Disclamair: El concepto le pertenece a Hitoshizuku, y Rin y Len son propiedad de Crypton, Vocaloid.


Los cerdos estaban listos para ser sacrificados, era una pena que el día fuera tan hermoso, incluso si unas nubes negras amenazaban en el horizonte. Así era la vida de un animal de granja, ser criado para el consumo, por lo que no era muy recomendable encariñarse con ellos.

—Bueno, Paul, es normal tener un poco de miedo a la primera vez, pero luego te acostumbrarás.

El granjero empuñó el cuchillo para degollar al cerdo, sabía que su hijo tendría miedo, por lo que trataba de tranquilizarlo, pero esa tarea era de las menos bonitas, además de limpiar los desechos de los animales y las letrinas.

Cuando el cuchillo pasó a manos del joven Paul, él tembló. Ese temblor no dejaba que el sable tocara el cuello del animal.

—Tranquilo, Paul. Es difícil, pero posible.

—Estás desperdiciando el tiempo papá, déjame hacerlo —pidió otro joven.

—Tú ya sabes cómo hacerlo, deja que Paul lo haga.

Paul tragó en seco pero empuñó con más fuerza el cuchillo, lo levantó y cuando estaba a punto de asestar el tajo final, se detuvo de golpe. El otro joven rezongó y rodó los ojos, que desperdicio de tiempo.

Una vez más, el muchacho más joven volvió a empuñar el cuchillo, pero el arma desapareció de sus manos en un rápido movimiento que no se percató.

—Muy lento —se burló el otro compañero con el cuchillo en mano, caminó hacia el porcino y degolló en pocos segundos su cuello. El animal se desangró en el suelo.

—¡Te dije que le dejaras a tu hermano! —regañó el otro hombre.

—Se estaba tardando y no tenemos todo el día —el muchacho recibió un golpe en su nuca—, ¡Eso dolió!

—La próxima vez será más fuerte, así que no me hagas enojar ¿Escuchaste? Usa tus fuerzas en limpiar el gallinero.

El chico asintió como si fuera un soldado y dejó que su padre terminara la tarea con los cerdos. Él se retiró maldiciendo en camino al gallinero, Paul lo siguió.

—Eso fue genial —murmuró su hermano menor—, ¿Cómo lo haces sin tener miedo?

—Es fácil, Paul. La clave es dejar de pensar un momento. Cuando olvidas todo a tu alrededor y piensas en nada, las cosas son más fáciles.

—Pensar en nada —repitió el menor— ¿Y eso cómo lo haces?

—Con práctica, mucha práctica. Bueno, mejor me voy a limpiar el gallinero, antes que el gallo enloquezca.

—Espera ¿Me lo podrías enseñar más tarde?

—¿El qué?

—Eso de hacer el tajo rápido y sin temor.

El muchacho se rio y asintió.

—Por supuesto, más tarde te lo enseño, Paul.

—¡Gracias, Marcel!

Hoy el desayuno de la familia Perrault transcurrió con tranquilidad, excepto por una pequeña interrupción.

—Creo que alguien entró en el granero anoche —comentó el padre de la familia.

Rhin sintió que el pedazo de manzana que comía quedaba atascado en su garganta.

—Eso no puede ser posible, Romuald. A no ser que… —la señora Perrault se mantuvo pensativa—. ¿Podría ser alguien de otra aldea, quizás?

—Si es así, estaríamos en problemas.

—¿De dónde sacas tal conclusión, papá? —fue esta vez Rhin quien interrumpió.

—Hoy cuando entré encontré la vasija tirada. Siempre dejo esa misma vasija detrás de la puerta como señuelo.

—Pudo haber sido el viento, ayer estuvo muy fuerte —comentó Charlize que trató de tranquilizarse con esa posibilidad.

—Es imposible, tapé todas las ventanas antes de dormir. Fui a revisar, pero no encontré nada raro, volveré a revisar después del desayuno.

—¡Fui yo! —exclamó Rhin levantándose de la mesa, acto que dejó boquiabiertos a sus padres—. Fui yo, papá. Perdón por preocuparte.

En silencio y con la cabeza agachada, la muchacha volvió a sentarse y engullir su comida.

—¿Qué fuiste a hacer en el granero, Rhin? —el tono en que su padre preguntaba sonaba muy inquisidor, algo que hizo a la chica temblar más.

—Fui a… —se quedó en silencio, no había pensado una excusa para eso—, fui a… ¡Fui a guardar la otra canasta que se me olvidó!

Ambos padres levantaron sus cejas. Su madre expresaba desconcierto, le pareció extraño ese comportamiento de parte de ella, pero la mirada de su padre parecía expresar incredulidad.

—¿Por qué lo hiciste tan tarde? Pudiste guardarla en la mañana.

—Es que… —de vuelta ese silencio dubitativo, si no aprendía a mentir o decir excusas rápido, esto acabaría mal—. Es que temía que se me olvidara.

Tal vez aquella excusa no fue del todo convincente para el señor Perrault, pero se sintió satisfecho con esa respuesta. Miró a su esposa que parecía más que convencida.

—Está bien, Rhin, pero la próxima vez ve más temprano. Incluso si el granero está cerca de casa, no se descarta que pudiera pasarte algo saliendo de la casa tan tarde —sugirió su madre sonriendo.

—Si, mamá. Lo tendré en cuenta.

—Por cierto, querida, me gustaría que me fueras a acompañar a comprar algunas cosas antes de ir a misa ¿No estarás ocupada, verdad?

Rhin observó el cielo nublado desde su ventana y recordó que Rhein le dijo que llovería en la semana.

—El cielo está muy gris —comentó la chica.

—¡Válgame, es cierto! Que mal, con lo soleado que estaba ayer. Debemos darnos prisa, antes que llueva ¿Vienes, Rhin?

—Claro —asintió la susodicha—, pero primero debo ir a traer el agua.

—No te preocupes por eso, pequeña. Lo haré yo, tú ve a cambiarte —la tranquilizó su padre.

—¡Gracias, papá! Ya voy, mamá.

Rhin fue hasta su habitación y notó la lámpara de aceite en su mesita de luz, luego tendría que dejarla más tarde en el placard que tenía las herramientas de la familia. Sacó de su armario un vestido más cómodo, su caperuza -por si llovía en el camino- y se vistió. Acomodó la ropa del armario de tal forma que cubra su cuaderno y lápiz, estando lista llamó a su madre y las dos emprendieron su camino, cada una con una canasta distinta. La madre de Rhin llevaba algunas verduras y hortalizas para intercambiar con sus vecinos y así estos le dieran otros alimentos a cambio.

La primera parada fue por algunas telas e hilos, después intercambiaron papas por remolachas, nabos y cebollas, compraron aceite y algunos pescados.

—¡Buenos días, madame Perrault! —saludó el pescadero.

—Buenas tardes ahora, monsieur Martin.

—¿Tan rápido se hizo tan tarde? ¡Oh! Si ahí está la pequeña Rhin, que bonita se ve, señorita.

—Gracias, monsieur Martin y buenas tardes también.

—Rhin ¡Hoy te ves muy linda! —la halagó la esposa del pescadero.

—Gracias, madame Martin.

—Rhin, cada vez te ves mejor —le dijo la anciana madre de una de sus vecinas.

—Gracias.

Rhin estaba consciente que ella no era ninguna desconocida para nadie en la aldea, de hecho, todos se conocían y se sabían los nombres de cada uno, no eran más de cien habitantes. Pero desde el incidente con la hoja y el jugo de mora su popularidad se había acrecentado.

La siguiente parada era para tener más carne y huevos, eso significaba visitar a los Avenant. El señor y la señora Avenant eran personas muy agradables, su hijo menor en alguna medida lo era, en cuanto a su hijo mayor… pues… alguna gracia debía tener el pobre.

—¡Monsieur Avenant! ¡Monsieur! ¿Se encuentra? —preguntó la mujer en el negocio que era la entrada del hogar.

—Ya voy, ya voy. Madame Perrault, está usted bella esta tarde, también la pequeña Rhin —saludó el señor a ambas y estas a su vez respondieron con una sonrisa.

—Quisiera un poco de-

Pero la señora fue interrumpida por otro vecino.

—Avenant, quiero cabra y muslo de pollo —pidió el artesano del pueblo.

Madame Perrault frunció el ceño y pensó que aquel hombre fue muy grosero por interrumpirla.

—Enseguida Denueve, lo siento madame, la dejaré con Paul ¡Paul, un cliente! —llamó al interior y apareció un joven de estatura media, un poco más alto que Rhin, de cabellos castaños claros y con un gran flequillo cubriendo parte de sus ojos.

El chico fue hasta la entrada del negocio y se paró en seco cuando vio a sus clientas.

—Madame Perrault, mademoiselle Rhin —pronunció en voz baja y con un tono temeroso.

—Hola Paul ¿Cómo estás? —preguntó la señora sonriendo, de igual forma lo hacía su hija en silencio.

—Bien, por supuesto que muy bien —el tono de su voz se volvía más nervioso y fuerte con cada palabra que soltaba.

—Me gustaría doce huevos y tocino, por favor.

El joven se dio la vuelta, recogió un cesto y fue a la despensa dispuesto a recoger las provisiones, cuando se encontró en su camino con su hermano mayor.

—¿Ya viste quién llegó, Paul? —preguntó con tono mordaz el otro chico.

—¿Ah? Si, madame Perrault —respondió fingiendo estar tranquilo mientras recogía los huevos.

—Y vino con Rhin.

Ante esto último dicho, al jovencito casi se le cae uno de los huevos. Marcel no dejó pasar ese desliz suyo y se rio.

—Si, ya me fijé.

—Iré a saludarla.

—¡No vayas! —se dio la vuelta rápido y dejó el canasto.

—No seas tan melodramático, te ayudaré con ella.

Sin hacerle caso a los ruegos de su hermano menor, Marcel caminó hacia donde se encontraban las dos féminas hablando.

—Buenos días, Rhin —saludó sonriendo y mostrando sus dientes. Rhin dejó la charla con su madre y se concentró en el muchacho, intentó forzar una sonrisa.

—Hola, Marcel. Aunque ya son "buenas tardes".

—¿Buenas tardes? ¿Tan rápido pasa la hora? ¡Mis modales! —exclamó palmeándose la cara cuando recordó a la madre de la chica—. Buenas tardes, madame Perrault.

—Buenas tardes, Marcel.

A la madre de Rhin no le era difícil saludarlo con una sonrisa sincera, no conocía tan bien al chico como algunas de sus vecinas o como su hija.

—Rhin ¿Te han dicho que eres una chica valiente? —siguió la conversación el muchacho.

—Si, mi abuela a veces me lo dice.

—¿Y te gusta que te lo digan? Porque mi hermano te lo diría a menudo, de hecho, él piensa que lo que hace linda a las doncellas es su valentía más que su cabellera.

—Si me lo dijeran a menudo me cansaría, hablando de tu hermano ¿Dónde está él? —quería terminar esa conversación e irse lo más pronto posible.

—¿Ya quieres ver a Paul? ¡Oye, Paul! ¿Escuchaste? ¡Rhin quiere verte! —gritó lo último dándose vuelta.

La señora Charlize rio, pero Rhin se sintió incómoda, no era necesario decir eso en voz alta y mucho menos gritarlo, otros clientes estaban llegando y hablaban con el señor Avenant, pero escucharon lo que gritó Marcel. Que humillante.

Paul llegó corriendo con la canasta llena de una docena de huevos y tocino. Algunos clientes se rieron cuando vieron al chico casi tropezar en la entrada.

—Cállate, Marcel. Mis disculpas por la tardanza, me demoré buscando el tocino.

—No hay problema, Paul.

La mujer dio una paga justa, por lo que el chico no tenía que dar el vuelto, sin embargo, se le cayó una moneda mientras lo contaba, eso hizo a Marcel reír y también a algunos clientes.

—Muchas gracias por su compra, madame y mademoiselle Perrault.

Antes de poder marcharse, Marcel las llamó.

—¡Oye Rhin! ¿Estás libre esta tarde? Con Paul y los chicos planeábamos ir a ver la frontera.

La joven suspiró para sus adentros, pero inhaló con fuerza y levantó su pecho, no podía dejarse vencer por esta pesadumbre. Dio la vuelta y le respondió con firmeza al muchacho.

—Pues… me gustaría, pero ya tengo planes, voy a ir a ver a mi abuela después de misa.

—Es cierto, lo olvidé. Los fines de semana la visitas ¿Y mañana?

—No puedo, estaré con Aurélie y Benoit en su casa.

—¿En serio? ¿Estarás con Be-be-beno-no-no-noit? —exageró el tartamudeo del hermano menor de Aurélie, lo que hizo reír a Paul y fruncir el ceño a Rhin.

—Si, estaré con ellos, es más divertido que tirar piedras al río o molestar a los animales. Además, no me gusta estar cerca de gente que se burla de otras personas por defectos suyos —comentó lo último mirando a Paul, quien detuvo su risa—. ¡Buenas tardes!

Y así se marchó del lugar, con su madre a su lado, que no paraba de sacudir la cabeza.

—Esa no fue una manera muy cortes de despedirse, Rhin.

—Tampoco es muy cortes burlarse de Benoit por su tartamudeo.

La señora Perrault no tenía ganas de discutir con su hija, además, en ese momento le preocupaba más la lluvia que estaba próxima a desatarse que los modales de su unigénita. Ambas se dieron prisa y no discutieron más del asunto.

En la casa, luego de poner los alimentos en la despensa, Rhin fue a sacar la ropa del tendedero y los llevó al caballete dentro de la casa. Mientras tanto, su madre ya empezaba a preparar el almuerzo. El padre de la joven entró y ayudó a acomodar los tubérculos y verduras mientras oían las primeras gotas caer del cielo y el olor a petricor se acrecentaba.

Si llovía en uno de los días que ella debía ir a ver a su abuela, Rhin tomaba la decisión de no ir. La señora anciana ya se esperaba la ausencia de su nieta cuando capotaba el cielo.

Cuando terminaron de comer, la familia Perrault se preparó con distintos abrigos para marchar a la misa dominical. Tan pronto salieron, se apuraron en su camino a la parroquia para no mojarse mucho pero no les importó que el barro se pegara a sus zapatos o al dobladillo de los vestidos. Llevaban dos paraguas viejos de la época del padre de Rhin cuando era joven y que trajo en su autoexilio de la ciudad. Uno usado por el hombre, el otro por la madre y la hija.

El camino a la capilla no era muy largo porque estaba en el centro de la ciudad y algunas familias o ancianos iban ya sea con paraguas o con sabanas gruesas para cubrirse.

Después de la misa era común que amigos y familias se juntaran a charlar un poco, ya sea de asuntos cotidianos o de la homilía del Padre Luc, sin embargo, la lluvia no mejoró después de la celebración y muchas familias tuvieron que retirarse lo más pronto posible a sus respectivos hogares.

La señora Perrault aprovechó el poco tiempo que tenía para informarle a la señora Belmont que Rhin se quedaría en casa porque parecía empeorar la tormenta. Rhin notó a Aurélie entre la multitud y fue corriendo a ella para hablarle a riesgo de separarse del paraguas y mojarse.

—¡Aurélie! —la llamó y la aludida volteó a ella con Benoit a su lado—, mañana nos vemos a la tarde ¿Si? Después del almuerzo —dijo entre jadeos y le hizo un guiño para que entendiera su indirecta. Los padres de Aurélie estaban allí cerca y podían escuchar lo que la caperucita decía, por lo que ella fue lo más discreta posible.

—¡Claro, Rhin! Mañana nos vemos y prepararé las cosas para jugar —le respondió y también le guiñó el ojo—, ¿Estarás con nosotras, Benoit?

—¡Por supuesto! —exclamó el chico sonriendo y teniendo una idea de lo que hablaban su hermana y su amiga.

Después de la despedida, Rhin volvió hacia sus padres y recibió un terrible regaño de su madre por estar bajo la lluvia y sin avisarle que saludaría a su amiga. La señora Perrault incluso estaba dispuesta en cederle su paraguas para que ella pudiera ver a Aurélie y así su hija no se empapase, pero suspiró resignada en lo impaciente que solía ser Rhin a veces.

Dentro de la casa, Rhin fue a cambiar su ropa mojada y la dejó en el caballete, cerca de la estufa de la cocina. La señora Perrault decidió hacer su trabajo de costura, mientras el señor Perrault fue a dormir un rato.

Luego de cambiarse de ropa, Rhin dirigió su atención a la ventana de su habitación, no podía evitar pensar en Rhein y se preguntaba como estaría en el granero. Pensó en tomar uno de los paraguas y correr hacia el granero para verlo, pero la puerta de la entrada estaba a una habitación continua donde su madre hacía su labor de costura. La chica esperó a que la lluvia se disipara por un rato y observó desde su habitación como su madre bostezaba, aquel clima parecía provocarle sueño.

—Mamá ¿Y si duermes un rato? Tus parpados están cayéndose —comentó mientras se acercaba a su progenitora con un paso disimulado.

—Si, tal vez tengas razón, querida —la señora se estiró y bostezó otra vez—, me despertaré dentro de un rato para la merienda, también procura descansar, Rhin.

La muchacha asintió y observó cómo su madre volvía a su alcoba. Era el momento de poner en marcha su plan. Corrió hacia el placard por el paraguas y salió sin hacer tanto ruido. Caminó sin importarle que sus zapatos se llenasen de agua y barro. Llegó hasta el granero, tocó el portón varias veces y entró.

—Rhein, soy yo —llamó entre susurros altos.

El chico lobo apareció en la parte alta, lleno de paja y heno. Aquello le causó gracia a la chica.

—¿Qué pasa?

—Nada, es que… —ella intentó dejar de reírse, pero cuanto más lo veía, más se le dificultaba—, es que te ves muy gracioso.

Rhein frunció el ceño y se sacudió como si fuera un perro. Rhin dejó de reírse y subió por la escalera a donde él estaba, no sin antes sacarse sus zapatos sucios.

—¿Cómo pasaste la noche? —preguntó acomodando un cumulo de paja y sentándose encima, como si se tratara de un sofá.

—Bien, un poco en alerta —contesto él mientras estiraba sus brazos—, tu padre entró aquí temprano y me dio un susto de muerte. Por un momento temí que subiera arriba.

—Lo sé, él nos habló a mamá y a mi en el desayuno acerca de ese incidente. Dice que está seguro que alguien entró porque vio la vasija detrás de la puerta tirada y mentí diciendo que fui yo, pero no estoy muy segura que me creyó. Tal vez en la noche ponga candado al pestillo.

—Que hombre más astuto —miró a la vasija de pie detrás del portón y suspiró a la vez que bajaba sus orejas—. Tuve la sensación que esa vasija me traería problemas. Perdón, te metí en un brete —volvió a bajar la orejas y cayó entre medio de la paja seca.

—Ya me las arreglaré, siempre lo hago ¿Comiste lo que te dejé anoche?

Rhein sacó sonriendo la canasta escondida detrás de él.

—Casi todo, me quedan dos manzana y algunos frutos secos. Era demasiado para mi. Pero tengo mucha sed y escuchando esta lluvia caer me provoca unas inmensas ganas de salir y tomar su agua.

—¿Cómo pude olvidar ese detalle? —se preguntó la chica golpeando su cara.

—No es tu culpa Rhin —levantó el chico su mano y trató de tranquilizar a su amiga—. Ya has hecho mucho por mi, estoy muy agradecido, además puedo adquirir agua de las manzanas y los frutos carnosos. Esta noche me las arreglaré para tomar un poco de agua afuera y hacer… demás cosas —contestó lo último sonrojado.

—Pero si mi papá le pone candado no te será posible salir, trataré de convencerlo para que no lo haga.

—Está bien, Rhin, ya discutiremos eso más tarde. No esperaba que vinieras ¿Cómo hiciste para escabullirte hasta aquí?

—Mamá y papá están tomando una pequeña siesta de la tarde y con esta lluvia tal vez duerman muy profundo, sin que noten mi ausencia. Cuando llueve en el fin de semana no voy a ver a mi abuela, así que me quedé. Podríamos aprovechar para estudiar un rato ¡Ay, no!

—¿Qué pasa, Rhin?

Fue entonces cuando Rhin cayó en cuenta que había olvidado su cuaderno en la casa.

—Dejé mi cuaderno de estudios en casa, debo ir por él —estaba ya en camino a la escalera pero el chico lobo la detuvo con su mano en brazo.

—No es necesario, hoy es domingo ¿No? El domingo debe ser día de descanso, así que descansemos.

Cuando Rhein la soltó, la chica notó unas pequeñas marcas en su brazo, lo que hizo que el muchacho se apenara.

—Lo siento, fueron mis garras. No puedo controlarlas.

—No es tu culpa, Rhein. No es que puedas ocultarlas o cortarlas —examinó más de cerca, de no ser por el abrigo que llevaba, le hubiese dejado una marca peor, pero era muy leve, apenas perceptible—. ¿Lo ves? casi ni se notan.

—Podría cortarlas, pero necesitaría un instrumento fuerte y una lima grande.

—¿Igual a las que usan los herreros y artesanos?

—Si, algo así.

—Creo que Monsieur Denueve puede tener algo así, el problema es que… —la chica se calló, no le gustaba hablar mal de las personas, pero no tenía opción—, es muy gruñón y con una actitud muy impredecible.

Rhin se recostó en el montículo y respiró a un ritmo despacio mientras oía las gotas de lluvia golpear el techo del granero. Rhein la observó más curioso que cuando la espiaba en los días que iba a ver a su abuela. Se acercó a ella y se sentó a su lado con la cola rodeando sus piernas.

—Oye Rhin, ¿Cómo son la gente de tu pueblo?

—Son personas muy buenas, Rhein. Cada uno se preocupa en hacer su vida sin molestar a otros, trabajamos duro para subsistir y nos ayudamos mutuamente. Aunque hay cada persona desagradable —pensó en Marcel Avenant y su mala influencia con su hermano menor.

—¿Cómo herr Denueve?

—¿Herr?

—Es como se dice monsieur en mi idioma.

—Deberías traducirme cuando hablas alemán, a veces no tengo idea de lo que hablas y me pierdo en tus explicaciones.

Entschuldigung, significa, discúlpame.

—Ahora te entiendo un poco más. Entschu-chulu —Rhin intentó imitar el acento de Rhein, pero sonaba horrendo para los oídos del lobuno.

—Entschuldigung —volvió a repetir el chico.

—Ya te escuché, es que no me sale. Enchu… ¿Enchudilga?

—¡Ja, ja, ja! Casi —Rhein no pudo evitar reír en voz alta, pero al poco tiempo se tapó la boca, con temor que alguien oyera. Los dos muchachos espiaron la puerta, creyendo que alguien entraría, pero nadie lo hizo.

—No te preocupes, Rhein. Con esta lluvia dudo que alguien nos escuche.

—Es la costumbre. Me alegra que tu pueblo tenga gente muy amable —Rhein volvió a recostarse y recordó el hambre que solía sentir antes de conocer a Rhin y lo mucho que le dificultaba a ella ayudarlo en secreto—. Si tuviera la cabra que tenía Zweiäuglein del cuento "Einäuglein, Zweiäuglein und Dreiäuglein" podría alimentarme y beber sin molestarte.

—¿Qué? —Rhin inclinó su cabeza, no había entendido nada de lo que dijo.

—Perdón, de nuevo hablé en alemán. Quise decir que si tuviera la cabra que tenía Dos ojitos en el cuento "Un ojito, Dos ojitos y Tres ojitos", no te molestaría con el asunto de comer y beber.

Rhin seguía sin entender.

—¿Dos ojitos? ¿Quién es Dos ojitos? ¿Por qué alguien se llamaría así?

—Es un personaje de un cuento, ¿Nunca escuchaste hablar de esa historia?

Rhin negó y Rhein sonrió, estiró sus manos y relajó los hombros.

—Es hora de la entrada del cuentacuentos —el chico se sentó con las piernas cruzadas y carraspeó—. El cuento "Un ojito, Dos ojitos y Tres ojitos" trata de una dama viuda que tuvo tres hijas; la mayor nació con un solo ojo, la segunda con dos como las demás personas y la última con tres, de ahí el nombre de las tres por cada ojo que cada una tenía. Como Dos ojitos era la única normal, las demás hermanas la envidiaban y la trataban con repulsión, incluso su madre la insultaba y le decían que era normal como los demás y no especial como ellas.

—Pero la madre también tenía dos ojos ¿No?

—Si, pero no le gustaba que sus otras hijas sufriesen por ser diferentes y solo una pudiera llevar una vida normal. Entonces, aislaban a Dos ojitos y le daban de comer solo las sobras.

»La pobre lloró un día con su cabrita cerca del lago de su hogar y un hada se le apareció. La consoló y le dijo una fórmula para comer todo lo que quisiese. Solo tenía que decir frente a su cabra "Bala cabra, muéstrate mesa" y aparecía una mesa con cosas sabrosas para comer y beber, cuando estaba satisfecha le decía "Bala cabra, retírate mesa" y así todo desaparecía.

—Eso es tan… cómodo y práctico —comentó Rhin con los ojos iluminados, imaginando toda la escena, pero con ella como protagonista, cerca del río Moder.

—Si que lo es. Entonces, Dos ojitos no comía más las sobras de sus hermanas y madre. Esto hizo les hizo sospechar que ella comía en un lugar secreto y las siguieron sus hermanas; primero la mayor, pero se quedó dormida con una nana que Dos ojitos le cantó. Luego la siguió la menor y uno de sus ojos permaneció despierto para ver el espectáculo.

»Tres ojitos le contó a su madre y hermana y la madre mató a la pobre cabra.

—¡Que cruel!

—Dos ojitos lloró cerca del lago y la volvió a consolar la misma hada quien le dijo que enterrase una tripa de la cabra y que luego de eso pasaría un milagro. Al otro día, en el lugar que ella enterró la tripa de la cabra creció un árbol de manzanas de oro. Las hermanas y madre querían recolectarlas, pero el árbol mágicamente alejaba sus ramas de ella, solo dejaba caer las manzanas a Dos ojitos.

—Se lo merecen.

—¿Las hermanas o Dos ojitos?

—Las hermanas merecen ser ignoradas por el árbol y Dos ojitos merece los frutos de oro. Pero cuenta Rhein ¿Dos ojitos tuvo su final feliz?

—Paciencia, Rhin. Un caballero pasó cerca de allí y quiso saber a quién le pertenecía el árbol. Las hermanas querían convencerlo que era de ellas, pero el gentilhombre se dio cuenta que era de Dos ojitos cuando cayeron los frutos en su delantal.

»El caballero se la llevó consigo a su castillo y con el tiempo se enamoraron y casaron. Algún tiempo después, Dos ojitos descubrió a sus hermanas mendigando por comida, se compadeció de ellas y las llevó a vivir en el castillo, donde ellas se dieron cuenta lo mala que fueron con su hermana y se perdonaron. Das ende, que significa: "el fin".

—Me encantó que Dos ojitos tuviera su final feliz ¿Pero debía también rescatar a sus hermanas? ¿Qué pasa si ellas luego envidiaban su riqueza e ideaban un plan para quedarse con todo lo de Dos ojitos y su esposo?

—Eso me hace pensar que podría ser posible, la gente envidiosa es capaz de hacer cualquier cosa. Pero quiero creer que las hermanas eran así por influencia de la madre y con la madre muerta, ellas dejarían de llevarse por la envidia.

—Eres demasiado bueno, Rhein. En fin, nunca escuché de ese cuento antes.

—¿Tu abuela no te lo contó?

—No, solo escuché los de mi bisabuelo.

—¿No tienes libros de cuentos extranjeros en algún lugar de tu pueblo?

—No lo creo, ni estoy segura si hay forma de conseguirlos en este pueblo. A menos que… —Rhin sonrió y recordó a su amiga.

—¿A menos qué?

—Le preguntaré a Aurélie, mañana la veo, si es que no llueve mucho. Le pediré que me traiga libros de cuentos, así me enseñas mientras los leemos.

—Podría sernos útil. Bien pensado, Rhin.

La chica se sonrojó por el cumplido y sonrió con los ojos brillantes. Los amigos charlaron un rato más, hasta que Rhin pudo atisbar la oscuridad de afuera por una abertura del granero.

—Creo que está oscureciendo. Mejor me voy antes que mamá y papá despierten y noten mi ausencia.

Rhin se paró del heno, sacudió su falda y empezó a bajar por las escaleras. El joven lobuno la siguió.

—Cuídate, Rhin.

—Le diré a papá que no ponga el pestillo, así podrás salir. Si mañana no tengo problemas, trataré de venir por la tarde.

—Deberíamos crear un saludo secreto o algo así.

—Que tal esto —Rhin golpeó dos veces lento y luego dos veces rápido—. Cuando sea yo quien venga a verte haré esa secuencia de golpes en el portón y podrás salir sin problemas.

—Me parece buena idea, aunque tu olfato te delate, hay muchas cosas aquí de tantos olores que se mezclan en mi nariz.

Ambos compartieron una última risa y la muchacha procedió a ponerse los zapatos y abrir el paraguas. Ella se despidió otra vez en la puerta y escuchó el lejano "auf wiedersehen" de la parte de arriba del granero. Rhin cerró la puerta tras de si y caminó tarareando una canción a su casa.

La lluvia era muy escaza, caían pocas gotas y aunque el suelo estaba embarrado, Rhin sintió que podía bailar allí mismo con su paraguas. Fue entonces cuando avistó a alguien en la puerta de su casa, se sorprendió de ver quien era.

—¡Paul! —lo llamó. El chico volteó sorprendido, no esperaba encontrarla afuera de su casa.

—Rhin, creí que estabas en tu casa.

—No, fui a… a…

Debía pensar una mentira rápido ¿Sacar agua del pozo? No tenía el balde para justificarse, ¿Ver a su abuela? Estaba lloviendo y venía del lado opuesto, de donde estaba el granero ¡Vigilar el granero! Eso sonaba creíble.

—Fui a ver el granero, con esta lluvia temía que se metiera algún animal.

—Eres muy responsable —dijo el chico con intenciones de halagarla, pero no le hizo efecto.

—Bueno, hago lo necesario para ayudar a mis padres ¿Necesitas verlos? Estaban descansando, pero puedo ir a despertarlos.

—No, no vine a ver a tus padres.

—¿Entonces a qué se debe tu visita? ¿Es por el tocino y los huevos? ¿Pasa algo malo con ello?

—No, tampoco es por eso. Que-quería pedirte disculpas.

—¿Por qué?

—Por lo de esta tarde —el chico rascó su brazo, como su tic nervioso y hablaba sin mirarla a los ojos—. Se que te hice enojar, así que lo siento.

Rhin recordó que en la tarde se fue molesta a causa de la mala broma que hizo Marcel.

—No fue tu culpa, estaba más molesta con Marcel por burlarse de Benoit —el chico hizo una sonrisa de alivio—. Pero si tu arrepentimiento es sincero, podrías desistir de volver a burlarte de Benoit y de su tartamudeo.

—Pero, pero ¿No te causa gracia la manera en la que habla? Digo, es como si imitara a una cabra que quiere aprender a hablar.

La chica infló sus mejillas y frunció el ceño.

—No me causa en absoluto gracia, Paul. No es culpa de Benoit hablar así. Si me disculpas, debo despertar a mis padres —Rhin corrió al chico de la puerta y estaba a punto de entrar, pero él seguía hablándole.

—Rhin, la próxima semana iremos a ver el lago Moder con Marcel y los demás, puedes venir a vernos, no maltrataremos a ningún animal, solo tiraremos piedras al río.

—Lo pensaré —dijo la chica usando el mismo tono de enojada y cerrando su puerta.

Claro que no iría, si el pobre Benoit seguía siendo tratado así, nunca se juntaría con ellos. Lo peor es que los que son buenos como Paul o Emile, nunca dicen nada o se dejan llevar por los demás. Rhin dejó su molestia a un lado y se apresuró en guardar las cosas que indicaban que salió. También rezó para que Paul no dijera nada a sus padres que ella estuvo afuera.

Se fijó en la leve marca que las garras de Rhein le dejaron. Haría lo posible para que él pudiera cortarse esas garras y de esa forma, aunque sea, podrían tocarse e incluso abrazarse.