Gracias a mi cómplice Li por su lectura previa. Los errores siguen siendo míos.
Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Capítulo 7
― ¿Y nuestro trato?
Me sorprendo al cuestionarlo. En mi interior mantengo la sensación de que no quiero irme, puedo interpretar que no tengo valor para enfrentar mi realidad con mi familia y amigos.
Lanzo en la cama mis pertenencias, sin importar hablar con los míos.
Edward da media vuelta y lo sigo a paso presuroso. En veinticuatro horas he andado tras sus pasos como si fuera una cría en busca de aprobación ―ruedo los ojos.
Salgo a cubierta. El cielo está estrellado en lo que parece ser una noche tranquila y apacible en el mar.
― No sé, Isabella ―reniega― no sé si sea buena idea.
Camino lentamente quedando detrás de él. Es tan alto, que sin importar que no pueda moverlo, tengo un impulso por tirar de su brazo y hacerlo mirarme.
― Solo dime qué hacer y lo hago, ¿qué plan tienes en mente?
Suspira hondo y lleva sus manos a los bolsillos. Me enoja que no se digne a voltear a mirarme.
Doy tres pasos más y me quedo a su lado. Me mira de soslayo.
― Te di tu libertad, Isabella.
― No la quiero. ¿Y sabes por qué? Porque en el fondo sigo siendo la misma idiota del que todo mundo se aprovecha, nunca he tenido suficiente valor para llevarle la contraria a mi padre, para desobedecer a mi madre y tener la valentía para enfrentar a mi hermano. Esa soy yo, la que acepta sin protestar los mandatos de otros ¿y yo?
― Eres muy noble. Aún existe inocencia en ti y créeme que no quiero intervenir. Mejor pediré a McCarty que te atraque en el puerto más cercano.
― ¿Quién es McCarty? ―pregunto.
― Mi mejor amigo. El tipo que conociste y anda por aquí, es el capitán.
Sin pensar volteo hacia la cabina. Mis ojos lo divisan y el tipo grandulón levanta la mano, saludándome.
― Pensé que estábamos solos ―articulo en voz alta.
Edward se vuelve por completo a mí, flexiona levemente sus piernas e, inclina su rostro.
― ¿Te gustaría que estuviéramos solos?
Cierro un instante los ojos. Tan solo un par de segundos para componer mis emociones, no puedo creer que su voz puede seducir cómo lo hace.
― No. Solo que no he visto a nadie más aquí que no sea a tu amigo Laurent y… ¿cómo dices qué se llama el capitán?
Sonríe destilando tanta fanfarronería.
― Emmett McCarty ―pronuncia―. El capitán McCarty es Emmett, uno de mis mejores amigos y socios. La persona que cocina es Sue.
― Espera, ¿hay otra persona más aquí?
― Isabella, no sé dónde tienes tu mente y ojos. Sue está en la cocina y ocupa el camarote del final, es quien nos alimenta.
Una vez más pierdo mi vista hacia el interior del yate. No puedo creer que sea la persona más despistada sobre la faz de la tierra, porque no recuerdo haber visto a nadie más. Pero, entonces mis dudas surgen de nuevo.
― ¿Me drogaste? Es por eso que me cuesta recordar.
― Se llama amnesia alcohólica, tuviste un bloqueo debido al exceso y supongo que no estás acostumbrada a beber.
― No. Nunca había bebido, fue mi primera vez.
― Y no vuelvas a hacerlo ―sentencia con voz fría―. Pudiste terminar en una sala de urgencia o lo que es peor, morir ―me mira detenidamente y su expresión de enfado cambia por una sonrisa indulgente, sus dedos juegan con mi cabello―. Los recuerdos irán apareciendo conforme pasen las horas, no te preocupes.
― ¿Me dirás cómo ayudarte?
Sonríe.
― Tenemos dos meses para ponernos de acuerdo. Solo quiero que estés segura que realmente quieres estar conmigo, Isabella.
Me da un guiño y se aleja.
Camino hacia la baranda y apoyo mis brazos, me quedo contemplando el mar oscuro.
Deslizo sutilmente el anillo de compromiso que sigo usando, es patético, sí, y necesito deshacerme de él.
Necesito olvidar promesas, borrar mentiras de mi mente y despejar mi cabeza.
Mis ojos siguen en la oscura del agua; no pienso tan solo mantengo mi cabeza en frío.
Ha sido suficiente lo que lloré hace una semana, no pretendo volver a lo mismo.
― Vete a la mierda Sam ―lanzo el anillo a las profundidades del mar.
Camino de vuelta al interior. No sé qué me hace sonreír, sin embargo estoy sonriendo como idiota.
Recorro la estancia; la sala de cine, el despacho y llego al gimnasio. Edward está golpeando la pera, llama mi atención que está concentrando mientras sus puños cubiertos por guantes siguen soltando golpes.
A pesar de ser delgado se nota que le gusta mantenerse ejercitado.
Lo veo fijamente y me pierdo en su rostro perlado de sudor.
― Edward ―pronuncio en voz alta. Se fija en mí y detiene sus golpes― estoy de tu lado, acepto quedarme y ayudarte en recuperar lo que te robaron.
Camina hacia mí. Mis ojos están fijos en una parte que sobresale en su bermuda, se que no debo ser morbosa y me obligo a dejar de hacerlo, centrándome en sus orbes verde esmeralda que siempre parecen estar fieros.
― ¿Estás segura?
― Sí. Prefiero quedarme contigo.
Echa su cabeza hacia atrás, dejando libre sus ojos del pelo húmedo que cae en su frente.
― Necesito que te mantengas fuerte, que nunca calles lo que quieras decir, que me lleves la contraria cuando sea necesario, que aprendas a dominar tus miedos, Isabella.
― Pides mucho de mí.
― Es lo justo. No puedes permitirle a nadie que hagan lo que quieran de ti, no les des ese poder de verte destruida. Prométeme que no te dejarás.
― Lo haré con una condición ―levanto el mentón―. Enséñame defensa personal, quiero aprender kickboxing.
Levanta una ceja. Su mirada es divertida y sexy, sé lo qué imagina, al menos lo intuyo.
― Como entrenador soy bastante rudo.
― No me importa ―respondo.
― Está bien. Empezaremos mañana antes de que salga el sol ―me tiende sus manos cubiertas por guantes y yo choco mis puños en ellos. Ríe―. Ayúdame a quitarlos.
Torpemente empiezo a desmontar la cubierta acolchada de sus manos. Remuevo las vendas que cubren su piel y me sorprendo al ver la alianza en su dedo anular.
― Usas el anillo ―medito en voz alta.
― Lo hago. Porque, aunque hayamos sido idiotas, estoy casado contigo.
Entierro mis dientes en mi labio inferior, sé qué está viendo mis dedos porque no uso el anillo.
― Lo que no me queda claro es si vamos a llevar una vida de pareja ―reflexiona―. A mí me encantaría cogerte en las mañanas, tardes y noches.
Mis mejillas se calientan.
Edward no está acostumbrado a reservar sus comentarios.
Por un momento pienso que su idea no es tan descabellada. Observo sus ojos y me atrevo a decir que tiene un brillo distinto, hay lujuria.
― ¿Crees que nosotros podamos más que pernoctar en la cama? ―pregunta de una forma tan normal que sé está hablando en serio.
Sigo mordiendo mis labios. Ahora de manera fuerte hasta que siento puedo cortar mi piel.
― Eres demasiado atrevido ―sostengo sus manos, son muy grandes y fuertes entre las mías.
― ¿Te molesta mi atrevimiento?
Encojo mis hombros. No es que me moleste, simplemente que soy tan tímorata que no puedo romper la barrera.
― Quizá si me das tiempo para acostumbrarme a tu forma de ser, pueda estar prevenida para tus comentarios.
― De acuerdo, me gusta la idea y estoy convencido que no te arrepentirás, Isabella.
Me sorprende besando fugazmente mis labios.
― Bien ―asiento levemente con la cabeza―, me iré a dormir.
― No has visto tu iPhone, verdad ―acierta.
― ¿Debería?
Exhala.
― No te gustará lo qué verás. Anda, te acompaño ―lleva su mano a mi espalda baja, invitándome a caminar.
Estoy de nuevo nerviosa.
¿Qué puede ocurrir?
Hola. Manténganse pacientes, no puedo soltar todo el drama en los capítulos, esto va poco a poco para que se disfrute mejor. ¿Les gustaría un capítulo por Edward?
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