La gravedad lo atraía cada vez más y más hacia su muerte segura. Po descendía por el acantilado a una velocidad imposible. Más rápido con cada segundo que pasaba. Su kimono negro se agitaba con las ráfagas de viento, mientras el manto de niebla le impedía cuanto le quedaba para llegar a su tumba. Aún así, Po no mostró miedo en lo más absoluto, pues... comparado con saltar desde el Templo de Jade hasta el pueblo del Valle de la Paz, esto apenas era un pequeño brinco.

Entonces, la niebla se disipó de golpe. Solo cien metros lo separaban del duro concreto, y la tejas de barro de una de los edificios de la ciudad. Po adquirió una pose serena, tranquila, nada acorde a la situación en la que se encontraba en ese momento.

Po adquirió una pose serena, tranquila, nada acorde a la situación en la que se encontraba en ese momento Menos más que nadie estaba mirando a esa hora de la noche, o hubiese creído que había perdido la cordura. Con una gracia imposible para un ser tan grande, Po cayó sobre el tejado apoyando sus pies con la gracia de un cisne, deslizándose poco más de dos metros hacia el saliente del tejado hasta volver a encontrarse presa de la gravedad, dando una voltereta imposible hasta aterrizar como una pluma sobre los adoquinas de la calle. No hubo un minúsculo ruido. NI una señal que mostrase su presencia. Algo que aprendió bien de Tigresa.

Ahora, Po se alzaba lentamente, abatido más moral que físicamente. El sabor de la traición no era nada agradable, pero eso no podía detener su contienda. El rostro del panda mostraba su decepción y determinación.

Un paso detrás de otro Un paso detrás de otro. Po se movía como un espíritu vengativo por las vacías calles de Juniper. Sobre su cabeza, una espeluznante luna roja manchaba con tonos carmesí todo a su paso. Era imposible saber si tal evento era meramente natural, o eran los espíritu del más allá temblando ante su furia. Y mira que oportuno... Justo ahora estaba comenzando a llover.

Pero ni siquiera las frías gotas de agua que caían desde los cielos eran capace de frenat su colérico avance. Agua que tal vez, y solo tal vez, era un intento en vano del destino para calmar su cólera, pero eso no era suficiente.

Aún así, el panda se detuvo. Algo lo había sujetado de la mano derecha, y su mirada cargada se desprecio se desvió hacia quienquiera que se atreviese a interrumpir su camino. Mas, ese rostro sanguinario tuvo que disiparse cuando se percató que aquella que lo detuvo, fue una de los conejos infantes con los que Zhen había compartido su comida apenas unas horas atrás. Una niña aterrada por la mirada asesina que Po le dedicó involuntariamente.

Po: - ¿Qué estas...? - Tomó un segundo para calmarse. - ¿Qué ocurre, pequeña? ¿Qué estas haciendo aquí? -

Niña: - Eres... el amigo de Zhen... ¿Dónde está ella? -

Po: - Yo no soy su... - Po iba a decir algo bastante fuerte, pero esos ojos inocentes no eran culpable de nada. - Ella está... Ocupada en este momento. -

Niña: - ¿Cuando volverá? -

Po: - Yo... Yo... no lo sé. -

Niña: - Ya... Ya veo. -

Po no pudo hacer más que suspirar con pesar al ver como la pequeña se deprimía. En su sano juicio sería incapaz de contar la verdad. Por suerte, una tercera voz se hizo presente.

Han: - Allí estás. Te he buscado por todas partes señorita. Oh... Hola pan... No puede ser. -

El pangolín quedó estupefacto, ahora que la tenue luz roja de la luna le permitía ver el rostro del misterioso acompañante de Zhen. Los niños eran demasiado jóvenes para saber quien era, pero cada habitante de China era perfectamente capaz de reconocer a aquel que portaba el título de Guerrero Dragón, y gran maestro de Valle de la Paz.

Han: - Niños... Regresen al refugio de inmediato.

Niño: - Pero... -

Han: - Ahora. -

Las palabras del pangolín fueron severas, y los niños sabían muy bien cuando podían desobedecer y cuando no. Y esta definitivamente no era una de las ocasiones que podían. Ahora que estaban solos, el rostro de Po volvió a tomar esa mirada desconfiada hacia el que supuestamente fue el tutor de la ladrona.

Han: - ¿Donde esta Zhen? -

Po: - Libre... Pero no por mucho tiempo. -

Han: - Se quien eres panda... Se a qué has venido... -

Po: - Entonces sabes que no debes interponerte en mi camino. - Respondía con una notable amenaza.

Han: - Ella no es culpable de nada... Sea lo que sea que halla hecho... Ella es más que lo que vez. -

Po: - ¿Y crees que eso importa? -

Han: - No la conoces... No saben quien es. -

Po: - Oh... Créeme... Se muy bien quien es. -

Han: - No... Solo conoces el exterior. -

Po: - ¿¡Y CREES QUE ESO CAMBIA ALGO DE LO QUE HECHO!? -

Han: - Lo cambia todo... No sabes lo que ha sufrido... No sabes por lo que ha pasado. -

Po: - Uno es responsable de sus actos... Independientemente de su pasado. -

Han: - Lo es... Lo es y yo más que nadie soy consciente de ello... No sabes lo que es que tus padres sean asesinados frente a tus ojos con solo cinco años... No sabes lo que es vivir en la basura, rapiñando sobras podridas para poder comer algo... No sabes nada... Robarle a la Camaleona fue el peor error de su vida, si... Pero nunca perdió su corazón... Nunca olvidó a aquellos que le dieron techo... Y aún así... Comparte las pocas migas que esta déspota vida le da... Créeme... Tu no sabes nada. -

Incluso el rostro apático de Po se relajó un poco al ver al pangolin dejar escapar una lágrima de sus ojos. Una lágrima muy similar a la de un padre frustrado... impotente. Una que se difuminó tan rápido como las gotas de lluvia cayeron sobre su rostro. Aún así...

Po: - Lo siento... Pero no puedo perdonar lo que hizo. -

Entonces, Po se dió la vuelta, dándole la espalda al pangolín, quien no podía hacer más que apretar los puños y los dientes ante la frustración. Ante la impotencia de no poder hacer nada. De no tener la fuerza para hacer... Pero su voz no sería callada tan fácilmente.

Han: - No te estoy pidiendo que la perdones... Te estoy pidiendo que la salves. -

Los pasos de Po se detuvieron. Procesar esa idea dejó su mente distraída, alienada. Una idea que jamás esperó que pasara por su cabeza. El agua caía cobre su pelaje, pero ni siquiera lo sentía. Y solo cuando un trueno retumbó en el panorama pudo salir de ese estado. Y para cuando se dió la vuelta, el pangolín ya no estaba.

Mientras tanto, en la sala principal del palacio, una escena escalofriante se mostraba a medida que la luz roja de la luna se alzaba sobre el firmamento, alumbrando con suma precisión en centro del lugar, donde extrañas runas y escrituras antiguas, proveniente de un dialecto desconocido, dibujaban un perfecto círculo sobre el fino piso se jade.

Desde un corredor colindante, dos individuas caminaban despacio, rumbo al epicentro del ritual. Zhen aún se mantenía cabizbaja, avergonzada de lo que hizo y cumpla del arrepentimiento. La camaleona caminaba a su lado, consciente de las dudas que atormentaban su cabeza. Dudas muy peligrosas.

GongZhú: - No me digas que de verdad te estabas haciendo amiga de ese panda. -

Zhen: - ¿Qué...? No... No es lo que... -

GongZhú: - Cuando queremos algo, debemos usar todo lo que estás en nuestro alcance para obtenerlo... Y eso fue lo que hiciste... Lo usaste para obtener lo que querías. -

Zhen: - Lo que usted quería. -

GongZhú: - Cuida esa voca, niña... Puede que hablar de más no sea prudente. -

Zhen: - ¿Por eso me recogiste? ¿Para usarme y ayudarte a obtener lo que querías? -

GongZhú: - Te recogí porque eres astuta, implacable y calculadora. Pero tienes razón... te acogí por que serías útil... Pero el día en que no lo seas no serás necesaria... Así que... Por el bien de las dos... No cambies. -

Tales palabras retumbaron en el pecho de Zhen más fuertes que un golpe. Lo suficiente como para detenerla, perdida en su mente mientras la Camaleona seguía avanzando hacia su destino.

La reptil se detuvo cuando se encontró a si misma sobre el centro del lugar, en el preciso momento que la luna roja se alzaba justo en medio del cielo nocturno.

GongZhú: - El momento ha llegado... Por fin. -

La camaleona comenzó a pronunciar una tipos de cánticos... cánticos antiguos en un idioma ya olvidado, mientras con suma elegancia agitaba el Báculo de la Sabiduría, forzando al chi a ceder ante su negra magia. Ella tenía el control, y nada podría detenerla.

La camaleona usó el báculo para raspar el suelo, borrando parte de la tinta fresca mientras las chispas que emanaba de la fuerza sobrenatural y la magia oscura se materializaban como sellos ancestrales en una terrorífica danza que parecía la propia invocación de un rey demonio. Sellos danzante que se alzaron sobre el suelo, amontonándose entre si hasta forma una especie de portón espectral. Uno que adquirió un peculiar tono dorado del mundo espiritual una ves estuvo perfectamente formado.

GongZhú: - Tráigame GongZhú: - Tráigame... a Tai Lung. -