Disclaimer: Los personajes de Masashi Kishimoto no me pertenecen, tan sólo forman parte de esta historia con un objeto meramente lúdico.
Capítulo 2: Entendimiento y Vergüenza
"A veces, la mente recibe un golpe tan brutal que se esconde en la demencia. Puede parecer que eso no sea beneficioso, pero lo es. A veces, la realidad es sólo dolor, y para huir de ése dolor, la mente tiene que abandonar la realidad." — Patrick Rothfuss
La noche abrazaba, fría y rencorosa; exhibiendo las turbias coníferas extendidas hasta la última luz, proyectando estelas negras envueltas en un millar de ojos hambrientos; aves celosas, enfermas que se cernían sobre la carne de forma errática y violenta. Lejos, algunos gritos aún hacían eco en un doloroso lamento, tan estridente que parecían prolongarse de manera incansable hasta que llegaba sentirlos en la garganta, en la lengua, en la desesperación propia. No sólo habían perdido, estaban muertos, olvidados en alguna parte del páramo. Su sueño los había traicionado.
A su lado había dos cuerpos inertes, irreconocibles entre la suciedad, el sudor y la sangre. El cabello enmarañado se pegaba al rostro como una segunda piel y las heridas parecían más grandes, más toscas entre la ropa. Se quedó observándolos con angustia y remordimiento, recordando cómo habían terminado así. Segundos, horas, no supo cuánto. Atrapada entre la disyuntiva de si habrían muerto, no pudo hacer más que reprimir un sollozo impotente, confesando toda la soledad y el miedo que le embargaba.
Sobre su cabeza, el crepúsculo bañaba el bosque de un escarlata tan intenso que lo devoraba todo, y en las raíces se ensuciaba hasta volverse un color marrón tan opaco que parecía putrefacto. Al observarlo caer sobre la hojarasca, tan próximo a sí, se afianzó a la forma que tenía más cercana mientras intentaba desesperadamente peinar las hebras morenas sin ningún éxito remarcable. Repetía su nombre incansablemente, esperando que su llanto le diera la energía suficiente para abrir esos ojos negros bajo las espesas pestañas que tanto adoraba, pero sólo estaba el silencio y su incapacidad de raciocinio.
Un gruñido le respondió en la lejanía, ausente y desconocido. Había sido tan grave que no pudo distinguir la distancia o reconocer la procedencia, pero era implícitamente peligroso, como todo lo que la rodeaba. Se recriminó su imprudencia con severidad, tanta como nunca y tan constante como siempre. Se había permitido ignorar las condicionantes del lugar y ahora, no tenía más remedio que moverse continuamente, y de ser posible, encontrar un refugio antes de que aquello la alcanzara.
No tuvo tiempo de calmarse, y aún con las extremidades se las arregló para levantarse y apilar bruscamente ambos cuerpos sobre su espalda. El peso le laceró la columna al cargarlos; mientras, el líquido carmín se deslizaba suavemente por su tez y el hedor a muerte inundaba sus sentidos. Aquello la mareaba hasta lo insoportable, pero se mantenía estoica ante la idea de dejarse vencer por el cansancio. Ese día su fortaleza sería su redención, y para ellos, quizá su única esperanza de sobrevivir.
Aquel pensamiento fue su único soporte en la carrera. Cada paso era cansado y torpe, a momentos interrumpido por los sonidos esporádicos del ocaso o el penetrante vacío del follaje al acecho. Bajo sus pies, una tormenta había engullido la tierra dejando un cúmulo de cepas, piedras y ramas ocultas bajo el fango; enredando sus piernas y jalándola hacia lo profundo en una desoladora invitación. ¿Cuánto más habría de avanzar? ¿Hacia dónde? Lamentos surgían de todas las direcciones y por más que presionara con fuerza en cada zancada, su razonamiento parecía atrofiado a medida que escuchaba los reclamos. En algún punto alguien gritó algo incoherente, pero el gemido fue tan desgarrador que pudo entender la súplica en el tono, justo antes de cesar para siempre.
Corrió a toda prisa, tanto como los miembros se lo permitieron, mientras los bultos saltaban y se golpeaban contra ella, cada vez más flácidos. Lejos el llanto seguía, esta vez, de alguna mujer. Era tan desgarrador que abrazaba toda el área sin importar cuánto avanzara, y en ocasiones, confundida y desesperada, pensaba que era ella quién estaba llorando.
No supo cuánto tiempo llevaba moviéndose, hacía horas en que no se veía la luz del día, pero sólo cuando las voces dejaron de escucharse y el rumor de las pisadas se extinguió, el agotamiento le dio de lleno y se desplomó. Intentó incorporarse varias veces, pero era tanto el esfuerzo y tenía tan poca energía que sólo se desgastaba más en cada movimiento. Exhausta, se detuvo unos segundos para recobrar el aliento perdido, mientras la cálida idea de dejarse llevar por esa falsa noción de tranquilidad se colaba en su mente más de lo permitido. ¿Habría manera de sobrevivir de cualquier forma? Porque ella, en algún punto, había comenzado a acunar la sentencia de que los tres ya estaban muertos, tan sólo alargando en distancia el final inminente.
A lo lejos, el susurro grave de algo arrastrándose entre las piedras perforó los árboles, y le recordó su exposición a tal punto que una explosión de emociones tiritó por su piel. ¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo era posible que fuera tan egoísta? Se reprochó su debilidad, el punto más oscuro de su persona, el que más odiaba. Ellos lo habían dado todo por defenderla, mientras ella se relegaba a su acostumbrada posición de espectadora, y ahora que estaban tan vulnerables, su resolución fallaba y se cohibía. No, ya no se quedaría atrás observando, esperando a ser victimizada, los ayudaría de la misma manera en que ellos la habían protegido sin vacilar. Sería fuerte por una vez, y se demostraría a sí misma que sí valía. Por una vez, sería más que ellos, más que sus prejuicios, más que sus remordimientos.
Y con aquella idea se irguió, buscando con la mirada su preciada carga y acercándose a un paso excesivamente más lento de lo que hubiera deseado. Estaba tan cansada que le costaba respirar. Cada inhalación era una sensación palpitante que subía hasta la sien, penetrando toda concentración y causando una ebullición inclemente en cada nervio. Aun así, a pesar de las dudas, el miedo y la agitación, encontró en sí misma la fortaleza suficiente para continuar arrastrándose torpemente sobre el terreno endeble y resbaladizo. Sólo que ya era tarde.
A su espalda, se escuchó un siseo largo y penetrante, pero lo suficientemente fino para helarle la sangre. Se dio vuelta lentamente, con el corazón en vilo y el cuerpo agazapado en defensa de sus compañeros, sin realmente saber a dónde dirigirse. El rumor se acrecentó alrededor de ella, aumentando hasta volverse no un estímulo turbio sino un eco ensordecedor. Con la visión desorientada, buscó el origen sin éxito una y otra vez, hasta que el ruido comenzó a marearla y una violenta arcada le hizo perder el equilibrio.
Al levantar la vista, un estremecimiento le atravesó la columna. Entre las sombras, un par de ojos ambarinos la observaban desde la oscuridad con pérfida atención, mientras una lengua gruesa y alargada se agitaba a una velocidad vertiginosa, y el sonido estridente y amenazante se acrecentaba conforme la forma serpenteaba lentamente entre la hojarasca.
"Ha vuelto."
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Deslizó los pies con cautela, memorizando el frío que recorrió su cuerpo una vez que los dedos tocaron el suelo y se arrastraron con pereza sobre la piedra. Frente a ella, la habitación se encontraba pobremente iluminada por estelas breves, vivas llamaradas en las velas moribundas que no hacían sino evocar una presencia ausente, una poco bienvenida. Sobre la cómoda, apenas quedaba infusión para un trago más, y el aroma a canela y cardamomo ya había cedido hasta convertirse en una nota silenciosa que flotaba contra el polvo y el olor a antigüedad del espacio.
Habían pasado un par de días desde la visita de Uchiha Itachi, y desde entonces no pudo hacer más que darle vueltas a su acuerdo, sin encontrar un atisbo de entereza. Abrumada con el peso de su decisión, se sentía perdida en una vorágine de cuestionamientos sobre su deber como Shinobi, y los verdaderos deseos que colmaban sus sueños, cada vez más lejanos. La ilusión dulce y refrescante de tres figuras unidas en un abrazo inquebrantable, en el ansiado regreso al poblado rústico y pintoresco, y el reconocimiento de un par de ojos, tan negros como el infierno.
En ese tiempo, se abordó a sí misma con frustración y vergüenza, pensando en los remanentes de su equipo, llorando hasta quedar inconsciente a causa del cansancio. Y a través de la suma de los días, cuando la imagen plana de los muros no hacía más que reprocharle sus fallas con aspereza, se aferró a los sobrantes de infusión que le suministraban mientras dormía.
Ahora, era incapaz de sentir.
Avanzó a paso lento, acostumbrándose de nuevo a la increíble sensación de fortaleza en las piernas y a la luz menguante que bordeaba sobre las esquinas, envueltas en una intermitente penumbra. Casi de manera inconsciente se acercó a la puerta, aún tambaleándose, y sólo cuando las temblorosas yemas palparon la madera vieja hasta reconocer cada hendidura, pudo comprender que era curiosidad aquella emoción enervante que le carcomía la razón, y empujó.
Afuera, la oscuridad era un pacífico infinito que abrazaba un pasillo largo y amplio, donde gruesas ráfagas de luna permeaban a través de los inmensos surcos, imitando la función de primitivos, y aún así imponente ventanales. Deambuló hacia las tinieblas con calma, meditando la percepción de sí misma sobre el exquisito silencio que acogía la noche en esa, su libertad breve. Y mientras avanzaba, fue olvidando la cautela y el recelo, dejándose llevar por las formas de la galería extendida para ella.
Los muros del recinto habían sido magistralmente labrados por los años. La piedra había permitido el paso de la lluvia con tal precisión que las marcas del agua formaron delicados trazos con diferente intensidad y grosor, ornamentando los pilares con líneas rectas y afiladas, pero siempre descendientes. Los trazos de las tormentas previas desaparecían eclipsados por los dedos aguerridos de las gruesas enredaderas creciendo a lo largo de las columnas; verdes espirales escamosas que se afianzaban con fuerza a lo largo de la estructura, hasta besar un techo particularmente liso para pertenecer a la arquitectura orgánica del espacio.
Observó con paciencia el corredor, dejándose seducir por las luces sinuosas de las lepidolitas y los tonos violáceos de las rocas ígneas que vieron a la muralla nacer. A fuera, a través de los surcos, el color lavanda se perdía y daba lugar a una gama de azules y grises entremezclados en el furor de una vegetación oculta en la densidad de las sombras; donde se alcanzaba a escuchar el rumor perezoso de un arroyo golpeando contra el relieve y, tras una breve pausa, mientras todo lo demás permanecía estático, sonaba el canto profundo de un halcón.
Ahora entendía la expresión orgullosa del Uchiha, la mirada ausente y el brillo exaltado permeando en las pupilas. La fortaleza era una obra ingenieril magnificente; tan poderosa y alta como una montaña, pero con las exóticas entrañas celosamente custodiadas. Un centro oscuro y lleno de vigor.
Conforme avanzaba, se percató de que en realidad el corredor trazaba la amplia circunferencia de lo que era una estructura formada a base de cavernas simuladas, un elemento arquitectónico muy presente en la cultura de Iwagakure; y que al menos cada treinta varas, junto a unas arcaicas lámparas de aceite, era posible identificar una puerta o un pasillo cada vez más intrincado. Supuso que en algún punto todos debían llegar al corazón de la construcción, pero en ese momento nada parecía tan magnético como aquel instante, en el final de su vida y el inicio de otra.
Frente a sí, la luna bañaba el mineral con un fulgor tan intenso que era imposible no mirarla, no sentirla sobre la piel. Imaginó que, con su reflejo impoluto, presidía un juicio contra su entereza y, a pesar de sentir una amarga inquietud cuestionando su decisión, estuvo segura de que aquella imagen sería su único soporte en el futuro inmediato. La sombra de todas sus dudas consolidándose.
Respiró profundamente mientras se acercaba al borde de la galería, aquel punto donde el suelo terminaba y se extendía una caída tal que engullía todo remanente de luz. Abajo, divisó la silueta taciturna de un bosque tan denso que se mezclaba con la penumbra nocturna y, atravesando las coníferas, apreció el resplandor plateado de la luna llena recorriendo el agua inquieta. Haciendo uso de su fuerza renovada, se lanzó al vacío, alimentándose de la adrenalina que atravesó su cuerpo hasta aterrizar con un golpe sordo, en el fondo del abismo.
Alzó la vista en cuanto sintió el cosquilleo de la hierba contra sí y se dejó abstraer por una emoción desconocida pero tan embriagante que perdió toda inhibición. Corrió con necesidad, ignorando la implacable sonrisa que apareció en sus labios, llenándose de los aromas a resina, humedad y vida; abrumándose con las sensaciones suaves del rocío entre sus dedos, la tierra bajo sus pies, y el sonido infinito del río llamándola. Siguió el rumor con una excitación creciente, sorprendida por la sed que la embargó una vez que sus manos estuvieron llenas y sorbió. Una, dos, tres veces; y cuando se creyó satisfecha, mojó su rostro con tal fascinación hasta que dejó de sentir las mejillas y el frío se hizo inexistente.
Al erguirse, el susurro del viento le acarició la piel, dándole la impresión de que llevaba años oculta del mundo. El bosque, el delicado torrente, las luces diminutas de las luciérnagas intranquilas, la brisa sutil que se coló por su cabello y se deslizó entre sus piernas desnudas; nada que hubiera experimentado antes parecía tan vívido como el ímpetu abrazador de la montaña, de su centro.
—Hermoso, ¿no es cierto? — A su espalda, la voz altiva del moreno sonó mucho más enérgica de como la recordaba; apasionada, misteriosa y tan excitante como ella misma se sentía. Aún sin la urgencia de voltear, y buscando ocultar con maestría su estupor, advirtió el reflejo del joven en el agua, completamente inmóvil. Sus facciones eran un conjunto de elementos armónicos, memorias pacíficas y anhelantes que rondaban su expresión, compartiendo un instante eterno de aquella paz que de pronto le pareció surrealista.
—Uchiha. — Respondió menos mordaz de lo que hubiera querido. Se dio la vuelta con cautela, reparando en la mirada espesa nuevamente en su figura menuda y ligeramente descubierta sin poder evitar hervir de indignación. En las noches anteriores, perdida en la languidez de sus recuerdos, había pasado por alto la noción de alguien tocándola y examinando su torso semidesnudo mientras la vestía con una larga remera; pero ahora, el hecho consciente de llevar apenas ropa interior y una venda cubriéndole los pequeños senos bajo la tela albina, resaltaba su acritud.
—Usualmente la gente tiende a ser más cortés. — Respondió él con tacto medido, mientras los ojos rojos se perdían esperando una respuesta.
La noche se encontraba en su pleno apogeo, y a pesar de ello creía haberse abandonado en el sentido del tiempo, como si el mundo se hubiera detenido enteramente y toda atención hubiera quedado relegada en sus siguientes palabras. Sólo que no tenía nada qué decirle.
—Lo siento. No esperaba que estuvieras despierto. — Se obligó a decir, retrocediendo repentinamente incómoda. Parecía que, al llegar, Itachi hubiera absorbido toda la calma y todo el valor que había reunido en los últimos días, y sólo quedara la parte mezquina de sí misma, la que ansiaba salir huyendo y lapidar su coraje. Sin embargo, también estaba agotada emocionalmente. Había empleado todas sus energías en convencerse de que tomaba la decisión correcta al aliarse con él, y aunque permanecía insegura de su resolución, sabía que en el fondo nunca podría convencerse enteramente. — Tienes razón, es hermoso.
Itachi se adelantó, sentándose sobre un tronco vencido al pie de la corriente mientras se dedicaba a apreciar el horizonte cargado con sus nebulosas tonalidades. Su semblante, contrario a su primer encuentro era tan conciliador y sereno que casi le dio envidia. Ella se ahogaba en su resentimiento, entretanto toda la amenaza por su parte parecía haber desaparecido, dando apertura a un acuerdo silente.
—¿Cómo te sientes? — La pregunta la tomó desprevenida, pero se esforzó en no hacerlo notar concentrándose en una flor blanca bailando contra el flujo taciturno.
—Mejor. Me siento más fuerte.
—Te ves más fuerte.
El silencio se asentó entre ellos con una fragilidad dolorosa, cubierta apenas por el rumor del arroyo y los sonidos esporádicos del ambiente a su alrededor perforando en esa inquietante armonía. No sabía qué decirle o esperar de él, y aún de pie, a su espalda, era muy consciente de toda esa atención invertida en ella. En contraste, el perfil recto y cincelado del hombre permanecía estoico e infranqueable, apelando a todo el garbo de su clan. No la miraba, su vista se mantenía fija en el frente, sobre el mismo brote color marfil que se debatía contra la corriente, con la misma incertidumbre que ella.
Al borde del riachuelo, pequeños lirios del valle flotaban cercanos al musgo entre las rocas, danzando al compás de una brisa ligera que anunciaba al invierno. Considerando lo que él había dicho anteriormente, se encontraban ocultos en algún punto dentro del País del Fuego; sin embargo, aquellas flores eran endémicas de zonas húmedas y gélidas, completamente ajenas a la flora silvestre y templada de su nación. "Está mintiendo." Se dijo con desprecio, y la realidad la golpeó con una fuerza abrumadora. Había bajado con demasiada soltura su guardia, absorbiendo sin reparo las confesiones del honor nulo de un traidor. Debían estar al norte, probablemente más allá del País del Trueno, donde la suficiencia de Konoha desaparecía, al igual que el orden social y toda verdad. No había nadie a kilómetros.
Apretó los dientes con rabia, preguntándose cómo sería la vida de Sasuke, quizá al otro lado del mundo. ¿Odiaría tanto a esa serpiente como ella odiaba a su hermano? ¿Tendría esa misma sensación amarga entre los labios al verlo, al hablarle, o permanecería tan insípido como lo recordaba?
En el reflejo inquieto pudo observar a Itachi cerrar los ojos lentamente, un gesto tan mundano que en él se manifestaba como un acto ceremonioso e imponente. Sus manos caían laxas sobre las piernas mientras la postura se mantenía erguida y severa, e incluso bajo la ropa desgastada no pudo evitar sentirse intimidada por su aspecto fiero y expectante. Se mantuvo así, ausente mientras el tiempo discurría y los elementos del bosque se reanimaban hasta tornarse ensordecedores. Entonces, apareció el pensamiento de que había prescindido de su presencia, y que aquel atisbo de falsa tranquilidad era un rechazo silencioso. No le dolió, ella no quería estar con él más allá de lo indispensable, pero por alguna razón, no pudo evitar la irritación que le recorrió la sien.
—¿Sabes? – Comenzó con voz sedosa, justo cuando sus dedos se deslizaban en la hierba buscando alejarse. —No es sabio juzgar a otros basándote sólo en tus percepciones, mucho menos en prejuicios. Las apariencias engañan Sakura, incluso en lo que respecta a los actos. Harás bien al recordarlo.
—No entiendo a qué te refieres. — Sostuvo con cautela, los orbes verdes perforando su silueta.
—¿En serio? —Provocó, su mirada aún fija en las ondulaciones del río mientras el tono se endurecía, y las palabras se tornaban lacerantes. — No me sorprende. Eres inflexible y testaruda. Tan inteligente que ésa se ha convertido en tu debilidad. Te otorgas tanto mérito en tu vana sabiduría que eres tan fácil de engañar, tan cobarde y tan... débil
"Débil" Repitió su mente aturdida, y lentamente el apelativo fue cobrando vida entre sus recuerdos, hostigándola como tantas veces lo había hecho durante los últimos años. Abrumada, comenzó a sentir un espasmo irreprimible extenderse a lo largo de su columna, mientras se enfrentaba a los demonios internos contra los que había luchado en el pasado. Aún así, alzó pesadamente la barbilla en un ademán que pretendía ser soberbio y desafiante; reconociendo que el principal de ellos se encontraba ahí, justo frente a ella, pero se sentía lánguida y adolorida, y su enfrentamiento perdió fuerza.
—Tú no me conoces, no sabes nada. —Profirió con los labios temblorosos, sofocando un vergonzoso sollozo que no hizo más que añadirle verdad a todo aquello, pero su humillación ya era poca cosa para él, y ese atisbo de vulnerabilidad solo lo incitó a seguir, a morfarse mientras la encaraba con el carmesí girando furiosamente.
—Te quedas ahí, esperando a que sea yo quien revele al hombre duro y sádico que envenenó el temple de Sasuke, pero no tienes el coraje para decirme lo que piensas. En cambio, maquinas suposiciones absurdas, sin fundamento; y encima, sin consideración de lo mucho o poco que puedes beneficiarte de mí. – Se burló. — ¿Quieres saber lo que creo, lo que veo?
El nudo en la garganta la forzó a negar desesperadamente, acorralada ante el peso de las miles de experiencia que confirmaban todas sus acusaciones: los orbes ambarinos acechándola, la marca de maldición, su enferma presunción, las pérdidas, la mediocridad de sus acciones en cada uno de los eventos más duros del Equipo Siete.
"¿Acaso no es cierto?" Reclamó una voz en su interior, aferrándola a sus más dolorosas memorias, aquellas que encerraban todos los errores que había decidido pasar por alto una y otra vez por vanidad y cobardía. "Eres débil. No eres nada."
Dominada por una sensación de impotencia, permitió que la vorágine de imágenes atormentara repetidamente todo reconocimiento de sí misma, hasta el punto de la asfixia. Un martilleo en la sien se hizo presente, sometiendo todo pensamiento y desatando el dolor inconfundible del remordimiento devorando su razón. La tensión se hizo insoportable, insostenible y fue tal su desesperación que no asimiló a la figura nebulosa del moreno agazapándose, golpeándola en la boca del estómago con tal violencia que la sangre le pareció un concepto más, la resistencia de la mente a olvidar, porque ella no podía perdonarse.
—Eres una chiquilla insulsa que no entiende el mundo en el que vive. Estuviste tan centrada en enamorar a Sasuke que sin darte cuenta perdiste todo sentido de ti misma. No eres más que la sombra de su ausencia y por mucho que quieras alejarte de esa realidad, en el fondo no has hecho nada para cambiar. Incluso ahora sigues preguntándote por él, sigues odiándome por él. — Vociferó contra su espalda, contra su rostro, contra cada fibra de sí misma. — ¡Demuéstrame que me equivoco! ¡Enfréntame!
—¡Cállate! —Gritó. El aullido ardió en la garganta, y sin embargo a sus oídos no había sido más que un breve suspiro.
—¡Maldita sea Haruno, defiéndete! —Rugió él, izándola y enfrentándola a su violento iris con tanta rabia que pensó que podría destrozarla. Ella sintió su furia en sus lágrimas incontenibles, en el flujo sanguíneo que explotaba en su cuello y en el sabor metálico en su paladar, pero su cuerpo temblaba irremediablemente. —¡Vive o muérete de una vez, pero toma una decisión! ¡Haz algo!
Se estremeció contra el impacto del puño masculino en su mejilla, una vez más, haciendo consciencia de sus miembros laxos, inermes, mientras todo sentido se cernía hacia el carmín en un mareo voraz. Cerró los ojos con urgencia, esperando escuchar la cadencia hiriente del objeto de sus deseos infantiles reprochándole su falta de carácter, pero con sorpresa no pudo sino encontrar silencio en la representación de sí misma, de su soberbia, de su persona completamente doblegada. No era una impresión agradable, y aquella revelación fue tan poderosa como para obligarla a reaccionar.
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Aprovechando la inercia de un enésimo golpe, Sakura balanceó su peso y se afianzó a la mano que la sostenía, girando sobre el antebrazo de su agresor hasta alcanzar su mandíbula con un puñetazo certero que lo hizo retroceder. Ella cayó al suelo jadeando, con la vista clavada en la tierra mientras aspiraba el aire que momentos atrás abandonaba sus pulmones y su rostro se alzaba, perfilando frenéticamente el espacio en su búsqueda. Palideció al reconocer la figura oscura, aún estática contra el tronco vencido, y la revelación fue tan tosca que tuvo que retener un gemido. Él nunca se desplazó de su asiento encallado al pie del arroyo, y sin requerir mover un músculo la había destrozado, la había violentado, y le había mostrado cuánto de su fuerza podría darle.
—Enséñame.— Resolló, siendo por primera vez realmente consciente de lo que pedía.
Pese a la escasa luz, pudo apreciar una levísima sonrisa acunarse en la expresión del moreno, y un sentimiento confuso se asentó en su estómago hasta turbarla.
—Te veré en tu habitación en treinta minutos. — Declaró él, abstrayéndola, pero antes de que pudiera responderle, la imagen oscura e inquietante del hombre desapareció.
Permaneció quieta una vez que se fue, contemplando el sitio que él ocupó con ferviente detalle. El grueso trozo de madera se afianzaba a la vida con una tenacidad tan antinatural que pareció admirable. Sus diminutas raíces rojizas hurgaban la tierra en busca de agua y sostén en un lento reclamo por supervivencia, y contra todas las probabilidades, pequeñas espigas verdes comenzaban a florecer a través del fango. Rememoró su vida en La Hoja, la tranquilidad y diligencia con la que la aldea se enfrentaba a la adversidad, erigiéndose inevitablemente a pesar de los atentados, las invasiones, y la constante incertidumbre de pertenecer al implacable mundo shinobi. Recordó a Naruto y a su incansable sentido de fortaleza, y aunque un pinchazo de culpa la invadió por un instante, esta vez tuvo el valor suficiente para encarar su decisión. Se volvería fuerte, certera, y entonces volvería. Se lo debía al equipo siete, y a sí misma.
Aún inquieta y brevemente exaltada por el recuerdo, se deslizó al borde del río, deteniéndose en el reflejo turbio que el agua le devolvió. No había nada especial en su persona, ningún cambio verdaderamente remarcable desde la última vez que se miró en un espejo, y sin embargo sintió la urgencia de reconocerse. El cabello aún lo llevaba ligeramente por encima de los hombros, tan desordenado y discreto como el férreo recordatorio de su experiencia en el Bosque de La Muerte, y de la necesidad imperante de crecer. Su mirada, aunque más sombría, conservaba esa impresión natural de quien aún no ha perdido lo suficiente, manteniendo ese atisbo de inocencia en las mejillas redondeadas y tiernas; un cuadro que, aunque se había ido perdiendo con el paso de los años, a ella le pareció inalterable. A pesar de ello, dentro de sí no podía sino sentirse un ente ajeno, más madura y enfocada, con un propósito al que ser firme.
Con ese pensamiento en mente se irguió, avanzando de nueva cuenta por la hierba en una caminata ligera y reveladora. Antes aprensiva y embelesada, ahora veía el bosque extendido como lo que a partir de ese momento sería su nuevo hogar. La perspectiva le erizó la piel, expectante.
El sentido del tiempo se perdió conforme recorría las cavernas con parsimonia, adentrándose en el frío ya natural de la piedra, la perenne oscuridad, y el eco constante de los pasos propios reverberando en las esquinas. Iba casi sin rumbo, buscando carente de prisa aquella puerta de madera tras la que se había mantenido inmersa las últimas noches y entretanto se distraía con las sombras que la luna proyectaba, evocando cuanto podía de su último recuerdo en Konohagakure; las facciones enardecidas en los diminutos orbes negros, el escozor agudo de las lesiones intensificándose en el fragor de la batalla, y finalmente, el estado de nulidad que la envolvió como un narcótico cuando se deshizo ante los ojos rojos, en el placentero silencio de la inconsciencia.
"Bajo otra circunstancia ya estaría muerta." Pensó con amargura. "Si no hubiera sido por Itachi, él…"
Él. ¡¿Y dónde demonios estaba él?! Ofuscada, y ahora colérica consigo misma, se dio cuenta que había pasado por alto al tétrico compañero del Uchiha, dedicándose a vagar insensatamente por una fortaleza tan grande como desconocida en la que bien podría estar hospedado el gremio completo, listos para lanzársele al cuello. Apretó el paso a medida que un jadeo histérico descendía por su garganta, frustrada por su inconsciencia y de pronto realmente ansiosa por encontrar su habitación. Corrió enardecida a través de la sucesión de corredores que se tergiversaban entre sí; girando y torciéndose en un zigzagueo absurdo, angustioso e interminable. Dio una vuelta a la izquierda en el último cruce, más por inercia que por una elección verdaderamente consciente, y entonces, estrepitosamente llegó.
Un cosquilleo sutil en su frente la forzó a abrir los ojos, notando enseguida el carmesí adusto sobre su cuerpo en marcada reprobación, y los brazos hercúleos ciñéndose contra su cintura en un acto demandante.
—Llegas tarde. — Reclamó Itachi impaciente, alejándose inmediatamente, y ella no pudo asimilar si su irritación surgió desde su cercanía o su rechazo.
—Lo siento. —Atinó a decir, desviando la cara en un pobre intento por ocultar su sonrojo. Él, en contraste, le regresó un gesto largo y silencioso bajo las espesas pestañas de su familia. Conocía bien esa expresión, era el mismo semblante ácido con el que su hermano menor la observaba siempre que la consideraba molesta e incompetente. El sólo recuerdo le provocó un doloroso nudo en la garganta. Había entrando arduamente durante días y noches, rehuyendo de esa mirada, esperando ser lo suficientemente poderosa para, algún día, poder hacerle frente; no detrás de él, ni de Naruto, sino como un igual; y con vergüenza, debía afrontar que aún pasados los años, sus esfuerzos eran por lo menos insuficientes.
—¿No vienes?
La voz distante del hombre la regresó al presente, donde ya no tenía reprimirse. Los ojos le ardían, pero se forzó a secarse las lágrimas antes de que surgieran, y sonrió con firmeza, alcanzándolo. — ¡Sí!
Avanzaron ajenos al otro, sumidos en un mutismo ansioso y rígido, entre los suspiros nocturnos del bosque revolviéndose a sus pies. Ella se mantenía a unos pasos de él, con la vista frente a su espalda en el orgulloso emblema de su casta agitándose en la memoria de otro portador. Entonces, recordó también el blasón nebuloso bordado en las gabardinas negras, aquellas con las que al se identificaba a un miembro.
—¿Uchiha-san?— Preguntó aún indecisa, ganando su atención a medida que lo alcanzaba.— ¿Qué significan los nubarrones rojos que llevan en sus capas?
El aludido la observó desde su hombro con algo parecido a la intriga, para después volverse al contestar. —Hacen referencia al amanecer, al igual que nuestro nombre.
Insatisfecha con aquella respuesta, Sakura meditó la modulación en su tono con cautela, siéndole claro que su mente se orientaba en otra dirección.
—Sí, lo entiendo, pero ¿qué representan?
Las facciones del moreno se endurecieron tras su interrogante, tornándose sombrías, densas e irrevocablemente inquietantes cuando se detuvo. — El alba. —Resolvió. — Un nuevo orden bélico como no se ha visto.
Aquella era una imagen vaga en la extensión de sus posibilidades, y le fue difícil dimensionar sus implicaciones, sin embargo, no requería demasiada información para entender que se gestaba un golpe de estado en cada uno de los centros militares más importantes de las cinco principales naciones; rebeliones con la capacidad de disolver todos los cimientos del orden político asentado, y reducir a la nada la endeble paz por las que generaciones enteras habían dado su vida. No, este no sería el primer grupo revolucionario desde las Grandes Guerras, pero sin duda resaltaba al menos como el más ambicioso, y por mucho, quizá el mejor preparado.
—Sakura.
—¿S-Sí? —Replicó aturdida, casi sin habla, reparando apenas en la forma en que la miraba, abstraída bajo la duda de cuál sería la verdadera aspiración de su mentor en la secta y su participación en los objetivos de esta.
—Itachi.
—¿Eh?
—Llámame Itachi.
Tras una breve caminata a través de los dispersos corredores, llegaron a lo que, por la posición de la luna intuyó, era la zona norte del refugio. Esa facción, contraria a los altos surcos que iluminaban con soberbia el espacio intrincado, correspondía a un único pasillo fortificado con vastas columnas cubiertas por enredaderas largas y frondosas, sobre las que se cernía un techo bajo y uniforme que le otorgaba a la estancia un aspecto cálido y sencillo a través de la poca luz que permeaba entre la vegetación. Era por mucho el sector más austero de toda la obra, pero a ella le pareció el más fascinante.
Lo siguió sin palabras, aún pensando en su conversación anterior, mas no lo suficientemente absorta para pasar por alto las habitaciones extendidas a lo largo de la galería, ni el olor a cera derretida que se percibía en el ambiente.
—¿Itachi-san?—Comenzó, aún incómoda con el apelativo.
—¿Sí?
—¿Hay alguien más aquí?
—Sólo mi compañero Kisame se encuentra en el complejo. — Respondió. Su voz monótona y masculina no mostraba ningún sentimiento, ninguna impresión; y toda relación le pareció sumamente impersonal. — El resto de Akatsuki desconoce de este lugar. Me gustaría mantenerlo así.
Aquella afirmación le generó un sentimiento complejo y angustiante, y pronto se vio molesta consigo misma por alegrarse. Si bien no era una expiación, él no parecía comprometido con los objetivos de su gremio, o al menos no mostraba interés. Aún así, persistía la interrogante de sus motivaciones en la asociación. Quizá tuviera algún resentimiento grave contra la aldea que lo incitara a involucrarse en sus planes, o quizá estuviera interesado en las riquezas que conseguía como mercenario. Lo pensó detenidamente, sin llegar a ninguna conclusión factible. Él provenía de uno de los clanes más importantes en Konohagakure, con el dominio político, económico e incluso militar suficiente para tener sus propios escuadrones y escaños posicionados en el Consejo. Incluso ahora, parecía llevar una vida frugal y tranquila, alejada de cualquier interés pecuniario. Si el dinero realmente hubiera sido su aliciente, dudaba bastante que hubiera asesinado a su familia siquiera.
Sin embargo, existía un tercer y último incentivo, el que más la estremecía. Las semanas posteriores a la masacre del Clan Uchiha, los civiles habían hecho un sin fin de especulaciones sobre las supuestas causas que habían llevado al joven prodigio a cometer genocidio. Más tarde se sabría que la más aberrante de todas las razones era probablemente la más realista. Poder, simple y llana ambición por la fuerza.
Contempló nuevamente su espalda, ofuscada y enferma. Aún con el paso del tiempo, el símbolo de su casta se seguía mostrando orgulloso y fiero. Simplemente no podría haber alguien tan hipócrita.
Al final del pasillo, la luna bañaba una puerta antigua y desgastada por la intemperie, casi hundida entre la piedra oscura que la bordeaba y la sombra de una parra virgen que aún no terminaba de enrojecer. A los costados, un par de lámparas de aceite sin vida eran el único ornamento visible para la entrada, tristes pedazos de hierro que ya habían perdido sus mejores años.
Al acercarse, Itachi bajó la cabeza suavemente, y con los ojos cerrados, casi para sí mismo, rezó. — Sairento karasu.
Un viento gélido le atravesó la nuca a medida que él silabeaba, revolviendo los cabellos rosados en un sutil cosquilleo que estremeció toda su piel. Ajeno al escurrir del tiempo, del cristal emergió un lento chispazo que ardió inquieto, haciendo hervir pacientemente el óleo hasta crujir y revelar unas alas doradas, tan incandescentes como el metal vivo. Las plumas ardiendo se torcieron, tronando con furia febril fuera del quinqué en un giro grácil y veloz, arremetiendo con ímpetu a través del fulgor que dejaba su vuelo. Asustada, ahogó un jadeo cuando el ave emergió hacia ella, rozando con su cálida estela sus piernas, los hombros, para finalmente mezclarse en el fuego dócil y sereno de los fanales a su espalda, ahora iluminados por la tenue flama de un pájaro moribundo.
El chirrido estridente de las bisagras oxidadas la libró de su estupor, devolviendo su atención al frente. Desde el interior, ya se asomaba el resplandor de las velas encendidas, pero había algo más llamativo en el perfil incandescente del moreno.
—Eso ha sido impresionante. — Suspiró, complacida por la sonrisa suave que cruzó el rostro masculino, perfectamente delineado por los claroscuros de las llamas.
—Me alegro. —Respondió él, alejándose para permitirle el acceso, y casi detestó tener que desviar la vista. — Esta será tu habitación a partir de ahora. Lamento que no sea mucho.
Aún con el corazón a galope ante la serie de emociones encontradas, observó con ojo crítico su nuevo espacio, imaginándose a sí misma entre las frías paredes de piedra ígnea. La pieza era amplia y sin embargo tan modesta como sugirió Itachi. Su escaso mobiliario se reducía a una cama en el centro cuyas sábanas blancas otorgaban a la oscura estancia un único punto focal y frente a ésta se ubicaba una mesa que, por los arañazos en la base, debió pertenecer a un tablero de estrategias. Al fondo, una cómoda sencilla y reducida brindaba una base para sus nulas pertenencias, y junto al mueble, se asentaba una puerta corrediza, con el tapiz pálido y tan gastado bien ser de una tonalidad ambarina. Tras el acceso, encontró un baño sencillo pero modernizado, con una regadera que emulaba la lluvia, un retrete de porcelana, un pequeño espejo del tamaño de su cara, y un lavamanos, todo moldeado en la roca. Si bien la sala era simple y sumamente austera, estaba pulcramente aseada y mantenía un suave aroma a lavanda. Sin duda, aquello era mucho más de lo que esperaba.
—Es excelente. Gracias, Itachi-san.
Él hizo una breve pausa, regalándole una mirada intensa que no supo corresponder. En cambio, apreció el ademán de su mano para invitarla al exterior nuevamente, y forzando una sonrisa que no sentía, lo acompañó.
Caminaron a través del complejo con calma, recorriendo sus profundas líneas durante una noche que de pronto parecía tan silenciosa como eterna. A lo largo de su trayecto, él le mostró la biblioteca, un lugar sombrío en un extremo del ala norte donde se apilaban desordenadamente cartas, libros y pergaminos de un sin fin de volúmenes antiguos. Quiso quedarse y rumiar entre las hojas quebradizas y obras incompletas, y aunque él se lo negó, le permitió llevarse algunos manuscritos e incluso se ofreció a cargar algunos.
Atentos al tenue resplandor de las flamas, descendieron por una prolongada escalera de caracol que cruzaba la fortaleza y se extendía en todos sus niveles, hasta llegar a la base de la montaña. Ahí, en un punto céntrico y amplio se encontraba una cocina antigua con tantas mesas abandonadas que bien podría hacer sido una taberna. Sin embargo, con sorpresa descubrió que él prefería preparar sus alimentos en una reducida habitación donde se contaba con electrodomésticos. Más tarde, él confesaría que la distribución le recordaba a su hogar y que, además, era el único sitio con electricidad en todo el fuerte. Contiguo a la estancia, lo que quedaba de la enfermería le sirvió para tomar lo que por los siguientes días sería la ropa de Sakura: unas sencillas remeras blancas de proporción masculina que bien podrían no cubrir nada. Para resolver el problema, tomó todos los vendajes disponibles e Itachi le aseguró que luego le llevaría su antiguo uniforme, una vez estando limpio.
Exploraron los remanentes de la fortaleza hasta que el sol se asomó en las comisuras de la cima, pintando tonos violáceos y anaranjados en un cielo aún infinito y colmado de estrellas; y con el amanecer a sus espaldas cruzaron el bosque hasta llegar a un pequeño campo donde el moreno y su compañero cultivaban unas hortalizas de variedad impactante. Bayas, zanahorias, papas, calabazas y lechugas convivían en un espacio ordenado y armonioso en el que resaltaban las espigas aún jóvenes de la siguiente cosecha. Él le explicó que parte de la producción se destinaba a la venta en un pueblo cercano y de baja regulación, el resto era para su consumo. Entretanto, probó algunos de los jugosos vegetales almacenados para el invierno, y disfrutó en exceso de la sensación de los dedos en el fango al asistirlo en el riego de aquellos delicados tallos verdes que comenzaban a florecer.
Junto al huerto, él le mostró cómo alimentar al grupo de gallinas pardas que, entre arreboladas y adormiladas, salieron de sus casitas de madera, hostigándolo. Atesoró con una risa sofocada la imagen infantil de las aves aleteando exaltadas contra la figura imponente del guerrero, y en seguida el gesto se replicó en él cuando ella se encontró en las mismas condiciones. Ahí, él le prometería mostrarle cómo manejar la tierra y, quizá en un futuro, a negociar con los locales el precio de venta.
Le gustó la nula condescendencia con la que la trató en su recorrido, haciéndole ver que ella tendría tantas obligaciones en el lugar como cualquiera. Ansiaba sentirse útil, y valoró la disposición de Itachi a enseñarle tanto como la destreza con la que se desenvolvía incluso en las tareas más mundanas.
Con el sol sobre sus cuerpos, se adentraron aún más en el follaje del boscaje, hasta llegar a un amplio prado donde el calor parecía concentrarse especialmente en el perímetro. Sobre aquella tierra húmeda y firme, la hierba crecía de forma convulsa e indómita, acogiendo pequeñas flores de diversas tonalidades como si fueran tenues pinceladas esporádicas de colores amarillos, azules, lavandas y violetas que oscilaban conforme discurría el viento. El panorama silvestre extendiéndose frente a sí le devolvió el recuerdo de su mejor amiga. Aquella rubia excéntrica y vibrante a la que podía confiarle sus más íntimos pensamientos sin mantener recelo. Bien, quizá no demasiado. Una sonrisa apagada apareció con la memoria de ellas conversando abiertamente hasta el alba, peleando a puño limpio en el Examen Chunin hasta un desenlace propio de su amistad; y discutiendo por la atención del Uchiha menor, el hermano de aquel a quien ahora llamaría su mentor.
Se preguntó qué opinión tendría de su persona, ahora una renegada, e inevitablemente una lágrima rodó sobre su mejilla. ¿Se habrían dado cuenta de su ausencia a estas alturas? Realmente esperaba que no.
En la periferia, alcanzó a ver al hombre andando a paso sereno, contemplando con la vista perdida el vaivén del pastizal contra la brisa matutina. Los rayos solares delineaban suavemente su figura delgada y masculina, resaltando las líneas adustas de su complexión y el brillo profundo de las hebras negras surcando a través de unos rasgos fieros y elegantes. Lucía tanto o más peligroso que la primera vez que lo vio, pero a pesar de su duro semblante, algo en su expresión le pareció tan melancólica que todo a su alrededor perdió sentido
Apenas contuvo un gemido cuando él le regresó la mirada, la dolorosa melancolía había transmutado en la violencia escarlata de sus ojos, y de pronto cualquier emoción en el rostro varonil parecía tan extinta como su voz. Él se replegó con ansiosa anticipación, flexionando ligeramente sus rodillas en una visión tan atrayente que no le permitía pensar, moverse siquiera. Sólo estaba aquella piel dorada y fibrosa tensándose para ella.
El nudo en su garganta se expandió a medida que él corrió hacia ella; los pasos ágiles y precisos arqueando la ruta erráticamente, en un desplazamiento tan grácil que la vista esmeralda se perdió en sus movimientos, retraída en la noción única de la fuerza se acercaba a una velocidad implacable, con una intensidad desconocida. Casi desprovista de todo sentido, apreció la sombra oscura cerniéndose sobre su torso con el ahínco de un predador impaciente, manteniéndola tan quieta como su peso le permitía, sosteniendo los brazos elevados a la altura de la cabeza mientras los dedos callosos de su mano libre se encontraban con su cuello de una forma tan superficial que las piernas flaquearon ante la caricia.
—Lección número uno, señorita Haruno. —Susurró, su peligrosa sonrisa casi rozando la piel enrojecida. — Un guerrero nunca expone deliberadamente sus defensas, sino una falsa impresión de lo que en realidad es la planificación de su siguiente ataque.
Desconcertada y furiosa, no pudo evitar boquear de disgusto por su reacción. Aquel toque tan vano había sido suficiente para estremecer toda cordura y la sensación le pareció tan embriagante como letal. Alterada, reprimió el pensamiento dejándose llevar por la cólera y el pánico de encontrarse presa, bregando contra su captor en una rabieta histérica que terminó por alejarla de aquel gesto confiado y rebelde que su nuevo maestro le dio.
—¿Qué se supone que haces? —Bramó avergonzada.
Él arqueó una ceja con escepticismo, exiguamente conteniendo una sonrisa, y esta vez, pese a su atractivo, ella quiso golpearlo. —Es hora de tu entrenamiento, cariño. ¿No es obvio?
Chasqueó la lengua airada, adoptando una posición defensiva a medida que la sangre hervía y golpeaba contra sus mejillas. —¡Pudiste haberme informado!
—¡Y tú debiste estar alerta! — Replicó con inflexión, retomando su postura expectante. —Te hubiera matado, de ser alguien más.
Reprimió un bufido colérico, negándose a encararlo con oprobio. Él tenía razón, en el campo de batalla los reflejos y la rapidez de ejecución constantemente determinaban el éxito o fracaso de su profesión, y en consecuencia natural, la vida o la muerte. Sin embargo, su verdadera irritación provenía no sólo de su descuido sino del origen de la misma. Se había permitido visualizar al moreno con un interés impropio de su mutuo acuerdo, incluso inclinado a pensar en él como persona, y terminó abordándose con una emoción tan confusa que reverberó en el recuerdo de Sasuke.
Enferma por el reconocimiento, e indignada consigo misma, se irguió en toda su estatura, arremetiendo contra él en una agresión bruta y acalorada que terminó blandiendo a la nada e incrementando su rabia a medida el carmín la enfrentaba con su habitual suficiencia. Él, en cambio, evadió y bloqueó cada una de las acometidas con templanza, demostrando una destreza contra la cual todos sus atentados parecían apenas estallidos incongruentes, espasmos toscos que se agitaban sin alcanzar dirección alguna. Entretanto, el escarlata criticó el ritmo, el vigor y la eficiencia de sus ataques con crudo desdén, y cuando la letanía de agresiones descubrió un flanco ligeramente abierto, le tomó un instante asestarle un puñetazo en la boca del estómago, tan grave y preciso, que la dobló de dolor, sin aliento.
Las manos femeninas se aferraron a su vientre, clamando inhalaciones silenciosas, inexistentes, sin reconocer enteramente la oscuridad del hombre eclipsando su visión. Al verlo, la burla en los ojos resplandeció ácida, haciéndola consciente de la saliva que caía sin decoro sobre su barbilla y casi por instinto dirigió sus yemas al rostro.
—¡Concéntrate! — Vociferó, y lo siguiente que sintió fue su cuerpo proyectado hacia el vacío con una furia incontenible, estrellándola contra la hierba.
Desorientada, rodó ágilmente sobre su espalda en un ademán desesperado, percibiendo el terreno pesado y dispar bajo sus manos de la misma forma en que permanecía presa del vértigo colmando sus miembros. Aún aturdida, saltó con desesperación hacia atrás, alzando la vista en los detalles del entorno hasta reconocer la silueta volátil del guerrero embistiendo contra ella. Se agachó con agilidad, eludiendo el impacto a la par que su pierna se deslizó con la destreza suficiente para arrebatarle el equilibrio, pero él previó el movimiento de sus cuerpos girando sobre sus palmas justo antes de tocar el suelo, y con una flexión de su costado retomó aquella estabilidad perdida, apretándose contra ella.
Sakura soltó un grito iracundo al sentir el peso del Uchiha sobre sí, con los brazos inmóviles bajo los muslos flexionados del hombre. Se agitó con furia, restregándose contra su invasor hasta que logró liberar una de sus extremidades y enroscó su pantorrilla a la cintura masculina con el ímpetu suficiente para invertir la situación y dominarlo. Apenas lo había afianzado cuando él la soltó entre maldiciones, forcejeando hasta retroceder y agazaparse.
La ausencia de su tacto le provocó un escalofrío, pero no tuvo mucho tiempo para reflexionar al respecto. Sin reparo se incorporó agilidad, corriendo hacia la sombra que ya se aproximaba a ella. Sus puños chocaron con exceso, los pies buscaron los costados del otro con ansia, y las rodillas embestían violentas en una mezcla vibrante de esfuerzos. Como nunca, ante una desconocida mirada del moreno, sintió que era poderosa y versátil; que una combustión intensa le quemaba de excitación la columna, fragmentándose en el júbilo y la adrenalina fluyendo en sus venas a través del combate.
Embriagada, disfrutó de él. Le gustaba la violencia con la que sus pasos forzaban los suyos, la precisión y gracia con la que maniobraba cada parte de sí, haciéndola consciente de su propia piel, y la infinita profundidad que adquiría el carmín de su faz en cada estocada, presionando sin condescendencia para que acelerara sus ataques y anticipara sus golpes. Aquella exigencia era totalmente diferente a sus entrenamientos previos, y la nula contemplación del pelinegro la estimuló hasta lo indeseable. Jamás se había sentido tan desinhibida con su propia fuerza, y la ferocidad con la que él embestía no hacía sino exaltarla más. Quería alcanzarlo, violentarlo con la misma energía y llevarlo hasta el límite de la cordura tal y como él lo estaba haciendo con ella. Pero todo tenía un precio.
El medio día ya irradiaba sobre sus cabezas cuando el cansancio comenzó a hacerse especialmente notorio en sus avances. Sus brazos y piernas ya no respondían con el mismo ímpetu, y los golpes, si bien tan agresivos como aprendió de su mentora, comenzaban a ser torpes y desmedidos, abriendo serias oportunidades para el shinobi.
—Te estás retrasando, Sakura.— Gruñó él, arremetiendo contra ella en una acometida que difícilmente logró evadir.
Ella jadeó, agotada por el impulso. Su respiración, ya errática y pesada, intensificó la presión aguda que apareció bombeando contra la sien y la carótida, emulando el martilleo desbocado de su corazón contra el pecho. Estaba exhausta, pero no podía permitirse ceder, no aún.
Frustrada, quiso retomar su ofensiva abalanzándose contra él, pero Itachi se había cansado de ser complaciente. Una patada cruzó el rostro herido de la chica antes de que pudiera alcanzarlo, arrojándola contra los gruesos árboles que bordeaban el perímetro del claro, pero antes de colisionar, encontró su cuerpo siendo vapuleado en una vorágine de imágenes sin sentido, cambiando de dirección una y otra vez hasta perder toda noción.
Ya no sentía las mejillas cuando cayó sobre el pastizal, completamente consumida por el cansancio y el entumecimiento de su persona. Ni siquiera alcanzó a registrar el puño masculino estrellándose con fuerza contra su vientre, haciéndola rodar de dolor. Ahí, inerte, el contraste de la sangre salpicando contra la maleza esmeralda le pareció una imagen conciliadora, y pronto la aparente calma absolvió todo deseo de incorporarse.
Un escalofrío escaló por su columna al distinguir los pasos serenos de Itachi a través del campo, y casi se encogió cuando lo sintió cerca de su espalda.
— Es suficiente por hoy. —Declaró con voz tensa.— Descansa, haz hecho un buen trabajo.
Sakura sonrió a través de su fatiga, dejándose llevar por el consuelo de la brisa revolviendo su cabello. Bajo la caricia, incluso imaginó unos dedos suaves removiendo las hebras traviesas sobre su frente, pero estaba demasiado somnolienta para abrir los ojos. De alguna forma, de pronto, le pareció ser demasiado ligera.
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Abrió los ojos despacio, con la pesadez de quien no es consciente de su propio cuerpo, y laxa se permite navegar entre la obnubilación del momento. Aturdida en aquella falta de claridad, divisó las breves sombras que adornaban su rostro adormecido en una lenta sinfonía, las llamas de las velas casi extintas. Estaba en su cama, enredada en las sábanas blancas de aquella habitación de mueble escaso que ahora reconocía como suya. Estaba sola.
A su lado, en la modesta cómoda yacía un sencillo plato de arroz, un par de palillos de madera y una tetera humeante dispuesta junto a un cuenco de porcelana. El olor amargo de la infusión herbaria le dio de lleno, estrujando su irritado estómago con una ansiedad tan insoportable que la obligó a doblegarse. Aún así, se acercó torpemente a pesar de su limitado apetito, distinguiendo el escozor en los miembros agotados y un pinchazo agudo en el hombro izquierdo; y bebió con avidez, ignorando incluso el ardor recorriendo la garganta a medida que el líquido caliente se curvaba contra la piel.
Reprimió un gemido de satisfacción cuando el calor se asentó en el vientre, calmando el malestar, y entonces atendió al gesto junto a ella. Abajo, cuidadosamente doblado, había un papel marcado apenas por la línea redondeada de la taza que ahora se llevaba a los labios.
"Aséate."
Arrugó la nota entre los dedos con un mohín exasperado. Era evidente quién era digno hermano de quién. Ahora, parecía irónico que, al haberla abandonado el menor, siguiera conviviendo con el mayor.
Sumida por primera vez en el presente, comió con desgano; atendiendo su mente dispersa con los acontecimientos más recientes de su persona. Si bien, el remordimiento y la incertidumbre se habían asentado con un fantasma al acecho, ahora podía cuestionar sus decisiones con el mayor atisbo de entereza que su edad y circunstancias le permitían. Aquel hombre, tan insolentemente discordante, le había ofrecido lo que en su intimidad anhelaba: poder, la sencilla e imperiosa necesidad de representarse a sí misma, para no ser un estorbo, para proteger a Naruto y para recobrar a base de puños al amor de su vida, si hacía falta.
Una sonrisa curvó sus mejillas. Sí, golpearía a Sasuke hasta reventarle la arrogancia, y luego, ambos irían a casa arrepentidos, rogando por una oportunidad.
Con ese agradable pensamiento, entró a una ducha templada y esclarecedora que disipó el dolor y el cansancio que sentía hasta convertirlo en un aturdimiento sutil. Bajo las gotas pacientes en su cuerpo, repasó con sosiego la noche anterior; entreteniéndose en los recuerdos de sus piernas desnudas contra la hierba, los dedos enredados en el lodazal, las portadas ásperas y dispersas de los libros contra sus manos y súbitamente, maldiciéndose cuando un nerviosismo insospechado la atravesó de pronto. Sentía la mirada escarlata sobre su piel con una fuerza casi tangible, como si estuviera ahí, rumiando en aquel instante en el que sus ojos forcejearon contra los de él en el fragor de la batalla, y perdieron el rumbo.
Indignada consigo misma, cerró la llave de golpe.
Cuando salió, las luces rojizas del crepúsculo la recibieron permeando el pasillo con estelas violetas y ambarinas en la piedra cada vez más fría, dando una expresión taciturna a toda la caverna sumida en silencio. Al costado, reclinado contra el grueso de una columna y apenas visible entre las sombras difuminadas por el brillo sinuoso de las llamas, Itachi esperaba impasible. Se había cubierto el torso con una remera tan negra como su cabello, pero que dejaba al descubierto los brazos fornidos hasta aquellos hombros angulosos y ágiles. Sobre sus piernas, llevaba una calza gris basalto que quedaba holgada a la altura de las pantorrillas, donde unas cintas blancas se ceñían contra los tobillos, ajustadas bajo las habituales sandalias de cuero oscuro, clásicas de su profesión.
—Gracias por la comida. — Atinó a decir, inquieta ante la constante inspección del Uchiha.
Él la observó a consciencia e hizo una breve inclinación de cabeza, casi imperceptible si no le hubiera prestado toda su atención, y después de unos largos segundos de sofocante mutismo tras los que comenzó a andar, respondió. — Espero hayas recuperado energía. Kisame ha estado insoportable por la mano que le rompiste.
Un estremecimiento le atravesó la columna al recordar el aspecto tétrico del compañero de Itachi. Aquellos ojos pérfidos color ébano tan pequeños que parecían haberse hundido contra las cuencas, las mejillas abiertas mostrando la carne viva de sus branquias, la nariz ancha parcialmente mutilada, y, sobre todo, esa sonrisa siniestra y desproporcionada que exhibía las hileras de enormes dientes aserrados, ocultos tras las cicatrices de los labios; parecían desfigurar completamente las facciones hasta revelar algo más parecido a un monstruo. Tanta satisfacción había sentido al apreciar el conjunto de metacarpos, carpos y falanges crujiendo contra su palma, que le parecía irónico que, después de la cruda pelea donde continuamente intentaran asesinarse, se encaminara a atenderle las heridas causadas con la mayor diligencia. Claro que, para su lúgubre humor, en otras circunstancias ella bien podría estar muerta.
Disgustada, apretó los dientes buscando la fornida espalda del hombre ante ella. Para su sorpresa, él la miraba intensamente, con aquel efecto violento y asfixiante que sólo el Sharingan se apreciaba de poseer. A pesar del profundo iris, un brillo sagaz cruzó bajo las pestañas espesas, y ella evaluó el carmín oscuro con demasiado interés. Al darse cuenta, no pudo sino sonrojarse con vergüenza.
—Sakura. — Llamó con voz inflexible, retomando la marcha, y ella contuvo un respingo ante el tono. — Kisame no puede saber nada de esto.
Asintió contrariada, indecisa en las razones que podría tener el Uchiha para ocultar su enfermedad a su compañero. La conclusión más evidente que se le ocurría podría derivarse de la debilidad que Itachi pudiera desarrollar conforme su estado decayera, e imaginó que a Akatsuki no le haría ninguna gracia lidiar con un militante indispuesto que no fuera útil a sus fines. No conocía a la organización a un nivel importante como para emitir un buen juicio, tan sólo aquellos rumores que sobrevolaban en los cuarteles de Konoha como susurros indiscretos de una nueva amenaza. Demasiado preocupada por Sasuke para atenderlos, demasiado distraída con su pérdida, ahora entendía lo estúpida que había sido. Estuvo tan ensimismada en su partida, que no atendió con suficiente inteligencia la gravedad de los atentados incluso cuando su maestra tantas veces hizo hincapié ante el Consejo de Ancianos sobre el peligro que suponía el gremio, y ahora, asociada como estaba al moreno, no tenía una pista siquiera de cómo era la interacción en el grupo. Ningún arma con la cual defenderse o anticiparse. Todo lo que tenía era al maldito genio, Uchiha Itachi.
"Realmente eres patética." Se dijo con pesar.
El hombre se detuvo ante una puerta de madera clara, su pálido color mancillado con manchas pardas en las esquinas. Se encontraba en el extremo opuesto de su habitación, al final del mismo largo pasillo, y aún así, demasiado cercana para su gusto, si le preguntaban. Él tocó un par de veces, pero no se limitó a esperar respuesta alguna.
—Te dije que vendría. — Advirtió Itachi, adentrándose con pesadas zancadas en la estancia con ella a su espalda, desde donde escuchó claramente el gruñido profundo y salvaje de su réplica.
Contraria a la cueva caótica y nauseabunda en la que creía entrar, se encontró con una amplia alcoba perfilada por las líneas ambarinas del fuego apostado contra los muros; un contraste ameno para la fría decoración de una sala revestida en tonos grises y azules. Con sorpresa, sus ojos divagaron desde la pequeña mesa de té dispuesta con un par de cojines garzos a los costados hasta la elegante gaveta de cristal que exponía la reserva de licores de arroz, trigo y cebada, junto a una cama de matices pálidos y sábanas a medio hacer. Al fondo, próximo a un exquisito armario elaborado madera de ébano, distinguió con atención una tina de piedra caliza oculta tras un biombo níveo cuyos patrones emulaban las delicadas ondulaciones del océano. Sin embargo, enseguida se forzó a desviar la mirada, jadeando con un estremecimiento furioso al reconocer la figura adusta y violenta emerger sin gracia, desbordando el contenido de la bañera mientras blandía sus carnes frente a ella.
—Me alegra ver que estás de buen humor. — Comentó el pelinegro, ostentando una sonrisa que a la joven se le antojó de lo más inadecuada. — Ella es Haruno Sakura, aprendiz de Lady Tsunade.
El escualo escrutó la expresión de la chica con aquellas diminutas cuencas oscuras, descuidando todo pudor mientras se secaba sus partes, con una permanente mueca de desdén que no se molestó en ocultar. Con todo, ella ya no se inhibió, había visto demasiados hombres desnudos durante su corta carrera como médico para amedrentarse. — ¿Y qué?
—Tsunade es la mejor ninja médico del País del Fuego, por no decir la Hokage en curso.— Respondió Itachi con naturalidad, y por alguna razón, ella se sobrecogió orgullosa al escucharlo hablar de las proezas de su mentora; Kisame en cambio enarcó una ceja.— Sakura es su única discípula.
"Fue". Deseó corregirle.
—Yo sé quién es la puta Godaime. — Gruñó, mostrando los dientes irregulares con rabia, pero al fin con pantalones.— ¿Qué carajo hace ella aquí?
El escarlata colisionó contra la obsidiana en un enfrentamiento silente, tan sutil y efímero que pareció absorberles el sentido del tiempo en cuestión de segundos, apenas disuelto ante la voz serena del moreno. —Confío en que ella resolverá el problema de la mano.
—¿En serio? ¿No es ella la culpable de todo esto? — Replicó con sorna, encausando su vista airada en el rostro femenino asomado tras el cuerpo de Itachi para mostrarle un tosco vendaje envuelto en un probable arrebato de histeria, tan burdamente colocado que dejaba entrever un hematoma cárdeno que nacía desde la muñeca.
A pesar de la grotesca herida, Sakura no se inmutó. En cambio, le devolvió el gesto con altivez y se alejó de la protección que el cuerpo del Uchiha mayor le proporcionaba, desafiándolo. Kisame rugió enardecido, avanzando hacia ella con todo el peso de su cuerpo, dispuesto a reventarle aquella sonrisa de suficiencia, la misma que portaba cuando le destrozó la extremidad. Expectante, tensó el cuerpo anticipando la excitación previa al impacto inminente que comenzaba a pulsar contra sus venas, pero no hubo nada sino vacío.
—Lo es. — Sentenció Itachi, sujetándolo firmemente del antebrazo. Haciendo gala de su robusta complexión, el agremiado pudo haberse soltado si quisiera, pero se mantuvo quieto, fulminando con la mirada a la pequeña mujer. Sólo entonces el moreno continuó, aflojando el agarre. — Quizá creas que no tienes alternativas, pero siempre puedes recurrir a una amputación. Samehada no se ofenderá de que seas manco.
—Y una mierda. ¡Qué sabes tú! — Bramó irritado, sacudiéndose la mano de su compañero. Aún así, dio marcha atrás, dejándose caer pesadamente sobre uno de los asientos bajo la mesa de té, para volverse hacia ella. —¿Y bien? ¿Qué esperas?
Con una inclinación de cabeza, Sakura se adelantó sentándose frente a él, borrando de sí todo rastro de altanería y recelo hasta reemplazar aquella imagen provocadora por la templanza de un médico consumado ejerciendo su profesión.
—Volveré por ella. — Declaró Itachi, interrumpiendo la asistencia desde el marco de la puerta. Antes de retirarse, y prescindiendo del semblante sorprendido que la chica le dedicó, dirigió un último vistazo cargado de amenazas hacia el hombre, y sin más, cerró.
—Déjame ver. — Pidió con seriedad, omitiendo el nudo que se le formó en la garganta una vez que fue consciente de la ausencia del Uchiha.
—Pensé que ya sabías lo que hay que hacer. — Refunfuñó él, cediendo el brazo de mala gana.
Con cuidado, e ignorando el comentario, levantó las gasas que cubrían la extremidad, tratando de manipular la tela con la mayor delicadeza posible. Los retazos a la vista mantenían un aspecto amarillento y sucio que se acentuaba conforme revelaba los pliegues internos de las bandas, pero al término del remiendo perdían relevancia contra las manchas rojizas y cobrizas de la sangre aún supurante. Al descubrir completamente la piel grisácea, ahora teñida de un tono encarnado, percibió la tensión del hombre y la reticencia a su tacto.
—No te muevas. — Murmuró Sakura, incorporándose. — Te evitarás dolor.
—Estás de broma. —Profirió con ironía, oprimiendo los labios para encubrir un gemido pujando en la garganta. — ¡Eh! ¡Deja ahí la botella!
—La necesito. No la has desinfectado propiamente. — Regañó lacónica, extrayendo con la uña la punta metálica del envase para enjuagarse con el licor de arroz. Cuando terminó, se arrancó una de las mangas de la remera y la humedeció en el alcohol hasta empaparla.
—¡Adelante, tíralo todo!
Una risa breve, más relajada, resonó entre las comisuras femeninas mientras se acercaba nuevamente y depositaba un vaso con licor de arroz en la mesa. — Lo necesitarás.
Kisame enarcó una ceja con escepticismo, pero su cara rápidamente se deformó en una expresión agónica en cuanto el paño húmedo se deslizó sobre el hematoma, y sin pensarlo, se empinó el contenido, casi ahogándose.
—Está destrozada, desde los carpianos de la palma hasta las falanges. — Diagnosticó, palpando ligeramente la extensión de la herida y minimizando la presión cuando rozaba la piel abultada a causa de la fractura casi expuesta de los huesos contra la carne. — Se han reventado al menos un par de tendones, y los músculos… Bueno, tienes suerte de sentir siquiera, supongo.
—Debería matarte por lo que hiciste.— Silabeó entre dientes.
Sakura, muy seria, lo miró a conciencia, dejando de lado su trabajo para servirle un segundo trago y pasárselo sobre la madera. — Debería romperte la otra, entonces.
—¡Por favor! Si crees que necesito de mis manos para partirte el cuello, te das demasiado mérito. — Exclamó, antes de lanzar un improperio cuando los dedos femeninos se deslizaron contra la carne húmeda y adolorida, emanando energía a través de la palma.
—¿Y quién va a curarte si no?— Inquirió con fingida gravedad. Sabía de antemano lo doloroso que era experimentar el procedimiento de restitución interna de la estructura ósea y los músculos, además de la sensibilidad agónica que emanaba al resarcir el conjunto de ligamentos y tendones que habían sufrido una perforación o escisión tras la explosión de corpúsculos. Si bien no le causaba satisfacción el calvario por el que el ninja pasaba, tampoco sentía empatía alguna por su sufrimiento. Aun así, si consideraba la extensión del nervio mediano entre toda la remoción constante de células, realmente le sorprendía que consiguiera mantenerse cuerdo, tan sólo adormecido por una mustia bebida alcoholizada.
—Ya veré.— Articuló él con un mohín afligido, inclinándose en el espacio opuesto a ella para que no pudiera verle el rostro descompuesto.
—Puedes, sí.
Con un suspiro cansino, prosiguió con su labor, otorgándole prioridad a la solidificación de los huesos y las fibras de colágeno propias de los ligamentos. Zurcir a nivel celular los tejidos lastimados de la dermis requirió de un cuidado particular, mandando precisas descargas de iones que se enredaron sobre las hebras de proteína para fortalecerlas, llevando todo el caos bajo sus manos hacia la proyección de lo que fue.
En el proceso, buscando contraer la hemorragia y revitalizar la circulación en las venas atrofiadas, provocó una implosión controlada sobre la piel, arrancándole una maldición ahogada al hombre que casi le produjo compasión.
Alzó la vista hacia su paciente, que se aferraba con vehemencia al borde del mueble, aspirando con tal esfuerzo que las aberturas en las mejillas se mecían conforme jadeaba. Mantenía los pequeños ojos nublados dirigidos hacia el muro sobre sus cabezas con el ceño profundamente marcado y la frente perlada en sudor. Los labios se apretaban tensos contra los incisivos, profundizando las heridas que ya comenzaban a manar el líquido carmín hasta la mandíbula, y cuanto más pasaban los segundos, la tez palidecía, tornándose aún más grisácea. Por un momento, le dio la impresión de que llegaría a vomitar, pero para su asombro, lo que expulsó más bien sonó a una carcajada histérica.
—¡Maldita sea! Realmente tienes un buen golpe.— Gruñó. Las lágrimas desbordaban por la mueca compungida y sin embargo la risa era franca, completamente abierta.
Ligeramente aliviada, respondió con fingida acritud. —Me llamo Sakura.
—Me importa una mierda, Sakura.
Ante eso, intensificó las oleadas electrizadas directamente hacia sus nervios, causándole una punzada de dolor que lo doblegó contra la mesa.
—¿Dijiste algo, Kisame?— Inquirió, utilizando el tono más meloso que su voz pudo articular.
Tras el breve altercado, la primitiva cirugía adquirió una aparente calma, cargada de un confortable silencio que ninguno de los dos se atrevió a irrumpir mientras las estelas breves de calor pulsaban apacibles a través de las yemas, acariciando suavemente los conductos sanguíneos como un sedante. La mano, al igual que el rostro masculino, mostraba un aspecto un poco más lozano, aunque aún era perceptible el temblor sutil de la piel a través del haz aguamarina bajo el que vibraba.
—Realmente no creí que fueras capaz de hacerlo. — Exhaló Kisame, aún estremeciéndose.
Sakura le regresó una mirada ácida, pero enseguida la nostalgia afloró en ella con una breve sonrisa. — Tsunade-Sama no es una mujer complaciente. — Comenzó, casi sorprendida por su necesidad de distraerlo. — No me permitía concluir los entrenamientos antes de estar al borde de desvanecer. Aun así, siempre me llevaba del hombro a casa, cuando apenas podía conmigo misma. Le debo todo lo que sé.
—Parece que la echas de menos.
—Un poco sí. — Admitió, pero rápidamente desvió aquella vulnerabilidad, evadiendo su expresión apremiante a la vez que tomaba las vendas usadas. — Supongo que no tienes otras limpias. ¿Es correcto?
Él se encogió de hombros con fingido desinterés, y ella no pudo evitar bufar ante semejante negligencia. Entonces, se encaminó hacia las sábanas extendidas sobre la cama y arrancó un trozo del tejido pálido con el que le vendaría meticulosamente la extremidad.
—Puedes usarlas, no hay problema. — Ironizó él.
—Esto servirá. De cualquier forma, necesitaba una tela inflexible, para limitar el movimiento.
—¿Para qué? Creí que ya era todo.
—No, aún no. — Con cuidado, se inclinó hacia él, llevando sus palmas lentamente hacia las heridas expuestas en la boca. Él vaciló, pero en cuanto el cosquilleo surgió en la punta de sus dedos, pareció relajarse. —En los siguientes días te buscaré para revisar el avance de la mano, y también necesitarás pasar por un periodo de terapia.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé. Tendré que evaluarte primero.
Aún deslizaba sus yemas con suavidad sobre el mentón herido, esforzándose incluso por corregir algunas de las antiguas cicatrices que deformaban los labios, cuando Itachi atravesó sin ceremonia la habitación, y ella logró distinguir las sombras surcando sus facciones a medida que clavaba severamente la vista en su labor.
—Creí que el problema se encontraba en las manos. — Espetó con desdén.
Aquella actitud altanera y demandante sorprendió a Sakura casi tanto como la irritó, pero prosiguió atendiendo diligentemente los cortes sobre la tez garza, omitiendo su disgusto y casi buscando presionar el de él. — Sí, así es, pero tuve que…
—Déjalo, yo se lo pedí. — Atajó Kisame, sus pequeños ojos concienzudamente ciñéndose contra el esmeralda mientras tomaba sus muñecas y con suavidad las alejaba de sí. — Pero ya ha terminado. Gracias, Sakura.
Incrédula, la doctora hizo su mejor esfuerzo por ocultar su enfado bajo una última inspección tanto en el rostro como en la extremidad amoratada. Finalmente, resolvió que no había más que pudiera hacer de momento y con una mueca fingida se incorporó. —Volveré en unos días para revisarte nuevamente y determinar el avance. Trataré de prepararte algo mejor que el sake para aliviar el dolor, pero dependo de la disponibilidad de hierbas en el bosque.
—¿Qué hay de la enfermería?— Presionó Itachi.
—No me atrevería a recetar algo de ahí. — Respondió, disimulando pobremente su creciente molestia. — La mayoría de los frascos no tienen etiquetado, y quién sabe cuánto tiempo llevan ahí.
La ausencia de respuesta fue suficiente para dar por concluida la burda consulta y calmar la naturaleza insufrible del todopoderoso Uchiha. Lástima para ella, que no tenía ánimos para salir al pasillo con él, ni encontrarse con aquellos ojos violentos que auguraban todos los infiernos una vez que estuvieran fuera. Aún así, sólo por el vano placer de fastidiarlo se inclinó respetuosamente hacia su contrito paciente y pasó de largo al orgulloso moreno, negándose siquiera a dirigirle la mirada.
Le enervaba la conducta agresiva con la que manaba autoridad incluso en un campo en el que no le concernía opinar siquiera, y encima, le irritaba de sobremanera la soberbia con la que buscaba elevarse por encima de su experiencia como médico. Lo hubiera insultado de no haberse acobardado, se dijo.
—Veo que han resuelto sus diferencias. — Recriminó él con acidez viperina apenas cerró la puerta.
—Todas, no.
—No fue lo que dejaron entrever. — Insistió con suspicacia, instándola con ficticia amabilidad a recorrer los celosos muros de piedra que se abrían bajo la luz mortecina del crepúsculo.
—Estaba siendo profesional, sus labios sangraban. — Contestó lacónica y plenamente satisfecha ante el tono tajante que resultó de su cólera.
La figura masculina se oprimió contra ella con el escepticismo curvando sus facciones, su incisiva sonrisa estirada contra las comisuras en una inolvidable mueca, tan peligrosa como el intenso carmín en sus ojos. — También fuiste muy profesional al herirlo la otra noche. — Acusó, su voz tan deliciosamente sedosa que estremeció cada nervio en su cuerpo, incapaz de discernir en el filo de su articulación y la noción de su cercanía. —¿Por qué deshacer tu gran obra?
—¿Qué quieres decir con eso? — Silabeó, enfocando su rabia en la aguda sensación tensándose en su vientre. — Tú me lo pediste.
—Te he pedido la mano, sólo eso. — Su aliento mentolado golpeando contra su rostro.
—¡Y qué! — Vociferó, absorta en el violento latigazo que detonó en su columna hasta reventarle la escasa paciencia. Necesitaba pensar, y la urgencia de alejarlo tembló a través de sus miembros. —Mi deber, incluso a pesar de mi afiliación como shinobi, es servir a mis pacientes. Seas cuales sean sus lesiones.
La firmeza de sus argumentos consiguió serenarla lo suficiente para hacerle frente a la imagen dura e imponente apresándola por los hombros, y casi sintió la holgura en sus pulmones liberándola cuando se acercó más a él, desafiante. — Además, él ha sido mucho más cándido conmigo que tú en los últimos cuatro días. Naturalmente haría migas con alguien más.
Ella percibió la rigidez en los dedos masculinos prensando contra su piel con la misma intensidad con la que registró el peso aplastante de la visión escarlata delineando su tez y casi se decepcionó cuando finalmente susurró, soltándola. —Es peligroso Sakura.
—Y así me dejaste con él. — Consiguió decir, sopesando la ausencia de su tacto.
Sin aliento, observó la expresión adusta del hombre debatirse entre la incredulidad y el desconcierto, boqueando con apremio por formular una réplica que invariablemente no llegó. En cambio, casi divertida, contempló cómo ambos se sumían en el silencio pesado y descontento subsecuente de una discusión, y con todo, reconoció que aquello era mucho más significativo que todas las pausas presenciadas junto a Sasuke.
Ah, pero qué poco duró el encanto de su pequeña victoria, cuando él se volvió sobre su hombro con aquel semblante sagaz y felino perfilando sus sinuosas facciones. —¿Qué le pasó a tu manga?
—La utilicé para limpiar la herida de su mano. — Bufó. — Él no lo había hecho.
—¿Y no pudiste usar otra cosa?
—Pude, sí. Pero fue lo primero que encontré a mi alcance.
—No te daré otra remera, Sakura.
—No esperaba que lo hicieras. — Retó con suficiencia, manteniendo sus obres menta contra el vibrante escarlata ya no furiosos, sino llenos de una poderosa emoción, tan arrebatadora, que le pareció percibirlo a través del abrazador iris carmesí.
Imposibilitada ante el tórrido sentimiento, rompió el contacto visual y retomó la caminata ensimismada en ocultar el ligero rubor que sabía, se había extendido irreprimible sobre sus mejillas. Aquel cálido espasmo se le había presentado como un amigo de antaño, tan familiar y a la vez tan ajeno que sin evocarlo terminó abstraída en aquellos días de espumoso verano, cuando compartía susurros con aquellos ojos almendrados, tan oscuros y profundos como el infiero; tan anhelados, que la vehemencia con la que el calor coetáneo la golpeó la dejó aletargada.
Confundida, se obligó a encauzar sus pensamientos en una dirección consistente.
— Itachi. —Llamó con voz trémula. —¿A dónde vamos?
Él apretó los labios, probablemente intrigado ante tímido nombramiento después de haberle montado semejante disputa, pero si tenía algo en mente se lo guardó para sí mismo. A ella no le importó, o al menos eso se dijo. De pronto, resolvió con empeño que necesitaba establecer distancia con el Uchiha mayor, especialmente considerando aquella sensación incómoda e indescifrable que aún revoloteaba contra su vientre bajo.
—A mi habitación. — Respondió al fin.
—Ah. —"Bien." Pensó con ironía, ya podía mandar todo su decoro y distanciamiento a la mierda.
Se mantuvo hilando nerviosamente la sucesión de imágenes que acudieron a su mente demasiado tiempo; preocupada por la gravedad de su volátil sensibilidad en torno a aquellos espectros carmesíes bajo las espesas pestañas. No lo conocía, se repitió, y sin embargo, no reconoció en él al guerrero cruel y violento que pensó que sería, ni mucho menos a aquel genocida sádico y repulsivo. Aún así, esto último no lo hacía mejor hombre, y ella, en definitiva, no era mejor persona por replantearse su sentir hacia el moreno. Él era, finalmente, un asesino.
Absorta como estaba en aquellas cavilaciones, ni siquiera notó que se encaminaban hacia el oscuro rincón de su apretujada puerta. Aquel umbral de cedro burdamente comprimido contra la piedra oscura, apenas visible bajo la vid espesa y rojiza.
—Creí que nos dirigíamos a tu recámara. — Musitó débilmente, conteniendo un estremecimiento.
—Y así es.
—P-pero… Ésta es…
Casi percibió el lapso perdido en su pulso, la sangre en las venas suspendida en el intervalo subsecuente de su respuesta mientras sus miembros se encogían con ansiedad. Él se mantuvo de pie junto a ella, los ojos rojos, crípticos, palpitando contra su raciocinio en una indiferencia brutal y severa; dolorosa sólo hasta el punto en que él dejó caer su peso hacia su costado, y su figura se perdió en las sombras con el crujido seco de la madera antigua, imperceptible ante la falta de luz.
—Esta es mi habitación. —Declaró, y ella en su alivio reconoció una vergonzosa estupidez.
—Oh. — Exhaló apenas. Su pequeña boca formando una perfecta circunferencia. —Junto a la mía.
—Espero, no te moleste. — Comentó él, dedicándole una mirada tan decidida y atenta que todo rastro de cólera pareció pertenecer a otro tiempo, a otro hombre.
—¿Eh? N-no, no. — Repuso inquieta. Aferrándose al vacío súbito que le atenazó el estómago conforme la pieza se abría y las bisagras rechinaban adoloridas.
Avergonzada, ignoró la inclinación impaciente del hombre presionando contra su cintura, petrificada ente el olor amaderado que distinguió cercano a su cuello conforme su vista se hundía en la oscura recámara, y se volvía necesario valerse de sus otros sentidos. A su espalda, el calor varonil se curvó lentamente contra su piel, casi al punto de rozarla; pero en el instante en que se abandonó en la certeza de que sus cuerpos se reconocerían él se detuvo, evocando en cambio al cuervo dorado de la noche previa; invitándolo a ceñirse contra las formas de la sala una vez más, para el delicado y silencioso deleite de la pequeña mujer en el centro.
Embelesada, recorrió el brillo taciturno de las alas planeando contra las aristas, aquellos rincones apagados transmutando ante las velas perladas, estiradas hacia el ligero aleteo, tan armónico como sus llamas. Matices níveos y grises nacieron desde los muros, ofreciendo luminosidad y placidez a una estancia tan sobria como elegante. A sus pies, la mesa nipona de cedro destacaba ante la palidez plomiza de los cojines, ostentando un juego de té cristalino tan estilizado que absorbía por encima del resto del mobiliario. Frente al mueble, una pequeña chimenea crepitaba suavemente para su resguardo del frío nocturno y a unos pasos, junto a las puertas corredizas, un librero alargado de tonos albinos exponía una modesta colección de literatura extranjera e incluso una pequeña planta. A Sakura le pareció un espacio exquisito, pero completamente impersonal a pesar de su buen gusto.
—¿Crees que puedas enseñarme? — Musitó. El iris esmeralda inmóvil, ante el desgaste trémulo del ave, ahora extinta.
—Claro. — Susurró con voz suave, deslizando sus dedos por su cadera hasta llegar sus muñecas. El roce de sus yemas fue áspero y firme, y con todo, tan casto que su toque ardía. —Pero ahora necesito enseñarte algo más.
Lánguida, se dejó guiar al borde de la cama sin atreverse a sentir nada sino el aleteo desbocado en su pecho, apenas consciente del cuidado con el que él la colocaba contra las sábanas plateadas, completamente ensimismado en sus reacciones.
—Te dije que estoy muriendo. — Recitó, y ella sintió un nudo de anticipación apretarle la garganta cuando él llevó sus manos a su rostro, perfilando suavemente la mandíbula, sus pómulos hasta guiar su tacto hasta los párpados.
—Sí, lo hiciste.
—Pero no te dije por qué. —Continuó, su semblante tan relajado que no pudo emitir sonido alguno, temiendo perder el cálido efecto contra sus palmas. Deslizó las yemas con curiosidad, reconociendo el rostro bajo su toque casi con anhelo, e instintivamente comenzó a manar una delicada caricia de energía contra las facciones, como buscando suavizar la expresión inocua del hombre y disgregar la tensión que pesaba sobre los hombros propios. Pero al transmitirle su calor, no pudo sino sentir el vacío gélido de un cuerpo sin vida, como si los orbes bajo su tacto no fueran más que un par de esferas huecas, muertas.
Horrorizada, trató de apartar las manos, pero él la sostuvo, afianzando sus muñecas con una presión casi dolorosa.
—¡Itachi! ¡Tú…! ¡Dios mío, estás…!
—Estoy ciego. — Confesó. No había vacilación en su tono, ninguna resistencia, pero el iris carmín aparecía tan claro, tan definido, que le pareció absurdo lo que percibía bajo la piel.
—¿Ciego? —Repitió temblando, incapaz de acunar la idea. —Pero, ¿cómo es que…?
—¿Veo? —Inquirió, y las palabras salieron burdas, tan cargadas de ironía que su vergüenza la sintió personal. —Apenas percibo sombras difuminadas en el espacio, pero los colores no tienen lógica y se mezclan constantemente. Así que he de valerme de mis otros instintos, desarrollarlos. — De sus labios brotó una risa rígida, y ella lo observó descomponerse en una mueca. — Resulta irónico, ¿no crees? Al perder la visión me he hecho más fuerte, un guerrero perfecto.
—No te entiendo.
—Ambos sabemos que he hecho algo horrible, Sakura. — Replicó con amargura, soltándola, y ella, con un estremecimiento, pudo reconocer al verdadero monstruo en él. Aquel ser sádico y repulsivo que había llenado de ira a un niño inocente, su hermano, y lo había deformado en alguien tan enfermo para ansiar su semejanza, incluso a pesar de los medios los más obscenos. — Estas son las consecuencias. Me he convertido en una leyenda, quizá hoy más que nunca, pero todo tiene un precio y yo abusé de mis limitaciones. Ahora, no soy capaz de ver más allá de tus ojos, de tu cabello. Me es imposible distinguir cualquier rasgo particular en tu cara, y estás a menos de un palmo de mí.
—Entonces, ¿es cierto? —Hilvanó pobremente, luchando por contener las lágrimas. — ¿Los mataste por ti?
Él no dijo nada, y para ella el peso de su silencio fue equivalente a si la hubiera abofeteado. Aturdida, dejó que las míseras gotas recorrieran su humillación, marcando sus mejillas con la humedad caliente de su estupidez; incapaz de pensar en nada sino en la agonizante impotencia de su desdén. Ahí estaba él, laxo, vulnerable bajo sus dedos, explicándole la lógica de su humor enfermizo con tal burla y descaro que la enervó hasta lo indecible.
Quería recriminarle, golpearlo y lastimarlo con la misma pérfida violencia sin sentido con la que él había destrozado todo lo que alguna vez consideró importante. Deseaba herirlo. Cuánto. Dañarlo tan profundamente que toda la agonía y frustración que desbordaba quedara expuesta, supurante contra él. Estaba ahí, se repitió. Tan calmo y sereno que podría romperlo, destrozarlo; pero cuando él suspiró su voz sonó tan rota, tan triste, que de pronto la creyó semejante a su sufrimiento.
—No, no fue por mí. — Susurró, grave. — No fue por poder.
—¿Por qué lo hiciste? — Cuestionó. Las manos aún apresaban los rasgos de su rostro, inermes, pero había algo en aquel gesto tan íntimo, tan auténtico, que simplemente no quería alejarse, y él parecía compartir el sentimiento.
El iris escarlata la miró vacilante, y por un instante en su mente se imprimió la intensidad de su inspección incluso por encima del entendimiento de su discapacidad. Él la veía, no con la vista, sino con el resto de sus sentidos profusamente absortos en su persona. Casi palpó la duda enredada bajo la espesa mirada obsidiana, y una poderosa inquietud en su vientre arrasó todo prejuicio, obnubilando todo el rencor, sus miedos en el atisbo ínfimo de una breve esperanza.
Fútil.
—Lo siento Sakura. No puedo.
Y ella, pese a su profunda decepción, no pidió más. Con todo, se tragó como pudo su llanto y retomó diligentemente su labor, desbordada en el esfuerzo por contener las emociones agolpadas contra su garganta e iniciando, pese a su desilusión, una valoración preliminar de los daños conforme en su cabeza gestaba el escrupuloso diagnóstico clínico de tonalidades aguamarinas. Tres años de orgullosa e inclemente preparación se desplegaron a través de los competentes movimientos femeninos, pero a pesar de sus vastos conocimientos en medicina, aquella sintomatología le era desconocida, y ante la búsqueda de la verdad, se vio obligada a rescatar el tema.
—Dijiste que estas eran las consecuencias de tus actos. ¿A qué te referías?
Él apretó los labios.
—Fuiste compañera de Sasuke en la Academia y en la asignación de equipos Genin. ¿No es cierto? Supongo que viste de primera mano las fases evolutivas del Sharingan.
Asintió casi con fervor, rememorando el brillante carmín del joven Uchiha a través del tiempo. La metamorfosis en el furioso espectro progresivamente atravesado por las tres marcas oscuras conforme su expresión se tornaba densa, turbia, y tan sombría que reflejaba la eterna violencia atormentando en todo gesto.
—Recuerdo las estelas negras en sus ojos, la furia palpable a través de ellos y el poder fluyendo descontrolado con cada nueva fibra enmarcando sus pupilas. — Musitó sin emoción. Navegando sin voz en sus pálidas memorias hasta ahondar en aquellos días cargados de nostalgia y culpa, especialmente en la imagen inanimada de su cuerpo aquella fatídica mañana, en la terraza del hospital. — Él siempre fue fuerte, pero la última vez que lo vi en batalla él iba a… Él casi… Su vista era bifásica.
—Pero algo cambió.— Presionó Itachi, intuitivo.
Sakura elevó su cabeza con altivez, eligiendo cuidadosamente sus palabras a pesar de las lágrimas recorriendo su tez. No quería parecer débil ante él, y con su dignidad menguando se encontró confrontando a la mancha oscura de su pasado, de aquel lejano enfrentamiento que el hombre ante ella indirectamente había provocado, para impregnarse por siempre lo más vulnerable y conflictivo de su pecho.
—Esa noche se marchó de la aldea. Intenté detenerlo, pero yo no…— Susurró, el remordimiento blandiéndose tácito en sus facciones, hasta devolverle la imagen de su vergüenza en la forma de una risa amarga. — Dios, todo eso ya lo sabes.
Se detuvo, casi esperando alguna manifestación de su sentir, algo que empatizara con la aspereza de su dolor, o su humor lóbrego. Lo que fuera. Pero sólo encontró un semblante inexpresivo bajo sus manos, tan vacío como ella misma se sentía.
—Como sea, Naruto lo siguió después a causa mía, porque yo se lo pedí. — Repuso con amargura. — Esperaba que lo escuchara, que pudiera razonar con él o… No lo sé. De pronto Naruto parecía más fuerte y pensé… Mierda, no sé qué pensaba. —Sollozó. — Se enfrentaron y Naruto… Perdió. Lo encontraron inconsciente presentaba hipotermia y un cuadro con severas quemaduras en el brazo, una profunda contusión, y prácticamente todas las costillas destrozadas. Él… Realmente había intentado matarlo, Itachi. Sólo le faltó tiempo… Al despertar, apenas me miró. No dijo nada, sólo que había algo diferente en él. Algo siniestro en su mirada.
Itachi acunó las muñecas de ella en un gesto compasivo, recorriendo sus dedos por la piel de sus mejillas con una lentitud que no ofrecía consuelo, sino entendimiento. Sus pupilas, ahora expuestas, se dilataron absorbiendo la nada en silencio. Él era consciente de la situación, tanto o más que el personaje casi ausente que representaba ella. Porque eso es lo que era, un testigo apenas.
—Las formas de nuestros ojos son crueles. — Explicó. — Se alimentan del sufrimiento, de los lazos forjados, y de la violencia de nuestra pérdida. Es la volatilidad de nuestro dolor el detonante de nuestro poder, nuestra fortaleza. Y el Kyubi es su mejor amigo.
Aquello no fue una pregunta, pero su expresión afligida no sirvió sino para afirmar lo dicho. En su mente, aún hilvanaba los retazos distantes de lo que alguna vez reconoció como una segunda familia: el extinto Equipo Siete.
—Sasuke obtuvo su tercer aspa al intentar asesinar a alguien tan significativo para él como el Zorro. Fue un catalizador de todo su potencial ocular, incluso si no pudo conseguirlo. Para él, enfrentarlo fue algo importante. —Continuó, abstrayéndola de sus dolorosos pensamientos, en el oscuro presente de su traición. —Sin embargo, la triada no es el pináculo evolutivo del Sharingan. Existe una fase más. —Confesó, el carmín fundiéndose contra el esmeralda. — Una que en especial, surge de lo más enfermizo. No es la pérdida lo que nutre su fuerza sino la aniquilación a manos propias de todo lo que alguna vez consideraste valioso. Sólo destruyéndolo todo, a ti mismo, es que se obtiene el Mangekyou Sharingan.
—Y tú lo obtuviste tras la matanza de tu clan. — Puntualizó con acidez.
Los rasgos de Itachi se endurecieron con rabia hacia ella, pero incluso bajo aquel semblante adusto e inflexible, comprendió que el escarlata decía mucho más, al igual que su voz.
—No lo considero un logro a pesar de lo que piensas. — Rugió. — A veces creo que en realidad es una maldición: tenemos la capacidad de proteger lo que amamos sólo cuando es demasiado tarde, cuando el precio es demasiado alto y somos lo suficientemente endebles para afrontar las consecuencias. Pues bien, a mí me ha costado todo. —Una risa seca llegó a sus oídos, pero no había alegría en ella, sino un profundo vacío. —Coincidimos en esto tú y yo. "El amor es una excusa muy pobre para defender una hazaña". No nos ha dejado nada a ambos, pero es lo que hay. Y como tú, he fallado en defender lo único que me había propuesto. Quizá no sea que estoy muriendo, quizá es mi cuerpo el que se ha cansado de todo esto. En el fondo, sé que lo estoy.
Y Sakura, a pesar de su verdad, intentó ignorar esas palabras. El timbre taciturno en sus labios al proferirlas.
Presa de sus demonios, decidió concentrar sus pensamientos en el entumecimiento minucioso de su labor, obviando a su vez la ausencia que la asaltó cuando retiró su palma de la calidez de su piel y la elevó hasta la altura de su vista.
—Pareces reaccionar a la luz. — Meditó, inmersa en los pálidos reflejos de la luminiscencia verde extendida a lo largo de sus dedos. Su trabajo como médico siempre la centraba, y en aquella circunstancia la más mínima lesión hubiera sido objeto de su pleno interés. Con todo, teniéndolo tan cerca era evidente la palidez enfermiza en su tez, así como el sutil hundimiento de sus ojeras y enseguida se recriminó su falta de atención.
—Aún no pierdes del todo la vista, y creo incluso, por la forma en que tus pupilas responden a los estímulos externos, que podrías recuperar enteramente la visión en cuestión de tiempo. —Continuó con gravedad. —Sin embargo, debo decirte que nunca había visto una enfermedad así. Para diagnosticarla, tendré que estudiar tu sintomatología desde el inicio y entender antes cómo funciona tu Dōjutsu. Si es posible, me gustaría acceder a cualquier información que los especialistas anteriores hubieran generado en sus revisiones previas.
—Entiendo.
Aquello no era una revisión en la extensión de la regla, pero aprovechó la ocasión para hacer algunas preguntas de rutina que servirían para sentar las bases de su investigación; y entre tanto, sus manos retomaron el trabajo olvidado, estudiando sus signos vitales en una inspección general que le provocaría más de un ceño fruncido. A pesar de ello, su indagatoria adquirió un dinamismo esclarecedor y sereno, en el que los dos se distraerían en las respuestas del otro, intercambiando comentarios inocuos que terminaban resueltos enseguida, ahogando todo silencio. Sin embargo, conforme proseguía, un tema aparecía en su mente, cada vez más y más apremiante.
—Itachi, necesito que dejes de usar tu Sharingan. —Soltó, y casi percibió el peso de su aliento vaciando sus pulmones.
—No veo por qué.
— No, por supuesto que no. —Ironizó, irritada ante el tono desafiante en su modulación. — Personalmente, no creo que esto corresponda a un castigo divino como piensas, pero coincido en que el origen de tu malestar reside en el uso del Mangekyou Sharingan. No existen antecedentes, ¿o sí?
Él hizo una mueca.
—Sé que hubo algunos usuarios que lo poseían, Uchiha Madara entre ellos, pero no he encontrado demasiada información al respecto.
—Bien. Es un punto de partida. — Suspiró, negándose a abandonar el tema. — Aún así, necesito observar el desarrollo de tu enfermedad a consciencia. Ya es evidente que su abuso genera alteraciones en tu sistema nervioso y sanguíneo y no he hecho más que…
—Déjalo, Sakura. — Bramó. —Estoy bien.
—No, no te ves bien. — Replicó con severidad. Él estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por ocultar los estragos de su padecimiento con nada más que la fuerza de su voluntad; pero a pesar de su entereza, ella ya había detectado el latido ralentizado en su pulso y el crepitar sutil en sus pulmones al respirar con pesadez. De mantenerse así, posiblemente su cuerpo sufriría un colapso.
—Lo necesito. —Susurró finalmente, la urgencia impresa en sus facciones. — Constantemente estoy bajo amenaza.
Y Sakura conocía ese sentimiento, la vulnerabilidad imperando en toda dirección, un acecho tan familiar, tan paralizante, que su marcada necesidad fue suficiente para desarmarla, calentarle el corazón.
—Aquí no. —Musitó con suavidad, abrazándolo con aquellos orbes mentolados que, a pesar de la bruma que colmaba su mirada, ansiaba que él pudiera reconocer. —Al menos, por favor, no mientras estés bajo estos muros.
—De acuerdo. —Murmuró taciturno, y la soledad en su expresión se tornó casi irresistible.
El tiempo pareció prolongarse lánguido e indefinido conforme el iris ébano se revelaba bajo las gruesas pestañas. Sofocó un suspiro con pausa, lamiendo la oscuridad en las estelas plateadas que bordeaban las pupilas, como si no reconociera al hombre sentado frente a ella, el carácter fiero impreso en aquel rostro que de pronto era más poderoso que el carmín corriendo expuesto a través de sus venas. Una mirada tan sombría que parecía oscurecerse con la suma de los años, tan profunda que se volvía extensa, misteriosa, e inconteniblemente sincera. Unos ojos hermosos.
Absorta, Sakura dejó que su vista vagara por las facciones masculinas, saboreando la imagen elegante e indomable que sólo un miembro de su estirpe podría proyectar. Casi bajo la inconsciencia, se encontró a sí misma comparando la figura poderosa y varonil del Uchiha mayor contra su hermano, reconociéndose sumamente desorientada, y sin embargo, disfrutando de la piel bronceada y fibrosa aún bajo su tacto. Visualizando cómo sería tocar aquellos labios rosados, llenos, y acercarlos lo suficiente para poder sentir la caricia de aquel cabello grueso, intensamente negro besando sus mejillas; pero, sobre todo, imaginando qué tan sobrecogida se sentiría al ser observada bajo la fuerza de aquellos orbes de una forma diferente. Más personal, íntima.
—¿Sakura?
El grave llamado de su paciente la hizo consciente de que permanecía inmóvil, con las manos perfilando sus pómulos haciendo nada, sin emitir energía siquiera. Avergonzadísima, intentó torpemente retomar su labor, esperando que el sonrojo sobre su faz hubiera pasado inadvertido por el moreno. Pero él no dijo nada y después de algunos segundos del alivio surgió el agradecimiento.
Tras su breve bochorno, un ligero silencio se asentó con placidez entre ellos, medianamente interrumpido por el suave crepitar del fuego consumiendo la leña a sus espaldas y el rumor adormilado del chakra fluyendo a través de sus dedos. No obstante, conforme la complejidad de su tarea disminuía, advirtió la preocupación plasmada en el semblante varonil, constipándose a medida que las delicadas luces de las llamas perfilaban la habitación y se volvían turbias, angustiantes.
—Sakura. — Llamó finalmente, la culpa blandiéndose como un espectro a través de sus rasgos. —Ellos volverán a enfrentarse.
Sus palabras estaban completamente fuera del contexto apacible en el que se encontraban inmersos, pero para ella habían sido tan claras y directas que no hubo duda alguna sobre su significado, y el miedo se hizo presente.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo se lo dije. — Murmuró. — Le dije que tendría que hacerlo, si quería derrotarme.
¡Qué tal queridos míos!
Primero que nada muchas gracias por sus visitas y por darse el tiempo para dejar uno que otro Review. Realmente le estoy poniendo mucho empeño en que la redacción sea de calidad y me da gusto saber que esta historia les parece tan atractiva como a mí tanto en la forma como en el fondo.
El primer capítulo fue un poco introductorio, así que espero que este les parezca más rico e interesante.
Nuevamente muchas gracias por su apoyo, les estaré escribiendo de nuevo muy pronto.
¡Efharisto!
PC
