Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Fractured Souls" de la Saga "Perfectly Imperfect" de Neva Altaj, yo solo busco entretener y que más personas conozcan esta historia


Capítulo 23

Rose

Tomo mi maleta de la banda para recoger el equipaje y me dirijo a la zona de llegada, donde familiares y amigos esperan a los pasajeros. Tardo menos de cinco segundos en localizar a Ron. Está recargado en un pilar al fondo, mientras varias mujeres lo miran boquiabiertas. Cuando me ve acercarme, camina hacia mí y me quita la maleta de la mano.

—¿Iremos directamente a la pelea? —inquiero, fijándome en su cara en lugar de la gente que hay alrededor.

La mayoría de los hombres que he visto en el aeropuerto usan ropa casual, pero hay algunos en traje de negocios. Ya no me asusto cuando veo hombres trajeados, no obstante, sigo sin sentirme cómoda con ellos. Gracias a Dios, Ron tiene puesta una sudadera con capucha y jeans.

—Sí. —Asiente con la cabeza y se dirige hacia la salida mientras yo lo sigo—. Pero aún estoy esperando que me den la información sobre la ubicación.

—¿No sabes dónde será?

—Cambian los lugares a menudo para evitar las redadas de la policía. Y como es la última pelea de la temporada, el lugar exacto se enviará a dos horas de que empiece. Lo único que sé es que será en algún lugar al sur de la ciudad.

—¿Por qué? ¿Tiene algo de especial?

Ron aprieta sus labios en una línea delgada y señala con la cabeza hacia el estacionamiento.

—Estoy estacionado por aquí —comenta, evitando hacer contacto visual—. Deberíamos darnos prisa.

—¿Ron? ¿Estás ocultándome algo?

—Claro que no, cariño. —Se acerca a un sedán negro y me abre la puerta del pasajero.

Espero a que entre y arranque el vehículo y volteo hacia él. —¿Qué tiene de especial la pelea de esta noche?

—¿No viste la última pelea en la página web?

—Me dijiste que no lo hiciera —respondo—. Vi las primeras diez, pero me sentí demasiado mal como para continuar. Supuse que la última fue la más violenta.

—Lo fue —afirma—. Sin embargo, no fue por eso por lo que te pedí que no la vieras.

—¿Por qué fue entonces?

Ron guarda silencio durante unos instantes, luego respira profundamente y sacude la cabeza.

—Creo que deberías verla antes de que lleguemos, Rose. Para que te prepares.

—Prepararme ¿para qué?

Como no contesta, saco mi teléfono de la mochila y abro la página web del club de pelea. Después de ingresar al área privada, escribo el nombre de Em y me desplazo hasta el final de la página. Elijo el vídeo que me salté antes y presiono reproducir. Empieza como el resto de los vídeos, con la vista aérea, y luego los acercamientos a los combatientes. Me duele el pecho cuando la cara de Em aparece en la pantalla. Tiene el ojo izquierdo un poco hinchado y un enorme moretón en la barbilla. Cuando la cámara se aleja de nuevo, me doy cuenta de que tiene una férula desde la palma de su mano hasta la mitad del antebrazo derecho.

Me tapo la boca con la mano para ahogar un grito.

—¿Cómo le permitieron pelear si estaba lastimado?

—No hay reglas en las peleas clandestinas —explica Ron—. Mientras pueda mantenerse en pie, puede pelear.

—¿Qué pasó? —inquiero con un nudo en mi garganta.

—Se torció la muñeca en la pelea anterior a esta.

—Em es diestro. ¿Cómo puede pelear con una muñeca torcida?

—Improvisará.

Miro cómo Em y su oponente toman sus lugares en las esquinas opuestas. Están más o menos igualados en tamaño, pero el otro tipo no parece tener ninguna lesión de importancia. Suena la campana y Em y el otro contrincante se acercan al centro de la jaula. Durante unos instantes, permanecen al margen, dando vueltas, evaluándose mutuamente. De pronto, Emmett lanza un golpe con la mano izquierda al costado de su oponente. El tipo esquiva el golpe y arremete contra Em con el puño, apuntando a su cabeza. Em se deja caer y desliza la pierna justo por encima del suelo, alcanzando al tipo por detrás de los tobillos con su pie. Mientras su oponente está en el suelo, le da un puñetazo en el estómago con el codo. Casi tan pronto como el tipo se dobla, Em lo golpea en la cabeza con el puño izquierdo y luego le da una patada. Y otra más. La sangre salpica todo el suelo, algunos dientes cubren las manchas rojas.

La audiencia grita y aplaude. Em se levanta, agarra al tipo por el tobillo y lo lanza hacia el otro lado de la jaula. El contrincante cae de lado y se queda allí. La multitud enloquece. La cámara enfoca a Em, pero aún puedo ver a hombres con trajes elegantes detrás de la jaula, saltando y aplaudiendo. La vista cambia de los peleadores a la gran pantalla montada sobre la jaula. Es un anuncio de la próxima pelea. A la que nos dirigimos ahora. Debajo de las palabras "Gran Pelea Final" hay un dibujo de una calavera roja y las palabras "Combate a Muerte" también están escritas en rojo. El vídeo termina.

Bajo el teléfono a mi regazo y miro la carretera más allá del parabrisas.

—¿Estás bien, cariño? —inquiere Ron.

—No —confieso, girando la cabeza para verlo—. ¿Qué significa combate a muerte?

Mantiene su mirada fija en la carretera oscura que hay delante y aprieta el volante.

—Significa que el combate únicamente terminará cuando uno de los contrincantes esté muerto.


Pensé que había superado mi problema con los hombres vestidos de traje.

Me equivoqué.

En el momento en que entramos a la fábrica abandonada donde se llevará a cabo la pelea, me detengo en seco y me rodeo la cintura con las manos. El escenario del combate, con la jaula de alambre, está en el centro y ocupa menos de una décima parte del lugar. En el resto del espacio, que casi llena la sala, hay gente en grupos, charlando. Esta vez no hay sillas. Debe de haber al menos cien personas, la mayoría hombres. Algunos usan jeans, como Ron y yo, pero la mayoría viste ropa elegante. Un escalofrío me recorre la espalda, las ganas de darme la vuelta y salir corriendo son tan fuertes que tengo que reunir todas mis fuerzas para no moverme de mi sitio.

—¿Rose? —pregunta Ron a mi lado—. ¿Estás bien?

Cierro los ojos un segundo.

—Sí.

—No pareces estar bien, cariño. ¿Quieres...? —Estira su mano y está a punto de ponérmela en el hombro, no obstante, yo retrocedo rápidamente.

—Por favor, no me toques —murmuro—. Yo... no puedo manejarlo en este momento. Lo siento.

—¿Quieres marcharte?

Levanto la vista y lo encuentro mirándome con preocupación.

—Me quedaré.

—Bien. Permaneceremos aquí, en la parte de atrás. Si quieres irte, solo tienes que decírmelo. ¿Te parece bien?

Asiento con la cabeza y muevo la mirada hacia la jaula de combate. Está en la plataforma elevada como en los vídeos. Un hombre vestido con pantalón de vestir negro y camisa de botones sube al interior y anuncia el

comienzo del combate, pero no puedo prestar atención a lo que dice porque estoy mirando horrorizada a un hombre gigantesco como una montaña que entra a la jaula. Me tapo la boca con ambas manos para ahogar un grito.

—¡Jesucristo!, ¡mierda! —maldice Ron.

Ambos miramos boquiabiertos al oponente de Em mientras camina dentro de la jaula, flexionando sus monstruosos músculos para los espectadores. Es más alto que cualquier otro hombre que haya visto.

—¿No es necesario que los peleadores estén igualados? —susurro.

El tipo pesa por lo menos cuarenta y cinco kilos más que Emmett.

—Aquí no.

—¿Cuáles son las posibilidades de Em?

—¿Antes de lesionarse? Cincuenta-cincuenta.

—¿Y a-ahora? —balbuceo.

—No son buenas, Rose —afirma y me mira—. Vamos a esperar afuera.

Tengo tantas ganas de decir que sí, maldita sea. Ese monstruo probablemente matará a Em. Lo noté en el tono de voz de Ron, y no creo poder verlo.

—Me quedaré —musito al mismo tiempo que Em entra a la jaula.

En el instante en que mis ojos se posan en él, las lágrimas que he estado conteniendo estallan, nublándome la vista. Me muerdo el dorso de la mano, enterrando mis dientes en la piel con todas mis fuerzas, como si el dolor físico pudiera disipar de alguna forma la sensación de pavor. Em camina hacia el centro de la jaula y se detiene, evaluando a su oponente. No puedo evitar compararlos. Mi Emmett es un tipo alto y muy musculoso, pero ¿comparado con la bestia que tiene enfrente? Dios mío, es imposible que Emmett pueda ganarle.

El árbitro se da la vuelta y sale de la jaula. Suena una campana. El oponente de Em lanza un puñetazo, apuntando a su cabeza. Em se agacha y le da una patada en el estómago con el pie izquierdo. El bruto ni siquiera se mueve. Vuelve a lanzar un puñetazo, esta vez al pecho de Emmett, quien salta a la derecha, pero no lo bastante rápido, y recibe el golpe en el costado. No puedo respirar al ver cómo el oponente se acerca a él. Sin embargo, antes de que el monstruo pueda atacar, Em hace un giro de trescientos sesenta, y el talón de su pie alcanza al tipo en el cuello. No obstante, el ataque de Emmett se queda corto cuando un gran puño lo golpea en la barbilla.

Se me escapa un grito al ver cómo Em cae de rodillas. Escupe sangre e intenta levantarse, pero la bestia le da una patada en la espalda. El golpe es tan fuerte que Em acaba tendido boca abajo en la colchoneta.

—Levántate —susurro contra mi mano.

El corazón se me sale del pecho cuando veo a Emmett levantarse, apoyándose en los codos. Puede hacerlo. Sé que puede hacerlo. Está a punto de levantarse cuando su oponente se acerca de nuevo y le da una patada en el riñón. Em vuelve a caer, rodando hacia un lado. Su cara apunta hacia la jaula de alambre, justo frente a nosotros. El público enloquece. Los aplausos, los coreos y los gritos son ensordecedores. Esa maldita bestia camina alrededor de la jaula, gritándole algo a la audiencia, riéndose.

—¡Acábalo! —grita alguien del público.

Observo fijamente a Emmett, esperando a que se levante, más se queda ahí tumbado, sin moverse. Tiene que levantarse o el tipo lo matará. Salgo corriendo hacia la jaula.

Varias voces más se unen a la ovación.

—¡Acábalo! ¡Acaba con él!

La gente está parada demasiado apretujada, así que tengo que meterme entre ellos para llegar al frente. Hay cuerpos tocándome por todos lados, dándome ganas de vomitar, pero sigo empujando hacia delante.

—¡Acábalo! ¡Acaba con él! —vociferan a mi alrededor.

Finalmente llego a la jaula y mis ojos vuelven a encontrar a Emmett. Sigue tirado en el suelo, con su cara volteada hacia mí, aunque no creo que pueda verme.

—¡Em! —grito con todas mis fuerzas y salto hacia la jaula.


Emmett

—¡Em! —Escucho el grito de una mujer.

Parpadeo y enfoco a la persona que se aferra al exterior de la jaula de alambre.

—¡Levántate! —exclama, agarrando la estructura de malla con sus dedos—. ¡Por favor!

Cierro los ojos. Como si no fuera suficiente con soñar con ella todas las noches, ahora alucino con que está aquí.

—¡Emmett! ¡Mírame!

Cuando abro los ojos, sigue ahí, a escasos metros de mí. Si estiro la mano, podría tocar sus dedos, que están agarrados al alambre, sacudiéndolo. —¡Por favor, amor! ¡Levántate!

Se me corta la respiración.

—¿Mishka?

Mientras observo, uno de los hombres de seguridad se acerca a Rose por detrás y, rodeándola por la cintura con su brazo, la retira de la jaula. Ella se aferra con más fuerza a la malla metálica.

—¡Ya viene! —gimotea Rose, mirando hacia algún lugar detrás de mí—. ¡Levántate!

El tipo sigue jalándola, gritando algo. Los dedos de Rose resbalan de los eslabones. Cuando el guardia se la lleva, una rabia estalla en mi pecho. ¡Se atrevió a tocarla! ¡Le puso sus sucias manos encima a mi chica y tiene puesto un puto traje!

Ruedo sobre mi estómago y me levanto para mirar a mi oponente. Está parado en medio de la colchoneta, observándome, bloqueando mi salida. Me lanzo hacia él. Cuando mi codo golpea su diafragma, el aire sale de sus pulmones y se inclina hacia delante. Le agarro la cabeza y le doy un rodillazo en la cara. Se tambalea. Mi salto sobre su espalda es rápido. Una vez que tengo mis brazos rodeándole el cuello, aprieto, aplicando presión en la parte posterior de su cabeza y forzando al mismo tiempo mi antebrazo contra su tráquea. El tipo empieza a sacudirse, intentando lanzarme. Sin dejar de estrangularlo, le rodeo el torso con las piernas y clavo mis talones bajo sus costillas, apretando aún más mi agarre. Se agita unos segundos más antes de caer de rodillas y luego de costado, mientras yo sigo colgado de su espalda. Sigo apretando, escuchando los sonidos resollantes que salen de su garganta. De algún modo, los escucho a pesar del estruendo de la multitud que nos rodea. Su cuerpo se vuelve flácido. Y le rompo el cuello. La multitud enloquece. Me levanto y corro hacia la salida de la jaula.

El tipo de seguridad aún tiene a Rose y la lleva hacia la parte de atrás, donde otros tres matones sujetan a Ron. Un gruñido letal sale de mi boca mientras corro hacia ellos. El mar de gente se abre y me deja pasar. En cuanto alcanzo al imbécil que sujeta a Rosie, le rodeo el cuello con los dedos y aprieto. Su agarre sobre Rose se afloja. En cuanto se libera, suelto el cuello del hombre, lo agarro por detrás de la chaqueta y lo arrojo hacia un lado.

—Em—susurra Rose detrás de mí.

Volteo hacia ella y simplemente la miro. Pensé que nunca la volvería a ver, y tenerla aquí, parada frente a mí, me está destrozando por dentro.

—¿Qué haces aquí? —bramo. Estar tan cerca de ella otra vez me está matando.

Le tiembla el labio inferior mientras me observa. Le tiembla la mano que apoya sobre su delgado cuello. Intenta mantener su mirada fija en la mía, sin embargo, sus ojos se desvían hacia un lado cada dos segundos. Echo un vistazo a la izquierda, hacia donde ella sigue mirando, y me doy cuenta de que algunas personas del público se han acercado y están de pie a unos pocos metros. La mayoría son hombres elegantemente vestidos. ¡Con trajes y corbatas, maldición!

—Mierda, nena —murmuro y doy un paso hacia delante, envolviéndola entre mis brazos y bloqueando su vista de la multitud—. Vamos afuera. ¿De acuerdo?

Ella levanta su cabeza y, después de un segundo de indecisión, pone sus manos sobre mi pecho. Cierro mis ojos e inhalo profundamente. Es muy duro que me esté tocando, tenerla tan cerca, sabiendo que tendré que verla marcharse de nuevo, para volver a los brazos de ese hijo de puta engreído al que vi besándola. Pero ya llegué a la conclusión de que soy un bastardo egoísta, y voy a aprovechar esta oportunidad para volver a sentirla entre mis brazos, aunque sea por poco tiempo.

Abro los ojos y la miro.

—¿Quieres montarte?

La sonrisa que se dibuja en su rostro mientras me acaricia el pecho con sus manos es como un cuchillo que se clava en mi corazón. Me agacho y la cargo en mis brazos. Los brazos de Rose me envuelven el cuello como tantas otras veces.

—Suéltenlo —ordeno por encima de mi hombro a los tipos que aún retienen a Ron y cargo a Rose hacia afuera.


Rose

No consigo saciarme de su aroma. Sí, también hay sudor y sangre, pero debajo de todo eso, está el olor que asocio con la felicidad. Seguridad. Amor. Hogar. Emmett. Aprieto aún más mis piernas y mis brazos alrededor de él, entierro mi cara en el pliegue de su cuello e inhalo. Lo extrañé demasiado.

Una puerta se cierra detrás de mí y Em sube al asiento trasero del sedán de Ron. Incluso cuando está sentado, me niego a soltarlo y me pego más a su pecho. Subo mi mano por su nuca, pero en lugar de sus mechones de cabello castaño, unos cortos cabellos me hacen cosquillas en la piel de mi palma.

—¿Por qué te afeitaste el cabello? —indago junto a su oído y rozo con un beso el costado de su cuello.

—Porque alguien podría haberlo usado para sacar ventaja durante una pelea —responde con frialdad.

Retiro mis manos del cuello de Em y me inclino hacia atrás para mirarlo. Su mano izquierda está en mi espalda, acariciándome por encima de la tela de mi camiseta.

—¿Por qué estás aquí, Rosie? ¿Ron te hizo venir?

—No —replico y agarro su cara con mis manos—. Yo hice que Ron me trajera aquí.

—¿Por qué?

Miro sus tristes ojos grises y me inclino hacia delante, presionando mis labios contra los suyos. Tiene la boca apretada y no reacciona.

—Porque te amo —confieso contra sus labios rígidos. El cuerpo de Em se tensa bajo el mío.

—¿Y qué pasó con tu novio?

—¿Qué novio, amor?

—No hace falta que mientas. Lo sé.

Me enderezo sobre su regazo y lo miro confundida.

—¿De qué estás hablando?

Aprieta los dientes.

—Fui a verte el mes pasado. Los vi besándose frente a tu casa, Mishka.

¿Qué demonios? Eso no tiene sentido. Hoy es la primera vez que salgo de casa desde que volví a New York. No tenía ganas de ver a nadie ni de ir a ningún lado. A no ser que...

Sacudo la cabeza, tomo mi mochila y saco mi teléfono.

—¿Esta es la yo que viste besando a un tipo? —pregunto y giro la pantalla hacia él.

Em baja la mirada hacia el teléfono, luego me lo arrebata de la mano y observa más de cerca la foto en la pantalla.

—Tienes el cabello más corto aquí. —Pone sus ojos en mí y toma un mechón de mi cabello entre sus dedos—. Y estaba más corto cuando te vi.

—La mujer que viste era Tanya. Mi hermana. —Sonrío—. Somos gemelas idénticas. Pensé que te lo había dicho.

Em suelta mi cabello y me agarra de la nuca.

—¿No eras tú?

—Claro que no era yo. Ni siquiera puedo soportar la idea de tocar a otro hombre que no seas tú.

Aprieta la mandíbula y apoya su frente contra la mía.

—Te quedarás —suelta entre dientes—. Sé que soy egoísta. Y sé que te mereces algo mejor. Pero me importa una mierda, Rosie. Te quedarás. Y si alguien intenta alejarte de mí, lo mataré allí mismo.

—Si vuelves a ignorar una de mis llamadas, no sabrás qué te golpeó.

Em choca su boca contra la mía. Su mano se acerca a mi cara y me roza la mejilla con sus dedos llenos de callos. Su brazo alrededor de mi espalda me aprieta la cintura, casi aplastándome. Tomo su labio inferior entre mis dientes y lo muerdo, luego le beso la barbilla hasta el cuello y vuelvo a inhalar su aroma. Cuando estoy saciada, vuelvo a su boca y dejo que sus labios devoren los míos. No se parece a ningún otro beso que hayamos compartido. Amor. Rabia. Dolor. Arrepentimiento. Anhelo. Recuperación. Hay mucho, y al mismo tiempo, no hay suficiente.

—¿A dónde vamos, tortolitos? —Ron pregunta desde el asiento del conductor.

—A casa —replica Em contra mis labios.

—A casa. —Asiento con la cabeza.


—Puedo caminar —anuncio mientras Em me carga al interior de su edificio. No me dejó moverme de su regazo en todo el camino.

—Lo sé. Pero no voy a soltarte —declara mientras se acerca al guardia de seguridad del vestíbulo para pedirle una llave de repuesto. El pobre hombre se sorprende al ver a Em vestido únicamente con sus shorts de combate, ensangrentado, con los pies descalzos y conmigo colgada de él.

Aprieto más a Em y entierro mi cara en su cuello, donde permanezco hasta que llegamos a su apartamento. Me lleva directamente al baño de su habitación y me baja junto al lavamanos.

—Necesito ducharme —pronuncia.

—De acuerdo. —Concuerdo, me quito mis lentes y procedo a quitarme la ropa. Em se quita los shorts y los bóxers y comienza a retirarse las vendas de su mano izquierda. Me acerco y me encargo de ello, revelando los nudillos ensangrentados que tiene debajo.

—¿Seguirás peleando? —susurro, rozando su piel lesionada—. No creo que pueda soportar verte entrar de nuevo en esa jaula, Em.

Su mano toma mi mejilla e inclina mi cabeza hacia arriba. —Entonces no lo haré.

Estoy de acuerdo y miro la férula de su mano derecha.

—¿Puedes mojarla?

—No —responde y la desata.

Cuando se quita la férula, noto algo nuevo tatuado en el dorso de su mano, pero no tengo tiempo de observarlo con detalle porque me agarra por la cintura y me lleva al interior de la ducha.

—Déjame verte la cara. —Le hago un gesto con la mano para que se agache. Em abre la regadera, pero en lugar de agacharse, se pone en cuclillas frente a mí. El agua cae sobre él, pequeños riachuelos ruedan por su rostro lleno de moretones. Tiene un aspecto horrible.

—¿Por qué lo hiciste? —inquiero, rozando con la punta de mis dedos los cortes y moretones que tiene por toda la cara—. ¿Por qué volviste a pelear después de tantos años?

—Esperaba que, si me golpeaban la cabeza suficientes veces, me olvidaría de ti. No funcionó, Mishka.

—Qué bueno. —Tomo el jabón de la repisa y me enjabono las manos.

Em no se mueve de su posición en cuclillas, se limita a mirarme con la cabeza inclinada hacia arriba mientras le limpio la sangre y la mugre de su perfil. Intento ser lo más cuidadosa posible, sobre todo con los moretones de la barbilla y debajo del ojo. Cuando termino, continúo con su cabello corto.

—Ahora el resto —comento.

Se levanta y deja que le lave el pecho y la espalda. Tiene más moretones, en el costado, el estómago y algunos en la espalda, visibles incluso bajo sus tatuajes.

—Por Dios, amor. —Rozo con mi mano una marca morada que se ve muy mal en su estómago.

Sus brazos están un poco mejor. Le lavo el izquierdo y paso al derecho, empezando por el bíceps y bajando hasta la muñeca, que está ligeramente hinchada. Le enjabono la piel con mucho cuidado, luego pongo su mano bajo la regadera y veo cómo el agua se lleva la espuma y deja al descubierto el nuevo tatuaje. La imagen es una rama cubierta de espinas, hecha con tinta negra, con sus afiladas espinas apuntando en todas direcciones. Encima hay un pájaro rojo volando con sus suaves alas extendidas. Es hermoso y triste al mismo tiempo. Pongo la punta de mi dedo sobre el dibujo y trazo la forma del pájaro.

—Eres tú —confiesa Em y me acaricia la mejilla con el dorso de su otra mano.

—¿El pájaro?

—Sí.

Levanto la vista del tatuaje y veo que sus ojos me observan. —Solo hay un pájaro —añado—. ¿Dónde estás tú?

—No estoy ahí. Solo tú.

—¿Por qué?

Inclina su cabeza para susurrarme al oído.

—Porque no quedó nada de mí después de que te fuiste volando, Mishka.

Aprieto fuertemente mis ojos, pero aun así se me escapan las lágrimas. El agua de la ducha cae en cascada sobre nosotros, recordándome el día en que entró a la regadera completamente vestido. Rodeo su cuello con mis brazos y aprieto mi mejilla contra la suya.

—No debiste abandonarme.

—Lo sé. —Su brazo me rodea y me aprieta contra él—. Quería algo mejor para ti.

Coloco mi mano entre nuestros cuerpos y envuelvo su dura longitud con mis dedos. En cuanto comienzo a acariciarlo, se hincha aún más.

—Ven conmigo. —Agarro su mano. Lo saco de la ducha y me sigue hasta la habitación. Cuando llegamos a la cama, le doy un ligero empujón en el pecho hasta que se recuesta.

—No hay nadie mejor que tú, Em —aseguro mientras me subo a la cama y me siento a horcajadas sobre sus piernas—. Eres el único hombre que amo.

Tomo su miembro en mi mano y lo inclino para lamer la punta. La mano de Em se levanta y agarra un puñado de mi cabello.

Mientras chupo, lentamente al principio, luego más rápido, su agarre en mis mechones se mantiene firme. Su respiración se vuelve agitada, así que comienzo a lamer. Me encanta esta sensación de euforia que me recorre el pecho cuando veo cómo pierde el control. Nunca habría imaginado que disfrutaría dándole sexo oral a un hombre, ni lo mucho que me excitaría. Pero este es mi Em. Y quiero hacerlo todo con él. Vuelvo a metérmelo en la boca, hasta el fondo, y gruñe mientras su semen caliente estalla en mi garganta. Me lo trago todo.

Su pecho sube y baja rápidamente cuando me subo encima de él. Su mano sigue enredada en mi cabello, aferrándose a él como si fuera su salvavidas.

—Te amo —susurro—. Muchísimo.

Me mira fijamente unos instantes y luego aprieta los labios con fuerza.

—¿Estás segura, Rosie?

—Estoy segura. —Me inclino y beso su frente—. ¿No te das cuenta?

Me suelta el cabello deslizando su mano alrededor de mi cuello para sujetarme la cara e inclinar mi cabeza hacia arriba. Espero verlo sonriendo, pero la expresión de su rostro es seria.

—Eres muy joven, nena. —Empieza a decirme mientras me acaricia la mejilla con su pulgar—. ¿Y si conoces a alguien un día y decides que esto... nosotros... no es lo que quieres? No creo que pueda sobrevivir ver cómo te marchas otra vez, Mishka.

Lo contemplo durante un minuto, estudiando sus labios marcados, su nariz torcida y sus ojos de color gris metálico que a veces dicen más que sus palabras.

—¿Qué es el amor para ti, Emmett? —Curioseo y acaricio su cara con el dorso de mis dedos.

—La sensación de no estar nunca lo suficientemente cerca. —Su otra mano se acerca a mi nuca, apretando ligeramente—. Tengo la necesidad de absorberte de alguna manera en mi pecho, para que siempre estés conmigo. A salvo de cualquier daño. Solamente mía. Para siempre.

Abro la boca para decir algo, sin embargo, me calla estrellando sus labios contra los míos.

—Te amo hasta el punto de volverme loco, Rose —susurra contra mi boca—. Y realmente necesito que estés segura. Por favor.

Le muerdo el labio inferior y luego recorro su cuello con besos hasta llegar a su corazón. Puedo sentir cómo late con fuerza. Con un último beso sobre su pecho, me levanto de encima de su cuerpo y me dirijo al armario. Abro el cajón y deslizo mis dedos sobre las corbatas cuidadosamente dobladas hasta llegar a la de color vino oscuro. No es exactamente roja, pero se acerca bastante. La saco y vuelvo a la habitación. Los ojos de Em me siguen mientras me dirijo a la cama, con la mirada fija en la corbata que sostengo.

—¿Mishka? —Se endereza hasta sentarse en el borde de la cama—. ¿Qué haces?

—Quiero enseñarte lo que es el amor para mí. —Me coloco entre sus piernas y tomo su mano, poniéndola en mi pecho, justo sobre mi corazón—. Nunca me preguntaste por qué me asustaban las corbatas. Uno de los primeros clientes usó su corbata para estrangularme mientras me cogía. Pensé que iba a morir esa noche —confieso y levanto la mano que sujeta la corbata, luego envuelvo la tela sedosa alrededor de mi cuello.

—Rosie, no. —Em intenta agarrar la corbata, no obstante, tomo sus dedos entre los míos y vuelvo a poner su mano sobre mi pecho.

—¿Sientes que mi corazón late más rápido de lo normal? —Muevo su mano un poco hacia arriba y a la izquierda—. No. ¿Mi respiración se está volviendo irregular? No es así.

Con mi mano libre, tomo un lado de la corbata que está colgando libremente sobre mi parte frontal, la envuelvo alrededor de mi cuello dos veces y meto el extremo en la mano de Em que descansa sobre mi clavícula.

—La semana pasada intenté ayudar a Alec con su corbata. Adoro a mi hermano y sé que nunca haría nada para lastimarme. Me temblaban tanto las manos que le pedí que lo hiciera él mismo. —Levanto mi mirada para encontrarme con la de Em—. ¿Ves que mis manos estén temblando en este momento?

—No, nena —contesta con voz entrecortada.

—Cada parte de mí está enamorada de ti, Em. Mi cuerpo. Mi mente. —Envuelvo sus dedos alrededor del extremo de la corbata y, manteniendo mi mano sobre la suya, la jalo. El material sedoso me aprieta el cuello—. Incluso mi subconsciente sabe lo grande e incondicional que es ese amor. Así que, sí. Estoy segura.

Suelto su mano y le sostengo la mirada mientras me desenreda la corbata del cuello. Lo hace despacio, con cuidado de no apretar la tela, y la tira al suelo.

—De todas formas, voy a deshacerme de todas ellas. —Me toma en sus brazos y me arroja sobre la cama.

Reboto dos veces, riéndome. Em se sube a la cama, pero en lugar de colocarse encima de mí, me toma del tobillo y levanta mi pierna hacia su boca, besándome los dedos de los pies. Suelto una risita e intento zafarme de él, mas no me suelta.

—¡Para! —chillo.

—Eso no pasará —decreta y acerca sus labios al arco de mi pie.

Cuando sus labios encuentran el punto supersensible del lado interior de mi tobillo, apoyo mi otro pie en su pecho e intento empujarlo sin éxito.

—¡Me haces cosquillas! ¡Em! ¡No, ahí no!

—En todas partes, Mishka. Pienso cubrir todo tu cuerpo de besos. Todos los días.

Recorre mi pierna con besos hasta llegar a mi sexo. Siento su cálido aliento mientras me lo besa suavemente antes de enterrar su cara entre mis piernas y chuparme el clítoris. Sus manos se deslizan por mis piernas y me levantan el trasero. Me atraganto al respirar y me agarro a la cabecera por encima de mi cabeza, aferrándome con todas mis fuerzas a la par que él desliza su lengua dentro de mí. Me tiemblan los muslos y los brazos como si tuviera fiebre, y mi mente se queda en blanco, concentrada únicamente en la sensación de su lengua dentro de mí. De pronto, su boca desaparece, pero un instante después, siento su longitud entrando en mí. Ni siquiera está completamente adentro y yo ya estoy a punto de venirme.

La mano de Em me agarra la nuca. Abro los ojos y veo que se cierne sobre mí, tan imponente y con aspecto salvaje, con tanto tatuaje. Mi rey de la montaña. El hombre más hermoso, por dentro y por fuera.


Emmett

No puedo apartar mis ojos de los de Rose. Es como si me tuvieran esclavizado. Aún me cuesta creer que sea mía. Lentamente, la saco y vuelvo a penetrarla, lo más profundamente posible. Un pequeño gemido sale de sus labios mientras sus delicados brazos se tensan y agarran la cabecera de la cama. Los sonidos que emite son adictivos. La saco de nuevo, la rodeo con mi brazo y le doy la vuelta.

—Ojalá tuviera palabras para explicarte lo mucho que te amo — admito junto a su oído y beso su oreja.

Dejo que mis manos se deslicen por su espalda mientras la recorro lentamente con besos hasta llegar a su trasero. Su piel es tan suave que no parece real, y siento una ligera punzada de arrepentimiento al clavarle los dientes en la nalga. Luego beso ese punto y me coloco entre sus piernas, penetrándole el coño, absorbiendo cada uno de sus jadeos y gemidos. Muevo mi mano izquierda más abajo, entre sus piernas, y le acaricio el clítoris. Su cuerpo tiembla bajo mis caricias mientras mi mano derecha recorre su espalda. Ojalá pudiera tocarla por todas partes al mismo tiempo. Me muevo dentro de ella a un ritmo constante durante unas cuantas embestidas, y luego aumento el ritmo. Rose baja su cabeza hacia la almohada y levanta más el trasero.

—¡Más fuerte! —grita y vuelve a agarrarse de la cabecera.

La agarro de las caderas y la penetro con fuerza. Sus paredes se estremecen alrededor de mi polla y, cuando la escucho gemir mi nombre al correrse, pierdo el control. La cabecera golpea contra la pared mientras la penetro como un hombre poseído.

—¿Eres mía, Mishka? —suelto entre embestidas. La necesidad de escucharla decirlo me está volviendo loco.

—Siempre. —Exhala Rose.

Hay tantas cosas que desearía haber tenido en mi vida, pero nada se compara con que sea mía. Mientras la tenga a ella, no necesito nada más.

—¡Mía! —Me corro con un rugido, derramando mi semilla dentro de ella.

Arrimo a Rose contra mi cuerpo y la cubro con las sábanas. Hace calor en la habitación, pero siempre me preocupa que tenga frío.

—¿Tu familia sabe que estás aquí?

—Sí —confirma contra mi cuello.

—¿Y saben que no volverás a casa? —pregunto.

He estado temiendo este momento. No quiero pelearme con su hermano, pero no dejaré que se la lleve otra vez. Jamás. Y si tengo que darle una paliza para que lo entienda, que así sea. ¿Qué pasará si no puede soportar estar separada de ellos?

—Solo tengo un hogar. —Levanta su cara para mirarme directamente a los ojos y sonríe—. Tú. Tú eres mi hogar ahora.

Algo pasa dentro de mi pecho en ese momento. El corazón me da un vuelco y luego siento cómo algo se acomoda en su lugar. Finalmente, los bordes rotos encajan.