Disclamair: la historia es lo que me pertenece, pero el concepto es de la canción de Hitoshizuku-P y Yama.
Rhein escuchó los pájaros cantar desde el granero. Se asomó y olfateó; nadie a la vista. Salió del montón de paja y se sacudió. Estaba a punto de amanecer, pero todavía podía distinguir oscuridad por las aberturas. No sería peligroso salir un rato, después de todo él podía olfatear cuando alguien se aproximaba y no fuera Rhin.
Bajó por las escaleras y abrió la puerta. Todo todavía estaba oscuro, se sintió afortunado que el padre de Rhin no puso el pestillo. Olfateó y no sintió rastros de nadie acercándose. Rhein corrió hacia el río que olió más cercano y bebió agua. Luego procedió a desvestirse y pasar el agua por su cabello y partes de su cuerpo, se aseguró de limpiar sus garras bien. Estaba feliz que estuviera todo oscuro, así no veía su reflejo, le molestaba recordar su apariencia lobuna. Movió la cola varias veces y la agitó para limpiarla.
—Hoy Rhin se dará cuenta que huelo diferente —dijo para si mismo y agitó su cola más rápido.
El chico lobuno podía asegurar que los últimos días por no poder bañarse ya estaba oliendo mal y aunque Rhin era muy amable, ella debió también notarlo. Había pasado poco más de dos semanas desde que dormía y vivía en el granero de la familia Perrault y corrió algunos riesgos de ser descubierto, pero sus sentidos le advertían antes que ocurriera una tragedia.
No le molestaba el granero, pero era un infierno estar casi todo el día encerrado y peor con el calor. El joven solía estar dormido en el día, excepto cuando escuchaba a Rhin tocar el portón o la olía venir. Luego, en las noches salía para pasear un poco por el bosque como un animal salvaje.
Dormir de esa forma le estaba produciendo estrés, siempre estaba alerta por si el padre de Rhin iba a la parte de arriba del granero y en aquel estado somnoliento no podía ayudar a la caperucita en sus lecciones de forma más eficiente. Esperaba que el mes acabara pronto para volver al bosque, o tal vez convenza a Rhin de seguir encontrándose en el granero para las lecciones por la tarde y que él pueda escabullirse y salir en una hora que nadie estuviera cerca.
Sonrió y suspiró mientras se zambullía en el agua. Es bueno que fuera mitad de verano, sino tendría demasiado frío para un chapuzón en el agua. Algunas ardillas se acercaron al lago. Lo animales suelen madrugar antes que muchos humanos.
—Rhin aprende rápido, dominó lo básico en tan poco tiempo —comentó el muchacho a las ardillas y pájaros que revoloteaban por las ramas.
Era cierto, dentro de poco Rhin podría hacer una lectura silábica, eso lo impresionó.
—Saben, ella es muy lista —le habló a los animales, que de alguna forma, él a veces les entendía —Aunque no solo aprende conmigo, también con… —se quedó en silencio. Es verdad que no era el único que le enseñaba, también aprendía en casa de su amiga. Sin embargo, no podía encontrar la causa del malestar que le generaba pensar en eso—. Está bien que Rhin aprenda con otro chico —él se volvió a reír y nadó de espaldas.
Justo cuando el alba estaba despuntando, Rhein salió del agua y se sacudió. Se cambió rápido y cuando estaba dispuesto a marcharse, escuchó algo que llamó su atención. Avistó unos arbustos en los cuales se escondió, también fue ayudado por la oscuridad que predomina antes del amanecer.
—En serio, es por aquí. Es por esa comarca, una de las casas está más alejada.
—¿Cuál casa?
—La que tiene una raya roja. También hay cerca un granero y un pequeño huerto.
Las orejas de Rhein se alzaron, hablaban de la casa de Rhin ¿Qué planeaban hacer? Los olfateó de lejos, esas personas no olían como si fueran de la comarca. Algo no andaba bien. Unas palabras de Rhin aparecieron en su memoria:
"Papá está preocupado porque piensa que la ubérrima cosecha que tuvimos puede hacer sentir celos a los demás pueblos cercanos y eso tal vez traiga ladrones de otras aldeas. Es por esa razón que es muy cauteloso con el granero".
La familia de Rhin se especializaba en la huerta de ciertos tubérculos, alubias y en el heno. Ellos tenían una mina de oro para cualquier ladrón de alimento. Rhein los siguió, siendo precavido en hacer el absoluto ruido. Los miró de lejos y los analizó: eran dos hombres, ambos altos y de aspecto desarreglado, no tanto como él, pero no eran personas muy limpias.
—Mira, creo que es esa cabaña —señaló uno de ellos al hogar de los Perrault.
—Es muy bonita y tiene la franja roja, como tu dijiste ¿Y el granero?
—A pocos metros.
—Si tenemos suerte, luego debemos probar con la casa de la carne y los huevos. Seremos más afortunados que Oscar y Marius con los panes.
—No pienses en eso ahora. Hoy debemos concentrarnos en el hoy y mañana en el mañana. Ahora silencio e iré a ver si guarda con pestillo el granero.
Rhein sabía que herr Perrault no guardaba con candado el granero. Esto era malo, muy malo por dos razones; primero, si les robaban herr perrault cerraría con candado el granero y él no podría volver a escabullirse; segundo, las cosechas de la familia de Rhin disminuirían y afectarían el mercado y la alimentación en el pueblo, así como a la familia de su amiga. Él no permitiría eso.
Mientras el hombre que divisó se acercaba más al granero, pasando la casa de Rhin, Rhein se puso en guardia, erizó su cola, estiró sus garras e hizo una respiración agitada con su nariz mientras pasaba la lengua por sus colmillos. Se ocultó en los arbustos, no podía revelarse a ellos, pero podía espantarlos de lejos.
Cuando el hombre tenía en la mira el granero, un sonido le produjo escalofríos, era como un gruñido.
—¿Eres tú? —preguntó dándose la vuelta, esperando ver a su compañero, pero nadie saltaba a la vista. Se encogió de hombros y prosiguió su camino, pero por cada paso que daba, algo lo alarmaba.
Un ladrido escuchó que lo dejó helado, seguido de un aullido.
—Es solo un lobo que anda lejos —trató de tranquilizarse, pero ese aullido lo escuchó demasiado cercano para estar en un pueblo. Otro ladrido junto a más gruñidos que le siguieron lo paralizó.
Tal vez esa familia tenía un perro guardián, si era así, decidió darse la vuelta y correr a donde estaba su compañero. Rhein lo siguió de lejos y lo escuchó murmurar a su secuaz diciéndole que un perro vigilaba esa casa y que era peligroso acercárseles. Ambos hombres emprendieron la huida. Rhein sonrió satisfecho.
El joven estaba dispuesto a volver para esconderse en el granero, pero notó la puerta de la casa de Rhin abrirse. Observó como el señor Perrault salió de su hogar con una escopeta y parecía buscar algo. Rhein estiró su oreja.
—Estoy seguro que lo escuché —masculló el hombre buscando con la mirada.
Luego de algunos minutos, volvió a su hogar y la luz de la cabaña Perrault se encendió.
La mañana fue muy intranquila para Rhin. Desde que se despertó sintió que algo malo pasaba, pero no quería pensar en aquello, en su lugar, se concentró en disfrutar del pan remojado de su tazón con leche.
Su padre desapareció de la casa cuando ella se sentó en la mesa, al principio no le dio importancia, pero algo comenzó a preocuparla cuando estaba a punto de terminar su desayuno y él no volvía.
—¿A dónde fue papá? —preguntó a su madre que había terminado de comer y limpiaba los platos.
—No lo sé, se fue muy rápido. Me dijo "ya vuelvo" y no ha vuelto todavía.
Rhin sintió miedo ¿Cómo estaría Rhein? ¿Acaso su amigo lobuno hizo algo que podría descubrirlo? Antes que más pensamientos se arremolinaran en su mente, la puerta se abrió de una forma parecida a cuando el viento sopla y la hace chocar contra la pared.
—¡Querido, bienvenido! —saludó la señora Perrault.
—Pasó un robo anoche —informó sin saludar.
—¡¿Qué?! —exclamaron tanto madre como hija al unísono.
—Un robo en lo de los Garnier. Alguien se llevó hogazas de pan y bizcochos.
—¿Pero cómo pudo ser? —siguió hablando la mujer mientras agitaba su cabeza.
—Siéntate, Charlie. Les contaré todo.
La mujer tomó asiento y Rhin tomó una posición más recta para su cuerpo en su silla, sin embargo, sus manos temblaban. Esperaba que esto no tuviera que ver con Rhein. El hombre de la casa se sentó frente a ellas sin borrar su semblante.
—¿Qué pasó, Romu? Habla de una vez —exclamó impaciente su esposa.
—¿Por dónde empezar? Esta mañana escuché ruidos extraños afuera de nuestra casa. Me levanté a ver qué pasaba, pero no vi a nadie. Juro que escuché gruñidos, ladridos y aullidos como de un perro.
Las manos de Rhin que antes temblaban se paralizaron, así como todo su cuerpo, el rostro de ella se tornaba cada vez más pálido.
—Los Martin tienen un perro —dijo la señora Perrault. El comentario de su madre, devolvió color a la muchacha.
—Si, es lo que sospeché. Salí a comprobar que no hubiera ningún ladrón o algún animal salvaje por nuestra huerta. No encontré a ninguno. Pasé el resto de la mañana en la casa y luego hice mi trabajo en la huerta.
»Sin embargo, luego del desayuno fui a ver a los vecinos. Visité a Martin, Deneuve, Avenant y Garnier. Todos ellos me dijeron que oyeron los ladridos. Fue entonces cuando Garnier se percató que faltaban algunas hogazas de su pan y postres. Martin nos dijo que su perro había estado muy tranquilo. Llegamos a la conclusión que debieron haberles robado alguien con algún canino. Quien sabe que más podría haberse llevado esos ladrones.
»Luego Garnier me dijo que creyó ver una figura dirigirse a nuestro granero y no salir de allí
El hombre detuvo su narración y se paró a buscar algo. Al poco tiempo volvió con su escopeta en mano, para sorpresa de ambas féminas.
—Tengo que ir a revisar el granero.
Rhin sintió que la respiración se le escapaba de los pulmones ¡Rhein! ¡Su querido Rhein estaba allí! Pero no había tiempo para advertirle, su padre estaba en camino a el granero con el arma. La chica se paró de su asiento y lo siguió corriendo. La señora Perrault fue tras su hija.
—Rhin ¿Qué pasa? —le tomó el brazo. Su hija forzó una sonrisa.
—Solo quiero ir a ayudar a papá.
—No, Rhin ¿Qué tal si es peligroso y hay un ladrón?
Tenía que vigilar que no dañen a Rhein, tenía que buscar una forma de advertirle.
—Miraré de lejos.
La chica se soltó del agarre de su madre y corrió a donde iba su padre. Ella lo llamó lo más fuerte que sus pulmones y cuerdas vocales le permitieron. El hombre volteó confuso.
—¿Qué pasa, Rhin?
—¿Estás seguro de revisar ahora? ¿Por qué no te terminas tu desayuno?
—Ya desayuné antes que te despertaras, Rhin.
—Pe-pero piensa, pá. Puedes ir a… a terminar algo… más que debías terminar y yo vigilo que nadie salga ¡No tiene sentido revisar el granero ahora y en este momento! —dijo lo más fuerte posible para que Rhein la oyera. Esperaba que él reaccionara o hiciera algún truco para escapar.
—Lo que no tiene sentido es lo que estás diciendo. Si ni siquiera guardo con candado el granero significa que las probabilidades son más que altas. Ve a terminar tu desayuno, Rhin. Yo me encargo de esto.
—¿Para qué llevas la escopeta si las probabilidades que un ladrón esté armado son bajas? No tiene sentido ¿Por qué mejor no la devuelves? —insistió en que con esa excusa se marchara.
—Hay ladrones que saben cómo defenderse con cualquier tipo de arma, tengo que estar también preparado.
—¡Pero papá!
—¡Rhin! —llamó la madre y agarró sus hombros—. Tu padre está bien preparado, no necesita que te arriesgues por algo innecesario. Ahora vamos.
La chica se puso inquieta, su respiración empezó a cortarse y algunas lágrimas se empezaron a juntar en sus orbes. Su madre notó este comportamiento inusual y trató de calmar a su hija.
—Rhin ¿Hay algo que tú sepas que nosotros no?
Las pupilas de la caperucita se enfocaron en su progenitora con sus ojos tan abiertos que en cualquier momento podría derramarse alguna lagrima.
—No —su voz sonó como un chillido que quería suprimir algo.
—Entonces ¿Por qué estás tan preocupada?
Pasaron algunos minutos en que la chica se mantuvo inmóvil frente al granero con su corazón latiendo, mientras su madre le hacía un masaje en sus brazos con esperanza de tranquilizarla. La señora Perrault no tenía idea por lo que estaba pasando su hija, pero no quería verla tan alterada y le dio un masaje como los que le hacía cuando era pequeña, sin moverla de allí. Ella pensó que tal vez la muchacha estaba muy preocupada por su padre.
Pasaron pocos minutos que fueron lo más cercano a que Rhin sintió una agonía en ese momento. Su padre salió con la escopeta en mano y negando con la cabeza.
—No encontré a nadie.
De pronto, los colores de la caperucita volvieron a su cara y su respiración agitada se normalizó.
—¿En enserio ¿Estás seguro?
—Si, no había nadie.
—¿Ves, Rhin? Tu papá está a salvo —dijo la mujer sonriendo y miró como ella también sonreía y la sentía más tranquila.
Rhin no tenía idea a dónde fue Rhein o cuando tuvo la oportunidad de escapar, pero estaba agradecida que él fue más astuto.
—Pero nuestra fuente de alimento fue removida, por lo que alguien estuvo robando de nuestros sustentos.
La señora Perrault jadeó.
—¿Entonces nos robaron también?
—Fui yo —interrumpió Rhin.
Ambos progenitores le prestaron atención tan pronto habló.
—Rhin ¿Por qué estuviste robando alimentos? —preguntó su madre confundida.
—Es que me encontré un animalito herido en el bosque. Me dio pena, así que lo llevé al granero para cuidarlo y alimentarlo. Veo que ya se escapó ¡Que desagradable! Ni siquiera dijo gracias.
Ambos padres lucieron convencidos de su mentira. La caperucita se felicitó en su interior por lo astuta que fue, se estaba volviendo buena en esto de mentir.
—Rhin, la próxima vez que quieras cuidar de un animal, dinos a tu padre y a mi —le dijo su madre sonriendo.
—Y los animales no hablan —comentó el señor Perrault—. No te creas todo lo que pasa en los cuentos.
—¿Eso quiere decir que tampoco volverá con una recompensa por ayudarlo? —bromeó la chica y ellos rieron.
—Me alegra que todo se haya aclarado. Actuabas de una forma muy rara, sin mencionar tus escabullidas al granero. Me preguntaba que podrías estar ocultando —habló el señor Perrault en el camino a la cabaña—. Esto explica porque no querías que cerrara la cabaña con candado en la noche.
—O porque algunas canastas desaparecían —secundó la ama de casa.
Rhin hizo una sonrisa forzada y una risa nerviosa. Por un lado estaba agradecida por este episodio del robo, con ello se dio cuenta que sus padres eran menos ingenuos de lo que creía. Debía ser más cuidadosa desde ahora. Sin embargo, no se sacaba de la mente la duda ¿En dónde estaría Rhein?
—Por cierto, Rhin ¿Qué animal era? —preguntó su madre.
—Oh, era… era —no podía decir lobo, mala idea, pensó en otro animal que pudiera escabullirse y no fuera tan grande—. Era un gatito.
—Pudiste haberlo traído.
En la tarde, la chica fue a visitar a Aurélie y se encontró una sorpresa que era del poco gusto para la caperucita.
—¿Van a salir?
—Si, bueno, solo yo. Benoit no va. Michèle me invitó a acompañar a los chicos a espiar los alrededores. Queremos saber si podemos encontrar aquel ladrón. Émile vendrá ¿No es genial?
—Si, por supuesto —respondió sin ánimos—. Pero… creí que íbamos a estudiar.
—Está bien, podemos tomarnos un descanso de vez en cuando. Además, ya vamos muy adelantadas. Rhin, casi lees más de dos palabras juntas. Debemos aprovechar que es viernes y no de cuaresma, por suerte.
—Pero yo…
—Mañana vas a ver a tu abuela ¿Cierto? Estarás de vuelta ocupada. Vayamos a divertirnos un poco.
Por insistencia de su amiga, Rhin aceptó la invitación. Ya se dio cuenta que Paul y su hermano debieron haber planificado todo esto para que Aurélie fuera invitada y luego le insistiera en acompañarla. Sin excusas que darle a su amiga, Rhin no tuvo opción que acompañarla. Marcel era muy listo.
—Vamos, Rhin, por aquí.
La tomó del brazo Aurélie y corrieron por los senderos del bosque que estaban cerca de la Moder. Rhin suspiró en su interior, ahora el río le traía recuerdos más que bellos.
—Aurélie ¿Estás bien en ir a acompañar a chicos que se burlan de tu hermano menor? —preguntó con esperanzas de hacer cambiar de parecer a su amiga.
—No todos se burlan de él. Émile no lo hace, él es un buen ejemplo de persona.
—Aunque tampoco lo defiende —susurró Rhin.
—Allí están ¡Hola, chicos! —saludó la joven citadina a los demás.
Allí estaban Marcel y Paul, lo hermanos Avenant que Rhin tanto quería evitar. Luego estaban Matthis Jacquard con su hermana Michèle. También atisbó a Jean-Claude Turgot, Dorothea Martin y Émile. Cada uno llevaba algo así como una escoba, una palanca de metal o un garrote de madera.
—Llegaron más temprano de lo que creíamos —comentó Marcel.
—Queremos ayudar, después de todo Rhin y yo nos estamos volviendo expertas en aprender ¿Verdad, Rhin? ¿Rhin?
Su amiga la llamaba, pero ella solo atisbaba los robles, abetos y pinos, en busca de su amigo lobuno.
—¡Caperucita Roja! —gritó su amiga.
La chica reaccionó de un respingo y todos a su alrededor se rieron. Rhin se sonrojó, hace mucho tiempo que alguien la llamaba así, casi siempre era Aurélie.
—Estás más en las nubes de lo normal, Rhin —comentó Michèle.
—¿Cómo es que logras adentrarte al bosque sola y salir airada? —le preguntó Claude.
—Bueno… soy algo así como amiga de los animales.
—Es cierto lo que dice papá, hazte amigo de los animales y siempre estarás protegido —dijo Émile.
—Si, es muy cierto —secundó Dorothea haciendo una boba sonrisa—. Por cierto Émile ¿No trajiste a tu hermanita?
—Lottie decidió quedarse. Tenía un poco de miedo y no quería obligarla.
Ese comentario le hizo a la caperucita recordar algo.
—Chicos, ¿Está bien que estemos aquí? ¿No se preocuparan nuestros padres?
—Los míos ya saben que vine —informó Émile.
—Los nuestros igual —dijo Michèle y Matthis asintió.
—Cuando dije que iban a venir Émile y Claude, mi mamá ya no me preguntó más nada —informó Dorothea.
—Con mi madre fue igual —comentó Aurélie.
—A los nuestros les dijimos que íbamos a pacer a la cabra —dijo Marcel.
—Básicamente, les mentimos —aclaró Paul.
—Los míos saben que salí, pero no aclaré a donde, ni porqué —dijo Claude.
Ante lo dicho por Jean-Claude, los demás se quedaron en un silencio nervioso.
—¿Nadie le aclaró a sus padres porqué salimos? —preguntó molesta Rhin.
—Solo dijimos que íbamos a ir al bosque a ver los alrededores en compañía. No es para tanto —rezongó Claude—. Además, suelo salir seguido al bosque con mi padre y tú también te adentras en él ¿No es así, Rhin?
—Es que mi madre sigue preocupada por lo del mensaje de la hoja que encontré.
Todos los jóvenes gimotearon y rodaron los ojos.
—Eso fue hace más de un mes, Rhin. Si a esta altura no nos invadieron los prusianos, nunca lo harán —exclamó Matthis—. Además, no es como si en la hoja dijera algo alarmante.
—No te preocupes, Rhin. Nada nos pasará —intentó calmarla Michèle—. Todos nos preparamos con distintos tipos de armas —y mostró un palo de madera.
—Nadie me dijo que teníamos que traer arma, Aurélie —le susurró a su amiga expresando en su tono cierta molestia.
—Y además tú dijiste que eras amigas de los animales ¿No? —se apresuró a comentar Aurélie para cambiar de tema.
—Dijimos que haríamos esto por los Garnier —habló Émile—. Ellos apenas tienen un niño pequeño y una hija bebé, son muy jóvenes y les robaron ¿No es injusto que les pase eso a personas tan buenas como ellos?
Los chicos asintieron por las palabras del muchacho y solo por eso Rhin también se dejó convencer. Además, debería aprovechar la situación para buscar a Rhein.
—Tienes razón. También quiero ayudar —dijo la caperucita decidida.
—Queremos saber que pistas dejaron esos ladrones, si es que las dejaron —continuó Émile.
—Deberemos dividirnos para eso ¿No? —preguntó Marcel.
—Así es, nos dividiremos —dijo Jean-Claude que sabía más de expedición, como su padre ayudaba en la caza—. Paul y Marcel pueden ir por el punto oeste. Dorothea y yo iremos por el sur. Matthis y Michèle irán por el norte. Émile, Rhin y Aurélie irán por el este ¿Preguntas?
—¿No puedo ir yo con Émile? —preguntó Michèle—. Es que es aburrido hablar con mi hermano.
—¡Oye! —exclamó el susodicho.
—Iba pedir lo mismo —susurró Dorothea.
—Esto no es hacer una excursión con quien queramos, es una investigación con quien mejor nos convenga —formuló molesto Paul, quien en su cabeza también deseaba ir con Rhin, pero no se animaba a expresar eso en voz alta.
—Paul tiene razón. Los dividí de esta forma porque en esos puntos cardinales están más cerca de sus hogares, así les será más fácil analizarlos. Debemos vernos aquí cuando queden cinco manos para la puesta del sol.
Sin discutir más, todos se dividieron a donde Claude les señaló. Rhin sintió que ese día no podía ser más agitado, pero ¿Dónde estaba Rhein?
Cuando dice "cinco manos para la puesta del sol", se refiere a una forma de medir en el campo o en las expediciones la cantidad de tiempo que queda para el ocaso. Consiste en poner tu mano estirada bajo el sol, desde el dedo indice hasta el meñique cada dedo abarca quince minutos, es decir, cada mano es una hora. Se puede seguir midiendo poniendo la otra mano debajo. Ellos se encontrarían cinco horas antes de la puesta del sol.
