Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Fractured Souls" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia
Capítulo 22
Rose
El teléfono vibra junto a mi almohada. Me levanto de la cama y presiono el botón para contestar, luego me pongo el auricular en la oreja.
—¿Lo encontraste? —susurro.
—Sí —replica Ron desde el otro lado.
Cierro los ojos y respiro. Han pasado cuatro malditos días.
—Entonces, ¿él está bien?
—Sí. Más o menos.
Abro los ojos de golpe.
—¿Qué quieres decir con "más o menos"?
—Está peleando otra vez —suspira Ron.
—¿Qué?
—Sí. Intenté hablar con él. No salió bien. Jasper también lo llamó. Incluso fue a su último combate. Em no quiere volver.
—Pero... ¿por qué? ¡Me dijo que dejó de pelear hace diez años!
—Emmett es un tipo muy cerrado, cariño. Quién sabe lo que ocurre en su cabeza.
Entierro mi mano en mi cabello, apretándolo.
—¿Esas peleas son peligrosas? —no contesta—. ¿Lo son, Ron? —grito al teléfono.
—Son peleas clandestinas, Rose. ¿Qué esperabas?
—¡No lo sé! Nunca he ido a un combate de boxeo.
—No es un combate de boxeo, cariño. En el boxeo hay reglas. Estas peleas no las tienen —explica en tono sombrío mientras me llega un mensaje al teléfono—. Te envié el enlace a la página web del club y una contraseña para acceder a ella. Busca "Emmett McCarthy peleas" y compruébalo tú misma. Pero no veas la última pelea.
—¿Por qué? —cuestiono.
Respira profundamente.
—Sé que te gusta, cariño. Por favor, no veas el vídeo más reciente.
Cuando Ron cuelga, abro el mensaje con el enlace y le doy clic. A simple vista, el sitio web parece una página promocional de un gimnasio común y corriente, con imágenes de aparatos de ejercicio y gente haciendo estiramientos o levantando pesas. En la esquina superior derecha, encuentro un botón para iniciar sesión. Hago clic en él e introduzco la contraseña de diez dígitos que Ron me envió con el enlace. Aparece una nueva ventana y enseguida me fijo en la tabla. En la primera columna aparecen los nombres, y veo que Em es el segundo de la lista, justo debajo del nombre de otro tipo. Junto a los nombres aparecen los puestos en el ranking y el número de victorias. Actualmente, Em ocupa el segundo lugar. Debajo de la tabla de posiciones está el calendario de este mes. Me deslizo hasta el final y veo que solamente queda una pelea este mes, programada para mañana en la noche. Es entre Em y el tipo que ocupa el primer lugar. Vuelvo a subir para ver el número de victorias. Junto al nombre de Em hay doce. Echo un vistazo al número del otro contrincante y se me hiela la sangre. Son cincuenta y cuatro.
—¡Mierda! —Me dejo caer al suelo, apoyando mi espalda contra la pared, y tecleo "Emmett McCarthy" en el buscador. Una colección de vídeos aparece. El más antiguo es de hace un mes. Presiono reproducir.
No estoy segura de lo que esperaba. Probablemente un ring de combate y algunas personas paradas a su alrededor. Al menos, así me imaginaba yo los combates de boxeo. Lo que estoy viendo no se parece en nada a eso. El vídeo comienza con una toma desde arriba, que muestra el interior de una fábrica abandonada o un almacén. En el centro, sobre una plataforma elevada, hay un ring octagonal. Alrededor de la jaula hay hombres y algunas mujeres sentados en sillas cómodas. Todos están vestidos de manera elegante, como si fueran a una reunión de negocios y no a ver un combate. Algunos incluso tienen guardaespaldas cerca.
Se abre una puerta de metal frente a la jaula y entran dos hombres. La cámara enfoca a los luchadores y por poco no lo reconozco. Emmett se afeitó todo el cabello. Sin embargo, ese no es el mayor cambio. Su postura, su forma de caminar y la expresión sombría de su rostro hacen que parezca otra persona. Sube al ring y se coloca en un lado mientras su oponente se dirige al extremo opuesto. El árbitro señala el comienzo.
Em y su rival empiezan a moverse en círculos. El contrincante lanza un golpe al costado de Em, pero este lo esquiva, le agarra la cabeza y le da un rodillazo en la cara. La sangre brota de la nariz del tipo, y aparto la vista de la pantalla. Cuando reúno el valor suficiente para volver a mirar, Em está de pie sobre su oponente, presionando la cara del hombre derrotado contra el suelo. Nunca había visto un combate de boxeo, pero tenía la impresión de que duraban por lo menos media hora. Este terminó en menos de dos minutos. El árbitro anuncia la victoria de Em y el vídeo termina. Me armo de valor y hago clic en el siguiente.
Tardo casi una hora en ver las diez primeras reproducciones. Tengo que hacer una pausa y reponerme varias veces antes de continuar. Tanta violencia. Sangre. Huesos rotos. Cada vídeo es más violento que el anterior. Me está matando ver a mi Emmett volverse tan sanguinario. Sediento de sangre. No reconozco a esta persona como el hombre con el que pasé tres meses. ¿Qué le pasó? ¿Por qué está haciendo esto? Quedan dos vídeos, sin embargo, no puedo obligarme a verlos. Me duele demasiado.
A veces, desearía que Alec no me hubiera encontrado. Sé que eso los habría destrozado a él y a mi hermana. Nya sigue culpándose, aunque le he explicado al menos cien veces que fui yo quien tomó la decisión de quedarme en el bar aquella noche. Aun así, a veces, cuando no puedo dormir, que últimamente es muy a menudo, imagino cómo sería mi vida si mi hermano no hubiera aparecido y yo me hubiera quedado en Chicago.
Sigo sin concebir por qué Emmett me abandonó. Intenté pensar en algún motivo para su comportamiento, aunque sigo sin entender.
Son casi las siete de la mañana, pero no puedo dormir. No después de lo que acabo de ver. Esperaré a que Alec y Nya se despierten y luego intentaré volver a tocar el piano. No he sido capaz de terminar una melodía completa desde que volví a casa. Al menos dos veces al día he ido a la planta baja a sentarme frente al gran piano negro, mirando fijamente las teclas. La mayoría de las veces no surgía nada de música y lo dejaba tan silencioso como cuando llegué. Otras veces, cuando realmente intentaba tocar, todas las notas sonaban mal.
Descuelgo mi suéter de la silla, salgo de la habitación y bajo a desayunar. Al pasar frente a la habitación de Alec, escucho que menciona mi nombre y me detengo. Está hablando con alguien por teléfono. Me inclino hacia delante y apoyo la oreja contra la puerta.
—No es la misma, Enzo —comenta mi hermano—. No sé qué hacer. Apenas sale de su habitación.
Hay unos momentos de silencio mientras seguramente escucha lo que dice Enzo.
—¡No! —brama Alec—. No voy a llamar a ese hijo de puta. Le dije lo que pensaba de él y de su intento de alejar a Rosie de nosotros. ¿Esconder a mi hermana y no permitir que se comunicara con nosotros? ¿Qué clase de bastardo enfermo hace eso?
¡¿Qué?! Agarro la manija y abro la puerta de golpe, con el corazón martilleándome a toda velocidad contra las costillas. Mi hermano está parado junto a la cama con el teléfono pegado a la oreja.
—¿Exactamente qué fue lo que le dijiste a Em, Alec? — exclamo.
—Te llamo luego —murmura y tira el teléfono sobre la cama.
—¡¿Qué?! —grito.
—La verdad —suelta—. Le dije la verdad, que te mantuvo oculta para satisfacer sus propias necesidades egoístas. Que utilizó a una chica joven y herida y la obligó a quedarse con él en lugar de devolverla con su familia. A su vida. Que es un bastardo enfermo. Eso es lo que le dije.
Miro atónita a mi hermano y doy dos pasos hasta colocarme frente a él.
—Él me salvó la vida, Alec.
—Cualquier persona normal habría ayudado a una mujer en apuros. Pero no habrían intentado esconderla.
Cierro los ojos. Cuando Alec vino a buscarme, solamente le conté lo que hizo Robert. Cree que pasé todo ese tiempo con Em. Esperaba no tener que llegar a esto, no tener que contarle lo que pasó durante esos dos primeros meses ni lo que me hizo esa gente. Lo que me obligaron a hacer. Debería haberlo hecho, pero no quería lastimarlo.
—Siéntate, Alec —pido, y cuando lo hace, comienzo a hablar.
Esta vez se lo cuento todo.
Cuando termino, me mira con sus ojos enrojecidos, se sujeta el cabello con las manos y se mantiene a duras penas al borde de la cama. Creo que nunca había visto llorar a mi hermano, ni siquiera cuando nos dijeron que habían matado a nuestros padres.
—¿Por qué no me lo dijiste? —Se atraganta, luego me agarra y me envuelve en un abrazo, aplastándome contra él—. ¿Por qué, Rosie? ¿Por qué? —musita.
—Estaba muy mal cuando Emmett me encontró —confieso contra su cuello—. Algo se había roto dentro de mí, Alec, y me sentía como si estuviera atrapada en un agujero negro sin ninguna forma de escapar. Él me salvó. Y no solamente mi vida. También me salvó el alma. Me ayudó a reunir todos los fragmentos rotos y a pegarlos de nuevo.
—Deberíamos haber sido nosotros —añade contra mi cabello—. Nya y yo deberíamos haber sido los que te ayudáramos a pasar por eso.
—No me atrevía a decírtelo. No quería verte a ti ni a Nya. Hubiera preferido morir antes que contarles.
—¿Por qué?
—Porque no estaba lista. Y porque te amo y no podía soportar la idea de cómo te afectaría. —Levanto la cabeza y tomo la cara de mi hermano entre mis manos—. Le rogué a Emmett que no te llamara. Le hice prometer que no te llamaría hasta que yo estuviera lista. No fue él quien me mantuvo alejada de ti. Fui yo. Fue mi decisión.
—Debí haberte mantenido a salvo —insiste Alec—. Nunca me lo perdonaré.
—Por favor, no lo hagas. No es culpa tuya.
—Voy a matarlos a todos, Rosie. A todos los que estuvieron involucrados de alguna manera.
—Em y la Bratva ya se encargaron de ellos —aseguro, y luego inclino la barbilla hacia arriba para susurrarle al oído—. Y yo maté al tipo que me secuestró.
El cuerpo de Alec se queda paralizado.
—¿Tú, personalmente?
—Sí. Después de que Em se encargó de él, le puse una pistola entre los ojos al bastardo y apreté el gatillo. —Sonrío—. Fue la mejor sensación que he tenido en mi vida, maldición.
—Bien. —Me aprieta la nuca.
—Necesito saber qué más le dijiste a Emmett. Ha estado ignorándome, no contesta mis llamadas desde que me fui.
Alec aprieta los dientes y mira hacia otro lado.
—Le dije que te mereces algo mejor, y estuvo de acuerdo.
Respiro profundamente y cierro los ojos mientras siento presión en el puente de mi nariz.
—¡No tenías derecho! —reclamo—. No tenías derecho, Alec. Es mi vida.
—Tienes veinte años, Rosie. ¡Es quince años mayor que tú!
—Sí. Y he pasado por momentos muy difíciles que la mayoría de la gente no experimenta jamás —digo con tono tajante—. Creo que me he ganado el derecho a tomar mis propias decisiones.
Sí, a veces sigo teniendo problemas para elegir qué ponerme o qué comer, pero no tengo dudas en lo que respecta a Em.
—Entonces, ¿qué pasará ahora? —pregunta—. ¿Volverás con él?
—Siempre serás mi hermano mayor, Alec. Sabes que te amo incondicionalmente. —Lo miro a los ojos—. Pero estoy enamorada de Emmett. Y quiero estar con él.
—¿Estás segura de que estás enamorada de él? ¿Quizás solamente te gusta? Tal vez...
Levanto mi mano y coloco un dedo sobre sus labios para callarlo.
—Cuando Emmett me encontró, estaba hecha un desastre, Alec. Tanto mi alma como mi mente estaban... destrozadas. Emmett hizo que me recuperara. Y mi corazón lo anhela porque él es el pegamento que mantiene unidas todas mis piezas rotas. Por favor, intenta entenderlo.
Alec me mira fijamente mientras aprieta la mandíbula.
—Voy a ir a visitarte a tu casa al menos una vez al mes. Sin avisar. Si noto algo, aunque sea lo más mínimo que me haga pensar que no eres feliz, mataré a ese ruso y te arrastraré de vuelta a casa.
—No tendrás que hacerlo. —Sonrío—. Lo amo. Estaré bien, Alec.
Mi hermano cierra los ojos y asiente a regañadientes.
