Disclamair: Los personajes y el tema de la historia no me pertencen, todo a sus respectivos autores. Enjoy!
El chico lobo se recostó en su árbol favorito. Cuando navegó por el Rín nunca supuso que terminaría en Francia, aunque debió asumirlo. Rhein suspiró sintiendo la brisa veraniega que en algunos días se enfriaba de repente y empezaba a parecer otoño.
—Hey, hola, hace mucho que no te veía —saludó el muchacho a una ardilla que saltó de la rama de un árbol al suyo—. Te ves genial, sabes, ya no planeo comerte —le habló al animal como si pudiera entenderlo y guardó los panes y galletas de Rhin a un lado—, pero tampoco debo abusar de la bondad de Rhin. Espero que vuelva pronto.
Después de casi media hora y un poco más disfrutando de lo que quedaba del sol, Rhein sintió un aroma familiar, alzó su cabeza y distinguió a lo lejos la caperuza roja de Rhin. La chica aumentó la velocidad de su paso cuando lo avistó recostado en su árbol.
—¡Rhein! —ella lo llamó—, no deberías estar tan expuesto, alguien podría verte.
—No temas, Rhin. Casi nunca veo a nadie por estos parajes, más que tú.
—Mi abuela me contó que algunas personas rondan el bosque y ella pensó que podían ser los prusianos o gente de otras aldeas, o tal vez desvaría por su edad.
Rhein olfateó, desde que tenía esa forma, sus sentidos se agudizaron mucho mejor, a tal punto que podía oír y oler a Rhin a kilómetros.
—No huelo nada. Oh, espera, si, huelo algo —el chico se acercó a ella haciendo ruidos más fuertes de olfateo.
—¿Qué? ¡¿Qué, Rhein?! —preguntó ella alarmada y buscando a su alrededor con la mirada.
—¡Eres tú! —rio el chico y destapó su capucha roja frotando su cabello rubio.
—¡Ay, Rhein! —se quejó la chica y se apartó—, no es gracioso. Temía que alguien pudiera verte y confundirte con un lobo.
—Nadie viene por aquí Rhin y no me sorprendería que alguien me confundiera con un lobo —el joven alzó sus manos y vio sus garras—, me parezco a... uno.
—Rhein... yo —la joven sintió en el tono del muchacho lastimado y quiso remediarlo—, yo no creo...
—¡Y me voy a comer a Caperucita roja! —bromeó extendiendo sus garras. Rhin fingió que temblaba y se asustaba.
—¡Ay, no! Nadie podrá ayudarme, el malvado lobo feroz me tiene en sus cauces.
—¡Ja,ja,ja! Claro, pero entonces apareció el bondadoso leñador y salvó a la pequeña de su terrible destino, fin —terminó el chico contando mientras reía.
Rhin inclinó su cabeza sin entender a qué se refería Rhein con ese giro del final.
—¿De qué hablas, Rhein? Caperucita termina siendo devorada por el lobo y entonces ahí termina el cuento.
—Creo que tú no sabes de lo que hablas —objetó el chico que estaba tan confundido como ella—. En la versión que mis padres me contaban, siempre fue así. Antes que el lobo pudiera devorar a Caperucita, los gritos de la chica alertan a un leñador que pasa cerca, él dispara al lobo y después de matarlo abre su panza para buscar a su abuela, la salvan y fin.
—Pues a mi siempre me contaron como mi tatarabuelo lo escribió. El final era que ella terminaba siendo comida porque era una especie de parábola para las chicas si se dejaban cortejar por cualquier chico que las halagara. Esa era la lección.
—Es muy extraño, eso suena muy... crudo. Yo siempre pensé que la lección era no confiar en los extraños. Tal vez por esa razón mis padres siempre cambiaban el final. Espera ¿Dijiste tu tatarabuelo? —ella asintió.
—¿Y tus padres? ¿Cómo son? —preguntó refiriéndose a si se veían como lobos igual que él.
—Yo pregunté primero —exigió Rhein. Rhin se mordió el labio inferior, molesta de no poder sacar algo de su pasado al licántropo y por ser tan cortés en darle la razón.
—Está bien, contesto primero. Si, dije tatarabuelo, me llamo Rhin Perrault —las orejas del joven se elevaron.
—¿Tu tatarabuelo es Charles Perrault? —ella volvió a asentir con cierto aire presuntuoso—. Mi padre y mi tío siempre fueron admiradores de Charles Perrault, ellos lo consideraban un buen escritor. Aunque mucho de los cuentos de sus libros eran recopilaciones de la tradición oral.
—Pero él puso un elemento importante a la historia y lecciones necesarias para los niños o al menos es lo que mi papá siempre cuenta.
—Hay algo que no entiendo en todo esto ¿Cómo un descendiente de alguien como Perrault terminó viviendo en un pueblo rural lejano, casi en la frontera de Alemania?
Rhin bajó su vista ruborizada. La pregunta de Rhein no fue formulada con malas intenciones, pero sonaba como si le hubiese dicho "¿Cómo alguien tan prestigioso tuvo una descendencia ignorante?".
—No-no lo sé. Mi padre solía vivir en la ciudad, e incluso estaba comprometido. Pe-pero tuvo un desacuerdo con un líder militar o un político, la verdad, no recuerdo bien. Él se autoexilió, pero nunca quiso abandonar Francia. Llegó aquí y después de conocer a mi mamá y comprometerse con ella, decidió quedarse. Es todo... o al menos todo lo que sé. En cuanto a tus padres... —Rhin dejó su oración al aire, con esperanza de que Rhein contestara.
—Mis padres son humanos, si es lo que te preguntas. Ellos están vivos y residen en Alemania, en Kassel, o al menos fue lo último que supe —antes de que ella pudiera indagar más en su pasado, el chico se adelantó para hacerle otra pregunta—, por cierto, Rhin ¿Tu caperuza es roja a causa del cuento?
La joven contempló su larga caperuza que llegaba un poco más de su rodilla y recordó el día en que su madre se la confeccionó.
—No. Mi madre quería hacerla azul, pero muchas chicas en mi aldea tenían ropas de color azul. Ella no tenía muchas telas de tantos colores y le hubiese gustado una amarilla, pero no le quedaba de ese color. Entre las que más tenían era de verde y rojo, mi padre pensó que el verde podría ser, pero mi madre no le gustaba porque le recordaba al color de los mocos cuando estas enfermo. Así que decidió hacerla roja y muy larga para que me durara mucho. Recuerdo que me la dio como regalo de Navidad hace unos tres años y medio.
Rhein se acercó a mirar mejor su ropa y la olfateó.
—Tu ropa huele a heno, paja, cenizas, tierra y algunas frutas y comes mucha avena y pasas mucho tiempo cerca de telas.
—Así es —respondió impresionada—, ¿Cómo...
—¿Me doy cuenta? Mi olfato está muy desarrollado, también mi oído y otras muchas partes de mi. A veces puedo sentir cuando hay peligro o predecir el clima o qué animal está cerca de mi, no se cómo explicarlo, es algo... como una sensación que me viene de repente.
—¿Predices el clima? ¡Eso es genial! También quisiera poder predecir el clima, ayudaría a mamá cuando tiene que lavar la ropa o a papá cuando debe cultivar.
—¡Ja, ja! Si algo te ayuda, creo que por estos días lloverá, parece que hace calor, pero la humedad está en aumento.
—Muchas gracias, Rhein —la chica enseñó una sonrisa tan amplía, que hacía creer al joven que sus ojos azules brillaban—. Ah, cierto Rhein —recordó Rhin algo que por poco olvidaba, su voz hizo volver a la realidad al lobuno—, ¿Cuándo seguimos las lecciones?
—En otro momento, será mejor que vuelvas pronto a tu casa, antes que tu familia se preocupe por tu tardanza.
—¡Tienes razón! ¿Cómo es que siempre se me olvida lo importante? —Rhin recordó que su madre podría volver en cualquier momento y metería en problemas a su padre y a ella si se enteraba que no fueron juntos a visitar a la abuela—. Ya ves Rhein, por eso dudo que pueda aprender el abecedario, si siempre olvido todo.
—Mi padre me demostró que con práctica y esfuerzo todo se logra. Él y mi tío quedaron huérfanos de padre muy jóvenes y ellos proveían a su madre y sus hermanos menores. Si no fuera por sus estudios y conocimientos que lograron con su esfuerzo, todos pudieron haber terminado en las calles.
—¿E-en serio? Eso explica porque eres tan inteligente y aplicado —exclamó Rhin feliz de saber algo más de su nuevo amigo. Rhein se ruborizó ante lo dicho y desvió su vista.
—Se mu-mucho porque me esfuerzo —Rhein no evitaba tartamudear, el cumplido de ella lo había puesto nervioso—, Rhin ¿Ma-mañana volverás?...
La chica pensó mientras volvía a tapar su cabeza con la capucha y recordó que día era.
—No, no volveré, solo vengo los fines de semana a visitar a la abuela, mañana es viernes, hoy hice una excepción porque venía a decirle la noticia del mensaje y también hice una excepción hace varias semanas porque estaba muy débil.
Las orejas del chico bajaron, hace tanto tiempo que no hablaba con otro ser humano que le resultaba un deleite conversar con Rhin.
—Pero pasado mañana si podré, será sábado, por lo que ¡Hasta entonces, Rhein! —ella saludó con la mano en alto mientras se alejaba.
Rhein devolvió el saludo y sonrió. Susurró un suave "hasta pronto" en alemán, viéndola alejarse.
Aquella noche, el señor Perrault suspiró por décima vez de alivio. No dijo nada a su esposa sobre haber dejado ir sola a la niña a ver a su suegra, pero la ausencia de su hija la sintió más larga de lo normal, tal vez por sus nervios. Rhin llegó a la cabaña tan solo unos minutos antes que su madre, si ella se hubiera tardado unos minutos más, podía imaginar el sermón y regaño de su mujer a él y la chica.
—Charlize, debemos hablar —le susurró en medio de la noche a su esposa que yacía en la cama dormitando.
—¿Qué pasa, Romuald? —contestó de mala gana, mañana también debían levantarse temprano y él deseando hablar, que inoportuno.
—Es sobre Rhin.
—¿Qué pasa con ella? —la mujer dejó su cómoda posición a sentarse rápido con solo escuchar el nombre de su hija.
—No pasa nada malo, pero no podré acompañar más a Rhin a ver a tu madre.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Tengo mucho trabajo que hacer. Además, ella ya es grande, siempre se las logra ingeniar en el bosque.
—No puedo creer lo que escucho, piensas que es más importante los cultivos que la seguridad de tu hija ¿Qué harás cuando un prusiano la secuestre?
—Nadie va a secuestrar a Rhin. Creía que había prusianos en el bosque, pero lo dudo mucho y la gente de otras aldeas no está interesada en nosotros, y de esos cultivos es de lo que vivimos. Sin mencionar que dejamos la casa sola y está muy alejada de las demás en la comarca.
—Pero hoy dejaste la casa sola y no pasó nada —replicó la mujer sin saber la verdad. Romuald tragó en seco y apartó la mirada.
—Hoy está bien, mañana quien sabe que puede ocurrir y lo que le pase a nuestros bienes también le puede pasar a nosotros. Si tanto te importa su seguridad, acompáñala tú.
—Cada vez que lo hacía, te quejabas porque volvía tarde —ambos, marido y mujer suspiraron y aflojaron sus hombros, como esperando quitarse la tensión de encima—. Romuald, no pienses que sobreprotejo a Rhin, pero ella está tan extraña, dijo que llovería por estos días estando hoy tan soleado.
—La oí, Charlize, también me lo dijo.
—¿Quién la cuidará si nosotros no podemos? —siguió suspirando la mujer.
—Por favor, deja de ser tan paranoica.
—¡No estoy siendo paranoica! Y además ¿Qué significa ser paranoica? —su esposo rio en voz baja y negó con la cabeza, a pesar de todos los defectos, no evitaba amar a su mujer.
—Significa que ves problemas donde no los hay.
—Pero, si los hubiera... ¿Qué tan seguro crees que es el bosque para nuestra Rhin?
—Lo suficiente como para dejarla sola.
—¡Oh, Romuald! Si pasara un mes en que alguien cuidara de Rhin en su viaje a ver a mamá, entonces si lo creería.
—Entonces, busca a alguien de confianza que conozcas, lo encomiendas a Rhin y después del mes verás que tengo razón, ahora a dormir —el hombre bostezó y volvió a recostarse.
—Te hago recordar que fuiste tú el que empezó con esta discusión —Romuald elevó sus hombros semidormido e ignoró a Charlize. Ella también se recostó y pronto quedó dormida.
El viernes a la mañana, Rhin salió temprano a la casa de Aurélie después de su desayuno y recoger agua del pozo para su casa. Como no la había visto desde hace mucho, podía ir a visitarla como excusa y de paso buscar un libro que la ayudase a aprender.
—Mi querida Caperucita Roja, pasa —la invitó la otra chica a su casa después de recibirla.
—Gracias, Auri y hoy tampoco traigo la caperuza, para tu información.
—Ya lo sé, solo quería molestarte, Rhin.
La casa de Aurélie era muy bonita y bien arreglada, a diferencia del cuchitril en el que vivía la familia Perrault, e incluso tenía otro piso donde dormían en distintas habitaciones los hijos de la casa.
—¿Qué te trae por aquí, Rhin? ¿Vienes a comer? —preguntó dirigiendo una mirada a la mesa de la cocina.
—No, gracias, Auri, ya desayuné. Quería preguntarte si tienes algún libro con el dibujo del abecedario.
Su amiga hizo una expresión de sorpresa, no esperaba eso de parte de ella.
—¿El abecedario? Con el diseño del abecedario... No recuerdo. Ven conmigo a la estantería.
La chica la guió más adentro de la casa donde estaba una sala de estar muy bonita, amueblada de forma muy moderna para la época. La alfombra decoraba muy bello el piso y la chimenea estaba libre de cenizas. Rhin avistó el estante contra la pared que vio varias veces en otras visitas, pero era la primera vez que le prestaba mucha atención, estaba lleno de libros que lucían muy viejos y otros muy limpios, con algunos retratos de la familia de su amiga. Aurélie se puso de puntilla y agarró un libro del anaquel más alto.
—Mi padre me dijo que este era importante —comentó hojeándolo, pero frunció el ceño mientras más buscaba y no encontraba—, creo que no está en este, buscaré en otro.
—Auri, ¿Sabes leer? —preguntó Rhin cuando notó que su amiga pasaba las hojas muy rápido y buscaba en la estantería sin prestar atención en los títulos de los lomos.
—¿Eh, leer? Pues poco y nada, conozco algunas letras, pero me es difícil conectarlas. Me gusta más viajar.
La caperucita se sintió decepcionada de su propia amiga, pensaba que alguien que visitaba tanto la ciudad como ella podía ser más conocedora de saberes que le eran casi imposible a la gente de la comarca.
—¿Qué e-están haciendo-do?
Ambas voltearon al dueño de la voz que preguntó, era Benoit, el hermano pequeño de Aurélie.
—Hola, Benoit, buscaba un libro en que tengamos el abecedario —respondió su hermana mayor—, ¿Tenemos alguno?
—Cla-claro que te-tenemos uno Auréli-lie.
El chico fue por un taburete y se subió de forma ágil a este, Rhin se impresionó lo rápido y ágil que Benoit llegaba a ser a veces. Él encontró dos libros, uno de ellos tenía cartillas. Bajó en un salto y se los entregó a la rubia.
—E-estos dos son bu-buenos.
Rhin abrió el de las cartillas, tenía el abecedario, un silabario y demás información muy útil. Luego abrió el otro, tenía muchas palabras, pero ella no entendía nada.
—¿Este para que es, Benoit?
—Es un di-dic-diccionario. Si-sirve-ve para buscar palabra-bra-bras que no entiendas.
—Me lo guardaré para cuando esté más avanzada.
—¿Avanzada? ¿Qué significa eso, Rhin? —preguntó su amiga.
—Quiero aprender a leer, Auri.
Su amiga respingó.
—¿Estás segura? ¿Es para impresionar a alguien o qué?
—¡No! Es para… —Rhin pensó que no sería buena idea decirle lo de Rhein a Aurélie, por más que fuera una buena amiga—. Si, es para impresionar a papá. Voy a demostrarle que tengo interés por aprender a leer.
La chica hizo un aplauso y su hermanito levantó el pulgar.
—E-estoy seguro que podrá-drás, Rhin.
Rhin acarició la cabeza de Benoit, y vio sus lindos ojos azules. Era un chico muy listo para su edad, de hecho, le parecía más listo que Aurélie, a veces.
—Estoy usando un método concreto para aprenderme el abecedario de memoria. Voy pensando una letra y en esa letra me imagino algo o algún objeto que empiece por esa letra. El problema es que no conozco el abecedario, ni las letras con la que las palabras empiezan.
Benoit volvió a sonreír y se fue por un rato a su habitación. Las dos chicas lo observaron subir las escaleras. Volvió al poco tiempo con hojas y lápices o algún tipo de instrumento para la escritura.
—Pu-puedo ayudarte, Rhi-Rhin.
—Benoit, esos son los lápices que te regaló el tío Claude ¿Qué vas hacer con ellos?
—Rhin Apre-pre-prenderá más rápido con-con, digo, escri-cri-cribiendo.
—Muchas gracias, Benoit. Ahora mismo empezaré a estudiar. Me propuse aprenderme hasta la letra H. Benoit ¿Tu sabes leer? —el chico asintió en silencio— ¿Me enseñarás?
Él volvió a asentir y esta vez estaba entusiasmado.
—No es justo, yo también quiero aprender —replicó Aurélie—. Vayamos a mi habitación, tengo un escritorio, allí nadie nos molestará.
Durante las siguientes dos horas, Rhin estuvo en la habitación de su amiga con ella y su hermano, memorizando y escribiendo las letras. A pesar de su tartamudeo, Benoit se lucía y más feliz lo hacía que Aurélie recuperó un gran entusiasmo por las letras.
La habitación de Aurélie era tan bonita y espaciosa. El color amarillento de las paredes, el estante con figuras de porcelana, la cama bien hecha, los cajones de su cómoda ordenados, hasta tenía un pequeño espejo colgado en la pared, junto a un crucifijo y un retrato de sus abuelos. Rhin nunca envidió a su amiga, la quería mucho y no por sus objetos materiales, sino por lo humilde que solía ser a pesar de sus comodidades.
—Benoit, trata de no tocar la figura de porcelana de la parejita de cabras, es mi favorita.
Bueno, casi siempre.
En un momento, escucharon golpes en la puerta de Aurélie.
—Auri, ¿Benoit está allí? —era la voz de la madre de los chicos.
—Si, mamá —la mujer entró y Rhin ocultó sus hojas, junto a la de su amiga, acto que sorprendió a los hermanos.
—Quería decirte que ya está la comida. Hola, Rhin, hace mucho que no te veía ¿Qué estaban haciendo?
—Estamos aprendiendo a-
—¡Dibujar! —interrumpió Rhin a su amiga—. Estamos aprendiendo a dibujar.
—¿En serio? Creí que ya eran grandes para esos pasatiempos. Oh, bueno. Cuando puedan, bajen a comer. Rhin, si quieres ven también.
—Se lo agradezco, señora Moreau, pero me iré pronto a mi casa a comer también.
—Como quieras, hasta luego.
Tan pronto se fue la mujer, Rhin se dio cuenta de las expresiones sorpresas de ambos hermanos.
—Perdón por reaccionar así, pero quisiera mantener esto en secreto. Es porque no quiero que mi mamá se enfade y también porque quiero impresionar a papá.
—De acuerdo, Rhin. Mis labios están sellados —dijo Aurélie tocando con su índice la punta de sus labios, Benoit imitó el gesto.
Rhin les agradeció desde lo más profundo de su corazón y dejó que su amiga la acompañara afuera.
—Tu hermanito es muy inteligente, no sabía que sabía leer —le comentó la rubia a su amiga en el pórtico de su casa.
—Lo sé y enseña muy bien, a pesar de su edad.
Recordando aquello que había hablado con Rhein sobre lo difícil que era la educación en su pueblo, brilló una lámpara en la cabeza de Rhin.
—Oye, eso me da una idea. El Pueblo podría algún día diseñar una escuela para la futura generación y Benoit sería el maestro.
—Eso sería maravilloso, Rhin —Aurélie cambió su expresión de alegría a una de duda e incertidumbre—, pero los niños se burlarían de su tartamudeo y eso lo desmotivaría a seguir enseñando.
—Pero, ¿No dijiste que está en un tratamiento? Estoy segura que en el futuro mejorará mucho que casi ni tartamudeará.
—¿Tú crees? Me alegra que alguien piense así de Benoit. Él mejoró mucho de la última vez, pero parece que nadie lo nota, ni siquiera nuestros padres. Ahora solo tartamudea cuando está asustado, nervioso y ante palabras muy largas o difíciles.
—Pues yo estoy segura que será un gran profesor en el futuro, solo tiene que tener confianza y seguir con su tratamiento. Mañana vuelvo para seguir estudiando, nos vemos, Aurélie.
—Nos vemos, Rhin y prometo no contarle a nadie nuestro secreto.
Después de la despedida, la rubia fue saltando y tarareando por su comarca hasta llegar a su casa. Esa noche durmió con mucho entusiasmo, esperando a que ya sea sábado.
