ENCUENTROS IV - NIXES


Leyenda alemana recogida por los Hermanos Grimm. Me cuesta encontrar mitología germana o leyendas austriacas, pero ésta la leí por primera vez hace años.


A estas alturas México acude por diversión cada noche. Sus amigos lo habían convencido de asistir en un inicio para apaciguar a su madre, quien deseaba que encontrara una esposa. Luego, cada uno de ellos empezó a tomarse en serio las visitas y comenzaron a buscar a algunas de las asistentes dejando a México y a uno que otro amigo más solos. El pueblo no es muy grande, por lo que la presión va en aumento, al menos para México. Sin embargo, con el tiempo estos bailes, que son un punto de encuentro para los jóvenes de la región, le han terminado por resultar agradable.

— Vamos, pana, no puedes ser tan amargado. Habrá alguna que te guste.

México hace una mueca. La última muchacha con la que lo intentó no fue una buena experiencia.

— Ya sabes que no me agrada nadie, Colombia, déjame ser. Mi jefa algún día entenderá que no soy material de familia.

Su amigo mira a su alrededor buscando la razón de tan mal humor.

— No es por tu madre, causa. Es por pasarla bien un rato... ¿Ya vieron a las recién llegadas?

— Qué buen ojo, Perú. Son un trío de hermosuras —Chile se escucha emocionado.

— ¿Ya vieron lo húmedo que es el dobladillo de sus vestidos? —advierte México sin poder evitarlo.

— ¡A quién le importa, Mex! Son encantadoras.

México no insiste más. Guatemala le palmea la espalda comprensivo, pero permanece en silencio.

Tuvieron que pasar algunas noches más para que México hablara con una de ellas. Y ahora está ahí, frente a una de ellas, por insistencia de El Salvador, sosteniendo una conversación amena sin mucho esfuerzo. Ella le ha facilitado continuar hablando. Su conversación es tan interesante y fluida que México no puede evitar sentirse cómodo. Tan cómodo que no ha pasado desapercibido para algunos de sus conocidos. Entre ellos, Nicaragua los observa desde lejos con una sonrisita complacida asomando en sus labios. Eso pone nervioso a México. Si ella o cualquiera de sus hermanos va corriendo con el chisme a su madre, no se la va a acabar. No importa que ella sea una completa extranjera y, por añadidura, desconocida. Su madre estará complacida.

— Te notas ansioso, Mexiko —comenta ella en ese tono melódico y atrayente, pero melancólico que aún no logra explicarse.

— Discúlpeme, señorita, los asuntos familiares no lo dejan respirar a uno ni siquiera en tan buena compañía.

México, quien no se detiene a preguntarse por cuándo le dio a conocer a ella su nombre, aún no sabe por qué le ha contestado de esa manera. Hasta parece que le está coqueteando.

— Puedes llamarme Austria —es la respuesta que recibe de inmediato—. Me halaga que me consideres de esa manera.

Espontáneamente México desvía la mirada en busca de algo más que decir. Su mirada vuelve a caer en el dobladillo de su acompañante. Lo había olvidado casi por completo. A diferencia del resto de los asistentes, que se disputan su atención y favores, él no puede olvidar los dobladillos húmedos de ella y de, aparentemente, sus hermanas. Bueno, no hasta que tuvo frente a sí a Austria. Está absorto en sus cualidades, como el resto, que lo único que existe es ella, sin ese peculiar dobladillo estorbando en su apreciación.

— Me honra su confianza —se las arregla México para responder—. ¿Me concederías esta pieza, Austria?

— Con mucho gusto, Mexiko —responde Austria extendiendo graciosamente su mano.

Él la toma seguro de que acaba de cometer un error. Él mismo ha atestiguado que bailan exquisitamente. Será difícil que alguien no informe a su madre de esta interacción.

— Ya no es lo mismo desde que ellas frecuentan los bailes del pueblo. Es extraño, no las he visto en otro lugar más que aquí —se queja Argentina una noche.

México puede escucharla desde donde se encuentra sentado.

— Al menos nos dan un respiro después de las once —añade Brasil—. Siempre se retiran a esa hora sin siquiera despedirse.

— Paraguay propuso retrasar el reloj —informa Uruguay como si intentara prevenir la catástrofe invocada por su hermano—. No sé cuál es su lógica, pero desea que se queden una hora más. Varios lo apoyan.

México permanece en silencio, mirando de reojo la hora que marca el reloj. También ha notado el límite de tiempo, pero nunca se le hubiera ocurrido tal disparate. Por algo ellas tienen hora de retirada, carajo. ¿En qué está pensando esta gente?

— Por mí está bien. Con tal de que sólo sea por una noche —acepta Argentina.

Sin perder más tiempo, México se levanta con discreción. ¿Por qué los demás no le contaron su plan? Quizá Colombia sólo expresa el pensar de todos: él es un amargado que les arruinaría la diversión. Con tranquilidad disimulada se aleja del trío en busca de la única hermana con la que ha tratado.

— Mexiko…

— Las diez son las once —le murmura al oído—. Algunas veces el reloj se retrasa a voluntad.

Austria lo mira confundida.

— Yo…

— Tu secreto no me corresponde —le responde—. Mis compas son idiotas, no tienen malas intenciones.

— Vete —es lo único que Austria le responde.

Él la obedece.

A la mañana siguiente, como todos los días, México cumple con sus ocupaciones diarias. Se dirige en su carreta al mercado del pueblo. A mitad del camino se encuentra con Perú, quien igualmente lleva la carga del día. Hoy lo saluda de una manera particular.

— ¿Ha desaparecido alguien por tu rancho, causa?

— No, que yo sepa. ¿Debería?

México hace un recuento de las personas que viven con él y en los alrededores. No falta nadie hasta donde recuerda.

— Colombia y Venezuela salieron temprano, como siempre, pero regresaron enseguida. Estaban alarmados porque se encontraron con sangre camino a los pastizales.

— Como si nunca hubieran visto algo así, wey —exclama México restándole importancia.

— No están exagerando, causa —insiste Perú—. El estanque amaneció teñido con sangre. Ellos quisieron cerciorarse de que sólo se trataba de un animal herido. No encontraron ni un rastro fuera, ni ningún cuerpo cerca o flotando por ahí.

— No me vengas con cuentos, Perú. Se habrá ahogado... ¿En serio? ¿Nada?

— Yo también lo dije, pero a nadie le hace falta ni animales, ni gente, nada.

— Eso sí que es curioso —admite México.

Perú se apresura a cambiar el tema de la conversación y México decide no darle tantas vueltas. En realidad, no le dio importancia hasta más tarde, muy tarde. Esa noche México no pudo evitar recordar el suceso narrado por su amigo cuando ninguna de las hermanas se presentó en el lugar a la hora de siempre. Con él, lo recordaron todos los presentes, pero nadie sacó conclusiones precipitadas. No en voz alta. No hasta que pasaron varias noches. Desde entonces nunca más se volvió a ver a las tres hermanas en el pueblo.

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