3. GUERRA

Y Jehová Dios dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo; sobre tu pecho andarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. (Génesis 3:19)

I. VINCENT CRABBE

Cuando Vincent asciende con sus llamas, Pansy ya lleva eternidades buscando a Draco. Cuando Vincent muere, quemado, por su propio hechizo Pansy ríe ríe y ríe, con las carcajadas sonando dentro de su barriga, su corazón silencioso y sus pies transparentes bailando en el aire. Pansy ríe ríe y ríe, (¡Oh, cariño! —dice. —¡Oh, cariño! ¿Qué esperabas?) el mundo desapareciendo a su alrededor y ella muerta, muerta, muerta

Theodore Nott choca contra una pared, se tropieza con un brazo del cadáver de Pansy, y no ve la luz que arremete contra su pierna. Ve más la explosión que la nota y, cuando intenta levantarse, la cabeza del cadáver de Pansy entre el suelo y su barriga, los brazos se resbalan con la gravilla y la sangre y cae otra vez al suelo. El dolor no le viene al momento, sino que le llega lentamente. El cadáver de Pansy todavía está caliente y Theo se mira las piernas y ve que —una no está entera.

¿Te arrepientes?

Daphne y Blaise no están, llevan meses sin estar. Y Milli y Lisa tampoco están, llevan meses sin estar. Pansy había creído que Nott había matado a Lisa. Pansy sabe donde está Lisa. Pero. No. Puede. Ir. A. Verla.

Piensa en algo bonito.

Theo mira al cadáver de Pansy, le cierra el ojo que le queda abierto y la boca, manchándole la cara de la sangre de su pierna, y se aparta de ella. Theo mira a Pansy y ve a través de ella. Asiente y estira una mano delante de él, atravesándola, intentando arrastrarse:

No, no. Theo. No. Eres. Una. Serpiente. Tú no.

Theodore intenta alejarse de ella, ir a algún sitio. No le pregunta qué es, sino una serpiente, pero Pansy se lo cuenta igualmente:

Estás muerto, Theo. Siempre lo has estado.

Theodore llora. Vomita al lado del cadáver de Pansy.

Pansy chasquea, tres veces, y suena como un reloj averiado. Ríe, entonces.

—Tú estás muerta. Eres tú la que ha muerto. ¡Tú!

Se le atraganta la vida de los demás.

Hay un universo paralelo en el que Draco se casa con una chica elegante, de ojos verdes y apellido limpio, y Pansy vive en una habitación con una hoguera que nunca se apaga y libros que cambian solos de páginas. Nadie la ve nunca y Draco la visita de vez en cuando se cansa de la vida que lleva y necesita un descanso. Hay un niño en la casa, que tiene el nombre de la constelación del escorpión, que nunca se acerca a la habitación, porque es la sala oscura y maldita de la casa, donde viven los fantasmas y el pasado, donde no hay lugar para niños como él, que pertenecen al futuro.

No le late el corazón, pero si lo hiciera haría: tic-tic-tac, como un reloj averiado que siempre da la misma hora. Atraviesa una pared. Atraviesa el tiempo. No. No, no: el tiempo la atraviesa a ella. Las siete y media del trece de julio. Las tres y un minuto del quince de setiembre. Tic-tac-tac. Suena como el suelo de una pista de baile.

Alguien estornuda. Pansy le asusta para quitarle el hipo.

Las doce de la noche del dos de octubre:

—¿Cómo es estar muerta?

No sabe cómo explicarlo. O mejor, sabe cómo explicarlo, pero sabe que los otros no lo entenderán. Está más cuerda que nunca y vienen a ella las palabras que debe decir y el paso del tiempo ya no sigue el compás de las agujas de los relojes, así que ella se inventa su propia manera de seguirle el ritmo al tiempo y va bailando, taconeando al son que le dicta el corazón de Draco (su pequeña ovejita de un rebaño tan grande que no le alcanzaría la vista a verlo entero si todavía tuviera ojos humanos y mortales —que grande y poderosa se ha vuelto.

Cuanto conocimiento en ese cuerpo que ya no sirve para nada).

¿Sabe que está muerta, no?

No lo sé... ¿Pansy?

Asesino. Púdrete en tu arrepentimiento.

Pansy... No sé si lo sabes. Pero Vince está muerto... —Silencio de duelo. Momento de inercia. Ah, sí. Fuego que nunca se apaga. ¡Qué arte tenía el niño! —Murió el mismo día que tú...

Pansy da una vuelta en su vestido.

Pansy, ¿me estás escuchando? —Otro momento que se alarga hasta el infinito. —¿Me puedes escuchar?

Escúchame tú a mí, oveja de los cojones.