper.

—¿Sabes que ella tiene una hermana, Emmett? —continúa Jasper—. ¿Una hermana que pasó dos semanas en el hospital después de tragarse un frasco de somníferos porque creía que había sido culpa suya que Rosalie desapareciera?

—Mierda. —Cierro los ojos—. ¿Ella está bien? ¿Su hermana?

—Ella está bien.

—¿Cómo sabes todo esto? —pregunto y lo miro.

—Cuando Rosalie desapareció, Cullen le envió un mensaje a todas las Familias de la Cosa Nostra, exigiendo que informaran si alguien la veía. Envió su foto. —Pakhan suspira—. Harry Rossi los vio anoche en Ural. Alec estaba en mi puerta a las seis esta mañana.

Agarro el respaldo de la silla que tengo enfrente, con tanta fuerza que se me ponen blancos los nudillos.

—¿Le dijiste dónde está?

Jasper mira hacia donde están sentados Ben y Felix. —En este momento está de camino a tu casa, Emmett.

Lo miro fijamente mientras en la boca del estómago me invade el miedo más intenso que jamás haya sentido. Él se la va a llevar. Volteo, listo para salir corriendo de la oficina y dirigirme a casa, y me encuentro con Felix bloqueándome la salida.

—¡Muévete! —rujo y me lanzo hacia él, pero dos brazos me agarran por detrás.

—Em. Cálmate —pronuncia Ben, sujetándome.

Echo la cabeza hacia atrás y le doy un cabezazo en la frente. Ben afloja su agarre y yo aprovecho la oportunidad y arremeto contra Felix. Me da un puñetazo en la cabeza, pero yo golpeo su estómago con el codo. Me agacho, esquivando su siguiente golpe, y lanzo un puñetazo a su cara justo cuando Ben se abalanza sobre mí por detrás, inmovilizándome contra la pared junto a la puerta.

—¡No puedes mantener a una persona alejada de su familia, maldita sea! —brama junto a mi oreja y me golpea la cabeza contra la pared.

—¡Se la llevará!

—No puede llevársela si ella no quiere irse —afirma Ben—. Pero si ella quiere, no tienes derecho a obligarla a quedarse.

—Lo sé. —Cierro los ojos y me desplomo contra la pared, derrotado.

—Suéltalo, Ben. Puedes irte —ordena Jasper desde algún lugar detrás de mí—. Tú también, Felix.

Escucho cómo se abre la puerta y unos pasos en retirada, pero no me muevo. Apoyo la frente en la superficie fría. Me estoy entumeciendo lentamente.

—Emmett, mírame.

Abro los ojos e inclino la cabeza hacia un lado. Jasper está a mi lado, apoyado en su bastón.

—Tienes que dejarla ir. Si no lo haces, ni tú ni ella sabrán si está contigo porque te quiere. O si es porque tiene miedo de marcharse.

—No lo entiendes —aseguro—. Nunca he tenido a nadie, Jasper. Hasta que ella llegó. Ya no puedo imaginar mi vida sin ella.

—Necesita ir a ver a su hermana. Necesita a su familia. Y su familia la necesita a ella. Pero volverá.

Vuelvo a mirar hacia la pared.

—No volverá. Si se va, no regresará.

—¿Por qué estás tan seguro?

—Porque ya no me necesita, Jasper. Me necesitaba antes. Ya no.

—¿Quieres que se quede contigo únicamente porque te necesita? Te mereces algo mejor que eso. Ambos lo merecen.

—Lo sé. —Golpeo mi frente contra esa maldita pared como si eso ayudara a sofocar el terror que me invade por dentro.

—Ve a casa. Habla con ella. Habla con Alec, se merece una explicación. —Jasper pone su mano en mi hombro y aprieta—. Tómate unos días libres si lo necesitas. Y, por favor, deja de golpear tu cabezota contra mi pared. La vas a romper, carajo.

—¿Mi cabeza? —Curioseo.

—La pared, Emmett. Si no se te rompió el cráneo durante todos esos años de peleas, desde luego no se te romperá ahora.

Resoplo y sacudo la cabeza.


Rose

Tocan a la puerta.

Mis dedos se detienen sobre las teclas del piano. Em nunca toca. Siempre hace sonar el timbre. Debe de ser un vecino que quiere pedirme que no toque tan fuerte. Cruzo la sala y abro la puerta. Cuando mis ojos se posan en el hombre que está al otro lado, retrocedo un paso hacia atrás rápidamente.

—Dios mío. —Se atraganta mi hermano y me abraza con fuerza, apretándome tanto que me resulta imposible mover un músculo.

Intento tomar aire, pero no parece entrar en mis pulmones. Otro intento. Alec afloja su abrazo y me observa con una mirada un poco desquiciada. Y entonces, vuelve a aplastarme contra su cuerpo. Me tiemblan los brazos mientras lo abrazo y aprieto mi mejilla contra su pecho.

—¡Creí que habías muerto! —exclama contra mi cabello—. Creí que alguien te había secuestrado, y he estado esperando a que alguien llame para pedir un rescate. La llamada nunca llegó.

—Lo siento —murmuro, con lágrimas en los ojos. Es difícil creer que esté aquí después de tanto tiempo. Y me hace sentir bien—. Lo siento mucho, Alec.

—¿Por qué, Rosie? ¿Por qué no nos avisaste que estabas bien? — Sujeta mi cara entre sus manos y levanta mi cabeza—. ¿Dónde estuviste todo este tiempo?

Observo a mi hermano mientras la preocupación enciende una sensación de aprensión en la boca de mi estómago, extendiendo las acaloradas pulsaciones de pavor por mi pecho.

—Encontramos tu bolso y tus gafas detrás de ese bar. Y sangre. ¿Qué pasó? —Abro la boca, pero ninguna palabra sale de mis labios—. ¡Por Dios, Rosie, di algo, maldita sea!

—¡Me violaron! —grito en su cara.

Alec se queda completamente pálido. Parpadea. Sus manos en mis mejillas comienzan a temblar. Envuelvo su espalda con mis brazos y entierro mi cara en su pecho.

Y entonces hablo, aunque no se lo cuento todo.

Cuando termino, Alec se arrodilla frente a mí sin dejar de abrazarme. Enredo mis dedos en su cabello y apoyo mi mejilla sobre su cabeza, escuchándolo mientras murmura cómo va a crucificar al hijo de puta que me lastimó, y luego lo mucho que me ama.

—Yo también te amo, Alec —susurro.

Y por eso no le conté toda la historia. Me salté la peor parte. Es mejor así.

—Tenemos que llamar a Nya —añade mi hermano—. No quería decirle nada hasta estar seguro. Por si... por si no eras tú, no podía arriesgarme a que volviera a cometer una estupidez.

—¿Qué quieres decir?

Sacude la cabeza y me abraza con más fuerza.

—¿Qué hizo, Alec?


Emmett

Lo primero que noto cuando entro al departamento es un hombre de cabello castaño sentado en el sofá de la sala. Está mirando al suelo entre sus pies, con los codos apoyados en las rodillas mientras se agarra el cabello con las manos.

—¿Dónde está Rose? —pregunto.

—Duchándose. Preparándose para irnos —contesta sin dejar de mirar al suelo.

—¿Te contó todo?

—Sí. También sé que estuvo aquí todo este tiempo.

Cruzo la sala y tomo asiento en el sillón reclinable a su izquierda.

—Necesito darte algunos consejos sobre Rose.

Levanta bruscamente la cabeza y dos ojos azules, del mismo tono que los de Rose, me clavan una mirada llena de odio.

—No necesito que me des putos consejos sobre mi hermana. La crie desde que tenía cinco años.

Ignoro su actitud hostil.

—Todavía tiene problemas para tomar algunas decisiones. Lo solucionamos casi todo, pero puede que necesite ayuda de vez en cuando. Intenta no darle indicaciones específicas, más bien oriéntala hacia ellas.

Me mira en silencio.

—Nada de margaritas. Ni flores, ni nada, como cortinas o lo que sea con dibujos de ellas —continúo—: Los trajes ya no la perturban, pero las corbatas de hombre aún pueden alterarla. Si están en un lugar público, lleno de hombres desconocidos que usan traje, tienes que tomarla de la mano.

Se mira a sí mismo, concentrándose en su corbata gris de seda, luego levanta la cabeza y recorre con la mirada mi camiseta y mis jeans. Cuando sube la mirada y nuestros ojos se encuentran, veo el odio que hay en ellos.

—¡Maldición! —brama—. Estás enamorado de ella.

No aparto la mirada mientras respondo:

—Sí.

—¡Tiene veinte años, por el amor de Dios! Eres demasiado viejo para ella. Rosie necesita a alguien de su edad. Y definitivamente no a un exconvicto.

—¿Me investigaste?

—Por supuesto que te investigué. Quería conocer al hombre que me estaba ocultando a mi hermana. Incluso encontré vídeos de algunas de tus peleas.

—Bueno, espero que fueran entretenidos.

Alec se inclina hacia delante y me clava la mirada.

—¡Intentaste robarme a mi hermanita! Una chica que fue abusada y lastimada. La mantuviste alejada de su familia, aunque sabías que nos necesitaba —sisea—. No sé qué clase de fantasía enfermiza creaste, jugando a la casita con una adolescente, y no me importa. ¡No dejaré que vuelvas a acercarte a ella! ¡Jamás! Mi hermana se merece algo mejor.

—Lo sé. —Me levanto y me dirijo al mueble junto a la puerta principal donde guardo algunos bolígrafos y papel—. Te daré mi número. Llámame si necesitas ayuda.

Vuelvo y dejo caer el papel en la mesa de centro frente a Alec, luego me dirijo hacia la puerta principal.

—Volveré dentro de dos horas. ¿Se habrán ido para entonces?

—¿No te despedirás? —Levanta las cejas.

—No —respondo.

—Bien.

Asiento con la cabeza y salgo del departamento.


Estoy sentado en mi auto a dos calles de mi edificio cuando suena mi teléfono.

La música de Moonlight Sonata me envuelve. Recuesto mi cabeza hacia atrás y miro los autos que pasan por la calle. El teléfono deja de sonar, pero enseguida vuelve a hacerlo. Dejo que siga su curso, el sonido retumbando en el pequeño espacio. Podría haberlo silenciado. Cada maldita nota se siente como una puñalada en mi pecho, pero no lo hice. El teléfono suena cuatro veces más, y dejo que suene todas las putas veces.

Llega un mensaje. Tomo el teléfono del tablero y miro la pantalla. Es un mensaje de voz. Presiono el botón de reproducción.

—¿Em? ¿Qué ocurre? ¿Alec dijo que llegaste a casa y te fuiste? ¿Pasó algo? —Crujidos de fondo—. Nos dirigimos al aeropuerto. Tengo que ir a ver a Nya. Ella... —solloza—. Mi hermana intentó suicidarse. Pensó que lo que me pasó fue culpa suya. Me quedaré con ella unos días y luego volveré. Te llamaré cuando llegue. —Su voz sonó temblorosa. ¿Estaba llorando?

El mensaje termina. Vuelvo a presionar el botón de reproducción. Y luego una vez más.


Es casi medianoche. Estoy acostado en el sofá, agarrando con fuerza el teléfono mientras sigue sonando en mi mano. Tengo tantas ganas de presionar el botón verde y contestar que me estoy volviendo completamente loco. Mas no lo hago. Mi mente sigue repitiendo esa frase que dijo el hermano de Rose.

«La mantuviste alejada de su familia, aunque sabías que nos necesitaba».

Tenía razón. Debería haberme puesto en contacto con él para hacerle saber que ella estaba a salvo. Si le hubiera explicado la situación, quizás hubiera aceptado esperar hasta que Rose estuviera lista para verlo. Sin embargo, fui demasiado egoísta y me aterraba la idea de que me la arrebatara. Ya no podía imaginar mi vida sin ella. La posibilidad de que se fuera me aterraba y estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para asegurarme de que se quedara. Así que mantuve la promesa que le hice y guardé silencio, como un hijo de puta que se protegía a sí mismo. Me convertí en su maldito demonio. Nadie merece estar con una persona así, especialmente Rose.

Siempre pensé que podría medir el amor por lo mucho que quisiera estar con una persona. Decidir estar con alguien por el resto de mi vida parecía la cúspide del amor. Error. Ahora entiendo mucho mejor las cosas. Sabiendo que Rose, la mujer que amo, estará mejor sin mí, tuve que dejarla ir. Aunque me duela. Aunque me destroce por dentro. Tal vez, si amara a Rose un poco menos, habría encontrado una manera de que se quedara conmigo. Sin embargo, la amo demasiado como para hacerle eso, así que la dejé ir.

Debería haber contestado su llamada. Despedirme, al menos. Pero no pude. Escucharla decir que volvería, incluso sabiendo que no lo haría, no me permitió arriesgarme a hablar con ella. Habría hecho algo estúpido, como hacerle prometer que volvería conmigo.

Mis ojos se posan en el piano, cerca de la ventana de la sala. ¿Por qué no se lo llevó, joder? Me levanto del sofá y me dirijo a la cocina para sacar la caja de herramientas de donde la guardo debajo del fregadero. Cuando vuelvo a la sala sostengo un martillo en la mano. Camino hacia el instrumento con la intención de destrozarlo hasta que no quede nada de él, pero en lugar de eso, acabo contemplando las teclas durante una hora. A

Rosie le encanta este piano. El martillo se me cae de la mano y golpea el suelo encerado con un ruido seco. No puedo destruir algo que la hacía feliz.

Suena mi teléfono. Lo agarro y lo arrojo al otro lado de la habitación.

Es lo mejor para ella. No se sentirá obligada a llamarme por un sentimiento de gratitud o lo que sea. Puede que le cueste adaptarse los primeros días en su casa, sin embargo, ahora tiene a su familia. Y también a sus amigos. Pronto se olvidará de mí y seguirá con su vida. Tal vez yo haga lo mismo.

El teléfono vuelve a sonar. Suena dos veces más esa noche.

Sigue sonando al menos diez veces al día durante los cinco días siguientes.

Al sexto día, solamente suena una vez y luego cesan las llamadas.


NOTA:

Lamanto dejarlas asi, mañana subo lo que le resta a la historia.