Gracias a Li por su lectura previa.
Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Epílogo
Bella
Un año después…
― ¿Qué hacemos aquí?
Miré que Edward estacionó frente a la que un día fue mi casa en Forks.
Tan solo me sonrió y bajó del coche. Con su porte elegante y caminar decidido, rodeó el auto y siendo un caballero me abrió la puerta, ofreciendome su mano.
― Te dije que te tenía una sorpresa ―respondió, con un guiño―. Ven conmigo.
Bajé y acomodé mi vestido. Estaba satisfecha con mi nueva figura, la razón era porque Edward me halagaba todo el tiempo, que había terminado amando mis anchas caderas.
― Edward, no… ―me resistí a traspasar propiedad privada― no podemos.
Frunció el entrecejo y resopló. Pero no era esa mueca de enojo que antes solía tener, sino que era un semblante relajado, se estaba riendo y parecía emocionado mientras tiraba de mi mano.
No podía saber qué tanta influencia había tenido en el cambio de carácter. Porque Edward seguía siendo estricto y exigente en todo lo relacionado a Bluebonnet, pero había tenido un gran cambio en su vida personal.
Ya no gruñía. Era más mesurado y paciente, sobre todo tratándose de la vida de sus hijos. Lo vi contenerse cuando Christopher confesó que vivía con su novia. Briggitte era una chica amable, amante de los deportes extremos, ambos eran apasionados por viajar todo el tiempo y desconectarse de nosotros. Estaba convencida que tardar en responder los mensajes de Edward eran los únicos dolores de cabeza que quizá ese amoroso chico podía darle a su padre.
Después estaba Elina. Ella pasaba más tiempo con nosotros y se había olvidado de las pasarelas y modelaje, probablemente porque ahora estaba más pendiente de ser la mejor hermana mayor.
No podía quejarme de esa chica, aunque quizás sí. Y era que seguía sin ayudar a limpiar su habitación. Estaba acostumbrada a que el servicio doméstico hiciera todo por ella, pero en casa habían reglas y una de ellas era que se haría cargo de su propio dormitorio.
Aún así Elina pasaba más tiempo con nosotros que con su madre.
Irina probablemente nunca cambiaría. Seguía publicando en redes que su vida era perfecta. Sabíamos que había iniciado una relación con un empresario, mejor así, ella se merecía también un amor y deseaba que realmente ese hombre lo fuera.
¿Y Edward?
Hubo muchos cambios en nosotros. Considero, que más en mí, me vi sumergida en una relación en serio, con un hombre varios años mayor que no todo lo tomaba a la ligera.
Varias veces no concordamos. Ni en lo laboral como en lo sentimental.
Llegaron momentos que me empezaba a sentir exhausta. No sabía qué camino elegir. Edward era férreo al tomar decisiones en Bluebonnet, pero lo que empezó a hacer tambalear nuestra relación fue su insistencia en vivir juntos.
Él estaba pidiendo una formalidad real. Compartir una casa, vivir bajo un mismo techo. Luego estaban todas mis dudas y miedos. Mas que nada el dolor por dejar a mi incondicional sola. Mi madre.
Lo hablé con ella. Era la única persona con la que podía confiar y un día me dijo: "sé honesta con él, pero más honesta contigo".
Ahí tomé la decisión. Solté mis miedos y con el amor que le tenía a mi madre, una tarde le dije que viviría con Edward.
De eso ha pasado muy poco tiempo, seis meses. Sin embargo no me arrepiento de haber aceptado.
La vida con Edward era buena, debería decir que excelente, pero no lo diría porque roncaba y debo dormir antes que él porque con sus ronquidos era incapaz de que cualquier persona pudiera conciliar el sueño.
Fuera de broma. Nuestra vida era más que buena, tenía sus altibajos, pero estábamos tratando de mejorar, de ambos dar todo para que nuestra relación prospere.
Edward era el hombre que amaba. Me llenaba de seguridad, me impulsaba a crecer y no me permitía bajar la guardia.
Sonreí cuando salí de mis pensamientos.
Habíamos entrado a la estancia entre risas y besos. Mis ojos se abrieron desmesurados al descubrir que estaba vacía.
Caminé por el lugar completamente vacío y fue como transportarme a mi infancia. Mis ojos se aguaron al recordar la infinidad de veces que corrí por la estancia, ―arrastré mis dedos por la paredes cubiertas de papel tapiz y continué mi camino a la cocina, cerré los ojos un momento y casi podía percibir el aroma de los panqueques de los sábados que mi madre preparaba.
Me asomé por la ventana y miré el patio trasero con la hierba crecida, ahí seguía estando el nogal, cada octubre nos daba nueces y yo las recolectaba en un canasto. Seguía amando las tartitas de nuez que preparaba.
― Hay muchos recuerdos ―murmuré tratando de sonreír sintiendo un nudo en la garganta.
Edward sujetó mis manos.
― Sé lo importante que es esta casa para ti, es un regalo de tu padre. Por eso, decidí comprarla para ti.
Abrí mis ojos como platos.
― ¿Qué dices?
Sonreí nerviosa.
― Quiero un mundo nuevo para ti, nena, pero sin olvidar de donde vienes. Necesito que sueñes muy alto y que realices todo lo que anhelas, pero que esta casa te mantenga con los pies en la tierra, será nuestro lugar de descanso ―encogió sus hombros― o si quieres vivir aquí, no me opondré.
― ¿Compraste esta casa para mí? ―Mi emoción me superó y lágrimas gordas y calientes salieron de mis ojos.
Dejó las llaves en la palma de mi mano.
― Yo solo quiero hacerte feliz.
Lo abracé fuertemente. Edward no tenía idea del regalo tan especial que acababa de darme.
― Cuando me dijiste que te acompañara a Forks nunca imaginé que era para venir hacia aquí ―susurré― gracias, gracias de verdad mi amor.
― Entonces, ¿qué imaginaste?
― No sé ―mentí― quizá, bueno, pensé que me harías una propuesta.
Sus grandes manos cubrieron mis mejillas.
― Hay otra sorpresa ―mencionó, asomándose hacia las escaleras―. Princesa, ven con nosotros amor.
Volteé y vi que mi oruga caminaba con una gran sonrisa. Mi pequeña niña tenía dos años cumplidos y se suponía que estaba pasando unos días con mi madre, ―fruncí las cejas.
Mi madre no tardó en aparecer luciendo una sonrisa cómplice se acercó a Edward y dejó en sus manos una pequeña caja de terciopelo.
― Disculpen ―balbuceó― hubo unas pequeñas fallas técnicas.
Al decir eso salió despavorida escaleras arriba.
Solo batí la cabeza. Ella era parte de toda esta sorpresa.
― Mami ―dijo mi oruga dándome sus brazos, no dudé en cargarla y anclar sus piernas en mi cadera, empecé a besar su cabello color zanahoria.
― Cásate conmigo, Bella.
Cubrí mi boca. Edward estaba sobre una rodilla, ofreciéndome un precioso anillo en forma de flor en color rosa.
― Sí quiero ―logré pronunciar.
En mi adolescencia siempre dije que llorar era ridículo al momento de pedirte matrimonio, pero no podía evitarlo. No cuando el hombre que más amaba estaba deslizando un precioso anillo de compromiso en mi dedo anular.
Mis lagrimas seguían cayendo y mi oruga con su curiosidad las limpiaba con sus diminutos dedos.
― ¿Poque llolas mami?
― Porque me voy a casar con el hombre más hermoso y caballeroso del universo, me casaré con papá.
Mi oruga aplaudió sin tener idea. Ella festejaba emocionada y desde su inocencia.
― ¡Papi! ―ella gritó, dándole los brazos― te quielo.
Edward la cargó con él mientras nos mantenía cerca de su pecho.
― Te prometo que las haré muy felices a las dos ―susurró, besando mis labios―. Además, compré otra casa, una que viene con una pequeña casa al fondo, ahí vivirá Renée.
Sacudí la cabeza.
― Edward, no necesitas…
Su dedos silenció mis labios.
― No podemos dejarla sola, ella es una buena abuela y nuestra cómplice cada que necesitamos un tiempo para nosotros ―me dio un guiño―. Vivirá en el mismo lugar, pero en casa distinta, así ella podrá mantener su espacio y privacidad, tendrá su propia cocina y seguramente nos invitará a comer cuando prepare esa riquísima tarta de nuez.
Mi madre apareció y se cruzó de brazos. Su semblante divertido se reflejaba en su sonrisa.
― Los domingos seguirán siendo mis días libres, eh ―nos advirtió.
Reímos.
Limpié sutilmente mis lágrimas y volví a apreciar el precioso anillo adornando mi dedo. Edward no me estaba restando, al contrario me estaba dando la oportunidad de mantener lo mío conmigo y era lo que agradecería infinitamente.
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Edward
Cuatro años después…
La vi caminar con esa sensualidad y naturalidad que ella no sabía que poseía. Enfundada en ese vestido de tubo color negro y esas zapatos exquisitos que hacían lucir sus pantorrillas, se desplazaba con tanta feminidad mientras explicaba cada estrategia de la reunión.
Me gustaba verla increpar con Kate. Que defendiera su opinión con objetividad, era sustancioso para mis oídos.
Amaba su creatividad y constancia. Que propusiera nuevos proyectos para la empresa; gracias a ella ahora se creaban bolsos y carteras para dama, había una colección especial para niñas en Bluebonnet.
Pero su mente nunca descansaba.
― Una colección de maquillaje es nuestra oportunidad para competir contra los grandes monstruos de la competencia ―propuso, apoyando sus palmas en el escritorio.
Kate frunció los labios y Peter sonrió. Era un hecho que la idea le gustaba.
― Estamos bien con los bolsos y los zapatos de niña ―dijo Kate― no nos hace falta nada más.
― Las ventas están en el punto más alto ―continuó Bella― nuestros clientes esperan más, lo sé y todos lo sabemos.
― Correcto ―concordó Peter al tiempo que Kate lo fulminaba con la mirada―. Acepto que me gusta la idea. No perdemos nada con intentar, podemos lanzar un mínimo de productos para ver la respuesta.
Bella sonrió ampliamente. Él se había vuelto un aliado en las ideas de Bella, agradecía que no le gustaran las mujeres porque sino seguramente estaría celoso todo el tiempo, cómo cuando ocurría con otros socios.
Sin embargo, no era así. Sabía qué Bella debía tratar con hombres, que muchos de ellos intentarían llamar su atención, solo que al darse cuenta que su relación era estrictamente laboral, ellos reculaban. No eran insistentes, al menos ninguno me provocó tanto celos como lo hizo Jasper.
Ese último estaba completamente alejado de nuestras vidas. Sabíamos que vivía en Texas, mas nunca intentó acercarse a Bella, tampoco a Renée. Ni siquiera lo hizo para ofrecer una disculpa.
― Hagámoslo con la mejor calidad posible ―dijo Bella captando mi atención.
Kate volteó a verme y rodó los ojos. Mientras James, que nunca perdía la oportunidad de hacer enojar a Kate, se burló. Tenía que soportarlo porque seguía siendo el mejor abogado que nuestra empresa pudiera tener. Según él, el más codiciado soltero.
― Tu esposa será la culpable si me da diabetes ―expresó Kate, poniéndose de pie.
Mi esposa. Qué bien se escuchaba. Teníamos cuatro años de casados y parecía que teníamos la vida entera viviendo juntos.
Había sido un aprendizaje cada día. Lo correcto era decir que seguíamos aprendiendo uno del otro. Ella tenía carácter, pero no tenía la seguridad para poder desenvolverse en la empresa, una vez se sintió segura, fue capaz de tomar decisiones y empezar a ejecutar sus sueños.
Era su gran admirador. El primero en aplaudirle, pero también el primero en hacerla aterrizar, no quería que por ningún motivo perdiera su esencia.
Y aquí estábamos siete años después de que nuestra historia comenzó en una noche donde ella quedó embarazada. Nuestra Nicole tenía seis años. Era una niña encantadora, viviendo su niñez de la forma más natural, pasando tiempo con mis padres y siguiendo bajo los cuidados de mi suegra.
Seguía siendo la consentida de sus hermanos. Nicole mantenía una relación de camaradería con Christopher y Briggitte, en ocasiones nos pedía permiso pata pasar un fin de semana con ellos.
Luego estaba Elina. Mi dulce chica tenía veintiuno años, se había mudado a Washington para estudiar en la universidad junto a Alice. Ellas seguían al pendiente de Nicole, mantenían su complicidad a través de la tecnología.
Escuché que Bella suspiró.
Me di cuenta que cada uno empezaba a abandonar la sala de juntas.
Bella me miró con desaprobación.
― Te he dicho que me pones nerviosa ―caminó hacia mí, sentándose en mi regazo―. Nunca dejas de verme de la manera que lo haces.
Sonreí petulante.
― Te he dicho que me gustas cuando te pones gruñona en la sala de juntas .
― Yo no me pongo gruñona ―respondió, besando mi cuello.
― Lo haces, solo que no te das cuenta ―deslice mi mano por su muslo cubierto por la falda.
― Mmm ―protestó, besándome.
― Anda, debemos ir por Nicole a la escuela ―le recordé.
Como si de resorte se tratara, se puso de pie y acomodó el largo de su falda.
― Vamos, señor Cullen ―me tendió su mano.
La acepté y juntos caminamos. Recorriendo los mismos pasos de cada día laboral. Éramos un buen equipo, no había duda, era una excelente sucesora en Bluebonnet.
Juntos habíamos creado el balance perfecto entre lo laboral y personal.
Teníamos el mando en Bluebonnet, pero en casa, en nuestras vidas. Detrás de las puertas de nuestra intimidad una pequeña oruga nos tenía de su mano.
Al salir de la empresa no éramos más los señores Cullen, sino los padres de Nicole, había que darle su tiempo como merecía y era nuestro deber convertirla en una buena persona.
Mientras tanto, seguíamos aprendiendo y amándonos cada día…
Así terminamos otra historia más. Edward siempre quiso que Bella triunfara, le brindó seguridad y la pulió para que ella cumpliera sus sueños, no tuvieron más hijos, con la oruga fue suficiente para su apretada agenda laboral, ellos se esforzaban por darle a Nicole toda su atención. Y bueno, como ya leyeron Renée se quedó con ellos. Les agradezco mucho la oportunidad y con mi corazón espero que haya sido de su agrado.
Infinitas gracias a quienes me acompañaron en lecturas, favoritos, follows y reviews. Les abrazo fuertemente y les deseo lo mejor.
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Gracias totales por leer 🌿
