Capítulo 1: El plan
Los viernes había reunión de ratas en las bodegas Saillune. Era una noche que esperaban con ganas. Las treinta se acicalaban los bigotes con la mejor de las mugres y bajaban al asomar la luna. Hablaban de rebelión mágica entre sorbitos de tinto y de cuchicheos del castillo entre blancos y rosados. Sin embargo, esta noche no se veían bigotes entre las botellas, tampoco colas o patitas entre los estantes. Esta noche todas habían huido despavoridas. Y es que hoy algo aterrador ocupaba las bodegas del castillo. Era una hechicera bajita, de cabellos rojos. Algunos la llamaban "enemiga de todo lo que vive", otros preferían maldecir su nombre: Lina Inverse.
Pero Lina era sinónimo de problemas y, como es, costumbre, los problemas nunca vienen solos. Una quimera mustia se sentaba a su izquierda, un mercenario rubio a su derecha.
—¿Y bien? —gruñó Zel— ¿Vais a decirme qué cojones hacemos en las bodegas a las tres de la mañana?
Lina y Gourry se miraron. Los dos llevaban aún partes del camino encima. Se les veía cansados, mugrientos y, aún así, sonreían. Esa, esa sonrisa cómplice, debería de haber sido la primera señal de alerta. La segunda, era que no habían parado aún por las cocinas ni habían ido a saludar a Amelia. No. En su lugar se habían colado en su cuarto en mitad de la noche y le habían dado un susto de muerte.
Después de ese pequeño infarto, habían revuelto sus mantas y arrastrado su culo hasta esa bodega, hasta las mismas entrañas del palacio.
—Esta bien. A ver resulta que…
Con la sonrisa aún en la boca, la hechicera empezó su historia. Los dos callaban mientras Lina Inverse hablaba. Y hablaba y hablaba. Habló hasta que la vela amarilla no fue más que un potingue en la mesa. Hasta que sus copas estuvieron vacías.
Cuando terminó, Lina se sirvió más vino y se volvió hacía su izquierda:
—Bueno, ¿qué te parece?
—Ni hablar.
—Vamos, Zel —dijo la chica.— Será fácil. Como robarle un caramelo a un niño.
—¿Caramelos? —intervino Gourry— Pero…pensaba que íbamos a robar un tesoro.
Los otros dos se giraron en sus asientos y Gourry esbozó una sonrisa. Tenía un cabello rubio que le llegaba a la cintura y una habilidad pasmosa para esquivar chanclas. Esquivó con gracia la primera chancla y la segunda le rozó la oreja. Por desgracia, no llegó a ver el fireball.
Ahora, el mercenario seguía teniendo una pasmosa habilidad anti—chanclas y una melena que casi le llegaba a la cintura.
—¡AU! ¡Lina!
Él hizo un mohín. Ella puso los ojos en blanco, y se volvió a sentar en su caja.
—De verdad, no sé ni por qué te invité a esta reunión.
Y como el chico seguía mirándola, añadió:
—¡¿En serio?! Claro que no son caramelos, mendrugo. Te juro que no entiendo si lo haces a posta o si…
Zelgadis suspiró y dejó que sus ojos vagaran por la oscura bodega: por la vela casi consumida, los ruidosos de sus amigos, las copas vacías. La quimera suspiró de nuevo y, por primera vez, se preguntó si no se estaba haciendo mayor para esto: para aguantar a sus amigos, para las reuniones en cajas que hacían las veces de silla. Para contar siempre hasta 10 y esperar, o más bien, rezar, para que la tormenta que era Lina Inverse amaine.
Cuando llegó al 9, Zel tomó aire y interrumpió a la hechicera:
—Ya. ¿Y qué es exactamente?
La chica que era tormenta se volvió:
—¿Cómo dices?
—Eso que quieres robar, Lina. ¿Sabes acaso lo que es?
—Ya te lo he dicho. Algo valioso.
Él alzó las cejas y estiró la mano hasta hacerse con otra de las botellas de la reserva de Phil. Iba a necesitar más vino para esto:
—A ver si lo he entendido bien —el aroma del tinto inundó la sala. Cuando la copa estuvo llena, Zel continuó hablando.— La semana que viene el reino de Hasturios abre sus puertas por primera vez en 200 años.
—Ajá.
Zelgadis dejó escapar otro suspiro y varios años de vida se escaparon con ese aliento.
—Un reino que ha estado sellado con magia y del que no sabemos nada. Sólo que es un misterio.
—Y uno rico —añadió ella.
—Un reino poderoso. Supersticioso y...
—Riquísimo.
—Y en el que sólo se puede entrar con una invitación real.
—Exacto. Lo vas pillando.
Las cejas de Zel lo decían todo.
—Y tu plan es que engañemos a Amelia…
—Eh, eh, eh —lo interrumpió ella.— Dije "convencer". Convencer es la palabra.
Ahora sus cejas se arrugaron, como cordilleras oscuras, como amenazas duras.
—Y una mierda, Lina. Tu plan es que engañemos a Amelia para que nos lleve a todos porque "no hay que perserse este evento histórico". Todo porque sospechas que Hasturios aún tiene esas montañas de diamantes de las que hablan las leyendas.
Lina asintió con ganas.
—Leyendas, Lina —insistió él.— Leyendas de hace 200 años.
—Si, ¿y? Yo no veo el problema.
—Pues allá tú entonces. Yo, por una vez, paso —su intención era parecer desinteresado y cansado. Pero, por algún motivo, su voz no captó el mensaje. Ganó intensidad con cada palabra. Con cada punto y coma que salía de sus labios. —Ya me arrastraste una vez al otro lado de una barrera mágica. Y lo único que encontré fueron piedras y pistolas. Así que perdóname si paso de tu oferta. Y de tu plan de mierda y tu…
—Eh, eh, Zel. ¿A qué viene esto?
A su lado, Lina arrugaba el ceño. Y Gourry lo miraba como si de pronto tuviera dos cabezas.
—Pensaba que te estabas como loco por irte de Saillune ¿No fuiste tú el que me dijiste que te aburría tanta norma y protocolo? ¿No eres tú el que siempre busca alguna excusa para viajar con nosotros? ¿El que habla de aventuras? ¿De lugares nuevos? —Lina estudió a su amigo. Su boca seria. Su cara de mala hostia.—¿Cúal es el problema? Creí que te gustaría la idea.
Eso, ¿cuál era su puto problema? Normalmente no se alteraba tanto las ideas de bombero de Lina. Se limitaba a suspirar y a seguirle la corriente. O a negar con la cabeza y apartarse del camino de sus fireballs. A lo mejor sí que estaba haciendo demasiado mayor para tanta mierda. A lo mejor… Zel agitó la copa y espantó esos pensamientos. En su lugar dijo:
—Es una locura, Lina.
Pero ella no quería oír eso. Ni mucho menos dejarlo estar.
—No. Ahora vas a darme una razón.
La quimera rió con sorna.
—¿Sólo una? Muy bien. El plan es una mierda. "¿Entramos y luego ya veremos?", ¿qué puto plan es ese?
—En aventuras más gordas nos hemos metido, Zel. Y lo sabes. Sin planes. Sin pensarlo dos veces.
Zelgadis iba a añadir un "pero". Lina decidió ignorarlo.
—Es más, no sería la aventura más peligrosa —continuó— ni tampoco la más loca. Joder, te disfrazamos de mujer para entrar a Femenil y tú accediste.
—A regañadientes —musitó él.
—Si, y… ¿no te disfrazaste de conejo otra vez, Zel?
Él hizo un gesto de dolor.
—Gourry, no estás ayudando.
Lina aplaudió la intervención y siguió dando razones, una tras otra. Salían de ella como balas, como fireballs cargados de malicia.
—También está esa vez que nos recitaste esa canción porque pensábamos que era un hechizo.
—Por favor…
—Y esa vez en el templo del amor que…
—Ten piedad, Lina.
Zelgadis se veía cada vez más atrapado, rodeado. Hasta Gourry le daba argumentos y motivos. Ahora sí, se le escapó un breve pero de los labios:
—Pero…
—¿Pero…?
—Pero ninguna implicaba engañar a Amelia.
Una sonrisa blanca trepó por la boca de Lina.
—Ay, Zel. No me digas que…
Dejó la opción en el aire. Y Zel se apresuró a espantarla.
—No —contestó, tajante— No es lo que piensas. Es sólo que… hasta yo tengo mis límites, ¿vale? Es mi amiga. ¿Cómo quieres que me implique en esto? Soy su puto guardaespaldas, joder. ¿Cómo cojones quieres que mantenga mi puesto si ella…? No, Lina. No cuentes conmigo para esta aventura.
La sonrisa de Lina se congeló en su rostro.
—Y supongo que tampoco te quedarás al margen. Que intervendrán si intento engatusar a Amelia.
—Supones bien —dijo el otro.
—Ya, es una pena…
Lina suspiró, chasqueó la lengua.
—Sí, toda una pena…¿a qué si, Gourry?
El chico notó un fuerte golpe en su espinilla, y de pronto, estuvo muy de acuerdo con su amiga.
—Si, —musitó entre dientes.— una pena.
—Lina…
—Verás, si no me equivoco, Saillune recibirá una invitación formal pronto. Y, claro, la ciudad tendrá que enviar sí o sí a un diplomático. Cosas de política, protocolo… ya sabes, esas mierdas. Se me había ocurrido que a Amelia le habría hecho ilusión que fuésemos todos juntos. Como en los viejos tiempos. Pero… nada. Una pena.
La hechicera se levantó con cuidado y manoseó las botellas de vino más cercanas. Tomó la de aspecto más caro.
—No te preocupes, Zelgadis. Encontraremos otro modo de entrar.
Recogió su calzado. Se giró hacia la puerta. Gourry la siguió y, cuando estuvo a pocos metros de la salida, ella volvió a detenerse.
—¿Sabes? Las leyendas de Hasturios no sólo hablan de tronos de oro y montañas de diamantes. Creo… si, creo que hay una leyenda en concreto que decía que era un reino super avanzado en la magia, lleno de hechizos perdidos en el tiempo. Quién sabe, hasta puede que contengan información sobre cómo deshacer transformaciones. O sobre cómo devolver algo a su estado anterior.
Una parte, la parte buena y honesta de Zelgadis, quería mandarla a la mierda. Esa parte le susurraba que podía ser un capullo, pero que aún tenía valores. Que Amelia le repetía una y otra vez lo noble que era y que, a veces, hasta él mismo coqueteaba con la idea. Sin embargo, la quimera también tenía una parte egoísta. La misma parte que ahora iba por la segunda botella de la reserva privada de Philionel y que, con el alcohol de su parte, se había crecido como sólo los borrachos lo hacen. Esa parte ya no tenía un discurso coherente. Sólo le gritaba muy alto "no hay huevos".
Se iba a arrepentir de esto pero…
—Espera.
—¿Si?
—Cuenta conmigo.
Una noche sin luna dominaba Saillune. La vela de la bodega hacía tiempo que se había consumido y su amiga seguía de espaldas. Aún así, Zelgadis supo que Lina estaba sonriendo:
—Perfecto.
