Disclaimer: Los personajes de Masashi Kishimoto no me pertenecen, tan sólo forman parte de esta historia con un objeto meramente lúdico.

Capítulo 1: Presentaciones


"Ama hasta que duela. Si te duele es buena señal."

— María Teresa de Calcuta


El follaje de los árboles y el frío silencioso encerraba sus recuerdos, pensamientos lejanos que se cernían con avidez, envolviendo aquella noche de estío. Arriba, sobre los peñascos abruptos, donde el viento agitaba ecos distantes, se erigía su figura. Permanecía inmutable apenas un instante para esfumarse como una pieza efímera dentro de una sucesión de espectros, entes de escasa hojarasca que se alimentaban del martirio en cada paso, de las memorias enterradas con violencia en cada maniobra. Su andar era un movimiento ágil, certero e insonorizado. Tan entrenado, que sólo se evidenciaba en el silbido sutil de los dedos aferrándose a la tierra, un susurro a medias coreado por formas largas y aceleradas se perdían en una nube de tonos oscuros, retazos incansables de una ruta precisa y discreta, cubierta diligentemente por las esquinas del bosque.

En la soledad de la montaña, llevaba horas perfeccionando la presentación final de cualquier guerrero, el momento cúspide para cuando debiera desplegar sus nervios en un esfuerzo por cumplir mayor cruzada, tan esperada como incierta. Se impulsaba con un sólo objetivo en mente, buscando con necesidad enmendar el vínculo destrozado por el peso de sus errores, de sus circunstancias; incluso ignorando las limitaciones de sus capacidades físicas. Y en cambio, bordeaba el seno inconstante del agotamiento, difuminando la línea en la que su cuerpo se vencía y, con nada más que tenacidad, volvía a emerger para seguir; hasta que finalmente sus miembros cedían, caían.

Esta vez, rodó cuesta abajo, golpeándose y arañándose a medida que precipitaba en un desplome irrefrenable, tan acelerado que el espacio se comprimía en una imagen de colores pardos y sombríos tallando contra sus brazos y torso, mientras los dedos ágiles buscaban aferrarse a un suelo endeble y arenoso. Súbitamente, el peso del mundo cayó contra su espalda, pero su gemido se perdió entre el polvo y las piedras rozando contra su rostro y todo lo que pudo percibir fue el abismo al frente, extendiéndose hacia ella. Presa de una creciente desesperación, enfocó su energía en las plantas de los pies y giró apenas, afianzándose a los últimos extremos de la tierra. Sin embargo, la saliente no fue lo suficientemente fuerte para sostenerla y se desplomó una vez más, girando sobre el terreno cada vez más inestable e impactando inevitablemente contra los obstáculos en la piedra. Intentó repetir la maniobra contorsionándose entre el intervalo de cada golpe, pero en seguida sintió un pinchazo agudo en el costado que la hizo perder el equilibrio. Incapaz de retomar la estabilidad que necesitaba, no pudo prever el estrepitoso freno contra la boca del estómago. Hubiera gritado, pero no tenía aliento para ello.

— ¿Por qué?— Logró articular a medida que el aire volvía a ella y reconocía el humillante calor de las lágrimas en su piel. El dolor en el vientre y las extremidades la engullía en exceso, pero no era equiparable a la vergüenza de no poder salvarse siquiera a sí misma, a la constante noción de su inferioridad. — Mierda... ¡¿Por qué?! —

Permaneció un momento quieta sobre el árbol que la había acogido, observando con angustia cómo el vacío se tragaba su grito y el silencio se abría paso. Nunca era lo suficientemente rápida y ahora, había estado a punto de morir.

Se enjugó la calidez en sus mejillas, casi como un ritual de finalización mientras con pesar asumió todo el tiempo invertido bajo el mismo entrenamiento auto impuesto y sin embargo tan infructífero que cada noche se sentía más y más lejana a su objetivo. ¿Cómo sería capaz de traerlo de vuelta? E incluso si pudiera lograrlo, ¿realmente esperaba que la viera como una igual cuando no podía proteger ni su propia espalda? Quizá esperaba mucho de sí misma, pensaba con rabia, quizá jamás sería suficiente sin importar la medida del sacrificio. Tal vez sería mejor relegarse a ser aquella molestia que había sido cuando él estaba presente, y esperar a que su mejor amigo lo resolviera como le había hecho prometer injustamente.

Naruto... por favor... ¡Sálvalo! — Se lo pidió descaradamente entre sollozos. Rogando con el corazón en mano, sabiendo que ella no podría hacer nada.

Él debió decirle que no, que era un caso perdido y que ni él podía ayudarlo. "Sería más fácil si olvidaras." En cambio, le dirigió su mejor sonrisa, una que escondía su incertidumbre; se tragó sus miedos y le juró por todos sus sueños que lo regresaría con ella, así fuera lo último que hiciera. Nada parecía más seguro que aquellos ojos azules y el candor que le prometían. Pero Naruto no pudo cumplir su promesa aquella vez. Regresó gravemente herido, exponiendo su vida y la de sus compañeros mientras ella no podía hacer nada sino contemplar una vez más cómo el peso de su egoísmo y su futilidad hacían mella en la salud del equipo. Él daría todo por hacerla feliz y lo sabía, incluso cuando le pedía aquello que lo destrozaba.

No era de esperar, al final, que su mejor amigo partiera para entrenar a tierras lejanas, más allá del País del Viento, con un Sannin como maestro. Alguien que en verdad pudiera brindarle la fortaleza suficiente para entonces traer de vuelta a la aldea a quién los había dejado rotos, sin tener el constante remordimiento de que nunca podría complacerla como él. Lejos, sin que le estorbara en un progreso que de otra forma jamás podría obtener.

De eso, ya hacían tres años y aún no sabía nada de su amigo.

Cierto es que, durante ese periodo, entre la bruma que llega con la depresión, había descubierto un periodo de introspección, de mejora. Había aprendido a lidiar con el dolor de la ausencia de los dos y a socavar la sensación de culpa cada vez que la soledad golpeaba. Más aún, contra toda expectativa, había encontrado a uno de los tres Sannin dispuesta a ser su mentora. La mismísima Lady Tsunade. Ella le había enseñado el arte de la medicina, y el poder desmedido que tenía su fuerza física; le había indicado el camino hacia sus mejores técnicas como la invocación y el Byakugou, y había reestablecido en ella parte de esa confianza que se había esfumado tiempo atrás. Pero, ¿sería suficiente? ¿Estaría a la altura cuando el momento llegará?

—Dios... — Soltó un quejido al intentar incorporarse. Con cautela, deslizó las piernas hasta recargarlas contra la superficie pedregosa y fue arrastrándose sobre la gruesa rama, sintiéndola más laxa bajo sus palmas a medida que se deslizaba. Sofocada por el esfuerzo, con las manos sudorosas y los miembros temblando, fue consciente de cómo los huesos se enredaban en la carne. "Costillas falsas, ocho y nueve." Pensó instintivamente, mientras visualizaba la cumbre y palpaba el hematoma. Sabía lo que tenía que hacer.

Con un aire renovado de confianza, empleó todo su coraje y comenzó a escalar cuesta arriba, con más de sesenta varas por delante. La inclinada pendiente dificultaba la visibilidad más allá de unos cuantos pies, y el viento furioso se arremolinaba y embestía contra ella, invitándola a dejarse llevar. Forzada a reclinarse contra el muro, usó sus extremidades para aferrarse a la roca, logrando impulsarse con las piernas; pero éste era en un avance lento y frustrante, y en ocasiones sus dedos perdían el terreno rocoso debido al musgo y la ligereza del suelo, retrocediendo continuamente.

Era consciente de que debía darse prisa. Al extender los brazos, los músculos ardían bajo la piel, sentía su desgarre en cada momento y el escozor agudo de los huesos rotos entrando en el tejido una y otra vez. Pronto, si no era cuidadosa, la hemorragia se extendería hacia sus órganos vitales y entonces, con su resistencia menguando, no podría hacer mucho por sí misma.

Llegar al punto de entrenamiento fue una bendición no recibida. Agotada y sin aliento, comenzó a tratar la lesión a expensas del cansancio, dejando que su energía fluyera primero hacia aquellos órganos que tuvieron algún contacto con los fragmentos, sellándolos célula por célula y posteriormente soldando meticulosamente las costillas dañadas. A pesar de su experiencia y no ser la primera vez que le ocurría, reestructurar y calcificar estructuras óseas propias era una tarea dolorosa y mentalmente extenuante. La sangre hervía bajo la carga de iones y fluía espesa hacia las partes afectadas, llevando a cada nervio a un estrés tal que el organismo reaccionaba brutalmente. Todo, sin considerar el martirio resultante de la extracción de corpúsculos generados, ya sea por los glóbulos muertos o por algún residuo óseo, que le sucedía al proceso. Las primeras veces, era tanto el daño que con frecuencia perdía la consciencia y vomitaba. Ahora, después de tantas ocasiones, podía jactarse de tener solamente la frente perlada y leves jadeos ocasionales.

Los minutos pasaron. Su ritmo cardiaco se había normalizado, acompasado por las finas hebras de energía que viajaban ahora sutilmente por su tórax en un cosquilleo. Estaba por terminar, cuando escuchó un sonido en la distancia; una sutil brisa en un lugar donde no debía, en una dirección imposible. Esperó ahora quieta, el flujo entre las yemas se había detenido cauteloso, y permaneció así, con cada fibra de su cuerpo en tensión, buscando con la mirada sus pertenencias. Algunas de ellas, permanecían ocultas entre la maleza y los grises nocturnos; otras, yacían estancadas en piedras y troncos gruesos, donde el filo de la navaja se ocultaba. Sin embargo, el brillo de la savia fresca era visible bajo la luna, y el olor de su presencia era inconfundible.

Transcurrieron segundos que a ella se le antojaron eternos. Nada. Ni siquiera un eco. Sin embargo, ése era el mayor problema. El murmullo de la vida silvestre se había evaporado.

Algo más resonó en el fondo. Un breve siseo a cientos de varas de su posición. Se mantuvo estática por un momento, visualizando el entorno solitario. Arriba, las nubes se arremolinaban en callados jirones, pronunciando una tormenta, pero el viento viajaba en una dirección constante, contraria al rumor en lo profundo de la noche. Cuando no hubo respuesta, acercó su mejilla al suelo con la oreja contra la tierra, pendiente de cualquier vibración. Al principio, nada, sólo el susurro taciturno del espacio rodeándole; después, la brisa.

"Uno, dos..."

Se arrastró hábilmente entre unos arbustos y raíces, agradecida con la densidad del bosque. A pesar de la poca luz nocturna que desmembraba en el follaje, sus ojos perfilaban el perímetro, expectantes. Sabía que quienes llegaban eran forasteros que no querían ser vistos. Nadie se aventuraba a esa zona de la montaña desde que el acceso inferior a la aldea se había edificado muchos años atrás, después de la Tercera Guerra Ninja; por lo que la vigilancia era pobre y a los locales les incomodaba la cercanía del lugar con la villa. Ahora, la vegetación había tomado lo que una vez se le quitó, dejando un estrecho pasillo abrazado por un engañoso sotobosque que, según decían, en algún punto conectaba directamente al Bosque de La Muerte.

De las sombras ascendieron un par de figuras oscuras, avanzando a pasos tan silenciosos que parecían premeditados. Llevaban un sombrero tradicional de paja sobre sus cabezas, del que colgaban delgados listones blancos que imposibilitaban observarles el rostro. Sin embargo, ambos hombres, meditó, llevaban la misma gabardina negra con nubes rojizas bordadas en diferentes partes del pecho, espalda y a lo largo de la prenda. La gruesa tela caía suelta sobre los brazos y costados, hasta revelar la parte inferior de las piernas en un corte limpio, perfectamente recto. Antaño, seguro habían sido trajes exquisitos de cuantioso valor, pero ahora se veían desteñidos y sucios. Entre las manchas, distinguió el marrón de la sangre.

Los forasteros se detuvieron al final del peñasco, donde terminaba la hierba y se tendía la mejor vista de la Aldea Oculta de La Hoja en todo su esplendor nocturno. Abajo, sólo quedaban unos pocos aldeanos desfilando en sus labores cotidianas con desgano. Pronto, la mayoría también llegaría a sus camas, regocijándose en la ignorancia de no saberse vigilados.

—¡Siempre me ha molestado la arrogancia de esta ciudad! ¡Exhiben a los Kages en la montaña con esas estúpidas caras de superioridad que todos aquí tienen! —Al hablar, el más robusto de los dos emitía una especie de silbido agudo que hacía parecer que respiraba con demasiada fuerza, y a pesar de que en su voz gruesa se encontraba un tono cuasi gangoso, tenía una impresión fiera en su carácter.

—Sigue siendo mejor que Kirigakure. — Aunque no alcanzaba a su compañero en estatura ni en complexión, la segunda figura era mucho más intimidante e imponente. Tenía una modulación profunda y autoritaria, y su postura exudaba el garbo de un clan importante, contraria al aspecto tosco y desgarbado de su acompañante. Quizá por eso el mayor sólo se limitó a gruñir por lo bajo, una expresión áspera y rabiosa que lo hizo parecer más bestia que humano.

No sabía quiénes eran aquellas personas, pero tampoco había necesidad. Existían rumores crecientes sobre un grupo bélico que promovía el fanatismo a la guerra. Haciendo énfasis en las Tres Grandes Guerras Shinobi y recopilando, además, información de todo tipo respecto a un supuesto enfrentamiento muchos miles de años atrás. Quizá, algunos decían, mucho antes de que existiera la humanidad o las aplicaciones para el chakra. Nadie sabía cuál era la finalidad de sus investigaciones, aunque tampoco había evidencia, pública al menos, sobre alguna secta similar. Sin embargo, no eran escasas las historias de presuntos experimentos con humanos, animales, e incluso con los Bijuus. En algún momento creyó escuchar a Tsunade hablar de ello con El Consejo, pero los comentarios eran tan vagos y tediosos que daba la impresión de que los ancianos no tomaban el tema en serio. En cambio, últimamente las reuniones rondaban sobre la creciente inestabilidad política que enfrentaban los cinco países, cuya ambición se había despertado desde la muerte del Sandaime; y seguía presente incluso con la toma de posesión de la Godaime. Aunque extraoficial, este no sería el primer atentado.

—Entonces es aquí donde el niño zorro vive.— El silbido que el hombre emitió al hablar fue tan fuerte como el bramido de un toro, y ella pudo imaginarse una sonrisa tétrica cruzando sus facciones.— Bien. No puedo esperar a largarme de aquí.

Con un movimiento excesivamente rápido, tomó y giró el mango de su espada hasta dejarla caer entre sus piernas, creando una amplia fractura en el suelo a centímetros de donde su adlátere se encontraba. Sin embargo, éste no se movió, sino que compartió con él un instante que ella no supo interpretar. Segundos después, con calma, y aun sosteniendo el acero entre los dedos, se quitó el sombrero quebradizo.

A la luz nocturna, el rostro del sujeto era siniestro. Tenía la piel azulada y lisa, cubierta por una película de sudor tan espesa que daba la impresión de ser mucosidad. Los pequeños ojos, bajo unas diminutas cejas azules, eran tan negros como el ébano; muy separados por una ancha nariz cortada a la mitad. Sobre sus marcados pómulos se veían aberturas que mostraban el interior de los músculos faciales, y cuando hablaba, emitían el funesto silbido que había escuchado anteriormente. Sin embargo, la sonrisa era por mucho, lo más atemorizante. Dientes disparejos y puntiagudos aparecían en una mueca de varias hileras que se estiraba hasta donde comenzaba a verse la carne bajo las comisuras.

Se quedaron varios segundos observándose. Los pequeños ojos petrificados contra la mirada inexistente del menor. Le costó poco entender la amenaza silenciosa. Ellos sabían de ella. Una vez más, contuvo el aliento, con el calor subiendo a un bombeo constante y frenético. Sentía las manos sudorosas y expectantes al instante subsecuente, pero sobre todo un nudo en la garganta lleno de incertidumbre. De pronto, todo sonido se extinguió.

"Tsunade-Sama, ahora veremos qué tan buena aprendiz he sido." Pensó para sí.

En un impulso tan violento como un rayo, saltó justo antes de que la pesada espada destrozara el terreno en el que se encontraba, izando piedra y raíz varias varas por el aire. Alcanzó a ver los músculos garzos tensarse ante la dificultad que implicaba maniobrar el arma, e incluso así, los fragmentos ni siquiera habían impactado cuando él volvió a moverse ágilmente, buscando arremeter contra ella.

Ésta vez, se adelantó a la estocada, deslizándose veloz bajo el filo para aparecer frente a él y concentrando toda su energía, azotarle el puño contra la quijada a tal impacto que el cuerpo se proyectó acelerado hasta estrellarse contra uno de los peñascos.

La figura masculina se perdió en un espectro de polvo y piedra tras la colisión, pero apareció impulsado por su propia fuerza segundos después, erguido y amenazante. —Tienes buen brazo, muñeca. — Le gruñó enseñando los dientes. Bajo su cara, los músculos visibles se contraían de dolor y para su satisfacción, del labio colgaban hilos de sangre.

Su pequeña victoria murió cuando un bramido vibró en la gruesa garganta, enrojeciendo la carne viva en las mejillas e inflamando el pecho húmedo casi hasta volverse un tumor púrpura. Súbitamente, la contorsión explotó entre la boca, expulsando bajo una presión titánica un chorro tan potente y tan rápido que apenas le dio tiempo de girarse y evitar el choque. Aun así, no pudo prever al par de tiburones que emergieron de la corriente.

De al menos tres varas de extensión, y con una forma creada a base de agua, los majarros giraron en torno al flujo. Al primero, logró esquivarlo dejando que se desmembrara en miles de gotas una vez que tocó tierra. Pero el segundo fue ágil y aunque no pudo asestarle una mordida, logró empujarla con la cola hacia el flujo del ataque; taladrándole los músculos del costado derecho.

A pesar de sus esfuerzos, la corriente la golpeó en repetidas ocasiones, ahogándola y sumergiéndola en un torbellino salado interminable, hasta que la figura se deshizo sobre ella y la escupió contra la piedra.

Con el torso adolorido, se arrastró hasta tomar margen nuevamente, esta vez previendo una segunda ofensiva. Inevitablemente, recordó cómo le había tomado apenas dos segundos adecuar su pecho y tráquea al torrente despedido, y la potencia con la que el cauce le había abatido una y otra vez. Entendió que, entre más cercana estuviera a su oponente, más agresivos serían sus ataques. Sin embargo, aquello le suponía un verdadero problema ya que su principal fortaleza recaía en su Taijūtsu; e incluso si pudiera sobrellevar una batalla a distancia, en la cual el hombre tenía mayores medios, o adelantarse a su velocidad, seguía despreciando la presencia del segundo encapuchado.

Una nueva explosión de agua estalló en la boca deforme, interrumpiendo sus pensamientos. Al inicio parecía un torpedo similar al anterior, una masa de agua viajando a toda velocidad sobre un mismo eje; no obstante, pronto se desmoronó hasta convertirse en miles de pequeños escualos que se abalanzaron desesperadamente en su búsqueda, aprovechando la aceleración de la caída. Sin dudarlo, comenzó a eludir las balas como si estuviera en una danza donde pequeñas esferas caían, rompían, y volvían. Las piernas, el torso y los brazos se movían una y otra vez, invocando agilidad en un cuerpo cada vez más exhausto; pero pronto resbaló y comprobó con un grito cómo un proyectil alcanzaba su hombro y lo cortaba para morir sobre su piel. El dolor la hizo doblegarse, mientras sentía la sangre extenderse rápidamente por su brazo.

Alzó la vista desorbitada, presa del pánico ante cientos de peces aproximándose. Un látigo de adrenalina escaló por su columna hasta asentarse en su estómago. Sin pensarlo, dio un puñetazo desesperado bajo sus pies, liberando una lluvia de piedras en el aire. Sobre ella, las formas de agua impactaban contra los fragmentos y morían como una guerra entre naciones, entonces aprovechó el punto en el que la aceleración de las rocas fue cero y comenzó a patearlas hacia el enemigo una y otra vez, mientras aquellas que no alcanzaba caían en cascada a su alrededor.

Lejos, la espada se blandía fugaz sobre los destellos de granito una y otra vez. Aprovechando su distracción, corrió hacia él, ágil y sigilosa entre la tormenta de piedra y tiburones, deslizándose sobre el terreno a una velocidad que no creyó poseer nunca, bajo una sensación de éxtasis que no pensó llegar a sentir. Lista, empuñó una de sus armas saboreando una contradictoria sensación de júbilo y ansiedad. Sin embargo, él la vio.

Cruzaron armas un instante, forcejeando desesperadamente por desgarrar al otro, la figura imponente cubriendo el cuerpo menudo y joven. Espada y Kunai.

Todo volvió a su orden natural en un momento. De nuevo estaba frente a él, el agua escurría lamiendo la piedra suelta, y caía al vacío, sobre el fin de la aldea. A esas alturas alguien debería haber escuchado algo. Quizá un débil trueno en la proximidad, extraño en una noche aún despejada; pero ella estaba demasiado lejos, a demasiada altura. Estaba sola.

Con resolución, se puso en guardia nuevamente, pero esta vez no esperaría a que él diera el primer golpe. A distancia no tendría oportunidad. Erguida, firme, comenzó a correr hacia él. Iba tan rápido que apenas se vislumbraban sombras rojizas en movimiento, manchas felinas que se esfumaban antes de poder enfocar la visión.

—Idiota. — Musitó el sujeto en voz baja. Una sonrisa tétrica cruzó a través de la carne mientras hacía un sello desconocido para ella, liberando con un soplo despreocupado una bruma tan densa que la obligó a avanzar a ciegas. Desorientada, mantuvo el ritmo, guiada sólo por el sonido cada vez más ausente del aire pasando entre los dientes aserrados, en un silbido fúnebre que se extendió hasta rodearla por todos los flancos y envolver sus sentidos.

Nerviosa, siguió corriendo con cierta resistencia, cuestionando su siguiente acto mientras veía nuevas ondulaciones en la niebla subir y bajar conforme se adentraba en ella y el espacio cobraba vida. A su alrededor, el juego de luces y espectros en la densidad se volvió turbio y violento, y entonces contempló una aleta dorsal delineando su entorno antes de desaparecer.

Una vez más se sumió en la penumbra, incapaz de definir los claroscuros que se mezclaban entre la neblina y el pánico que comenzaba a entumecerla a medida que percibía el roce furioso de las escamas entre los jirones de gas. El tiburón empujó con su caudal, y la potencia del impacto la arrastró por el suelo hasta arrebatarle el aliento. Casi por inercia, se forzó a moverse, y enseguida apreció a la mandíbula dentada estrellarse contra el terreno donde había estado.

Se irguió como pudo y volvió a correr, sólo que esta vez reconoció la necesidad de enfocarse no en sus sentidos, sino en su percepción más fina. Aún en movimiento, cerró los ojos y expulsó una gran cantidad de chakra por el torrente escaneando cada vibración, cada ondulación en el ambiente, hasta que pudo percibir la figura masculina en el punto donde terminaba la bruma. Cambió de dirección, siguiendo su rastro, mientras a la par trataba de descifrar la ubicación del escualo entre los espectros a su alrededor. Lo encontró a su espalda, atravesando frenéticamente la neblina en un ánimo desenfrenado por enterrarle los dientes y corrió con insistencia, sintiendo la distancia cada vez más corta y cuando percibió el peso del animal casi encima, se dió la vuelta, gritando.

Reventó la figura del majarro de un puñetazo tan potente que disipó la bruma, esparciéndola por el terreno con tal brío que incluso la escasa luz nocturna pudo cegarla brevemente, pero no detuvo su avance y en cambio se volvió con una sonrisa casi histérica hacia su oponente.

Los remanentes de la cortina nebulosa súbitamente se contrajeron hacia el frente, solidificándose hasta volverse una forma de agua tan imponente que parecía inalcanzable el extremo. A través de ella, el hombre le devolvió la sonrisa con una expresión siniestra mientras elevaba los brazos en una postura tan rígida y severa que en los músculos en tensión se marcaban las venas, justo antes de dejarlos caer.

La gran ola tronó furiosa hacia ella con una presión demoledora, devorando el espacio con una rapidez tan agresiva que apenas podía seguir el ritmo de la espiral de grisáceos y verdes, sin embargo nunca detuvo sus pasos; en cambio, aumentó el brío en cada zancada contando con que si caía en el flujo sería su muerte, y justo cuando ya se enfrentaba contra el cauce, se impulsó con todo de sí para lograr un salto suficiente para superar la barrera. Llevaba el puño en alto, imparable, tan sólo guiada por un principio fundamental: defendería a Naruto a toda costa, se lo debía.

Entendió que algo iba mal en cuanto registró el gesto despectivo en el rostro masculino, pero no pudo evadir la serie de colmillos cerniéndose contra su vientre por un flanco que no había previsto. Apenas sintió el escozor de la carne abierta entre los dientes o el líquido frío colmando su garganta; tan sólo fue consciente de la estela escarlata difuminándose hasta mezclarse con los colores opacos de aquel abismo en el que la bestia buscaba ahogarla; hasta llegar sin ella.

El puño emergió de la tierra sobre la que él se encontraba con una gravedad que retumbó en todo sus miembros. Había sido astuta al no sobrestimar el evidente exceso de confianza en él, y sólo anticipándose había conseguido una oportunidad. Sin embargo, tenía muy claro que no volvería a tener suerte, no podía detenerse ahora sino hasta asegurarse de reventarle aquella mueca siniestra que tanto la enervaba.

Lo alcanzó en el aire, aún presa de la trayectoria encausada contra la piedra y aprovechó la inercia de ambos para propinarle un segundo golpe en la boca del estómago y otro más que estuvo segura, fisuró el esternón. Irrefrenable, ciega por la adrenalina invadiendo sus venas, se preparó para asestarle un puñetazo en la quijada con toda intención de destrozarlo, pero de pronto él reaccionó, alejándola de sí con un escupitajo a presión.

Cayó entumecida por el dolor y la sal inundando sus fosas nasales hasta escocer en la garganta, y sin embargo no perdió de vista la figura oscura del enemigo observándola. En cambio, la visión poderosa e inflexible la forzó a replegarse a pesar del agotamiento, obligada a replantear sus opciones.

"No me dejará viva si puede evitarlo; y ya sabe que lo supero en fuerza física, hará todo lo posible por evitar que lo golpee otra vez. Sin embargo..."

Una nueva explosión de agua se dirigió hacia ella, y aunque lo evadió con dificultad, esta vez la dirección de su ataque no fue su principal punto de atención.

La espada alargada en la empuñadura garza estaba firmemente sujeta por varias tiras de vendajes cuidadosamente colocadas a lo largo de la hoja. La mantenía en paralelo a sus piernas en una postura inquebrantable, y a pesar de su ello, la tomaba de manera que estuviera lo más alejada de sí; como si en cualquier momento la hoja pudiera rebelarse contra la mano dominante. Ella estudió los dedos atenazados contra el mango de acero. El agarre era tan tosco que tenía los nudillos blancos contra la piel pálida.

A pesar de la magnitud de su ofensiva y de la rapidez de ejecución, era evidente que el sujeto era mucho más diestro con el arma que con cualquier jūtsu y eso podría ponerlo a su favor; no obstante, había algo más. Aunque al principio lo atribuyó a la adrenalina del combate, el reciente ataque había revelado un desequilibrio en su postura cada que maniobraba, descuidando brevemente la zona encefálica como si el arma quisiera marcar su pauta. Reconoció que ahí recaía su principal oportunidad, sin embargo, desconocía sus habilidades en un combate cuerpo a cuerpo, arriesgándose a que estuviera reservando alguna técnica que la pusiera en mayor desventaja. Primeramente, él ya conocía el límite de sus capacidades y pronto, el de su energía también; en cambio ella tendría que jugársela con su ingenio aún más que su fuerza bruta.

"No importa. Tendré que arriesgarme."

Con una nueva estrategia en mente, se colocó en posición defensiva, oprimida entre los dos forasteros a pesar de que el segundo ni siquiera reaccionaba al combate. Incluso, había lapsos en los que parecía más atraído en la escasa actividad de las últimas luces en la aldea que en el curso de la batalla en sí.

"Sólo hay dos posibles conclusiones: o aquel espera que me mate, o realmente no le interesa." Ambos supuestos eran intimidantes.

Su oponente lanzó un último proyectil, pero esta vez en lugar de eludirlo ella corrió hacia la masa fluyendo y trepó, avanzando sobre el continuo movimiento del agua gracias al chākra concentrado en las plantas de los pies. Las zancadas que dio eran apoyadas por la explosión de iones que derramaba en la superficie y la hacían avanzar a una velocidad vertiginosa. Orgullosa y acelerada, dejó que el éxtasis le golpeara como un vendaval. Sus piernas ya no eran un ente ajeno, sino parte del fluido que surgía y volvía impulsando su paso, ya no sentía la diferencia en cada intervalo; tan sólo el impacto acelerado de un pie sobre otro. Ni siquiera la fricción del líquido oscilando podía detenerla.

—¡Shannaro!— Su grito de guerra se ahogó en el choque de su puño contra la hoja de la espada. La colisión había sido tan fuerte que sintió el temblor de todas sus extremidades, así como también lo percibió en las del hombre. Sin embargo, pese a la presión titánica, ninguno de los dos se doblegó, sino que midieron fuerzas en un forcejeo continuo por imponerse sobre el otro. En un enésimo intento, él balanceó su peso hacia su pierna derecha, buscando patearle el costado o hacerle perder el equilibrio, pero ella lo bloqueó con la rodilla mientras sus manos buscaban detener la vaina que ahora ejercía presión hacia ella.

—Tienes agallas, niña. Lástima que sólo eso.

Desde la nula distancia contempló lo que de pronto fue un rostro amorfo y desfigurado. No sólo destacaba la nariz mutilada hasta donde termina el cartílago, sino que se mostraba hundida entre la carne abierta de sus mejillas. Más aún, los dientes se asomaban entre los labios de forma desproporcionada, marcando profundas heridas sobre la tez mortecina y humedecida. En su frente, sin embargo, alcanzó a reconocer la banda marcada del País de la Niebla. Él también era un desertor.

El nuevo descubrimiento le brindó el carácter suficiente para girar hacia atrás y romper el contacto con una patada en su garganta; pero incluso ahogándose, él ya estaba abalanzándose sobre ella, buscando asestarle un golpe con el pesado filo vendado una y otra vez. Se desplazaban por el terreno en lo que parecía una escena perpetua, donde la joven esquivaba la mancha azulada que buscaba por todos los medios cernirse sobre ella; y la figura, a veces azul, a veces negra, lanzaba dentelladas y agitaba la vaina de su arma en torno a ella con una destreza inextingible. La velocidad del encuentro continuó marcada por el constante bloqueo de los ataques del forastero, mientras ella cada vez con menos suerte, se presionaba buscando aberturas en los movimientos precisos del hombre.

Pero quien acertó primero fue él, que aprovechó la frustración cada vez más evidente en la mirada femenina para clavarle el arma en el hombro herido e ir por su pierna, arrebatándole toda estabilidad. Cayó con un grito ahogado, dispuesta a incorporarse a pesar de la lesión, pero el pinchazo de su desgaste en el costado se hizo presente, imovilizándola, y entonces recibió un puntapié en el vientre que la arrastró por el suelo hasta doblegarla.

Permaneció arrodillada, sintiendo cómo los músculos laxos asumían el daño y temblaban del esfuerzo. Nada quedaba de la anterior sensación de júbilo que la había obligado a enfrentarle, y el pánico de sentirse superada la abrumó con un mareo asfixiante. Estaba agotada, humillada, paladeando el sabor de la muerte en los labios mientras la sangre inundaba sus comisuras y la vista se le nublaba.

"Si sigues así, seguirás siendo sólo una molestia." Recordó, su voz, casi como una epifanía. Era un susurro, sus palabras, las de él, taladrando sobre su inacción en todos los momentos cruciales del Equipo Siete. "Eres tan mediocre."

Jadeó exhausta, con la mente abrumada. En los oídos, su corazón era un tambor entonando un ritmo en declive. Tenía razón, pero no podía moverse. ¿Por qué no podía moverse? Una fuerza desconocida le dio de lleno en el rostro, cubriendo su mejilla con una calidez abrasadora. Quiso relacionar la sensación húmeda llenándole la piel, pero no encontró un solo pensamiento equiparable, sólo el doloroso vacío. Le tomó todo su carácter levantar la mirada y enfrentar su situación. A él, a la sonrisa brusca se estiraba tanto como su puño una y otra vez, pero por alguna razón ella no sintió el golpe, ninguno. No sintió nada.

"No me conoces, ya no." Se prometió, sofocada no por dolor sino por vergüenza pero toda idea le pareció falsa. Agotada, se hundió en la calidez ardiendo contra su sien, mientras el martilleo agudo en sus tímpanos ascendía hasta opacar todo sonido.

"No me conoces, no aún." Repitió, y en algún punto de su inconsciencia encontró una breve verdad; unos ojos azules instándola.

Un último impacto amenazó con estrellarse nuevamente contra su cara, pero el puño grisáceo se vio intempestivamente apresado entre su palma. Lo sostuvo con firmeza, y mientras forcejeaban, su visión aún desenfocada se encontró con la expresión turbada en los ojos negros, y aquel instante fue suficiente para devolverla de lleno en la realidad, enardecerla.

—¡Yo no dejaré que me subestimes! ¡Ni que lastimen a Naruto! —Rugió y él sólo pudo observar la resolución en sus facciones mientras en su mano estallaban los huesos como astillas bajo la carne.

El grito desesperado que profirió fue capaz de excitarla incluso cuando recibió aquella patada en la mandíbula que la arrojó lejos de él. En el suelo, se enorgulleció ante los dedos deformados por la presión que había ejercido y los cortes sobre los labios, abiertos.

—Con que conoces al zorro, niña estúpida.

Alzó la vista con lentitud, tan exhausta que no había reconocido la lluvia sobre su cuerpo hasta que las gotas comenzaron a escocer sobre sus heridas. En ese punto, su cansancio era tal que temblaba ligeramente y sabía que no podría disponer de sí misma por mucho más; aún así, se incorporó con pesadez, percibiendo el agua limpiando la sangre de su cuerpo, y encaró al Shinobi con todo el temple que pudo reunir.

Apenas registró cuando la figura frente a sí se difuminó, convirtiéndose en un espectro de agua que avanzó hacia ella, deformándose erráticamente para volver a solidificarse una y otra vez, acercándose cada vez más hasta que tenía el filo de la espada cerniéndose sobre ella. Intentó defenderse respondiendo con el peso de sus puños, pero el movimiento se volvió tan veloz que sus miembros no podían seguirle el ritmo. Vapuleaba el aire sin orden ni verdadera dirección al cambio continuo en la marcha, buscando con frustración ser más rápida; pero el líquido tomaba forma, cambiando de elemento a cada tanto, y se volvía tan ágil que parecía ser una ilusión antes de reaparecer empuñando su arma, y justo cuando parecía capaz de percibir su siguiente movimiento, volvía a desplomarse en la tierra para resurgir en el lugar más inesperado.

Estaba cansándola.

—Deja de jugar Kisame.— Se escuchó. El matiz profundo del joven resonó en sus tímpanos como si lo hubiera escuchado un millar de veces, y fue tal la magnitud que casi pensó que podría darle un color al efecto. Hubo una pausa, una interrupción donde sintió que no se hacía nada y todo acto se tensaba mientras el eco del sonido se volvía más y más claro. Casi por inercia, su cabeza giró mucho antes que sus pensamientos, y sólo cuando sus ojos encontraron los suyos, recibió un golpe que la lanzó por los aires.

El impacto que sobrevino al otro fue casi etéreo. Ni siquiera la roca contra su espalda fue lo suficientemente fuerte para apagar su estupor. ¿Realmente sería él? ¿Habría llegado el momento por el que tanto se había esforzado?

Un puñetazo se le clavó en el rostro y su vista se nubló, pero en su mente aún permanecía la profundidad en la mirada escarlata. Había algo diferente, una imagen tétrica en la intensidad del iris, y su incapacidad para entenderla no hizo sino destrozarla. Ahí, tendida, conteniendo todo estímulo, quiso gritarle tantas cosas; decirle que se detuviera, que ella ya era otra persona y que no podría seguir huyendo. El corazón le explotó de dolor y no supo cómo asimilar la pérdida, pero por más que tratara, sus sentidos no fluían.

"No, no ésta vez. Prometí que lucharía. Que te traería de vuelta."

Una desesperación ciega la invadió. Sentía la sangre hervir, pero no podía moverse. En sus manos, el hormigueo subía volviéndose insoportable, incontrolable. Recitó en su mente todas las razones por las que no podía detenerse, como si la metamorfosis fuera necesaria; pero no había respuesta coherente en sus reacciones.

Unos dedos fríos la tomaron por el cuello, izándola hasta perder la sensación del suelo, pero su cuerpo no le respondía y la luz ya no entraba a sus ojos.

"No quiero ser débil. Por favor, no puedo."

—Así que Tsunade tiene una alumna. — Escuchó. A su alrededor, el negro de la noche comenzaba a ser palpable.

—No me dejaste terminar, podría haber ganado fácilmente.— La voz gruesa estalló a sus pies, y entonces volvió a caer casi sin ser consciente, inerte.

—Evidentemente. Aunque la subestimaste lo suficiente para dejar que te destrozara la mano. —La burla resonaba ácida en sus palabras. Incluso ahora, atrapada en la oscuridad de la derrota, su piel se estremecía.

—¡Cállate!

Hubo unos segundos de silencio, tan efímeros que apenas se permitió refugiarse en la calma del cansancio. Poco a poco, su respiración se volvía vana y estéril.

—¿Y tú qué demonios estás haciendo? ¿No vinimos por el zorro?

—Encárgate de eso. Tengo un asunto pendiente.

Un calor reconfortante se extendió por su columna, acompañándola hasta su último pensamiento amargo. Hasta el instante en que se sintió menos que un recuerdo.

"Sasuke-Kun..." Rojo. Carmesí. Sangre. Pocas cosas vinieron a su mente después de él. De sus ojos furiosos contra la noche.

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..

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¡Sasuke, te amo tanto...!— Había sido un ruego, la última verdadera carta que tenía, y sin embargo él no fue capaz de responderle mejor que dándole la espalda. Aunque francamente ¿qué pudo haberle dicho? En el silencio de la calle, en ésa última luna llena, la decisión ya estaba tomada.

Un vestigio del verano llegó a su rostro. Olía a almizcle, a tierra húmeda y a las flores pereciendo ante el cambio de estación. Pronto, muy pronto, llovería.

¡Por favor, quédate! ¡Haré lo que sea! — Gritó. El corazón latía tan fuerte en su pecho que seguro él alcanzaba a escuchar el martilleo desbocado. Se sintió avergonzada y expuesta, pero era la única herramienta real que tenía para retenerle. — ¡Prometo llenar tus días de felicidad, si te quedas...!

Nuevamente él no respondió y las lágrimas irremediablemente resbalaron sin control. No era un secreto que él no la amaba. Llevaba tanto tiempo intentando hacerle notar su presencia como él odiando, y evidentemente su afecto no era suficiente para calmar su sufrimiento. Aún así, se había aferrado tanto a la esperanza breve que daban las sonrisas esporádicas, las riñas, y las conversaciones del día a día que se atrevió a pensar que sería suficiente. Ella, Naruto, Kakashi. Ella.

Una sonrisa irónica surgió de los labios del joven cuando la encaró.—Tal como pensaba. No lo entiendes, no soy como tú o Naruto. Yo tengo otro camino que seguir.

Venganza. Su estúpida venganza.

El frío de la noche le dio un beso de despedida a medida que el silencio los abrazaba y confirmaba la partida inminente. A unos metros de ella, Uchiha Sasuke se veía más inalcanzable que nunca.

Sé lo de tu clan. Si no puedes dejarlo... Déjame ayudarte, llévame contigo. — Susurró en un último intento. Los puños a su costado temblaban de impotencia y desesperanza, sin realmente alcanzar a dimensionar sus palabras. En el fondo, muy dentro, tenía miedo de que dijera que sí, pero temía más que se alejara de su vida.

Los ojos negros sólo la escudriñaron, carentes de expresión alguna. Durante un instante, le pareció ver un atisbo de duda, pero la idea se esfumó a medida que él dio la vuelta tras un último vistazo, justo antes de partir. —Realmente eres una molestia.

¡No! ¡Sasuke-kun, no te vayas! —Gritó a pesar del desaire, pero ya ni siquiera tenía su atención. El joven al que tanto amaba se marchaba a paso lento y tranquilo, como si a su espalda no estuviera dejando sus raíces, sus amigos, y a ella con todos los sueños que tenía para ambos, deshechos. — ¡Si te marchas, gritaré tan fuerte que...!

Pero ya estaba sola. O eso pensó hasta que sintió el aliento tibio rozando su cuello.

"Te lo agradezco..."

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Despertó con una sensación nauseabunda apresada en la boca del estómago. Tenía tanto tiempo sin revivir la despedida y se había esmerado tanto en olvidarla, que casi había perdido los detalles finos del rechazo, de la indiferencia y del agradecimiento insulso. A pesar de ello, el recuerdo que la había asaltado en sueños había sido tan vívido que cada fracción volvía a ella con la fuerza de un latigazo; tanto que incluso aún podía sentir los retazos de aquel verano agonizante cruzando la noche, la impotencia afianzada en los nudillos ante la imposibilidad de retenerle, su cálido aliento bailando en la nuca antes de expresar su cruel gratitud. Estaba siendo infantil de nuevo, lo sabía, reverberando con demasiada intensidad un pasado que ya bastante daño había causado y del que no podía seguir siendo presa; pero estaría mintiéndose a sí misma si negara que cada vez que emergía ése capítulo de su vida, una fibra quedaba expuesta a su ausencia.

Se removió entre las sábanas con pesadez, demasiado entumecida en sí misma para enfocar siquiera la vista, y se incorporó lentamente sobre la cama, dejando que el martilleo en su sien se difuminara hasta volverse una presión constante. Tenía el cuerpo adolorido: los músculos hinchados respondían a cada movimiento como aguijonazos tirando de la carne y en su garganta acuciaban los frutos del mareo, sensibles a cada estímulo; así que cuando intentó ponerse de pie en un torpe traspié, no fue capaz de llevarse la mano a la boca para contener la sensación de vértigo y el líquido viscoso y transparente irremediablemente resbaló entre sus dedos.

—No deberías ser tan brusca al moverte. — Observó una voz profunda, sobresaltándola a medida que las palabras resonaban en la oscuridad. Desorientada y aún aturdida por la arcada, retrocedió sin gracia, hasta notar el muro a su espalda, encogiéndose al instante.

"No estoy en casa." Reconoció enseguida, de pronto alerta. "Mierda, ¿cómo no me di cuenta?"

Con una furiosa implosión que se extendió a lo largo de sus terminaciones nerviosas, llegaron todas las imágenes de los últimos acontecimientos: el extenuante entrenamiento nocturno que culminó en la estrepitosa caída a través del peñasco, las sombras de capas negras buscando atentar contra su mejor amigo, la batalla desenvuelta contra el híbrido de tiburón, y el más doloroso, su fracaso ante los ojos rojos.

"¡Sasuke!"

Se irguió en un estado caótico, luchando contra las náuseas que la embargaron y el temblor subsecuente en las piernas. Apelando a su adiestramiento en las artes de la guerra, se las arregló para ponerse en guardia a pesar de estar físicamente exhausta, mientras se esforzaba por enfocar la mirada en el origen de la voz en un espacio tan sofocado por la penumbra que apenas podía ver más allá de sus manos. No había sonido alguno más allá del de su respiración agitada y al aleteo desbocado de su ritmo cardíaco, y con decisión se forzó a sí misma a tranquilizarse. Recurrió entonces al olfato, inhalando cortas aspiraciones que revivieron en ella los olores a madera vieja, polvo, y sangre a tal intensidad, que tuvo que devolver con repulsión el fluído pálido y enfermizo.

—Te lo dije. —Reiteró con irritante condescendencia. —Una vez ya es bastante desagradable, no necesitas hacerlo de nuevo.

Se replegó contra la piedra firme, jadeando por el esfuerzo que le suponía aún mantenerse en pie pero sin atreverse a retirar la vista del frente. En el centro de la habitación, a través de la oscuridad, dos penetrantes orbes carmesíes la perforaban con un detenimiento asfixiante. Podía sentirlos incluso con mayor intensidad sobre su piel que las sábanas enredadas entre sus piernas desnudas, tanto o más que el flujo sanguíneo extendiéndose a través de las venas. Una vez más, tuvo que serenarse.

"Aquel no es Sasuke." Meditó, envuelta en un atisbo de lucidez mientras buscaba ahogar el pánico y la familiaridad de su mirada. En lo profundo de las sombras, el escarlata brillaba amenazante, turbándola; regresándola a la sensación inerme de la despedida, de la vulnerabilidad que aún encontraba en ella y que tanto se esforzaba por no reconocer. "A no ser…" Contuvo el aliento contra la posibilidad, y el pulso contra su pecho se incrementó hasta sentirlo empujando vigorosamente contra su sien.

—Uchiha Itachi.— Escupió y por primera vez en su vida, sintió algo similar al odio paladeándole en la boca, una sensación tan repulsiva que no pudo sorprenderse por el rencor desconocido bailándole en los labios.

—Veo que estás recobrando los sentidos. —Saludó con voz tersa. — No me sorprende por qué eres alumna de Lady Tsunade. — Su cuerpo se estremeció enardecido, como si el suave halago fuera una bofetada que planteara la noción de todo lo que sabía de ella y que, en cambio, desconocía de él. Inconscientemente se agazapó, buscando a tientas algo con qué enfrentar al espectro envuelto en las tinieblas, pero no había más que la piedra a su espalda y tuvo que recordarse con un estremecimiento que debía ser cauta. La voz satinada, aunque imperturbable, no podía esconder el tono autoritario ni la amenaza discreta en la inflexión. Tendría que ser astuta y analizar cuidadosamente el contexto antes de hacer cualquier movimiento. — Tranquila, tengo algo que proponerte.

—¡No tengo nada que escuchar de ti!— Gritó, comprendiendo que no era capaz de mantener sus emociones a raya. Podía sentir el escozor en la garganta y la resequedad en la boca tan áspera que quemaba en la lengua, pero no era equiparable a la indignación que sentía con él, y consigo misma. Aquella noche se había dejado llevar por el cansancio, el dolor y la falsa ilusión del regreso. Su egoísmo la había superado como tantas otras veces, dejando en vilo la protección de su amigo por un desertor. Había sido egoísta y cobarde, y en el fondo, persistía el temor de haber perdido la dignidad por él una vez más. Más aún, a su entender, seguía demostrando ser esa niña insulsa que asumía que la vida sobrellevaba los problemas a base de sentimientos. No había aprendido nada.

—No creo que tengas opción, cariño.— Silabeó.— No quiero perder la paciencia contigo, no te conviene.

—¿Y qué vas decirme? – El temblor en sus palabras la hizo acongojarse, humillada y miserable. — ¿No lo entiendes? No me importa.

—¿No?, ¿y quién protegerá al zorro si no estás?

—Naruto no necesita de mí. —Masculló adolorida, la noción no hizo sino encogerla.

—Tienes razón. —Convino él. — Siempre ha sido al revés, ¿no es cierto? Aún así, le eres importante. No estaba en la aldea esa noche, pero no será difícil encontrarlo. Incluso ahora, podría hacerlo venir a mí si quisiera, después de todo, ya te tengo a ti.

La acertada posibilidad le sobrevino como una tormenta, desvastándolo todo en un arranque furioso e irracional. En su mente, permanecía inquebrantable la sensación de haberlo dado todo en el campo de batalla, y aún así, perder en el acto todo rastro de sí misma, de lo que había labrado durante tantos años con esfuerzo desmedido y de aquello que había tenido que entregar a cambio. Se le removió el pecho por enésima ocasión, con la culpa de quien sobrepone el egoísta anhelo de un ser querido por el deber, y la impotencia le dio de lleno en el orgullo, sabiendo que era cierto, se había abandonado en la pérdida de los ojos rojos y había caído dócilmente para convertirse en su medio. Ahora no podría enfrentarse al chantaje. El odio anterior se convirtió en un sentimiento incontenible y volátil, dirigido hacia la amenaza en el fondo del abismo, difuminando todo atisbo de coherencia. Sin pensarlo, e ignorando las náuseas, se abalanzó hacia la nada, en el oscuro infinito de la habitación con un único propósito nublándole la mente.

Su grito colérico fue ahogado entre la furiosa llamarada que iluminó la estancia. Las chispas explotaron desde la oscuridad con un estallido enérgico, dando vida a un rostro sombrío y apagado en el fondo, permanentemente estoico ante las violentas contracciones de las flamas que ascendían por los muros golpeando sus dedos alargados, estirándose para alcanzarla. Reprimió un alarido refugiándose contra la piedra cuando la calidez se volvió tan cercana que sería insoportable, desesperada por no contar con la energía suficiente para defenderse; pero de pronto no sintió nada sino la ausencia de calor y entonces alzó la vista, sorprendida por la impresión contraída de las diminutas estelas descansando sobre las velas retraídas en las equinas de la habitación.

A pesar de que el fuego había desaparecido, permaneció estática ante la figura entre los claroscuros peinando sus facciones, completamente consciente de su proximidad. La observaba sentado en un banco de madera con los brazos cruzados y la mirada adusta fijamente en ella. Ahora, envuelta en aquella cercanía tan incómoda le pareció evidente que él era el segundo forastero, incluso aunque no llevaba la elaborada capa negra con bordado carmín, sino una sencilla remera de algodón que cubría hasta las vendas en los antebrazos.

Físicamente, era muy parecido a Sasuke y la semejanza le pareció por lo menos chocante. Tenía el cabello negro marfil largo y recogido en una coleta a medio hacer de la que sobresalían algunos mechones desenfadados que enmarcaban los pómulos y la mandíbula ancha; sus cejas eran masculinas y tan espesas como sus pestañas, proporcionadas a la nariz recta y delgada de su familia. Las diferencias en sus rasgos eran nimias, pero a sus ojos se mostraban tan evidentes como el efecto de comparar al sol y a la luna. Su piel tenía un matiz bronceado que contrastaba con la tez pálida del hermano menor, y lucía una complexión fuerte y ágil a través de la gruesa tela que destacaba contra sus recuerdos. Sin embargo, para ella la mayor disparidad recaía en aquella mirada profunda, casi dolida, siempre de un penetrante escarlata.

—Francamente, espero que hagas esto sencillo. —Comenzó él. Había poco más de dos varas de distancia entre sus cuerpos, pero cuando él se inclinó, sintió todo el peso de su atención. —Necesito tu ayuda.

—¿Y en serio crees que te ayudaré en lo que sea que necesites?

El hombre le dedicó una expresión fría y tensa, un breve recuerdo de la advertencia implícita tildando en sus palabras. — Ni siquiera sabes lo que quiero pedirte, ni lo que puedo ofrecerte. — Su modulación airada se pronunció a medida que el ceño femenino se hundía sobre la frente en una mueca irónica, y aunque el gesto se mantuvo, ella no dijo más y él continuó. — Estoy enfermo. En realidad, lo he estado por un tiempo, pero a pesar de que he buscado a varios eruditos en el campo médico tanto civil como militar, ninguno ha logrado diagnosticarme de forma acertada, tan sólo coinciden en que moriré en algunos años, quizá menos.

—No seré tu médico. — Declaró, anticipando la propuesta casi repulsiva que sabía, estaba a punto de darle. — No me importa lo que puedas ofrecerme.

Recibió un escrutinio severo y peligroso en silenciosa respuesta, y casi se sintió satisfecha con su negativa hasta que él le clavó una amplia sonrisa, tan oscura que no pudo sino sentirse enferma, perdiendo toda confianza. — ¿Ni siquiera por mi querido hermanito? ¿Cómo le llamas? ¡Ah, sí! "Sasuke-Kun".

Una emoción turbia y colérica le asaltó a medida que escuchó el nombre silabeando entre los labios masculinos, pensando en cómo aquel cariñoso sufijo que le acechaba desde su infancia se pulverizaba hasta convertirse en el más vergonzoso de los insultos y se exponía involuntariamente sobre ella, estremeciendo todo su ser.

—¿Cómo…?

—El Tsukuyomi es una técnica muy interesante. —Interrumpió con burla. —Un vistazo a estos ojos basta para evocar o incluso crear cualquier imagen en la mente de tu víctima una y otra vez. Tu experiencia con mi hermano, por ejemplo, ha sido una escena sumamente ilustrativa. Lástima que no pudiste detenerlo, le habrías hecho un favor.

—Eso no te importa. — Masculló en un hilo de voz, sus palabras ganando fuerza a medida que fluían, cortantes. — Nada de esto. ¿Para qué te ayudaría si de cualquier forma se matarán entre ustedes?

El gesto sardónico se deformó hasta volverse una mueca inflexible y demacrada, incapaz de expresar emoción alguna más allá de lo que demostraban los ojos distantes, perdidos en los recuerdos. Aún así, la interrogante quedó suspendida en el aire, y lo que parecía en un principio ser una barrera fría e impenetrable se desmoronó parcialmente, dejando entrever a un hombre sumido en la nostalgia de una cruzada inefable; un reproche ausente que duró mucho menos de lo que le hubiera gustado apreciar. Las facciones se endurecieron enseguida, y todo rastro de aquella imagen solitaria quedó olvidada tras el brillo sagaz de la mirada carmesí.

—Precisamente. En adelante, no seré su único enemigo, ni por mucho el más peligroso. — Expuso, de nuevo acechándola, pero esta vez la presión era distinta y las pupilas ambarinas de una serpiente se deslizaron en sus pensamientos. — Dime, ¿hasta dónde estarías dispuesta a llegar para salvarlo? ¿Cuánto más habrías de sacrificar? Piensa bien tu respuesta, porque una vez que elijas, no habrá marcha atrás.

Un estremecimiento recorrió su columna mientras se dejaba seducir por aquellos ojos urgentes y cargados de significado. Había una verdad implícita en la mesura de sus labios, y por más que buscara interpretar aquello como el recelo natural al reconocimiento de la muerte próxima, una parte de sí, la más estúpida, gritaba que tenía razón. Por ello no pudo evitar su respuesta, ni la firmeza en su declaración.

—Lo daría todo. — Había resolución en su réplica. Siempre lo amaría aún si él era un bastardo con ella, pero en el fondo también existía la cuestión del deber, y se negaba a desterrar aquel principio aún por encima de la necesidad de sus sentimientos. — Incluso aunque no pudiera perdonarlo, incluso aunque mi cariño no le sea suficiente. Lo daría todo, pero...

—El amor es una excusa muy pobre para defender una hazaña. —Convino Itachi, sin expresión.

—Y sin embargo es la única que tengo. Fuera de eso, Sasuke sólo me ha traído miseria y un vacío constante. —Una risa amarga amortiguó el peso de sus palabras, trayendo consigo todas las memorias que retenían el rechazo y el dolor de su ausencia. Aquella era una de las pocas veces que estaba siendo realmente honesta consigo misma y se enfrentaba de lleno la realidad de su relación, pero estaba hastiada de ser autocomplaciente, y en cambio poco se había dicho sobre el causante de tanto sufrimiento.— Espero que te arrepientas de lo que le hiciste.

—No eres quien para juzgarme. —Siseó él, irguiéndose con todo el porte de su clan.

—¿Y quién sí? ¿Sasuke? —Escupió. —¿No te consideras ni un poco cobarde por no haberlo matado, por haberle permitido sufrir una vida en venganza como si hubiera sido su culpa al no poder defenderlos? ¡¿Qué has ganado con hacerle tanto daño?!

Una sucesión de eventos fugaces se gestaron en el centro de su cuerpo a medida que su espalda se contrajo violentamente contra el muro a una velocidad no registrada. La mano masculina de pronto se cernía sobre su cuello con una furia ascendente mientras la piedra fría y húmeda lamía su nuca en un potente martilleo; asegurándose de que no se perdiera detalle de la cólera engullendo sus facciones

—Entiende tu lugar. No estás aquí para reproches, no me interesan. ¿Quieres proteger a mi hermano de lo que viene? Bien, pero tendrás que ayudarme bajo mis condiciones.

—¡Tú…! ¡Eres un…! — Jadear incluso costaba bajo la fuerza del agarre, y la sensación de asfixia comenzaba a dominarla. Intentó forcejear con él, arremetiendo con las piernas y las uñas en una agresión nerviosa y primitiva, pero su resistencia era vana y a pesar del esfuerzo, él no cedió; sino que siguió presionado sobre la tráquea, obligándola a mirarlo con la vista nublada mientras la tensión incrementaba y las vergonzosas lágrimas exponían su inferioridad. Sólo cuando comenzó a temblar por la falta de oxígeno, presa de la rigidez en la sien y de los espasmos incontenibles, la soltó sobre la cama con desdén.

Tuvo la gracia de retener su discurso durante el instante que le tomó a ella boquear y recuperar el aliento entre la tos y el mareo, casi entretenido en observar cómo se retorcía entre las sábanas con la necesidad de retener el aire. Cuando por fin pareció normalizar la tonalidad de su piel, prosiguió con calma.

— Serás mi médico personal. Atenderás mis heridas de batalla y vigilarás el avance de mi enfermedad entretanto identificas una cura. Sin importar los medios. —Hizo una pausa esperando una respuesta de su parte, pero sólo recibió una mirada incrédula. — También necesitaré que investigues sobre enfermedades en la línea sanguínea de mi familia y asistas a otros en caso de ser necesario. Creo que está por demás decir que, llegado el momento, tendrás que acompañarme en todas mis obligaciones.

—¿Y qué te hace pensar que no trataré de envenenarte? ¿O alterar algún órgano vital? ¿O incluso siquiera que cualquier tratamiento que sugiera funcione? — Respondió entre dientes, sintiendo aún los dedos fríos sobre su piel.

—Porque a pesar de que es un riesgo, a cambio de ayudarme, yo te entrenaré. No sólo en en taijūtsu, gēnjūtsu, y nīnjūtsu también. Te daré herramientas que incluso Lady Tsunade no tiene, y te protegeré en el proceso. No me malentiendas, diste una buena pelea la noche anterior, pero sólo eso. No llegarás a Sasuke a base de puños.

Sus dedos se cerraron sobre la tela que vestía hasta dejar los nudillos pálidos. ¿Cómo negar aquello? Por más que se esforzó durante años, seguía estando muy lejos de alcanzar a sus compañeros de equipo. Se había hecho fuerte, mucho más de lo que hubiera aspirado jamás a ser, pero no era suficiente. Nunca lo era. A diferencia de sus amigos, e incluso su maestro, no tenía reservas incontables de chākra como Naruto, ni un Kekēgenkai que explotar. En cambio, su fortaleza recaía en su capacidad de entender estrategias complejas y en el combate cuerpo a cuerpo; pero ninguna de esas herramientas le había valido para defender lo único que le importaba. No, su valía en el campo de batalla se seguía limitando principalmente a su capacidad de salvar vidas y atender heridos. No tenía ningún otro mérito adicional, y aquella inacción había cobrado un precio muy alto.

Observó a su agresor con indecisión. La mirada pérfida la escrutaba sin el menor reparo, seguramente buscando en su expresión el cauce de sus pensamientos. Recordó con rencor cómo se burló de su despedida con Sasuke, el último recuerdo que guardaba de él, y a pesar de que tenerlo al frente le causaba un sentimiento irreprimible, tenía que admitir que su intromisión había revelado algo que decidió ignorar demasiado tiempo: no tuvo manera de retenerle, y fue por ello que acudió a la humillación.

Sabía que, si efectivamente aceptaba su proposición, regresar a la aldea le sería imposible. Quedaría relegada como una desertora y estaría traicionando todos los cimientos sobre los que se fundó su hogar. Su nombre quedaría marcado por la deshonra de sus actos, y en su persecución, existiría la posibilidad de que en algún futuro cercano se enfrentara a los que alguna vez se permitió llamar amigos. No quedaría nada más de la persona que fue para ellos salvo memorias distantes de quien no quiso ser. Estaría humillándose una vez más, pero de una manera distinta; con un asesino que, además era enemigo acérrimo del hombre a quien amaba y un mercenario en búsqueda del Zorro de las Nueve Colas.

A pesar de todo, estaba convencida de que, si él la entrenaba y le brindaba conocimientos a cambio de sus habilidades como sanadora, podría ser verdaderamente útil en la búsqueda de Sasuke; tanto que incluso se permitió imaginar enfrentarlo ella misma, sin necesidad de exponer a Naruto al caos que había creado en él cuando le rogó que lo trajera de vuelta, porque ella no podría. No, debía mostrar su verdadera valía como guerrera aún si esta era la retorcida manera; pero, ¿a qué costo? ¿Y si tuviera que elegir entre sus compañeros de equipo?

"Naruto... ¿Me odiarás después de esto?" Rezó para sí, reconociendo que quien más sufriría su partida sería él, con sus dos mejores amigos exiliándose en la búsqueda de distintos tipos de poder: fuerza, venganza y reconocimiento. Se imaginó su impresión, a él inmerso en una nueva soledad ahora causada no por la desgracia, sino por algo equiparable sólo al abandono y se sintió una escoria. Él, que había sufrido tanto, no merecía nada de esto. Pero la decisión ya estaba tomada.

—Tengo una condición. — La ceja masculina se levantó con suspicacia, y una sonrisa minúscula se asomó en sus comisuras. — Sé que no estás solo, así que tienes que prometerme una cosa. No lastimarás a Naruto, y si llega el momento de defenderlo incluso contra tus obligaciones, lo harás.

— Yo no puedo responder contra lo que el resto haga.

—Tendrás que hacerlo. No puedo exigirte que dejes a Sasuke en paz, de cualquier forma él te buscará; pero daré hasta mi último aliento por proteger a Naruto de ti o de cualquiera.

Sintió la mirada de Itachi recorrer su expresión en busca de cualquier atisbo de duda, pero este era un punto de inflexión en su acuerdo y supo reconocer la resolución en su rostro cuando su boca formó una línea tensa, endureciendo su mandíbula mientras el ceño se hundía sobre la frente.

—De acuerdo, pero debes saber que Akatsuki no es una organización indulgente. Podré proteger al zorro hasta cierto punto, pero si tengo que elegir entre tu amigo y tú, te protegeré a ti sin vacilar.

"Akatsuki." Recitó mentalmente, con la sensación de haber ideado su epitafio en algún punto de las letras. Pasado el tiempo, nadie la reconocería más allá de su asociación con el Uchiha y, en el fondo, temía en algún punto ya no reconocerse a sí misma. Más aún, la perspectiva de ser sobrecogida nuevamente le aterraba. Desconocía a la secta tanto como a sus miembros, pero había tenido trato previo con dos de los integrantes y estaba segura de que no abarcaba el perfil. El hombre con el que había combatido aquella noche no tenía habilidades comunes, por decir lo menos; y al Uchiha, en cambio, además de reconocerle la masacre de uno de los clanes más poderosos de Konohagakure, se le tenía la estima de un prodigio. Aún así, estaría bajo su tutela. ¿No sería suficiente? Se sintió ofendida, amenazada y frágil ante la imagen de sí misma a la sombra del resguardo ajeno, de reconocer que no podría hacerse valer por sus propios méritos.

—No entiendo. ¿Protección? Pensé que sería…

—Ellos no sabrán nada de ti.— Interrumpió con tajante autoridad, y algo dentro de ella se encogió a medida que su semblante adquiría una seriedad oscura y su tono ascendía con aspereza. — Escúchame bien. Si se enteran siquiera de que existes, te matarán, te usarán para llegar al zorro o cualquier cosa peor; así que no compliques más las cosas haciendo alguna otra solicitud absurda y haz lo que te digo. Para ellos no tienes valía mujer, pero eres un personaje importante en la vida del Kyubi y últimamente en la de la Hokage también. No quieres arriesgar eso.

—No pensé que te importara tanto la situación política de la aldea. —Repuso con ironía.

—Y no lo hace. —Replicó. — Pero tampoco me interesan las complicaciones inherentes a la inestabilidad geopolítica. Ya te dije, protegeré a tu amigo, pero no a costa tuya.

Apretó los puños contra la cama, dejando que el orgullo humillado le bajara por la garganta y se anidara en la boca del estómago, junto con la incertidumbre que sus palabras le brindaron. Tenía miedo, estaba deshecha por la indignación y la noción de verse sin opciones aparentes; y con el caos de sus pensamientos, se revivieron las náuseas y el dolor en el cuerpo. Comenzó a toser frenéticamente mientras su entorno giraba implacable sobre el eje que era ella; y aunque trató, no fue capaz de mantenerse erguida.

El alivio llegó apenas cuando se acuclilló, recostando la cabeza vapuleada contra las sábanas en espera de que el mareo y la sensación de asfixia se difuminaran hasta convertirse en un molesto remanente de lo que fueron. Entretanto, rogaba porque él se hubiera marchado ya, pero cuando alzó la vista, seguía ahí; portando aquel gesto severo e impenetrable que no le daba sino razones para acongojarse.

Se preguntó qué pensaría de ella, si la observaba revuelta entre las mantas, enferma, demacrada y débil con la impresión de derrota que seguro tenía marcada; e indudablemente, al verlo dar media vuelta, se cuestionó si estaría perdiendo valor para su empresa y una sensación amarga la embargó. ¿Decepción?

"No seas tonta. ¿A ti qué te importa lo que él piensa?"

—Toma.

—¿Eh? ¿Qué es esto?

Itachi le extendía un cuenco de porcelana barata sin darle mucha importancia al gesto. Ella lo tomó con desconfianza, sintiendo el calor del material bajo la yema de los dedos mientras trataba de descomponer el aroma suave del líquido marrón y una calidez indefinible se asentaba en su vientre. Notas a canela, anís, cardamomo, miel y jengibre inundaron sus fosas nasales con mezclas dulces y reconfortantes, pero había un ingrediente adicional que desconocía, y la inseguridad de lo que estaba por ingerir la asaltó de repente.

Al principio dió un sorbo modesto, completamente consciente de la mirada inquisidora del moreno, pero tras sentir la primera palpitación en la lengua desplazó todo su recelo y tomó un segundo trago más largo, casi desesperado. Bebió con avidez hasta dejar el recipiente medio vacío, y sólo cuando se detuvo a respirar pudo identificar los sabores intensos bailando en la lengua y los labios.

—¿Ya estás más tranquila?

Emitió un pequeño bufido avergonzado en respuesta, sopesando la caricia esporádica que la embargó a medida que el licor tibio bajaba por el esófago hasta asentarse en su centro. Sabía que aquello no era una reacción natural en el cuerpo, pero siguió bebiendo la infusión, aunque en porciones más limitadas.

Itachi asintió levemente, acercándose para retirarle diligentemente el recipiente de las manos y llenárselo nuevamente. Aquella delicadeza tan vana no hizo sino ruborizarla aún más, por lo que aprovechó el movimiento para levantarse y recoger la poca dignidad que no había dejado junto con los restos de sus náuseas. Mientras él se entretenía, brindó su atención al reducido mobiliario en la estancia, agradeciendo internamente que se hubiera tomado la molestia de colocar una tetera caliente sobre la cómoda antigua para cuando despertara.

—¿Hay algo más que quieras saber?

—¿Qué es esto? —Murmuró, ignorando a medias la pregunta e infinitamente más curiosa por el breve despliegue de cortesía. Claro, también estaba el hecho de que conforme bebía, notaba cómo la lengua se hacía más pesada.

—Es una mezcla de raíces, bayas, especias y albarello fermentado. —Comenzó. —Verás, el Tsukuyomi es una técnica muy agresiva. Genera un estado de tensión a tal nivel que el cerebro manda señales de alerta a cada músculo de forma intensiva, tanto que incluso en ocasiones el tejido llega a desgarrarse de forma inconsciente. —Hizo una pausa cuando ella frunció el ceño y al ver que no diría nada prosiguió.— Los componentes del té simplemente inhiben esos efectos. El jengibre controla las náuseas y es relajante muscular, el cardamomo estimula la generación de saliva y reduce el estrés encefálico, las moras en general fomentan el flujo sanguíneo y el vino, el cerebro.

—¡Vaya! Al menos estás preparado. —Profirió sarcástica, agitando distraídamente el contenido. —¿Cuántas veces has hecho esto?

—Francamente me lo he inventado, aunque no he tenido necesidad de hacer mucho. Es impresionante tu capacidad de recuperación. —Respondió él lacónico, y casi lamentó que pasara de su comentario.

Asintió lentamente, paladeando sus dudas infinitas a la par sin atreverse realmente a expresarse. Para ser una improvisación cargada de elementos fuertes, la bebida estaba exquisita, pero no iba a agradecerle el atender las consecuencias de sus agresiones.

—¿Dónde estamos? — Inquirió, más por serenarse que por otra cosa.

El hombre pasó la mirada lentamente por los muros, deteniéndose en los detalles olvidados de la estancia con una pasión casi religiosa. Cuando habló, lo hizo con un tono profundo y orgulloso, capaz de rebotar por las esquinas hasta perderse en la impresión que provocaba mero respeto. —Anteriormente fue una base militar de Iwagakure, creada quizá en la Primer Gran Guerra Shinobi. Se dice que fue erigida a mitad del fuego cruzado entre la Aldea de La Niebla y de La Arena; algo digno de ver, sin duda. Entonces, fue una posición clave y un almacén de suministros importante para Sunagakure, por lo que contiene muchísima información respecto a su alianza. Desgraciadamente, la mayoría de estos lugares fueron destruidos cuando…

—¿Entonces hemos salido del País del Fuego? — A su pesar, no contuvo lo suficiente la urgencia en la voz, e Itachi comprendió enseguida.

—No, pero tampoco estamos cerca de Konoha. — Su semblante permanecía impasible mientras tomaba asiento en el banco frente a ella, pero las palabras resonaron gélidas y distantes, y reconoció en ellas la pauta que marcaría su relación. — No espero que confíes en mí. Creéme, no sería algo mutuo. Te advierto que no doy segundas oportunidades, si te marchas lo sabré.

—No soy estúpida. — Respondió mordaz, dándole un trago largo a su bebida que ardió poco menos en la lengua que su réplica. Si el sabor de la uva no hubiera resaltado tanto en aquel momento, quizá no estaría tan deshinibida.

—No parece que lo seas. ¿Alguna otra cosa?

Meditó su siguiente pregunta, guardándose el rencor para cuando realmente tuviera la fuerza y el raciocinio para establecer una conversación digna, y no el ridículo altercado entre ella, su condición deplorable y él. Aún así, sobre cualquier otra cuestión sobresalía la misma interrogante. —¿Podré ir alguna vez?

Él se irguió para servirse en un segundo cuenco, y aquel gesto fue suficiente para menguar brevemente sus nervios. Entre sus manos, el líquido escurría de pronto oscura y espesa, y le pareció como si estuviera expulsando la marejada de pensamientos que golpeaban contra su sien.

—Eso depende mucho más de ti que de mí, cariño. Yo sólo estoy interesado en que me sirvas adecuadamente. Entenderás que, para cuando sea prudente, habré probado tu lealtad.

Asintió sin ahondar en el tema, sintiéndose perdida, miserable. En todo caso, cuando volviera, si es que lo hacía, ¿qué haría? ¿A dónde se dirigiría? Martirizarse entre las calles de su pueblo por mera nostalgia o remordimiento no parecía ser una decisión inteligente, especialmente después de incorporarse en su larga lista de traidores y renegados.

Reprimió una mueca de disgusto, prefiriendo concentrarse en observar los elementos frugales de la habitación en un ánimo por distraerse. El espacio, aunque reducido, tenía un techo bajo de piedra oscura que se abultaba contra las paredes del mismo material sin llegar a parecer abrumador. No tenía una sola ventana, y sin embargo la estancia era fría y seca. Además de la cómoda, la cama y el asiento de madera desde el que su captor la estudiaba, encontró un estante colmado de libros tan antiguos como el amarillo de sus hojas y portada enegrecida. Casi sonrió ante la decoración irónica que las sombras creadas por el movimiento suave de la luz en las velas otorgaban a la estancia , flotando de manera desordenada en las aristas, estorbándose unas a otras.

—Esta habitación es provisional. —Mencionó él, recorriendo el objeto de su atención con la misma pausa que ella dedicaba, y por un segundo le pareció imaginar un breve bochorno en sus mejillas. —Cuando estés en mejor condición te mostraré el lugar y dónde te quedarás.

—No es necesario. —Musitó, removiéndose incómoda ante la mera idea de él avergonzado. — Ambos sabemos que nos vienen bien los espacios austeros. Gajes del oficio, ¿qué no?

Él pareció ligeramente sorprendido por su falta de interés en las comodidades de lo que sería su hogar permanente, pero si tuvo algún comentario al respecto, lo desechó inmediatamente.

—Ya. Bueno, puedes considerarlo un obsequio. — Boqueó para objetar, pero él la ignoró. — Asumo que en trés días estarás lista para comenzar tu entrenamiento y tratar lo relativo a tu estancia. Te recomiendo descansar hasta entonces.

Observó inquieta cómo el hombre se puso de pie. En el fondo, no se sentía preparada para lidiar con la soledad y la culpa abrumando sus pensamientos, en un ambiente hostil y con los sentidos atrofiados bajo los efectos del alcohol; pero a una parte de sí misma, también le asqueaba de sobremanera la idea de convivir con el moreno más de lo estrictamente necesario. Así, cuando él se encontraba frente a la puerta, atendió a su estado de ebriedad y resolvió que no podía importarle menos su ausencia y el silencio constante pesando sobre sus hombros. Sin embargo, él no se fue.

—Lo olvidaba. ¿Cuál es tu nombre?

La pregunta la golpeó por su obviedad. Consciente apenas de que había pasado por alto ese tema, se cuestionó sobre cuántas cosas más había dejado de lado en esa conversación, pero estaba muy cansada para recriminarse el hecho, y en el fondo, un poco ebria también.

—Sakura. Haruno Sakura.

Ahí, desde el marco de la puerta, alcanzó a ver algo mezclarse en la mirada de Itachi, un color rojizo suavizándose hasta tocar brevemente el gris oscuro. Pero finalmente decidió que no fue sino una impresión. No había nada en él que inspirara calidez, y se refugió en esa máxima como si el aliento se le fuera en ello.

—Hn. Adecuado.

"Adecuado". Repitió para sí con tristeza, pensando en sí misma como una flor delicada y sumisa. No era la primera vez que alguien utilizaba esa definición en su persona. De niña había sido constantemente acosada por ser diferente, una herencia a veces dolorosa de los Haruno, la familia de su padre. Aunque haciendo retrospección ella nunca había sido normal. Rodeada de jóvenes talentosos con familias de abolengo, todas portadoras de un Kekegēnkai, había tenido que valerse especialmente en la academia de sus capacidades de aprendizaje, e incluso después de ello, el mundo real no había tardado en demostrarle lo cruel que era la vida shinobi, especialmente para aquellos sin don alguno.

—Por cierto, Sakura. — Ella penas contuvo su sobresalto cuando escuchó la voz masculina aún presente, y al mirarlo, el impacto de su sonrisa discreta fue equivalente a toda pérdida de razón. — También necesitaré que atiendas a Kisame. Al parecer, su mano aún no se repone de su pequeño encuentro contigo.

Él no esperó a que respondiera. No esperó una respuesta sarcástica o un reclamo airado, tan sólo la dejó sola, y ella casi creyó escuchar una risa breve desde el exterior.


¡Hola queridos míos!

Aquí les comparto el primer capítulo de esta historia, una que llevo maquinado bastante, bastante tiempo, por cierto. Espero la disfruten, la comenten, y por supuesto, si conforme avanza les gusta, anímense y dénle a Favs.

¡Efharisto!

PC