9:30 del Dragón. Nuboso, cuarto mes.

Ferelden. Fortaleza de Ostagar

El joven caballero

Ser Gaberth atacó, se cubrió y retrocedió. No sabía cuánto tiempo llevaba así, había perdido todo sentido del tiempo y su mundo se redujo a luchar por su vida, su mano ensangrentada y lodosa aferrándose desesperadamente a la endeble espada.

El resto de sus camaradas yacían agonizantes en el lodo, o a duras penas se defendían de los ataques enemigos, justo como él.

Golpeó una sombra negra y logró tumbarla con el pomo de la espada. Eran movimiento flojos y descoordinados, impropios de un caballero y muy lejanos de la habilidad que Gaberth solía mostrar durante los entrenamientos y torneos. Solía ser alabado por su técnica precisa y rápida, que combinaba la fuerza de un caballero con la destreza de un asesino. Ahora se parecía más a aquel niño enclenque que luchaba en barro por un pedazo de pan, un pequeño que encontró la salvación gracias a un viejo caballero errante. Ojalá alguien viniese en su rescate hoy.

Gaberth sintió que un toro lo arrolló cuando fue arrojado al fango. Su cabeza casi es cercenada por un mandoble, pero una explosión negra y hedionda hizo que el hurlock volara en pedazos.

El caballero gimió y se llevó una mano al estómago. Había perdido su espada y sólo tenía un escudo abollado. Resbaló tres veces antes de reincorporarse. La vista era espantosa: decenas de cuerpos formaban montículos en la oscuridad del fango. Y, a la distancia, más engendros tenebrosos salían de entre los árboles. ¿Acaso sus números no tenían fin?

Y ahí, en medio de la carnicería, Gaberth se dio cuenta de que era el último de su compañía. El último de los caballeros de Pináculo. Consiguieron frenar a los engendros tenebrosos tres veces, pero a la cuarta carga el muro de escudos desistió por la fuerza del impacto y el traicionero terreno. Los caballeros cayeron y fueron ampliamente superados por el enemigo, que se abalanzó sobre ellos sin piedad.

El joven sollozó al darse cuenta de que moriría aquí, solo y mutilado, sin haberle confesado sus sentimientos a su amado ser Gilmore, si haber conocidos el mundo, sin haber honrado a quien le acogió y le dio una oportunidad de vivir.

No era justo, no merecía morir así.

El caballero deseó soltar su escudo, deshacerse de su yelmo abollado y salir corriendo despavorido. Pero ni sus piernas ni sus brazos le respondieron. Estaba paralizado, en medio de un campo lleno de muerte y desolación. Un frío sobrenatural lo abrazó y las lágrimas se mezclaron con la sangre, desgarrando su rostro.

Un hurlock emergió de entre la pila de cuerpos, arrastrando su pierna destrozada. En cualquier otro momento, Gaberth le había hecho frente sin chistar, haciendo alarde de su gallardía, pero la desesperanza se había apoderado de su corazón. Todo lo que pudo hacer fue ver cómo el engendro se acercaba con una espada corroída y ojos muertos.

¿Así es como terminaría todo? ¿Acaso su vida no significaría nada?

Entonces el cráneo del hurlock fue triturado por el golpe violento de un poderoso mazo de guerra.

Ser Gaberth observó cómo el monstruo caía de nuevo en el fango, los sesos desparramándose entre los cuerpos de los caballeros caídos. Su parálisis ni siquiera le permitió vomitar o apartar la vista de la asquerosa escena.

—¿Qué mierda haces ahí parado?

El chico parpadeó tres veces antes de que sus ojos enfocasen la figura de un enano con un mazo entre las manos, un yelmo alado y una capa azul.

—¡Sí, te hablo a ti niño! —gruñó el enano—. ¿Acaso quieres que te maten? ¿Qué dirían tus antepasados de un chico cobarde de la superficie?

¿Eso es lo que era? ¿Un cobarde?

—Por la piedra, ¡agarra tu maldita espada y regresa a las barricadas!

Ser Gaberth vio cómo el enano se lanzaba directo hacia la horda. De niño, solía imaginar que hacía lo mismo: se lanzaría a salvar el día, sin importarle nada más que el bienestar de los inocentes. Pero ese valor y gallardía se esfumaron en el momento que los engendros tenebrosos rompieron el muro de escudos. No. Ya había vacilado desde el momento en que vio la horda infinita.

Un cuerno retumbó a sus espaldas, acompañado de un grito de guerra ensordecedor.

Los caballeros del norte se apresuraron a formar un nuevo muro de escudos, donde antes Gaberth y sus compañeros hicieron lo mismo. Eran hombres de Mar del Despertar, Costa Tormenta, Aliento Invernal, Colina Occidental… Pero Gaberth solo tenía ojos para el hombre dorado en el centro, era como un rayo de luz en medio de toda la marea de oscuridad.

Su corazón bailó de alegría y de repente sus miedos se desvanecieron. Cogió una espada del resbaladizo lodo y se unió al Rey y a los otros caballeros. Quizá viviría para ver otro amanecer y en su alma sabría que no fue ningún cobarde.

X—

Anna

Al entrar en la armería de la torre en el segundo piso, un grupo de engendros tenebrosos los atacó. Eran exactamente once: seis grandes, cuatro pequeños y uno delgado y alto. Para este punto, Anna había dejado atrás su reacción inicial de repulsión y sorpresa ante esos monstruos y se limitó a matarlos sin más.

Seis jaulas estaban repartidas por toda la habitación, cada una resguardando a un mabari que ladraban y gruñían a los monstruos.

Uno de los grandes, un hurlock según Kristoff, intentó golpearla con un gran mandoble, pero Anna fue más rápida y lo derribó con el escudo.

Ser Kai y Alistair no tardaron en entablar combate contra los engendros, mientras Elsa se mantenía en una esquina lanzando hechizos.

Tenían la situación controlada, los engendros caían uno a uno. Entonces otro grupo más grande que el primero emergió de la puerta contrario por la que Anna y su grupo llegaron.

En otra situación, los cuatro podrían con esos monstruos. Pero el espacio era muy reducido y solo terminarían acorralados. Así que Anna buscó la palanca que liberó los mabari y los perros se abalanzaron sobre los engendros tenebrosos. Los monstruos no estaban listos para enfrentar a una manada de mabaris y pronto se vieron superados, siendo destrozados sin piedad.

Una vez terminado el baño de sangre, los perros se sentaron en una fila organizada, mirando a Anna casi con expectación.

—Creo que quieren que les ordenes algo —le murmuró Kristoff—. Diles que vayan y defiendan el agujero del primer piso.

Anna sonrió para sí misma. Los mabari eran perros excepcionalmente inteligentes y Olaf era la prueba de ello. Que esta manada de seis la vieran como una líder hizo que su pecho se hinchase de orgullo.

—Estos perros están muy bien entrenados; no cabe duda de que sus compañeros son dignos de la impregnación —comentó Anna—. Muy bien. Escúchenme mabaris. En el piso inferior hay un agujero de donde salen los engendros tenebrosos. Quiero que vayan y defiendan esa posición.

Los seis mabaris la miraron con ojos amarillos hasta que ladraron casi al unísono y corrieron hacia a las escaleras.

—Esos perros siempre me han dado pavor. Hay quienes dicen tienen al menos la inteligencia de un orlesiano promedio —bromeó Kristoff.

Anna sonrió.

—No insultes a los mabaris.

X—

El caballero deshonrado

Ser Veledrian nunca fue el mejor hijo: escapó de su casa cuando tuvo la oportunidad y dejó a su suerte a sus enfermos padres. Tampoco fue el mejor esposo: siempre se acostaba con la primera muchacha que veía y trataba mal a su mujer. Mucho menos era un buen padre: visitaba a sus hijos sólo de vez en cuando y apenas les daba lo necesario para vivir. Ni siquiera era el mejor caballero: obtuvo su título gracias a conexiones y amistades importantes.

Sin embargo, esa noche demostró ser un guerrero y estratega formidable. Su señor había caído, el Arl Urien Kendells de Denerim, y la compañía de arqueros estaba desorganizada y dividida. Así que, en un acto de coraje, tomó el mando y comenzó a hacer retroceder a los engendros tenebrosos.

Subió sobre un montículo de cuerpos y ahí se atrincheró junto con sus compañeros. Apenas tenían protección: las empalizadas y estacas habían sido destruidas por una enorme roca. Aun así, sabía que debían mantener esta posición, de lo contrario todo el plan fallaría.

Se alegró cuando vio que, al otro lado, los arqueros de Pico del Dragón seguían intactos.

El Rey y los caballeros retrocedieron ante el rugido del cuerno. Los pícaros salieron de sus escondites y masacraron a los engendros tenebrosos del fango. Pero nada parecía frenarlos, ¿cuántos monstruos habían muerto ya? ¿cientos? ¿miles? ¿cuántos aun esperaban en esos bosques? Valedrian no quiso saber las respuestas.

Los Guardas Grises que Valedrian pudo ver en ese campo de muerte, eran todo lo que se decía en los cuentos y canciones: guerreros sin igual, capaces de combatir con tres hurlocks a la vez, y destripar a cuatro genlocks de un solo tajo. Sin embargo, incluso esos fieros guerreros se veían abrumados por la fuerza demoledora de los engendros tenebrosos: entre los cadáveres regados en el fango se podían ver escudos de grifos plateados y yelmos alados, el azul ahora teñido de rojo.

—¡Fuego! —ordenó y una lluvia de flechas descendió sobre la nueva oleada de engendros tenebrosos.

Solo debían aguantar un poco más hasta los hombres del Teyrn Loghain cargaran contra esas bestias desde su retaguardia, encerrándolos en un yunque mortal.

Lo lograrían. Maldita sea, iban a conseguirlo. Y entonces Valedrian regresaría a Denerim como un héroe y sería recompensado. Al solo pensar en todo el licor y las mujeres que probaría en la Perla se le hizo agua la boca.

Fue sacado de sus fantasías cuando un rugido tronó en la distancia.

Valedrian alzó la vista y vio a un enorme monstruo avanzar con zancadas que hacían retumbar el suelo. Se estremeció y comenzó a ladrar órdenes para que sus arqueros acabaran con él. El gigantesco engendro atravesó el fango en un parpadeo, destruyendo la única empalizada que protegía a los arqueros de Denerim.

Hubo un destello en el cielo y lo último que Valedrian escuchó fue el bramido de la bestia. Una enorme cornamenta le atravesó el tórax y su propia sangre salpicó hasta los cimientos. El frío abrazó su cuerpo, antes de exhalar su último aliento.

No hubo tiempo de arrepentirse.

X—

Elsa

Subieron a zancadas los últimos escalones de la torre. Estaban agotados. Tuvieron que abrirse paso por pasillos y habitaciones llenas de engendros tenebrosos. Aunque el constante peligro por su vida opacaba la ansiedad que le causaban la presencia de Anna Cousland y ser Kai. Desde que Duncan le dijo que la hija del Teyrn Agdar iría con ellos a encender la almenara, el corazón de Elsa estaba al límite.

Sin embargo, el final estaba cerca y después podría volver a esconder la cabeza y reprimir aquellos recuerdos en lo más hondo de su mente. Nada de esto habría pasado si se hubiera quedado en el Círculo, tal y como debía ser.

Ahora solo restaba encender la almenara y esperar a que la batalla terminase. Una tarea sencilla, ¿cierto? Por supuesto, mientras Anna Cousland estuviera cerca, nada sería sencillo.

No obstante, el mayor desafío aún aguardaba en la cima.

En la sala de la almenara, una enorme bestia devoraba los restos de tres soldados mutilados. La criatura tenía al menos tres metros de altura, con un cuerpo musculoso protegido por toscos trozos de cuero y metal. Dos cuernos retorcidos se alzaban en su cabeza, tan grandes como sus brazos.

Un rugido ensordecedor estremeció las paredes de la sala, como si un relámpago hubiese impactado en la punta de la torre.

—¡Ogro! —gritó Kristoff—. ¡No ataquen de frente, mantengan la distancia!

La criatura escupió el cadáver que mascaba y se abalanzó sobre ellos. El suelo retumbó con sus enormes pisadas y, aunque parecía moverse con lentitud, en cuestión de segundos casi los embiste.

Elsa se arrojó a su derecha para salvar su vida, olvidando todo ápice de gracia y aplomo. El bufido de la bestia a sus espaldas la obligó a reincorporarse, pese al dolor en su codo diestro.

Alistair, Anna y ser Kai intentaban distraer al monstruo, para que alguno pudiese asestar una estocada mortal. Pero el Ogro no dejaba ninguna apertura a pesar de su gran tamaño. Era como ver a tres lobos enfrentarse a un gran oso del Bosque de Brecilia. Lo rodearon desde ángulos distintos, cortándole las piernas con sus espadas. Pero la gruesa piel parecía hilada en duras capas de hierro.

La maga se dispuso a ayudar a sus compañeros. Con un movimiento de sus brazos, una lanza de hielo salió disparada directo al pecho de la bestia; no logró atravesarlo, pero al menos dejó una herida profunda. Sangre negra empapó el suelo de piedra y un rugido infernal azotó las paredes de la almenara.

—¡CUIDADO!

Elsa apenas tuvo tiempo para conjurar un muro de hielo, que se rompió en mil pedazos cuando un trozo de roca lo impactó. Fue como si un toro le hubiese pasado por encima. Un líquido caliente le escurrió desde la frente hasta las mejillas. Herida y agotada, la maga vio al enorme engendro mandar a volar a Kristoff y ser Kai con un barrido de su brazo.

—¡Maldito monstruo! —bramó Anna Cousland, hirviendo en ira.

En un parpadeo, la espada carmesí de la noble atravesó por completo el muslo de la bestia, desafiando toda lógica.

La pelirroja desvió con su escudo el puño que amenazó con aplastarla y retrocedió cinco pasos. Pero ahora el escudo estaba completamente destrozado. Antes de que el engendro pudiera abalanzarse sobre la guerrera, una hilera de estalactitas emanó del suelo, atrapando sus toscos y putrefactos pies.

El Ogro enterró sus grotescas manos en la piedra y arrancó otro enorme pedazo que voló en dirección a la maga.

Sin otra opción, Elsa se abalanzó sobre su estomago para esquivar el proyectil que se estrelló contra el muro. Sus reservas de maná se estaban agotando. El continuo movimiento no la ayudaba en nada. No había tiempo ni para respirar. Se incorporó, sólo para ver a aquella joven pelirroja en manos de la criatura, su espada había caído y ahora estaba a merced del monstruo.

Con un grito de batalla, Kristoff se arrojó sobre el Ogro consiguiendo clavarle la espada detrás de la cabeza. Pero no fue suficiente. La bestia no soltó a su presa, que se retorcía intentado zafarse. El Guarda Gris fue arrojado contra un muro.

Por su parte, ser Kai logró cortar el abdomen del monstruo, siendo contrarrestado por una fuerte patada que lo envió de espaldas al suelo.

El cuerpo de Elsa se retorció ante la vista, mientras una ola inclemente de imágenes atacaba su aturdida cabeza. El terror y la adrenalina se apoderaron de ella y extendió las manos por instinto. Intentó concentrarse, pero no podía pensar en un hechizo y aun así la esencia del Velo inundó cada centímetro de su cuerpo.

—¡ANNA!

En un parpadeo, el costado del Ogro fue atravesado de lado a lado por un enorme pico de hielo que se fundió en la sangre negra y viscosa. Anna Cousland fue liberada y tosió en busca de aire, mientras la bestia se retorcía.

Pero Elsa no había terminado. Moviendo sus brazos en círculos creó una tormenta de escarcha que congeló al monstruo de la cintura para abajo. Si la platinada hubiera estado en condiciones, el engendro se habría vuelto una espantosa escultura de hielo, pero esto fue lo mejor que pudo hacer.

A punto de colapsar, Elsa hizo contacto visual con Anna y, sin necesidad de palabras, se entendieron mutuamente.

La Cousland recogió su espada ensangrentada y, con fuego en los ojos, saltó para degollar la yugular de la bestia.

El Ogro finalmente colapsó, quedando anclado al hielo que se tiñó de negro escarlata.

—Maldito monstruo —escupió la pelirroja al tiempo que caía sobre su rodilla izquierda, apoyándose con la espada.

Sin embargo, el trabajo aún no estaba completo.

El ojo derecho de Elsa se tiñó de una vista carmesí, sintiendo una horrible punzada en la cabeza. Si tan solo supiera cómo usar la magia de curación…

No. Aún no podía sucumbir.

—¡K-Kristoff! —la garganta le ardió al hablar—. L-la… almenara.

—No tienes que decirlo dos veces.

X—

El Comandante de los Grises

La torre de Ishal se encendió en el momento más crítico. Un Ogro destruyó lo que quedaba de los arqueros del Arl Urien Kendells y los últimos caballeros fueron superados y masacrados sin piedad.

La almenara disipó la oscuridad que se cernía sobre el desfiladero, llenando de esperanza el corazón del Guarda Comandante.

Duncan sonrió. Lo habían conseguido. Alistair y Elsa cumplieron con su deber.

Pero los minutos pasaron y las tropas de Gwaren no aparecieron.

Algo tronó a sus espaldas, Duncan giró y vio que los engendros tenebrosos se habían apoderado del puente, destruyendo las máquinas de guerra. Estaban acorralados.

—¡¿Dónde están Agdar y Loghain?! —profirió el Rey—. ¡Habríamos sabido si fueron atacado! ¿¡Por qué no están aquí!?

Duncan lo miró con sangre en el rostro. Los ojos de Cailan casi se salen de sus cuencas al darse cuenta de lo que ocurría.

—Su Majestad —lloró un soldado—. ¿Qué hacemos?

—¡Ordena la retirada! —indicó el monarca—. Que salgan por la puerta trasera hacia los túneles. Los sobrevivientes del Escudo de Maric los guiarán. Deben abrir el camino para nuestra retirada. Pero cualquier voluntario que desee quedarse para frenar a los engendros deberá hacerlo. ¡Corre la voz y hazlo ahora!

—¡Majestad, debe retirarse con sus tropas! —insistió Duncan—. Nuestra situación se está volviendo insostenible.

—No —gruñó Cailan—. ¡No abandonaré a mis hombres sólo para que pueda vivir otro día!

Duncan gruñó y tuvo el impulso de abofetear al terco monarca y decirle que no era momento de ser un héroe. Pero sabía que, incluso si todos los soldados lo cargaban a rastras, encontraría la manera de regresar al campo de batalla. Cailan era igual de idealista y honorable que su padre, aunque esas mismas cualidades casi le cuestan la vida a Maric en incontables ocasiones.

Un hurlock intentó apuñalarlo, pero el Guarda Comandante desvió la daga retorcida y lo cortó desde la cintura hasta el cogote. Pateó a un genlock que corría hacia él y degolló a otro hurlock en el acto.

De pronto, los susurros en su cabeza se volvieron más intensos y adquirieron un rugido violento. El miedo inundó su alma. Giró para encarar al Ogro, pero la bestia lo mandó volar varios metros antes de caer sobre un soldado malherido.

Duncan gruñó. Sus ojos se abrieron con horror al ver al Ogro sostener a Cailan con su grotesca mano. Un relámpago iluminó el desfiladero y el rugido del Ogro se mezcló con el crujido de la armadura y los huesos del rey resquebrajándose. Todo lo que necesitó la bestia fue hacer fuerza en el puño y, de un momento a otro, la vida de Cailan se esfumó.

El Ogro arrojó el cuerpo de Cailan sólo unos metros delante del Guarda Comandante, como si fuera un simple muñeco de trapo.

Duncan miró al joven monarca, destrozado, sangrante e inmóvil: su cuerpo se había doblado de una manera antinatural.

La rabia cegó su mente, desenfundó su daga y cargó contra el Ogro. Con un grito, saltó y clavó ambas armas en el pecho de la bestia; sacó una y enterró otra, repitiendo el proceso hasta que el monstruo cayó de espaldas con un último bufido.

Se reincorporó como pudo y caminó hacia el cadáver de Cailan. Se dejó caer de rodillas, llevándose una mano al abdomen, justo donde parecía sangrar por dentro.

Sostuvo la cabeza del Rey en sus manos. Miró a su alrededor: Guardas Grises, caballeros y soldados eran masacrados por los engendros tenebrosos.

¿Cómo sucedió esto? ¿Por qué el Hacedor los abandonó? Sollozó al no encontrar respuesta y miró al cielo, buscando los ojos benevolentes de su dios; pero todo que lo vio fue la torre de Ishal, brillando en la oscuridad, burlesca.

Un enorme hurlock corrió hacia él, una retorcida hacha de guerra en sus manos.

Duncan apretó la mandíbula. Su guardia había terminado.

Le falló a Maric, a Cailan, a su nación. Le falló al mundo entero.

La Ruina triunfó. El destino de Ferelden y de todo Thedas estaba sellado.

X—

Anna

El dolor en su brazo izquierdo solo fue aliviado por la pronta sensación de entumecimiento. Maldición, ese golpe no fue como nada que Anna hubiese enfrentado antes. Y sentía como si su cintura hubiese sido aplastada por diez enormes árboles. Esa bestia asquerosa sin duda fue un oponente temible. Pero ella no fue la única herida, ni por asomo.

Ser Kai se adolecía el abdomen y apenas podía erguirse.

Alistair cojeaba de una pierna y su yelmo estaba abollado por la parte de atrás.

Y Elsa parecía al borde del colapso, sangre escurriendo de su frente.

Ninguno tenía cataplasmas curativas a su disposición, y Anna supuso que la platinada no sabía mucho de magia curativa o en verdad estaba en muy mal estado que no podía lanzar ni un hechizo más.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Elsa levantó la mirada, aún recostada contra un muro. Abrió la boca, pero ninguna palabra fue pronunciada.

—Con calma. —Anna se hincó a su altura—. Ese golpe te dejó una buena contusión, ¿no? No te preocupes, no es nada que una buena siesta no solucione —le sonrió para tranquilizarla. Pero la Cousland sabía muy bien que esta joven necesitaba atención médica inmediata.

Elsa le había salvado la vida. Apenas se conocían, pero la hechicera dio todo de sí para que Anna pudiera vivir otro día. No la iba a dejar morir. Comenzó por limpiarle la sangre del rostro con un pañuelo. Ahora necesitaba…

—¡ENGENDROS!

Sin tiempo para reaccionar, todo lo que sintió fue un punzada venenosa en la abertura de su cota de malla, justo por debajo de los omoplatos. Cayó sobre el regazo de la seminconsciente maga, ambas indefensas.

Intentó reincorporarse, pero su cuerpo no le respondió. Fue como si todas sus extremidades fueran poseídas por miles de hormigas que la tumbaron en un parpadeo.

Alistair y ser Kai intentaron contener a los engendros tenebrosos tanto como pudieron, pero pronto se vieron superados y ambos cayeron, con docenas de esas criaturas rodeándoles, burlándose de ellos.

Anna luchó con todas sus fuerzas, pero sólo podía mover los ojos y cada que ejercía mayor fuerza, sus músculos se contraían más, engarrotándose como un cadáver en pleno invierno.

No podía morir aquí. No ahora. Todo por lo que luchó, su escape, su familia… Se negaba a aceptar que todo había sido en vano. Tampoco podía dejar solos a Olaf y Gerda, quienes se quedaron atrás, en la seguridad del pueblo de Lothering. No podía morir sin llevar justicia ante los traidores, ni sin haber cumplido la última voluntad de su madre.

¡MALDITA SEA!

Por más que intentaba moverse, era inútil. Moriría igual que su madre, igual que el pequeño Oren, indefensos y acorralados. Oh, pequeño Oren… Al menos pronto lo vería de nuevo. Podría disculparse por no haberlo protegido. Abrazar de nuevo a su madre...

Quizá perdió el conocimiento o a lo mejor murió y fue condenada al sufrimiento eterno, pues lo último que vio fue cómo el techo de piedra se derrumbaba y unas enormes garras descendían sobre un aliento de fuego que danzaba entre el carmesí y el ambarino, engullendo todo a su paso.

X—

Nota de autor

La Batalla de Ostagar llega a su fin con un resultado negativo para Ferelden y los Guardas Grises. Espero les haya gustado la batalla. Fue una de las partes que más disfruté escribir.

Respuesta a reviews:

Gracias V-Mac. Me alegra que el fic te esté gustando hasta ahora.