ENCUENTROS V - LA LLORONA
Como sabrán hay dos versiones principales (y otras más) de esta leyenda. Aquí la adaptación de una.
Él venía de vez en cuando. Siempre era lo mismo. Llegaba tarde, cuando el sol hacía mucho que se había puesto y se marchaba temprano, antes de que algún rayo de sol asomara en el cielo. Venía envuelto en una capa y pocas veces se detenía a conversar demasiado. Nunca se quedaba. A ella no le importaba nada de eso. Prefería eso a no verle más. Su acuerdo era implícito, o al menos no había mucho qué discutir al respecto. Eso creía ella. El hijo de ambos, al que le había puesto Imperio Mexicano, en recuerdo de su difunto hermano, crecía rodeado de pocas comodidades, pero ella tenía la esperanza de que eso cambiaría. Su padre no era uno ausente y le dedicaba un poco de su tiempo de vez en cuando. Ella no podía pedir más. Confiaba que, con el tiempo, él podría quedarse definitivamente y, entonces, las cosas cambiarían.
Lo creyó hasta que él dejó de venir a verlos con la regularidad que solía. Le pareció extraño, pero no quiso pensar de más. No quería agobiarse pensando en una desgracia. No quería presionarlo o reclamarle algo. Supuso que sería temporal. Cuando dejó de venir por completo, se preocupó. Quizá tenía problemas y no quiso preocuparlos, pero esos problemas le alcanzaron. Quizá su abandono era porque había caído enfermo y no podía pedir ayuda. No, no podía haber muerto, pero... Tenía que reconocer que no sabía la gran cosa de él. Así que no podía estar segura de nada en concreto. No lo estuvo hasta que, en su recorrido diario por la ciudad, pasó frente a la iglesia. Iba camino al mercado. Llevaba la cesta de pan a cuestas y la multitud no la dejaba pasar. Tuvo que detenerse y bajar la cesta. No iba a lograr pasar de ninguna manera. Eso la retrasaría y el pan se enfriaría. Se arrepintió de no haber tomado otro camino, como pensó antes de salir de su casa.
— Me alegro por el joven Austria —escuchó entre la multitud—. Ya era hora de que sentara cabeza.
— Fue un gran acierto que escogiera a la señorita Hungría. Sus familias son muy cercanas —fue la respuesta.
Los comentarios la llenaron de curiosidad y no pudo evitar querer quedarse para ver salir a los novios de la iglesia. Le parecía que hablaban de gente importante. No conocía mucho a la gente del centro, porque ella vivía en las afueras y la mayoría de la gente que frecuentaba el mercado no era de alto abolengo. Así que decidió perder un poco de tiempo. Se arrepintió al instante. Ahí, saliendo de la iglesia junto a una joven mujer vestida de blanco, estaba el padre de su hijo. ¿Cómo no se había enterado antes? Algo en su interior comenzó a doler. Se olvidó de la canasta, del mercado, de todo, menos de esa imagen. Como pudo se retiró del lugar y se apresuró a regresar a casa, donde su hijo la esperaba.
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— ¿Algo que le preocupe, Vater?
La cena estaba transcurriendo en el más completo silencio.
— Hoy me tocó juzgar a una pobre alma, Sohn. Encontraron cerca del río a una mujer mojada hasta los huesos y bañada en sangre. Estaba aferrada con desesperación y dolor al cadáver de su hijo. No admitió nada, no habló en ningún momento. Dejó que la evidencia jugara en su contra. Tuve que sentenciarla a la pena capital.
Austria se estremeció de tan sólo imaginar la escena que describió su padre.
— Otra alma desgraciada. Dios sabrá juzgarla.
Austria no pensó demasiado en el caso hasta la noche después de cumplida la sentencia. Ésa fue la primera de tantas noches que le siguieron en que los pobladores de aquel lugar pudieron oír el lamento de una mujer llorando a su hijo. Después de eso, comenzó a hablarse de la desaparición inexplicable de niños pequeños. El pánico se apoderó de los pobladores. Extrañamente para Austria, esa voz sonaba muy familiar.
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