Disclamair: me inspiré en la canción de Hitoshizuku_Yamasankakkei para hacer esta historia.


Muchas familias se estaban preparando para la próxima festividad que se aproximaba en menos de dos semanas. Para sorpresa de la señora Perrault, su hija estaba mucho más activa en sus labores de costura como nunca.

Y hablando de la chica, ella había logrado ayudar a la pierna de su amigo a sanar en pocos días. Antes que terminara la semana, Rhein volvió al bosque para pesimismo de la caperucita. Sin él, se sentía un poco sola en su cuarto, así que trataba de pasar su tiempo en la costura y escribiendo. Como mejoró mucho en su escritura, empezó a mandar pequeñas cartas a su amigo lobuno en los cestos que le dejaba en su ventana, contándole sobre los avances de su plan.

"Emos encontrado algo que nesesito que huelas, también te tengo una sopresa". Escribió en una carta que envió hace unas noches, todavía tenía algunas faltas de ortografía, pero estaba segura que mejoraría.

Aquella tarde, Rhin le informó a su madre que prestaría una visita a la casa de los Belmont. La mujer se impresionó y le deseó un buen día sonriendo. Ella estaba feliz que su hija socializara con la familia de Émile.

Y hay estaba ahora, tocando la puerta y esperando por una respuesta.

—¡Hola, Rhin! —saludó la señora de la casa—. ¿Necesitas algo?

—Buenas tardes, madame Belmont. Necesito hablar con Émile sobre algo.

—Claro, está bien. Últimamente lo he visto un poco decaído, espero que tu visita lo anime.

La mujer desapareció para avisarle a su hijo mayor, mientras Rhin se sentía apenada por su amigo. Sabía que debía estar decaído porque desde que Aurélie volvió a la comarca de la visita a la ciudad, apenas había vuelto hablar con él. No era que hablaran muy seguido los dos, pero cada vez que se veían ella ya no aprovechaba el momento para saludarlo e intercambiar cortas palabras acerca de su día. El muchacho apareció en la puerta y saludó a la rubia.

—Buenas tardes, Rhin ¿Qué necesitabas?

La joven se acercó a hablarle en voz baja.

—¿Recuerdas la hebilla que encontramos ese día en el bosque? —él asintió—. Necesito que me la des.

—¿Para qué? —preguntó susurrando.

—Voy a investigarla por un momento —contestó. No era una respuesta satisfactoria, pero Émile confiaba en ella, así que se fue por un rato para volver con la misma hebilla envuelta en un pañuelo.

—Aquí la tienes. No se qué vas hacer, pero espero que funcione. Ya pasaron varios meses desde que la encontramos y no hemos obtenido más pistas.

Ambos se despidieron y la muchacha guardó la hebilla envuelta en un bolsillo de su caperuza. La primera parte de su plan estaba yendo bien, ahora empezaba la segunda y la más difícil, desde su punto de vista.

Rhin asomó su cabeza detrás de un carro estacionado frente a la herrería del señor Deneuve. Ella tragó en seco, no sabía cómo hablarle, le ponía nerviosa, pero debía hacer eso, por su querido Rhein. Caminó unos pasos y luego se dio la vuelta para volver ¡No! Ella tenía que ir. Volvió a avanzar y retrocedió hasta esconderse detrás del carro varias veces. Cualquiera le divertiría ver esa escena. En efecto, el señor Avenant cuando salió de la herrería le causó gracia la actitud de la chica.

—¡Saludos, mademoiselle Rhin! —gritó el hombre. La chica se paralizó y se dio la vuelta al hombre con una sonrisa forzada.

—Saludos, monsieur Avenant —saludó tratando de ocultar su nerviosismo.

—¿Qué te trae por aquí? ¿Necesitas algo?

—Si, necesitaba ver a Monsieur Deneuve. Pero creo que está ocupado, así que mejor me voy —la joven se dio la vuelta, pero Avenant posó una mano en su hombro.

—No te asustes Rhin, conozco a Deneuve desde hace tiempo y es un buen tipo ¡Oye, Vincent! —gritó el hombre y no pasó mucho tiempo para que el herrero cojeara hasta la entrada de su taller.

—¿Qué sucede ahora? —respondió a su llamado gritando con el mismo tono. Para Rhin su tono sonó tan amenazador que tembló.

—Es Rhin, necesita verte —señaló a la pequeña, pero ella quería negar al instante con sus manos.

—La hija de Perrault, el antiguo militar —se burló el artesano.

La chica frunció el ceño por la forma tan despectiva que tuvo de hablar de su padre, a este punto, quería irse lo más rápido de allí, pero estaba atrapada entre Avenant y Deneuve.

—Nos vemos, hasta otro día —se despidió el señor Avenant.

Rhin deseaba su presencia, era más tranquilizadora que la del herrero. Ella se quedó parada algunos segundos en silencio, oyendo el trote del caballo alejarse con el granjero, hasta que el artesano se impacientó y habló.

—¿Y bien?

—¿Eh?

—¿Qué necesitaba, mademoiselle?

Rhin miró a todos lados, intentando encontrar las palabras para ello.

—Tenia algunas dudas y quería que usted me respondiera, es sobre los instrumentos y herramientas que se usan para cortar las garras de los animales.

El herrero soltó una carcajada sarcástica.

—Eso lo sabe Avenant, él es el que se ocupa de los animales.

—Pero seguro que usted sabe la herramienta que se necesita ¿Verdad? Quiero decir, para cortar las uñas usamos una tijera especial los humanos ¿Con los animales se puede usar el mismo instrumento?

—Qué cosas dices, niña. Para cortar las pezuñas en los caballos se usa una lima, para limpiarlas otro instrumento que no recuerdo, pero si quieres cortarle las garras a un perro o a un gato… —el hombre se adentró en su taller y Rhin lo vio alejarse, dudó en seguirlo—. ¡Niña! ¿Quieres saberlo o no? —preguntó gritando desde adentro.

—¡Si!

—Pues ¿Qué esperas? ¿Una invitación?

En verdad, ella si lo esperaba, no estaba acostumbrada a entrar en casas ajenas sin permiso. Entró a paso lento hasta que pudo sentir el calor del fuego, y observó las herramientas colgadas en la pared. Fue hasta donde estaba el hombre, detrás de una mesa, contemplando la pared con sus herramientas. Eligió una y la depositó sobre la mesa.

—Esa es una tijera muy buena para acicalar y esta, pequeña —Deneuve mostró otra herramienta grande—, es una lima, usada para dar forma luego de un buen corte.

—Se lo que es una lima, monsieur.

—Por la forma en que la mirabas parecía que nunca viste una en tu vida —se burló otra vez. Rhin estaba impaciente por irse.

—Es que nunca vi una así antes —la chica acercó sus manos a las herramientas, con gran asombro reflejado en sus ojos, pero la mano del señor las detuvo.

—Alto ahí, pequeña Perrault ¿Para qué las quieres?

—Son para… —no sabía que decir—. Solo las necesito.

—¿Crees que te prestaré mis preciadas herramientas así sin más? Por lo menos quiero saber para que las necesitas.

—Las necesito para un amigo.

—¿Y ese amigo es un animal, acaso?

La chica bajó su cara ruborizada, no sabía cómo mentir a este hombre, pero tampoco podía decirle la verdad.

—Si, tengo un pequeño animal que cuido y necesita que le corten las garras —dijo, mitad verdad, mitad mentira.

—¿Saben tus padres esto?

Ella tragó en seco y él se percató de su nerviosismo.

—No y agradecería que no se los dijera.

El hombre cojeó alrededor de la mesa y se acercó a verla más de cerca, Rhin tembló y lo miró por pocos segundos a los ojos. Mirarlo se sentía escalofriante.

—¿Sabes cómo usar esas tijeras? Un corte en falso y puedes lastimar a tu mascotita.

—Aprenderé —dijo decidida.

Aquel tono le gustó al señor Deneuve.

—Para cortar bien a tu mascota primero tendrás que cortarle el pelaje entre, lo que serían, sus dedos, o como se les llame.

—Puedo hacerlo con otras tijeras —siguió hablando Rhin.

—Bien, si quieres aprender como es debido, práctica primero —el hombre volvió a caminar y agarró un trozo de material flexible, parecido a los que se usaban para hacer las gomas de borrar. Se lo tiró en la mesa en dirección a la chica.

Rhin lo miró con una ceja levanta.

—¿Qué esperas? Adelante.

Ella agarró el material y la cortó con las tijeras, era un corte irregular.

—Ahora dale forma —dijo el hombre en un tono tan imperioso que parecía como si le diera una orden.

La chica uso la lima, pero al ser un material como la goma no quedaba muy bien el resultado.

—Hazlo otra vez —le dijo el hombre y Rhin fue repitiendo el proceso.

Cuando pudo hacerlo con ese material de la mejor forma posible, Deneuve le dio un trozo de madera para que practicara. Con el trozo de madera a Rhin le resultó al revés, le era difícil cortarlo pero fácil limarlo. No supo cuánto tiempo estuvo practicando, pero supuso que debió ser al menos dos horas, porque el sol en el horizonte bajó muy rápido y no era solamente porque estaban en pleno otoño.

El hombre inspeccionaba sus destrezas pero apenas hacia comentarios, excepto "hazlo otra vez", cuando lo hacía mal. A Rhin no le molestaba tanto su presencia como antes, pero se sintió agotada, el calor que emanaba el fuego comenzaba a atosigarla junto al esfuerzo que empleaba en hacer su trabajo lo mejor posible.

—Monsieur Deneuve —llamó en un susurró, tímida por la respuesta del hombre—. ¿Usted opina que ya estoy en condiciones de cortar las garras a mi mascota?

—La verdad… no lo sé —respondió encogido de hombros.

—¿Qué? Pero si he estado cortando por casi dos horas.

—Es que esas cosas de animales no lo sé, lo sabe Avenant, ya te lo dije —la chica reprimió un grito de furia en su interior ¿Tanto trabajo para nada?—. Pero mejoraste mucho en cortar usando esas tijeras y limar.

Ella sonrió y toda la furia desapareció de su cabeza.

—Recuerda, que la uña de un animal puede ser tan sensible como la de un humano ¿Puedes cortarte una de tus uñas usando esas tijeras?

La chica miró las herramientas y luego sus uñas, estaban desprolijas.

—No estoy segura.

Deneuve emitió un chasquido con su lengua.

—Primer error, debes tener la seguridad de hacerlo, si dudas, lo más probable es que falles. Tal vez esto no sea la cocina o la costura, pero sigue teniendo el mismo nivel de concentración y fuerza de voluntad. Ahora córtate una uña usando la tijera.

Rhin pensó que su consejo era muy sabio y acertado, pero le molestó la forma en que lo dijo. La chica vio la tijera y la acercó a la uña de su dedo medio izquierdo. Tembló un poco pero pudo hacerle un buen corte.

—Lo hice, monsieur ¿Lo vio?

—Si, pero todavía no lo limas.

Rhin infló sus mejillas un poco molesta, le gustaba la gente que celebrara sus pequeñas victorias con ella, no que le recordaran el paso siguiente o lo que hizo mal.

Limó su uña hasta que ambos lados quedaron a la par. Deneuve no dijo nada pero asintió sonriendo.

—¿Así está bien? —preguntó ella mostrando su resultado.

—¿Tú cómo crees que está? —devolvió su pregunta con una sonrisa socarrona.

—Pues… yo creo que debe estarlo.

El hombre volvió a asentir sonriendo en silencio y Rhin pensó que era la primera vez que lo veía sonreír sin mostrar una mueca de desprecio, sarcasmo o burla.

—Otra cosa que debes saber, niña, es que los animales suelen ser difíciles. Pueden moverse mucho y es posible que no logres un corte regular, al menos que esté acostumbrado a ti y te tenga confianza.

—Él me tiene confianza y está acostumbrado a mi. Estoy segura que no me dificultará el trabajo.

—Bueno, si tú lo crees.

Rhin envolvió las herramientas en un pañuelo que trajo y se preparó para irse. Antes de emprender su camino, le sonrió al artesano.

—Muchas gracias, monsieur Deneuve.

—No fue nada.

La chica emprendió su camino de vuelta y su madre no la recibió tan bien como otras veces por su tardanza. Rhin se disculpó, pero no le dio mucha importancia al regaño, tenía otros planes. Siguió su trabajo de costura hasta la hora de la cena. Incluso cuando se preparó para dormir, seguía cosiendo a la luz de una vela. También estaba esperando por su amigo, quien no tardó mucho en venir.

Él tocó la venta y ella la abrió.

—Rhein, buenas noches.

—Buenas noches, Rhin. Dime ¿Qué querías mostrarme?

La chica buscó en su mesita y recogió el pañuelo que envolvía la hebilla.

—Es este objeto, al parecer es una hebilla de cinturón, pero no estoy segura. Me gustaría que lo olfatees.

El chico hizo caso y lo olió por largo tiempo.

—¿Su olor se te hace familiar?

—No, no recuerdo haberlo olido antes ¿Por qué querías que lo oliese?

—Creemos que quien le robó a los Garnier puede ser dueño de esta hebilla. Quería saber si podías reconocer su olor, pero veo que no puedes.

Para no desanimarla tanto, Rhein cambió de tema.

—¿Cuál era la sorpresa que me tenías?

—¡Casi lo olvido!

Esta vez, la caperucita fue a su armario y buscó el otro pañuelo con las herramientas. Atisbó la tijera y la extendió.

—¡Esto!

—¿Qué es?

—Es una tijera, funcionará para cortarte las garras. También traje una lima. Estuve practicando mucho, así que estoy segura que no me saldrá mal.

—¿Estás segura? —preguntó preocupado. De solo tener un objeto afilado cerca le provocaba escalofríos.

—Por supuesto que si —volvió a su cama e invitó al chico a que se sentara.

Él lo hizo con dificultad, y con la ayuda de ella. Lo bueno es que ya no tenía su pierna mal herida.

—Ahora, extiéndeme tu mano.

Él obedeció, aunque tembló. Rhin agarró una tijera diferente y cortó gran parte de su pelaje. Luego, posicionó la tijera para sus garras, pero el trabajo le estaba resultando dificultoso con tanto temblor.

—Rhein, basta. No voy a lastimarte.

—Lo sé… es que… no quiero que me duela —dijo ocultando su mano.

—Vamos, Rhein. Pasaste por todo un año viviendo escondido del ojo humano. Sobreviviendo comiendo lo que encontrabas, evitando los animales salvajes y durmiendo en suelos húmedos. Puedes soportar esto.

El chico tragó en seco y le extendió de nuevo la mano.

—Además —siguió hablando la chica y tomando su mano con suma delicadeza—. Yo no te lastimaré, me aseguraré que no te duela.

Ella acarició el dorso de su mano y sus ojos enfundaban mucha confianza en el muchacho lobo. Empezó a cortar las garras, guiada por su tacto más que por la luz de la vela. Cuando terminó, agarró la lima y reguló la forma, se veía casi como una mano normal, aunque un poco demacrada de lo delgada que estaba.

—¿Qué te parece? —preguntó ella después de terminar.

El muchacho las miró a la luz del fuego y se impresionó, se parecían mucho a sus manos en los días de antaño.

—Es maravilloso Rhin, danke.

Ella sonrió ruborizada, recordando que esa fue la primera palabra que aprendió del alemán gracias a él. Rhin sacó devuelta las tijeras y se arrodilló frente a Rhein.

—Aún no hemos terminado. Necesito que te saques los zapatos.

—¿Para qué?

—Para proseguir con las garras de tus pies.

—Pero Rhin, es muy tarde y estás muy cansada.

—No es cierto —negó ella mientras cabeceaba y sus parpados se cerraban más seguidos.

—Claro que lo estás, deberías mirarte en un espejo. Un poco más y te caerás dormida.

—Puedo con esto, Rhein. Solo necesito estirarme y concentrarme —la chica se inclinó con la tijera al pie del muchacho sin notar que no se había sacado el zapato—. ¿Desde cuándo tus pies son de cuero?

Él se hubiera reído de no ser por lo lamentable que se veía su amiga.

—Basta, Rhin. Mañana tienes que levantarte temprano, ya proseguiremos en la noche de mañana.

—Pero… —objetó parándose, pero antes de seguir hablando, casi cayó sobre Rhein, quien la atrapó sin mucha dificultad.

—Rhin, si me cortas las garras en ese estado, es probable que termines lastimándome —ella chilló por tal riesgo—. Y no quieres eso ¿Verdad?

Ella negó sacudiendo su cabeza.

—Pero… —volvió a objetar y cabecear.

Rhein hizo un suspiro, le impresionó lo obstinada que podía llegar a ser esa chica. Así que la tomó en sus brazos y la llevó hasta su cama. Rhin ya estaba dormitando, así que no se percató cuando su cuerpo se sintió tan liviano que hasta se podría decir que flotaba. Él la acomodó y la arropó. Le sacó las tijeras de las manos y guardó todos los instrumentos en el pañuelo, junto a la hebilla. Luego, los dejó en su armario, debajo de un vestido viejo.

Se dio la vuelta a verla y caminó hasta su cama para apagar la vela. Acarició la frente de la chica, sin temor a lastimarla. Sus garras ya no eran un impedimento.

—Buenas noches, Rhin y en serio, muchas gracias —depositó un beso en su frente y salió por la ventana.

A la mañana siguiente, Rhin volvió a practicar con unos leños que encontró en el bosque. Sabía que las garras de los pies no iban a ser tan fáciles como las de las manos. Los dedos de los pies estaban muy unidos y debería tener mucho cuidado, a diferencia de los de la mano que podían ser separados fácilmente.

—¿Cuando me quedé dormida? —se preguntó mientras limaba una rama.

No podía recordar en qué momento se quedó dormida anoche. Solo podía recordar que estaba a punto de cortarle las garras de los pies a Rhein, cuyo pie parecía de cuero y luego estaba en su cama despertándose con el canto del gallo. Sabía que no fue un sueño, pero igual, se sintió extraño.

Esa noche, Rhin volvió a esperarlo y él volvió a aparecer.

Gute nacht, Fräulein Rhin —saludó el chico, quien se partió de la risa por la cara confundida de la chica a causa de su saludo en alemán.

—¿Qué?

—"Buenas noches, señorita Rhin"; eso fue lo que dije.

Ella infló sus mejillas al mismo tiempo que frunció el ceño.

—Si, ya lo suponía.

—Por tu cara, no me lo creo.

—Cállate, Rhein o vas a despertar a mis padres —la chica lo chitó varias veces. En parte era cierto que temía por sus padres, en parte, quería que él dejara de reírse de ella.

Cuando Rhein paró de reír, repitieron el mismo procedimiento que la anterior noche. La caperucita fue por las herramientas y Rein se sacó los zapatos para que ella iniciara con la tarea. Estaba un poco dudoso al respecto.

—Rhin ¿Estás segura que también debes cortarme las de los pies?

—Por supuesto. Nunca se sabe cuándo podrías quitarte los zapatos con gente alrededor —su amigo hizo un pequeño mohín mientras sus orejas caían—. ¿Qué pasa, Rhein?

—Perdón por si no huele muy bien.

Ella procesó un rato la información y luego estalló en risa.

—¡Rhin, cállate o te oirán! —le replicó el muchacho ruborizado por su comentario.

—Pe-perdón, es que… no puedo evitarlo —la chica trató de contener sus carcajadas, pero le era difícil.

—Ya cállate, no le encuentro lo gracioso.

—De acuerdo, de acuerdo. Pararé de reír —aunque dijo eso, una pequeña sonrisa terminó adornando su cara. Esa sonrisa ocultaba risas que no podía dejar salir por el bien de su amigo lobuno y para concentrarse en su tarea.

Ella creyó que tendría dificultades cortando las garras de los pies de Rhein, pero fue simple. El lobuno lograba separar sus dedos sin dificultad. Tampoco sintió tanto olor, viviendo en el campo, cerca de muchos olores apestosos, como las heces de los animales, esa fragancia no la molestaba. Cuando Rhin terminó de limar, no se sentía tan cansada como ayer.

—Listo, como nuevo —declaró cuando finalizó su trabajo y guardaba las herramientas.

Rhein podía observar sus pies y movió los dedos. Casi parecían unos dedos normales de humanos. Luego se puso sus zapatos y se preparó para irse. Observó como Rhin guardaba sus herramientas y agarraba la vela, no podía quitar su vista de ella, sentía una gratitud que no sabía cómo expresarla con palabras.

—Rhin ¿Por qué haces esto?

—¿Por qué más? Para ayudarte, te lo mereces, Rhein.

—¿Realmente lo merezco? —preguntó con sus orejas caídas—. Si lo mereciera, hubiera vuelto a mi forma normal hace mucho.

Rhin se acercó a él y acarició su cabeza, como si fuera un perrito.

—Eres un chico inteligente de grandes valores. Todos merecen una segunda oportunidad y más alguien como tú.

Los parpados de él se hicieron más grandes y sintió sus labios estremecerse.

—Rhin, discúlpame por el osado acto que haré.

—¿A qué te refieres?

Entonces, él la atrapó en un fuerte abrazo, tan fuerte que la chica temió por un momento que su respiración se cortara. Se sonrojó hasta tal punto que su cara podría confundirse como parte de su caperuza si la llevara.

—¿Rhein? —solo se animó a decir.

Danke. Vielen dank —le susurró. Luego se separó para ver su cara sin romper con el abrazo. Él sonreía a la cara de confusión que ella tenía—. Ahora puedo abrazarte.

Ella rompió el momento, separándose.

—Si, si, tenemos que seguir con la siguiente parte del plan —se dio la vuelta para que él no pudiera ver su rubor.

Rhein se decepcionó por su respuesta tan fría, pero siguió con el tema.

—¿Lo llevaremos a cabo por fines de octubre?

—Por supuesto, así que prepárate, Rhein.

—No tengo mucha ropa limpia, así que no tendré que prepararme mucho.

—No te preocupes, que también voy a solucionar eso.

Aquella noche, Rhin soñó feliz, pensando en el festival de la cosecha que se hacía con la fiesta de todos los Santos.


Rhin se hizo manicurista y pedicurista por Rhein ja, ja.

Cuando empecé a escribir esta historia no sabía si ponerle los nombres de sus vocaloids, pero durante esa época estaba estudiando cuentos infantiles y juveniles y descubrí que había un río llamado Rin. Mucho de los cuentos occidentales actuales vinieron de Francia y Alemania, dos países separados por este río. Fue así como me surgió la idea de hacerlos de países diferentes con el nombre del río en su respectivo idioma.