Disclaimer: Los personajes de Final Fantasy pertenecen a Square-Enix. Tan solo los inventados son de cosecha propia ^^


CAPÍTULO 19

Squall llevaba un buen rato entreteniéndose con las conversaciones cruzadas sobre la nueva pareja que formaban ahora, Irvine y Selphie. Por fin habían podido reunirse todos juntos en la hora de la cena. Llevaban algunos días viéndose de manera esporádica ya que aquella semana los encargos habían aumentado considerablemente y con ello, el trabajo en el despacho.

Squall se recostó en el respaldo de la silla y metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón negro, volvió a sonreír con un comentario de Zell mientras su mirada viajaba entretenida hasta Selphie que intentó en vano darle un golpe en el brazo, el cual el artista marcial, esquivó sin problemas. A ese chico rubio le encantaba hacerla rabiar, estaba claro.

Se dio cuenta entonces de lo normal que parecía todo, aunque en el fondo todos sabían que algo estaba por venir. No podía quitarse de la cabeza esas "desconexiones" que tenía Rinoa desde hacía días. Ella misma se lo había dicho, desde que vio a Yinna reflejada en el espejo de la habitación, una sucesión de visones había empezado a asaltarla. Aunque últimamente dudaba de que tan solo fueran visiones.

La tarde anterior había intentado volver a contactar con Edea para comentarle aquella situación, pero le había sido imposible. Desde que habló con ella y le contó lo que les estaba pasando, la mujer no había vuelto a dar señales de vida, ni ella, ni Laguna y tampoco Eleone, lo cual estaba empezando a inquietarle demasiado. En alguna ocasión había oído farfullar al director quejándose de que le era imposible hablar con su mujer. Pensó en preguntarle, pero dadas las circunstancias, siempre descartaba la idea.

Su mirada se posó entonces en Rinoa, quien estaba sentada frente a él y observó como de vez en cuando, sonreía ante los comentarios de los demás, pero desde luego, no parecía ella misma. Lo poco que había podido estar con ella esa semana, la había notado distinta. Solía estar más callada de lo normal y continuamente parecía ausente. Squall estaba preocupado por ella y cada vez que intentaba preguntarla, ella cambiaba de tema o simplemente se limitaba a decir que estaba algo cansada.

- Bueno chicos, mañana nos vemos.

La voz de Quistis lo trajo de vuelta y observó como junto a ella se levantaban los demás dispuestos a marcharse. Cuando se despidieron, Rinoa tomó asiento al lado de Squall y decidieron quedarse un rato más en la cafetería. La joven acababa de pedirse una infusión, creyendo que, tal vez, la ayudaría a dormir, ya que llevaba días sin poder quitarse de la cabeza esa voz que continuamente le decía que regresase.

- ¿Todo bien? -preguntó él posando su mano sobre la de Rinoa-.

La joven se sobresaltó levemente ante aquel contacto y sonriendo de manera cansado, asintió. Posó su mirada en el líquido rojizo de su vaso y se perdió en el humo que desprendía la bebida caliente. Escuchó a Squall decir algo, sobre Zell y después entre la conversación, escuchó el nombre de Irvine y también el de Selphie. Aquella tarde se había sentido realmente extraña, como si en cualquier momento, todo fuera a desaparecer. Sentía que su mente quería abandonarla y la sensación se asemejaba bastante a cuando cayó en coma tras el ataque de Galbadia hacía ya algunos meses.

Llevaba días preguntándose si realmente esa sensación era producida por el poder que albergaba dentro o Yinna tenía algo que ver. Desde el examen no la había vuelto a ver, ni a ella, ni a sus hermanos y tampoco a Seifer, era como si todos esos sucesos misteriosos que habían estado ocurriendo ya no fueran reales.

Los labios de Squall sobre su mejilla, la hicieron desviar la mirada hasta el joven que se levantaba de la mesa y se dirigía a los baños. Rinoa lo observó, parecía preocupado por ella, pero ni siquiera podía explicarle que la estaba pasando, todo era muy confuso. Cuando sus ojos quisieron viajar de nuevo hasta la bebida humeante que sostenía entre sus manos, observó que todo a su alrededor se oscurecía y como otras veces, su vista comenzó a estar nublada. Frotó sus ojos, mientras se levantaba de la silla con torpeza, retrocedió unos pasos y dio con la pared. La muchacha se giró y tanteó, hasta que oyó una voz tras ella.

- No intentes escapar, estoy en tu mente Rinoa. Pronto tu sufrimiento llegará a su fin te lo prometo, solo tienes que venir conmigo.

Frente a Rinoa apareció aquel ser que vio hace días frente al espejo del baño. Sin duda era Yinna, pero su tez era blanquecina, sus ojos rojizos y su pelo largo, caía enmarañado y de forma desordenada por parte de su cara y hombros. Se fijó entonces en su sonrisa desencajada, que para nada correspondía a la de un humano y sus dientes afilados sobresalían más de lo normal en su cara.

La joven se paralizó frente aquella presencia y tan solo pudo dejarse caer al suelo mientras la miraba con ojos cargados de un terror que hasta ahora no había conocido.

Observó cómo se acercaba a ella de manera muy lenta y juró que flotaba en el aire. Se fijó entonces que de su cuello colgaba aquel extraño símbolo. Sin duda todo aquello tenía que ser real.

- Pero... porqué yo... que necesitas de mí –llegó a pronunciar con voz temblorosa-.

- Pobre niña –rio-. Tu eres el poder, eres la elegida.

Cuando Rinoa escuchó aquella palabra, su corazón golpeó contra su pecho de manera exagerada y creyó que se quedaría sin respiración. Era incapaz de moverse y no podía apartar su mirada de ella.

- Basta... -consiguió decir con la voz quebrada-.

Aquel ser ladeó levemente la cabeza al oír la voz de la joven.

- Basta… -repitió esta vez con más seguridad-. ¡Basta! –gritó una última vez de manera desgarrada-.

La pelinegra escondió la cara entre sus brazos y deseó que todo aquello desapareciese. La presión que sentía en ese momento era insostenible, como si una enorme losa la aplastase evitando que pudiera respirar.

- ¡Rinoa!, ¡Rinoa!

Oyó la voz de Squall muy cerca de ella y como las manos, siempre amables del comandante, la zarandeaban de los hombros. Los ojos de Rinoa se abrieron de par en par y todo volvió a la normalidad.

Estaba recostada contra la pared que había tras la mesa en la que se encontraba sentada hacía tan solo un momento. Varios alumnos la miraban perplejos y oía a Squall muy lejos como si proviniera de su imaginación. La muchacha se levantó, notando como Squall la rodeaba por los hombros y se la llevaba de allí.

La confusión que sentía en ese momento era tal que no podía pronunciar palabra alguna, quería decirle a Squall que estaba bien, que todo había sido… ¿Qué demonios iba a contarle? ¿la verdad? Pero ¿alguien la creería? Solo quería dormir.


En el momento en que Rinoa abrió los ojos en la cafetería, Yinna se desplomó en el suelo de su habitación. Sus hermanos fueron rápidamente a ayudarla a ponerse en pie. Yinna se acomodó en la cama y comenzó a reír de manera demente. Lo había conseguido, había penetrado en la mente de Rinoa, lo había intentado tantas veces, que creía que jamás lo conseguiría.

Pero ahora, lo había hecho, había dejado un rastro en su mente con el que podía volver a ella, una y otra vez hasta debilitarla y llevar a cabo su ansiado plan.

- ¿Lo has hecho? –se impacientó uno de sus hermanos a su lado-

- Si, por fin... –contestó dibujando una sonrisa de satisfacción-.

- Y... ¿cuándo lo haremos?, estoy deseando...

- ¡Cállate! -interrumpió con desprecio- Todo a su debido tiempo, la mañana del día del baile haremos el ritual de la sangre y por la noche actuaremos –acabó pausadamente-.

Yinna vio a sus hermanos asentir en silencio. Al final los ataques de Seifer a esa bruja y el tiempo que estuvo cerca de ella hacía ya algunas semanas, habían dado sus frutos. Hubo un momento en que creyó que no lo conseguiría, pero el miedo que esa mujer tenía, la había debilitado y ella había aprovechado la oportunidad.


Squall caminó con Rinoa a su lado hasta que llegaron a su habitación. No había querido preguntar nada hasta llegar al cuarto. Aun podía notar como temblaba levemente mientras la arrastraba de la mano.

Cuando llegaron, la pelinegra abrió su puerta con algo de torpeza y ambos entraron dentro. Enseguida Squall notó aquel aroma en la estancia que tanto le gustaba de ella y recorrió el lugar rápidamente. Todo estaba ordenado y en su sitio. No pudo evitar sonreír cuando reparó en unos libros de historia sobre la mesa, estaban abiertos con un par de bolígrafos sobre ellos y los bordes de las hojas pintarrajeados con distintos dibujos. Sabía lo aburridas que podían ser esas clases.

Se giró entonces hacia la joven y la vio sentada en la cama. Sus dedos jugueteando con los anillos de su cuello y la mirada pegada al suelo. Squall suspiró sonoramente y sin querer, llamó la atención de ella, quien levantó la vista para mirarlo directamente, de repente, parecía agotada.

Sin decir nada, se levantó y se dirigió a la mesa donde empezó a recoger los apuntes. Él la vio pasar por su lado y meneando la cabeza de manera negativo, fue a ocupar el lugar de ella en la cama. Se sentó de mala gana y apoyó los antebrazos en sus rodillas.

- ¿Qué te ha pasado en la cafetería?

- Nada solo que...

- Dime que has visto –interrumpió con la voz levemente rasgada y adquiriendo ese tono serio que lo solía acompañar y que intimidaba a cualquiera-.

Rinoa se giró al escucharlo y se mordió el labio inferior de manera nerviosa. Ahora sí que no tenía escapatoria, tenía la obligación de contárselo.

- Está bien –aceptó sentándose a su lado-. Era ella, Yinna, pero con otro aspecto

- ¿Otro aspecto? ¿cómo cuando la viste en el espejo? -quiso saber el muchacho-.

Ella asintió.

- Me dijo que estaba en mi mente y que yo tenía el poder, que era… la elegida -dijo bajando el tono en la última palabra-.

Aún no sabía que significaba aquello, pero seguramente no era nada bueno.

- Pero ¿qué poder? ¿tus poderes de bruja? –preguntó realmente nervioso-.

La chica lo vio levantarse y quitarse la chaqueta de mala gana, eran tan pocas las veces que lo podía ver tan agobiado que se asustó aun más. Squall no perdía los nervios con facilidad, pero aquello le estaba sobrepasando. Lo observó caminar en círculos mientras pasaba las manos por su pelo, una y otra vez.

- Y dices que… ¿estaba en tu mente? –volvió a preguntar deteniéndose de golpe en medio de la habitación y girándose hacia ella-.

Sus miradas se cruzaron y esos ojos azul profundo la escudriñaron mientras sus cejas se enfrentaron al máximo.

- Ocultas algo ¿verdad?

- ¿Por qué lo dices? –se sobresaltó-. Eso... eso no es verdad -mintió desviando la mirada de nuevo al suelo-.

- Como quieras, será mejor que me vaya –sentenció él para sorpresa de Rinoa-.

No soportaba más aquella situación, si seguía ocultándole cosas que solo ella veía, no podría ayudarla. Así que, con paso decidido se dirigió a la puerta, pero la voz de la joven lo detuvo.

- ¡Espera! -exclamó con algo de desesperación-.

Lo que menos quería ahora era quedarse sola.

Squall se giró y sus hombros, que hasta ahora habían estado en una tensión constante, se relajaron de golpe.

- Llevas días como ausente, apenas hemos hablado y pareces… tan triste -confesó-. No puedo verte más así, Rinoa -dijo acercándose hasta ella y cogiéndole la cara entre sus manos-.

La obligó a mirarlo mientras sus pulgares acariciaban la fina piel de sus mejillas.

- Creía que era yo al que no le gustaba hablar de sus sentimientos -bromeó intentando que ella se relajase-.

La vio sonreír levemente y eso le tranquilizó. Sintió entonces como las manos de ella, acariciaban las suyas y entrelazando sus dedos, las apartó de su cara y lo arrastró hasta la cama.

- No he parado de ver cosas, Squall -confesó al fin mientras soltaba todo el aire retenido en sus pulmones-. Desde aquel día en el baño, todo ha ido a peor, las visiones o lo que sean, cada vez eran más fuertes, hasta hoy que he sentido como si Yinna se hiciera un hueco en mi mente. Siento que ella… -la voz se le entrecortó levemente-, está aquí dentro -acabó dirigiendo su dedo índice hacia la sien-.

Squall abrió la boca para decir algo, pero las palabras no le salieron, simplemente enfrentó sus cejas al máximo.

- Creo que algo no está bien. Todas esas pesadillas que empecé teniendo, los encuentros con Seifer, Yinna siempre tan pegada a mi… creo que me han debilitado, no sé con qué objetivo, pero tengo un mal presentimiento.

Un suspiro por parte de ella dio por terminada la confesión. El joven la miró y sin decir nada, la atrajo hacia él y la refugió en su pecho. Eso que acaba de contarle era realmente aterrador y poco tenía que decirle, solo quería mantenerse a su lado y demostrarle que no la iba abandonar, ahora no.


La noche era estrellada y la luna estaba totalmente llena, alumbrando el interior de la habitación de Rinoa. Abrió los ojos despacio y desviando su vista hacia la derecha, vio a Squall junto a ella. Su brazo la rodeaba a la altura de la cintura y parecía estar en un profundo sueño. En cambio, ella, no había podido pegar ojo. Esa noche hacía demasiado calor o eso le parecía a ella y con todo lo ocurrido en la cafetería, era incapaz de conciliar el más que ansiado sueño.

No quería moverse mucho para no despertar a Squall, pero un calor insoportable se estaba apoderando de ella. Sin poder aguantar más, se levantó con cuidado, intentando no despertar al joven y se dirigió al baño con cuidado. Allí se refrescó la cara y nuca y bebió un poco de agua. Miró su reflejo en el espejo y la sensación de confusión la asaltaba continuamente, todo parecía un sueño, pero cuando se disponía a salir del baño se golpeó la rodilla con la puerta y el dolor la hizo saber que estaba muy despierta. Maldijo para sí y volvió a la cama.

Eran las siete cuando el sonido del despertador se introdujo en sus oídos sin llegar a entender que estaba pasando. Sintió a Squall removerse a su lado y besar su frente. Ella, simplemente se removió y volvió a acomodarse. No supo cuánto tiempo transcurrió, pero cuando abrió los ojos al oír la voz de Squall, lo vio arrodillado frente a la cama, le acarició la mejilla y recogió un mechón de pelo tras su oreja. Él la sonrió de esa manera que hacía que su mundo se detuviera y ella no pudo mas que corresponder esa sonrisa, se inclinó y lo besó de manera suave. Después se despidió y se marchó al despacho. Aquel día Rinoa empezaba las clases a las diez, así que se giró y volvió a quedarse dormida, todo seguía siendo algo confuso.

De pronto sintió como si alguien la golpease en el brazo, asustada se incorporó con los ojos abiertos de par en par. Tenía la misma sensación que aquella noche en la cafetería y efectivamente, la habitación no tardó en cubrirse de oscuridad absoluta, tan solo un destello ámbar hizo que su vista se fijase en aquel punto y allí apareció ella, de la misma manera que la noche anterior. Rinoa se arrinconó contra el cabecero de la cama y tapó sus oídos a la vez que cerraba sus ojos.

- No te servirá de nada huir... recuerda... estoy en tu mente. Cada vez que intentes dormir me verás, pero tranquila tu sacrificio está cerca y todo este sufrimiento acabará. Gracias a ti mi mundo volverá a ser el que era.

- Pero…

- Este no es tu sitio Rinoa, ya no. Tan solo debes recordar…

Rinoa no acertó a decir nada y de la misma manera que esa oscuridad había invadido todo también desapareció.

De nuevo el despertador la sobresaltó, rodó los ojos hasta él y de un golpe lo tiró de la mesa. Rápidamente se levantó y se dirigió a la ducha intentando despejarse con el agua fría. Se sentía pesada y su mente abotargada.

Cuando salió del baño, se vistió con su ropa habitual y justo en el momento en el que iba a abandonar su habitación para dirigirse a clase, una punzada de dolor insoportable la atravesó el cráneo, haciéndola caer al suelo. Cuando consiguió incorporarse dirigió sus pasos hasta la ventana y sin saber muy bien porqué, corrió las cortinas evitando que la luz del día se filtrarse en la habitación. Tras aquello se sentó en la cama y recogiendo las piernas contra su pecho, se arrinconó contra el cabecero. Sus ojos habían perdido aquel brillo característico y estaban sin vida, con la mirada completamente perdida. Sin poder pensar en nada más comenzó a repetir sin cesar: "Debo destruirme, debo destruirme...".


Squall llevaba algunas horas tras aquella mesa de despacho, rodeado de papeles que intentaba ordenar, pero los cuales volvían a estar desordenados pasados unos días. Atendió un par de llamadas y un par de emails y volvió su atención a dichos papeles. Suspiró cansado cuando unos nudillos en la puerta volvieron a interrumpir su trabajo y dando permiso para entrar, se echó hacia atrás en su silla. Dirigió si mirada hasta la puerta y por ella vio aparecer a Quistis quien parecía levemente preocupada.

El joven se levantó y se colocó frente a la mesa apoyándose en ella.

- Quistis ¿ocurre algo? -preguntó cruzándose de brazos-.

- Es Rinoa, no ha ido a clase, la he llamado y tampoco me coge el teléfono, ¿las has visto hoy?

Squall enfrentó sus cejas al máximo y un presentimiento un tanto extraño hizo que su piel se erizara.

- La he dejado dormida en su cuarto, creo que no ha pasado muy buena noche, tal vez…

El joven comandante no acabó la frase y pasando por delante de Quistis, cogió la chaqueta del perchero de la entrada.

- Voy a su habitación -concluyó saliendo del despacho y dejando a Quistis más preocupada todavía-.

Conocía a Squall y esa mirada recelosa cuando le había dicho que Rinoa no había ido a clase, no le había gustado demasiado, así que sin pensarlo, lo siguió.

Quistis caminó deprisa tras el comandante que avanzaba con grandes zancadas. Se fijó en la ancha espalda que poseía el joven y en la cual se podía adivinar todos los músculos bajo la camiseta blanca, ni si quiera se había puesto la cazadora negra que ahora llevaba en la mano.

La instructora intentó hablarle, pero éste hizo caso omiso de sus palabras y simplemente desistió hasta que llegaron a la habitación de Rinoa.

Sin demorarse, Squall llamó a la puerta con urgencia, pero no obtuvo respuesta alguna. Los ojos azules de Squall se clavaron en los de Quistis quien no entendía lo que estaba pasando, tal vez no estaba allí.

- Estará en otro sitio, Squall, tranquilízate -intentó animarlo-.

- Tengo un mal presentimiento -se limitó a decir-, ella lleva tiempo… viendo cosas… -dudó de si debía contar aquello-.

La mirada clara de Quistis se endureció de repente y escrutó al joven que tenía frente a ella.

- Que quieres decir…

- ¡Da igual!

Squall no quiso seguir dando explicaciones y pegó la oreja a la puerta, entonces fue cuando lo escuchó. Podía apreciarse unos susurros muy leves, pero estaba claro que había alguien ahí dentro. Sus ojos se abrieron de par en par cuando de pronto, pudo adivinar como esos susurros eran sustituidos por sollozos. Sin duda era Rinoa y parecía no encontrarse bien.

- Quistis, creo que ella, está llorando.

- ¡¿Cómo?!

La mujer rubia se sorprendió y apartando a Squall, pegó la oreja a la puerta. Efectivamente ella también estaba escuchando unos sollozos. Intentó llamar a Rinoa de nuevo, pero de nada sirvió. Fue entonces cuando sacó su tarjeta de la habitación y cogiendo un par de horquillas de su pelo, forzó la puerta. Al de unos segundos, se oyó un chasquido y ésta cedió.

Cuando ambos jóvenes consiguieron entrar en la habitación y cerrar la puerta tras de sí, no pudieron más que cruzar miradas de terror. Observaron a Rinoa quien se mantenía en la cama, ni siquiera había reparado en su presencia. Estaba pálida y se mecía levemente mientras susurraba cosas sin sentido.

Pudieron observar entonces, como en su brazo izquierdo había un corte que sangraba levemente. Squall hizo un rápido recorrido visual y vio pedazos de cristal de un espejo roto cerca del baño, fue entonces cuando volviendo la vista hasta ella, creyó quedarse sin respiración al ver la escena.

En la mano derecha sujetaba un pedazo de cristal y lo estaba dirigiendo directamente a su garganta. Oyó como Quistis soltaba un grito ahogado a su lado y todo paso en fracciones de segundo. Squall salió corriendo hacia la pelinegra y dándole un manotazo, consiguió que la joven soltara el cristal.

- ¡Qué haces! -gritó con la mirada desencajada mientras se arrodillaba frente a ella y la zarandeaba por los hombros-.

Rinoa ni siquiera reaccionó ante la repentina intromisión de Squall

- ¡Respóndeme! ¡maldita sea! -exclamó elevando aun más el tono de voz-.

Sin darse cuenta, sus dedos se clavaron en la piel de los brazos de Rinoa y fue cuando ella consiguió enfocar la mirada y clavar sus ojos marrones en los de él. Lo único que pudo ver Squall es miedo absoluto.

Quistis, que consiguió reaccionar, corrió hasta Squall y apartándolo hacia en lado, intentó tranquilizar a su amiga.

- ¡Squall! La estás asustando más de lo que ya está –espetó-.

La muchacha se arrodilló frente a ella y acarició su rostro.

- Rinoa, mírame, que te ocurre… somos nosotros…

Quistis intentó buscar la mirada oscura de la joven bruja y cuando lo consiguió, la sonrió con cariño, mientras recogía mechones de su larga melena tras la oreja.

- Quistis… -dijo por fin-.

Ambos jóvenes se fijaron en la mirada llena de terror y como sus ojos se empeñaban de lágrimas mientras comenzaba a temblar levemente.

- Lo... he visto... todo –dijo con un hilo de voz alternando la mirada entre su amiga y Squall, quien se mantenía tras Quistis sin dar crédito a lo que estaba ocurriendo-. He visto lo que voy a causar con mi muerte... y… será horrible -prosiguió como si de pronto recuperase la cordura por completo-.

- ¡Tu no vas a morir! –exclamó Squall arrodillándose junto a Quistis-.

- Si... lo haré y nacerá el caos –susurró-. Ella me lo ha mostrado, por fin.

De repente se levantó, como poseída, y fue directa hacia los trozos de cristal. Se hizo paso entre ambos jóvenes dispuesta a hacerse con otro trozo de cristal, pero Squall se levantó con rapidez y rodeándola de la cintura, la detuvo.

- ¡Debo destruirme... debo hacerlo, sino todo acabará! –gritó mientras se derrumbaba entre los brazos del joven comandante-. Déjame... por favor... -sollozó ante el pánico creciente de Squall quien se dejó caer con ella hasta el suelo-.

El joven castaño la refugió contra su pecho y besándola en la cabeza repetidas veces, intentó calmarla. Pegó su espalda a la pared de detrás y por fin Rinoa dejó de luchar por deshacerse de los brazos de aquel hombre. Simplemente lloró de manera incontrolada, apenas podía respirar ante los sollozos y no dejaba de temblar.

- Quistis…

La instructora rubia, quien cada vez estaba más asustada, escuchó la voz de su comandante. Sus miradas se cruzaron y fue entonces cuando reaccionó.

- Necesita dormir -dijo Squall desde su posición-. Pero no podemos llamar a la doctora, como explicaríamos todo lo ocurrido.

- Iré a la enfermería, ya se me ocurrirá algo –dijo saliendo rápidamente por la puerta-.

Squall observó como la instructora abandonaba el cuarto y se tranquilizó levemente al ver que Quistis había recuperado la compostura.

La joven rubia no tardó mucho en llegar, lo que Squall agradeció y rápidamente sacó del bolsillo de su falda un par de pastillas pequeñas de color azul claro. Fue al baño y llenando un vaso de agua, volvió junto a la pareja.

- Con esto no tardará mucho en dormirse –dijo arrodillándose frente a Rinoa y llamando su atención-. Ey… Rin… debes tomar esto ¿vale? Necesitas descansar -comentó con afecto apartándole el pelo de la cara a la pelinegra-.

Para sorpresa de los jóvenes, la bruja no puso objeción alguna y simplemente se tragó aquella pastilla. La otra, la dejaron sobre la mesilla de noche, por si la necesitaban más adelante.

- Gracias, Quistis -dijo Squall con aquellos ojos azules llenos de incertidumbre-.

Quistis sonrió y acarició el brazo del chico de manera afectuosa.

- No tienes que darme las gracias. Ahora debo irme, pero luego tendrás que explicarme todo esto que acaba de pasar.

La mirada de Squall se desvió durante unos segundos para volver a los ojos de Quistis, mientras asentía levemente.

- No cuentes nada de momento al resto, esperaremos a ver qué pasa.

Quistis entendió a su comandante y tras despedirse de él, se marchó de allí.

Transcurrieron algunos minutos en los que a Squall se le pasaron miles de cosas por la cabeza. ¿Realmente ese comportamiento era causado por Yinna? y ¿cómo era posible que la estuviera haciendo ver esas cosas? ¿Y que estuviera en su mente? El joven empezó a dudar de todo aquello y sin poder evitarlo, sus pensamientos volvieron al poder de bruja que poseía ella. Tal vez todo esto que estaba pasando era simplemente que Rinoa nunca sería capaz de controlar dicho poder, tal vez esto solo era el empiece del corrompimiento de la nueva bruja.

Cuando sintió como el cuerpo de Rinoa se relajaba entre sus brazos y la respiración se estabilizaba, decidió ponerla en pie y llevarla hasta la cama. La mujer parecía completamente sumisa y sus ojos, ahora sin vida, se mantenían fijos en la madera del suelo.

- Vamos a ponerte algo más cómodo ¿vale? -comentó intentando buscar la mirada de ella-.

El chico la sentó en la cama con sumo cuidado y poco a poco, fue quitándole la ropa que ella llevaba puesta. Primero se deshizo del calzado y de ese chaleco de punto azul. Tras eso, le quitó la camiseta de tirantes negra y poniéndola de pie, acabó de quitarle el resto de la ropa hasta dejarla en ropa interior.

Volvió a sentarla en la cama y no pudo evitar acariciar la piel de sus brazos y piernas.

- Que bueno eres… -susurró de pronto ella mientras acariciaba la mejilla de Squall-.

Éste se sorprendió al escucharla.

- Si… -se limitó a decir apartando la mano de ella y levantándose hasta un armario cercano para buscar algo que ponerle-.

- Lo digo en serio, Squall -volvió a hablar ella-. Ahora te tocaba ser feliz, pero conmigo a tu lado, no será posible.

Squall se giró hacia ella y por fin sus miradas se cruzaron. De pronto, Rinoa parecía haber recuperado toda la cordura y sus ojos volvían a brillar. El chico cogió un pijama corto que encontró y volvía a acercarse a ella.

- ¿Qué estás diciendo Rin?

No obtuvo más respuestas. La joven parecía exhausta y aquel brillo en sus ojos de hacía un momento, había desaparecido de nuevo. Parece que la pastilla estaba haciendo efecto ya que sus ojos empezaban a cerrarse por sí solos. El comandante se dio prisa y poniéndole el pijama, la tumbó en la cama y la arropó. Después acarició su pelo y la besó en la frente.

- Descansa ¿vale? Solo necesitas eso, descansar -susurró mientras sonreía de manera nostálgica-.

Justo en el momento que iba a levantarse de la cama, sintió como ella lo agarraba del borde de la camiseta.

- No dejes que me duerma, Squall, por favor…

El joven, algo sorprendido, desvió su mirada hasta los ojos castaños y los vio levemente enrojecidos.

- Por favor… -suplicó la joven soltando la camiseta, como si aquel simple gesto la hubiera agotado del todo-.

- Tranquila, no va a pasar nada -dijo con voz calmada posando su mano sobre la mejilla de la pelinegra-.

- No quiero dormir, no quiero cerrar los ojos, ella está... -insistió irguiéndose sobre la cama-.

- Ahora debes descansar -comentó Squall haciendo que se recostase de nuevo-.

- Tú... tú, no lo entiendes. Ella está en mi mente, cada vez que cierro los ojos aparece y me muestra la destrucción que causaré... –dijo volviendo a incorporarse-.

Squall comenzó a inquietarse. De pronto, las palabras de Rinoa parecían haber recobrado toda su cordura. Su mirada, antes de apagarse del todo, había vuelto a ser la de siempre, como si las últimas fuerzas que le quedaban las hubiera querido emplear para confesar aquello.

La observó cerrar los ojos y quedarse profundamente dormida, no sin antes pronunciar un último nombre, Eleone.

El joven comandante se quedó pensando mientras la acomodaba en la cama y volvía a arroparla. Palpó su frente y mejillas y Yinna vino a su mente. Tal vez Rinoa no estaba tan desencaminada y lo que estaba haciendo Yinna era muy parecido a lo que podía hacer Eleone. Se levantó del golpe de la cama y corrió hacia su chaqueta que descansaba sobre una silla cercana. Debía hablar con Eleone, seguro que ella sabía qué hacer.


Squall llevaba más de una hora allí sentado, frente a la cama de la joven bruja y sin poder apartar la mirada de su cuerpo. Parecía descansar, aunque no se había movido desde que se había quedado dormida. Había intentado contactar con Eleone varias veces, pero la muchacha no le había cogido el teléfono, así que le había escrito un mensaje intentando no parecer desesperado, pero sí queriendo hacerla ver que estaba en apuros y necesitaba de su ayuda.

Su vista, que se había desviado momentáneamente al móvil para comprobar las llamadas y mensajes, volvió al cuerpo de la pelinegra. Su respiración parecía relajada ya que su pecho se elevaba y descendía de manera acompasada. Llevaba fuera del despacho demasiado tiempo, debía volver, pero le daba un miedo atroz dejar allí a Rinoa y que despertase y volviera a repetirse lo de hacía un rato.

El chico gruñó levemente mientras pasaba las manos por su pelo de manera nerviosa, el tiempo iba pasando y seguía con su lucha interior, dejarla allí sola o esperar. Pero de pronto alguien llamó a la puerta.

Sobresaltado desvió su mirada hasta allí y se quedó callado. De nuevo, esos nudillos en la puerta y por fin la voz de Quistis se dejó escuchar al otro lado. Squall se levantó con rapidez y abrió la puerta.

- ¿Cómo está? -preguntó la instructora colándose dentro con rapidez y acercándose hasta la cama-.

El joven suspiró más que cansado.

- No sé, desde que se ha quedado dormida no se ha movido -explicó acercándose también-.

Observó como Quistis acariciaba la frente de Rinoa de manera fraternal y sonrió para si al ver aquel gesto. Jamás pensó que Quistis podría llevarse tan bien con ella, eran bastante distintas en carácter, pero parecía que esas diferencias eran las que las había unido en aquella amistad.

- ¿Sabes? Nunca pensé que ella llegaría a caerte bien -comentó Squall tras la espalda de la rubia-.

Ésta se giró de pronto al escuchar aquello y enarcando una ceja, miró a su comandante.

- ¿Por? -preguntó relajando el rostro-.

Squall sonrió levemente y se dejó caer en el suelo pegando su espalda a la cama donde descansaba Rinoa. Quistis lo observó e imitándolo, se sentó a su lado.

- Bueno, ella es bastante impulsiva -comenzó a hablar Squall-. Los primeros meses chocasteis.

- Si, lo sé -sonrió ella con nostalgia echando la cabeza hacia atrás-. Es cierto que me sacaba levemente de mis casillas.

- ¿Levemente…? -repitió Squall-.

Escuchó una risa seca salir de la garganta de Quistis.

- Digamos que no me gustaba demasiado la forma que tenía de hacer las cosas, pero luego me di cuenta de que su positividad y esa espontaneidad era la que daba energía al grupo. Simplemente me abrí a ella y… bueno… ella consigue que las cosas no parezcan tan graves.

Hubo un momento de silencio en el que ninguno dijo nada.

- Puedo entender que estés tan colgado de ella -añadió tras esa pausa-.

- Oye, no te pases -contestó Squall mirándola de reojo-.

- Nunca te había visto así -dijo sonriendo a Squall mientras lo veía enarcar una ceja-. Por fin te has quitado esa maldita coraza ¿sabes?

Squall dejó escapar el aire por la nariz a modo de risa.

- No sé, ella es alegre, es difícil enfadarse cuando está cerca ¿no?

Quistis asintió dándole la razón.

- Pero lleva días…

Squall no pudo acabar la frase ya que la instructora rubia lo interrumpió.

- ¿Qué es lo que pasa Squall? A veces la noto como ausente.

- Todo empezó con esas pesadillas en las que alguien la llamaba, pero nunca parecía ir más allá. No les di importancia.

El joven comandante soltó el aire de sus pulmones en un sonoro suspiro y echó la cabeza hacia atrás.

- Pero desde que Yinna regresó al jardín hace un par de semanas, parece que esos sueños, se han convertido en una especie de visiones.

- ¿Cómo que visiones? -interrumpió Quistis girando el cuerpo hacia Squall-.

- Si, la primera vez fue en el baño, dice que la vio en el espejo con aquel aspecto que describió Selphie y tras eso, parece que ha estado viendo cosas. Ayer a la noche en la cafetería, cuando os fuisteis, se volvió como loca, no paraba de gritar y tuve que llevármela. Después me explicó que era Yinna, haciéndola ver cosas horribles. Dice que ella está en su mente Quistis, que Yinna se ha adueñado de su mente y la hace ver una especie de mundo destruido o algo así. Es de locos… lo último que ha dicho antes de dormirse es el nombre de Eleone.

Quistis se removió a su lado y poniéndose de rodillas, encaró a su comandante.

- ¿Eleone? Y crees que puede ser lo mismo que hace ella.

Squall asintió.

- La he llamado varias veces y la he dejado un mensaje, tal vez sepa que hacer. Pero aún no sé nada de ella.

- Esperaremos entonces -dijo la joven rubia con seguridad-. Y deberías volver al despacho, yo puedo quedarme con ella, no tengo clase hasta la tarde. Y ya me he ocupado de justificar su ausencia en clase.

El comandante la miró y sin decirse nada, se entendieron a la perfección. Éste se levantó del suelo y salió de la habitación en dirección al despacho.


Squall recorrió los pasillos con paso ligero, por su mente solo rondaban excusas con las que disculparse frente al director, aunque viendo el comportamiento de su superior tal vez ni había reparado en su ausencia. Cuando llegó a la planta superior y las puertas del ascensor se abrieron, se dio de bruces con Shu quien parecía algo nerviosa.

- ¿Dónde estabas? -le preguntó según salía del ascensor-. Le he dicho a Kramer que estabas reunido por teléfono con la dirección de Trabia.

- Lo siento me ha surgido… un problema personal -acertó a decir-. Gracias -dijo antes de llamar a la puerta del director-.

Oyó la voz del hombre haciéndole pasar y lo vio inmerso, como siempre, en una inmensidad de papeles. Cid levantó la vista hasta el chico y quitándose las gafas, se dispuso a limpiarlas con un pequeño paño blanco.

- Llevas reunido más de una hora -sentenció con voz grave-.

Squall fue a decir algo, pero el hombre levantó la mano en alto haciéndole saber que no le interesaba lo que tuviera que decirle.

- ¿Necesita algo? -preguntó Squall-.

Su superior le lanzó una serie de papeles sobre la mesa de mala gana.

- Necesito que revises esto para la tarde -dijo sin más y con un gesto de cabeza lo hizo salir del despacho-.

Squall resopló y cogiendo el taco de papeles, salió de allí. Ahora mismo lo que menos le importaba era ese estúpido comportamiento que estaba adquiriendo su director.

Cuando entró en su propio despachó, dejó los papeles sobre la mesa y justo cuando iba a tomar asiento, sintió vibrar su móvil en el bolsillo trasero de su pantalón. Con rapidez descolgó y contestó.

- ¿Squall?

La voz de Eleone al otro lado de la línea le creó tal sensación de tranquilidad que tuvo que sentarse ya que sus piernas empezaron a temblar.

- Eleone, gracias por llamar -dijo con la voz grave mientras se recostaba sobre la mesa-.

- ¿Ha pasado algo? En el mensaje parece que algo no está bien.

- Es Rinoa, le ha pasado algo… necesito que vengas, no puedo explicártelo ahora… solo…

El hombre no pudo continuar ya que Eleone le interrumpió.

- Intentaré estar allí a la tarde.

- Gracias Eleone, de verdad.

El joven se despidió y se quedó mucho más tranquilo, seguramente Eleone sabía cómo ayudar a Rinoa.


Notitas…

Bueno, espero que os haya gustado, empiezan a pasar "cositas". Seguramente a partir de ahora, los capítulos siguientes se parezcan más a la versión antigua de la historia. Ya comenté que los capítulos finales estaban mejor escritos y por ello, podré rescatar más contenido de ellos.

Hasta la próxima.