Después de años de no publicar, regreso con éste fandom. Demasiadas cosas han ocurrido en mi vida y al volver a ver la peli y atravesándose las olimpiadas, decidí buscar algo para leer. Resultó que casi no hay fanfics del tema y por supuesto, no existe en nuestro idioma.

Va dedicado a Zaz, porque nuestra amistad comenzó gracias al fanfcition y continúa muchos años después, escriba yo o no.

De mis compañeros escritores, va para RAM y Raziel, betas de éste trabajo.

Agradezco infinito sus lecturas y reviews, si las hay.

FA.

Fandom; Point Break 2015.

Pair; Bodhi/Utah

Characters; Pappas, Esposito.

Warnings; T, mild/angst, hurt comfort.

Fanficker; Fantasmaalineal

Desistir del Nirvana.

Éste es el camino del bodhisattva: dedicar su vida a aminorar el sufrimiento de los demás, en todas sus formas, hasta que termine, renunciando a su propio ascenso al Nirvana.

Dalai Lama.

1

Voz de ballenas en los audífonos y el espectáculo con la lluvia encima, cada vez más llamativo. E intolerablemente lento. Ésto apenas empezaba y John sabía que no podrían pegar ojo, lluvia o no. Pappas habría repetido su cantinela.

'Nuestro trabajo es sucio, feo, sin el glamour al que estás acostumbrado, repetitivo y muchas veces, aburrido, Utah'.

Ese ya no existía; quien estaba al frente ahora, era el agente Brigham.

Por supuesto que no iba a faltar censura al espectáculo de los franceses, al día siguiente, pero de momento, John Brigham (conocido en otros tiempos como Johnny Utah, motociclista de cross, surfer, alpinista, snowboarder, escalador a mano libre y algunas otras cosas) Agente Especial del FBI contemplaba con más fastidio que emoción el espectáculo, las barcas deslizándose por el Sena, recordando su primer caso, hacia casi diez años, el cual no dejaba de picotearle el cerebro en momentos de calma tensa como el corriente.

Carlos 'Bodhi' Varela, émulo de Charles Manson, había logrado una serie de crímenes espectaculares utilizando una particular filosofía y habiendo creado su propia familia de poliatletas.

Un caso tan mediocre que ni siquiera había pasado a la historia, pero que le había dado a Brigham su lugar dentro del Buró. Un lugar dudoso, por decir lo menos.

Varela era otro ecoterrorista ―cuando todavía existían y antes de que se sentaran a la mesa de negociación y se convirtieran en personalidades de internet– que había llevado las cosas al extremo, asesinando a diez personas, entre ellos, a los 4 miembros de su propia 'familia'.

A excepción de Johnny Utah, claro.

De forma insólita, el novato agente Brigham había logrado infiltrarse en el grupo de Bodhi y terminado por sabotear sus últimas dos operaciones, a más de dejar ir al mismísimo Varela, en una de sus pruebas.

Me dejaste huír. Era mi camino, las olas y Ozaki. No, no creías en él, pero sí en amar a la Tierra y en la belleza salvaje de ésta, que nos repudia y nos desprecia y ni siquiera se entera de que somos los pretensos 'reyes' de la creación. No nos pertenece. Y, al dejarme huír, sembraste la desconfianza en tí, la que ya no desapareció jamás, Johnny Utah ¿Por qué lo hiciste? Ah sí, por la misma razón por la que te acepté, hermano mío tan amado, pese al rencor de todos, desde Samsara hasta Roach...

Miró hacia las barcas, llenas de atletas. El equipo de breakdance, el de surf, el de escalada libre, el de skating… En sus tiempos, muchas de esas disciplinas habían sido consideradas extremas y hasta proscritas y ahora, las mismas estaban ya circunscritas dentro de los deportes olímpicos.

Te engañas, Johnny Utah, todavía surfeas cuando puedes. Todavía te escapas a la montaña cuando tus jefes no te vigilan. Porque te vigilan y lo sabes. No confían en ti y yo tampoco lo hice…

La voz de Bodhi seguía rondando dentro de su cabeza, como ahora que la música death metal le hacía hervir la sangre bajo la calma fachada, frente a los demás agentes, repartidos en espacios de 10 metros, colaborando en la enorme vigilancia de un París que tampoco era el mismo ya, un París donde había conocido el gusto de su propia ira, en los túneles cancelados del tren subterráneo. Una ira explosiva, asesina, tanto Eros como Thanatos. Maldito él por recordarle y maldito Bodhi, metido en su sangre.

Su audífono silbó, cancelando la música y regresándole al presente.

―Brigham.

—Tobías, señor.

―Reporte. ¿Qué ocurre, Tobi?

―Código Gris, Jefe. Explanada Pompidou.

―¿Quién está allá?

―Teresa, Jefe. Sola.

'Puta madre.¿Por qué tenían que mandarlo con los novatos que aún no se graduaban?'

Código Gris. No un terrorista pero no un inocente; alguien sospechosamente normal, lo suficiente para ser advertido, para darse a notar. Y ya no había forma en éstos tiempos, de saber quienes eran los buenos o los malos, si los palestinos o los judíos porque los primeros estaban muertos y los segundos los mataban así el indicado tuviera sólo diez años de edad y estuviera temblando de hambre y frío…

Podías haberme hecho caso, llama azul, centro de ola. Podríamos haber cambiado éste mundo, pudimos haberles dado una lección, que se dieran cuenta de que no tenían el menor derecho a seguir explotando el planeta, aprovechándose de quien tiene cada vez menos y quitándole hasta el último aire, fueran ballenas o palestinos. Mas no quisiste oírme. O tal vez sí...

John se rascó la oreja y tomó la decisión en un segundo. Más valiente que listo, como decían todos. Necesitaba borrarse la presencia, ese molesto ángel de la guarda o demonio trepado en su hombro. 'No pierdas la perspectiva hijo; sólo has estado encubierto dos semanas y vé lo que te ha pasado! Te encariñaste con esas personas!'

Torció el gesto. Una voz contrapunteando la otra y el Jefe Hall, "que dios lo tenga en su santa gloria", había sido el último en confiar en él.

―Tobi, voy para allá. Dame dos minutos en la moto.

―Jefe?―John notó de inmediato la duda en la voz de su subordinado,

―Pon a cualquiera en mi puesto. Estamos rodeados de policías franceses. Uno menos en el borde del Sena no será notorio.

―Sí, señor.

Una risita sobrenatural. O interna. Tan metida en el fondo de él, que tuvo que silenciarla voluntariamente.

Te engañas. Y quieres engañarme. La realidad es que mueres por subir a la Duke y quitarte la corbata y los tatuajes te pican bajo la camisa. ¿Te picaban cuando yo los lamía? Tu sudor era dulce…

Arrancó la KTM Duke negra con un chirrido de angustia. Diez minutos desde la Conciergierie hasta la Plaza Pompidou. Habiendo tantos inmigrantes de tantas naciones, aunado a los familiares de los atletas y la xenofobia de los franceses, los incidentes iban a estar a la orden del día, con seguridad. Y Teresa, a sus 21 años, podría ser una chica muy brillante pero aún le faltaban días en el campo para lograr su insignia.

Sin el casco ―y con el riesgo de que lo detuvieran por eso― el aire helado y lleno de lluvia se sentía igual que el rocío salado de las olas, al surfear y aunado a la velocidad de la motocicleta, aumentaban la sensación de caída, de bajada vertiginosa del snowboard, de dirigirse a un destino sin nombre, por más que fuera una ciudad conocida, una a la que no había vuelto desde la muerte de Bodhi.

Efectivamente. Pensé que podría salvarte. Y, de haberlo hecho, las posibilidades eran a mi lado no sonaba tan increíble. Tú lo deseabas; yo lo quería.

Pero la realidad es que era el antojo de un niño, que cuando ve un juguete nuevo, se olvida del que tiene en las manos y la insignia brillante del FBI fue más importante que todo lo que hubiéramos vivido juntos, Utah.

Dio la vuelta en el Boulevard Sebastopol, después hacia la Rue de Merri y en la esquina del Centro Pompidou, identificó la gabardina rosa, el paraguas transparente de Teresa Yi. Señaló con la barbilla hacia la entrada y estacionó la moto rechinando; ella se acercó de dos saltos.

―Agente Yi.

―Buenas tardes, Jefe. Me pareció reconocer a un Gris. Entró a la Galería.

La lista de Código Gris era mucho más grande que la de los 10 más buscados, pero su influencia y peligro eran casi los mismos, sólo que el público ignoraba esto último. Había que tener a la gente tranquila en sus casas.

No podía haber nadie en el Centro de Arte Moderno en ese momento, dado que todos los empleados estaban de asueto, con el asunto de la inauguración olímpica. A menos que fuera otro agente de las múltiples corporaciones que vigilaban la ciudad (histérica y paranoica) o un intento de terrorismo.

Un Código Gris implicaba a alguien notoriamente sospechoso o que se ajustara a las condiciones de la Lista.

¿Lo malo? Tratándose de una novata como Yi, podría ser muy bien el señor de la basura, saliendo tarde de sus obligaciones, sin haberle avisado a nadie.

John se alisó el rubio cabello empapado y lo prendió con la liga que traía en la muñeca; diez años de disciplina dentro del Buró no habían conseguido cortarlo y lo que una vez fue un acto de rebeldía, ahora era algo que los chicos infiltrados usaban del común ―tanto como los tatuajes, anteriormente reservados a los criminales.

―¿Cuántas puertas tiene la Galería?

―Las dos del frente, dos laterales y la salida de Materiales, jefe. Tengo a Vicco cuidando las laterales y la de Materiales está cerrada a piedra y lodo, hasta que pase la ceremonia.

John dudó cada vez más de la novata.

El Centro de Arte Moderno y su Galería estaban excesivamente lejos de la zona de interés como para que existiera un Código Gris, hasta si hubieran puesto una bomba. Y ¿si eran dobles agentes, Teresa y Vicco? ¿Y si su pretensión había sido sacarlo de la zona álgida, llena de deportistas y dignatarios? Y ¿Por qué él, que no era más que un Jefe de Sección y no alguien más importante?

Cálmate, hermano. Permanece sereno. Recuerda que cada paso que des, es tu decisión y tu camino, así que elige bien.

Si Teresa no estaba mintiendo, lo tenían atrapado en el interior de un edificio chato y cuadrado. Una trampa perfecta. Demasiado perfecta.

¿Por qué carajo estaba dudando de sus compañeros?

―Regresa a tu lugar en la esquina, Yi. Así podrás cubrirme mejor.

Teresa lo miró, pestañeando, el asombro pintado en sus ojos. Abrió la boca pero no dijo nada y terminó por asentir. John la vigiló hasta que volvió a su puesto. Cien metros de distancia. Suficiente ventaja, por si necesitaba huir. ¿De qué?

Después, entró como si nada y la Galería des Artes le acogió callada, dejando afuera el sonido de la lluvia y el frío y pegando la ropa a su piel con un escalofrío húmedo.

El trabajador que estaba puliendo el piso traía unos audífonos blancos y el cabello teñido de rojo y un overol gris y no se veía diferente de los miles de parisienses que preferían abstenerse del espectáculo que implicaba ver invadida su ciudad.

Por un momento, John sintió el frío mucho más intenso, uno que ya había sentido antes, cuando Chowder había caído con su tabla por el vacío y la pena lo atravesó, al reconocer el perfecto perfil, sin la barba y pese al cabello corto. El silencio fue eterno. El dolor, aún mayor.

―¿No vas a decir nada?

Johnny Utah (que no John Brigham) apretó los labios, la pena y la ira palideciendo su rostro, borrando el asombro.

―Cómo.

La sonrisa de Bodhi y la luz en sus ojos estuvieron a punto de quebrarle el corazón. Tan intenso fue el sentir. Éste se encogió de hombros.

―No morí en esa ola, Agente Especial Brigham. Aunque debo admitir que el mar, tan bello en ese día, se llevó todas mis esperanzas…

Antes de que John respondiera, el amartillado del arma hizo eco en las paredes.

Teresa y Vicco, por supuesto.

John Brigham miró a sus novatos y se dio cuenta en menos de un instante que no le apuntaban solo a Bodhi, sino también a él.

―Lo lamento, jefe. Estamos cazando a su amigo desde que usted lo liberó en el Banco de Cortés ―era Yi― no se pueden dejar cabos sueltos, lo sabe. Su amigo aquí llegó como un Gris; la verdad no esperábamos tener ésta suerte

John miró al piso, desconcertado por un instante y luego, de frente, al hombre que había terminado por marcar su vida en más de un sentido, un verdadero imposible, alguien con quien no podría estar jamás y sabiendo que sin él, toda su vida perdería el mínimo sentido que le quedaba.

Tres veces había dejado escapar a Bodhi; en el bosque alemán, en el Salto del Ángel y en el Banco de Cortés.

Por supuesto que el FBI iba a sospechar de él, por más que Bodhi no hubiera repetido sus actos de terrorismo. Claro que no iban a dejar de vigilarle, pese a ser un agente condecorado; era la carnada perfecta.

John alzó la mano, deteniendo a sus novatos. En seguida, preguntó;

―¿Por qué regresaste? No hay nada aquí para ti, Bodhi. Fue diferente antes.

Bodhi sonrió y la pena inundó de nuevo a Johnny Utah.

―Es la mayor congregación de Fuerzas Especiales desde hace 10 años, hermano. Y sabía que lo habías logrado, que habías ascendido hacia lo que deseabas ser; Agente Especial. No podías estar en otro lado.

John reprimió hasta donde pudo las lágrimas ¿Por quién lloraba? ¿Por lo que pudo haber sido y no era? ¿O por la realidad que había conseguido, su insignia y sus medallas y la sospecha de todos sobre él, a fuerza de dolor y pérdidas, comenzando por Jeff hasta Samsara, pasando por Chowder y Roach, terminando por el mismo Bodhi?

Estalló en un solo reproche.

―Si no pudiste 'salvarme' antes, ¿Por qué intentarlo ahora?

Bodhi se recargó en la aspiradora, indiferente al hecho de que dos pistolas le apuntaban.

―Oh, eso ― se encogió de hombros―. No, no vine a salvarte, hermano. No puedo hacerlo. Renuncié a ello hace mucho.

Un mudo '¿Entonces?' se quedó flotando en el aire. Bodhi siguió hablando, con perfecta calma.

―Tu gente me ofreció ciertos términos de...paz, por así decirlo. Y me refiero al Buró, para que te quede claro. Los busqué; la Jefa Esposito fue sorprendentemente amable, pese al hacking en su teléfono móvil. Y puse mis condiciones…

Volver a verte.

Ambas miradas se cruzaron, láser en su intensidad.

Rabia e ira y amor y pena a partes iguales; del uno por el otro, en la misma medida. De haber volado juntos, surfeado y ascendido y descendido montañas.

'Carajo'.

Los ojos verdes de John se derritieron en agua sobre sus mejillas, la sensación de incredulidad absolutamente devastadora frente a la certeza absoluta contemplándolo.

Bodhi se había entregado y la única condición que había pedido, arriesgando su vida y una condena segura a la pena de muerte, era esa. Verlo.

Casi, con seguridad, por última vez.

Que Bodhi hiciera eso implicaba admitir su derrota, no sólo frente a un sistema que odiaba sino frente a la pérdida de todo lo amado, lo bello, lo posible de soñar.

John cayó de rodillas, bienvenido el dolor del golpe del mármol en ellas, menos penoso que la realidad presente.

Sin embargo, John Brigham (Johnny Utah en el pasado) nunca había dejado de ser el mismo y las sospechas de Pappas y de Hall y de sus entrenadores en el Buró se confirmaron cuando sacó su Glock automática y saltando hacia Bodhi, lo sujetó del cuello, encañonándolo.

―Lo tengo. Escóltenme y bajen sus armas. Yo mismo lo entregaré.

¿Ahora te pertenezco? ¿Soy algo tuyo para que me entregues, como un paquete?

Teresa frunció el ceño, desconcertada.

―No funcionan así las cosas, Jefe; es un asunto de Código Gris y de paso, también está en la lista de los diez. Mire ―se rascó la respingada nariz, sin dejar de apuntar― no sé cuál es su historia con él y personalmente, no me importa; usted sabe cómo son las reglas. No nos haga esto difícil, somos novatos, no tenemos una insignia y ni Vicco ni yo queremos morir por una imprudencia. Por favor.

John la miró, intentando pensar en décimas, en milésimas de segundo, como cuando estás bajando sobre la ola y al tocar la pared del tubo, la tabla se mueve y es la diferencia entre lograr un descenso impecable o un cuello quebrado y pañales de por vida.

No conocía a Vicco, de nuevo ingreso. Pero Teresa tenía el mismo gesto de Samsara, los labios ligeramente fruncidos en concentración al disparar y no le importaba estar temblando de pánico en un ataque; se sumergiría a fondo si la situación se lo exigía. Aunque a diferencia de la dulzura en Samsara, los oscuros ojos de Yi eran perfectamente fríos. Sería una Agente Especial mucho más pronto que el mismísimo John. No quería matarla. Ella no iba a dudar un instante en matar a ambos.

Vacilar causa miedo, Utah. Y la vacilación hace que tus peores miedos se conviertan en realidad.

John no supo que ocurrió, de la misma forma que no vio caer a Chowder tras él, en el descenso de la montaña, o no supo que el 'hombre con el casco' era Samsara. Había tenido toda una vida hasta ese instante para arrepentirse de matarla.

El disparo de Vicco fue precisamente el de un aprendiz y atravesó al Agente Especial Brigham, perforando su pulmón derecho y quebrando el húmero de Bodhi, en un intento inútil de éste último para frenar la bala.

―¡Vicco, Carajo! ¿Qué te pasa? ¡Esposito va a matarnos! ¡Pide una ambulancia!

John escuchó lejos la voz de Yi, intentando respirar y antes de cerrar los ojos, miró a Bodhi, y luego, nada.

2

Inspirar. Espirar. Repetir. Mover uno a uno los dedos de los pies, las pantorrillas, las rodillas, las manos, haciendo inventario de todo el cuerpo. Es parte del entrenamiento, seas agente federal o delincuente; repasar qué funciona y qué no y con cuánto cuentas para huir y si puedes o debes hacerlo o te enfrentas a uno o mil enemigos.

John sintió rigidez al intentar respirar y al alzar la mano, algo le estorbó sobre la nariz, como unos anteojos caídos sobre el puente.

La boquilla del intubador.

Con razón el sabor dulce y picante del oxígeno le llegaba tan fácilmente hasta el fondo de los pulmones, pese al dolor intenso del lado derecho. No era él quien estaba respirando.

Notó entonces los pitidos del monitor cardíaco y las cortinas de color azul claro y ¿por qué pensó en el color del cielo en los Alpes, en el descenso con el wingsuit?

Su mente estaba despierta pero muy, muy cansada al mismo tiempo y por primera vez, la ausencia total de la voz interna terminó por despertarlo en un acceso de pánico, que disparó la alerta de los monitores e hizo entrar a dos enfermeras corriendo y despertar al hombre dormido en el sillón junto a él.

―¡Utah! ¡Cálmate! ¡Vas a lastimarte! ¡UTAH! ¡JOHN!

Los gritos de Bodhi se fueron apagando en sus oídos.

Algo añadieron al respirador y su pulso se calmó, pero no su pánico, los ojos muy abiertos y llorosos y la voz y las sombras de las enfermeras, aleteando como mariposas blancas frente a él y otra de color azul ―era el médico. Voces y colores y confusión y movimiento.

Johnny entró al rol de la ola, el golpe profundo y denso en sus costillas, sacando todo el aire de sus pulmones, el chorro de burbujas ascendiendo, ascendiendo…

Cuando volvió en sí de nuevo, era de noche.

Los monitores sonaban regularmente. Alguien tomaba una de sus manos y cuando trató de moverla, la sujetó con fuerza.

Torcido sobre el sillón, la férula de yeso y neopreno cubriendo desde su hombro hasta el codo y oculto el resto de su cuerpo con una manta ligera, con el rostro marcado por la pena en el sueño, estaba Bodhi, el despeinado pelo rojo lleno de mechones oscuros, el tinte echado a perder.

John gimió, conmovido.

'Este asesino había vuelto de la muerte para mirarlo apenas una vez más y si esa mirada le costaba la libertad y la vida, que así fuera, pues ésta última carece de importancia si no tenemos a lo que amamos en ella'.

Apretó la mano de Bodhi y éste saltó en su sueño, pero siguió dormido. Seguramente se trataba de los mismos tranquilizantes que lo habían noqueado a él.

Alguien más se aclaró la garganta, haciéndolo despegar la mirada.

Pappas, en su silla de ruedas, cansado y viejo, la computadora portátil en su regazo (una emboscada había salido mal, un chico drogadicto había disparado y Angelo Pappas había terminado con cuatro balas desde el coxis hasta la cadera). Se encogió de hombros, frente a la expresión de Utah, al ver a Bodhi junto a él.

―No me preguntes por qué están aquí los dos juntos, hijo. Yo los habría puesto en celdas separadas por al menos mil kilómetros, pero son las Olimpiadas, los franceses no quieren escándalos...

En la pantalla de la laptop abierta frente a él, la jefa Esposito; Angelo Pappas no dijo ni una palabra, se limitó a sostener la cámara enfocando a ambos.

―¿Qué voy a hacer con ustedes?

John, impedido como estaba de hablar, el tubo del respirador hasta media garganta, tosió desesperado, activando las alertas del monitor de nuevo. El ruido despertó a Bodhi, quien las apagó de inmediato, mirando con enojo a la pantalla.

La Directora General del Buró, Caridad Esposito pareció contar diez segundos y luego siguió hablando.

―Te corresponde cadena perpetua, por lo menos y te requieren en Noruega y España, dado que asesinaste a ciudadanos de esos países, Varela. No se hable de los ingleses y alemanes, que están pidiendo tu cabeza. Y nadie se acuerda de ti o va a venir a defenderte. Excepto este agente ―señaló a John con la barbilla.

John se enfureció y logró zafar una mano de las cintas de seguridad, la que no estaba sujeta por Bodhi. Con un esfuerzo sobrehumano y doloroso ―porque sacarse los tubos siempre es algo horrible― jaló toda la máscara, tosiendo y escupiendo, pese a las protestas de Bodhi y la sonrisa de Pappas. Escupió sangre y moco sobre las sábanas antes de enfrentar a la Directora General del Buró, la voz ronca y sibilante.

―Usted no decide cual pena le corresponde, Jefa. Y yo le dejé escapar, lo hice voluntariamente. Me declaro culpable.

Caridad elevó una ceja, con evidente sarcasmo.

―Suponga que le creo, Agente Especial Brigham, porque sigue estando en nuestras filas, por cierto; bajo nuestras órdenes. Suponga que nuestros sicólogos deciden que de verdad lo hizo por voluntad propia y que no es un caso de Estocolmo. Su condena por encubrimiento sería de 20 años, al menos y por supuesto no estarían juntos y felices; ninguna cárcel de alta seguridad lograría contenerlos y personalmente me encantaría hacerlos miserables de por vida ¿Sabe? ¿Qué diría Hall?

John se atragantó, un poco por haberse sacado los tubos de respiración y otro poco al escuchar el nombre de Hall. Había conseguido que el fallecido Director le creyera, que tuviera fe en él. Y lo había traicionado, por más que él mismo se lo había advertido.

Pero claro, John había cometido el error clásico de todo agente encubierto; una Falacia de James contundente, identificarse con los objetivos y sentimientos de la gente a la que debía poner tras las rejas.

Había creído ser uno de ellos y había terminado por traicionar a todos y perder a quien más amaba, en el proceso.

Fue turno de Bodhi de hablar.

―Éstos no eran mis términos, Esposito . Acepté entregarme, sin que John resultase herido y sin que perdiera su insignia.

La aludida lo miró incrédula, soltando una risita.

―¿Tus 'términos', Varela? ¿Qué te ocurre? No negociamos con terroristas y lo sabes. Para que lo sepas, si John demostraba la mínima señal de culpabilidad, íbamos a hundirlo junto a ti, de cualquier forma.

Bodhi sonrió, elevando una ceja.

―Si tienes todo resuelto, ¿Por qué te preguntas qué hacer con nosotros? Es muy simple, me entregas a la cárcel y me separas de John. Para siempre. Cumples con tus leyes y no sé qué clase de venganza; le demuestras a Hall que siempre tuviste razón, ¿no es así? ¿Para qué salvarnos, entonces? Yi y Vicco pudieron haber terminado su trabajo, no tenían por qué pedir la ambulancia. Somos presos del camino que elegimos ¿Qué tienes para nosotros, bajo la manga? ¿Qué pretendes?

La ira en los ojos de Caridad fue tangible, pese a la distancia. John habló.

―Bodhi tiene razón, Directora. ¿Qué quiere?

Buen Dios ¿se daba cuenta John de cuán apegado estaba a éste criminal? Esposito se compuso en instantes, dirigiéndose a John, mirando a Bodhi como si fuese una araña, un insecto desagradable en la ventana.

―Su compañero, el Agente Especial Angelo Pappas, está dispuesto a vigilar su recuperación, Brigham. Su colaboración con nosotros en la captura y cese de actividades del grupo terrorista Hachi Ozaki fue ejemplar, al infiltrarse arriesgando su propia vida en varias ocasiones. No podemos penalizarlo, desgraciadamente, pese a los métodos que usó. No sólo eso; el que el líder del grupo decidiera entregarse voluntariamente es una prueba de su excelente trabajo como Agente Especial. Se lo repito; no negociamos con terroristas.

―Hay un 'pero' en alguna parte ―interrumpió Bodhi y Caridad apretó los labios, impaciente. Sonrió, de forma cruel.

Pero no podemos desperdiciar su inteligencia y sus respaldos, aunque éstos sean delictivos o ilegales. Las órdenes han llegado por acuerdo; no vamos a convertir a Varela en mártir ni en un símbolo para otros grupos, y mucho menos iniciar una cacería mediática que desestabilice al FBI, resucitándolo y dándole un lugar que un criminal como él, no merece.

John observó cómo Caridad luchaba con su propia decisión, sabiendo que no le quedaban opciones.

―¿Qué significa eso?

Esposito miró a ambos con una severidad que hizo que el aire en la habitación se volviera pesado.

—Carlos 'Bodhi' Varela, estarás bajo arresto domiciliario indefinido, con monitoreo constante y restricciones estrictas. Pasarás por valoración siquiátrica cada 3 meses y podría bajar a cada 6, si tienes un comportamiento ejemplar. No podrás salir del domicilio de Brigham sin la autorización previa del FBI, y cualquier intento de violar esta condición resultará en tu reclusión inmediata en una prisión federal, de por vida. En cuanto a ti, John, seguirás trabajando con nosotros y no siempre en ésta zona; después de todo, la Base de Irkutsk ―John se estremeció de escuchar el nombre; -60 era la temperatura reinante en el Oblást― necesita vigilancia por lo menos tres meses al año. Trabajamos con Interpol también, no lo olvides; los casos feos. Ya no habrá más olas, ni montañas, ni cielos abiertos. Ambos estarán encerrados en sus propias vidas, bajo nuestra vigilancia constante. Esto no es solo un castigo; es una garantía de que no volverán a poner un pie fuera de la ley. Ni siquiera podrán escapar a través de las cosas que aman ―hizo una pausa efectista, tomando aire―John, puedes pensar que lo que te ofrezco es una opción, pero no lo es. No hay nada más que hablar. Este es tu destino, decidido por aquellos que están muy por encima de ti, y por mí. No me importa lo que hayas sacrificado, ni lo que hayas soportado. El FBI es tu vida, pero no olvides que podemos arrebatártela con la misma facilidad con la que se borra un nombre de un informe. Elige bien. No hay lugar para debilidades de ninguna especie dentro del Buró.

John se estremeció frente a la frialdad de su superiora; no esperaba su compasión pero tampoco su desprecio. Caridad siguió hablando.

―Varela no es más que un peón al que puedo derribar en cualquier momento, y tú, Utah, eres el siguiente en la fila si cruzas la línea. Juega tu papel o deshazte de él. Yo no soy tu enemiga, John. Solo soy quien decide si te permito seguir respirando el aire del Buró o si te condeno a ser un paria, olvidado por todos. O puedes entregarnos a Varela y desaparecer. Renuncia inmediata, sin preguntas. Te deshaces de la carga y nosotros de nuestra responsabilidad. Pero no te equivoques: no hay salida fácil aquí, Brigham. O él, o tú. Y cualquiera que sea tu elección, tu vida, tal como la conoces, ha terminado.

Era simple en realidad, se suponía que Bodhi estaba muerto. Reabrir el caso implicaba darle notoriedad. Encerrarlo en una casa, con vigilancia, sin carceleros ni sistema, equivalía a asesinarlo, no sólo a él, sino a todo el pensamiento de Ono Ozaki y terminaría con cualquiera que pensara en seguirlo. Simple y limpio, como una amputación.

John comprendió que se enfrentaba a otra pérdida y que ésta sería devastadora y brutal. Esposito lo ponía entre la espada y la pared; o Bodhi o el FBI, pero no otra cosa. Y ambas fuerzas eran definitivas en su vida; la indignación lo hizo morderse la lengua.

―No puede hacer eso.

―No lo permitiré.

Tanto Bodhi como Johnny hablaron al mismo tiempo. Pappas soltó la carcajada, ronca, anciana.

―Con su permiso, Directora pero ¿en verdad tiene que dar tantas vueltas? Deje en paz a los chicos. Son tan estúpidos e imprudentes que los matarán en una misión encubierta si se las da, antes de dos años y usted tendrá resuelto el problema ¿Para qué gastar ese tiempo en hacerlos sufrir 'eternamente'? ― se encaró a John – Mira, Utah, tienes que componerte de ese pulmón. Esas cosas duelen mucho. Y tu noviecito se rompió el brazo por detener un tiro, así que voy a encargarme de cuidarlos, como si no estuviera viejo. Y todo el mundo en paz, qué les parece? ¿Jefa?

Esposito miró a Pappas con una mezcla de irritación y consideración por el viejo agente. Su asentimiento fue casi imperceptible. Luego se dirigió a John, lanzándose con todo.

―Hay un asunto adicional, Agente Brigham; tendrá que pasar por una evaluación psicológica usted también y atenerse a los resultados. Si violan cualquier condición, ambos enfrentarán las consecuencias inmediatas.

John asintió, consciente del peso de su decisión. Era una oportunidad, aunque precaria y estaba más que dispuesto a tomarla. Sujetó con fuerza la mano de Bodhi entre las suyas, mirándolo a la vez, incapaz de hablar, impedido por la emoción y el temor a la esperanza.

―¡Oh por dios! ¡Pueden esperar a que me vaya! ¡Dejen de portarse como adolescentes enamorados!

John se permitió reír un poco y Bodhi otro tanto. Con un solo gesto, a la enorme distancia, Caridad apagó la pantalla y Pappas salió rodando en su silla, gruñendo por lo bajo algo sobre 'esos tontos' y 'dónde habrá un café decente a ésta hora?'

En el silencio y la penumbra reinante en la pequeña habitación de hospital, el beso ni siquiera se escuchó, sencillo y simple.

―¿Puedes decirme por qué se te ocurrió regresar del más allá? ¿De donde quiera te hubieras metido? ―era John.

La risa de Bodhi, su mano sana acariciando los cabellos rubios del agente, un solo dedo deslizándose por su mejilla.

―En realidad, vine porque decidí desistir del Nirvana, Utah. No había caso en una búsqueda si ya te había encontrado. Ésto no era acerca de mí o de mi seguimiento en las enseñanzas de Ozaki, no. Se trató siempre de ti, de tu fuerza, de tu propia ingenuidad y de arriesgarte a perder la vida, a estar en el borde de ella, con tal de aprender cosas nuevas, no sobre lo que hacemos, sino sobre nosotros mismos. Y ¿sabes? Valió la pena, porque estamos vivos y porque te amo ¿Que tal si dejamos de perder el tiempo y tomamos la siguiente ola?

―¡Oye, falta aún mucho para volver al agua!

―¿Importa?

Y en la mirada de Bodhi, en el tétrico ambiente del hospital, lleno de olor a desinfectante, los monitores sonando despacio, el lugar menos romántico posible, John decidió que no, que no era importante.

En absoluto.

Nunca se trató de las olas que rompían contra ellos, sino de cómo decidían surfearlas; ambos sabían bien que no hay nada más peligroso y frágil que la esperanza.

Pero, Nirvana o no, ésto era hacer su propio camino y por cursi, arriesgado o incierto que sonara, dependía de su voluntad el construir un futuro, uno verdadero, sin importar lo malo o bueno que llegase a aparecer. Tal vez murieran en una misión. O en la montaña o en una ola.

Y, ¿acaso no había belleza en ello?

Afuera, la lluvia de París, siguió cayendo.