ENCUENTROS II - DZULUM


Mitología maya para esta ocasión.


— Jóvenes tan guapas como usted no deberían estar tan tarde en la calle, menos aún pasearse por estos parajes, señorita —es lo primero que le dedica el guía que los trajo hasta la profundidad de la selva—. No me lo tome a mal, pero ni la más ligera de nuestras hijas se arriesga de noche.

Austria se guarda sus comentarios acerca de lo que le inspiran las supersticiones y acepta el consejo con una sonrisa.

— No se confíe si escucha un llanto en la noche, señor doctor —el guía se gira a Suiza—. Agradecemos que haya accedido a venir en nuestro auxilio, pero no haga más que su trabajo. En la noche, todos los gatos son pardos. Hasta nosotros seguimos ese consejo —luego agrega sonando más alegre—. Bienvenidos. Esperamos que puedan disfrutar de su estancia.

En cuanto sale el guía de la choza en que se alojarán los próximos meses, Suiza y Austria intercambian una mirada.

— Por algo lo dirán, no queremos problemas —resuelve Suiza sin darle demasiadas vueltas.

— Ojalá no surja una emergencia a una hora inadecuada —responde Austria—. Eso convertiría en un dilema ignorar su advertencia.

Los primeros días fueron difíciles. Los mosquitos, la humedad, el calor abrumador y la falta de las comodidades habituales de la urbe hicieron agobiante su estancia. Austria terminó por acceder a usar ropa muy parecida a la de las locales para soportar el calor. Suiza terminó aprendiendo habilidades básicas que ningún curso de supervivencia le había enseñado hasta ahora. Los días se transformaron en semanas y las semanas en meses. Habían aceptado venir en calidad de médicos voluntarios, como parte del ejercicio de su profesión. Se trataba de un programa de socorro para las comunidades más alejadas en el mundo. Aunque la localización de ninguna de las opciones sonaba cómoda, consideraron que se trataba de una experiencia única en muchos aspectos como para dejarla pasar. Estaban en su último mes de servicio, nada podía incomodarlos a estas alturas de su visita.

— Señor médico, necesitamos de su ayuda —una niña llegó a su pequeño campeonato ya entrada la tarde—. Mi naa' tiene complicaciones y la partera necesita ayuda.

Suiza y Austria no dudaron en aceptar el reto. Aprendieron a respetar a las parteras del lugar por la mala, pero si alguna desea su apoyo... ellos no están en condiciones de negarse. En cuanto llegaron a su destino, en compañía de la niña, comprendieron lo difícil de la situación y se pusieron manos a la obra. Se trataba de uno de esos partos que duraban horas y que a la vez apremiaba que se acabaran en los siguientes minutos. Invirtieron el resto de la tarde en mantener con vida tanto a la madre como al producto, pero se agotaba el tiempo y cada vez era más difícil mantener la situación bajo control.

— Necesitamos más agua —advierte la partera, con cierto tono de incomodidad—. ¿Podría encargarse de esto en lo que vuelvo, señorita doctora?

— Usted es necesaria aquí, señora. Permítame ir por el agua en su lugar. Aún no es tan tarde —ofrece Austria comprendiendo la preocupación de la mujer.

La partera y Suiza, incluida la niña quien permanece cerca en completo silencio, la miran alarmados. Incluso la parturienta hace ademán de querer protestar en medio de su dolor. Claro que se oponen a su propuesta. Hasta ahora, Austria sólo ha escuchado fragmentos de las historias que envuelven la advertencia que le diera el guía. Nada en concreto ha sacado de ellos, pero sabe que hay algo peligroso rondando por la noche. Con todo, desea tener la oportunidad de salir a despejar la mente un rato. Es la que menos experiencia tiene del trío y sólo está logrando estresarse más con cada minuto que pasa sin que ellos logren un avance significativo.

— Sólo no tengo que desviarme del camino. El río no está muy lejos —asegura Austria en un intento por restarle importancia al asunto.

— En teoría eso debería mantenerla a salvo, señorita doctora —replica la partera poco convencida—. Es preferible que permita que alguien más se encargue. Incluso podríamos ver si el futuro padre puede ayudarnos.

— Austria, no queremos menospreciar las advertencias —advierte Suiza en un murmullo.

Después de tanto insistir, todos terminaron aceptando a regañadientes que ella fuera por agua al río. El sol hace tiempo que se ha ocultado, pero Austria no piensa que sea algo por lo que deba preocuparse. No es que desee menospreciar la buena voluntad de estas personas. Lo menos que quiere es ofenderlos, pero no va a permitir que la traten como una doncella en apuros. Algún día va a tener que seguir su camino sola y no habrá Suiza, ni otra persona, especialmente un varón, que valga para enfrentar la situación. Sólo tiene que resistirse a cualquier sonido que escuche. No suena tan peligroso comparado con las demás amenazas que encierra la selva.

El río la espera a unos metros más de distancia. Su murmullo llega hasta ella como un mensaje de cálida bienvenida. El sonido de algunos animales nocturnos moviéndose entre los árboles más cercanos al poblado resulta reconfortante. La luna brilla en lo alto con especial intensidad. Sobre ella puede apreciar un cielo despejado como nunca antes pudo en la ciudad ajetreada en que nació. Una brisa fresca ha comenzado a soplar. El ambiente parece prepararse para parecer de lo más encantador... demasiado relajante para ser verdad. Austria intenta no quedar embelesada ante la sensación de perfección que la rodea y comienza a llenar los cántaros que lleva consigo.

Está por llenar el último cuando lo escucha claramente. El llanto de un niño le llega tan cristalina y nítidamente que por un momento cree que se trata de un llanto divino. Siempre encontró estridente el llanto de un bebé, pero éste parece música para sus oídos. No se confíe si escucha un llanto en la noche. Sacude la cabeza. Demasiado atrayente para ser auténtico. Se dispone a terminar de llenar su cántaro lo antes posible para poder marcharse cuanto antes. Jóvenes tan guapas como usted... Todos los gatos son pardos... No quiere detenerse a investigar si se trata de una broma o es realmente el bebé o lo que sea que le advirtieron.

El llanto se intensifica en respuesta a su resistencia. Algo en ella se inclina a seguir el llanto. Algo inexorable quiere doblegar su voluntad. El llanto es cada vez más lastimero, cada vez más desesperado, como si se doliera de la falta de interés de Austria. Ella intenta apartar la atracción irresistible que le produce oírlo y se pone en pie. No va a caer en la trampa. Pero una duda en el fondo de su mente la asalta. ¿Y si es realmente alguien que necesita ayuda? Prefiere no pensar en los estragos que a veces ocasiona la superstición. Se gira para volver por donde vino.

— Lo siento si es que me estoy equivocando —murmura—. Hay otro niño que me necesita —el llanto la despide doblando su intensidad.

En los siguientes días, Austria tiene la impresión de que se ha ganado una reputación especial tras volver del río aquella noche. Las jóvenes y niñas del poblado la miran con cierto respeto y admiración mezclados con cierta incredulidad. Nadie ha querido explicarle demasiado acerca de su experiencia, así que terminó dejándolo estar. Ahora que está por terminarse su estadía aquí, prefiere enfocar su atención en dejar a sus pacientes lo mejor documentados y tratados antes de marcharse. No ha vuelto a salir de noche, ni mucho menos ha vuelto al río. Ha intentado evitar a como dé lugar parar por ese lado del poblado hundido en la selva. Ahora que está próxima a marcharse, tampoco se siente ansiosa por regresar a la ciudad. En cierto modo no soporta la idea de marcharse. Es algo extraño.

Pero esta noche es diferente. Esta noche, su última noche, la está pasando en vela. Suiza pescó una infección en algún lado o simplemente las condiciones tan extremas, a las que no están acostumbrados, le han pasado factura. Desde que Austria notó su estado, su compañero evitó darle importancia al asunto e intentó no dar muestras de su estado de salud real. Sin embargo, no pudo mantener su farsa mucho tiempo y ahora no ha parado de revolverse en su catre hasta altas horas de la madrugada, o eso supone. Aquí resulta difícil calcular la hora. Tiene fiebre. Austria sabe que si no se la baja, lo perderá en algún sentido. Para colmo, el agua y algunas hierbas, que han sustituido el escaso medicamento que trajeron consigo, se le han acabado. Va a tener que salir a pedir ayuda como mínimo.

— No es la gran cosa —se dice Austria mientras se incorpora, asegurándose que deja a Suiza lo más estable posible—. Puedo arreglármelas sin molestar a nadie.

Abre la puerta con sigilo y toma el camino que la conduzca a la selva. Encontrar las hierbas fue relativamente fácil en medio de la oscuridad. Acercarse al río es otra cosa. La sensación de la última vez vuelve a ella con la misma intensidad. En cuanto fija la mirada en el agua que corre, el llanto comienza. De lo poco que logró enterarse, es que el llanto jamás se aleja de los cuerpos de agua dulce. Así que se siente tranquila al saber que saldrá del peligro en cuanto se aleje. Permanece lo más indiferente que puede. El llanto intensifica su dolor en respuesta, pero ella permanece impasible. El juego de la última vez se repite. Esta vez Austria se preocupa un poco: no tiene un lugar tan cercano a dónde huir. Se levanta con calma y procede a volver por donde vino, pero la detiene la sensación de una mirada fija en su espalda. Está por encarar a quien la está mirando intensamente, cuando las palabras de despedida que le dedicó la partera acuden a su mente. La mirada es la puerta al alma, dicen ustedes. Entonces, no dejes que te robe el alma. El dzulum no dudará en tomarla y hundirla en las profundidades de sus dominios. No debe voltear.

Como en respuesta a su resolución, Austria siente el pelaje de un animal frotarse contra sus piernas. La sensación es tan refrescante que ella no puede evitar voltear con cierta cautela. El animal mantiene la cabeza baja, como si quisiera hacerle saber de alguna manera que no quiere hacerle daño. Austria baja la guardia un poco y se detiene a observarlo. A todas luces, y eso que no hay muchas, se trata de un jaguar. Animal fácil de encontrar en la zona, pero hay algo que no encaja. la coloración de su pelaje presenta a ratos una coloración extraña. Es más grande de lo que debería. Comprendiendo que podría tratarse de una señal de paz o de una trampa, Austria cierra los ojos e intenta hacer oídos sordos al llanto débil que aún produce el felino. Un impulso extrañamente reconfortante la lleva a inclinarse para acariciarlo.

— Hola —murmura Austria—. No seré tu doncella sacrificial —le asegura.

Una lengua húmeda le responde llenando de saliva su rostro.

— No vas a retenerme. Tenlo por seguro.

Al día siguiente Suiza, ya recuperado y bastante somnoliento, se despierta. A su lado hay algunas hierbas y un cuenco con agua. Extrañado, se incorpora de un salto al constatar que se encuentra solo en una choza con la puerta abierta de par en par.

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