Por fin estábamos cara a cara. Después de tanto tiempo. Todo había acabado. Ella ganó y mi vida terminaba hoy.
-No me mires con esa cara, Kagome. - dijo, su tono de voz reflejaba falsa dulzura - sabías que esto iba a pasar tarde o temprano.
Estaba recostada contra una roca gigante. Los cazadores de almas hace mucho que dejaron de custodiar, me encontraba tan débil que fue imposible moverme. Ella lo sabía muy bien.
El hechizo estaba casi terminado. Podía sentirlo en cada aliento. La vida se escapa de mi. En cambio ella, se veía más radiante que nunca. Mejillas rosadas, cabello brilloso, piel de alabastro. Tenía que admitir que poseía una belleza envidiable. Nunca fui rival para ella.
-Me robaste a Inuyasha - Acusó. Lo único que pude hacer fue mirarla. Por dentro solo quería reírme.
Él jamás fue mío. Ni siquiera con ella muerta.
- Debo de admitir que fue un error dejarte en ese lugar, el hechizo funcionaba bien a distancia así que no me preocupe. Sin embargo de alguna manera te recuperaste. Tú luchaste. - exclamó con una combinación entre molestia y admiración. Por lo menos me alivia saber que hice lo que pude. - Obviamente no fue suficiente. - continúo.
Por supuesto.
Y mientras despocritaba la seguí observando.
¿Mi vida era tan insignificante que tendría que ser sacrificada? todo a costa de felicidad. La de ellos; no la mía. Me pareció tan injusto que haya terminado así.
Solo quería ir a casa.
-Ya es tu hora Kagome- dijo Kikyo en un susurro, como una madre dulce que le habla a su bebé. - Hora de dormir.
Cerró mis ojos con sus manos. Ya no pude volver abrirlos.
Un estruendo impacto en el área.
No pude averiguar que era.
